—Hijas mías, aunque no me lo permitáis, yo, como sacerdote y amigo,
quiero y debo reprenderos por esa costumbre de tratar en solfa, y
alardeando de humorismo elegante con visos de literario, las cuestiones
más graves de la moral y de la fe católica. Vicio es este adquirido
en la esfera altísima en que vivís, y que proviene de la costumbre de
poner en vuestras conversaciones ideas chispeantes y deslumbradoras,
para entreteneros y divertiros como en los juegos honestos de
sociedad... suponiendo que sean honestos, y es mucho suponer.
»No necesito que me déis licencia para deciros que cuanto expresásteis
acerca de la muerte, y de nuestros fines aquí y allá, es herético,
y además tonto, y extravagantísimo, y que sobre carecer de sentido
cristiano, no tiene ninguna gracia. Podrán alabar ese alambicado
conceptismo los majaderos sin número que acuden á vuestras tertulias
y saraos, hombres corrompidos, mujeres sin pudor... algunas, no digo
todas. Si queréis decir gracias, decidlas en asuntos pertinentes al
orden temporal. Juzgad con ligereza y originalidad de cosas de teatro,
de baile, ó de carreras de caballos y velocípedos. Pero en nada
pertinente á la conciencia, en nada que toque al régimen grandioso
impuesto por el Criador á la criatura, digáis palabra disconforme con
lo que sabe y dice la última niña de la escuela más humilde y pobre.
Aquí resulta una cosa muy triste, y es que las clases altas son las
que más olvidadas tiene la doctrina pura y eterna. Y no me digan que
protegéis la religión, ensalzando el culto con ceremonias espléndidas,
ó bien organizando hermandades y juntas caritativas: en los más de
los casos, no hacéis más que rodear de pompa oficial y cortesana al
Dios Omnipotente, negándole el homenaje de vuestros corazones. Queréis
hacer de Él uno de estos reyes constitucionales al uso, que reinan y no
gobiernan. No, y esto no lo digo precisamente por vosotras, sino por
otras de vuestra clase; no os vale tanta religiosidad de aparato; no
se os acepta el homenaje externo si no lo acompañáis del rendimiento
de los corazones, y de la sumisión de la inteligencia. Sed simples
y candorosas en materia de fe; dad al ingenio lo que al ingenio
pertenece, y á Dios lo que siempre ha sido y será de Dios.
Oían las dos damas absortas, bebiéndose con los ojos la dulzura de los
ojos del misionero, al propio tiempo que absorbían por el oído, y
las agasajaban en el pensamiento, las ideas que expresaba. Durante la
breve pausa que hizo, apenas respiraban ellas, y él siguió tranquilo,
apretando un poquito en la severidad:
—Las clases altas, ó por hablar mejor las clases ricas, estáis
profundamente dañadas en el corazón y en la inteligencia, porque habéis
perdido la fe, ó por lo menos andáis en vías de perderla. ¿Cómo? Por
el continuo roce que tenéis con el filosofismo. El filosofismo, en
otros tiempos, no traspasaba el lindero que os separa de las clases
inferiores; el filosofismo era entonces plebeyo, ordinario, y solía
estar personificado en seres y tipos que os eran profundamente
antipáticos, sabios barbudos y mal olientes, poetas despeinados y que
no sabían comer con limpieza. Pero ¡ah! todo ello ha cambiado. El
filosofismo se ha hecho fino, se ha hecho elegante, se ha colado por
vuestras puertas, y vosotras le dáis abrigo, y le hacéis carantoñas.
Antes le despreciábais, ahora le agasajáis; y os parece que vuestras
mesas no están bastante honradas si no sentáis á ella diariamente á dos
ó tres de estos alumnos de Satanás; y vuestros saraos no os parecen de
tono, si no traéis á ellos á toda la caterva de incrédulos, herejes y
ateistas.
