VIII

El heredero de los estados de San Eloy, del Águila y Gravelinas

reunidos, había sido, en el primer año de su existencia, engaño de

los padres y falsa ilusión de toda la familia. Creyeron que iba á

ser bonito, que lo era ya, y además salado, inteligente. Pero estas

esperanzas empezaron á desvanecerse después de la primera grave

enfermedad de la criatura, y los augurios de Quevedito, cumpliéndose

con aterradora puntualidad, llenaron á todos de zozobra y desconsuelo.

El crecimiento de la cabeza se inició antes de los dos años, y poco

después la longitud de las orejas y la torcedura de las piernas con la

repugnancia á mantenerse derecho sobre ellas. Los ojos quedáronsele

diminutos en aquella crisis de la vida, y además fríos, parados, sin

ninguna viveza ni donaire gracioso. El pelo era lacio y de color

enfermizo, como barbas de maiz. Creyeron que rizándoselo con papillotes

se disimularía tanta fealdad; pero el demonio del nene en sus rabietas

convulsivas, se arrancaba los papeles y con ellos mechones de cabello,

por lo que se decidió pelarle al rape.

Sus costumbres eran de lo más raro que imaginarse puede. Si un instante

le dejaban solo, se metía debajo de las camas y se agazapaba en un

rincón con la cara pegada al suelo. No sentía entusiasmo por los

juguetes, y cuando se los daban, los rompía á bocados. Difícilmente

se dejaba acariciar de nadie, y sólo con su mamá era menos esquivo.

Si alguien le cogía en brazos, echaba la cabeza para atrás, y con

violentísimas manotadas y pataleos expresaba el afán de que le

soltaran. Su última defensa era la mordida, y á la pobre niñera le

tenía las manos acribilladas. Fácil había sido destetarle, y comía

mucho, prefiriendo las substancias caldosas, crasas, ó las muy cargadas

de dulce. Gustaba del vino. Ansiaba jugar con animales; pero hubo que

privarle de este deleite, porque los martirizaba horrorosamente, ya

fuese conejito, paloma ó perro. Punto menos que imposible era hacerle

tomar medicinas en sus enfermedades y nunca se dormía sino con la

mano metida en el seno de la niñera. Por temporadas, lograba su mamá

corregirle de la maldita maña de andar á cuatro pies. En dos andaba,

tambaleándose, siempre que le permitieran el uso de un latiguito,

bastón ó vara, con que pegaba á todo el mundo despiadadamente. Había

que tener mucho cuidado y no perderle de vista, porque apaleaba los

_bibelots_ y figuritas de _biscuit_ del tocador de su mamá. La casa

estaba llena de cuerpos despedazados, y de cascotes de porcelana

preciosa.

Y no era este el sólo estrago de su andadura en dos pies, porque

también daba en la flor de robar cuantos objetos, fueran ó no de valor,

se hallaran al alcance de su mano, y los escondía en sitios obscuros,

debajo de las camas, ó en el seno de algún olvidado _tibor_ de la

antesala. Los criados que hacían la limpieza descubrían, cuando menos

se pensaba, grandes depósitos de cosas heterogéneas, botones, pedazos

de lacre, llaves de reloj, puntas de cigarro, tarjetas, sortijas de

valor, corchetes, monedas, guantes, horquillas y pedazos de moldura,

arrancados á las doradas sillas. Á cuatro pies, triscaba el pelo de

las alfombras, como el corderillo que mordisquea la hierba menuda, y

hociqueaba en todos los rincones. Estas eran sus alegrías. Cansadas

las señoras de los accesos de furia que le acometían cuando se le

contrariaba, dejábanle campar libremente en tan fiera condición. Ni aun

pensar en ello querían. ¡Pobrecitas! ¡Qué razones habría tenido Dios

para darles, como emblema del porvenir, aquella triste y desconsoladora

alimaña!

—Hola, querida, ¿qué tal?—dijo Augusta entrando en el cuarto de Fidela,

y corriendo á besarla.—Allí me he encontrado á tu hijito hecho un

puerco-espín. ¡El pobre!... ¡qué pena da verle tan bruto!

Y como notara en el rostro de su amiga que la nube de tristeza se

condensaba, acudió prontamente á despejarle las ideas con palabras

consoladoras:

—¿Pero, tonta, quién te dice que tu hijo no pueda cambiar el mejor día?

