IV

—Aunque la dificultad de este empeño en que la buena de _Croissette_

quiere meterme ahora, me arredra un poquitín—prosiguió después de

dejar, en una pausa, tiempo á la admiración efusiva de la dama,—yo no

me acobardo, empuño mi gloriosa bandera, y me voy derecho hacia tu

salvaje.

—Y le vencerá..., segura estoy de ello.

—Le amansare por lo menos, de eso respondo. Anoche le tire algunos

flechazos, y el hombre me ha demostrado hoy que le llegaron á lo vivo.

—¡Oh! Le tiene á usted en mucho; le mira como á un ser superior, un

ángel ó un apóstol, y todas las fierezas y arrogancias que gasta con

nosotras, delante de usted se truecan en blanduras.

—Temor ó respeto, ello es que se impresiona con las verdades que me

oye. Y no le digo más que la verdad, la verdad monda y lironda, con

toda la dureza intransigente que me impone mi misión evangélica. Yo

no transijo, desprecio las componendas elásticas en cuando se refiere

á la moral católica. Ataco el mal con brío, desplegando contra él

todos los rigores de la doctrina. El Sr. Torquemada me ha de oir muy

buenas cosas, y temblará y mirará para dentro de sí, echando también

alguna miradita hacia la zona de allá, para él toda misterios, hacia la

eternidad en donde chicos y grandes hemos de parar. Déjale, déjale de

mi cuenta.

Dió varias vueltas por la estancia, y en una de ellas, sin hacer caso

de las exclamaciones admirativas de su noble interlocutora, se paró

ante ella, y le impuso silencio con un movimiento pausado de ambas

manos extendidas, movimiento que lo mismo podría ser de predicador que

de director de orquesta; todo ello para decirle:

—Pausa, pausa... y no te entusiasmes tan pronto, hija mía, que á tí

también, á tí también ha de tocarte alguna china, pues no es suya toda

la culpa, no lo es, que también la tenéis vosotras, tú más que tu

hermana...

—No me creo exenta de culpa—dijo Cruz con humildad,—ni en este ni en

otros casos de la vida.

—Tu despotismo, que despotismo es, aunque de los más ilustrados, tu

afán de gobernar autocráticamente, contrariándole en sus gustos, en sus

hábitos y hasta en sus malas mañas, imponiéndole grandezas que repugna,

y dispendios que le fríen la sangre, han puesto al salvaje en un grado

tal de ferocidad que nos ha de costar trabajillo desbravarle.

—Cierto que soy un poquitín despótica. Pero bien sabe ese bruto que sin

mi gobierno no habría llegado á las alturas en que ahora está, y en las

cuales, créame usted, se encuentra muy á gusto cuando no le tocan á su

avaricia. ¿Por quién es senador, por quién es marqués, y hombre de pro,

considerado de grandes y chicos?... Pero quizás me diga usted que estas

son vanidades, y que yo las he fomentado sin provecho alguno para las

almas. Si esto me dice, me callaré. Reconozco mi error, y abdico, sí

señor, abdico el gobierno de estos reinos, y me retiraré... á la vida

privada.

—Calma, que para todo se necesita criterio y oportunidad, y

principalmente para las abdicaciones. Sigue en tu gobierno, hasta

ver... Cualquier perturbación en el orden establecido sería muy

nociva. Yo pondré mis paralelas, atento sólo al problema moral. En lo

demás no me meto, y cuanto de cerca ó de lejos se relacione con los

bienes de este mundo, es para mí como si no existiera... Por de pronto,

lo único que ordeno es que seas dulce y cariñosa con tu hermano, pues

hermano tuyo lo ha hecho la Iglesia; que no seas...

No pudiendo reprimir Cruz su natural imperante y discutidor,

interrumpió al clérigo en esta forma:

—¡Pero si es él, él quien hace escarnio de la fraternidad! Ya van

cuatro meses que no nos hablamos, y si algo le digo, suelta un mugido

y me vuelve la espalda. Hoy por hoy, es más grosero cuando habla que

cuando calla. Y ha de saber usted que, fuera de casa, no me nombra

nunca sin hablar horrores de mí.

