En su opulencia, la familia de Torquemada, ó de San Eloy, para hablar
con propiedad de mundana etiqueta, vivía apartada del bullicio de
fiestas y saraos, desmintiendo fuera de casa su alta posición, si
bien dentro nada existía por donde se la pudiese acusar de mezquindad
ó sordidez. Desde la desastrada muerte de Rafaelito, no supieron las
dos hermanas del Águila lo que es un teatro, ni tuvieron relaciones
muy ostensibles con lo que ordinariamente se llama _gran mundo_. Sus
tertulias, de noche, concretábanse á media docena de personas de gran
confianza. Sus comidas, que por la calidad debían clasificarse entre
lo mejor, eran por el número de comensales modestísimas: rara vez se
sentaban á la mesa, fuera de la familia, más de dos personas. Fiestas,
bailes ó reuniones con música, comistraje ó refresco, jamás se veían
en aquellos lugares tan espléndidos como solitarios, lo que servía de
gran satisfacción al señor Marqués, que con ello se consolaba de sus
muchas desazones y berrinches.
Y pocas casas había, ó hay, en Madrid mejor dispuestas para la
ostentación de las superfluidades aristocráticas. El palacio de
Gravelinas es el antiguo caserón de Trastamara, construído sólidamente
y con dudoso gusto en el siglo XVII, restaurado á fines del XVIII
(cuando la unión de las casas de San Quintín y Cerinola), con arreglo
á planos traídos de Roma, vuelto á restaurar en los últimos años de
Isabel II por el patrón parisiense, y acrecentado con magníficos anexos
para servidumbre, archivo, armería, y todo lo demás que completa
una gran residencia señoril. Claro es que la ampliación de la casa,
después de decretado el acabamiento de los mayorazgos, fué una gran
locura, y bien caro la pagó el último duque de Gravelinas, que era,
por sus dispendios, un desamortizador práctico. Al fin y á la postre,
hubo de sucumbir el buen caballero á la ley del siglo, por la cual la
riqueza inmueble de las familias históricas va pasando á una segunda
aristocracia, cuyos pergaminos se pierden en la obscuridad de una
tienda, ó en los repliegues de la industria usuraria. Gravelinas
acaba sus días en Biarritz, viviendo de una pensioncita que le pasa
el sindicato de acreedores, con la cual puede permitirse algunos
desahoguillos, y aun calaveradas, que le recuerden su antiguo esplendor.
En la parroquia de San Marcos, y entre las calles de San Bernardo y
San Bernardino, ocupa el palacio de Gravelinas, hoy de San Eloy, una
área muy extensa. Alguien ha dicho que lo único malo de esta mansión de
príncipes es la calle en que se eleva su severa fachada. Esta, por lo
vulgar, viene á ser como un disimulo hipócrita de las extraordinarias
bellezas y refinamientos del interior. Pásase, para llegar al ancho
portalón, por feísimas prenderías, tabernas y bodegones indecentes,
y por talleres de machacar hierro, vestigios de la antigua industria
chispera. En las calles lateral y trasera, las dependencias de
Gravelinas, abarcando una extensísima manzana, quitan á la vía pública
toda variedad, y le dan carácter de triste poblachón. Lo único que
allí falta son jardines, y muy de menos echaban este esparcimiento sus
actuales poseedoras, no D. Francisco, que detestaba con toda su alma
todo lo perteneciente al reino vegetal, y en cualquier tiempo habría
cambiado el mejor de los árboles por una cómoda ó una mesa de noche.
La instalación de la galería de Cisneros en las salas del palacio,
dió á éste una importancia suntuaria y artística que antes no tenía,
pues los Gravelinas sólo poseyeron retratos de época, ni muchos
ni superiores, y en su tiempo el edificio sólo ostentaba algunos
frescos de Bayeu, un buen techo, copia de Tiépolo, y varias pinturas
decorativas de Maella. Lo de Cisneros entró allí como en su casa
propia. Pobláronse las anchurosas estancias de pinturas de primer
orden, de tablas y lienzos de gran mérito, algunos célebres en el mundo
del mercantilismo artístico. Había puesto Cruz en la colocación de
tales joyas todo el cuidado posible, asesorándose de personas peritas,
para dar á cada objeto la importancia debida y la luz conveniente, de
lo que resultó un museo, que bien podría rivalizar con las afamadas
galerías romanas Doria Pamphili, y Borghese. Por fin, después de
ver todo aquello, y advirtiendo el jaleo de visitantes extranjeros
y españoles que solicitaban permiso para admirar tantas maravillas,
acabó el gran tacaño de Torquemada por celebrar el _haberse quedado con
el palacio_, pues si como arquitectura su valor no era grande, como
terreno valía un Potosí, y valdría más el día de mañana. En cuanto á
las colecciones de Cisneros y á la armería, no tardó en consolarse
de su adquisición, porque según el dictamen de los _inteligentes_,
_críticos_ ó lo que fueran, todo aquel _género_, _lencería pintada_,
_tablazón con colores_, era de un valor real y efectivo, y bien podría
ser que en tiempo no lejano pudiera venderlo por el triple de su coste.
Tres ó cuatro piezas había en la colección, ¡María Santísima! ante las
cuales se quedaban con la boca abierta los citados críticos; y aun
vino de Londres un _punto_, comisionado por la _National Gallery_,
para comprar una de ellas, ofreciendo la friolerita de quinientas
libras. Esto parecía fábula. Tratábase del _Massaccio_, que en un
tiempo se creyó dudoso, y al fin fué declarado auténtico por una junta
de rabadanes, _vulgo_ anticuarios, que vinieron de Francia é Italia.
