IX

Hasta otra. Las tesis de Fidela se sucedían con pasmosa fecundidad,

y si extravagante era la una, la otra más. Su endeble memoria no le

permitía retener hoy lo que había dicho ayer; pero las contradicciones

daban mayor encanto al inocente juego de su espíritu. Después de

almorzar con apetito menos que mediano hizo que le llevaran al

chiquillo, el cual, por milagro de Dios, no estuvo en brazos de la

mamá tan salvaje como Augusta temía. Se dejó acariciar por ésta, y aun

respondió con cierto sentido á lo que ambas le preguntaron. Verdad que

el sentido dependía en gran parte de la interpretación que se diera á

sus bárbaras modulaciones. Fidela, única persona que las entendía, y

de ello se preciaba como de poseer un idioma del Congo, ponía toda su

buena voluntad en la traducción, y casi siempre sacaba respuestas muy

bonitas.

—Dice que si le dejo el látigo, me querrá más que á Rita: _ta ta ca_...

Mira tú si es pillo. Y que á mí no me pegará: _ca pa ta_... Mira tú si

es tunante. Ya sabe favorecer á los que le ayudan, á los que le dan

armas para sus picardías. Pues esto, digas tú lo que quieras, es un

destello de inteligencia.

—Claro que lo es. ¡Si al fin—dijo Augusta pellizcándole las

piernas,—este pedazo de alcornoque va á salir con un talentazo que

dejará bizca á toda la humanidad!

Excitado por las cosquillas, Valentín se reía, abriendo su bocaza hasta

las orejas.

—Ay, hijo mío, no abras tanto la mampara, que nos da miedo... ¿Será

posible que no se te achique, en la primera crisis de la edad, ese

buzón que tienes por boca? Dí, diamante en bruto, ¿á quién sales tú con

esa sopera?

—Sí que es raro—dijo Augusta.—La tuya es bien chiquita, y la de su papá

no choca por grande. ¡Misterios de la Naturaleza! Pues mira, fíjate

bien: todo esto, de nariz arriba, y el entrecejo, y la frente abombada,

es de su padre, clavado... ¿Pero qué dice ahora?

Tomó parte el chico en la conversación, soltando una retahila de

ásperas articulaciones, como las que pudieran oirse en una bandada de

monos ó de cotorras. Deslizóse al suelo, volvió al regazo de su madre,

estirando las patas hasta el de Augusta, sin parar en su ininteligible

cháchara.

—¡Ah!—exclamó la madre al fin, venciendo con gran esfuerzo intelectual

las dificultades de aquella interpretación.—Ya sé. Dice... verás si

es farsante..., dice que... que me quiere mucho. ¿Ves, ves cómo sabe?

Si mi brutito es muy pillín, y muy saleroso. Que me quiere mucho. Más

claro no puede ser.

—Pues, hija, yo nada saco en limpio de esa jerga.

—Porque tú no te has dedicado al estudio de las lenguas salvajes. El

pobre se explica como puede... _ta... ca ja pa... ca... ta_. Que me

quiere mucho. Y yo le voy á enseñar á mi salvajito á pronunciar claro,

para que no tenga yo que devanarme los sesos con estas traducciones.

Ea, á soltar bien esa lengüecita.

Cualquiera que fuese el sentido de lo que Valentinico expresar quería,

ello es que mostraba en aquella ocasión una docilidad, un filial cariño

que á entrambas las tenía maravilladas. Recostado en el seno de su

madre, la acariciaba con sus manecitas sucias, y tenía su rostro una

expresión de contento y placidez en él muy extraña. Fidela, que padecía

de una pertinaz opresión y fatiga torácica, se cansó al fin de aquel

peso descomunal; pero al querer traspasarlo al suelo ó á los brazos de

la niñera, se descompuso el crío, y adiós docilidad, adiós mansedumbre.

—No llores, rico, que te den tu látigo, dos látigos, y juega un

poquitín por ahí. Pero no rompas nada.

Felizmente, el berrinche no fué de los más ruidosos; el heredero de

San Eloy salió renqueando por aquellas salas, y á poco se le oyó

imitando el asmático aullar de un perro enfermo que en los bajos de la

casa había. Cruz, que volvió con jaqueca de la segunda sesión con los

señores sabios, dispuso que la niñera se llevara al bebé á un aposento

lejano para que no molestase con sus desacordes chillidos, y entró á

ver á su hermana.

—Regular—le dijo ésta.—La fatiga me molesta un poco. ¿Y qué tal tú?.

