Metióse en su cuarto el Marqués de San Eloy como alimaña huída, que
sólo se cree segura en la grieta que le sirve de albergue; pero como
éste era, en aquel caso, bastante holgado, allí se entretuvo el hombre
en espaciar su desventura, paseándola de un extremo á otro, como si de
esta suerte, por estirarla y darle vueltas, pudiera llegar á ser menos
honda. Verdaderamente, era una cosa inícua, casi estaba por decir una
mala partida... vamos, una injusticia tremenda, que debiendo ser Cruz
la condenada á _fallecer_, por razón de la edad, y porque maldita la
falta que hacía en el mundo, falleciese la otra, la bonísima y dulce
Fidela. ¡Qué pifia, Dios! Y á él no le faltaban agallas para decírselo
en su cara al Padre Eterno, como se lo diría al Nuncio y al mismo
Papa, para que fueran á contárselo. ¿_Á qué obedecía_ la muerte de
Fidela? «_¿Á qué obedece?_—repetía furioso, volviendo la cara hacia el
techo, como si en él pintada estuviese la cara de su interlocutor.—¿Es
esto justo? ¿Es esto misericordioso y divino?... ¡Divino! Vaya unas
divinidades que se gastan por arriba. Pues yo le digo á _Su Señoría_
que no me ha convencido, y que todo eso de _infinitamente sabio,
infinitamente... que sé yo_, lo pongo en cuarentena. Ea, no me
gusta adular á los poderosos, á los que están por encima de mí. La
adulación _no se compadece con mi carácter_. Tengamos dignidad. ¿Y
qué es el rezo, más que una adulación, verbigracia, besar el palo que
nos desloma? Yo... al fin y al cabo... rezaría, si fuese preciso, si
supiera que había de encontrar piedad; pero... como si lo viera...
¡piedad! ¡Ah, quien no te conozca que te compre! Esto es _obvio_.
La piedad que haya, que me la claven en la frente. ¿Qué más? ¿Cómo
olvidar el caso de mi primer Valentín, de aquel cacho de ángel, que me
quitaron de la manera más atroz y bárbara, _barrenando_ las leyes de la
Naturaleza, sin que me valieran rezos, ni limosnas, ni nada?... ¡Anda y
que adulen otros! No es uno un pelagatos, no es uno un cualquiera, no
es uno un mariquita...»
Fatigado de dar tantas vueltas, se sentó en una silla, apoyándose en la
mesa, y se tapó los ojos con ambas manos. «_¡Ñales!_—decía,—paréceme
que estoy delirando. Lo que me pasa no es para menos... Aunque nos
volviéramos locos de tanto rezar todos los que estamos en la casa,
nada conseguiríamos, porque el mal, _á estas alturas_, es de los
que no tienen remedio. La pobrecita Fidela se muere... se muere sin
remisión... quizás se ha muerto ya... Sería preciso, para salvarla, que
_Aquél_ hiciera un milagrito, y lo que es eso... Favores ya los hace;
pero milagros... Y falta que sea verdad que los hiciera... Favores sí;
pero estas gangas son para los beatos y ratones de Iglesia... No está
uno en el caso de rebajarse... ¡cuidado!... Cierto que si me aseguraran
que..., yo me rebajaría, vaya si me rebajaría... Pero, ¡con cien mil
Biblias! para que me dejen con un palmo de narices, como en el caso de
Valentín...»
Volvió á pasearse, transido de pena y terror, atormentado por la imagen
de su esposa moribunda, fija en su mente con los rasgos y matices
de la pura realidad. La veía, la estaba viendo, cual si delante la
tuviera. ¡Cuánto mejor para él no haber entrado en la alcoba, haberse
quedado fuera... evitando el mal rato de verla agonizante, y el
tormento de quedarse con aquella imagen, con aquella fotografía en el
cerebro, la cual no se borraría en mil años que viviese!... Perdido
el conocimiento, sin ver á nadie ya, columbrando quizás las cosas del
Cielo, la pobrecita Fidela se iba muriendo sin sentirlo, los ojos
hundidos, las pupilas sin brillo ni viveza, vueltas hacia arriba,
como si quisieran mirar al interior del cráneo; la boca anhelante,
distendiendo y contrayendo los labios... al modo de los pececillos de
redoma... en derredor de la boca un cerco violado que le desfiguraba
horrorosamente el rostro... la piel húmeda, del sudor frío que la
cubría; el cabello pegado á las sienes, y también con aspecto de cosa
muerta, postiza, como peluca desencajada y fuera de su lugar... y por
fin, el cuerpo inmóvil, vencido ya de la inercia, sin contracciones.
Sólo en los dedos, la vida muscular se manifestaba expirante en
ligeras crispaduras... Tal era la imagen lastimosa que había visto D.
Francisco, y que en su mente quedó estampada, con fuerza bastante para
transportarse de la mente á la realidad.
Pasó algún tiempo, no podía decir cuánto, en aquella abstracción
dolorosa, sintiendo hondo, viendo claro lo que no ver quería, luchando
por borrar la imagen cuando se vivificaba demasiado, y por revelarla
de nuevo cuando se desvanecía, pues si penoso era verla, desconsuelo
le causaba no percibirla, y á tantos tormentos unióse pronto el de la
duda. ¿Había muerto ya ó vivía aún? Por nada del mundo habría vuelto
á la alcoba. ¿Cómo no se le daba cuenta de la muerte, si ésta _era un
hecho_? Lo probable era que aún viviese. ¿Le habrían traído el Viático?
