VI

En su opulencia, la familia de Torquemada, ó de San Eloy, para hablar

con propiedad de mundana etiqueta, vivía apartada del bullicio de

fiestas y saraos, desmintiendo fuera de casa su alta posición, si

bien dentro nada existía por donde se la pudiese acusar de mezquindad

ó sordidez. Desde la desastrada muerte de Rafaelito, no supieron las

dos hermanas del Águila lo que es un teatro, ni tuvieron relaciones

muy ostensibles con lo que ordinariamente se llama _gran mundo_. Sus

tertulias, de noche, concretábanse á media docena de personas de gran

confianza. Sus comidas, que por la calidad debían clasificarse entre

lo mejor, eran por el número de comensales modestísimas: rara vez se

sentaban á la mesa, fuera de la familia, más de dos personas. Fiestas,

bailes ó reuniones con música, comistraje ó refresco, jamás se veían

en aquellos lugares tan espléndidos como solitarios, lo que servía de

gran satisfacción al señor Marqués, que con ello se consolaba de sus

muchas desazones y berrinches.

Y pocas casas había, ó hay, en Madrid mejor dispuestas para la

ostentación de las superfluidades aristocráticas. El palacio de

Gravelinas es el antiguo caserón de Trastamara, construído sólidamente

y con dudoso gusto en el siglo XVII, restaurado á fines del XVIII

(cuando la unión de las casas de San Quintín y Cerinola), con arreglo

á planos traídos de Roma, vuelto á restaurar en los últimos años de

Isabel II por el patrón parisiense, y acrecentado con magníficos anexos

para servidumbre, archivo, armería, y todo lo demás que completa

una gran residencia señoril. Claro es que la ampliación de la casa,

después de decretado el acabamiento de los mayorazgos, fué una gran

locura, y bien caro la pagó el último duque de Gravelinas, que era,

por sus dispendios, un desamortizador práctico. Al fin y á la postre,

hubo de sucumbir el buen caballero á la ley del siglo, por la cual la

riqueza inmueble de las familias históricas va pasando á una segunda

aristocracia, cuyos pergaminos se pierden en la obscuridad de una

tienda, ó en los repliegues de la industria usuraria. Gravelinas

acaba sus días en Biarritz, viviendo de una pensioncita que le pasa

el sindicato de acreedores, con la cual puede permitirse algunos

desahoguillos, y aun calaveradas, que le recuerden su antiguo esplendor.

En la parroquia de San Marcos, y entre las calles de San Bernardo y

San Bernardino, ocupa el palacio de Gravelinas, hoy de San Eloy, una

área muy extensa. Alguien ha dicho que lo único malo de esta mansión de

príncipes es la calle en que se eleva su severa fachada. Esta, por lo

vulgar, viene á ser como un disimulo hipócrita de las extraordinarias

bellezas y refinamientos del interior. Pásase, para llegar al ancho

portalón, por feísimas prenderías, tabernas y bodegones indecentes,

y por talleres de machacar hierro, vestigios de la antigua industria

chispera. En las calles lateral y trasera, las dependencias de

Gravelinas, abarcando una extensísima manzana, quitan á la vía pública

toda variedad, y le dan carácter de triste poblachón. Lo único que

allí falta son jardines, y muy de menos echaban este esparcimiento sus

actuales poseedoras, no D. Francisco, que detestaba con toda su alma

todo lo perteneciente al reino vegetal, y en cualquier tiempo habría

cambiado el mejor de los árboles por una cómoda ó una mesa de noche.

La instalación de la galería de Cisneros en las salas del palacio,

dió á éste una importancia suntuaria y artística que antes no tenía,

pues los Gravelinas sólo poseyeron retratos de época, ni muchos

ni superiores, y en su tiempo el edificio sólo ostentaba algunos

frescos de Bayeu, un buen techo, copia de Tiépolo, y varias pinturas

decorativas de Maella. Lo de Cisneros entró allí como en su casa

propia. Pobláronse las anchurosas estancias de pinturas de primer

orden, de tablas y lienzos de gran mérito, algunos célebres en el mundo

del mercantilismo artístico. Había puesto Cruz en la colocación de

tales joyas todo el cuidado posible, asesorándose de personas peritas,

para dar á cada objeto la importancia debida y la luz conveniente, de

lo que resultó un museo, que bien podría rivalizar con las afamadas

galerías romanas Doria Pamphili, y Borghese. Por fin, después de

ver todo aquello, y advirtiendo el jaleo de visitantes extranjeros

y españoles que solicitaban permiso para admirar tantas maravillas,

acabó el gran tacaño de Torquemada por celebrar el _haberse quedado con

el palacio_, pues si como arquitectura su valor no era grande, como

terreno valía un Potosí, y valdría más el día de mañana. En cuanto á

las colecciones de Cisneros y á la armería, no tardó en consolarse

de su adquisición, porque según el dictamen de los _inteligentes_,

_críticos_ ó lo que fueran, todo aquel _género_, _lencería pintada_,

_tablazón con colores_, era de un valor real y efectivo, y bien podría

ser que en tiempo no lejano pudiera venderlo por el triple de su coste.

Tres ó cuatro piezas había en la colección, ¡María Santísima! ante las

cuales se quedaban con la boca abierta los citados críticos; y aun

vino de Londres un _punto_, comisionado por la _National Gallery_,

para comprar una de ellas, ofreciendo la friolerita de quinientas

libras. Esto parecía fábula. Tratábase del _Massaccio_, que en un

tiempo se creyó dudoso, y al fin fué declarado auténtico por una junta

de rabadanes, _vulgo_ anticuarios, que vinieron de Francia é Italia.

