II

—Es la misa que se celebra el 11 de cada mes, porque en día 11 parece

que se tiró por el balcón un hermano de las señoras, que _sufría_ de

la vista—dijo el francés á su compañero y conciudadano el _jefe_,

que acababa de entrar, y con él dos ayudantes, portadores de varios

canastos bien repletos, con la compra del día. Indiferente á todo lo

que no fuera su cometido en la casa, sacudió la ceniza de la pipa y la

guardó, disponiéndose á cambiar las ropas de caballero por el blanco

uniforme de capitán general de las cocinas. Se vestía en el cuarto del

otro francés, y allí tenía sus pipas, las raciones de tabaco de hebra,

y un buen repuesto de fiambres y licores para su uso particular.

Mientras el jefe de comedor cepillaba su frac, el de cocina revisaba en

su _carnet_, retocando cifras, la cuenta de plaza. Ya ya—murmuró.—Día

11. Por eso tenemos diez cubiertos al almuerzo... ¿Con que misa? Eso

no va conmigo. Soy hugonote... Ahora recuerdo: delante de mí venía ese

clérigo... Yo andaba de prisa, y le pasé en la esquina. Debe de haber

entrado por la puerta grande.

—¡Eh, Ruperto!...—gritó el otro saliendo al pasillo.—Ya tienes ahí al

padre Gamborena, que viene á echar la misa, y tú no has encendido la

estufa de la sacristía.

—Sí señor: ya está. _San Pedro_, como le dice el señor Marqués por

chunga, no ha llegado todavía.

—Corre... entérate... Á ver si está corriente todo el servicio del

altar... paños... vino.

—Eso es cosa de Joselito... ¿Yo qué tengo que ver con la ropa de cura,

ni con las vinajeras?

—Hay que multiplicarse—dijo el francés oficiosamente, poniéndose el

frac y estirándose los cuellos.—¡Si uno no mete su nariz en todo, sale

cada ciempiés...!

Tiró hacia las estancias palatinas, que por aquella parte empiezan en

una extensa galería en escuadra, con luces á un patio. En las paredes,

estampas antiguas de talla dulce, con marcos de caoba, y mapas de

batallas en perspectiva caballera: el suelo, de pita roja y amarilla,

como un resabio de las barras de Aragón: los cristales, velados por

elegantísimos transparentes con escudos de Gravelinas, Trastamara

y Grimaldi de Sicilia. Al término de esta galería una gallardísima

escalera conduce á las habitaciones propiamente vivideras de la

suntuosa morada. En la planta baja todo es salones, la rotonda, el

gran comedor, el invernadero y la capilla, restaurada por las señoras

del Águila con exquisito gusto. Hacia ella iba el bueno del francés,

cuando vió que por la gran crujía que arranca del vestíbulo y entrada

principal del palacio, venía despacito, sombrero en mano, un clérigo de

mediana estatura, calvo y de color sanguíneo. Hízole gran reverencia

el fámulo; contestóle el sacerdote con un movimiento de cabeza, y se

metió en la sacristía, en cuya puerta le esperaba un lacayo de librea

galonada. Con éste cambió breves palabras el francés, intranquilo hasta

no cerciorarse de que nada faltaba en la capilla; disparó después

algunas chirigotas á la doncella que subía cargada de ropa; fué luego

á echar un vistazo al comedor chico, y desde el sintió que un coche

entraba en el portal. Oyóse el pataleo de los caballos sobre el

entarugado, después el golpe de la portezuela.

—Es la de Orozco—dijo el francés á su segundo, que ya tenía lista

la mesa para los invitados que quisieran desayunarse después de la

misa.—Dama de historia, ¿eh? Ella y la señora Marquesa son uña y carne.

En efecto, desde la puerta del comedor chico vió entrar á una esbelta

dama, vestida de riguroso luto, que con la franqueza de una amistad

íntima, se dirigió, sin ser anunciada, á las habitaciones altas. Otras

dos y un caballero entraron luego, pasando á un salón de la planta

baja. De minuto en minuto aumentaba el rebullicio de la numerosa

servidumbre, y daba gusto ver las pintorescas casacas, los blancos

plastrones, los fraques elegantes de toda aquella chusma. Á las nueve,

bajó Cruz del Águila, dando el brazo á su amiga Augusta, y por la

escalera se lamentaban de que Fidela, retenida en cama por un pertinaz

ataque de _influenza_, no pudiera asistir á la misa. Pasaron al salón,

y del salón, juntas con las otras damas, á la capilla, ocupando sitios

de preferencia en el presbiterio. Lo demás lo llenó la servidumbre,

hombres, mujeres y niños. Pasó revista la señora con su impertinente, á

ver si faltaba alguno. No faltaban más que el jefe de la cocina y el de

la familia, Excmo. Sr. Marqués de San Eloy.

