HA escrito el novelista don José María de Pereda una carta a un editor

madrileño que se propone publicar una serie de novelas de autores

americanos, en la cual carta, después de aplaudir la empresa, hace

declaraciones que conviene notar. Desde luego, el desconocimiento

que existe en la Península de todo el movimiento literario de las

repúblicas hispanoamericanas. Después la afirmación de que la novela

americana existe; o más bien, de que hay novelistas americanos a

quienes él pone sobre su cabeza. El desconocimiento de que habla

el célebre escritor montañés es centuplicadamente mayor que lo que

él supone, no sólo en lo que tiene que ver con la literatura, sino

con la vida política y social y aun con la más elemental geografía.

Y no me refiero al vulgo, o gentes de cultura rudimentaria, sino a

personas de valía mundana y hombres de ciencia, artes y letras. Toda

América es _tierra caliente_; lo que si para París es excusable, no lo

puede ser por motivo alguno para el país que nos ha enviado con sus

conquistadores, su habla, su religión, sus buenas cualidades y sus

defectos. He conocido parisiense de París, literato y orientalista,

para quien no tenía secretos el más modesto personaje del Ramayana,

pero que de San Martín y de Bolívar no sabía sino que el uno era un

santo y el otro un sombrerero. La ignorancia española a este respecto

es más o menos como la de un parisiense. Nuestros nombres más ilustres

son completamente extraños. Por lo general, en política, la erudición

llega a Rosas. Diario importante ha habido que al publicar una noticia

de la reciente guerra boliviana la ha encabezado con toda tranquilidad:

_La guerra de Chile_. En la conversación, podéis oir que se confunden

el Brasil, el Uruguay, o el Paraguay con Buenos Aires. Y en literatura,

todo lo nuestro es irremediablemente tropical o cubano. Nuestros poetas

les evocan un pájaro y una fruta: el sinsonte y la guayaba. Y todos

hacemos guajiras y tenemos algo de Maceo. Tal es el conocimiento. No

exagero.

«Introdúzcanse, popularícense aquí las obras literarias de nuestros

consaguíneos de allá, dice amablemente el señor Pereda, y las

corrientes intelectuales de simpatía y de afecto serán dobles y

recíprocas, y, por tanto, más poderosas. Yo me honro con la amistad de

muchos escritores hispanoamericanos, vivo con ellos en frecuente trato

epistolar, y por eso sé lo que en España pensamos de sus respectivas

naciones cuantos aquí las conocemos por sus libros, espejos fieles

de su cultura y de sus tendencias. Hablando sólo de novelistas,

porque solamente de ellos se trata ahora, afirmo sin vacilaciones,

_que cuentan las mencionadas Repúblicas con algunos tan buenos como

los mejores de Europa_, etc». La buena voluntad es manifiesta en el

hidalgo. Él ha querido quizás decir «como los mejores de España»; pero

aun así, la lisonja no pierde su aumento. Desde los tiempos de la

conquista a esta parte, son raros los americanos que han podido ocupar

en España un alto puesto intelectual. Además, los que han figurado

han sido más españoles que americanos, puesto que no han debido su

americanismo más que al azar del nacimiento. Colocar a don Ventura de

la Vega entre los poetas argentinos, vale tanto como incluir entre

los poetas cubanos a José María de Heredia, de la Academia Francesa.

Baralt residió casi toda su vida en España, si mal no recuerdo. El

cardenal Moreno nació en Guatemala; pero el primado no era por cierto

guatemalteco. El general Riva Palacio se mezcló con los españoles;

pero por más que lo intentara, prevalecía el perfume del pulque nativo

ante el olor del jerez adquirido. Su españolismo era de diplomacia.

Los glóbulos de sangre que llevamos, la lengua, los vínculos que nos

unen a los españoles no pueden realizar la fusión. Somos otros. Aun en

lo intelectual, aun en la especialidad de la literatura, el sablazo

de San Martín desencuadernó un poco el diccionario, rompió un poco la

gramática. Esto no quita que tendamos a la unidad en el espíritu de la

raza.

Pero, volviendo a la afirmación del señor de Pereda, y haciendo todos

los esfuerzos posibles para mostrarme optimista, no diviso yo, desde

Méjico hasta el Río de la Plata, no digo nuestro Balzac, nuestro Zola,

nuestro Flaubert, nuestro Maupassant, (¡oh, perdonad!) sino que no

encuentro nuestro Galdós, nuestra Pardo-Bazán, nuestro Pereda, nuestro

Valera. A menos que saludemos a Pereda en el señor Picón Febres, de

Venezuela, y a doña Emilia en la señora Carbonero, del Perú. En todo

el continente se ha publicado, de novela, en lo que va de siglo, y

ya va casi todo, una considerable cantidad de buenas intenciones.