¡El _Massaccio_! ¿Y qué era, _ñales_? Pues un cuadrito que á primera

vista parecía representar el interior de una botella de tinta, todo

negro, destacándose apenas sobre aquella obscuridad el torso de una

figura y la pierna de otra. Era el Bautismo de nuestro Redentor: á

éste, según frase del entonces legítimo dueño de tal preciosidad no le

conocería ni la madre que le parió. Pero esto le importaba poco, y ya

podían llover sobre su casa todos los Massaccios del mundo; que él los

pondría sobre su cabeza, mirando el negocio, que no al arte. También

se conceptuaban como de gran valor un Paris Bordone, un Sebastián del

Piombo, un Memling, un beato Angélico y un Zurbarán, que con todo lo

demás, y los vasos, estatuas, relicarios, armaduras y tapices, formaban

para don Francisco una especie de _Américas_ de subido valor. Veía los

cuadros como acciones ú obligaciones de poderosas y bien administradas

sociedades, de fácil y ventajosa cotización en todos los mercados del

orbe. No se detuvo jamás á contemplar las obras de arte ni á escudriñar

su hermosura, reconociendo con campechana modestia que no _entendía

de monigotes_; tan sólo se extasiaba, con detenimiento que parecía de

artista, delante del inventario que un hábil restaurador, ó _rata de

museos_, para su gobierno le formaba, agregando á la descripción, y al

examen crítico é histórico de cada lienzo ó tabla, su valor probable,

previa consulta de los catálogos de extranjeros marchantes, que por

millones traficaban en _monigotes_ antiguos y modernos.

¡Casa inmensa, interesantísima, noble, sagrada por el arte, venerable

por su abolengo! El narrador no puede describirla, porque es el

primero que se pierde en el laberinto de sus estancias y galerías,

enriquecidas con cuantos primores inventaron antaño y ogaño el arte,

el lujo y la vanidad. Las cuatro quintas partes de ella no tenían

más habitantes que los del reino de la fantasía, vestidos unos con

ropajes de variada forma y color, desnudos los otros, mostrando su

hermosa fábrica muscular, por la cual parecían hombres y mujeres de

una raza que no es la nuestra. Hoy no tenemos más que cara, gracias

á las horrorosas vestiduras con que ocultamos nuestras desmedradas

anatomías. Conservábase todo aquel mundo ideal de un modo perfecto,

poniendo en ello sus cinco sentidos la primogénita del Águila, que

dirigía personalmente los trabajos de limpieza, asistida de un ejército

de servidores muy para el caso, como gente avezada á trajinar en

pinacotecas, palacios y otras _Américas_ europeas.

Dígase, para concluir, que la dama gobernadora, al reunir en

apretado amasijo los estados de Gravelinas con los del Águila y los

de Torquemada, no habría creído realizar cumplidamente su plan de

reivindicación, si no le pusiera por remate la servidumbre que á tan

grandiosa casa correspondía. Palacio como aquel, familia tan alcurniada

por el lado de los pergaminos y por el del dinero, no podían existir

sin la interminable caterva de servidores de ambos sexos. Organizó,

pues, la señora, el _personal_, dejándose llevar de sus instintos

de grandeza, dentro del orden más estricto. La sección de cuadras y

cocheras, así como la de cocinas y comedor, fueron montadas sin omitir

nada de lo que corresponde á una familia de príncipes. Y en diferentes

servicios, la turbamulta de doncellas, lacayos y lacayitos, criados

de escalera abajo y de escalera arriba, porteros, planchadoras, etc.,

componían, con las de las secciones antedichas, un ejército que habría

bastado á defender una plaza fuerte en caso de apuro.

Tal superabundancia de criados era lo que principalmente le encendía la

sangre al don Francisco, y si transigía con la compra de cuadros viejos

y de armaduras roñosas, por el buen resultado que podrían traerle en

día no lejano, no se avenía con la presencia de tanto gandul, polilla

y destrucción de la casa, pues con lo que se comían diariamente había

para mantener á medio mundo. Ved aquí la principal causa de lo torcido

que andaba el hombre en aquellos días; pero se tragaba sus hieles, y si

él sufría mucho, no había quien le sufriera. Á solas, ó con el bueno

de Donoso, se desahogaba, protestando de la _plétora de servicio_ y de

que su casa era un _fiel trasunto_ de las oficinas del Estado, llenas

de pasmarotes, que no van allí más que á holgazanear. Bien comprendía

él que no era cosa de vivir á lo pobre, como en casa de huéspedes de á

tres pesetas, eso no. Pero nada de exageraciones, porque _de lo sublime

á lo ridículo no hay más que un paso_. Y también es evidente que los

Estados en que crece viciosa la planta de la empleomanía, corren al

abismo. Si él gobernara la casa, seguiría un sistema _diametralmente

opuesto_ al de Cruz. Pocos criados, pero _idóneos_, y mucha vigilancia

para que todo el mundo anduviera derecho y se gastara _lo consignado_,

y nada más. Lo que decía en la _Cámara_ á cuantos quisieran oirle, lo

decía también á su familia:

—Quitemos _ruedas inútiles_ á la máquina administrativa para que

marche bien... Pero ésta mi cuñada, á quien parta un rayo, ¿qué hace?

convertir mi _domicilio_ en _un centro ministerial_, y volverme la

cabeza del revés, pues día hay en que creo que ellos son los amos, y yo

el _último paria_ de toda esa patulea.

Torquemada y San Pedro · 第 8 / 35 题