En el mismo instante que esto ocurría, entraba del Senado D. Francisco,
llevando consigo á un amigo, médico y senador, á quien había invitado
á comer, más que por el gusto de obsequiarle, porque viera á su
esposa, y proporcionarse de este modo una consulta gratuita sobre la
dolencia fastidiosa y tenaz, ya que no grave, que aquélla sufría.
Figuraba el senador entre las eminencias médicas, y quería serlo
también política, para lo cual había tomado por su cuenta las reformas
sociales, pronunciando discursos campanudos y pesadísimos, que á
Torquemada le encantaban, por hallar en ellos perfecta concordancia
con sus propias ideas sobre tales materias. Hicieron amistades en los
pasillos, y en el salón se sentaban casi siempre juntos. Era el médico
hombre amabilísimo, y D. Francisco se encariñaba con los hombres finos,
siempre que fueran desinteresados y no atacasen al bolsillo con las
armas de la cortesía refinada como ciertos _puntos_ que á nuestro
tacaño se le sentaban en la boca del estómago.
Vió, pues, el senador médico á la señora Marquesa, la interrogó con
exquisita delicadeza y gracejo, y su dictamen fué tranquilizador para
la familia. Todo ello no era más que anemia, y un poco de histerismo.
El tratamiento de Quevedito le pareció de perlas, y había que
esperar de él la anhelada mejoría. No se permitió añadir más que la
_rusticación_ cuando llegase el verano, residiendo en país montañoso,
lejos del mar. Después comieron todos muy campantes, y Cruz notó
en Augusta una tristeza que en ella era cosa muy rara, pues por lo
común alegraba la mesa y entretenía gallardamente á los comensales.
Torquemada estuvo decidor, queriendo á toda costa lucirse delante de
su amigo, el cual, _velis nolis_, metió entre dos platos los problemas
sociales, y allí fué Troya, pues el médico resolvía la cuestión por lo
político, el misionero por lo religioso, y el señor Marqués _deploraba_
las exageraciones de escuela. Tristes y aburridas, abstuviéronse las
dos damas de dar su opinión en tan cargante materia.
Terminada la comida corrió Augusta á la alcoba, y se secreteó con
Fidela:
—Dice Cruz que mañana...
—Mi hermana no ha dicho eso.
—¿Cómo no?
—No, porque tú no le has dicho nada todavía. Si todo lo sé y lo veo
desde aquí. Conmigo no valen mentirillas. Y si no se lo dices pronto,
tendré que decírselo yo.
La inesperada presencia de Cruz en la alcoba, entrando como una
aparición, cortó bruscamente el diálogo. Al pronto, notando algo
extraño en la actitud de ambas, creyó que se trataba de una travesura.
Interrogó, le replicaron, y al fin supo la verdad de aquel antojo de
su hermana. ¡Confesarse! ¿Cuándo? ¡Pronto, pronto! ¿Qué prisa había?
Su empeño verdadero ó fingido de tomarlo á risa, no dió más resultado
que confirmar á la otra en su tenaz deseo. Bien se comprende que
aquel repentino afán de confesión, no hallándose la señora peor de su
dolencia, al decir de los médicos, inquietó á la familia. Cruz fué con
el cuento á Gamborena, y éste á don Francisco, que corrió alarmadísimo
á la alcoba, y dijo á su cara mitad:
—¿Pero tú qué _fenómenos_ tienes? Si dice el doctor que son _fenómenos
reflejos, exclusivamente reflejos_... ¿Á qué viene esa andrómina del
confesarse? Tiempo tienes. Mi amigo se ha ido; pero si quieres le
llamo... No, no será preciso. Mientras menos médicos parezcan por aquí
mejor. Quevedo no tardará en llegar, y entre todos te convenceremos de
tu tontería.
Interrogada por todos de un modo apremiante, Fidela no podía declarar,
sin mentir, ningún síntoma peligroso. De fiebre no tenía ni chispa,
según una vez y otra hizo constar D. Francisco, que se las echaba
de buen entendedor de pulsos. Lo único que sentía era la opresión
del pecho, la dificultad del respirar, cual si un corsé de hierro le
oprimiera la caja torácica, y algo, además, que, á su parecer, como
dogal interno, apretaba su garganta, á la cual se llevaba las manos sin
sosiego, creyendo cerciorarse con ellas de una fuerte hinchazón.
—Pero, ¿no tengo aquí un bulto muy grande?
—No, hija, no tienes nada. Todo es aprensión.
—_Fenómenos reflejos._
—Duérmete, y verás.
—Eso es lo que quiero, dormirme y ver lo que hay por allá. Pero me
parece que no pegaré los ojos en toda la noche.
