—¿Y qué?—preguntaba Augusta al sacerdote en el gabinete de Cruz,
mientras ésta pasaba un rato junto á su hermana,—después de la
confesión ¿tendremos también Viático?
—_¡Tendremos!_ Habla usted de ello, amiga mía, como si se tratase de
una _garden party_, ó de un cotillón.
—No es eso... Quiero decir...
Torquemada entró súbitamente, haciendo la misma pregunta:
—¿Y qué? _¿Viático tenemos?_
—Esperaremos á que ella misma lo pida—indicó Augusta,—ó á que los
facultativos indiquen su oportunidad. Yo la encuentro bien, y no veo
motivo de alarma. ¡Pobre ángel!
—Es una santa—dijo el tacaño con cierta solemnidad,—y no será justo ni
equitativo que se nos muera tan pronto, habiendo por el mundo tantos y
tantas que maldita la falta que hacen.
—Sólo Dios sabe quién debe morir—agregó el sacerdote,—y cuanto Él
dispone, bien dispuesto está.
—Sí; pero no es cosa de conformarse así, á lo _bóbilis bóbilis_—replicó
Torquemada amoscándose.—¡Pues no faltaba más! Admito que todos somos
mortales; pero yo le pediría al _señor de_ Altísimo un poco más de
lógica y de consecuencia política... quiero decir, de consecuencia
mortífera... Esto es claro. No se mueren los que deben morirse,
y tienen siete vidas como los gatos, los que harían un _señalado
servicio_ á toda la humanidad tomando soleta para el otro mundo.
Gamborena no contestó nada, y se fué á rezar á la capilla.
Poco después de esto, Fidela, que por consejo de toda la familia y
disposición de Quevedito, se había quedado en el lecho, mandó que le
llevaran al chiquillo, el cual, si al pronto se enfurruñó, porque le
privaban de hacer el burro en los pasillos bajos, no tardó en avenirse
con la compañía de su madre, única persona á quien solía mostrar
cariño. Cansado de dar vueltas por la alcoba pegando latigazos, se hizo
subir á la cama, y por ella se paseó á cuatro patas, imitando el perro
y el cochino; y ya se corría hacia la cabecera para dejarse besar de
su mamá, ya bajaba hasta los pies, mordisqueando la colcha, y haciendo
_gru, gru_, para hacer creer á Augusta que era un terrible animalejo,
que le iba á comer una mano.
—Está monísimo—decía Fidela, encantada de aquel juego.—No me digan que
este chico va á ser tonto. Lo que tiene es muchísima picardía, y en él,
la travesura del animalillo anuncia la inteligencia del hombre.
Agitaba ella los pies dentro de las sábanas, para que él hociqueara
en el bulto con saltos y acometidas de bestia cazadora, y ya se
esparranclaba, ya husmeaba el aire descansando sobre los cuartos
traseros y erguido sobre los delanteros, ya, en fin, sentábase para
frotarse el hocico con movimientos de oso cansado de divertir á la
gente. Pero su principal diversión era asustar á las personas que
rodeaban el lecho, y á su mamá misma, ladrándoles, embistiéndoles de
mentirijillas, con la boca abierta en toda su pavorosa longitud. Verdad
que nunca se las comía; pero les hacía creer que sí, á juzgar por las
voces de espanto con que acogían sus furores. Por fin, tendióse á lo
largo junto á su madre, y apoyando su rostro en el de ella, largo rato
estuvo mirándola de hito en hito, sin articular gruñido ni voz alguna.
Maravillábase Augusta de que la mirada de Valentinico tuviera aquel día
expresión menos fosca y aviesa que de ordinario; pero no apuntó ninguna
observación sobre este particular.
—¡Si es más bueno este hijo!—decía Fidela gozosa.—¡Ahora me está
diciendo al oído unos secreticos tan salados!... _Ta, ta, pa, ca..._
que me quiere mucho, y otras cosas muy bonitas, muy rebonitas.
Diferentes veces le puso Cruz en el suelo para que no molestase á su
madre; pero él, con una querencia tenaz, que fué la mayor rareza de
aquel memorable día, se las arreglaba para volver á la cama. Creyérase
que comprendía la obligación de ser dócil y bueno para merecer aquellos
honores. Nunca se le vió más sumiso ni se notó expresión tan dulce en
el _ta, ca, ja, pa_, que á cada instante pronunciaba, ni tuvo tanto
aguante para permanecer quieto, pegado su hocico al rostro de su mamá,
dejándose acariciar de ésta y oyendo de su boca tiernas palabras que
seguramente no había de entender. Quedóse dormido un rato, y Fidela
no consintió que le quitasen de su lado. Durmió también ella con
placidez que todos creyeron de feliz augurio, y de fijo le habría sido
provechoso aquel sueñecico, si hubiera durado más.
