SEGUNDA PARTE

I

Es cosa averiguada que poco después de oir la noticia de la muerte, á

la que añadió el reverendo Gamborena tristísimos pormenores, estiró los

brazos D. Francisco, y luego una de las patas, _vulgo_ extremidades

inferiores, cayendo redondo al suelo con un ataque espasmódico,

semejante al que le dió al ver morir á su primer Valentinico. Acudieron

al socorro del amo criados diferentes, y allí le sujetaron, y con mil

trabajos pudieron llevarle á su alcoba, donde le fué administrada una

mano de friegas como para un buey, hasta que pudo Quevedito tomarle

por su cuenta. Pasó el arrechucho, y por la mañana, tras un corto

descanso, pudo entrar á verle el señor de Donoso, y á _conferenciar_

con él sobre un asunto tan importante como era el sepelio y honras de

la señora marquesa. Para _plantear_ estas cuestiones se pintaba solo

el buen amigo de la casa, y las explanaba y discutía con un aplomo y

una dialéctica que ya quisieran otros para los más graves negocios de

Estado. Don Francisco no estaba en verdad para discusiones, y procuró

cortarle los vuelos oratorios.

—¿Que debe ser de primera? Ya lo comprendo. Pero no veo la necesidad

de extremar tanto el boato. Bueno que _esté en armonía_ con nuestra

posición... desahogada; pero... ya sabe usted que no me gustan

pompas ni _lujos asiáticos_... Porque lo que usted me propone, viene

á ser como una especie de... _orgullo satánico_... ó algo así como

_apoteosis_ que...

—No es eso, mi querido D. Francisco. Es un homenaje, el único homenaje

que podemos tributar á los queridos restos de aquel ángel...

Indicó después que Cruz deseaba dar al entierro y funerales toda la

suntuosidad posible; pero nada resolvería sin conocer la opinión de

quien debía disponerlo todo en la casa; oído lo cual por D. Francisco,

se expresó con pasmosa ingenuidad, vaciando todo el contenido de su

corazón y de su conciencia.

—Amigo mío, _le soy_ á usted franco. Si tratáramos ahora de enterrarla

á ella, á mi ilustre hermana política, debiéramos hacerlo _á todo

coste_, por aquello de _á enemigo que huye, puente de plata..._

—¡Por Dios, amigo mío!

—¡Déjeme acabar, Biblia! Digo que cuando á uno le pasa una desgracia

buena, es á saber, una desgracia de las que _acarrean_ el descanso y

la paz, no importa gastarse un capital en el _sepelio_. Pero cuando la

desgracia es mala, de las que duelen, ¿eh?... entonces el demasiado

coste de honras fúnebres es acumular males sobre males, y _aunar_

penas con penas. Porque _reasumiendo_: usted no dejará de reconocer, si

piensa en ello, que en buena lógica, y _sentando el principio_ de que

tenía que morir una, ésta no debió ser Fidela, sino su hermana... Me

parece que esto es claro como el agua.

—Ni claro ni turbio: es simplemente impío, pues sólo Dios sabe y

dispone quién debe morir. Acatemos sus designios...

—Ataquemos... digo, acatemos todo lo que usted quiera. Yo acato,

¡cuidado!, siempre y cuando me prueben que los tales designios no

_involucran_ una negación manifiesta de la...

—Basta, mi querido Marqués; no puedo dejarle seguir por ese camino

del absurdo. Con el disgusto tiene usted la cabeza un si es no es

trastornada.

—Bien podría ser; que tan terrible _vicisitud_ á cualquiera le

trastorna. No se hable más de ello, y usted queda autorizado para

gastar lo que crea pertinente, y le autorizo para representarme en todo

lo que al entierro _se contrae_. Admito las razones que usted _aduce_.

¿_Procede_ que haya pompa? Pues pompa, muchísima pompa, y á otra...

quiero decir, á ninguna más.