—Horrores..., dicharachos—dijo Gamborena un tanto distraído ya del

asunto, y agarrando su sombrero con una decisión que indicaba propósito

de salir.—Hay una clase de maledicencia que no es más que hábito de

palabrería insubstancial. Cosa mala; pero no pésima; efervescencia

del conceptismo grosero, que á veces no lleva más intención que la de

hacer gracia. En muchos casos, este vicio maldito no tiene su raiz en

el corazón. Yo estudiaré á nuestro salvaje _bajo ese aspecto_, como él

dice, y le enseñaré el uso del bozal, prenda utilísima, á la que no

todos se acostumbran... pero vencida su molestia... ¡ah! concluye por

traer grandes beneficios, no sólo á la lengua, sino al alma... Adiós,

hija mía... No, no me detengo más. Tengo que hacer... Que no, que no

almuerzo, ea. Si puedo, vendré esta tarde á daros un poco de tertulia.

Si no, hasta mañana. Adiós.

Inútiles fueron las carantoñas de la dama ilustre para retenerle.

Quedóse esta un instante en la sacristía, cual si los pensamientos

que el venerable Gamborena expresara en la anterior conversación la

tuvieran allí sujeta, gravitando sobre ella con melancólica pesadumbre.

Desde la muerte lastimosa de Rafael, la tristeza era como huésped

pegajoso en la familia del Águila; la instalación de ésta en el palacio

de Gravelinas, tan lleno de mundanas y artísticas bellezas, fué como

una entrada en el reino sombrío del aburrimiento y la discordia.

Felizmente, Dios misericordioso deparó á la gobernadora de aquel

cotarro, el consuelo de un amigo incomparable, que á la amenidad del

trato reunía la maestría apostólica para todo lo concerniente á las

cosas espirituales, un ángel, un alma pura, una conciencia inflexible,

y un entendimiento luminoso para el cual no tenían secretos la vida

humana ni el organismo social. Como á enviado del Cielo le recibió la

primogénita del Águila cuando le vió entrar en su palacio dos meses

antes de lo descrito, procedente de no se qué islas de la Polinesia,

de Fidji, ó del quinto infierno... léase del quinto cielo. Se agarró

á él como á tabla de salvación, pretendiendo aposentarle en la casa;

y no siendo esto posible atrájole con mil reclamos delicadísimos para

tenerle allí á horas de almuerzo y comida, para pedirle consejo en

todo, y recrearse en su hermosa doctrina, y embelesarse, en fin, con el

relato de sus maravillosas proezas evangélicas.

El primer dato que del padre Luis de Gamborena se encuentra, al

indagar su historia, se remonta al año 53, época en la cual su edad no

pasaba de los veinticinco, y era familiar del Obispo de Córdoba. De su

juventud nada se sabe, y sólo consta que era alavés, de familia hidalga

y pudiente. Tomáronle de capellán los señores del Águila, que le

trajeron á Madrid, donde vivió con ellos dos años. Pero Dios le llamaba

á mayores empresas que la obscura capellanía de una casa aristocrática;

y sintiendo en su alma la avidez de los trabajos heroicos, la santa

ambición de propagar la Fe cristiana, cambiando el regalo por las

privaciones, la quietud por el peligro, la salud y la vida misma por

la inmortalidad gloriosa, decidió, después de maduro examen, partir á

París y afiliarse en cualquiera de las legiones de misioneros con que

nuestra precavida civilización trata de amansar las bárbaras hordas

africanas y asiáticas, antes de desenvainar la espada contra ellas.

No tardó el entusiasta joven en ver cumplidos sus deseos, y afiliado

en una Congregación, cuyo nombre no hace al caso, le mandaron, para

hacer boca, á Zanzíbar, y de allí al vicariato de Tanganika, donde

comenzó su campaña con una excursión al Alto Congo, distinguiéndose

por su resistencia física y su infatigable ardor de soldado de Cristo.

Quince años estuvo en el África tropical, trabajando con bravura

mística, si así puede decirse, hecho un león de Dios, tomando á juego

las inclemencias del clima y las ferocidades humanas, intrépido,

incansable, el primero en la batalla, gran catequista, gran geógrafo,

explorador de tierras dilatadas, de selvas laberínticas, de lagos

pestilentes, de abruptas soledades rocosas, desbravando todo lo que

encontraba por delante para meter la cruz á empellones, á puñados, como

pudiera, en la naturaleza y en las almas de aquellas bárbaras regiones.

