Con la funesta expulsión de los moros padecieron grandemente la

agricultura y la industria. Aquellas gentes laboriosas por religión y

por necesidad habían aumentado inmensamente la riqueza de la península

no solamente con sus labores fabriles, sino con el cultivo de los

campos, como esa maravillosa huerta de Valencia que les fué pingüe y

que tanto hermosearon y aprovecharon. Una vez realizada la expulsión,

claro es que el movimiento comercial e industrial, sostenido por

ellos, mermó y luego concluyó. Ya en el reinado de Felipe III, a la

decadencia en los trabajos del campo se juntó una baja de población

notabilísima. En Cataluña misma estaban deshabitadas «las tres cuartas

partes de los pueblos». En plenas Cortes, y bajo Felipe IV, se clamó

contra la amenaza de una ruina segura. «Pues era llana y evidente, dice

Céspedes y Meneses, que si este estado se aumentase, al paso mismo

que hasta allí, habría de faltar a los lugares habitantes y vecinos,

los labradores a los campos y los pilotos a la mar... y desdeñando

el casamiento, duraría el mundo un siglo sólo». Weiss demuestra la

decadencia de la agricultura, entre otros motivos, por la disminución

progresiva de la población española desde el reinado de Felipe II hasta

el advenimiento de los Borbones--Miguel calcula, apoyado en Ustariz,

en cinco millones setecientas mil almas la población de España bajo

Carlos I--; la amortización eclesiástica--«los capitales quitados a

la agricultura y a la industria para sepultarse para siempre en los

conventos»--; los mayorazgos en las familias nobles y las devastaciones

anuales de las campiñas por los ganados trashumantes. Muchos daños se

debieron al «honrado Concejo de la mesta».

El oro americano, como antes he apuntado, fué ponzoñoso para el

movimiento industrial peninsular. La baja de los metales fué de cuatro

quintas partes en un siglo; y el aumento de la mano de obra causó el

alza de valor en la producción fabril.

Se desdeñaron los productos naturales de las tierras americanas,

dejando que se aprovecharan de ellos mercaderes de Inglaterra y

Holanda, y fijos tan sólo en el codiciado producto de las minas. «A

poco, dice Weiss, dejaron las fábricas de la Metrópoli de abastecer las

necesidades de las colonias, porque eran pocos los obreros y escaseaban

las primeras materias». «Las colonias, agrega, suministraban bastante

oro para permitir a los fabricantes continuar sus trabajos, aunque lo

caro de los jornales les impidiese introducir sus productos en Francia,

Italia y otros puntos de Europa. Para esto hubiera sido necesario que

procurase España satisfacer las demandas de las colonias e hiciese

imposible el comercio de contrabando, pero ¡quién había de creerlo! los

españoles tuvieron por una calamidad el trueque de los productos de

la industria nacional por el oro del nuevo mundo, y le atribuyeron la

repentina alza de todos los artículos de primera necesidad. Hubieran

querido que América les remitiese sus metales preciosos sin llevarles

en cambio los objetos fabricados en su país». El comercio con América

desde aquellos tiempos fué tratado con singular error; en los comienzos

hubo libertad de tráfico entre España y sus dependencias. Carlos V

puso algunas trabas y Felipe II ordenó un porcentaje de salida, el 5,

otro de llegada, el 10, a las mercancías para las Indias. El aumento

del llamado almojarifazgo fué un golpe más. En América aumentaba el

contrabando de otras naciones, y se dió el caso que cita Humboldt, de

que los mineros de América comprasen de tres a cuatro mil quintales de

pólvora anualmente, en los almacenes del reino, en tanto que la sola

mina Valenciana consumía de diez y nueve mil quinientos a diez y nueve

mil seiscientos. En tiempo de Felipe III, hasta 1612, bajaron tanto las

rentas, que el quinto de las minas de Potosí, Perú y Nueva España, con

otras entradas de América--dos millones doscientos setenta y dos mil

ducados, fuera de gastos--, estuvieron empeñadas a los genoveses. Bajo

el reinado de Isabel se hizo algo por la agricultura y la industria

en las colonias americanas; pero luego los españoles que iban a

establecerse no se cuidaban sino de engordar la hucha. Por lo que toca

al Río de la Plata, basta leer las obras de J. A. García, hijo, para

darse cuenta de la obra de los virreyes, y de los hidalgos inmigrantes.