»Vosotras, clases altas y ricas, aburridas, fatigadas por no tener un
papel glorioso que desempeñar en la sociedad presente, os habéis bajado
á la política, como el noble enfermo y melancólico, que no sabiendo
qué hacer para distraerse, desciende á bromear con la servidumbre. El
filosofismo, harto de vivir en sótanos y entre telarañas, se ha subido
á la política para buscar en ella su negocio, y en ese terreno común os
habéis encontrado todos, y os habéis hecho amigos. Después, incurriendo
en familiaridades de mal gusto, lleváis al filosofismo arriba, á
vuestras salas, y allí, el infame os contagia de sus perversas ideas,
amortiguando la fe en vuestros corazones. Cierto que conserváis la
fe nominal, pero tan sólo como un emblema, como una ejecutoria de la
clase, para defenderos con ella en caso de que veáis atacados vuestros
fueros y amenazadas vuestras posiciones... Y la prueba de esto la
hallamos en las novísimas costumbres de la gente noble. Decidme: ¿no
salta á la vista que vuestras devociones son superficiales y que debajo
de ellas no hay más que indiferentismo, corruptela? Vosotras mismas
os habéis reído, esta Navidad, de las que _dieron misa del gallo_
con baile. Vosotras mismas habéis organizado conciertos caritativos,
y con igual frescura tomáis el teatro y la lotería por instrumentos
de caridad, que lleváis á la iglesia las formas teatrales. Todo está
bien con tal de divertiros, que es la suprema, la única aspiración de
vuestras almas.
Descansaron las dos damas de aquella tirante atención, sacando cada
cual un suspiro de lo más hondo del pecho, y Gamborena, después de
repartir por igual palmaditas en las manos de una y otra, prosiguió y
terminó benévolamente en esta forma:
—Hay que volver á la sencillez religiosa, señoras mías, limpiar el
corazón de toda impureza, y no permitir que la frivolidad se meta
donde no la llaman, y donde hace tanta falta como los perros en misa.
¿Queréis ser elegantes? Sedlo enhorabuena, sin mezclar el nombre de
Dios ni la doctrina católica en vuestras chismografías epigramáticas.
La caridad, el culto, la devoción sean cosas serias, no uno de tantos
temas para lucir la travesura del pensamiento. La que no tenga fe, que
lo diga y se deje de comedias que á nadie engañan, y menos al que todo
lo ve. La que la tenga sepa tenerla con simplicidad; sea como los niños
para aprender la doctrina, y como los humildes y pobres de espíritu
para practicarla, dejando los escarceos del ingenio para el diablo, que
es el gran hablador, y el maestro de la cháchara, y el que á la postre
sale ganando con todas esas vanidades de la conversación picaresca. La
alcurnia y el dinero suelen ser carga pesada para las almas que quieren
remontarse, y estorbo grande para las que buscan la simplicidad: el
toque está, señoras mías, en conseguir aquellos fines, sin arrojar
dinero y alcurnia, aunque hay casos, pero de esto no se hable, por
ser excepcional y extraordinario. Sabiendo uno con quién trata, y en
qué tiempos vive, no incurrirá en la tontería de decir: «imitad á los
que siendo nobles y ricos, quisieron ser pobres y plebeyos.» Esto
no: vivimos en tiempos de muchísima prosa, y de muchísima miseria y
poquedad de ánimo. La voluntad humana degenera visiblemente, como
árbol que se hace arbusto, y de arbusto, planta de tiesto: no se le
pueden pedir acciones grandes, como al pigmeo raquítico no se le
puede mandar que se ponga la armadura de García de Paredes y ande con
ella. No, hijas mías. No os diré nunca que seáis heroínas, porque os
reiríais de mí, y con razón. Sois muy enanas, y aunque os empinárais
mucho, aunque os pusiérais penachos de soberbia y tacones de vanidad,
no podríais llegar á la talla. Por eso os digo: ya que sois tan
poquita cosa, procurad ser buenas cristianas dentro de la cortedad
de vuestros medios espirituales; seguid siendo aristócratas y ricas;
compaginad la simplicidad religiosa con el boato que os impone vuestra
posición social, y cuando os llegue el momento de pasar de esta vida,
si habéis sabido limpiaros de la impureza que os invade el corazón, no
encontraréis cerradas las puertas de la eterna dicha.