Es más: yo creo que luego se despertará en él la inteligencia, quizás

una inteligencia superior... Hay casos, muchísimos casos.

Fidela expresaba con movimientos de cabeza su arraigado pesimismo en

aquella materia.

—Pues haces mal, muy mal en desconfiar así. Créelo porque yo te lo

digo. La precocidad en las criaturas es un bien engañoso, una ilusión

que el tiempo desvanece. Fíjate en la realidad. Esos chicos que al

año y medio hablan y picotean, que á los dos años discurren y te

dicen cosas muy sabias, luego dan el cambiazo y se vuelven tontos.

De lo contrario he visto yo muchos ejemplos. Niños que parecían

fenómenos, resultaron después hombres de extraordinario talento. La

Naturaleza tiene sus caprichos..., llamémoslos así por no saber qué

nombre darles... no gusta de que le descubran sus secretos, y da las

grandes sorpresas... Espérate; ahora que recuerdo... Sí, yo he leído

de un grande hombre que en los primeros años era como tu Valentín, una

fierecilla. ¿Quién es? ¡Ah! ya me acuerdo: Víctor Hugo nada menos.

—¡Víctor Hugo! Tú estás loca.

—Que lo he leído, vamos. Y tú lo habrás leído también, sólo que se te

ha olvidado... Era como el tuyo, y los padres ponían el grito en el

cielo... Luego vino el desarrollo, la crisis, el segundo nacimiento,

como si dijéramos, y aquella cabezota resultó llena con todo el genio

de la poesía.

Con razones tan expresivas é ingeniosas insistió en ello Augusta, que

la otra acabó por creerlo y consolarse. Debe decirse que la de Orozco

se hallaba dotada de un gran poder sugestivo sobre Fidela, el cual

tenía su raiz en el intensísimo cariño que ésta le había tomado en los

últimos tiempos; idolatría más bien, una espiritual sumisión, semejante

en cierto modo á la que Cruz sentía por el santo Gamborena. ¿Verdad que

es cosa rara esta similitud de los efectos, siendo tan distintas las

causas, ó las personas? Augusta, que no era una santa ni mucho menos,

ejercía sobre Fidela un absoluto dominio espiritual, la fascinaba, para

decirlo en los términos más comprensibles, era su oráculo para todo lo

relativo al pensar, su resorte maestro en lo referente al sentir, el

consuelo de su soledad, el reparo de su tristeza.

Obligada á triste encierro por su endeble salud, Fidela habría

retenido á su lado á la amiga del alma, mañana, tarde y noche. Fiel

y consecuente la otra, no dejaba de consagrarle todo su tiempo

disponible. Si algún día tardaba, la Marquesita se sentía peor de sus

dolencias, y en ninguna cosa hallaba consuelo ni distracción. Recados

y cartitas eran el único alivio de la ausencia de la persona grata, y

cuando Augusta entraba, después de haber _hecho novillos_ una mañana

ó un día enteros, veíase resucitar á Fidela, como si en alma y cuerpo

saltase de las tinieblas á la luz. Esto pasó aquella mañana, y el gusto

de verla le centuplicó la credulidad, disponiéndola para admitir como

voz del Cielo todo aquello de la monstruosa infancia de Víctor Hugo,

y otros peregrinos ejemplos que la compasiva embaucadora sacaba de su

cabeza. Luego empezaron las preguntitas:

—¿Qué has hecho desde ayer tarde? ¿Por tu casa ocurre algo? ¿Qué se

dice por el mundo? ¿Quién se ha muerto? ¿Hay algo más del escándalo de

las _Guzmanas_? (Eloísa y María Juana.)