No, porque él hubiera sentido rumores de gente y el toque triste de la
campanilla. Grande era el palacio; pero no tanto que un acto de tal
naturaleza pudiese verificarse sin que él se enterara. Creyó sentir un
bullicio extraño... ¡Gente de la parroquia! La Extremaunción sería, que
el Viático no podía ser.
Puso después atento oído á los ruidos que sonaban en el inmenso
caserón. Á ratos reinaba silencio tan profundo, que todo parecía
muerto, todo quieto y mudo, como las figuras de los lienzos que
adornaban la ducal mansión; á ratos oía pasos precipitados de la gente
de servicio, que bajaban ó subían á prisa, como en busca de algo muy
urgente. Tentado estuvo, en más de una ocasión, al sentir próximo á su
leonera el paso de algún criado, de salir á la puerta y preguntar...
Pero no: si le anunciaban la muerte, ¿cómo soportar la noticia? Además,
los criados todos se le habían hecho antipáticos, que no _quería nada
con ellos_, y si por acaso le contestaban algo desagradable, trabajillo
le había de costar no emprenderla con ellos á puntapiés. Tanta llegó
á ser al fin su ansiedad, que entreabrió la puerta. Frente á ésta,
extendíase una ancha galería bien iluminada. ¡En su dorada cavidad
cuánta tristeza! Pasos se oían, sí, pero no muy lejanos, arriba, allá,
donde estaba pasando... lo que pasaba. En el fondo de la galería vió
una figura enorme, desnuda, con la cabeza próxima al techo y las
piernazas encima de una puerta. Era un lienzo de Rubens, que á don
Francisco _le resultaba_ la cosa más cargante del mundo, un tío muy feo
y muy bruto, amarrado á una peña. Decían que era Prometeo, un _punto_
de la antigüedad mitológica: picardías muy malas debió de hacer el
tal, porque un pajarraco le comía las asaduras, suplicio, que á juicio
del Marqués de San Eloy, estaba muy bien empleado. Más acá vió á una
ninfa que también le cargaba, casi en cueros la muy sinvergüenza, con
los pechos al aire, y tan tiesa como si se hubiera tragado el palo
del molinillo. No se acordaba Torquemada de su nombre; pero ello era
también cosa de _tirios y troyanos_... Ganas le dieron súbitamente de
salir con una estaca y emprenderla á palos con la estatua (copia de
la Dafne de Nápoles) que decoraba el fondo de la galería, y hacerla
pedazos, para que aquella _pindongona_ no le señalara más con su dedo
provocativo, ni se le riera en sus barbas... Pero habría sido disparate
romperla, valiendo lo que valía.
En esto sintió ruidos de pasos en la escalera, y azorado cerró la
puerta. «Ya vienen, ya vienen á decírmelo.» Después se acordó de que
había dado á su ayuda de cámara la rigurosa consigna de que no le
llevasen recados, que no quería saber nada ni ver á nadie. «_Velay_ por
qué no se acerca á mi cuarto ni una mosca. Me tienen miedo.»
Ya debían de ser las dos de la mañana. El ruido se acentuó en la
parte superior de la casa. Sintió D. Francisco un frío intenso, y
sobre el gabán que puesto tenía, se echó otro, y siguió paseándose.
«Seguramente—se dijo,—_es un hecho_ ya. Como si lo viera. Cruz estará
haciendo aspavientos de dolor..., y lo siente, no dudo que lo siente.
Pero no será ella quien venga á decírmelo. Donoso quizás. Tampoco: no
se separará un momento de su adorada Cruz, para consolarla, y ponerse
á pensar los dos... ¡ah, les conozco! _en las disposiciones para
el entierro_. Donoso no vendrá. Augusta tampoco, porque esa sí que
estará afligidilla. ¡La quería tanto...! ¡Ah! ya caigo; _el llamado_ á
comunicarme la triste noticia, es el clérigo, mi señor Gamborena, que
debe de estar también arriba, echando latines. ¡Á buena hora! Véase
para lo que vale la santa religión. Este _San Pedro_ ó _San Perico_,
á quien tengo por portero del _departamento celestial_, no puede ó
no sabe evitar que se muera quien no debe morirse. Ya, lo que ellos
quieren es llevar gente y más gente para arriba... No les importa quien
sea. En el fondo de esa santidad, hay un gran egoísmo, _por decirlo
así_... Pues, sí, el beato Gamborena será el comisionado para traerme
la noticia... Cuando no me la trae, es que todavía...» Acercóse á la
puerta, aplicó el oído... Nada sentía. «¡Si no vendrá tampoco el
misionero á decirme nada!...Vamos, que reviento de ansiedad... ¡Si al
fin tendré que subir, y...! Paseemos otro poco.»
Algunas docenas de vueltas había dado, cuando sintió pasos. El corazón
quería saltársele del pecho... Sí, eran los pasos de Gamborena; los
habría conocido entre mil y mil pisadas de una multitud en marcha.
Hasta los andares del buen eclesiástico revelaban la grave noticia de
que era mensajero, y antes de llegar, venía diciéndola con los pies,
con el compás seguro y rítmico, con el ruidillo que hacían las suelas
sobre el entarimado... Detuviéronse al fin los pasos en la puerta;
abrióse ésta con lentitud ceremoniosa, y en el rectángulo, como
luminosa figura en marco negro, vió aparecer Torquemada la persona
del misionero de Indias, su cara de talla antigua, de caliente y
tostada pátina, la calva reluciente, el cuerpo todo negro, los ojos de
angélica expresión. D. Francisco clavó en él los suyos, diciéndole con
la mirada: «Ya sé... ya.» Y él con voz patética, solemne, terrible,
que sonó en los oídos del tacaño como el restallar de los orbes al
desquiciarse, le dijo:
—¡Señor, Dios lo ha querido!