Oyeron las damas esta plática con emoción profunda, y poco faltó para
que lloraran. Cuando el misionero terminó, repitiendo las afectuosas
palmaditas en las manos de sus oyentes, Augusta no hacía más que
suspirar. Fidela parecía un poquito asustada, y cuando se repuso, su
genial travesura salió bruscamente con uno de aquellos _rasgos_ que el
sacerdote acababa de reprender.
—Pero si no puedo purificarme bien, lo que se llama bien, espero que
habrá un poquito de manga ancha conmigo, y que usted me abrirá la
puerta celestial.
—¿Yo?
—Usted, sí, usted que tiene las llaves.
—¿Yo?
—Lo dice mi marido, y lo cree, y por creerlo así le llama á usted _San
Pedro_.
—Es una broma.
—¿Y no mereceré yo un poco de indulgencia?
—Indulgencia Dios la da.
—Pues mire usted, nadie me quita de la cabeza que la voy á necesitar
pronto, muy pronto.
—¡Oh, no digas tal!
—Me lo pueden creer. Hace días vengo pensando en eso, en mi próxima
muerte, y ahora, cuando usted hablaba, se me metió en la cabeza la idea
de que ya estoy al caer, pero ya, ya...
—¡Qué tontería!
—Si no me asusto. Al contrario, lo miro con una tranquilidad...
¡Morir... _dormir mucho tiempo_! ¿No es eso, padre? ¿No es eso, Augusta?
Entró en aquel momento Cruz, y habiendo entendido algo de lo que su
hermana decía, la reprendió con dulzura, fijándose en la expresión de
su rostro. Debió éste de parecerle hipocrático en grado sumo, aunque no
lo bastante para sentir alarma.
—Claro, te estás toda la tarde de palique y luego viene la fatiguita
y la opresión. Tú no hagas más que oir, y habla lo menos que puedas;
sobre todo no te pongas á defender los mil disparates que se te
ocurren, porque en las discusiones te quedas sin aliento, y ya ves...
—Si no estoy mal—dijo Fidela, con dificultosa respiración.
—No, no estás mal. Pero yo que tú me acostaría. Ya ves qué día
tenemos. Con todas las precauciones del mundo, y echando leña sin cesar
en las chimeneas, no podemos evitar que te enfríes. ¿Verdad, padrito,
que debe acostarse?
Las instancias de su hermana, reforzadas por Gamborena, llevarónla
al lecho, donde se sintió mejor. Después de haber descabezado un
sueñecillo, hallábase muy risueña y decidora. Augusta, que de su lado
no se separaba, le mandó más de una vez que cerrase el pico.
Nada ocurrió en el resto del día digno de ser contado. Gamborena y Cruz
charlaban en el gabinete de Fidela, y ésta en su alcoba se entretenía
con Valentinico y con su fiel amiga. Ya entrada la noche, poco antes
de la hora de comer, la Marquesita de San Eloy despertó de un breve
y tranquilo sueño, respirando desahogadamente. ¡Qué bien estaba! Así
lo creyó Augusta al acercarse á ella, inclinándose sobre el lecho.
Llevóse la niñera al chiquitín para darle de comer, y entonces Fidela,
acariciando la mano de su amiga, le dijo en el tono más natural del
mundo:
—Tengo que decirte una cosa.
—¿Qué?
—Que quiero confesarme.
—¡Confesarte!—exclamó Augusta palideciendo y disimulando su
turbación.—Pero ¿estás loca?
—No sé por qué ha de ser signo de locura el querer confesarse.
—Pero, hija, es que... creerán que estás mal.
—Yo no sé si estoy mal ó bien. No hay más sino que quiero confesarme...
y cuanto más pronto, mejor.
—Mañana...
—Déjate de mañanas. Mejor será esta misma noche.
—Pero ¿qué idea te ha dado...?
—Pues una idea, tú lo has dicho, una idea. ¿Acaso es mala?
—No... pero es una idea alarmante.
—Bueno, mejor. Me harás el favor de decírselo á mi hermana. Ó se lo
dices á _Tor_... No, no, mejor á mi hermana.