III

—¡Bueno, bueno, bonísimo!—exclamó el sacerdote echándose á reir, y

mojando, mojando, para comer después y beber con buen apetito.

¡Qué hombre aquél! Cuerpo más bien pequeño que grande, duro y fuerte,

vestido de sotana muy limpia; cara curtida, toda cruzada de finísimas y

paralelas arrugas, en series que arrancaban de los ojos hacia la frente

y de la boca hacia la barba y carrillos; la tez tostada y sanguínea,

como de hombre de mar, de esos que amamantó la tempestad, y que han

llegado á la vejez en medio de las inclemencias del cielo y del agua,

compartiendo su existencia entre la fe, emanada de lo alto, y la

pesca, extraída de lo profundo. Lo característico de tal figura era la

calva lustrosa, que empezaba al distenderse las arrugas de la frente

y terminaba cerca de la nuca, convexidad espaciosa y reluciente, como

calabaza de peregrino, bruñida por el tiempo y el roce. Un cerquillo

de cabellos grises muy rizaditos, la limitaba en herradura, rematando

encima de las orejas.

Y ahora que me acuerdo: otra cosa era en él tan característica como

la calva. ¿Qué? Los ojos negros, de una dulzura angelical, ojos de

doncella andaluza ó de niño bonito, y un mirar que traía destellos de

regiones celestiales, incomprendidas, antes adivinadas que vistas.

Para completar tan simpática fisonomía, hay que añadir algo. ¿Qué?

Un ligero cariz de raza ó parentesco mongólico en las facciones, los

párpados inferiores abultados y muy á flor de cara, las cejas un

poco desviadas, la boca, barba y carrillos como queriendo aparecer

en un mismo plano, un no sé qué de malicia japonesa en la sonrisa,

ó de socarronería de cara chinesca, sacada de las tazas de té. Y el

buen Gamborena era de acá, alavés fronterizo de Navarra; pero había

pasado gran parte de su vida en el extremo Oriente, combatiendo por

Cristo contra Buda, y enojado éste de la persecución religiosa estuvo

mirándole á la cara años y más años, hasta dejar proyectadas en ella

algunos rasgos típicos de la suya. ¿Será verdad que las personas se

parecen á lo que están viendo siempre?... Era tan sólo un vago aire de

familia, un nada, que tan pronto se acentuaba como se desvanecía, según

la intención con que mirase, ó la mónita con que sonriese. Fuera de

esto, toda la cabeza parecía de talla pintada, como imagen antiquísima

que la devoción conserva limpia y reluciente.

—¡Ah!—exclamó el beato Gamborena arqueando las cejas, con lo cual las

dos series de arruguitas curvas se extendieron hasta la mitad del

cráneo.—Alguna vez había de oir mi señor Marqués de San Eloy la verdad

esencial, la que no se tuerce ni se vicia con la cortesía mundana.

Don Francisco, elevando al techo sus miradas y dando un gran suspiro,

exclamó á su vez:

—¡Ah!...

Miráronse los dos un rato, y el clérigo acabó su desayuno.

—Toda la noche—dijo al fin el tacaño,—me la he pasado revolviéndome en

la cama como si las sábanas fueran un zarzal, y pensando en ello, en

lo mismo, en lo que usted me... manifestó. Y no veía la hora de que

llegase el día para levantarme, y correr en busca de usted, y pedirle

que me lo explique, que me lo explique mejor...

—Pues ahora mismo, Sr. D. Francisco de mi alma.

—No, no, ahora no—replicó el Marqués con recelo, mirando á la

puerta.—Es cosa de que nos lo parlemos usted y yo solitos, ¡cuidado! y

ahora...

—Sí, sí, nos interrumpirían quizás...

—Y además, yo tengo que salir...

—Á correr tras de los negocios. ¡Pobre jornalero del millón! Ande, ande

usted, y déjese en esas calles la salud, que es lo que le faltaba.