Quevedito, que á la sazón entrara, no encontró en ella novedad que
debiera ser motivo de alarma; pero el estado moral de la enferma, y
las extrañas inquietudes de su espíritu pusiéronle al fin en cuidado,
y propuso á su suegro que, al día siguiente, fuese llamado en consulta
el doctor Miquis. En tanto, Cruz trataba de de convencer á Gamborena
de la inconveniencia de retirarse á su domicilio en noche tan cruda
y desapacible, y él no insistió, como otras veces, en largarse,
afrontando la ventisca y el frío. Más que las molestias y aun peligros
de la caminata, le retenían en la mansión ducal presentimientos
vagos de que no sería excusada en ella su presencia. Convino, al fin,
en alojarse en la habitación _cardenalicia_ que en el piso alto le
tenían preparada, y Cruz le suplicó que, antes de recogerse, tratara
de obtener de Fidela, con su omnímoda autoridad, el aplazamiento de la
confesión hasta el siguiente día. Dicho y hecho. Llegóse á la puerta de
la alcoba el buen sacerdote, y desde allí con insinuante cariño dijo á
la enferma:
—¿Sabes que tu hermana no me deja marchar? Me resigno, porque las
calles están heladas: caballos y personas tenemos miedo de un resbalón,
y de rompernos pata ó pierna... Eso que has pensado, hija mía, me
parece muy bien, muy bien. Por lo mismo que no estás peor, quieres
hacerlo descansada y fácilmente, como obligación de todo tiempo y
de circunstancias normales. Bien, muy bien. Pero yo estoy cansado,
tú necesitas dormir, y como me tienes en casa, quédese para mañana.
Duérmete niña, duérmete tranquila. Buenas noches.
Poco después de esto, despidióse Augusta, besando una y otra vez á su
amiga, y prometiéndole ir tempranito á la mañana siguiente. La paz
y la quietud reinaron en la casa, mas no en el corazón de Cruz, que
no tenía sosiego, y se acostó como el oficial de guardia cuando hay
temores de trifulca. Toda la noche la pasó don Francisco vigilando á su
esposa. Entraba de puntillas, y aproximábase al lecho como un fantasma.
La pobrecita dormía algunos ratos; pero eran sus sueños breves y nada
tranquilos.
—Estoy despierta—decía alguna vez.—Aunque me veas con los ojos
cerrados, no duermo, no. ¡Y qué ganas tengo de coger un buen sueño
largo, largo...!
—¿Hay algún nuevo fenómeno, hija mía?
—Nada, nada más que esta opresión maldita. Si no tuviera esto, me
sentiría muy bien.
—Y más tarde:
—_Eximio_, no te asustes, esto no es nada. Un momento que me ha faltado
la respiración, y creí que me ahogaba.
—¿Quieres otra cucharadita?
—No, ahora no. Creo que me hace daño tanto brebaje. ¡Ay! qué horrores
soñé en un momento que me quedé dormida. Que nuestro Valentín se había
sacado los ojos y jugaba con ellos. Después me los daba á mí para que
se los guardara... _ta... ca... pa... ca..._ ¿Y qué haces que no te
acuestas, pobrecito _eximio_?
—Mientras tú estés despierta, velaré yo—le dijo el esposo, sentándose
á su lado.—_Blasono_ de precavido y vigilante y soy la _previsión
personificada_.
—Si no tengo nada; si estoy bien...
—Pero debemos _tender_ á que estés mejor. Á mí se me ha ocurrido un
plan. Á veces sabe uno más que toda la cáfila de médicos que _pululan_
por ahí.
—¡Si yo durmiera...! Pero, ya verás... de mañana no pasa que coja yo un
sueño largo, largo...
—Cuando yo estoy desvelado, me pongo á sumar cifras, y á meter y
sacar por todos los rincones del cerebro la aritmética que aprendí de
muchacho.
—Pues yo también sumo, y no saco en limpio más que los mil y quinientos
minutos que me faltan para dormirme. ¡Qué cabeza esta! ¿Ves? Ahora
parece que tengo sueño. Respiro bien, y el bulto de la garganta se me
sube á los ojos. Los párpados me pesan. _Eximio Tor_, yo te aseguro que
Valentín tendrá mucho talento, no talento para los negocios, como tú,
sino para la poesía, y para...
Se quedó dormida. Á la madrugada, después de varios letargos breves,
tuvo un ligero ataque de disnea. Torquemada se alarmó. Pero ella le
tranquilizaba diciéndole:
—Querido _ex... ex... imio_, no te asustes. No es nada. Quiero
respirar, y la nariz dice que... respire por la boca, y la boca... que
por la nariz..., y en esta disputa... ¿ves?... ya pasó... ya.
Ya de día claro, durmió como unas dos horas, y se despertó alegre,
charlatana, preguntando si había venido Augusta. Acudió su hermana
á darle el desayuno, un té con leche, que tomó con gran apetito.
Torquemada se había ido á descansar, y Gamborena se preparaba para
decir la misa. Revuelto y glacial como el anterior, ofrecióse al
amanecer aquel día, lo que no impidió que la de Orozco se personase
en el palacio, diligente y recelosa, poco antes de la misa, que oyó
con gran recogimiento y devoción. Á las nueve, cuando Gamborena
se desayunaba en la sacristía, y se oían en los pasillos bajos el
desapacible chillar del heredero, y el ruido de los varetazos que daba
en bancos y sillas, subió Augusta á la alcoba y charló con Fidela
de cosas gratas, amenas y tentadoras de la risa. En lo mejor de este
sabroso coloquio entró el eclesiástico diciendo con gracejo:
—Amiguita, ahora está usted de más aquí. Fidela y yo tenemos que echar
un párrafo.
Salió de la alcoba la dama, y quedaron solos la Marquesa y el
misionero. La confesión fué larga, aunque no tanto como el sueño que
aquélla deseaba.