El heredero de los estados de San Eloy, del Águila y Gravelinas
reunidos, había sido, en el primer año de su existencia, engaño de
los padres y falsa ilusión de toda la familia. Creyeron que iba á
ser bonito, que lo era ya, y además salado, inteligente. Pero estas
esperanzas empezaron á desvanecerse después de la primera grave
enfermedad de la criatura, y los augurios de Quevedito, cumpliéndose
con aterradora puntualidad, llenaron á todos de zozobra y desconsuelo.
El crecimiento de la cabeza se inició antes de los dos años, y poco
después la longitud de las orejas y la torcedura de las piernas con la
repugnancia á mantenerse derecho sobre ellas. Los ojos quedáronsele
diminutos en aquella crisis de la vida, y además fríos, parados, sin
ninguna viveza ni donaire gracioso. El pelo era lacio y de color
enfermizo, como barbas de maiz. Creyeron que rizándoselo con papillotes
se disimularía tanta fealdad; pero el demonio del nene en sus rabietas
convulsivas, se arrancaba los papeles y con ellos mechones de cabello,
por lo que se decidió pelarle al rape.
Sus costumbres eran de lo más raro que imaginarse puede. Si un instante
le dejaban solo, se metía debajo de las camas y se agazapaba en un
rincón con la cara pegada al suelo. No sentía entusiasmo por los
juguetes, y cuando se los daban, los rompía á bocados. Difícilmente
se dejaba acariciar de nadie, y sólo con su mamá era menos esquivo.
Si alguien le cogía en brazos, echaba la cabeza para atrás, y con
violentísimas manotadas y pataleos expresaba el afán de que le
soltaran. Su última defensa era la mordida, y á la pobre niñera le
tenía las manos acribilladas. Fácil había sido destetarle, y comía
mucho, prefiriendo las substancias caldosas, crasas, ó las muy cargadas
de dulce. Gustaba del vino. Ansiaba jugar con animales; pero hubo que
privarle de este deleite, porque los martirizaba horrorosamente, ya
fuese conejito, paloma ó perro. Punto menos que imposible era hacerle
tomar medicinas en sus enfermedades y nunca se dormía sino con la
mano metida en el seno de la niñera. Por temporadas, lograba su mamá
corregirle de la maldita maña de andar á cuatro pies. En dos andaba,
tambaleándose, siempre que le permitieran el uso de un latiguito,
bastón ó vara, con que pegaba á todo el mundo despiadadamente. Había
que tener mucho cuidado y no perderle de vista, porque apaleaba los
_bibelots_ y figuritas de _biscuit_ del tocador de su mamá. La casa
estaba llena de cuerpos despedazados, y de cascotes de porcelana
preciosa.
Y no era este el sólo estrago de su andadura en dos pies, porque
también daba en la flor de robar cuantos objetos, fueran ó no de valor,
se hallaran al alcance de su mano, y los escondía en sitios obscuros,
debajo de las camas, ó en el seno de algún olvidado _tibor_ de la
antesala. Los criados que hacían la limpieza descubrían, cuando menos
se pensaba, grandes depósitos de cosas heterogéneas, botones, pedazos
de lacre, llaves de reloj, puntas de cigarro, tarjetas, sortijas de
valor, corchetes, monedas, guantes, horquillas y pedazos de moldura,
arrancados á las doradas sillas. Á cuatro pies, triscaba el pelo de
las alfombras, como el corderillo que mordisquea la hierba menuda, y
hociqueaba en todos los rincones. Estas eran sus alegrías. Cansadas
las señoras de los accesos de furia que le acometían cuando se le
contrariaba, dejábanle campar libremente en tan fiera condición. Ni aun
pensar en ello querían. ¡Pobrecitas! ¡Qué razones habría tenido Dios
para darles, como emblema del porvenir, aquella triste y desconsoladora
alimaña!
—Hola, querida, ¿qué tal?—dijo Augusta entrando en el cuarto de Fidela,
y corriendo á besarla.—Allí me he encontrado á tu hijito hecho un
puerco-espín. ¡El pobre!... ¡qué pena da verle tan bruto!
Y como notara en el rostro de su amiga que la nube de tristeza se
condensaba, acudió prontamente á despejarle las ideas con palabras
consoladoras:
—¿Pero, tonta, quién te dice que tu hijo no pueda cambiar el mejor día?
