—¡Bueno, bueno, bonísimo!—exclamó el sacerdote echándose á reir, y
mojando, mojando, para comer después y beber con buen apetito.
¡Qué hombre aquél! Cuerpo más bien pequeño que grande, duro y fuerte,
vestido de sotana muy limpia; cara curtida, toda cruzada de finísimas y
paralelas arrugas, en series que arrancaban de los ojos hacia la frente
y de la boca hacia la barba y carrillos; la tez tostada y sanguínea,
como de hombre de mar, de esos que amamantó la tempestad, y que han
llegado á la vejez en medio de las inclemencias del cielo y del agua,
compartiendo su existencia entre la fe, emanada de lo alto, y la
pesca, extraída de lo profundo. Lo característico de tal figura era la
calva lustrosa, que empezaba al distenderse las arrugas de la frente
y terminaba cerca de la nuca, convexidad espaciosa y reluciente, como
calabaza de peregrino, bruñida por el tiempo y el roce. Un cerquillo
de cabellos grises muy rizaditos, la limitaba en herradura, rematando
encima de las orejas.
Y ahora que me acuerdo: otra cosa era en él tan característica como
la calva. ¿Qué? Los ojos negros, de una dulzura angelical, ojos de
doncella andaluza ó de niño bonito, y un mirar que traía destellos de
regiones celestiales, incomprendidas, antes adivinadas que vistas.
Para completar tan simpática fisonomía, hay que añadir algo. ¿Qué?
Un ligero cariz de raza ó parentesco mongólico en las facciones, los
párpados inferiores abultados y muy á flor de cara, las cejas un
poco desviadas, la boca, barba y carrillos como queriendo aparecer
en un mismo plano, un no sé qué de malicia japonesa en la sonrisa,
ó de socarronería de cara chinesca, sacada de las tazas de té. Y el
buen Gamborena era de acá, alavés fronterizo de Navarra; pero había
pasado gran parte de su vida en el extremo Oriente, combatiendo por
Cristo contra Buda, y enojado éste de la persecución religiosa estuvo
mirándole á la cara años y más años, hasta dejar proyectadas en ella
algunos rasgos típicos de la suya. ¿Será verdad que las personas se
parecen á lo que están viendo siempre?... Era tan sólo un vago aire de
familia, un nada, que tan pronto se acentuaba como se desvanecía, según
la intención con que mirase, ó la mónita con que sonriese. Fuera de
esto, toda la cabeza parecía de talla pintada, como imagen antiquísima
que la devoción conserva limpia y reluciente.
—¡Ah!—exclamó el beato Gamborena arqueando las cejas, con lo cual las
dos series de arruguitas curvas se extendieron hasta la mitad del
cráneo.—Alguna vez había de oir mi señor Marqués de San Eloy la verdad
esencial, la que no se tuerce ni se vicia con la cortesía mundana.
Don Francisco, elevando al techo sus miradas y dando un gran suspiro,
exclamó á su vez:
—¡Ah!...
Miráronse los dos un rato, y el clérigo acabó su desayuno.
—Toda la noche—dijo al fin el tacaño,—me la he pasado revolviéndome en
la cama como si las sábanas fueran un zarzal, y pensando en ello, en
lo mismo, en lo que usted me... manifestó. Y no veía la hora de que
llegase el día para levantarme, y correr en busca de usted, y pedirle
que me lo explique, que me lo explique mejor...
—Pues ahora mismo, Sr. D. Francisco de mi alma.
—No, no, ahora no—replicó el Marqués con recelo, mirando á la
puerta.—Es cosa de que nos lo parlemos usted y yo solitos, ¡cuidado! y
ahora...
—Sí, sí, nos interrumpirían quizás...
—Y además, yo tengo que salir...
—Á correr tras de los negocios. ¡Pobre jornalero del millón! Ande, ande
usted, y déjese en esas calles la salud, que es lo que le faltaba.
