Hasta otra. Las tesis de Fidela se sucedían con pasmosa fecundidad,
y si extravagante era la una, la otra más. Su endeble memoria no le
permitía retener hoy lo que había dicho ayer; pero las contradicciones
daban mayor encanto al inocente juego de su espíritu. Después de
almorzar con apetito menos que mediano hizo que le llevaran al
chiquillo, el cual, por milagro de Dios, no estuvo en brazos de la
mamá tan salvaje como Augusta temía. Se dejó acariciar por ésta, y aun
respondió con cierto sentido á lo que ambas le preguntaron. Verdad que
el sentido dependía en gran parte de la interpretación que se diera á
sus bárbaras modulaciones. Fidela, única persona que las entendía, y
de ello se preciaba como de poseer un idioma del Congo, ponía toda su
buena voluntad en la traducción, y casi siempre sacaba respuestas muy
bonitas.
—Dice que si le dejo el látigo, me querrá más que á Rita: _ta ta ca_...
Mira tú si es pillo. Y que á mí no me pegará: _ca pa ta_... Mira tú si
es tunante. Ya sabe favorecer á los que le ayudan, á los que le dan
armas para sus picardías. Pues esto, digas tú lo que quieras, es un
destello de inteligencia.
—Claro que lo es. ¡Si al fin—dijo Augusta pellizcándole las
piernas,—este pedazo de alcornoque va á salir con un talentazo que
dejará bizca á toda la humanidad!
Excitado por las cosquillas, Valentín se reía, abriendo su bocaza hasta
las orejas.
—Ay, hijo mío, no abras tanto la mampara, que nos da miedo... ¿Será
posible que no se te achique, en la primera crisis de la edad, ese
buzón que tienes por boca? Dí, diamante en bruto, ¿á quién sales tú con
esa sopera?
—Sí que es raro—dijo Augusta.—La tuya es bien chiquita, y la de su papá
no choca por grande. ¡Misterios de la Naturaleza! Pues mira, fíjate
bien: todo esto, de nariz arriba, y el entrecejo, y la frente abombada,
es de su padre, clavado... ¿Pero qué dice ahora?
Tomó parte el chico en la conversación, soltando una retahila de
ásperas articulaciones, como las que pudieran oirse en una bandada de
monos ó de cotorras. Deslizóse al suelo, volvió al regazo de su madre,
estirando las patas hasta el de Augusta, sin parar en su ininteligible
cháchara.
—¡Ah!—exclamó la madre al fin, venciendo con gran esfuerzo intelectual
las dificultades de aquella interpretación.—Ya sé. Dice... verás si
es farsante..., dice que... que me quiere mucho. ¿Ves, ves cómo sabe?
Si mi brutito es muy pillín, y muy saleroso. Que me quiere mucho. Más
claro no puede ser.
—Pues, hija, yo nada saco en limpio de esa jerga.
—Porque tú no te has dedicado al estudio de las lenguas salvajes. El
pobre se explica como puede... _ta... ca ja pa... ca... ta_. Que me
quiere mucho. Y yo le voy á enseñar á mi salvajito á pronunciar claro,
para que no tenga yo que devanarme los sesos con estas traducciones.
Ea, á soltar bien esa lengüecita.
Cualquiera que fuese el sentido de lo que Valentinico expresar quería,
ello es que mostraba en aquella ocasión una docilidad, un filial cariño
que á entrambas las tenía maravilladas. Recostado en el seno de su
madre, la acariciaba con sus manecitas sucias, y tenía su rostro una
expresión de contento y placidez en él muy extraña. Fidela, que padecía
de una pertinaz opresión y fatiga torácica, se cansó al fin de aquel
peso descomunal; pero al querer traspasarlo al suelo ó á los brazos de
la niñera, se descompuso el crío, y adiós docilidad, adiós mansedumbre.
—No llores, rico, que te den tu látigo, dos látigos, y juega un
poquitín por ahí. Pero no rompas nada.
Felizmente, el berrinche no fué de los más ruidosos; el heredero de
San Eloy salió renqueando por aquellas salas, y á poco se le oyó
imitando el asmático aullar de un perro enfermo que en los bajos de la
casa había. Cruz, que volvió con jaqueca de la segunda sesión con los
señores sabios, dispuso que la niñera se llevara al bebé á un aposento
lejano para que no molestase con sus desacordes chillidos, y entró á
ver á su hermana.
