Pocos amigos frecuentaban diariamente el palacio de Gravelinas. No hay
para qué decir que Donoso era de los más fieles, y su amistad tan bien
apreciada como antes, si bien, justo es declararlo, en el orden del
cariño y admiración, había sido desbancado por el insigne misionero
de Indias. Damas, no consta que visitaran asiduamente á la familia más
que la de Taramundi, la de Morentín, las de Gibraleón, y la de Orozco,
ésta con mayor intimidad que las anteriores. La antigua amistad de
colegio entre Augusta y Fidela se había estrechado tanto en los últimos
tiempos, que casi todo el día lo pasaban juntas, y cuando la Marquesa
de San Eloy se vió retenida en casa por distintos padecimientos y
alifafes, su amiga no se separaba de ella, y la entretenía con sus
graciosas pláticas.
Sin necesidad de refrescar ahora memorias viejas, sabrán cuantos esto
lean que la hija de Cisneros y esposa de Tomás Orozco, después de
cierta tragedia lamentable, permaneció algunos años en obscuridad y
apartamiento. Cuando la vemos reaparecer en la casa de San Eloy, el
desvío social de Augusta no era ya tan absoluto. Había envejecido,
si cuadra este término á un adelanto demasiado visible en la madurez
vital, sin detrimento de la gracia y belleza. Jaspeaban su negro
cabello prematuras canas, que no se cuidaba de disimular por arte de
pinturas y afeites. La gallardía de su cuerpo era la misma de los
tiempos felices, conservándose en un medio encantador, ni delgada ni
gruesa, y extraordinariamente ágil y flexible. Y en lo restante de
la filiación, únicamente puede apuntarse que sus hermosos ojos eran
quizás más grandes, ó al menos lo parecían, y su boca... lo mismo.
Fama tenía de tan grande como hechicera, con una dentadura, de cuya
perfección no podrán dar cabal idea los marfiles, nácares y perlas
que la retórica desde los albores de la poesía, viene gastando en
el decorado interior de bocas bonitas. Con tener dos años menos que
su amiga, y poquísimas, casi invisibles canas que peinar, Fidela
representaba más edad que ella. Desmejorada y enflaquecida, su opalina
tez era más transparente, y el caballete de la nariz se le había
afilado tanto, que seguramente con él podría cortarse algo no muy duro.
En sus mejillas veíanse granulaciones rosadas, y sus labios finísimos
é incoloros dejaban ver, al sonreirse, parte demasiado extensa de
las rojas encías. Era, por aquellos días, un tipo de distinción que
podríamos llamar austríaca, porque recordaba á las hermanas de Carlos
V, y á otras princesas ilustres que viven en efigie por esos museos de
Dios, aristocráticamente narigudas. Resabio elegantísimo de la pintura
gótica, tenía cierto parentesco de familia con los tipos de mujer de
una de las mejores tablas de su soberbia colección, un _Descendimiento_
de Quintín Massys.
Bueno. El día siguiente al de la misa, primer eslabón cronológico
de la cadena de este relato, entró Augusta poco antes de la hora
del almuerzo. En una de las salas bajas encontróse á Cruz, haciendo
los honores de la casa á un sujeto de campanillas, académico y gran
inteligente, que examinaba las pinturas. En la rotonda había instalado
su caballete un pintor de fama, á quien se permitió copiar el _Paris
Bordone_, y más allá un tercer entusiasta del arte reproducía al
blanco y negro un cartón de Tiépolo. Día de gran mareo fué aquel para
la primogénita, porque su dignidad señoril le imponía la obligación
de atender y agasajar á los admiradores de su museo cuidando de que
nada les faltase. En cuanto al académico, era hombre de un entusiasmo
fácilmente inflamable y cuando se extasiaba en la contemplación de
los pormenores de una pintura, había que soltarle una bomba para que
volviese en sí. Ya llevaba Cruz dos horas de arrobamiento artístico,
con paseos mentales por los museos de Italia, y volteretas por el ciclo
pre-rafaelista, y empezaba á cansarse. Aún le faltaban dos tercios
de la colección por examinar. Para mayor desdicha _tenía_ otro sabio
en el archivo, un bibliófilo de más paciencia que Job, que había ido
á compulsar los _papeles de Sicilia_ para poner en claro un grave
punto histórico. No había más remedio que atenderle también, y ver si
el archivero le facilitaba sin restricción alguna todo el material
papiráceo que guardaban aquellos rancios depósitos.
Después de invitar al académico á almorzar, Cruz delegó un momento sus
funciones en Augusta, y mientras ésta las desempeñaba interinamente
con gran acierto, pues al dedillo conocía las colecciones que habían
sido de su padre, D. Carlos de Cisneros, fué la otra á _dar una vuelta_
al sabio del archivo, á quien encontró buceando en un mar de papeles.
Convidóle también á participar del almuerzo, y al volver á los salones
donde había quedado su amiga, pudo cuchichear un instante con ésta,
mientras el académico y el pintor se agarraban en artística disputa
sobre si era _Mantegna_ ó no era _Mantegna_ una tablita en que ambos
pusieron los ojos y el alma toda.
—Mira tú, si Fidela almuerza en su cuarto, yo la acompañaré. La
sociedad de tanto sabio no es de mi gusto.
—Yo pensaba que bajase hoy Fidela; pero si tú quieres, arriba se os
servirá á las dos. Yo voy perdiendo. Estaré sola entre los convidados
y mi salvaje D. Francisco; necesitaré Dios y ayuda para atender á la
conversación que salte, y atenuar las gansadas de mi cuñadito. Es
atroz, y desde que estamos reñidos, suele arrojar la máscara de la
finura, y dejando al descubierto su grosería, me pone á veces en gran
compromiso.
—Arréglate como puedas, que yo me voy arriba. Adiós. Que te diviertas.
Subió tan campante, alegre y ágil como una chiquilla, y en la primera
estancia del piso alto se encontró á Valentinico arrastrándose á cuatro
patas sobre la alfombra. La niñera, que era una mocetona serrana,
guapa y limpia, le sostenía con andadores de bridas, tirando de él
cuando se esparranclaba demasiado, y guiándole si seguía una dirección
inconveniente. Berreaba el chico, movía sus cuatro remos con animal
deleite, echando babas de su boca, y queriendo abrazarse al suelo y
hociquear en él.
—Bruto—le dijo Augusta con desabrimiento,—ponte en dos pies.
—Si no quiere, señorita—indicó tímidamente la niñera.—Hoy está incapaz.
En cuanto le _aúpo_, se encalabrina, y no hay quien lo aguante.
Valentín clavó en Augusta sus ojuelos, sin abandonar la posición de
tortuga.
—¿No te da vergüenza de andar á cuatro patas como los animales?—le dijo
la de Orozco, inclinándose para cogerle en brazos.
¡María Santísima! Al solo intento de levantarle del suelo en que se
arrastraba, púsose el nene fuera de sí, dando patadas con pies y manos,
que por un instante las manos más bien patas parecían, y atronó con sus
chillidos la estancia, echando hacia atrás la cabeza, y apretando los
dientes.
—Quédate, quédate ahí en el santo suelo—le dijo Augusta,—hecho un sapo.
¡Vaya, que estás bonito! Sí, llora, llora, grandísimo mamarracho para
que te pongas más feo de lo que eres...
El demonio del chico la insultó con su lengua monosilábica, salvaje,
primitiva, de una sencillez feroz, pues no se oía más que _pa... ca...
ta... pa..._
—Eso es, díme cosas. El demonio que te entienda. Nunca hablarás como
las personas. Parece mentira que seas hijo de tu madre, que es toda
inteligencia y dulzura. ¡Ay, qué lástima!
Entre la dama y la niñera se cruzaron miradas de tristeza y compasión.
—Ayer—dijo la moza—estuvo el niño muy bueno. Se dejó besar de su mamá
y de su tiíta, y no tiró los platos de la comida. Pero hoy le tenemos
de remate. Cuanto coge en la mano lo hace pedazos, y no quiere más que
andar á lo animalito, imitando al perro y al gato.
—Me parece que éste no tendrá nunca otros maestros. ¡Qué dolor! ¡Pobre
Fidela!... Sí, hijo, sí, haz el cerdito. Poco á poco te vas ilustrando.
Gru, gru... aprende, aprende ese lenguaje fino.
Tiró la niñera del ronzal, porque el indino iba ya en persecución
de un vaso japonés, colocado en la tabla más baja de una rinconera,
y seguramente lo habría hecho añicos. Su infantil barbarie hacía
de continuo estragos terribles en la vajilla de la casa, y en las
preciosidades que por todas partes se veían allí. Mudábanle con
frecuencia y siempre estaba sucio, de arrastrar su panza por el suelo;
su cabezota era toda chichones, que la afeaban más que el grandor
desmedido y las descomunales orejas; las babas le caían en hilo sobre
el pecho, y sus manos, lo único que tenía bonito, estaban siempre
negras, cual si no conociera más entretenimiento que jugar con carbón.