Con autorización tan amplia, y tanto barro á mano, despacháronse Cruz

y Donoso muy á su gusto, y allí fué el discurrir á competencia qué

se haría para que todo resultase grandioso y lucido, la más bella

conjunción posible entre lo elegante y lo mortuorio. Con actividad

febril, empezaron aquella misma mañana los preparativos, y viérais

invadida la casa por industriales de éste y el otro ramo, y de

cuantos ramos con las cosas fúnebres se relacionan. La papeleta de

invitación era tan sencilla como elegante; eligióse el coche estufa

de mayor magnificencia que había en Madrid; encargáronse coronas de

una riqueza fenomenal, y por fin, se preparó la capilla ardiente con

toda la suntuosidad de que tan soberbia morada era susceptible. El

gran salón se pavimentó de negro. En las paredes fueron colocados los

seis colosales lienzos del _Martirio de Santa Águeda_, por Tristán, y

otros asuntos religiosos y místicos de gran apariencia; en el fondo un

altar riquísimo, con el tríptico de Van Eyck, y debajo un _Eccehomo_

del divino Morales. Murillos y Zurbaranes formaban la Corte á un lado

y otro. La parte inferior de los cuatro testeros fué tapizada de negro

con galón fino de oro, y se colocaron otros dos altares con imágenes de

superior talla: _Cristo en la columna_, de Juan de Juni; la _Dolorosa_,

de Gregorio Hernández. Los bancos que alrededor de la estancia

se pusieron de nogal claveteado, eran también obra maestra de la

carpintería antigua, y procedían de las colecciones de Cisneros. En los

tres altares, lucían relicarios de fabulosa valía, relieves de marfil,

y bronces estupendos. Donoso, otros dos amigos de la casa, artistas ó

_amateurs_ de refinado gusto, dirigían la faena, ayudados de un sin

fin de criados, costureras, carpinteros, etc... Cruz y Augusta iban á

ver, y á dar una opinión, pero no podían estar constantemente allí.

Toda la fuerza de voluntad de la primera no bastaba á distraerla de su

inmenso dolor. Ordenaba que no se omitiese gasto, ni detalle alguno que

aumentar pudiera el esplendor de aquel homenaje, bien corto para lo que

la pobrecita muerta merecía.

Con tanto ardor se trabajó aquella mañana, que antes de las dos ya

quedó todo colocado con buen concierto y arte sumo, y en medio y en

alto, bajo el dosel riquísimo de la cama imperial, Fidela dormía su

sueño _largo_, _largo_, con ese abandono absoluto, tan solemne como

triste, de la cosa inerte, imagen marchita de lo que tuvo vida y

movimiento. Vestida con un sencillo hábito de los Dolores, toca blanca,

túnica negra, el rostro apenas desfigurado, serena y casi casi risueña,

su aspecto llevaba al último límite la semejanza entre sueño y muerte.

Centenares de luces difundían por la lujosa estancia claridad rojiza, y

ponían en el rostro de la difunta un tenue colorete, última ofrenda de

la luz á la sombra.

Por la tarde, llevaron sin fin de coronas, algunas de monstruoso

tamaño, con variada abundancia de flores hermosísimas. Las de trapo

eran gallarda emulación de las naturales, traídas de lejanos climas.

Orgullosas de la fijeza de sus tintas y de su mentida frescura,

envidiaban á las otras el rico aroma que ellas no tenían, y como

estuvieran próximas, se lo robaban. Las vivas no podían disimular

sus ganas de marchitarse, incitadas á la modorra en aquella tibia

atmósfera de somnolencia. Violetas y rosas pálidas juntaban sus

tristes colores con los matices afectadamente elegiacos de las

contrahechas, y la fragancia descompuesta de las unas se confundía con

el olorcillo de fábrica de las otras. Esta mezcolanza de olores se

fundía luego con el de la cera ardiente, resultando lo indefinible,

vaga sensación de las alquimias recónditas, por donde la vida se

descompone, y la descomposición vuelve á ser vida.

Numeroso público (entendiendo por público la muchedumbre de amigos)

acudió por la tarde á inscribirse en las listas. Algunos subían á

admirar la capilla ardiente, en la cual hubo un verdadero jubileo toda

la tarde. Para evitar la aglomeración, se dispuso como en los reales

palacios, que el público entrara por la galería grande y saliese por la

rotonda, recorriendo así, en poco espacio, las partes más bellas del

edificio. Lacayos con librea de luto velaban por el cumplimiento de las

reglas de tránsito, que sólo los muy íntimos podían infringir. Como es

fácil comprender, no faltaron diligentes periodistas, de los que se

cuelan por el ojo de una aguja: iban á tomar nota de todas aquellas

grandezas para sacarlas en el periódico. Nada se les escapaba á los muy

pícaros, atentos á la prolijidad descriptiva, y á recopilar nombres de

personas y personajes. El _licenciado Juan de Madrid_, que por allí

se pareció, dábales noticias de la casa y de las maravillas en ella

contenidas sin olvidar algún precioso dato biográfico de la familia

Torquemada San Eloy. En el portal las firmas de visitantes llenaban ya

un fabuloso número de pliegos, y el montón de tarjetas era tan grande,

que más bien parecía cosa llovida, una granizada de papel ó cosa tal.

Torquemada y San Pedro · 第 17 / 35 题