—Puede usted creerme—dijo Torquemada con desaliento,—que no la tengo
buena, ni medio buena. Yo era un roble, de veta maciza y dura. Siento
que me vuelvo caña, que me zarandea el viento, y que la humedad
empieza á pudrirme de abajo arriba. ¿Qué es esto? ¿La edad? No es
tanta que digamos. ¿Los disgustos, la pena que me da el no ser yo
propiamente quien manda en mi casa, y el verme en esta jaula de oro,
con una domadora que á cada triquitraque me enseña la varita de hierro
candente? ¿Es el pesar de ver que mi hijo va para idiota? ¡Vaya usted
á saber! No lo sé. No será una sola _concausa_, sino el resumen de
toditas las _concausas_ lo que me _acarrea_ esta situación. _Cúmpleme
declarar_ que yo tengo la culpa, por mi debilidad; pero de nada me
vale reconocerlo _á posteriori_, porque _tarde piache_, y de no haber
sabido evitarlo _á priori_, no hay más que entregarse y sucumbir _velis
nolis_, maldiciendo uno su destino, y dándose á los demonios.
—Calma, calma, señor Marqués—dijo el eclesiástico con severidad
paternal, un tanto festiva;—que eso de darse á los demonios, ni lo
admito ni lo consiento. ¡Tal regalo á los demonios! ¿Y para qué estoy
yo aquí, sino para arrancar su presa á esos caballeros infernales, si
por acaso llegaran á cogerla entre sus uñas? ¡Cuidadito! Refrénese
usted, y por ahora, puesto que tiene prisa, y á mí me llaman mis
obligaciones, no digo más. Quédese para otra noche que estemos solitos.
Torquemada se restregó los ojos con ambos puños, como para estimular la
visión debilitada por el insomnio. Miró después como un cegato, viendo
puntos y círculos de variados colores, y al fin recobrada la claridad
de su vista, y despejado el cerebro, alargó la mano al sacerdote,
diciéndole con tono y ademán campechanos:
—Ea, con Dios... Conservarse.
Salió, y pidiendo la berlina, no tardó el hombre en echarse á la
calle, huyendo de la esclavitud de su hogar dorado. Y que no era
ilusión suya, no. Realmente, al traspasar la herrada puerta del palacio
de Gravelinas, y sentir en su rostro el ambiente libre de la vía
pública, respiraba mejor, se le refrescaba la cabeza, sentía más agudo
y claro el ingenio mercantil, y menos penosa la opresión de la boca del
estómago, síntoma tenaz de su mala salud. Por lo cual decía con toda su
alma, empleando con impropiedad la palabreja recientemente adquirida:
«La calle es mi _oasis_.»
Acabadito de salir el tacaño de la sacristía, entró Cruz. Creeríase que
estaba acechando la salida del otro para colarse ella.
—Ya va, ya va; ya le tiene usted navegando por esas calles, ¡pobre
pescador de ochavos!—dijo festivamente, como si continuara un diálogo
del día anterior.—¡Qué hombre!... ¡qué ansiedad por aumentar sus
riquezas!
—Hay que dejarle—replicó el sacerdote con tristeza.—Si le quita usted
la caña de pescar dinero, se morirá rabiando, y ¿quién responde de su
alma? Que pesque... que pesque, hasta que Dios quiera ponerle en el
anzuelo algo que le mueva al aborrecimiento del oficio.
—La verdad: como usted, tan ducho en catequizar salvajes, no eche el
lazo á éste y nos le traiga bien sujeto, ¿quién podrá domarle?... Y,
ante todo, padrito, ¿estaba el café á su gusto?
—Delicioso, hija mía.
—Por de contado, almorzará usted con nosotros.
—Hija mía, no puedo. Dispénsame por hoy.
Y echó mano al sombrero, que no podía llamarse _de teja_, por tener
abiertas las alas.
