VII

Pocos amigos frecuentaban diariamente el palacio de Gravelinas. No hay

para qué decir que Donoso era de los más fieles, y su amistad tan bien

apreciada como antes, si bien, justo es declararlo, en el orden del

cariño y admiración, había sido desbancado por el insigne misionero

de Indias. Damas, no consta que visitaran asiduamente á la familia más

que la de Taramundi, la de Morentín, las de Gibraleón, y la de Orozco,

ésta con mayor intimidad que las anteriores. La antigua amistad de

colegio entre Augusta y Fidela se había estrechado tanto en los últimos

tiempos, que casi todo el día lo pasaban juntas, y cuando la Marquesa

de San Eloy se vió retenida en casa por distintos padecimientos y

alifafes, su amiga no se separaba de ella, y la entretenía con sus

graciosas pláticas.

Sin necesidad de refrescar ahora memorias viejas, sabrán cuantos esto

lean que la hija de Cisneros y esposa de Tomás Orozco, después de

cierta tragedia lamentable, permaneció algunos años en obscuridad y

apartamiento. Cuando la vemos reaparecer en la casa de San Eloy, el

desvío social de Augusta no era ya tan absoluto. Había envejecido,

si cuadra este término á un adelanto demasiado visible en la madurez

vital, sin detrimento de la gracia y belleza. Jaspeaban su negro

cabello prematuras canas, que no se cuidaba de disimular por arte de

pinturas y afeites. La gallardía de su cuerpo era la misma de los

tiempos felices, conservándose en un medio encantador, ni delgada ni

gruesa, y extraordinariamente ágil y flexible. Y en lo restante de

la filiación, únicamente puede apuntarse que sus hermosos ojos eran

quizás más grandes, ó al menos lo parecían, y su boca... lo mismo.

Fama tenía de tan grande como hechicera, con una dentadura, de cuya

perfección no podrán dar cabal idea los marfiles, nácares y perlas

que la retórica desde los albores de la poesía, viene gastando en

el decorado interior de bocas bonitas. Con tener dos años menos que

su amiga, y poquísimas, casi invisibles canas que peinar, Fidela

representaba más edad que ella. Desmejorada y enflaquecida, su opalina

tez era más transparente, y el caballete de la nariz se le había

afilado tanto, que seguramente con él podría cortarse algo no muy duro.

En sus mejillas veíanse granulaciones rosadas, y sus labios finísimos

é incoloros dejaban ver, al sonreirse, parte demasiado extensa de

las rojas encías. Era, por aquellos días, un tipo de distinción que

podríamos llamar austríaca, porque recordaba á las hermanas de Carlos

V, y á otras princesas ilustres que viven en efigie por esos museos de

Dios, aristocráticamente narigudas. Resabio elegantísimo de la pintura

gótica, tenía cierto parentesco de familia con los tipos de mujer de

una de las mejores tablas de su soberbia colección, un _Descendimiento_

de Quintín Massys.

Bueno. El día siguiente al de la misa, primer eslabón cronológico

de la cadena de este relato, entró Augusta poco antes de la hora

del almuerzo. En una de las salas bajas encontróse á Cruz, haciendo

los honores de la casa á un sujeto de campanillas, académico y gran

inteligente, que examinaba las pinturas. En la rotonda había instalado

su caballete un pintor de fama, á quien se permitió copiar el _Paris

Bordone_, y más allá un tercer entusiasta del arte reproducía al

blanco y negro un cartón de Tiépolo. Día de gran mareo fué aquel para

la primogénita, porque su dignidad señoril le imponía la obligación

de atender y agasajar á los admiradores de su museo cuidando de que

nada les faltase. En cuanto al académico, era hombre de un entusiasmo

fácilmente inflamable y cuando se extasiaba en la contemplación de

los pormenores de una pintura, había que soltarle una bomba para que

volviese en sí. Ya llevaba Cruz dos horas de arrobamiento artístico,

con paseos mentales por los museos de Italia, y volteretas por el ciclo

pre-rafaelista, y empezaba á cansarse. Aún le faltaban dos tercios

de la colección por examinar. Para mayor desdicha _tenía_ otro sabio

en el archivo, un bibliófilo de más paciencia que Job, que había ido

á compulsar los _papeles de Sicilia_ para poner en claro un grave

punto histórico. No había más remedio que atenderle también, y ver si

el archivero le facilitaba sin restricción alguna todo el material

papiráceo que guardaban aquellos rancios depósitos.