V

Enviáronle después á Europa formando parte de una comisión, entre

religiosa y mercantil, que vino á gestionar un importantísimo arreglo

colonial con el Rey de los belgas, y tan sabiamente desempeñó su

cometido diplomático el buen padrito, que allá y acá se hacían

lenguas de la generalidad de sus talentos. «El Comercio—decían,—le

deberá tanto como la Fe.» La Congregación dispuso utilizar de nuevo

aptitudes tan fuera de lo común, y le destinó á las misiones de la

Polinesia. Nueva Zelanda, el país de los Maoris, Nueva Guinea, las

islas Fidji, el archipiélago del estrecho Torres, teatro fueron de

su labor heróica durante veinte años, que si parecen muchos para la

vida de un trabajador, pocos son ciertamente para la fundación, que

resulta casi milagrosa, de cientos de cristiandades (establecimientos

de propaganda y de beneficencia), en las innumerables islas, islotes

y arrecifes, espolvoreados por aquel inmenso mar, como si una mano

infantil se complaciese en arrojar á diestro y siniestro los cascotes

de un continente roto.

Cumplidos los sesenta años, Gamborena fué llamado á Europa. Querían que

descansase; temían comprometer una vida tan útil, exponiéndola á los

rigores de aquel bregar continuo con hombres, fieras y tempestades, y

le enviaron á España con la misión sedentaria y pacífica de organizar

aquí sobre bases prácticas la recaudación de la _Propaganda_. Instalóse

en la casa hospedería de _Irlandeses_, de la cual es histórica hijuela

la Congregación á que pertenecía, y á las pocas semanas de residir en

la villa y Corte, topó con las señoras del Águila, reanudando con la

noble familia su antigua y afectuosa amistad. Á Cruz habíala conocido

chiquitina: tenía seis años cuando él era capellán de la casa. Fidela,

mucho más joven que su hermana, no había nacido aún en aquellas

décadas; pero á entrambas las reconoció por antiguas amigas, y aun por

hijas espirituales, permitiéndose tutearlas desde la primer entrevista.

Pronto le pusieron ellas al tanto de las graves vicisitudes de la

familia durante la ausencia de él, en remotos países, la ruina, la

muerte de los padres, los días de bochornosa miseria, el enlace con

Torquemada, la vuelta á la prosperidad, la liberación de parte de los

bienes del Águila, la muerte de Rafaelito, la creciente riqueza, la

adquisición del palacio de Gravelinas, etc., etc..., con lo cual quedó

el hombre tan bien enterado como si no faltara de Madrid en todo aquel

tiempo de increíbles desdichas y venturosas mudanzas.

Inútil sería decir que ambas hermanas le tenían por un oráculo, y

que saboreaban con deleite la miel substanciosa de sus consejos y

doctrina. Principalmente Cruz, privada de todo afecto por la dirección

especialísima que había tomado su destino en la carrera vital, sentía

hacia el buen misionero una adoración entrañable, toda pureza, toda

idealidad, como expansión de un alma prisionera y martirizada, que

entrevé la dicha y la libertad en las cosas ultraterrenas. Por su

gusto, habríale tenido todo el día en casa, cuidándole como á un niño,

prodigándole todos los afectos que vacantes había dejado el pobre

Rafaelito. Cuando, á instancias de las dos señoras, Gamborena se

lanzaba á referir los maravillosos episodios de las misiones en África

y Oceanía, epopeya cristiana digna de un Ercilla, ya que no de un

Homero que la cantase, quedábanse las dos embelesadas. Fidela como los

niños que oyen cuentos mágicos, Cruz en éxtasis, anegada su alma en una

beatitud mística, y en la admiración de las grandezas del Cristianismo.

Y él ponía, de su copioso ingenio, los mejores recursos para

fascinarlas y hacerles sentir hondamente todo el interés del relato,

porque si sabía sintetizar con rasgos admirables, también puntualizaba

los sucesos con detalles preciosos, que suspendían y cautivaban á

las oyentes. Á poco más, creerían ellas que estaban viendo lo que el

misionero les contaba; tal fuerza descriptiva ponía en su palabra.