Es más: yo creo que luego se despertará en él la inteligencia, quizás
una inteligencia superior... Hay casos, muchísimos casos.
Fidela expresaba con movimientos de cabeza su arraigado pesimismo en
aquella materia.
—Pues haces mal, muy mal en desconfiar así. Créelo porque yo te lo
digo. La precocidad en las criaturas es un bien engañoso, una ilusión
que el tiempo desvanece. Fíjate en la realidad. Esos chicos que al
año y medio hablan y picotean, que á los dos años discurren y te
dicen cosas muy sabias, luego dan el cambiazo y se vuelven tontos.
De lo contrario he visto yo muchos ejemplos. Niños que parecían
fenómenos, resultaron después hombres de extraordinario talento. La
Naturaleza tiene sus caprichos..., llamémoslos así por no saber qué
nombre darles... no gusta de que le descubran sus secretos, y da las
grandes sorpresas... Espérate; ahora que recuerdo... Sí, yo he leído
de un grande hombre que en los primeros años era como tu Valentín, una
fierecilla. ¿Quién es? ¡Ah! ya me acuerdo: Víctor Hugo nada menos.
—¡Víctor Hugo! Tú estás loca.
—Que lo he leído, vamos. Y tú lo habrás leído también, sólo que se te
ha olvidado... Era como el tuyo, y los padres ponían el grito en el
cielo... Luego vino el desarrollo, la crisis, el segundo nacimiento,
como si dijéramos, y aquella cabezota resultó llena con todo el genio
de la poesía.
Con razones tan expresivas é ingeniosas insistió en ello Augusta, que
la otra acabó por creerlo y consolarse. Debe decirse que la de Orozco
se hallaba dotada de un gran poder sugestivo sobre Fidela, el cual
tenía su raiz en el intensísimo cariño que ésta le había tomado en los
últimos tiempos; idolatría más bien, una espiritual sumisión, semejante
en cierto modo á la que Cruz sentía por el santo Gamborena. ¿Verdad que
es cosa rara esta similitud de los efectos, siendo tan distintas las
causas, ó las personas? Augusta, que no era una santa ni mucho menos,
ejercía sobre Fidela un absoluto dominio espiritual, la fascinaba, para
decirlo en los términos más comprensibles, era su oráculo para todo lo
relativo al pensar, su resorte maestro en lo referente al sentir, el
consuelo de su soledad, el reparo de su tristeza.
Obligada á triste encierro por su endeble salud, Fidela habría
retenido á su lado á la amiga del alma, mañana, tarde y noche. Fiel
y consecuente la otra, no dejaba de consagrarle todo su tiempo
disponible. Si algún día tardaba, la Marquesita se sentía peor de sus
dolencias, y en ninguna cosa hallaba consuelo ni distracción. Recados
y cartitas eran el único alivio de la ausencia de la persona grata, y
cuando Augusta entraba, después de haber _hecho novillos_ una mañana
ó un día enteros, veíase resucitar á Fidela, como si en alma y cuerpo
saltase de las tinieblas á la luz. Esto pasó aquella mañana, y el gusto
de verla le centuplicó la credulidad, disponiéndola para admitir como
voz del Cielo todo aquello de la monstruosa infancia de Víctor Hugo,
y otros peregrinos ejemplos que la compasiva embaucadora sacaba de su
cabeza. Luego empezaron las preguntitas:
—¿Qué has hecho desde ayer tarde? ¿Por tu casa ocurre algo? ¿Qué se
dice por el mundo? ¿Quién se ha muerto? ¿Hay algo más del escándalo de
las _Guzmanas_? (Eloísa y María Juana.)