—Loca, loca ya. Y aún tenemos arte y erudición para rato. ¡Qué mareo,

Virgen Santísima!

—Porque no tienes tú—dijo Augusta con gracejo,—aquella sandunga de

mi padre para trastear á los _amateurs_, y á todos los moscones del

fanatismo artístico. Á papá no le mareaba nadie, porque él poseía el

don de marear á todo el mundo. Nadie le resistía, y cuando alguno

de extraordinaria pesadez le caía, por delante, empezaba á sacar y

sacar objetos preciosos con tal prontitud, y á enjaretar sobre cada

uno de ellos observaciones tan rápidas, vertiginosas é incoherentes,

que no había cabeza que le resistiera, y los más fastidiosos salían

de estampía, sin ganas de volver á parecer por allí... Tú no puedes

practicar este sistema, para el cual se necesita un carácter socarrón

y maleante, y además has de reservar todo tu talento para otras cosas,

quizás más difíciles... Á ver... cuéntanos lo que pasó en ese almuerzo,

y qué prodigios de esgrima has tenido que hacer para parar algún golpe

desmandado del _eximio_... ¿No le llama así el periódico, siempre que

le nombra? Pues juraría que el _eximio_ ha hecho hoy alguna de las

suyas.

—Pasmaos: ha estado correctísimo y discretísimo—replicó la primogénita

sentándose para descansar un patito.—Á mí no me dijo una palabra, de lo

que me alegré mucho. Pero ¡ay!... cuando yo ví que metía su cucharada

en la conversación, me quedé muerta... «Adiós mi dinero—pensé.—Ahora

es ella.» Pero Dios le inspiró sin duda. Todo lo que dijo fué tan

oportuno...

—¡Ah, qué bien!—exclamó Fidela alborozada.—¡Pobre _eximio_ de mi alma!

Si digo yo que tiene mucho talento cuando quiere.

—Dijo que en las artes y las ciencias, reina hoy el _más completo caos_.

—¡El más completo caos! Bien, bravísimo.

—Que todo es un caos, un caos la literatura, un caos _de padre y muy

señor mío_ la crítica de artes y letras, y que nadie sabe por dónde

anda.

—¿Has visto...?

—¡Vaya si sabe! Luego dicen...

—Quedáronse aquellos señores medio lelos de admiración, y celebraron

mucho la especie, conviniendo en que lo del caos es una verdad como un

templo. Por fortuna, poco más dijo, y su laconismo fué interpretado

como reconcentración de las ideas, como avaricia del pensamiento

y sistema de no prodigar las grandes verdades... Con que... no

entretenerme más aquí. Me llaman mis deberes de _cicerone_.

Su hermana y la amiguita quisieron retenerla; pero no se dió á partido.

Por desgracia de las tres, el día estaba malísimo, y no había esperanza

de que los dos ilustres investigadores de arte é historia se fuesen á

dar un paseíto para despejar la cabeza. Nevaba con furiosa ventisca;

cielo y suelo rivalizaban en tristeza y suciedad. La nieve, que caía en

rachas violentísimas de menudos copos, no blanqueaba los pisos y en el

momento de caer se convertía en fango. El frío era intenso en la calle

y aun dentro de las bien caldeadas habitaciones, porque se colaba con

hocico agudísimo por cuantas rendijas hallara en ventanas y balcones,

burlando burletes, y riéndose de chimeneas y estufas. Sorprendidas las

tres damas del furioso viento que azotaba los cristales, aproximáronse

á ellos, y se entretuvieron en observar el apuro de los transeuntes,

á quienes no valía embozarse hasta las orejas, porque el aire les

arrebataba capas y tapabocas, á veces los sombreros. Esto y el cuidado

de evitar resbalones, hacía de ellos, hombres y mujeres, figuras

extrañas de un fantástico baile en las estepas siberianas.

—Mira tú qué desgracia de día—dijo Cruz con grandísimo

desconsuelo.—Para que en todo resulte aciago, hoy no podrá venir el

padrito.

—Claro, ¡vive tan lejos!

—¡Y si le coge un torbellino de nieve! No, no, que no salga, ¡pobrecito!

—Mándale el coche.

—Sí; para que lo devuelva vacío, y se venga á pie, como el otro día,

que diluviaba.

—¿Pero tú crees—indicó Augusta,—que á ese le arredran ventiscas ni

temporales?

—Claro que no... Pero veréis como no viene hoy. Me lo da el corazón.

