Como crítico de arte sobresale Jacinto Octavio Picón, el novelista cuyo

último libro sobre Velázquez ha tenido muy buena acogida en España

y fuera de España. Su crítica teatral ha tenido también una época

de boga. A este respecto se distingue entre todos sus colegas, el

crítico de _El Español_, señor Canals. Al menos es quien trata con más

certidumbre y más entusiasmo las obras de que le toca dar cuenta en su

tarea periodística.

Podría señalar algunos otros nombres como el del señor González

Serrano--después de recordar la pérdida que sufrió el pensamiento

español con la muerte del catalán Ixart--, pero sería la revista harto

larga. En la juventud surge hoy una que otra esperanza, y no es poco

lo que ha de dar en un cercano porvenir cerebro tan bien nutrido y

generoso como el del autor de _Alma Contemporánea_, Llanas Aguilaniedo,

cuyos comienzos han entusiasmado al mismo descontentadizo _Clarín_.

Llanas es un estudioso y un reflexivo. Comprendo lo grave que encierra

el trabajo de pensar y de juzgar. Hay una luz individual que él ha

descubierto dentro de su propio espíritu, y siguiendo el consejo de

Emerson, la persigue. En lo moral, en lo intelectual, cultiva la buena

virtud de la higiene. Llega a una época en que, si sabe dirigir su

propia voluntad, hará mucho bien a la nueva generación de su país. No

es su libro primigenio, sino la apertura de una larga vía. En esas

páginas hay mucho justo y original y no poco reflejo e injusto. Pero

el esfuerzo supera a todo lo que sus compañeros han producido. Antes

que él está Martínez Ruiz, curioso y aislado en el grupo de la juventud

española que piensa. De él he de tratar en otra ocasión, como del vasco

nietzschista Ramiro de Maeztu, que está llamando la atención de los que

observan, por su fuerza y su singularidad.

[Ilustración]

LA JOVEN ARISTOCRACIA

[Ilustración]

CUANDO el rey de España recibe a los nuevos grandes que deben cubrirse

delante de él, es costumbre que cada cual diga unas cuantas frases en

que, después de recordar la gloria de sus antepasados y el timbre de

sus blasones, ofrezca al monarca sus servicios y protestas de lealtad.

Sorprendió hace algún tiempo el discurso de cierto joven grande de

España, que más o menos, dijo a la reina estos conceptos: «Señora, mis

abuelos fueron mis abuelos y su gloria es de ellos; yo soy ingeniero

y mi título y mi trabajo es lo único que puedo poner a los pies de

vuestra majestad». Lo llamativo y simpático de la nota, despertaba

en la generalidad este pensar: «¡Hay, pues, nobles que trabajan!» La

sorpresa era justa. Es un hecho reconocido que en nuestras sociedades

modernas, según la frase reciente de M. de Montmorand, _ce qui

caractérise le noble, c'est son oisiveté, son inaptitude au travail_.

En todas partes, y por su propia culpa, la nobleza ha perdido terreno.

Las necesidades de la vida actual, el desarrollo del comercio,

las ambiciones de la gran burguesía, han trastornado un tanto los

armoriales: y el día en que un Rothschild ha sido ennoblecido a causa

de su dinero, el espíritu de Dozier flotó sobre las salazones de

Chicago. Desacreditada y todo, la nobleza impone sus pergaminos. Las

señoritas adineradas de los Estados Unidos, y por no quedarnos atrás,

algunas de la América del Sur, pagan a buen precio el derecho de

poder ostentar una corona marcada en su ropa blanca, o pintada en la

portezuela del carruaje. En nuestras democracias, la presencia de un

noble siempre es decorativa en la vida social. Huelen esos caballeros,

mal educados, ignorantes, obtusos, pero casi siempre ¡visten tan bien!

A América suelen llegar _gentlemen_ y _escrocs_; nobles verdaderos y

nobles falsos. Algunos han ido a parar a la penitenciaría de Buenos

Aires.

