II

La mañana del entierro, y media hora antes de la salida de éste, todos

los balcones de la calle rebosaban de gente, y motivos había para tal

curiosidad, pues rara vez era turbado el sosiego de aquellos barrios

por tan grande rebullicio y movimiento. La aparición de la carroza

fúnebre, tirada por ocho caballos negros empenachados, fué un verdadero

alboroto. Aquel día hicieron novillos todos los muchachos de las

escuelas adyacentes; sus chillidos y travesuras llenaban de alegría la

calle, y en medio de tanta algazara, el ridículo armatoste negro y sus

no bien alineados corceles resultaban con cierta inflexión cómica, por

efecto sin duda del contagio. Corrían delante y detrás los chicos con

agilidad suma, y cuando paró el carro, los lacayos de empolvada peluca

tuvieron que emprenderla con ellos á bofetada limpia, para librarse de

su molesta curiosidad. Esto, y el carnavalesco carruaje del Senado, la

turbamulta de vehículos diferentes que por una y por otra parte de la

calle venían, ocuparon á los guardias municipales, que ya no tenían

cabeza ni manos para atender á tan complicado servicio.

En el interior de la casa, la invasión de personajes enlutados y

con cara triste era mayor á cada minuto. Todos visitaban la capilla

ardiente, en cuya atmósfera no era posible respirar mucho tiempo sin

marearse. Hermanitas de diferentes Congregaciones rezaban de rodillas;

Gamborena y otros clérigos dijeron misa en el oratorio desde el alba

hasta las nueve. La servidumbre no había tenido punto de reposo desde

la noche anterior, y el cansancio, más que la pena, se pintaba en los

bien afeitados rostros.

Senadores, negociantes de alto copete, próceres y amigos más ó menos

verdaderos, pasaron á visitar á D. Francisco en su despacho, previo

ensayo de los suspiros que habían de echarle, y de las frasecillas

lloriconas que demandaban las circunstancias. Halláronle vestido

de riguroso luto, muy limpio, la cara flácida y con señales de

insomnio, atusado el cabello, torpe de palabra y gestos. «Gracias,

gracias, señores...—les decía, expresándose con estribillo.—No hay

consuelo ni puede haberlo...» Y al otro, y al siguiente, les decía lo

mismo: «Desgracia tremenda, inesperada... ¿Quién había de esperar,

si lo natural era que...? Agradezco estas manifestaciones... Pero

no hay consuelo, ni puede haberlo... _Ataquemos_, digo, acatemos

los designios... Señores, agradezco estas manifestaciones... No hay

consuelo, es verdad, no lo hay... El consuelo es _un mito_. Yo no creía

que esta desgracia _tuviera lugar_ ahora... Me ha sorprendido... ¿Qué

remedio queda sino resignarse y aceptar _los hechos consumados_?»

Entre tanto; nuevo alboroto infantil en la calle con la aparición de

toda la clerecía de San Marcos, la manga-cruz y los ciriales, los tres

curas revestidos, y luego, en dos alas, como un par de docenas de

ellos con sobrepelliz y bonete. El ir y venir de coches les obligó á

dispersarse, tropezando aquí y allá con tanto chico, y con un rebaño

de cabras, que en aquel momento, por fatal coincidencia, acertó á

pasar en dirección á la lechería del número 15. Y entre los cocheros y

los municipales y el pastor de las cabras se armaron unas discusiones

tan subidas de tono, que los señores sacerdotes hubieron de oir cosas

bien distintas de la liturgia que iban á cantar. El del piporro no

pudo librarse, en tal confusión, de ser arrastrado por la oleada á

considerable distancia del clero, sufriendo en su persona algunos

estrujones, y no pocas magulladuras en su lúgubre instrumento. Al fin,

restablecido el orden, entraron los de la parroquia en el palacio, y

subieron á la capilla ardiente. Parte de su vida futura habrían dado

los muchachos por subir tras ellos, y meter en todo sus narices, viendo

el _túmulo_, que decían era como un monumento, y oyendo el cantorrio de

los señores curas. Mientras éstos entonaban responsos frente á la cama

imperial, los industriales floristas ocupábanse á competencia (pues

eran dos, y rivales encarnizados) en colocar sus coronas del modo

que resultaran más visibles y con mayor lucimiento. Y los noticieros

tomaban apuntes de cuanto veían, oyendo también las indicaciones de los

fabricantes de flores para que _su casa_ fuese citada en el periódico;

y la servidumbre se puso en movimiento; y Donoso dictaba órdenes

autocráticas para despejar el salón; y el clero tiró para abajo, los

empleados fúnebres para arriba; y fué bajado el cadáver en hombros de

cuatro lacayos con librea negra. Llenóse el palacio de un grave y seco

murmullo, más de pisadas que de voces, y en la espaciosa escalera, en

la galería baja y en el vestíbulo, de tal modo se apretaba el gentío,

que los conductores del féretro tuvieron que detenerse dos ó tres veces

antes de llegar á la calle.

Dios y ayuda costó poner en movimiento la triste procesión, porque más

de un cuarto de hora emplearon los dichosos floristas en _exponer_ sus

coronas sobre el ataud y en las cuatro columnas del carro. Resultaba un

efecto hermosísimo, con tanta flor de variados tonos apacibles, y las

cintas lujosas con letreros de oro, que por una y otra parte pendían.