El cual, en el momento de empezar la misa, salió de su habitación

tan destemplado y con los humores tan revueltos, que daba miedo

verle. Calzado con gruesas botas relucientes, la gorra de seda negra

encasquetada hasta las orejas, bata obscura de mucho abrigo, echóse

al pasillo dando tumbos y patadas, tosiendo ruidosamente y masticando

entre salivazos palabras de ira. Por una escalera interior bajó

al patio de las cuadras, y no encontrando allí á ninguno de los

_funcionarios de aquella sección_, descargó toda la rociada sobre un

pobre anciano, que disfrutaba un mezquino jornal temporero, y que á la

sazón barría las basuras y cargaba de ellas una carretilla.

—¿Pero qué es esto, _ñales_? ¡El mejor día les pongo á todos en la

calle, como me llamo Francisco! ¡Gandules, arrapiezos, _dilapidadores_

de lo ajeno, canallas, _sanguijuelas del Estado_...! ¡Y ni tan siquiera

avisásteis al veterinario para que vea la pata hinchada del _Bobo_

(_Boby_, alazán, de silla) y el muermo de _Marly_ (bayo normando, de

tiro)! Que se me mueran, ¡cuerno! y el coste de ellos os los sacaré de

las costillas. ¿Con que en misa? Vaya con las cosas que inventa _esa_

para distraerme á toda la _dependencia_ y apartar al _personal_ de sus

obligaciones. _¡Ñales, reñales!..._

Metióse luego por el _cuartón_, que era como el punto de cita de toda

la servidumbre, y no viendo á nadie, siguió hacia el interior de la

ducal morada, renegando y tosiendo y carraspeando; dió dos ó tres

vueltas por la galería de las estampas, y de los mapas de guerras

y combates; por último, en la mitad de un terno que se le quedó

atravesado entre los dientes, con parte de la grosería fuera, parte

de ella dentro, pegada á la lengua espumarajosa, hallóse junto á la

capilla, y oyó un sonoro _tilín_ dos veces, tres.

—Ea, ya están alzando—dijo en un gruñido.—Yo no entro. ¿Ni á santo de

qué había de entrar, malditas biblias?

Volvióse á su cuarto, donde acabó de vestirse, poniéndose levita,

gabán y sombrero de copa, y empuñando en una mano los gruesos

guantes de lana, en otra el bastón de puño de asta, que conservaba

de sus tiempos _de guerra_, bajó de nuevo, á punto que terminaba el

oficio divino, y los criados desfilaban presurosos, cada cual á su

departamento. Las damas, dos caballeros graves, Taramundi Donoso y el

señorito de San Salomó, que había ya ayudado la misa, subieron á ver

á Fidela. Escabullóse D. Francisco para evitar saludos, pues aquella

mañana _no le daba el naipe por las finuras_. Cuando vió despejado el

terreno, metióse de rondón en la sacristía, donde se hallaba solo el

oficiante, ya despojado de la casulla y alba, y atento á un tazón de

café riquísimo con escolta de tostaditas de pan y manteca, que encima

de la cajonera le había puesto, en bandeja de plata, un lacayín muy

mono.

—Pues llegué tarde á la misa—díjole don Francisco bruscamente, sin

más saludo ni preliminar _de cortesía_,—porque no me avisaron á

tiempo. ¡Ya ve usted que casa ésta! Total, que no quise entrar por no

interrumpir... Y créame usted... yo no estoy bueno, no señor, no estoy

bueno... Debiera quedarme en la cama.

—¿Y quién le obliga á levantarse tan temprano?—dijo el clérigo, sin

mirarle, tomando el primer sorbo de café.—¡Pobrecito, se levanta para

ir en busca de un triste jornal, y traer un par de panecillos y media

libra de carne al palacio de Gravelinas!

—No es eso, _ña_..., no es eso... Me levanto porque no duermo. Me lo

puede creer, no he pegado los ojos en toda la noche, señor San Pedro.

—¿De veras? ¿Por qué?—preguntóle el clérigo con media rebanada entre

los dientes y la otra en la mano.—Y entre paréntesis: ¿por qué me llama

usted á mí _San Pedro_?

—¿No se lo dije?... Ya, ya le contaré. Es una historia de mis buenos

tiempos. Llamo buenos tiempos aquellos en que tenía menos _conquibus_

que ahora, en que sudaba hiel y vinagre para ganarlo, los tiempos en

que perdí á mi único hijo, único no; quiero decir... pues... en que

no conocía estas grandezas fantasiosas de ahora, ni había tenido que

lamentar tanta y tanta _vicisitud_... Terrible fué la _vicisitud_ de

morírseme el chico; pero con ella y todo, vivía más tranquilo, más en

mi elemento. Allí penaba también; pero tenía ratos de estar conmigo en

mí, vamos, que descansaba en un _oasis..., un oasis... oasis_.

Encantado de la palabra, la repitió tres veces.

—Y dígame ahora, ¿por qué no durmió anoche? ¿Acaso...?

—Sí, sí; no pude dormir por lo que me dijo usted al retirarse de mi

cuarto, como cifra y recopilación de aquel gran palique que echamos á

solas. _Velay._

Torquemada y San Pedro · 第 5 / 35 题