Porque Augusta le daba cuenta de las ocurrencias sociales y de las
hablillas y enredos que corrían por Madrid. Fidela no leía periódicos,
su amiguita sí, y siempre iba pertrechada de acontecimientos. Su
conversación era amenísima, graciosa, salpimentada de paradojas y
originalidades. Y no faltaba en aquellos coloquios la murmuración
sabrosa y cortante, para la cual la de Orozco poseía más que medianas
aptitudes, y las cultivaba en ocasiones con implacable saña, cual
si tuviera que vindicar con la lengua ofensas de otras lenguas más
dañinas que la suya. Falta saber, para el total estudio de la intensa
amistad que á las dos damas unía, si Augusta había referido á su amiga
la verdad de su tragedia, desconocida del público, y tratada en las
referencias mundanas con criterios tan diversos, por indicios vagos y
según las intenciones de cada cual. Es casi seguro que la dama trágica
y la dama cómica (de alta comedia) hablaron de aquel misterioso asunto,
y que Augusta no ocultó á su amiga la verdad ó la parte de verdad
que ella sabía; mas no consta que así lo hiciera, porque cuando las
hallamos juntas, no hablaban de tal cosa, y sólo por algún concepto
indeciso se podía colegir que la Marquesa de San Eloy no ignoraba el
punto negro ¡y tan negro! de la vida de su idolatrada compañera.
—Pues mira tú—le dijo volviendo al mismo tema después de una divagación
breve,—me has convencido. Me conformo con que mi hijo sea tan cerril, y
como tú, tengo esperanzas de una transformación que me le convierta en
un genio..., no, tanto no, en un ser inteligente y bueno.
—Yo no me conformaría con eso; mis esperanzas no se limitan á tan poco.
—Porque tú eres muy paradógica, muy extremada. Yo no: me contento con
un poquito, con lo razonable, ¿sabes? Me gusta la medianía en todo. Ya
te lo he dicho: me carga que mi marido sea tan rico. No quiera Dios que
seamos pobres, eso no; pero tanta riqueza me pone triste. La medianía
es lo mejor, medianía hasta en el talento. Oye tú, ¿no sería mejor que
nosotras fuéramos un poquito más tontas?
—¡Ay, qué gracia!
—Quiero decir que nosotras, por tener demasiado talento, no hemos sido
ni somos tan felices como debiéramos. Porque tú tienes mucho talento
natural, Augusta, yo también lo tengo, y como esto no es bueno, no te
rías, como el mucho talento no sirve más que para sufrir, procuramos
contrapesarlo con nuestra ignorancia, evitando en lo posible el saber
cosas..., ¡cuidado que es cargante la instrucción!... y siempre que
podemos ignorar cosas sabias, las ignoramos, para ser muy borriquitas,
pero muy borriquitas.
—Por eso—dijo Augusta con mucho donaire,—yo no he querido almorzar
abajo. Hoy tenéis dos sabios á la mesa. Ya le dije á Cruz que no
contara conmigo... para que no pueda pegárseme nada.
—Muy bien pensado. Es un gusto el ser una un poco primitiva, y no saber
nada de Historia, y figurarse que el sol anda alrededor de la tierra, y
creer en brujas, y tener el espíritu lleno de supersticiones.
—Y haber nacido entre pastores, y pasar la vida cargando haces de leña.
—No, no tanto.
—Concibiendo y pariendo y criando hijos robustos.
—Eso sí.
—Para después verles ir de soldados.
—Eso no.
—Y envejeciendo en los trabajos rudos, con un marido que más bien
parece un animal doméstico...
—Bah... ¿Y qué nos importaría? Yo tengo sobre eso una idea que alguna
vez te he dicho. Mira: anoche estuve toda la noche pensando en ello. Se
me antojaba que era yo una gran filósofa, y que mi cabeza se llenaba
de un sin fin de verdades como puños, verdades que si se escribieran
habrían de ser aceptadas por la humanidad.
—¿Qué es?
—Si te lo he dicho... Pero nunca he sentido en mí tanto convencimiento
como ahora. Digo y sostengo que el amor es una tontería, la mayor
necedad en que el ser humano puede incurrir, y que sólo merecen la
inmortalidad los hombres y mujeres que á todo trance consigan evitarla.
¿Cómo se evita? Pues muy fácilmente, ¿Quieres que te lo explique,
grandísima tonta?
Vacilante entre la risa y la compasión, oyó Augusta las razones de
su amiga. Triunfó al cabo el buen humor, soltaron ambas la risa. Ya
la Marquesa ponía el paño al púlpito para explanar su tesis, cuando
entraron con el almuerzo, y la tesis se cayó debajo de la mesa, y nadie
se acordó más de ella.