No cabiendo todas allí, pusiéronse las restantes en un landó abierto,

que inmediatamente después del coche estufa debía marchar. Los guardias

habían regularizado el tránsito en la vía pública, despejándola en lo

posible de moscones pegajosos y de desvergonzados chicuelos. Gracias

á esto, pudieron colocarse en dos alas los pobres de San Bernardino,

los niños de la Doctrina, las religiosas de la Esclavitud, y otras

Hermandades que formaban parte del cortejo. Donoso se multiplicaba,

y lo primero que hizo fué echar delante al clero. Luego se puso en

movimiento el carro mortuorio, lo que produjo un _¡ah!_ de admiración

ó curiosidad satisfecha en toda la calle, porque realmente era cosa

muy bonita ver el pausado andar de los ocho caballos, y los saludos

que hacían con los plumachos negros que llevaban en sus cabezas. Y

el cochero de pelo blanco y tricornio con borlitas, era la mayor

admiración de los pilletes, que no entendían cómo se las arreglaba con

tanta rienda en aquel alto pescante donde sentado iba, como un rey en

su trono.

El duelo, presidido por el señor Obispo de Andrinópolis, y formado

por personas de alta posición social, seguía al landó de las coronas;

tras él mucha y diversa gente, y luego sin fin de coches de lujo. El

vecindario que llenaba balcones y ventanas no se cansaba de aquel

desfile interminable, y habría deseado que durase hasta la noche.

Á cada instante se detenía la comitiva, por las obstrucciones que

la delantera de ella encontraba en calle tan angosta. En la de San

Bernardo, ya marchó con más desahogo, por entre la curiosidad de la

multitud indiferente. Donoso no cesaba de mirar para atrás, viendo el

sinnúmero de personas que seguía el duelo, y la ondulante sierpe de

carruajes.

—Es una manifestación—decía con semblante compungido al señor

Obispo,—una verdadera manifestación.

Mientras el entierro atravesaba todo Madrid en dirección al cementerio

de San Isidro, asombrando á los transeuntes por su desusada suntuosidad

y lucidísimo acompañamiento, el palacio de Gravelinas caía en una

especie de sedación taciturna, como cuerpo vencido del cansancio y la

fiebre. El ruido que se produjo al retirar del salón los objetos de

carácter fúnebre, cesó una hora después de la salida del entierro. La

servidumbre se esmeraba en evitar todo rumor importuno, y aleccionada

por el maestresala, lograba poner en sus rostros y ademanes la seriedad

y el discreto dolor propios de las circunstancias. Acompañaban á Cruz,

en su gabinete, Augusta y la señora de Morentín. D. Francisco, en su

despacho, no quiso más compañía que la de su hija Rufina, que tenía los

ojos encendidos de tanto llorar. Hija y padre apenas hablaban.

Hasta el tiempo diríase que pasaba por aquellos ámbitos de tristeza

con cierta parsimonia, como pretendiendo que no fuesen muy notadas

la cadencia de sus andares, ni la fatalidad de sus divisiones

inflexibles. Desde el día precursor al de la muerte, la imaginación

de Cruz, exaltada por la ansiedad, apreciaba el tiempo con garrafales

equivocaciones, y en la mañana del entierro, el tiempo llegó á ser para

ella absolutamente inapreciable. No hacía diez minutos que aquel había

partido de la casa, cuando la desconsolada señora, representándose el

paso de la comitiva por las calles de Madrid, pensaba de este modo:

«Ya llegan á la Cuesta de la Vega... Allí se despiden todos, casi

todos... sin contar los que se han ido escabullendo por las calles del

tránsito... Ya bajan hacia el puente, acelerando un poco la marcha...

No sé por qué han de ir tan á prisa...»

Hora y media dejó pasar, adormecida su mente en aquel éxtasis doloroso,

y al cabo de este tiempo, volvió á decir: «¡Qué á prisa, qué á prisa

van! Pierde toda la solemnidad el acto con estas prisas... ¡Ya se

ve! los pobrecitos sacerdotes de la parroquia desean volver pronto,

porque tienen costumbre de comer á las doce en punto... Ya llegan al

cementerio... Van á la carrera... ¡Y qué malos deben de estar los

pisos!... Con tanta humedad, ¡ay!, me temo que al padrito se le agrave

su resfriado. Bien le encargué que no fuera... ¡Señor, siempre hemos

de tener un cuidado que nos atormente! Pero esa es la vida. Cúmplase

tu santísima voluntad... Ya la bajan del carro: entran todos... Misa

de _Requiem_... ¡Jesús, qué soplo de misa! Ya se acabó. Ni las de

tropa. Vamos, que lo que quieren es acabar y volverse. ¡Qué tristeza!

Ya la llevan por aquellos patios adelante. Ya la depositan junto á la

sepultura; se agrupan todos... no se ve nada... Ya la tierra la recibe

en su seno. Parece que la acaricia, que la agasaja... Idos, marcháos

todos y dejadla, que más cariñosa es la tierra que vosotros... Ya se

ponen los sombreros, y se van... Los pocos que allí quedan, tapan

el lecho de mi pobre hermana con una piedra enorme, pesada como la

eternidad... En la puerta se reunen los del duelo y los acompañantes,

y se hacen cortesías... Después se vuelven en los carruajes, hablando

de negocios, del estreno de anoche, ó de la ronquera de Massini...

¡Cómo corren!... Es hora de almorzar... Allá, los pobres sepultureros,

á corta distancia de la arcilla removida y de la piedra solitaria, se

sientan en el suelo, sacan sus fiambreras, y almuerzan también... Hay

que vivir.»

Regresaron los amigos íntimos. Donoso, que traía la elegante cajita de

terciopelo con la llave, fué derecho al cuarto de D. Francisco, á quien

abrazó, y en tono encomiástico, que revelaba tanto cariño como orgullo,

le dijo:

—Ha sido una manifestación, una verdadera manifestación.

Torquemada y San Pedro · 第 18 / 35 题