Anualmente iban dos escuadras, a Méjico y al Perú, con objetos de

comercio. Esos eran los galeones que volvían cargados de oro. Ulloa

narra pintorescamente la manera de comerciar entre los mercaderes

americanos y españoles. Los pobres indios eran inicuamente engañados

y explotados por la misma codicia de los corregidores. El comercio

disminuyó; y a mediados del siglo XVII ya España no podía abastecer sus

colonias. Los extranjeros, en cambio, aumentaban su venta; de Portugal

salían «doscientos buques de trescientas a cuatrocientas toneladas

con ricos cargamentos de telas, sedas, paños, tejidos de lana, de oro

y de plata, artículos que compraban los portugueses a los flamencos

franceses, ingleses y alemanes. Los embarcaban en Lisboa, Oporto,

Mondigo, Viana, y en los puertecillos de Lagos, Villanova, Faro y

Tavira, situados en el reino de los Algarbes. Llegados al Brasil, sus

navíos subían al Río de la Plata, cuando cesaba de ser navegable, se

desembarcaban las mercancías y se las conducía por tierra, atravesando

el Paraguay y el reino de Tucumán, a Potosí y a Lima, de donde era

fácil enviarlas a las principales ciudades del Perú. Los comerciantes

españoles establecidos en aquellos puntos tenían sus corresponsales

en el Brasil, lo mismo que en Sevilla y Cádiz, y como los derechos

cobrados en Portugal de los géneros destinados al Brasil eran más bajos

que los que se percibían en aquellas dos ciudades, los portugueses

podían darlos más baratos que los españoles». Puede verse a este

respecto la _Relación_ dirigida a Felipe III por Alonso de Cianca. Los

empleados de la Corona ya se sabe qué clase de obra realizaban, y qué

clase de gente eran en su mayor parte.

El consejo de Indias enviaba no varones de mérito, sino hábiles

sacadores de dinero. Fuera de los virreyes de Méjico y el Perú,

grandes de España favorecidos, los demás eran duchos expoliadores. Los

capitanes generales y demás enviados a Cuba, al engorde proverbial,

tenían sus antecesores entre los paniaguados de Indias. Comercio

descuidado con la Metrópoli, aumento por lo tanto del contrabando

extranjero. Los holandeses, ingleses y franceses introducían largamente

sus mercaderías. Hamburgo no se quedaba atrás; y la China misma

vendía manufacturas en puertos como Guayaquil y Acapulco. El mal

estado comercial entre la Península y sus colonias continuó hasta el

advenimiento de los Borbones. Algo hizo por mejorar las relaciones

Felipe V. Carlos III transformó en 1764 el sistema comercial que se

había empleado desde la conquista. De La Coruña salían fijamente una

vez al mes para las Antillas y dos veces al mes para el Río de la

Plata barcos que establecieron de modo regular el intercambio. La

independencia vino. Y desde la paz hasta la época actual el comercio

español en América ha pasado por diversas fluctuaciones, llegando por

fin al más lamentable descenso. Las Cámaras de Comercio poco han hecho,

y la diplomacia ha sido nula en sus gestiones. También es cierto que

la antigua Metrópoli no se ha acordado de que existíamos unos cuantos

millones de hombres de lengua castellana en ese continente, hasta

que las necesidades traídas por la pérdida de sus últimas posesiones

americanas se lo han hecho percatar. El Congreso proyectado hará algo,

como no se vaya todo en discursos. En lo social, se podrán crear

nuevos y más estrechos vínculos, sobre toda ahora que la producción

intelectual americana empieza, primeriza y todo, a imponerse. Pero

hacen falta españoles de buena voluntad que digan a su patria la

verdad, y que no la vayan a desacreditar en nuestras repúblicas.