Del copioso montón desearía yo poder entresacar cuatro o cinco obras

presentables a los ojos del criterio europeo. La novela americana no

ha pasado de una que otra feliz tentativa. La _María_ del colombiano

Jorge Isaacs es una rara excepción. Es una flor del Cauca cultivada

según los procedimientos de la jardinería sentimental del inefable

Bernardino. Es el _Pablo_ y _Virginia_ de nuestro mundo. No sé si

Büchner o Molleschott, envió a Isaacs una felicitación entusiasta: y

el sabio Dozy se manifestó conmovido. Dos generaciones americanas se

han sentido llenas de Efraimes y de Marías. Lo cierto es que en esa

ingenua y generosa fabulación hay un indecible encanto humano, de

frescura juvenil y de verdad, que si al llegar al medio del camino de

la vida nos hace sonreir, cuando no nos hace suspirar, en los años

primaverales es un delicioso breviario de amor. Pero fuera de la

_María_ de Isaacs, que el señor Pereda califica con mucha intención

de novela del «género eterno», fuera de ese idilio solitario ¿qué nos

queda? En la República Argentina se ha cultivado la novela. Se ha

cultivado, sí. ¿Y el producto? Saludo con respeto la novela del doctor

López; pero, con muchísimo respeto la coloco a un lado. No me parece

que pueda pretender la representación de la novela americana. Mi pobre

y brillante amigo Julián Martel realizó el plausible esfuerzo de _La

Bolsa_, obra llena de talento, de promesas, de vida, pero _pastiche_.

El autor de los _Silbidos de un vago_ forma con sus novelas un grupo

aparte. Es de lo más valioso en las letras argentinas esa producción

a la diabla, vibrante, valiente, chispeante; pero a la cual falta la

gloria del arte, virtud de inmortalidad. Apoyado por Zola, Antonio

Argerich escribe una novela; otra tentativa. Carlos María Ocantos

escribe novelas absolutamente españolas cuyo argumento se desarrolla

en Buenos Aires. Nos queda una obra de resonancia: _Amalia_ de Mármol.

Quitadle su valor histórico, su alcance político, su base de «episodio

nacional». Encontraréis que el furioso y admirable yámbico resulta

un mediocre novelador. Las novelas de Groussac son novelas europeas

por todo sentido, y la primera razón es que el autor es un europeo.

Grandmontagne con su trilogía realiza, o anuncia, lo que puede ser

mañana la novela argentina. Para mí el primer novelista americano o

el único hasta hoy ha sido el primer novelista argentino: Eduardo

Gutiérrez. Ese bárbaro folletín espeluznante, esa confusión de la

leyenda y de la historia nacional en escritura desenfadada y a la

criolla, forman, en lo copioso de la obra, la señal de una época en

nuestras letras. Esa literatura gaucha es lo único que hasta hoy

puede atraer la curiosidad de Europa: ella es un producto natural,

autóctono, en su salvaje fiereza y poeta va el alma de la tierra. El

poeta de ese momento embrionario es Martín Fierro, y en esto estoy

absolutamente de acuerdo con el señor de Unamuno.

Chile ha tenido también cultivadores, pero ninguno de los que han

pretendido hacer novela chilena ha vencido al viejo Blest Gana.

Sin embargo, Blest Gana, escritor sin estilo, fabulador de poco

interesantes intrigas, está ya casi olvidado. Su novela no es la

novela americana. Surge ahora en Chile un talento joven que es firme

esperanza; ha demostrado la contextura de un novelista de base

nacional, sostenido por la precisa cultura, la necesaria cultura, sin

la cual nada será posible; me refiero al hijo de Vicuña Mackenna, a

Benjamín Vicuña Mackenna Subercasseaux, de nombre un poco largo para

nombre de autor. Del Perú no conozco novelista nombrable, aunque hay

buenos cuentistas entre los jóvenes literatos, lo que no es poco.

Ricardo Palma ha podido realizar una obra que habría completado su

fama de tradicionista: la novela de la colonia. Lo propio el boliviano

Julio L. Jaimes, cuyas reconstrucciones del buen tiempo viejo de Potosí

demuestran su maestría en esos asuntos. Venezuela ha tenido novelistas

locales, cuya obra total se esfuma ante un solo cuento de Díaz

Rodríguez. Este escritor podría darnos la novela venezolana, americana;

pero se queda en su jardín de cuentos, de innegable filiación europea.

En Colombia los que han escrito novelas forman legión. Colombia es el

país de la fecundidad, en talento, en mediocridad, en todo. Por algún

lado allá todo el mundo es Tequendama. Pues entre toda la balumba de

novelas colombianas tan solamente florece para el mundo, orquídea única

de esos tupidos bosques, la caucana _María_. Últimamente un escritor de

combate, artista leonino, _malgré lui_, ha escrito una novela-poema,

con la inevitable mira política. Hablo de Vargas Vila. En Centro

América sólo hay dignos de cita José Milla, autor de varias curiosas

novelas de argumento colonial, escritor de ingenio muy castizo,

_persona grata_ seguramente al señor de Pereda; Salazar y Enrique

Gómez Carrillo, todos guatemaltecos de nacionalidad, pero el primero,

fruto legítimo de España, el segundo saturado de Alemania, el tercero

parisiense de adopción y vecino del Boul' Mich. En Méjico, como en

Colombia muchos novelistas han surgido, desde Altamirano hasta Gamboa;

pero la novela mejicana se espera aún.