—Pues á mí me dice que viene—afirmó Fidela.—¿Queréis apostarlo? Y mi

corazón á mí no me engaña. Hace días que todo lo acierta este pícaro.

Es probado; siempre que duele, dificultando la respiración se vuelve

adivino. No me dice nada que no salga verdad.

—Y ahora te dirá que te retires del balcón, y procures no enfriarte.

Eso es: enfríate, y después viene el quejidito, y las malas noches, el

cansancio y el continuo toser.

—¡Que me enfríe, mejor!—replicó Fidela con voz y acento de niña

mimosa, dejándose llevar al sofá.—Me dice el corazón que pronto me he

de enfriar tanto, tanto, que no habrá rescoldo que pueda calentarme.

Ea, ya estoy tiritando. Pero no es cosa, no. Ya me pasa. Ha sido una

ráfaga, un besito que me ha mandado el aire de la calle al través de

los cristales empañados. Anda, vete, que tus sabios están impacientes,

y el de las pinturas echándote muy de menos.

—¿Cómo lo sabes?

—Toma: por mi doble vista. ¿Qué? ¿No creéis en mi doble vista? Pues os

digo que el padre Gamborena viene para acá. Y si no está entrando ya

por el portal, le falta poco.

—¿Á que no?

—¿Á que sí?

Salió presurosa la primogénita, y á poco volvió riendo:

—¡Vaya con tu doble vista! No ha venido ni vendrá: Mira, mira cómo cae

ahora la nieve.

Ello sería casualidad, ¡quién lo duda! pero no habían pasado diez

minutos cuando oyeron la voz del gran misionero en la estancia próxima,

y las tres acudieron á su encuentro con grandes risas y efusión de sus

almas gozosas. Había dejado el bendito cura en el piso bajo su paraguas

enorme y su sombrero, y la poca nieve que traía en el balandrán se le

derritió en el tiempo que tardara en subir. Al entrar, quitábase los

negros guantes, y se sacudía un dedo de la mano derecha con muestras de

dolor:

—Hija mía—dijo á Fidela,—me ha mordido tu hijo.

—¡Jesús!—exclamó Cruz,—¿habráse visto picaruelo mayor? Le voy á matar.

—Si no es nada, hija. Pero me hincó el diente. Quise acariciarle.

Estaba dando latigazos á diestro y siniestro. La suerte es que sus

dientecillos no traspasaron el guante. ¡Vaya un hijo que os tenéis...!

—Muerde por gracia—indicó Fidela con tristeza.—Pero hay que quitarle

esa fea costumbre. No, si no lo hace con mala intención, puede usted

creerlo.

X

—En efecto, la intención no debe de ser mala—dijo el misionero con

donaire;—pero el instinto no es de los buenos. ¡Qué geniecillo!

—Pues para el día que tenemos, y para lo perdidas que están las

calles—observó Cruz sin quitar la vista del padrito, que á la chimenea

se arrimaba,—no trae usted el calzado muy húmedo.

—Es que yo poseo el arte de andar por entre lodos peores que los de

Madrid. No en balde ha educado uno el paso de grulla en los arrecifes

de la Polinesia. Sé sortear los baches, así como los escurrideros, y

aun los abismos. ¿Qué creéis?

—Lo que es hoy—dijo Fidela,—sí que no se va sin comer. Y comerá con

nosotras, si nos prefiere á los sabios que están abajo.

—Hoy no se va, no se va. Es que no le dejamos—afirmó Cruz, mirándole

con un cariño que parecía maternal.

—No se va—repitió Augusta,—aunque para ello tengamos que amarrarle por

una patita.

—Bueno, señoras mías—replicó el sacerdote con expansivo acento,—hagan

de mí lo que quieran. Me entrego á discreción. Dénme de comer si

gustan, y amárrenme á la pata de una silla, si es su voluntad. La

crudeza del día me releva de mis obligaciones callejeras.

—Y lo mejor que podría hacer es quedarse en casa esta noche—agregó

Cruz.—¿Qué? ¿Qué tiene que decir? Aquí no nos comemos la gente. Le

arreglaríamos el cuarto de arriba, donde estaría como un príncipe,

mejor sería decir como un señor cardenal.

—Eso sí que no. Más hecho estoy á dormir en chozas de bambú que en

casas ducales. Lo que no impide que me _resigne_ á morar aquí, si para

algo fuese necesaria mi presencia.

Cruz le incitó á quitarse el balandrán, que estaba muy húmedo, y

ninguna falta le hacía en el bien templado gabinete, y él accedió,

dejando que la ilustre señora le tirara de las mangas.