Con la tardanza del doctor Miquis, que no pudo ir hasta la tarde,
estaban en ascuas Cruz y don Francisco, esperando uno y otro cobrar
ánimos con la visita del famoso médico. Antes que éste llegara, tuvo
Fidela otro ataquillo de disnea, seguido de un colapso muy breve, del
cual sólo Augusta, única persona que entonces se hallaba presente,
pudo enterarse. Volvió Valentinico á subirse á la cama, y si, poco
antes, pudieron observar todos en sus ojuelos cierta dulzura (como no
fuera esto efecto de la buena voluntad de los que le miraban), luego
notaron en ellos la singularísima expresión ofensiva que de ordinario
tenían. Quizás dependía esto de su pequeñez, contrastando con la
voluminosa cabeza, y de una irisación gatuna en las obscuras pupilas.
No se sabe; pero todos decían, y Augusta la primera, que aquél no era
el mirar inocente y seductor de un niño. ¡Demonio de engendro! Le dió
por echarse como un perro á los pies de su madre, y de amenazar con
gruñidos á cuantos al lecho se acercaban, enseñando los dientes, y
preparándose para morder al que se dejara, ya fuese su mismo papá, ó su
tía.
—¡Qué bravo!—decía Fidela.—¡Cómo defiende á su madre! Esto se llama
inteligencia, esto se llama cariño... ¡Pero si nadie me hace daño, hijo
mío! Estáte quietecito, y no te muevas mucho, que me molestas.
Entró en esto Miquis, y se llevaron al salvaje bebé, que con berridos
protestaba de no hallarse presente en tan importante visita. Larga fué
ésta, y detenidísimo el examen que de la ilustre enferma hizo aquel
espejo de los facultativos. La animó con su galana y piadosa palabra;
mostróse después reservado con la familia, y al fin, solos él y
Quevedito, hablaron _mutatis mutandis_ lo que sigue:
—¿Pero tú qué estás pensando?... ¿tú qué haces? ¿Estás tonto?
—¡Yo!... ¿qué?—replicó balbuciente y poniéndose pálido, el yerno de
Torquemada.—¿Por qué me dice usted eso, D. Augusto?
—Porque eres un ciego si no ves que esta pobre señora está muy mal. ¡Á
buena hora me avisas, cuando ya...! Puede que aún sea tiempo; pero lo
dudo. La depresión cardíaca es tal, que temo el colapso, y si viene el
colapso con la intensidad que presumo, ya no hay nada que recetar, como
no sea el Viático.
Quevedito se limpió el sudor del rostro. Un color se le iba y otro se
le venía, no sabiendo qué contestar á las aterradoras palabras de su
amigo y maestro. El cual siguió:
—¿Pero á qué tanta digitalina? Basta, basta, y dispón las inyecciones
de cafeína y éter, y las inhalaciones de oxígeno... para lo que ha de
venir esta noche.
—¡Teme usted...!
—Ojalá me equivoque. Pero... no te comprometas ante la familia con
optimismos que por desgracia serían ilusorios... no des esperanzas.
—¿Teme usted que el colapso...?
—Se ha iniciado ya. Lo he conocido en el pulso irregular, en el rostro,
que se descompone, ó parece querer descomponerse...
—No había observado...
—¿Y para qué sirve la adivinación médica, el arte de ver los fenómenos
ya pasados, en el rastro casi imperceptible que dejan en el organismo?
Volveré esta noche. No te separes de la enferma, y observa al minuto
todo cuanto ocurra.
—¿Volverá usted?
—Sí. Creo que no adelantaremos nada, y que la pobre señora no saldrá de
la noche.
De tal modo desconcertaron estas lúgubres palabras al bueno de
Quevedito, que cuando el otro se fué, y Cruz, ansiosa, se llegó al
médico de la casa, éste no pudo disimular su turbación. Faltábale poco
para echarse á llorar. Á las preguntas anhelantes de Cruz, y á las de
D. Francisco, contestó desordenadamente, luchando entre la veracidad
profesional y el afecto de familia:
—Mal diagnóstico... ¿para qué ocultarlo?... malo, malo... Sería peor
dar esperanzas, que... Pero aún no debemos perderlas, no, no, eso no...
Basta de digitalina... Habrá que hacer inyecciones... inhalaciones...
Veremos esta noche... Creo que Miquis exagera el mal. Estos médicos
de punta son así; dan grandes proporciones á la cosa más sencilla,
para luego salir diciendo... Pero la gravedad existe, una gravedad
relativa... y vale más estar prevenidos...