—Regular—le dijo ésta.—La fatiga me molesta un poco. ¿Y qué tal tú?.
—Loca, loca ya. Y aún tenemos arte y erudición para rato. ¡Qué mareo,
Virgen Santísima!
—Porque no tienes tú—dijo Augusta con gracejo,—aquella sandunga de
mi padre para trastear á los _amateurs_, y á todos los moscones del
fanatismo artístico. Á papá no le mareaba nadie, porque él poseía el
don de marear á todo el mundo. Nadie le resistía, y cuando alguno
de extraordinaria pesadez le caía, por delante, empezaba á sacar y
sacar objetos preciosos con tal prontitud, y á enjaretar sobre cada
uno de ellos observaciones tan rápidas, vertiginosas é incoherentes,
que no había cabeza que le resistiera, y los más fastidiosos salían
de estampía, sin ganas de volver á parecer por allí... Tú no puedes
practicar este sistema, para el cual se necesita un carácter socarrón
y maleante, y además has de reservar todo tu talento para otras cosas,
quizás más difíciles... Á ver... cuéntanos lo que pasó en ese almuerzo,
y qué prodigios de esgrima has tenido que hacer para parar algún golpe
desmandado del _eximio_... ¿No le llama así el periódico, siempre que
le nombra? Pues juraría que el _eximio_ ha hecho hoy alguna de las
suyas.
—Pasmaos: ha estado correctísimo y discretísimo—replicó la primogénita
sentándose para descansar un patito.—Á mí no me dijo una palabra, de lo
que me alegré mucho. Pero ¡ay!... cuando yo ví que metía su cucharada
en la conversación, me quedé muerta... «Adiós mi dinero—pensé.—Ahora
es ella.» Pero Dios le inspiró sin duda. Todo lo que dijo fué tan
oportuno...
—¡Ah, qué bien!—exclamó Fidela alborozada.—¡Pobre _eximio_ de mi alma!
Si digo yo que tiene mucho talento cuando quiere.
—Dijo que en las artes y las ciencias, reina hoy el _más completo caos_.
—¡El más completo caos! Bien, bravísimo.
—Que todo es un caos, un caos la literatura, un caos _de padre y muy
señor mío_ la crítica de artes y letras, y que nadie sabe por dónde
anda.
—¿Has visto...?
—¡Vaya si sabe! Luego dicen...
—Quedáronse aquellos señores medio lelos de admiración, y celebraron
mucho la especie, conviniendo en que lo del caos es una verdad como un
templo. Por fortuna, poco más dijo, y su laconismo fué interpretado
como reconcentración de las ideas, como avaricia del pensamiento
y sistema de no prodigar las grandes verdades... Con que... no
entretenerme más aquí. Me llaman mis deberes de _cicerone_.
Su hermana y la amiguita quisieron retenerla; pero no se dió á partido.
Por desgracia de las tres, el día estaba malísimo, y no había esperanza
de que los dos ilustres investigadores de arte é historia se fuesen á
dar un paseíto para despejar la cabeza. Nevaba con furiosa ventisca;
cielo y suelo rivalizaban en tristeza y suciedad. La nieve, que caía en
rachas violentísimas de menudos copos, no blanqueaba los pisos y en el
momento de caer se convertía en fango. El frío era intenso en la calle
y aun dentro de las bien caldeadas habitaciones, porque se colaba con
hocico agudísimo por cuantas rendijas hallara en ventanas y balcones,
burlando burletes, y riéndose de chimeneas y estufas. Sorprendidas las
tres damas del furioso viento que azotaba los cristales, aproximáronse
á ellos, y se entretuvieron en observar el apuro de los transeuntes,
á quienes no valía embozarse hasta las orejas, porque el aire les
arrebataba capas y tapabocas, á veces los sombreros. Esto y el cuidado
de evitar resbalones, hacía de ellos, hombres y mujeres, figuras
extrañas de un fantástico baile en las estepas siberianas.