La nobleza francesa, que en estos últimos tiempos ha dado tan poco

edificantes espectáculos, diríase que constituye el más claro tipo de

decadencia. Su incapacidad es tan solamente igualada por su ligereza;

y si en algo puede confiar la estabilidad de la república, es en la

ineptitud intelectual y flaqueza moral que se revela en ese plantío

de gardenias y claveles. Con gran justicia un escritor de criterio

certero, Paul Duplan, dice, en un estudio reciente: «Cuando se estudia

la historia de nuestro país de cien años acá, queda uno estupefacto de

la increíble incoherencia sociológica y política de los nobles. Hacen

constantemente lo contrario de lo que se podría prever; están siempre a

caballo cuando se debería estar a pie; parlanchines y ruidosos cuando

deberían estar silenciosos y prudentes; pierden en la vida pública el

tacto que conservan en sus salones; empujan la república a la izquierda

con la intención de atraerla a la derecha; demasiado católicos al

fin del siglo XIX después de haber sido volterianos al fin del siglo

XVIII, pierden el contacto con la democracia y se obstinan en confiar

sus hijos a los religiosos, cuando debían hacerlos educar en nuestros

colegios; caen en el snobismo inglés, cuando debían hacer prevalecer la

elegancia francesa; chismosos y maldicientes; descontentos y vejados

bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo Napoleón III, bajo la

tercera república; vuelven la espalda a la ciencia contemporánea que

no es clerical y quieren que lo sea; se hacen ridículamente zurrar

el 16 de mayo; se meten en «la Baulange»; exageran el antisemitismo

después de haber adoptado a los grandes judíos, aceptado sus regalos

y frecuentado sus castillos, sus yates y sus cacerías. En fin, gentes

en su mayor parte _surannés_ y _vieux jeu_, aun en el dominio de

sus placeres. Han quedado como cazadores diligentes, y ¿qué ardor

les devora? Por ejemplo, la caza a la carrera como en las épocas

prehistóricas: cansar, en nuestras pequeñas florestas, a un desgraciado

animal, casi amansado, que a menudo no quiere correr; entregarle a la

ferocidad de los perros y gozar con ese terror y con esa muerte. ¿Y

el estúpido tiro de pichón? ¡Qué singular _élite_, la de esta nobleza

ociosa e ingenua, que no tiene otra carrera que el matrimonio de

dinero!»

La nobleza española no ha llegado a este último estado, hay que

confesarlo. (¿Es por falta de cotización?) Pero nada señala que la

patria española pueda esperar algo de sus grandes o de su aristocracia.

A pesar de que buena parte de las principales familias educan a

los hijos en pensiones inglesas, es difícil encontrar aquí el

_gentleman-farmer_ blasonado. Los propietarios de tierras de labranza,

o los ganaderos, o arriendan o dejan los trabajos al cuidado de

administradores, que poco interés han de tomarse, como no sea el propio

provecho. El propietario cobra sus rentas, sin que se le ocurra pensar

en introducir mejoras, o aplicar la experiencia de otros países, en

procedimientos o maquinaria.

Algunos se dedican a la política; raros, rarísimos, como Valdeiglesias,

al periodismo. Señalados son los que en las letras tienen nombre, o

se consagran a estudios especiales. En cuanto a los grandes nombres

científicos, ni Cajal, ni Federico Rubio, ni Builla, ni Posada, ni

Pedro Dorado, ni Augusto Linares, pertenecen a la nobleza... En

el teatro, durante el tiempo que llevo en Madrid, dos títulos han

presentado al público sendos arreglos del francés. En cambio, hay un

actor grande de España, y varios emparentados con linajudas casas.

Ahora bien, con la última estadística a la vista, he contado 41 duques,

358 marqueses, 203 condes, 30 vizcondes y 49 barones.

De antiguo he sabido la poca afición al trabajo de la nobleza española,

a causa sobre todo de las preeminencias de la hidalguía y de los

mayorazgos.