—Ahora, ¿quiere tomar alguna cosa?

—Pero, hija, ¿qué idea tienes de mí? ¿Crees que soy uno de estos

tragaldabas que á cada instante necesitan poner reparos al estómago?

—Algún fiambre, una copita...

—Que no.

—Pues yo sí quiero—dijo Fidela con infantil volubilidad.—Que nos

traigan algún vinito por lo menos.

—¿Porto?

—Por mí, lo que quieras. Echaré un pequeño _trinquis_ con estas buenas

señoras.

Salió Cruz, y Gamborena habló otra vez de Valentinico, encareciendo la

urgencia de poner en su educación alguna más severidad.

—Me da mucha pena castigarle—repuso Fidela.—El angelito no sabe lo que

hace. Hay que esperar á que pueda tener del mal y del bien una idea más

clara. Su entendimiento es algo obtuso.

—Y sus dientes muy afilados.

—Pues ese... donde ustedes le ven..., ese va á ser listo—afirmó Augusta.

—¡Como que sabe más...! Padre Gamborena, haga el favor de no ponerme

esa cara tétrica cuando se habla del niño. Me duele mucho que se tenga

mal concepto de mi brutito de mi alma y me duele más que se crea

imposible el hacer de él un hombre.

—Hija mía, si no he dicho nada. El tiempo te traerá una solución.

—El tiempo... la muerte quizás... ¿Alude usted á la muerte?

—Hija de mi alma, no he hablado nada de la muerte, ni en ella pensé...

—Sí, sí. Esa solución de que usted habla—añadió Fidela con la voz

velada y enternecida,—es la muerte: no me lo niegue. Ha querido decir

que mi hijo se morirá, y así nos veremos libres de la tristeza de tener

por único heredero á un...

—No he pensado en tal cosa; te lo aseguro.

—No me lo niegue. Mire que hoy estoy de vena. Adivino los pensamientos.

—Los míos no.

—Los de usted y los de todo el mundo. Esa solución que dice usted

traerá... el tiempo no la veré yo, porque antes he de tener la mía, mi

solución; quiero decir que me moriré antes.

—No diré que no. ¿Quién sabe lo que el Señor dispone? Pero yo jamás

anuncié la muerte de nadie, y si alguna vez hablo de esa señora, hágolo

sin dar á mis palabras un acento tremebundo. Lo que llamamos muerte es

un hecho vulgar y naturalísimo, un trámite indispensable en la vida

total, y considero que ni el hecho ni el nombre deban asustar á ninguna

persona de conciencia recta.

—Vea usted por qué no me asusta á mí.

—Pues á mí sí, lo confieso—declaró Augusta—y que el padrito diga de mi

conciencia lo que quiera: no me incomodo.

—Nada tengo yo que ver con su conciencia, señora mía—replicó el

sacerdote.—Pero si algo tuviera que decir, no habría de callarlo,

aunque usted se incomodara...

—Y yo recibiría sus reprimendas con resignación, y hasta con gratitud.

—Ríñanos usted todo lo que quiera—indicó Fidela, mordisqueando pastas y

fiambres que acababan de traerle.—Ya se me ha pasado el mal humor. Y es

más: si quiere hablarnos de la muerte, y echarnos un buen sermón sobre

ella, lo oiremos... hasta con alegría.

—Eso no—dijo Augusta, ofreciendo al misionero una copa de Porto.—Á mí

no me hablen de muerte, ni de nada tocante á ese misterio, que empieza

en nuestros camposantos y acaba en el valle de Josafat. Yo encargo á

los míos que cuando me muera me tapen bien los oídos... para no oir las

trompetas del Juicio Final.

—¡Jesús, qué disparate!

—¿Teme usted la resurrección de la carne?

—No señor. Temo el Juicio.

—Pues yo sí que quiero oirlas—afirmó Fidela,—y cuanto más prontito

mejor. Tan segura estoy de que he de irme al cielo, como de que estoy

bebiendo este vino delicioso.

—Yo también... digo, no... tengo mis dudas—apuntó la de Orozco.—Pero

confío en la Misericordia Divina.

—Muy bien. Confiar en la Misericordia—manifestó el padrito—siempre y

cuando se hagan méritos para merecerla.

—Ya los hago.