—Mira tú qué desgracia de día—dijo Cruz con grandísimo
desconsuelo.—Para que en todo resulte aciago, hoy no podrá venir el
padrito.
—Claro, ¡vive tan lejos!
—¡Y si le coge un torbellino de nieve! No, no, que no salga, ¡pobrecito!
—Mándale el coche.
—Sí; para que lo devuelva vacío, y se venga á pie, como el otro día,
que diluviaba.
—¿Pero tú crees—indicó Augusta,—que á ese le arredran ventiscas ni
temporales?
—Claro que no... Pero veréis como no viene hoy. Me lo da el corazón.
—Pues á mí me dice que viene—afirmó Fidela.—¿Queréis apostarlo? Y mi
corazón á mí no me engaña. Hace días que todo lo acierta este pícaro.
Es probado; siempre que duele, dificultando la respiración se vuelve
adivino. No me dice nada que no salga verdad.
—Y ahora te dirá que te retires del balcón, y procures no enfriarte.
Eso es: enfríate, y después viene el quejidito, y las malas noches, el
cansancio y el continuo toser.
—¡Que me enfríe, mejor!—replicó Fidela con voz y acento de niña
mimosa, dejándose llevar al sofá.—Me dice el corazón que pronto me he
de enfriar tanto, tanto, que no habrá rescoldo que pueda calentarme.
Ea, ya estoy tiritando. Pero no es cosa, no. Ya me pasa. Ha sido una
ráfaga, un besito que me ha mandado el aire de la calle al través de
los cristales empañados. Anda, vete, que tus sabios están impacientes,
y el de las pinturas echándote muy de menos.
—¿Cómo lo sabes?
—Toma: por mi doble vista. ¿Qué? ¿No creéis en mi doble vista? Pues os
digo que el padre Gamborena viene para acá. Y si no está entrando ya
por el portal, le falta poco.
—¿Á que no?
—¿Á que sí?
Salió presurosa la primogénita, y á poco volvió riendo:
—¡Vaya con tu doble vista! No ha venido ni vendrá: Mira, mira cómo cae
ahora la nieve.
Ello sería casualidad, ¡quién lo duda! pero no habían pasado diez
minutos cuando oyeron la voz del gran misionero en la estancia próxima,
y las tres acudieron á su encuentro con grandes risas y efusión de sus
almas gozosas. Había dejado el bendito cura en el piso bajo su paraguas
enorme y su sombrero, y la poca nieve que traía en el balandrán se le
derritió en el tiempo que tardara en subir. Al entrar, quitábase los
negros guantes, y se sacudía un dedo de la mano derecha con muestras de
dolor:
—Hija mía—dijo á Fidela,—me ha mordido tu hijo.
—¡Jesús!—exclamó Cruz,—¿habráse visto picaruelo mayor? Le voy á matar.
—Si no es nada, hija. Pero me hincó el diente. Quise acariciarle.
Estaba dando latigazos á diestro y siniestro. La suerte es que sus
dientecillos no traspasaron el guante. ¡Vaya un hijo que os tenéis...!
—Muerde por gracia—indicó Fidela con tristeza.—Pero hay que quitarle
esa fea costumbre. No, si no lo hace con mala intención, puede usted
creerlo.
X
—En efecto, la intención no debe de ser mala—dijo el misionero con
donaire;—pero el instinto no es de los buenos. ¡Qué geniecillo!
—Pues para el día que tenemos, y para lo perdidas que están las
calles—observó Cruz sin quitar la vista del padrito, que á la chimenea
se arrimaba,—no trae usted el calzado muy húmedo.
—Es que yo poseo el arte de andar por entre lodos peores que los de
Madrid. No en balde ha educado uno el paso de grulla en los arrecifes
de la Polinesia. Sé sortear los baches, así como los escurrideros, y
aun los abismos. ¿Qué creéis?
—Lo que es hoy—dijo Fidela,—sí que no se va sin comer. Y comerá con
nosotras, si nos prefiere á los sabios que están abajo.
—Hoy no se va, no se va. Es que no le dejamos—afirmó Cruz, mirándole
con un cariño que parecía maternal.
—No se va—repitió Augusta,—aunque para ello tengamos que amarrarle por
una patita.