Familias llenas de oro y acostumbradas al regalo, mal podían pensar en

otra cosa que en los privilegios de su grandeza. En tiempos de Felipe

II, el duque del infantado tenía 90.000 ducados de renta; el de Medina

de Río Seco, 130.000; el de Osuna, 130.000; dependían de ellos más de

30.000 familias feudatarias. Los duques de Alba, de Nájera, y de Zúñiga

poseían tierras que daban 80.000, 60.000 y 70.000 ducados de renta, en

Castilla la Vieja; el de Medinaceli, en Toledo, 150.000; en Granada,

Extremadura y Jaén, los duques de Medina Sidonia, de Arcos y de Feria,

150.000, 70.000 y 60.000. En Cataluña y Valencia los duques de Gandía y

Córdoba, 80.000 ducados de renta cada uno. (_Ms. de Denys Geoffroy. V.

Weiss_).

Algunas de estas familias todavía conservan mucho de sus pasadas

riquezas. Otras, como la de los Osuna, han tenido que caer bajo el

martillo del rematador.

La juventud aristocrática, como he dicho, se educa generalmente en el

extranjero: Inglaterra y Bélgica son los países preferidos.

La educación es esencialmente religiosa. Siempre, en las altas familias

está la influencia del sacerdote.

Si el joven sigue una carrera, una vez obtenido el título se dedica

a vivir de sus rentas; se case o no se case, en Madrid y en el

extranjero, la vida social y el _sport_ le absorberán todo su tiempo.

La moda inglesa, el britanismo, se apodera de algunos; otros tienden a

la vida chulesca. Son amigos de los toreros, y, los días de corrida,

van a la plaza con indumentaria que pregona sus aficiones, en lujosas

calesas tiradas por mulas llenas de cascabeles, o en sus espléndidos

carruajes. Hoy que medra el café-concert, hay quienes se aficionan

a las _divettes_. Por lo que toca a la vida íntima, a la familia,

naturalmente, diré que no la conozco. Se me dice, no obstante, que el

padre Coloma exagera un poco sus _Pequeñeces_.

Las antiguas virtudes esencialmente españolas, parece que también han

desaparecido. Dejo la palabra a don Santiago Alba.

«Por de pronto, ya hemos revelado y hemos aprendido que sin una

educación positiva no conservan los pueblos algo de que nosotros

hubimos de creernos depositarios, a través de los siglos de los siglos,

simplemente por el mágico efluvio de nuestras glorias legendarias: el

valor y el patriotismo. Mientras que aquí la aristocracia de la sangre

y la del dinero--con ligeras y honrosísimas excepciones--seguíase

divirtiendo en plena guerra «a fin de evitar perjuicios al comercio

y a la industria», allá, en el pueblo de los «mercachifles», todo un

batallón de millonarios pedía puesto en la guerra y recibía en la

vanguardia el saludo de los fusiles españoles».

El _faineantismo_ da esos peligrosos frutos.

La joven nobleza también ha sabido divertirse de bastante sonoras y

extraordinarias maneras. No generalizo: pero un buen ramillete de

hechos os hará ver que la «indiada» de Buenos Aires no tendría mucho

de que ufanarse ante ciertos ejemplos de por acá. En todos lugares

la _jeunesse dorée_ es censurada por causa de su poco juicio y de

su _humor_, y nuestra América no está fuera de la regla. Durante mi

permanencia en Chile pude observar la campaña que la Prensa entablara

contra la famosa «juventud dorada» de Santiago; y en Buenos Aires

he visto cómo se protesta ante las hazañas de los «indios», hoy ya

casi desaparecidos, o destituídos por precarios aunque estrepitosos

compadritos. Hay que consolarse con que el caso ha sido de todos

los tiempos; y Alcibíades al cortar la cola a su perro, y Erostrato

incendiando el templo de Diana, eran ya precursores. En la grave

Inglaterra podéis recordar las proezas realizadas por los distintos

Clubs de que nos habla Hugo en una de sus más bellas novelas. Los

hechos sucedían entre jóvenes de la _nobility_ y de la _gentry_. La

broma se convertía a veces en crimen. Se divertían «decentemente»,

dice Hugo. Había el _She romps club_, cuyos miembros ponían con los

pies para arriba a la primera mujer que pasaba por la calle; si se

oponía, se la azotaba. Los del _Merry-dances_ «hacían bailar por negros

y blancas las danzas de los picantes y de los tintirimbas del Perú,

especialmente la mozamala. Los del _Hellfire_ tenían por especialidad

cometer sacrilegios. Los de _Las cabezadas_ las daban a las gentes.

Los del _Fun_ rompían espejos y retratos, mataban perros, hacían

circular falsas noticias, incendiaban, hacían daño en las casas. Los

del _Mohock_, reían hiriendo y martirizando a pobres transeúntes».

Y concluye Hugo: «Esos eran, al principio del siglo XVIII, los

pasatiempos de los opulentos ociosos de Londres. Los ociosos de París

tenían otros. Monsieur de Charolais soltaba un tiro a un burgués a la

puerta de su casa. _De tout temps la jeunesse s'est amusée_». Ya veis

una vez más que nada hay nuevo bajo el sol.

Ahora, veamos algunos hechos graciosos de nuestros parientes los

hidalgos.

En un pueblo de la provincia de Segovia, el duque de S. F. tuvo la

humorada de dar una cacería, a la que invitó especialmente al cura. De

pronto, en lo más intrincado del bosque, aparece un grupo numeroso de

«damas alegres» con la indumentaria de Diana y sus ninfas.

El joven conde de F. S. y el primogénito de los marqueses de R., una

mañana de invierno, al salir de una _juerga_, tuvieron a bien bañarse

en el estanque helado del Retiro, de donde fueron sacados medio muertos.

El hijo del conde de P. R. y el del conde de F. S., en una noche de

verano encuentran en el paseo de Recoletos a una joven aguadora, y

con unas tijeras ejercen de peluqueros profanando una de las bellas

poesías de Gauthier... Estos mismos jóvenes risueños encerraron en una

leñera de una casa en la calle de Isabel la Católica a la portera, e

hicieron apalear por el portero a un quidam.

Un sobrino del duque de V. se divierte tanto, que la familia resuelve

enviarlo a Filipinas. Allá es sumamente atendido por el Arzobispo, que

le ofrece desde luego su coche. El joven acepta y lo aprovecha para ir

a ciertas casas. Las gentes que pasaban y veían allí situados el coche

y los cocheros de su ilustrísima, se hacían cruces: «¡Qué casas visita

el señor Arzobispo!»

Un personaje ya citado penetra en una casa de juego, y revólver en

mano se adueña del dinero. Nadie le dice una palabra. Al día siguiente

vuelve; pero hay listos dos sujetos «de buena voluntad» que le meten en

un coche, le llevan al camino de Chamartín de la Rosa y le pegan tal

paliza que queda casi sin vida.

El marquesito de R., temible por lo que llama el sabio Cajal el

_matonismo_, arruinó a un tabernero de la plaza de Santa Cruz, con la

célebre frase «apunte usted». El infeliz se dejó arruinar sin proferir

una queja.

A veces la farsa es trágica. En una provincia, dos caballeros joviales

encuentran a una desgraciada y «porque está melancólica» determinan

echarla al río. Lo hacen, y la mujer se ahoga.

En un balcón de cierta casa de la calle de la Palma tuvo toda una noche

vestidas de Eva a tres jóvenes del batallón de Citeres, el duquesito de

S. F.

Un burgués rico, andaluz y muy chistoso, va con una dama en un

carruaje; ordena al cochero que vuelque, y resulta la dama con las

piernas rotas. Otra vez se complace en meter a un bufón popular en el

vientre de un caballo muerto.

El hijo de un gran general entra en un café sable en mano cierta noche

con una compañera de escasa indumentaria. Hace desalojar la sala y la

convierte en alcoba de placer. Este mismo va a una funeraria y encarga

un servicio para cierto difunto que estaba muy vivo en su casa.

El nieto de un célebre escritor, hijo del conde de C. A., y emparentado

con la más alta nobleza, estando en el teatro de cierta ciudad,

contestó el saludo de un amigo que estaba en la platea, tirando de su

palco silla tras silla. El mismo rompió en Gijón todo el servicio de un

café, sin la menor protesta del dueño. Después, en un teatro de otra

ciudad, suspendió la función a garrotazos.

A veces las cosas resultan mal. Al hijo natural de un insigne hombre

político le asesinaron en la calle de la Flor unos cuantos chulos.

En Almería un joven distinguido va a una casa de diversión. La dueña se

opone a que entre, y él la deja muerta de un tiro.

Tres de los ya señalados ataron una noche a un sereno ante la estatua

del teniente Ruiz--cara a Julio Ruiz.

Un buen día el marquesito R... necesita dinero, y saca y lleva a una

casa de préstamos las más ricas ropas de la señora marquesa.

El conde de P... apuesta con un amigo que irá a París a ganarse la vida

pidiendo limosna y tocando la guitarra por las calles. Y lo hace.

Hay otras tantas cosas delicadas de citar, por la altura de los

personajes que tomaron parte; pero que, aunque la Prensa no se haya

ocupado de ellas, están en la memoria de todo Madrid.

Así, nuestros indios con su _fun_ ya veis que se han quedado un

poco atrás. Sus ocurrencias no son causadas por el soplo que viene

de la Pampa y que aun trae el eco del malón. La «indiada» de las

noches alegres bonaerenses tendría que aprender de los descendientes

de ilustres casas, de jóvenes cuyos cuarteles de familia tienen la

consagración de muchos reyes. La filosofía del asunto sería que el

deseo del mal por el mal es innato, y que el sentido de la perversidad

de que habla Poe duerme en su célula, esperando la oportunidad de

aparecer. El estudio y el trabajo son los únicos antídotos contra ese

veneno natural e íntimo. Con ellos se doma la fierecilla que va con

nosotros. Mas en las clases ricas y extrañas a todo lo que no sea

capricho y goce de la existencia, entre la ociosidad y el fastidio, el

trabajo y el estudio no pueden obrar. Agregar a esto los privilegios

sociales, la pobreza fisiológica y la degeneración demostrada de las

familias nobiliarias, y decidme si se puede «hacer patria» con tales

elementos.

No, no puede aguardar nada España de su aristocracia. La salvación si

viene, vendrá del pueblo guiado por su instinto propio, de la parte

laboriosa que representa las energías que quedan del espíritu español,

libre de políticos logreros y de pastores lobos.

[Ilustración]

CONGRESO SOCIAL Y ECONÓMICO

IBERO-AMERICANO

[Ilustración]

21 de febrero de 1900.

LA Sociedad Unión Ibero-Americana trabaja en estos momentos porque

se celebre un Congreso, que denomina social y económico, y al cual

concurrirían las Repúblicas americanas y España con objeto de estrechar

y aumentar las relaciones sociales comerciales. Con Congreso, o sin

Congreso, ya era tiempo de ocuparse en este asunto. La situación

en que se encuentra la antigua Metrópoli con las que fueron en un

tiempo sus colonias no puede ser más precaria. La caída fué colosal.

Las causas están en la conciencia de todos. La expansión colonial de

otras naciones contrasta, al fin de la centuria, con las absolutas

pérdidas de la que fué señora de muchas colonias. Después del desastre,

recogida en su propio hogar, piensa con cordura en la manera de volver

a recuperar algo de lo perdido, ya que no en imposibles reconquistas

territoriales, lo que pueda en el terreno de las simpatías nacionales

y de los mercados para su producción. Reconocido está ya, que la culpa

de la decadencia española en América no ha sido, como en el verso,

obra «del tiempo». Ha sido culpa de España. En cuanto a los males

interiores, cierto es que no pocos se los causó el descubrimiento del

nuevo mundo. Esos 50 millones de habitantes; 24 millones de kilómetros

cuadrados; 48 Españas en extensión, «donde se derramó nuestra sangre,

se malgastó nuestra vida, y sólo suenan como un recuerdo los acentos de

nuestra lengua», que dice el escritor andaluz señor Ledesma, les fueron

perjudiciales al reino conquistador. No porque sin la obra de Colón

hubiese completado el gran Cardenal su empresa africana, sino porque

aquel Klondike continental sería el cebo de aventureros ambiciosos, y

envenenaría de oro fácil las fuentes industriales de la Península. El

hidalgo, _conquerant de l'or_ no tendrá sino que procurarse «peluca

y espada, desdeñando oficios y comercio», como escribe en uno de sus

libros Juan Agustín García, al citar a Gervasoni y una Cédula real:

«De las Indias he sido avisado que muchas personas que de acá pasan,

puesto que en ésta solían trabajar e vivían e se mantenían con su

trabajo, después que allá tienen algo, no quieren trabajar, sino

folgar el tiempo que tienen, de manera que hay muchos: de cuya causa

yo envío a mandar que el Gobernador apremie a los de esta calidad para

que trabajen en sus faciendas». Eso hacía España una vez realizada la

conquista del oro, folgar el tiempo que tenía. Primero fué el tiempo

del aumento del poderío, la sujeción del sol en sus dominios; más ya

con Felipe II empieza la carcoma y el decaimiento. Esto a pesar de

la riqueza natural, tan copiosamente señalada por entusiastas como

Mariana o Miñano. Wiss se embelesa en repetir la enumeración de tantos

elementos de riqueza, en varios climas y en tierras fecundísimas. Al

par que los distintos productos ofrecen un copioso acervo para la

exportación, ésta está favorecida por la extensión de las costas y la

buena condición de los puertos mediterráneos y atlánticos. Todo esto

era aprovechado en el siglo XVI. El movimiento fabril y el desarrollo

comercial acrecían la riqueza. Los tejidos se fabricaban en numerosos

establecimientos.

Solamente en Segovia, cuyos paños se tenían por los más bellos de

Europa, trabajaban 34.000 obreros. Según de Jonnes, en 1519 se contaban

en Sevilla 6.000 telares de seda, y habría 130.000 obreros en la

fabricación de sedería y tejidos de lana. Hay que leer a este respecto

el estudio que sobre las industrias antiguas sevillanas ha publicado

el erudito señor Gestoso y Pérez--que tiene inédito un «Ensayo de un

Diccionario de artistas industriales que florecieron en Sevilla desde

el siglo XIII hasta el siglo XVIII, inclusive»--, para darse cuenta

del progreso alcanzado en aquella época y en aquella provincia, en

lo referente a la producción industrial. Las marinas mercantes de

Inglaterra y Francia eran inferiores a la española. El inflado Moncada

puede escribir del puerto sevillano: «es la capital de todos los

comerciantes del mundo. Poco ha que la Andalucía estaba situada en las

extremidades de la tierra, pero con el descubrimiento de las Indias

ha llegado a estar en el centro». La riqueza estaba en fruto; diríase

que España era la nación de las naciones; solamente el ojo visionario

de Campanella advertía peligros en lo oscuro del porvenir; y notaba

que como hoy a Inglaterra, tenían ojeriza todos los pueblos del mundo

al pueblo fuerte y rico que dominaba. Ciertamente habían de cumplirse

los temores del autor de la _Monarquía Hispánica_ y con los sucesores

de Felipe II vendría el descenso a nación de segundo orden, la pérdida

en los distintos dominios, la decadencia militar y la mengua en el

comercio. La escasez de barcos se acentuó tanto, que ya bajo Carlos

_el Hechizado_ se hacían servicios oficiales a Cuba y a las Canarias,

por medio de buques genoveses. Los productos escaseaban, pues los

cultivos fueron dejados, y los campos, un tiempo florecientes, estaban

despoblados de trabajadores, a punto de que no solamente en ambas

Castillas, sino también en la productiva región andaluza, el abandono

era absoluto. Disminuyó a una cantidad mínima la exportación de la

lana, en lugares como Cuenca. Los telares y sederías quedaban reducidos

a señalado número. El movimiento comercial, con la renta de los

productos del país, vino muy a menos; la exportación a las colonias de

América fué nula, y España tuvo que empezar a proveerse en otros países

manufactureros. De más está decir que otras naciones aprovecharon el

caso para colocar sus mercaderías en las tierras americanas.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 22 / 24 段