—Á todas podrá usted poner reparos, señor Gamborena—observó la de San

Eloy con una gravedad ligeramente cómica y de buen gusto—á todas menos

á ésta, católica á machamartillo, que organiza solemnes cultos, preside

juntas benéficas, y es colectora de dineritos para el Papa, para las

misiones y otros fines... píos.

—Muy bien—dijo el padre, asimilándose la gravedad cómica de la

Marquesita.—No le falta á usted más que una cosa.

—¿Qué?

—Un poco de doctrina cristiana, de la elemental, de la que se enseña en

las escuelas.

—Bah... la sé de corrido.

—Que no la sabe usted. Y si quiere la examino ahora mismo.

—Hombre, no: tanto como examinar... Á lo mejor se olvida una de

cualquier cosilla.

—Nada importa olvidar la letra, si el principio, la esencia, permanecen

estampados en el corazón.

—En el mío lo están.

—Me permito dudarlo.

—Y yo también—dijo Fidela, gozosa del giro que tomaba la

conversación.—Esta, á la chita callando, es una gran hereje.

—¡Ay, qué gracia!

—Yo no; yo creo todo lo que manda la Santa Madre Iglesia; pero creo

además otras muchas cosas.

—¿Á ver?

—Creo que la máquina, mejor dicho, el gobierno del mundo, no marcha

como debiera marchar... Vamos, que el Presidente del Consejo de allá

arriba tiene las cosas de este bajo planeta un tantico abandonadas.

—¿Bromitas impías? No sientes lo que dices, hija de mi alma; pero aun

no sintiéndolo, cometes un pecado. No por ser chiste una frasecilla,

deja de ser blasfemia.

—Anda, vuelve por otra.

—Pues no me digan á mí—prosiguió la de San Eloy,—que todo esto de la

vida y la muerte está bien gobernado, sobre todo la muerte. Yo sostengo

que las personas debieran morirse cuando quisiesen.

—¡Já, já!... ¡Qué bonito! Entonces, nadie querría morirse.

—Ah... no estoy de acuerdo, y dispénseme—dijo Augusta con seriedad.—Á

todos, á todos absolutamente cuantos viven, aun viviendo miles de años,

les llegaría la hora del cansancio. No habría un ser humano que no

tuviera al fin un momento en que decir, _ya no más_, _ya no más_. Hasta

los egoístas empedernidos, los más apegados á los goces, concluirían

por odiar su yo, y mandarlo á paseo. Vendría la muerte voluntaria,

evocada más que temida, sin vejez ni enfermedades. ¡Vaya, padrito, que

si esto no es arreglar las cosas mejor de lo que están, que venga Dios

y lo vea!

—Ya lo ha visto, y sabe que las dos tenéis la inteligencia tan dañada

como el corazón. No quiero seguiros por ese camino de monstruoso

filosofismo. Bromeáis impíamente.

—¡Impíamente!—exclamó Fidela.—No, padre. Bromeamos, y nada más. Cierto

que cuando Dios lo ha hecho así, bien hecho está. Pero yo sigo en mis

trece: no critico al Divino Poder; pero me gustaría que estableciera

esto del morirse á voluntad.

—Es lo mismo que defender la mayor de las abominaciones, el suicidio.

—Yo no lo defiendo, yo no—declaró Augusta poniéndose pálida.

—Pues yo...—indicó la otra aguzando su mente,—sino lo defiendo,

tampoco lo ataco... quiero decir... esperarse... que si no fuera

por lo antipáticos que son todos los medios de quitarse la vida, me

parecería... quiero decir... no me resultaría tan malo.

—¡Jesús me valga!

—No, no se asuste el padrito—dijo la de Orozco, acudiendo en auxilio

de su amiga.—Déjeme completar el pensamiento de ésta. Su idea no es

un disparate. El suicidio se acepta en la forma siguiente: Que una...

ó uno, hablando también por cuenta de los hombres... se duerma, y

conserve, en medio del sueño profundísimo, voluntad, poder, ó no

sé qué, para permanecer dormido por los siglos de los siglos, y no

despertad nunca más, nunca más...

—Eso, eso mismo... ¡qué bien lo has dicho!—exclamó Fidela batiendo

palmas, y echando lumbre por los ojos.—Dormirse hasta que suenen las

trompetitas...

Pausadamente cogió Gamborena una silla y se colocó frente á las dos

señoras, teniendo á cada una de ellas al alcance de sus manos, por una

y otra banda, y con acento familiar y bondadoso, al cual la dulzura del

mirar daba mayor encanto, les endilgó la siguiente filípica:

Torquemada y San Pedro · 第 11 / 35 题