—Puede usted creerme—dijo Torquemada con desaliento,—que no la tengo

buena, ni medio buena. Yo era un roble, de veta maciza y dura. Siento

que me vuelvo caña, que me zarandea el viento, y que la humedad

empieza á pudrirme de abajo arriba. ¿Qué es esto? ¿La edad? No es

tanta que digamos. ¿Los disgustos, la pena que me da el no ser yo

propiamente quien manda en mi casa, y el verme en esta jaula de oro,

con una domadora que á cada triquitraque me enseña la varita de hierro

candente? ¿Es el pesar de ver que mi hijo va para idiota? ¡Vaya usted

á saber! No lo sé. No será una sola _concausa_, sino el resumen de

toditas las _concausas_ lo que me _acarrea_ esta situación. _Cúmpleme

declarar_ que yo tengo la culpa, por mi debilidad; pero de nada me

vale reconocerlo _á posteriori_, porque _tarde piache_, y de no haber

sabido evitarlo _á priori_, no hay más que entregarse y sucumbir _velis

nolis_, maldiciendo uno su destino, y dándose á los demonios.

—Calma, calma, señor Marqués—dijo el eclesiástico con severidad

paternal, un tanto festiva;—que eso de darse á los demonios, ni lo

admito ni lo consiento. ¡Tal regalo á los demonios! ¿Y para qué estoy

yo aquí, sino para arrancar su presa á esos caballeros infernales, si

por acaso llegaran á cogerla entre sus uñas? ¡Cuidadito! Refrénese

usted, y por ahora, puesto que tiene prisa, y á mí me llaman mis

obligaciones, no digo más. Quédese para otra noche que estemos solitos.

Torquemada se restregó los ojos con ambos puños, como para estimular la

visión debilitada por el insomnio. Miró después como un cegato, viendo

puntos y círculos de variados colores, y al fin recobrada la claridad

de su vista, y despejado el cerebro, alargó la mano al sacerdote,

diciéndole con tono y ademán campechanos:

—Ea, con Dios... Conservarse.

Salió, y pidiendo la berlina, no tardó el hombre en echarse á la

calle, huyendo de la esclavitud de su hogar dorado. Y que no era

ilusión suya, no. Realmente, al traspasar la herrada puerta del palacio

de Gravelinas, y sentir en su rostro el ambiente libre de la vía

pública, respiraba mejor, se le refrescaba la cabeza, sentía más agudo

y claro el ingenio mercantil, y menos penosa la opresión de la boca del

estómago, síntoma tenaz de su mala salud. Por lo cual decía con toda su

alma, empleando con impropiedad la palabreja recientemente adquirida:

«La calle es mi _oasis_.»

Acabadito de salir el tacaño de la sacristía, entró Cruz. Creeríase que

estaba acechando la salida del otro para colarse ella.

—Ya va, ya va; ya le tiene usted navegando por esas calles, ¡pobre

pescador de ochavos!—dijo festivamente, como si continuara un diálogo

del día anterior.—¡Qué hombre!... ¡qué ansiedad por aumentar sus

riquezas!

—Hay que dejarle—replicó el sacerdote con tristeza.—Si le quita usted

la caña de pescar dinero, se morirá rabiando, y ¿quién responde de su

alma? Que pesque... que pesque, hasta que Dios quiera ponerle en el

anzuelo algo que le mueva al aborrecimiento del oficio.

—La verdad: como usted, tan ducho en catequizar salvajes, no eche el

lazo á éste y nos le traiga bien sujeto, ¿quién podrá domarle?... Y,

ante todo, padrito, ¿estaba el café á su gusto?

—Delicioso, hija mía.

—Por de contado, almorzará usted con nosotros.

—Hija mía, no puedo. Dispénsame por hoy.

Y echó mano al sombrero, que no podía llamarse _de teja_, por tener

abiertas las alas.

—Pues si no almuerza, no le dejo marcharse tan pronto. ¡Estaría bueno!

Ea, á sentarse otro ratito. Aquí mando yo.

—Obedezco. ¿Tienes algo que decirme?

—Sí, señor. Lo de siempre: que en usted confío para aplacar á esa

fiera, y hacer más tolerable esta vida de continuas desazones.

—¡Ay, hija de mi alma!—exclamó Gamborena, anticipando al discurso,

como argumento más persuasivo, la dulzura de su mirar incomparable.—He

pasado la vida evangelizando salvajes, difundiendo el Cristianismo

entre gentes criadas en la idolatría y la barbarie. He vivido unas

veces en medio de razas cuyo carácter dominante es la astucia, la

mentira y la traición, otras en medio de tribus sanguinarias y feroces.

Pues bien: allá, con paciencia y valor que sólo da la fe, he sabido

vencer. Aquí, en plena civilización, desconfío de mis facultades, ¡mira

tú si es raro! Y es que aquí encuentro algo que resulta peor, mucho

peor que la barbarie y la idolatría, hija de la ignorancia; encuentro

los corazones profundamente dañados, las inteligencias desviadas de la

verdad por mil errores que tenéis metidos en lo profundo del alma, y

que no podéis echar fuera. Vuestros desvaríos os dan, en cierto modo,

carácter y aspecto de salvajes. Pero salvajismo por salvajismo, yo

prefiero el del otro hemisferio. Encuentro más fácil crear hombres, que

corregir á los que por demasiado hechos, ya no se sabe lo que son.

Dijo esto el buen curita, sentado junto á la cajonera, puesto el codo

en el filo del mueble, y la cabeza en el puño de la mano derecha,

expresando con cierto aire de indolencia fina su escaso aliento para

aquellas luchas con los cafres de la civilización. Embelesada le oía la

dama, clavando sus ojos en los ojos del evangelista, y, si así puede

decirse, bebiéndole las miradas ó asimilándose por ellas el pensamiento

antes que la boca lo formulara.

—Pues usted lo dice, así será—manifestó la señora sintiendo oprimido

el pecho.—Comprendo que la domesticación de este buen señor es obra

difícil. Yo no puedo intentarla, mi hermana tampoco; ni piensa en

ella, ni le importa nada que su marido sea un bárbaro que nos pone

en ridículo á cada instante... Usted, que se nos ha venido acá tan

oportunamente, como bajado del Cielo, es el único que podrá...

—¡Sí quiero hacerlo! Las empresas difíciles son las que á mí me

tientan, y me seducen, y me arrastran. ¿Cosas fáciles? Quítate allá.

¡Tengo yo un temperamento militar y guerrero...! Sí, mujer, ¿qué te

crees tú?... Óyeme.

Excitada su imaginación y enardecido su amor propio, se levantó para

expresar con más desahogo lo que tenía que decir.

—Mi carácter, mi temperamento, mi sér todo son como de encargo para la

lucha, para el trabajo, para las dificultades que parecen insuperables.

Mis compañeros de Congregación dicen... vas á reirte..., que cuando Su

Divina Majestad dispuso que yo viniese á este mundo, en el momento de

lanzarme á la vida estuvo dudando si destinarme á la milicia ó á la

Iglesia... porque desde el nacer traemos impresa en el alma nuestra

aptitud culminante... Esta vacilación del Supremo Autor de todas las

cosas, dicen que quedó estampada en mi sér, bastando para ello el

breve momento que estuve en los soberanos dedos. Pero al fin decidióse

nuestro Padre por la Iglesia. En un divino tris estuvo que yo fuese

un gran guerrero, debelador de ciudades, conquistador de pueblos y

naciones. Salí para misionero, que en cierto modo es oficio semejante

al de la guerra, y heme aquí que he ganado para mi Dios, con la bandera

de la Fe, porciones de tierra y de humanidad tan grandes como España.

Torquemada y San Pedro · 第 6 / 35 题