¡El _Massaccio_! ¿Y qué era, _ñales_? Pues un cuadrito que á primera
vista parecía representar el interior de una botella de tinta, todo
negro, destacándose apenas sobre aquella obscuridad el torso de una
figura y la pierna de otra. Era el Bautismo de nuestro Redentor: á
éste, según frase del entonces legítimo dueño de tal preciosidad no le
conocería ni la madre que le parió. Pero esto le importaba poco, y ya
podían llover sobre su casa todos los Massaccios del mundo; que él los
pondría sobre su cabeza, mirando el negocio, que no al arte. También
se conceptuaban como de gran valor un Paris Bordone, un Sebastián del
Piombo, un Memling, un beato Angélico y un Zurbarán, que con todo lo
demás, y los vasos, estatuas, relicarios, armaduras y tapices, formaban
para don Francisco una especie de _Américas_ de subido valor. Veía los
cuadros como acciones ú obligaciones de poderosas y bien administradas
sociedades, de fácil y ventajosa cotización en todos los mercados del
orbe. No se detuvo jamás á contemplar las obras de arte ni á escudriñar
su hermosura, reconociendo con campechana modestia que no _entendía
de monigotes_; tan sólo se extasiaba, con detenimiento que parecía de
artista, delante del inventario que un hábil restaurador, ó _rata de
museos_, para su gobierno le formaba, agregando á la descripción, y al
examen crítico é histórico de cada lienzo ó tabla, su valor probable,
previa consulta de los catálogos de extranjeros marchantes, que por
millones traficaban en _monigotes_ antiguos y modernos.
¡Casa inmensa, interesantísima, noble, sagrada por el arte, venerable
por su abolengo! El narrador no puede describirla, porque es el
primero que se pierde en el laberinto de sus estancias y galerías,
enriquecidas con cuantos primores inventaron antaño y ogaño el arte,
el lujo y la vanidad. Las cuatro quintas partes de ella no tenían
más habitantes que los del reino de la fantasía, vestidos unos con
ropajes de variada forma y color, desnudos los otros, mostrando su
hermosa fábrica muscular, por la cual parecían hombres y mujeres de
una raza que no es la nuestra. Hoy no tenemos más que cara, gracias
á las horrorosas vestiduras con que ocultamos nuestras desmedradas
anatomías. Conservábase todo aquel mundo ideal de un modo perfecto,
poniendo en ello sus cinco sentidos la primogénita del Águila, que
dirigía personalmente los trabajos de limpieza, asistida de un ejército
de servidores muy para el caso, como gente avezada á trajinar en
pinacotecas, palacios y otras _Américas_ europeas.
Dígase, para concluir, que la dama gobernadora, al reunir en
apretado amasijo los estados de Gravelinas con los del Águila y los
de Torquemada, no habría creído realizar cumplidamente su plan de
reivindicación, si no le pusiera por remate la servidumbre que á tan
grandiosa casa correspondía. Palacio como aquel, familia tan alcurniada
por el lado de los pergaminos y por el del dinero, no podían existir
sin la interminable caterva de servidores de ambos sexos. Organizó,
pues, la señora, el _personal_, dejándose llevar de sus instintos
de grandeza, dentro del orden más estricto. La sección de cuadras y
cocheras, así como la de cocinas y comedor, fueron montadas sin omitir
nada de lo que corresponde á una familia de príncipes. Y en diferentes
servicios, la turbamulta de doncellas, lacayos y lacayitos, criados
de escalera abajo y de escalera arriba, porteros, planchadoras, etc.,
componían, con las de las secciones antedichas, un ejército que habría
bastado á defender una plaza fuerte en caso de apuro.
Tal superabundancia de criados era lo que principalmente le encendía la
sangre al don Francisco, y si transigía con la compra de cuadros viejos
y de armaduras roñosas, por el buen resultado que podrían traerle en
día no lejano, no se avenía con la presencia de tanto gandul, polilla
y destrucción de la casa, pues con lo que se comían diariamente había
para mantener á medio mundo. Ved aquí la principal causa de lo torcido
que andaba el hombre en aquellos días; pero se tragaba sus hieles, y si
él sufría mucho, no había quien le sufriera. Á solas, ó con el bueno
de Donoso, se desahogaba, protestando de la _plétora de servicio_ y de
que su casa era un _fiel trasunto_ de las oficinas del Estado, llenas
de pasmarotes, que no van allí más que á holgazanear. Bien comprendía
él que no era cosa de vivir á lo pobre, como en casa de huéspedes de á
tres pesetas, eso no. Pero nada de exageraciones, porque _de lo sublime
á lo ridículo no hay más que un paso_. Y también es evidente que los
Estados en que crece viciosa la planta de la empleomanía, corren al
abismo. Si él gobernara la casa, seguiría un sistema _diametralmente
opuesto_ al de Cruz. Pocos criados, pero _idóneos_, y mucha vigilancia
para que todo el mundo anduviera derecho y se gastara _lo consignado_,
y nada más. Lo que decía en la _Cámara_ á cuantos quisieran oirle, lo
decía también á su familia:
—Quitemos _ruedas inútiles_ á la máquina administrativa para que
marche bien... Pero ésta mi cuñada, á quien parta un rayo, ¿qué hace?
convertir mi _domicilio_ en _un centro ministerial_, y volverme la
cabeza del revés, pues día hay en que creo que ellos son los amos, y yo
el _último paria_ de toda esa patulea.