—Pues si no almuerza, no le dejo marcharse tan pronto. ¡Estaría bueno!
Ea, á sentarse otro ratito. Aquí mando yo.
—Obedezco. ¿Tienes algo que decirme?
—Sí, señor. Lo de siempre: que en usted confío para aplacar á esa
fiera, y hacer más tolerable esta vida de continuas desazones.
—¡Ay, hija de mi alma!—exclamó Gamborena, anticipando al discurso,
como argumento más persuasivo, la dulzura de su mirar incomparable.—He
pasado la vida evangelizando salvajes, difundiendo el Cristianismo
entre gentes criadas en la idolatría y la barbarie. He vivido unas
veces en medio de razas cuyo carácter dominante es la astucia, la
mentira y la traición, otras en medio de tribus sanguinarias y feroces.
Pues bien: allá, con paciencia y valor que sólo da la fe, he sabido
vencer. Aquí, en plena civilización, desconfío de mis facultades, ¡mira
tú si es raro! Y es que aquí encuentro algo que resulta peor, mucho
peor que la barbarie y la idolatría, hija de la ignorancia; encuentro
los corazones profundamente dañados, las inteligencias desviadas de la
verdad por mil errores que tenéis metidos en lo profundo del alma, y
que no podéis echar fuera. Vuestros desvaríos os dan, en cierto modo,
carácter y aspecto de salvajes. Pero salvajismo por salvajismo, yo
prefiero el del otro hemisferio. Encuentro más fácil crear hombres, que
corregir á los que por demasiado hechos, ya no se sabe lo que son.
Dijo esto el buen curita, sentado junto á la cajonera, puesto el codo
en el filo del mueble, y la cabeza en el puño de la mano derecha,
expresando con cierto aire de indolencia fina su escaso aliento para
aquellas luchas con los cafres de la civilización. Embelesada le oía la
dama, clavando sus ojos en los ojos del evangelista, y, si así puede
decirse, bebiéndole las miradas ó asimilándose por ellas el pensamiento
antes que la boca lo formulara.
—Pues usted lo dice, así será—manifestó la señora sintiendo oprimido
el pecho.—Comprendo que la domesticación de este buen señor es obra
difícil. Yo no puedo intentarla, mi hermana tampoco; ni piensa en
ella, ni le importa nada que su marido sea un bárbaro que nos pone
en ridículo á cada instante... Usted, que se nos ha venido acá tan
oportunamente, como bajado del Cielo, es el único que podrá...
—¡Sí quiero hacerlo! Las empresas difíciles son las que á mí me
tientan, y me seducen, y me arrastran. ¿Cosas fáciles? Quítate allá.
¡Tengo yo un temperamento militar y guerrero...! Sí, mujer, ¿qué te
crees tú?... Óyeme.
Excitada su imaginación y enardecido su amor propio, se levantó para
expresar con más desahogo lo que tenía que decir.
—Mi carácter, mi temperamento, mi sér todo son como de encargo para la
lucha, para el trabajo, para las dificultades que parecen insuperables.
Mis compañeros de Congregación dicen... vas á reirte..., que cuando Su
Divina Majestad dispuso que yo viniese á este mundo, en el momento de
lanzarme á la vida estuvo dudando si destinarme á la milicia ó á la
Iglesia... porque desde el nacer traemos impresa en el alma nuestra
aptitud culminante... Esta vacilación del Supremo Autor de todas las
cosas, dicen que quedó estampada en mi sér, bastando para ello el
breve momento que estuve en los soberanos dedos. Pero al fin decidióse
nuestro Padre por la Iglesia. En un divino tris estuvo que yo fuese
un gran guerrero, debelador de ciudades, conquistador de pueblos y
naciones. Salí para misionero, que en cierto modo es oficio semejante
al de la guerra, y heme aquí que he ganado para mi Dios, con la bandera
de la Fe, porciones de tierra y de humanidad tan grandes como España.