Sufrían con él en los pasajes patéticos, con él gozaban en sus triunfos

de la Naturaleza y de la barbarie. Los naufragios, en que estuvo su

vida en inminente riesgo, salvándose por milagro del furor de las

aguas embravecidas, unas veces en las corrientes impetuosas de ríos

como mares, otras en las hurañas costas, navegando en vapores viejos

que se estrellaban contra los arrecifes, ó se incendiaban en medio

de las soledades del Océano; las caminatas por inexploradas tierras

ecuatoriales, bajo la acción de un sol abrasador, por asperezas y

trochas inaccesibles, temiendo el encuentro de fieras ó reptiles

ponzoñosos; la instalación en medio de la tribu, y la pintura de sus

bárbaras costumbres, de sus espantables rostros, de sus primitivos

ropajes; los trabajos de evangelización, en los cuales empleábanse la

diplomacia, la dulzura, el tacto fino ó el rigor defensivo, según los

casos, ayudando al comercio incipiente, ó haciéndose ayudar de él;

las dificultades para apropiarse los distintos dialectos de aquellas

comarcas, algunos como aullidos de cuadrúpedos, otros como cháchara

de cotorras; los peligros que á cada paso surgen, los horrores de las

guerras entre distintas tribus, y las matanzas y feroces represalias,

con la secuela infame de la esclavitud; las peripecias mil de la

lenta conquista, el júbilo de encontrar un alma bien dispuesta para

el Cristianismo en medio de la rudeza de aquellas razas, la docilidad

de algunos después de convertidos, las traiciones de otros y su falsa

sumisión; todo en fin, resultaba en tal boca y con tan pintoresca

palabra la más deleitable historia que pudiera imaginarse.

¡Y qué bien sabía el narrador combinar lo patético con lo festivo, para

dar variedad al relato, que á veces duraba horas y horas! Mal podían

las damas contener la risa oyéndole contar sus apuros al caer en una

horda de caníbales, y las tretas ingeniosas de que él y otros padres se

valieran para burlar la feroz gula de aquellos brutos, que nada menos

querían que ensartarles en un asador, para servirles como _roast-beef_

humano en horribles festines.

Y como fin de fiesta, para que la ardiente curiosidad de las dos damas

quedase en todos los órdenes satisfecha, el misionero cedía la palabra

al geógrafo insigne, al eminente naturalista, que estudiaba y conocía

sobre el terreno, en realidad palpable, las hermosuras del planeta y

cuantas maravillas puso Dios en él. Nada más entretenido que oirle

describir los caudalosos ríos, las selvas perfumadas, los árboles

arrogantes no tocados del hacha del hombre, libres, sanos, extendiendo

su follaje por lomas y llanadas más grandes que una nación de acá; y

después la muchedumbre de pájaros que en aquella espesa inmensidad

habitan, avecillas de varios colores, de formas infinitas, parleras,

vivarachas, vestidas con las más galanas plumas que la fantasía

puede soñar; y explicar luego sus costumbres, las guerras entre las

distintas familias ornitológicas, queriendo todas vivir y disputándose

el esquilmo de las ingentes zonas arboladas. ¿Pues y los monos, y sus

aterradoras cuadrillas, sus gestos graciosos, y su travesura casi

humana para perseguir á las alimañas volátiles ó rastreras? Esto era

el cuento de nunca acabar. Nada tocante á la fauna érale desconocido;

todo lo había visto y estudiado, lo mismo el voraz cocodrilo habitante

en las charcas verdosas, ó en pestilentes cañaverales, que la caterva

indocumentable de insectos preciosísimos, que agotan la paciencia del

sabio y del coleccionista.

Para que nada quedase, la flora espléndida, explicada y descrita con

más sentido religioso que científico, haciendo ver la infinita variedad

de las hechuras de Dios, colmaba la admiración y el arrobamiento de las

dos señoras, que á los pocos días de aquellas sabrosas conferencias,

creían haber visto las cinco partes del mundo, y aun un poquito más.

Cruz, más que su hermana, se asimilaba todas las manifestaciones

espirituales de aquel ser tan hermoso, las agasajaba en su alma para

conservarlas bien, y fundirlas al fin en sus propios sentimientos,

creándose de este modo una vida nueva. Su adoración ardiente y pura

del divino amigo, del consejero, del maestro, era la única flor de una

existencia que había llegado á ser árida y triste; flor única, sí,

pero de tanta hermosura, de fragancia tan fina como las más bellas que

crecen en la zona tropical.

Torquemada y San Pedro · 第 7 / 35 题