Después de invitar al académico á almorzar, Cruz delegó un momento sus

funciones en Augusta, y mientras ésta las desempeñaba interinamente

con gran acierto, pues al dedillo conocía las colecciones que habían

sido de su padre, D. Carlos de Cisneros, fué la otra á _dar una vuelta_

al sabio del archivo, á quien encontró buceando en un mar de papeles.

Convidóle también á participar del almuerzo, y al volver á los salones

donde había quedado su amiga, pudo cuchichear un instante con ésta,

mientras el académico y el pintor se agarraban en artística disputa

sobre si era _Mantegna_ ó no era _Mantegna_ una tablita en que ambos

pusieron los ojos y el alma toda.

—Mira tú, si Fidela almuerza en su cuarto, yo la acompañaré. La

sociedad de tanto sabio no es de mi gusto.

—Yo pensaba que bajase hoy Fidela; pero si tú quieres, arriba se os

servirá á las dos. Yo voy perdiendo. Estaré sola entre los convidados

y mi salvaje D. Francisco; necesitaré Dios y ayuda para atender á la

conversación que salte, y atenuar las gansadas de mi cuñadito. Es

atroz, y desde que estamos reñidos, suele arrojar la máscara de la

finura, y dejando al descubierto su grosería, me pone á veces en gran

compromiso.

—Arréglate como puedas, que yo me voy arriba. Adiós. Que te diviertas.

Subió tan campante, alegre y ágil como una chiquilla, y en la primera

estancia del piso alto se encontró á Valentinico arrastrándose á cuatro

patas sobre la alfombra. La niñera, que era una mocetona serrana,

guapa y limpia, le sostenía con andadores de bridas, tirando de él

cuando se esparranclaba demasiado, y guiándole si seguía una dirección

inconveniente. Berreaba el chico, movía sus cuatro remos con animal

deleite, echando babas de su boca, y queriendo abrazarse al suelo y

hociquear en él.

—Bruto—le dijo Augusta con desabrimiento,—ponte en dos pies.

—Si no quiere, señorita—indicó tímidamente la niñera.—Hoy está incapaz.

En cuanto le _aúpo_, se encalabrina, y no hay quien lo aguante.

Valentín clavó en Augusta sus ojuelos, sin abandonar la posición de

tortuga.

—¿No te da vergüenza de andar á cuatro patas como los animales?—le dijo

la de Orozco, inclinándose para cogerle en brazos.

¡María Santísima! Al solo intento de levantarle del suelo en que se

arrastraba, púsose el nene fuera de sí, dando patadas con pies y manos,

que por un instante las manos más bien patas parecían, y atronó con sus

chillidos la estancia, echando hacia atrás la cabeza, y apretando los

dientes.

—Quédate, quédate ahí en el santo suelo—le dijo Augusta,—hecho un sapo.

¡Vaya, que estás bonito! Sí, llora, llora, grandísimo mamarracho para

que te pongas más feo de lo que eres...

El demonio del chico la insultó con su lengua monosilábica, salvaje,

primitiva, de una sencillez feroz, pues no se oía más que _pa... ca...

ta... pa..._

—Eso es, díme cosas. El demonio que te entienda. Nunca hablarás como

las personas. Parece mentira que seas hijo de tu madre, que es toda

inteligencia y dulzura. ¡Ay, qué lástima!

Entre la dama y la niñera se cruzaron miradas de tristeza y compasión.

—Ayer—dijo la moza—estuvo el niño muy bueno. Se dejó besar de su mamá

y de su tiíta, y no tiró los platos de la comida. Pero hoy le tenemos

de remate. Cuanto coge en la mano lo hace pedazos, y no quiere más que

andar á lo animalito, imitando al perro y al gato.

—Me parece que éste no tendrá nunca otros maestros. ¡Qué dolor! ¡Pobre

Fidela!... Sí, hijo, sí, haz el cerdito. Poco á poco te vas ilustrando.

Gru, gru... aprende, aprende ese lenguaje fino.

Tiró la niñera del ronzal, porque el indino iba ya en persecución

de un vaso japonés, colocado en la tabla más baja de una rinconera,

y seguramente lo habría hecho añicos. Su infantil barbarie hacía

de continuo estragos terribles en la vajilla de la casa, y en las

preciosidades que por todas partes se veían allí. Mudábanle con

frecuencia y siempre estaba sucio, de arrastrar su panza por el suelo;

su cabezota era toda chichones, que la afeaban más que el grandor

desmedido y las descomunales orejas; las babas le caían en hilo sobre

el pecho, y sus manos, lo único que tenía bonito, estaban siempre

negras, cual si no conociera más entretenimiento que jugar con carbón.

Torquemada y San Pedro · 第 9 / 35 题