Una docena de españoles como Carlos Malagarriga, en cada una de las

repúblicas americanas, harían más que los guitarristas de la prensa

y bailaores de la tribuna que van a América a hacer daño a su propia

tierra. Sobran en España talentos y entre nosotros buenas voluntades

que pueden realizar una unión proficua y mutuamente ventajosa. La

influencia española, perdida ya en lo literario, en lo social, en lo

artístico, puede hacer algo en lo comercial, y esto será a mi ver el

alma del futuro congreso.

«Es un hecho patente--dice un documento oficial--, traducido además en

cifras, que, a la infausta hora en que hubimos de abandonar nuestra

soberanía en Cuba, Puerto Rico y Filipinas, representaba nuestro

comercio de exportación a esas posesiones, en los últimos tiempos en

que pudo verificarse, de un modo regular, la considerable suma de 241

millones de pesetas, o lo que es igual, el 25 por 100, aproximadamente,

de la total exportación de la Península». Y otro: «En el primer

quinquenio de 1880 a 1884, exportábamos un total de 62 millones a todos

los mercados americanos; en cambio, en 1896 nuestra exportación quedaba

reducida a 46 millones... Por ejemplo: En la República Argentina,

donde en aquel período nuestra cifra de exportación ascendía a 17

millones, ha bajado a 10. En la República del Uruguay, de 11 millones

ha descendido a 6». Es decir, de 62.564.000 pesetas, del año de 1890

al 1898, se ha reducido a unos cuarenta millones y pico. En la Junta

del Comercio de Exportación, del ministerio de Estado, demostró

la gravedad de tal situación el señor Rodríguez Sampedro, «España,

decía, señora al principio del presente siglo de todos aquellos

territorios poblados por su raza, con comunidad de idioma, de hábitos

y de costumbres, ha perdido casi por entero sus mercados, de tal

modo, que hoy se anteponen comúnmente a ella Inglaterra, Alemania,

Francia, Austria, Italia y Bélgica, figurando nuestro comercio, al

principio del postrer quinquenio, tanto en la importación como en la

exportación, el último de todos, y cifrando para la República Argentina

el 2,20 por 100 de su comercio, al de exportación; para Méjico el 8

por 100 en la primera y el 11,60 en la segunda; para el Perú, 2,50 por

100 y 0,60, respectivamente; y todavía, con parecer esta situación

imposible de empeorar, sigue decreciendo manifiestamente, pues al

concluir el quinquenio de 1897, los resultados son 1,40 por 100 para la

importación, y 3 por 100 para la exportación respecto a la Argentina, 2

por 100 para la primera y 10,30 para la segunda en Méjico; 0,08 y 0,90,

respectivamente, en cuanto al Brasil; y 0,10 y 0,50 en el comercio con

el Perú, pudiendo decirse que en muchas partes de los citados países

su comercio con España ha desaparecido, mientras el de Inglaterra,

promediando los datos de su importación y de su exportación, es más

del 33 por 100 del total; de un 20 por 100 el de Alemania; de un 23

el de Francia y así sucesivamente». El Congreso, pues, vendrá si se

realiza, a tratar de ver cómo se mejoran las transacciones comerciales

entre España y las repúblicas americanas; pero no tendrán poco que

modificar en las leyes actuales los legisladores, que quieren que

el arreglo se lleve a buen término. ¿Ha sido acaso poco lo que ha

trabajado el ministro argentino señor Quesada para la simple cuestión

del tasajo y carnes conservadas? El Gobierno español parece que

apoyará la labor del Congreso y se harán invitaciones oficiales a los

Gobiernos hispanoamericanos. Si los Gobiernos aceptan, es posible que

una vez más se cometa el error de elección cuando se trate de los

representantes. Al saberse la noticia del Congreso, en cada una de las

pequeñas repúblicas de América-Villabravas, que dice Eduardo Pardo,

habrá un grupo de compadres intrigantes que quieran venir a ver bailar

el fandango, y a conocer a la Reina; y en cuyos labios pugna por salir

la gran palabra «Señores»...