—Bueno, señoras mías—replicó el sacerdote con expansivo acento,—hagan
de mí lo que quieran. Me entrego á discreción. Dénme de comer si
gustan, y amárrenme á la pata de una silla, si es su voluntad. La
crudeza del día me releva de mis obligaciones callejeras.
—Y lo mejor que podría hacer es quedarse en casa esta noche—agregó
Cruz.—¿Qué? ¿Qué tiene que decir? Aquí no nos comemos la gente. Le
arreglaríamos el cuarto de arriba, donde estaría como un príncipe,
mejor sería decir como un señor cardenal.
—Eso sí que no. Más hecho estoy á dormir en chozas de bambú que en
casas ducales. Lo que no impide que me _resigne_ á morar aquí, si para
algo fuese necesaria mi presencia.
Cruz le incitó á quitarse el balandrán, que estaba muy húmedo, y
ninguna falta le hacía en el bien templado gabinete, y él accedió,
dejando que la ilustre señora le tirara de las mangas.
—Ahora, ¿quiere tomar alguna cosa?
—Pero, hija, ¿qué idea tienes de mí? ¿Crees que soy uno de estos
tragaldabas que á cada instante necesitan poner reparos al estómago?
—Algún fiambre, una copita...
—Que no.
—Pues yo sí quiero—dijo Fidela con infantil volubilidad.—Que nos
traigan algún vinito por lo menos.
—¿Porto?
—Por mí, lo que quieras. Echaré un pequeño _trinquis_ con estas buenas
señoras.
Salió Cruz, y Gamborena habló otra vez de Valentinico, encareciendo la
urgencia de poner en su educación alguna más severidad.
—Me da mucha pena castigarle—repuso Fidela.—El angelito no sabe lo que
hace. Hay que esperar á que pueda tener del mal y del bien una idea más
clara. Su entendimiento es algo obtuso.
—Y sus dientes muy afilados.
—Pues ese... donde ustedes le ven..., ese va á ser listo—afirmó Augusta.
—¡Como que sabe más...! Padre Gamborena, haga el favor de no ponerme
esa cara tétrica cuando se habla del niño. Me duele mucho que se tenga
mal concepto de mi brutito de mi alma y me duele más que se crea
imposible el hacer de él un hombre.
—Hija mía, si no he dicho nada. El tiempo te traerá una solución.
—El tiempo... la muerte quizás... ¿Alude usted á la muerte?
—Hija de mi alma, no he hablado nada de la muerte, ni en ella pensé...
—Sí, sí. Esa solución de que usted habla—añadió Fidela con la voz
velada y enternecida,—es la muerte: no me lo niegue. Ha querido decir
que mi hijo se morirá, y así nos veremos libres de la tristeza de tener
por único heredero á un...
—No he pensado en tal cosa; te lo aseguro.
—No me lo niegue. Mire que hoy estoy de vena. Adivino los pensamientos.
—Los míos no.
—Los de usted y los de todo el mundo. Esa solución que dice usted
traerá... el tiempo no la veré yo, porque antes he de tener la mía, mi
solución; quiero decir que me moriré antes.
—No diré que no. ¿Quién sabe lo que el Señor dispone? Pero yo jamás
anuncié la muerte de nadie, y si alguna vez hablo de esa señora, hágolo
sin dar á mis palabras un acento tremebundo. Lo que llamamos muerte es
un hecho vulgar y naturalísimo, un trámite indispensable en la vida
total, y considero que ni el hecho ni el nombre deban asustar á ninguna
persona de conciencia recta.
—Vea usted por qué no me asusta á mí.
—Pues á mí sí, lo confieso—declaró Augusta—y que el padrito diga de mi
conciencia lo que quiera: no me incomodo.
—Nada tengo yo que ver con su conciencia, señora mía—replicó el
sacerdote.—Pero si algo tuviera que decir, no habría de callarlo,
aunque usted se incomodara...
—Y yo recibiría sus reprimendas con resignación, y hasta con gratitud.
—Ríñanos usted todo lo que quiera—indicó Fidela, mordisqueando pastas y
fiambres que acababan de traerle.—Ya se me ha pasado el mal humor. Y es
más: si quiere hablarnos de la muerte, y echarnos un buen sermón sobre
ella, lo oiremos... hasta con alegría.