Porque Augusta le daba cuenta de las ocurrencias sociales y de las

hablillas y enredos que corrían por Madrid. Fidela no leía periódicos,

su amiguita sí, y siempre iba pertrechada de acontecimientos. Su

conversación era amenísima, graciosa, salpimentada de paradojas y

originalidades. Y no faltaba en aquellos coloquios la murmuración

sabrosa y cortante, para la cual la de Orozco poseía más que medianas

aptitudes, y las cultivaba en ocasiones con implacable saña, cual

si tuviera que vindicar con la lengua ofensas de otras lenguas más

dañinas que la suya. Falta saber, para el total estudio de la intensa

amistad que á las dos damas unía, si Augusta había referido á su amiga

la verdad de su tragedia, desconocida del público, y tratada en las

referencias mundanas con criterios tan diversos, por indicios vagos y

según las intenciones de cada cual. Es casi seguro que la dama trágica

y la dama cómica (de alta comedia) hablaron de aquel misterioso asunto,

y que Augusta no ocultó á su amiga la verdad ó la parte de verdad

que ella sabía; mas no consta que así lo hiciera, porque cuando las

hallamos juntas, no hablaban de tal cosa, y sólo por algún concepto

indeciso se podía colegir que la Marquesa de San Eloy no ignoraba el

punto negro ¡y tan negro! de la vida de su idolatrada compañera.

—Pues mira tú—le dijo volviendo al mismo tema después de una divagación

breve,—me has convencido. Me conformo con que mi hijo sea tan cerril, y

como tú, tengo esperanzas de una transformación que me le convierta en

un genio..., no, tanto no, en un ser inteligente y bueno.

—Yo no me conformaría con eso; mis esperanzas no se limitan á tan poco.

—Porque tú eres muy paradógica, muy extremada. Yo no: me contento con

un poquito, con lo razonable, ¿sabes? Me gusta la medianía en todo. Ya

te lo he dicho: me carga que mi marido sea tan rico. No quiera Dios que

seamos pobres, eso no; pero tanta riqueza me pone triste. La medianía

es lo mejor, medianía hasta en el talento. Oye tú, ¿no sería mejor que

nosotras fuéramos un poquito más tontas?

—¡Ay, qué gracia!

—Quiero decir que nosotras, por tener demasiado talento, no hemos sido

ni somos tan felices como debiéramos. Porque tú tienes mucho talento

natural, Augusta, yo también lo tengo, y como esto no es bueno, no te

rías, como el mucho talento no sirve más que para sufrir, procuramos

contrapesarlo con nuestra ignorancia, evitando en lo posible el saber

cosas..., ¡cuidado que es cargante la instrucción!... y siempre que

podemos ignorar cosas sabias, las ignoramos, para ser muy borriquitas,

pero muy borriquitas.

—Por eso—dijo Augusta con mucho donaire,—yo no he querido almorzar

abajo. Hoy tenéis dos sabios á la mesa. Ya le dije á Cruz que no

contara conmigo... para que no pueda pegárseme nada.

—Muy bien pensado. Es un gusto el ser una un poco primitiva, y no saber

nada de Historia, y figurarse que el sol anda alrededor de la tierra, y

creer en brujas, y tener el espíritu lleno de supersticiones.

—Y haber nacido entre pastores, y pasar la vida cargando haces de leña.

—No, no tanto.

—Concibiendo y pariendo y criando hijos robustos.

—Eso sí.

—Para después verles ir de soldados.

—Eso no.

—Y envejeciendo en los trabajos rudos, con un marido que más bien

parece un animal doméstico...

—Bah... ¿Y qué nos importaría? Yo tengo sobre eso una idea que alguna

vez te he dicho. Mira: anoche estuve toda la noche pensando en ello. Se

me antojaba que era yo una gran filósofa, y que mi cabeza se llenaba

de un sin fin de verdades como puños, verdades que si se escribieran

habrían de ser aceptadas por la humanidad.

—¿Qué es?

—Si te lo he dicho... Pero nunca he sentido en mí tanto convencimiento

como ahora. Digo y sostengo que el amor es una tontería, la mayor

necedad en que el ser humano puede incurrir, y que sólo merecen la

inmortalidad los hombres y mujeres que á todo trance consigan evitarla.

¿Cómo se evita? Pues muy fácilmente, ¿Quieres que te lo explique,

grandísima tonta?

Vacilante entre la risa y la compasión, oyó Augusta las razones de

su amiga. Triunfó al cabo el buen humor, soltaron ambas la risa. Ya

la Marquesa ponía el paño al púlpito para explanar su tesis, cuando

entraron con el almuerzo, y la tesis se cayó debajo de la mesa, y nadie

se acordó más de ella.

Torquemada y San Pedro · 第 10 / 35 题