[Ilustración]

LA MUJER ESPAÑOLA

[Ilustración]

Marzo de 1900.

HACE pocos días, el último de Carnaval, hubo en el palacio de una

distinguida señora, casada con un millonario y diplomático mejicano,

una improvisada y elegantísima reunión de máscaras, que largamente

han cantado los habituales cronistas de salón, y entre todos, y sobre

todos, mi incansable y ameno amigo el marqués de Valdeiglesias. La

particularidad de la fiesta fué que a ella concurrieron aristocráticas

y bellas damas de esta corte, con el pintoresco mantón de Manila y

otros adornos no menos nacionales. Y el entusiasmo fué inmenso; y hasta

hubo quien dijese: _¡ole!_ con la disculpa de los días de locura. Ese

entusiasmo fué natural. ¡Es tan difícil en la aristocracia de España

encontrar una belleza puramente española! Como en todas las altas

clases de la tierra, el britanismo por un lado y el parisienismo por

otro han hecho su invasión. No deja de ser lamentable. Una maja de

Goya vestida por Chaplin es algo encantador y desconcertante; pero

me habrán de confesar que una maja de Goya vestida por Goya es mucho

mejor. No es que yo pretenda que estas duquesas de ahora vuelvan al

osado peinetón, a mantilla perpetua y a los paseos por las arboledas

de San Antonio de la Florida, sino que está a la vista de los amantes

de la viva estatuaria humana la desaparición de uno de los más bellos

tipos que hayan halagado al arte: el tipo español, cuya línea propia

se ha bastardeado y confundido entre curvas francesas y restas

anglo-sajonas. La moda, ¡he ahí el enemigo! En esto estoy apoyado

por un talento que sobre ser certeramente estético, es una mujer: la

señora Pardo-Bazán. Doña Emilia considera como enemigos de la clásica

gracia española los vestidos pesados y de corte masculino del país de

las misses; los impermeables y abrigos largos, ciertos calzados, y

sobre todo, los formidables sombreros de París. La naturaleza procede

y enseña lógicamente; ha ordenado los seres y las cosas de la tierra

según las latitudes; y sabe por qué los escandinavos son rubios y los

abisinios negros; por qué las inglesas tienen cuellos de cisne y las

mujeres flamencas preponderantes asideros. A las españolas las dió

diversos modelos, según las distintas regiones peninsulares, pero el

tipo verdadero, el tipo generalizado por la poesía y por el arte,

es el de la morena de maravillosos y grandes ojos oscuros, un tanto

_potelée_, ondulada, y casqueada de ricos cabellos negros; ni alta

ni baja; todo esto animado por un producto marino y venusino, que en

este sentido no tiene nombre correspondiente en ninguna otra lengua:

_sal_. Ya en sus tiempos, Gautier afirmaba que para ver la verdadera

danza española había que ir a París; hoy en pintura, los que hacen

admirar al mundo la gracia femenina de España, son extranjeros, como

Sargent y Engelhart, ¿nos conformaremos dentro de poco con buscar en

viejas telas y grabados la que fué tan original y graciosa belleza

hispánica? La moda ha comenzado a hacer su daño en la educación. Para

toda joven de buena familia que se vaya a educar al extranjero, se

importa la indispensable institutriz, casi siempre inglesa o tudesca,

a veces francesa. La _gouvernante_ empieza su obra de moldeo y la

flexibilidad nativa entra en la jaula angular de una disciplina por

lo general _very english_. Los trajes, de corte igualmente angular,

contribuyen a la reformación del original encanto curvilíneo. Una vez

la niña crecida, sus gustos y sus costumbres tenderán a lo extranjero.

Hubo una elegancia española: apenas si se recuerda en algún baile de

trajes. Porque la moda lo requiere, los opulentos cabellos negros se

tiñen de rubio o de rojo; el airosísimo andar de antaño se transforma,

los gestos y maneras se aprenden. Se fué primero _chic_, después

_vlan_, después _pschut_, después _smarl_, después _swell_. No se

leen buenos libros castellanos; ¿pero qué señora no se ruborizaría de

no conocer a Ohnet en el original? Se viaja, se veranea, se adora a

Worth, a Laferrière, a Doucet. Visten con gran lujo; pero rara vez se

llegan a confundir con una parisiense; desdeñando la riqueza propia,

no consiguen el tesoro ajeno. Y son encantadoras. Hace algunos años un

embajador oriental, al presenciar un desfile de altas damas en Palacio,

expresó una frase descontentadiza y poco galante para la nobleza

femenina que acompañaba a la Reina. Hoy, en igual caso, proclamaría la

hermosura y la gentileza de beldades como doña Sol Stuard, hija de la

duquesa de Alba y otras cuyos nombres constelan la crónica social. Hay

diversos tipos que se imponen; pues en la Corte se hallan representadas

las distintas provincias. Desde luego, la mujer suavemente morena,

de un moreno pálido, cara ovalada, cuello columbino, boca sensual y

mirada concentradamente ardiente, cuerpo en que se ritman felinas

ondulaciones; y la rosada y firme de plasticidades, de cabellos

dorados, un tanto gruesa; y la belleza decadente y tradicional, de

los retratos en cuyas manos puso Pantoja tan preciadas gemas; rostros

con algo de las figuras de los primitivos; de un óvalo marcado, como

se ve en la pequeña infanta María Teresa, de Velázquez; y dotadas de

un aire que si indica la floración de razas crepusculares, impone

su orgullo gentilicio y su antigüedad heráldica. En el pueblo se

encuentra conservado mucho del antiguo donaire. La chula ostenta su

ritmo natural, sus impagables gestos; y va a los toros y a las fiestas

con legítimas prendas que alegran los ojos y marcan el color local

tan deseado por los viajeros que buscan arte y novedad. En la Ópera,

la sala es igual a todas las salas de capitales modernas; el patrón

cosmopolita impuesto por la elegancia francesa vence e iguala. Apenas

los rostros, la llama de los ojos, un movimiento atávico, denuncian la

sangre maternal, la originalidad patria.

El alemán Hans Parlow recientemente y todos los turistas y observadores

que visitan a España, notan que en estos últimos tiempos la sociedad

española, el alto mundo madrileño, se divierte poco. No se vaya a

creer que las damas vivan en una existencia lúgubre--algo como en las

páginas de madame Anloroy--dadas a la soledad y al aislamiento, en

contacto tan solamente con frailes y monjas, y en plegarias y rezos,

bajo una atmósfera de tiempos de Felipe II. Ciertamente, las grandes

familias actuales dan pocas recepciones, raras fiestas; no hay en la

Corte un ambiente como el de comienzos de siglo o bajo Isabel II; y

la mayor parte de los bailes, banquetes y reuniones, son ofrecidos

por el Cuerpo diplomático. Por cierto que se distingue el ministro

argentino doctor Quesada en reunir de cuando en cuando en la Legación

los más bellos palmitos titulados. Mas la mujer española gusta de

divertirse; va a París, va a Londres, o a Italia, y en la temporada del

veraneo, convierte en ciudades de alegría y de hechizo San Sebastián

y Biarritz. La Corte es un tanto triste porque sobre ella se extiende

la sombra de la Reina. Ese viejo palacio, enorme, sombrío y fastuoso

que asustó al fino pájaro de Francia que se llama Réjane, es en verdad

una vasta basílica de tristeza, que necesita, para no contagiar con

su embrujamiento, reinas risueñas como doña Isabel, y reyes barbianes

como Alfonso. La Regente, que guarda aún la gravedad conventual de

sus funciones religiosas de soltera, cuya vida de casada no fué muy

agradable en lo íntimo del hogar, y cuya vida ha sido cercada de tantos

cuidados, penalidades y desventuras, no tiene ciertamente motivos para

estar vestida de color de rosa. La única que pone una nota jubilosa en

la mansión real es la infanta Isabel, la infanta popular, amiga de los

artistas, un poco _virago_, aficionada a cazar, a cabalgar, valiente

_sportman_, generosa, caritativa, melómana, muy madrileña, y cuyo _sans

gene_ le atrae por todas partes, y sobre todo en el pueblo, innegables

simpatías. La infanta en sus departamentos de Palacio tiene un teatro

en que hace trabajar a los actores que son de su preferencia y amistad:

y allí mismo representan comedias, aficionados pertenecientes a la

aristocracia. A esas representaciones no asisten más que la Familia

Real y la servidumbre de Palacio. En algunas casas suelen señoritas y

caballeros hacer piececitas francesas, con toda corrección y propiedad.

Algo lejanos están los tiempos en que damas de lo más encumbrado

representaban en el palacio de la de Montijo _La bella Helena_ de

Blasco.

No existen salones literarios, en el sentido francés del vocablo. Doña

Emilia Pardo-Bazán suele invitar a algunas tertulias en que priva el

elemento intelectual; y don Juan Valera ha tenido sus sábados en que,

fuera de las señoras de su familia y las hijas del duque de Rivas, no

han asistido más que hombres. La duquesa de Denia de cuando en cuando

invita a su mesa a señalado número de artistas y hombres de letras;

lo propio hace el barón del Castillo de Chirel. Pero el barómetro

de intelectualidad está marcando sus grados reveladores; el poeta

preferido de la aristocracia es Grilo. Hay damas inteligentes y cultas

que, como he dicho, viajan y se instruyen; pero son perlas negras

o rosas azules las que sobresalen. La duquesa de Alba se interesa

en trabajos de erudición e historia y pone a la disposición de los

estudiosos el inagotable archivo de su casa; la duquesa de mandas es

muy entendida en ciencias; las duquesas de Medinaceli y de Benavente

son aficionadas a las letras; la condesa de Pino Hermoso y la marquesa

de la Laguna imponen su espiritualidad en los salones. La hija de esta

última, Gloria, tiene fama de agregar a la herencia de la gracia

materna nuevas pimientas y sales.

La clase media, acomodada o no, sigue los rumbos de la clase alta.

Basta la más ligera observación para comprender que se ha adelantado

mucho en instrucción primaria, desde la época no muy distante en que

una señorita apenas sabía leer y escribir. Me refiero, es claro, a

lo común, pues antes y después de don Oliva Sabuco de Nantes y de

Santa Teresa, ha habido notadas españolas que hayan competido con los

varones en disciplinas mentales. Las preciosas no dejaron a su tiempo

de aparecer en las cultilatiniparlas. Quevedo aquí hizo su caricatura

como en Francia Molière su _charge_. En este siglo las literatas y

poetisas han sido un ejército, a punto de que cierto autor ha publicado

un tomo con el catálogo de ellas--¡y no las nombra a todas!--Entre

todo el inútil y espeso follaje, los grandes árboles se levantan:

la Coronado, la Pardo-Bazán, Concepción Arenal. Estas dos últimas,

particularmente, cerebros viriles, honran a su patria. En cuanto a la

mayoría innumerable de Corinas cursis y Safos de hojaldre, entran a

formar parte de la abominable _sisterhood_ internacional a que tanto

ha contribuído la Gran Bretaña con sus miles de _authoresses_. Para ir

hacia el palacio de la mantenida Eva futura, las falta a éstas cambiar

el pegaso por la bicicleta.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 23 / 24 段