—Eso no—dijo Augusta, ofreciendo al misionero una copa de Porto.—Á mí
no me hablen de muerte, ni de nada tocante á ese misterio, que empieza
en nuestros camposantos y acaba en el valle de Josafat. Yo encargo á
los míos que cuando me muera me tapen bien los oídos... para no oir las
trompetas del Juicio Final.
—¡Jesús, qué disparate!
—¿Teme usted la resurrección de la carne?
—No señor. Temo el Juicio.
—Pues yo sí que quiero oirlas—afirmó Fidela,—y cuanto más prontito
mejor. Tan segura estoy de que he de irme al cielo, como de que estoy
bebiendo este vino delicioso.
—Yo también... digo, no... tengo mis dudas—apuntó la de Orozco.—Pero
confío en la Misericordia Divina.
—Muy bien. Confiar en la Misericordia—manifestó el padrito—siempre y
cuando se hagan méritos para merecerla.
—Ya los hago.
—Á todas podrá usted poner reparos, señor Gamborena—observó la de San
Eloy con una gravedad ligeramente cómica y de buen gusto—á todas menos
á ésta, católica á machamartillo, que organiza solemnes cultos, preside
juntas benéficas, y es colectora de dineritos para el Papa, para las
misiones y otros fines... píos.
—Muy bien—dijo el padre, asimilándose la gravedad cómica de la
Marquesita.—No le falta á usted más que una cosa.
—¿Qué?
—Un poco de doctrina cristiana, de la elemental, de la que se enseña en
las escuelas.
—Bah... la sé de corrido.
—Que no la sabe usted. Y si quiere la examino ahora mismo.
—Hombre, no: tanto como examinar... Á lo mejor se olvida una de
cualquier cosilla.
—Nada importa olvidar la letra, si el principio, la esencia, permanecen
estampados en el corazón.
—En el mío lo están.
—Me permito dudarlo.
—Y yo también—dijo Fidela, gozosa del giro que tomaba la
conversación.—Esta, á la chita callando, es una gran hereje.
—¡Ay, qué gracia!
—Yo no; yo creo todo lo que manda la Santa Madre Iglesia; pero creo
además otras muchas cosas.
—¿Á ver?
—Creo que la máquina, mejor dicho, el gobierno del mundo, no marcha
como debiera marchar... Vamos, que el Presidente del Consejo de allá
arriba tiene las cosas de este bajo planeta un tantico abandonadas.
—¿Bromitas impías? No sientes lo que dices, hija de mi alma; pero aun
no sintiéndolo, cometes un pecado. No por ser chiste una frasecilla,
deja de ser blasfemia.
—Anda, vuelve por otra.
—Pues no me digan á mí—prosiguió la de San Eloy,—que todo esto de la
vida y la muerte está bien gobernado, sobre todo la muerte. Yo sostengo
que las personas debieran morirse cuando quisiesen.
—¡Já, já!... ¡Qué bonito! Entonces, nadie querría morirse.
—Ah... no estoy de acuerdo, y dispénseme—dijo Augusta con seriedad.—Á
todos, á todos absolutamente cuantos viven, aun viviendo miles de años,
les llegaría la hora del cansancio. No habría un ser humano que no
tuviera al fin un momento en que decir, _ya no más_, _ya no más_. Hasta
los egoístas empedernidos, los más apegados á los goces, concluirían
por odiar su yo, y mandarlo á paseo. Vendría la muerte voluntaria,
evocada más que temida, sin vejez ni enfermedades. ¡Vaya, padrito, que
si esto no es arreglar las cosas mejor de lo que están, que venga Dios
y lo vea!
—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada
como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso
filosofismo. Bromeáis impíamente.
—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto
que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis
trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera
esto del morirse á voluntad.
—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.
—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.
—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo,
tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera
por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me
parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.
—¡Jesús me valga!
—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio
de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es
un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una...
ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y
conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no
sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no
despertad nunca más, nunca más...
—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo
palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las
trompetitas...
Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos
señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una
y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del
mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica: