El señor Sanz y Escartín, catalán, en una notable obra que ha agregado

Alcán en París a su biblioteca filosófica, dice que antes que las leyes

son los sentimientos y las ideas, los que están llamados a reformar

las costumbres actuales españolas, que tantos males han causado; y

que lo primero es educar a la mujer. Esto me hace pensar en idéntica

idea que la de madame Necker de Saussure, y su comparación de la voz

femenina en los coros cantantes. No admite discusión la eficacia

del procedimiento, y venimos a parar que en este punto hay algo de

aquello «en que consiste la superioridad de los anglo-sajones». No

se trata de implantar en España el cultivo del «tercer sexo»; ni el

espíritu nativo, ni la tradición lo permitirían; pero sí de abrir a

la mujer fuentes de trabajo, que la libertasen de la miseria y de

los padecimientos actuales. Puede asegurarse que en raros países del

mundo se presenta el espantoso dato estadístico siguiente: en España,

6.700.000 mujeres carecen de toda ocupación, y 51.000 se dedican a

la mendicidad. Fuera de las fábricas de tabacos, costuras y modas y

el servicio doméstico, en que tan míseros sueldos se ganan, la mujer

española no halla otro refugio. El señor Alba, en un notabilísimo

estudio que muchas veces he citado, asegura que conoce algunos casos

en que grandes industriales y almacenistas de tejidos o de novedades,

no han vacilado en dar a sus hijas un puesto en el negociado de

correspondencia, en el de contabilidad y en la alta dirección de la

sección de confecciones para señoras y niños. Estas _empleadas_, dice,

tienen un sueldo asignado en la casa, con arreglo al cual visten,

gastan en diversiones y caprichos y hasta abonan al fondo de familia

una cantidad por su manutención. Acostumbradas así a vivir por cuenta

propia, no se parecen en nada al resto de nuestras pobres mujeres,

siempre dependientes de la tacañería o la prodigalidad ajenas. Sobre

todo, en la vida íntima de las familias a que aludo, no existen las

preocupaciones que crea el temor al porvenir y, por ello, el afán de un

necesario casamiento de las hembras. Es este un buen ejemplo que ojalá

se propagase en la burguesía de este país, aunque ello choque un poco

con las costumbres arraigadas y sea bastante yanqui. Eso quitaría la

obsesión del novio rico en unas y en otras la de «un príncipe italiano

por lo menos», de que habla Campoamor. La ociosidad y la miseria, en

la clase media y en la baja, son un admirable combustible para la

prostitución. En París ya en 1847 había tres mil profesores de música,

mujeres, profesoras de idiomas y aun de historia. La Soborna había

establecido un curso femenino, con grados y diplomas. Hoy, ¿hasta dónde

no se ha llegado? En cuanto a los Estados Unidos, desde 1870 a la

fecha, las arquitectas han subido de 1 a 53; las pintoras y escultoras

de 412 a 15.340; las escritoras, de 159 a 3.174; las dentistas, de 24

a 417; las ingenieras, de 0 a 201; las periodistas, de 35 a 1.536;

las músicas, de 5.753 a 47.300; las empleadas públicas, de 414 a

6.712; las médicas y cirujanas, de 527 a 6.882; las _contables_, de 0

a 43.071; las copistas--a mano y máquina--y secretarias, de 8.016 a

92.834; las taquígrafas y tipógrafas, de 7 a 58.633. Y esto sin contar

las actrices, que de 692 han llegado a 2.862; las _clergy-ladies_, de

67 a 1.522, y las directoras de teatro, de 100 a 943. Aquí, con la

escasez de trabajo y con las preocupaciones existentes, ¿qué hace una

joven que no tiene fortuna? Además de los trabajos que he señalado, no

la queda otro recurso que los coros del teatro, que ya se sabe para

dónde van; los puestos de horchateras y camareras de café, limitados y

peligrosos para la galería, pues para ejercerlos hay que ser guapa; y

el baile nacional, para el país, o para la exportación. Y las Oteros

son escasísimas. De aquí que un francés, en viendo a una española,

sólo piense en el _petit air de guitare, ollé_. ¡Las que quieren ser

honradas y trabajar, encuentran costura, por ejemplo, se destrozan

los pulmones, y por todo el día de labor sacan una pobre peseta! Hay

quienes lo soportan todo y, o se echan un novio también pobre, y se van

a vivir una vida de privaciones, o mueren sacrificando vida y belleza.

En la galantería tampoco pueden encontrar un paraíso... La vida

galante es aquí poco productiva, para las tristes máquinas del amor.

La _cocotte_ no se encuentra aquí como en París o Londres. La mayoría

de infelices caídas va a parar a horribles establecimientos. Como la

gracia y la belleza abundan en el pueblo, es esta una de las capitales

en que el amor fácil tiene mayor número de lamentables víctimas.

Aun cruzan por las callejas tortuosas las viejas dueñas. Y la mujer

española, entre las mil y tres, es la preferida de don Juan.

CERTÁMENES Y EXPOSICIONES

[Ilustración]

7 de abril de 1900.

EN estos días cuatro exposiciones: la del Salón Amaré, la de carteles

de _El Liberal_, la del concurso del _Blanco y Negro_ y la de

fotografías de _La Ilustración Española y Americana_. Antes de que la

Casa Amaré inaugurase su salón, la capital de España no contaba con un

local en que se expusiesen, con fines comerciales, las obras de los

buenos artistas. En uno que otro punto solía verse, en promiscuidad

inaudita, la obra de firmas notables y la amontonada bazofia oleosa

que riega en incontenido flujo un ejército de cocineros del caballete.

Barcelona tenía su Salón Parés, en donde suele encontrarse bastante

bueno. Madrid ofrece ya al comprador un centro aceptable; los señores

Amaré han querido hacer algo como Le Barc Bouteville o Durand-Ruel,

y por ello deben estarles agradecidos los artistas peninsulares. He

visitado la casa.--Antes del salón en que se exhiben los cuadros, he

visto la sección de muebles. No he encontrado nada de particular.

Inglaterra, Alemania, Francia han tenido en estos últimos años un gran

desarrollo en sus artes aplicadas a la industria. Holgaría aquí toda

comparación con esos países.--Pero, aún Italia, cuenta con artistas que

en la fabricación del mueble sostienen un carácter propio, exteriorizan

una inventiva individual dentro de la tradición nacional: quiero

nombrar, por ejemplo, a Bugatti y a Eugenio Quarti. En la Casa Amaré

no hay una sola nota nueva a este respecto.--Todo es _bonito_; y es

decir esto, que el público queda encantado. Todo bien elaborado; más

inútil buscar nada de creación. Vi en los diarios que cierto inglés

había comprado en una regular cantidad un juego de dormitorio, para

llevarlo a Londres. Me mostraron el célebre juego--más o menos _modern

style!_--Y pensé: el caso es muy inglés: ¡Este sí que importa naranjas

al Paraguay!

La sala es pequeña, suficiente para el mercado; tiene muy buena luz y

está elegantemente puesta. Háse inaugurado con excelentes firmas. Al

entrar, halaga la vista un cuadrito de Cecilio Plá, _La araña_: una

mujer, por cierto encantadora de coquetería, sentada, y en actitud de

atraer la mosca masculina; la figura es preciosa y de mucha gracia de

factura; podría achacársele el ser muy «efecto de salón», muy «cubierta

de _Figaro illustré_»; ¿pero qué le puede importar eso al señor Plá,

cuya principal admiradora es en la Corte la infanta doña Isabel?...

El señor Alcalá Galiano, creo que pariente de don Juan Valera, e

ilustrador de una reciente edición de _Juanita la larga_, expone una

pequeña tela, castigo de las pupilas, de una violencia de tintes que no

superarían todos los cromos del poeta andaluz Salvador Rueda. Son unos

gitanos en viaje, bajo el más fuerte de los soles; quizá sea el cuadro

espejo de la realidad; mas suponiendo que los gitanos se vistiesen con

el alma de las cochinillas, el jugo de las esmeraldas y el espíritu

esencial de los ocres, no llegarían jamás, me parece, a la realización

de esta escena bañada de una luz indecorosa y embijada de colores

insultantes.

Cuatro Benlliures exponen: don Blas, don José, don Juan Antonio y don

Mariano. Me parecen todos de condiciones plausibles, pero me detengo

en un cuadro de don Blas. Reproduce un interior de iglesia, el de la

Basílica de San Francisco de Asís. El pintor ha logrado, ante todo,

imponer la serenidad mística del recinto; ha tratado los planos de

admirable manera, y ha obtenido la sensación del ambiente. Se revela al

propio tiempo que entendido detallista, hábil imaginador de sus tubos,

en su justo y discreto colorido, y esto es ya bastante en un medio

artístico en que el virtuosismo impera en toda su potencia. Digno de

nota es también el trabajo de don José, _Pobres de San Francisco_. Este

mismo artista se distinguió en la última exposición de Bellas Artes de

Venecia, con su cuadro _San Francesco al convento di S. Chiara_.

Se ve que los Benlliure hallan en el autor de las _Fioretti_ temas e

inspiraciones.

¡Que él les favorezca con la constancia y la revelación continua del

maravilloso _frate Sole_!

Don Aureliano de Beruetes el autor del notable libro sobre Velázquez,

que se publicó en francés con prólogo de Bonnat, y cuya edición

española es probable que no se vea nunca, tiene en esta exposición

una tela interesante, una impresión sentida y bien trasladada, en las

orillas del Tajo. El señor Berruete es un paisajista de mérito y no es

la menor de sus cualidades una sobriedad muy rara entre sus colegas.

Mariano Fortuny... ¿no os despierta este nombre el recuerdo de una

fiesta de color, de una página de Gautier? El artista que hoy lleva ese

nombre es el hijo del glorioso, del de _la Vicaría_. La gloria asimismo

será para él. Y de mí diré que le consagro toda mi simpatía, pues sé

que en él alienta un noble espíritu de arte, a quien Angelo Conti, en

armoniosa amistad, dedicara uno de los más puros libros de belleza que

se hayan publicado en este siglo, _per la ricchezza del tuo ingegno

e per la bontá del tuo volere_. La educación artística de este autor

es casi toda italiana, a punto de que respecto a él diga un crítico

del valer de Vittorio Pica: _Mariano Fortuny figlio, che io non mi so

rassegnare a non considerare como un pitore italiano..._ En el Salón

Amaré hay un estudio suyo, dedicado por cierto a su tío Raimundo de

Madrazo. Es una figura de mujer, de factura delicada, cuyas cualidades

de dibujo están realzadas por la vida interior, por el alma que se

transparenta a través de las líneas y toques de color.

Es la distinción el mejor de los dones de este artista; la distinción,

rara virtud, que hizo brillar en un bello retrato expuesto en el

certamen veneciano, el cual retrato alababa el crítico que he citado

por su técnica sabia, «por su elegancia exquisita y fascinadora, que

hace pensar en las estampas inglesas coloreadas, del siglo pasado».

Un saludo respetuoso y admiración a la obra del maestro Carlos de Haes.

En la última Exposición de Bellas Artes, o _Salón_ de Madrid, hubo

una sala dedicada al pobre y gran pintor belga español, que en sus

últimos años fué preso de la locura. Haes, el maestro de una generación

de pintores, quien enseñó la ciencia del paisaje y dió la clave del

sentimiento de la naturaleza, intérprete de admirables marinas y de

vivientes campañas, lejos de las rudas manifestaciones de las paletas

apopléticas, de las atronadoras murgas coloristas; Haes, el buen Haes,

que debía tener un busto a la entrada del Museo de Arte Moderno. Hay

de él aquí una marina, noble y serena, que se destaca en su marco,

soberanamente, entre toda la habilidad circunstante.

Noto una buena cabeza de estudio de Bannas y me detengo ante una escena

del Quijote, de Jiménez Aranda. He de repetir lo que otra vez he

expresado de este autor: sus traslaciones de las escenas cervantinas

dan a entender que el dibujante es excelente, pero el comprensivo, el

revelador pictórico del gran novelista no se muestra.

Otra cosa es Moreno Carbonero, con todo y no ser un triunfo de alta

visión artística su cuadro enviado a la Exposición de París. En esa

tela, ¡cuanto _métier_!

Mas en un cuadrito que aquí encuentro, _La primera salida de Don

Quijote_, el espíritu de Cervantes le ha ayudado. Ese es el amanecer,

la blanca aurora en las rosadas puertas del Oriente; y ese es Don

Quijote, que parte a sus aventuras. La poesía del cuadro es de

comunicación inmediata, y la técnica, con ser mucha, no impide el paso

suave de la gracia invisible.

Don Raimundo de Madrazo--¿cuántos son los ilustres?

_¡Saluez!_--muestra una vendedora de flores, fresca, floral. Quisiera

hablaros de otros cuadros, detenerme ante algo de Marinas, de Martínez

Cubells, de Masriera; pero Muñoz Degrain me llama con dos telas

concienzudas: _Laguna de Venecia_ y _Bahía y puerto de Pasajes_. En

ambas el pincel libre hace admirar su maestría de juego, quizá de un

_vero_ demasiado atrevido en la sinfonía veneciana, peligrosa ésta por

la suma de obras maestras que han brotado al amor de la divina ciudad;

en la otra tela, cálida y sentida en su conjunto, como detallada en

bizarrías de colorido francamente magistrales, trae por algo a la

memoria la bravura incomparable de Favretto, y el favor del numen en

premio de la pasión de la luz.

No he de dejar de citar un _Monaguillo_ de Pinazo, hecho con la mayor

franqueza de pincel, y una _Cocina_ de Emilio Sala, de valor técnico,

de color sabio, pero en donde la única figura no se sabe a punto fijo

qué hace. El señor Saint-Aubin, de quien en otra ocasión he hablado, ha

enviado dos trabajos en que, como otras veces, se distingue su talento

de compositor; es también un enamorado del sol. Del célebre Sorolla hay

también dos telas en que, como siempre, prueba su vasto dominio de la

pintura y su indigente comprensión del arte.

Amador del arte es Raurich, que no tiene gran fama, y cuyo cuadro

principal en la Exposición del año pasado, si tuvo pocos estimadores

fué blanco, en cambio, de muchas saetas. El poema-paisaje de Raurich,

en esta sala, se llama _Otoño_ y produce el contemplarlo un deleite

misterioso de poesía. ¡Es un estado de alma, un estado de corazón!

Es una unión íntima del espíritu de la naturaleza, que tiende a

manifestarse, con el espíritu del artista; y en esa soledad de agua

y de árboles esa unión se traduce; y en la melancolía de las hojas

secas y del ambiente, del paisaje todo, hay un encanto secreto, que en

estrofas de suaves colores penetra en nosotros por la senda visual, a

despertar en nuestro interior reminiscencias de lejanos ensueños.

Algo, muy poco, se expone de escultura, sin que nada de lo expuesto

pueda llamar seriamente la contemplación. Todo, por lo común--como

en la mayoría de los pintores--, es de asunto temal. Tiende a su

colocación en la vidriera de _bric-a-brac_; la anécdota _cocó_ o

mediocremente sentimental; el busto de misia Todo-el-Mundo, o los

inevitables animales. Aquí se hacen ver una madona de Trilles, que sale

de lo usual, y un alto relieve de Susillo, del malogrado Susillo, que

se encuentra al paso, aunque no está en el catálogo: _La Oración en el

Huerto_. El pobre Susillo, que se suicidó no hace mucho tiempo, produjo

algunas obras que dicen lo que pudo llegar a ser, a pesar de la sonora

victoria de más de un picapedrero condecorado. Queda suyo poco, pero

que conserva su recuerdo entre los artistas: _La Primera contienda_, en

el Museo de Sevilla, el _Aquelarre_ y algo más de indiscutible fuerza.

Al salir del Salón Amaré no he podido menos de consagrar un recuerdo

al señor Artal, que tanto hace por el arte español en Buenos Aires;

y al propio tiempo, a Carlos Malagarriga, que ha tenido el valiente

patriotismo de decir la verdad a los artistas de su patria respecto

al arte peninsular en la Argentina. No es superior, ni con mucho, la

exposición Amaré, por ahora, a las exposiciones que el señor Artal

ha llevado a cabo, a costa de sacrificios, es decir, perdiendo en

casa de Witcomb. Es el caso, pues, que no se produce nada nuevo ni

sobresaliente, porque el público que compra--que es escaso--no quiere

otra cosa que lo que está acostumbrado a pagar. Lo que no se vende

aquí va a Buenos Aires, en donde, más o menos, se empieza a gustar el

buen arte, y hacen competencia los pintores franceses e italianos.

Los pintores españoles que ciertamente valen--con las excepciones

consiguientes--venden en Europa mismo, o en los Estados Unidos. Esos

son los que buscan sendas no usadas de bello arte, y que, por lo

general, no gustan en su país.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 24 / 24 段