Ya ve el señor de Pereda que su bondad es un tanto abultadora. Nuestro

organismo mental no está constituído todavía, y si en lírica podemos

presentar dos o tres nombres al mundo, toda la novela americana

producida desde la independencia de España hasta nuestros días no vale

este solo nombre, por otra parte poco simpático para mí: Benito Pérez

Galdós.

* * * * *

Una novela americana acaba de publicarse en Madrid, de la cual quiero

hablar a los lectores de _La Nación_. _Todo un pueblo._ Su autor es

Miguel Eduardo Pardo, venezolano, residente en París, y que ha vivido

por algún tiempo en esta Corte. El libro es una obra de bien y de

valor. Alguien ha dicho que en vez de llamarse _Todo un pueblo_,

debería ser _todo un continente_. En efecto, con la excepción de los

dos pueblos cuerdos que van a la cabeza de la América española, el

resto puede reclamar como retrato propio el libro de Pardo. Se trata

del famoso _South America_, un _South America_ que se extiende hasta

la frontera de los Estados Unidos. Yo no sé si su autor ha querido

ponernos a la vista su Venezuela; pero por más de un retrato hecho

a lo vivo, se sacaría por consecuencia que sí. Mas lo que pasa en

las doscientas y tantas páginas del libro puede tener por escenario

más de un país americano que conozco. Es la lucha del espíritu

de civilización con un estado moral casi primitivo que permite el

entronizamiento del caudillaje en política, del fanatismo en religión,

y en lo social de una vida, o retardada en la que confina con la

choza de antes, o advenediza hasta producir ese fruto de exportación

único y de legítima procedencia hispanoamericana: _el rastaquouere_.

En este libro de literato hay el pensamiento de un sociólogo. La

tragedia que anima la narración tiene por escenario un pedazo de esas

Américas cálidas, con sus ciudades semicivilizadas y sus campañas

pletóricas de vida, sembradas de bosques en que impera la más bravía

naturaleza y en donde se refugia el alma del indio, el alma libre

del indio de antaño, afligida de la opresión y decaimiento de los

restos de tribus del indio de ahora. Y es la preponderancia de los

descendientes de los conquistadores, de los mestizos enriquecidos; el

producto de la raza de los aventureros y hombres de presa que llegaron

de España y la raza indígena, que dió por resultado «una sociedad sin

génesis bien esclarecido», que tuvo como las sociedades europeas su

aristocracia, su clase media y su plebe. La primera, más anémica y

por ende menos copiosa que la abundante clase media, engendró seres

degenerados y enclenques los cuales seres, creyendo a pie juntillas

en su alcurniada descendencia, se proclamaron de la noche a la

mañana raíces, ramas, flores y capullos de aquellos árboles egregios

que fueron orgullo genealógico del pueblo que por casualidad hizo

nido en las montañas de la egregia Villabrava. Villabrava, como he

dicho, puede estar en la república americana que el lector guste. En

política es esa interminable serie de revueltas, motines, asesinatos,

pandillajes, asonadas, pronunciamientos; los feroces coronelotes zambos

y los crueles generalotes indios; el aventurero que logra en países

semejantes altos puestos públicos, a fuerza de habilidad y audacia;

los oradores de oratoria rural, los diputados fantoches y guapetones,

¡y _La Patria! ¡La Libertad! ¡El 93! ¡Los derechos del hombre!_ la

Prensa grotesca, adulona o de presa; los distinguidos personajes que

rodean a su excelencia; la policía de verdugos; los vicios desbragados

al son de las bandas palaciegas... ¡oh!, es eso de un pintoresco de

opereta que mezcla lo terrible con lo bufo. Pues bien, de eso hay

mucho en el decorado de la obra de Pardo; y en el fondo el problema

de la regeneración, o mejor, de la verdadera civilización de esas

comarcas. Claro es que en la fábula debía haber su llama de amor, y

la hay; es la lámpara que arde en su pureza entre las agitaciones del

cómico y sangriento carnaval. Pardo es escritor de prosa violenta, algo

desenfadada, pero se ve que ama el arte por los lujos verbales que

ostenta el caballo en que un duque puede entrar en la iglesia, lleva

herraduras de plata. Sobre las rocas de su tierra deja un reguero de

bellas chispas.

[Ilustración]

LA CRÍTICA

[Ilustración]

Madrid, 1899.

HACE algún tiempo decía Leopoldo Alas: «En literatura estamos muy

mal. Muchos no lo notan siquiera, o porque su grosera naturaleza no

da importancia a lo espiritual, no siendo de interés egoísta, o por

falta de gusto y de inteligencia; otros sí lo notan... pero quieren

_ganar amigos_, no perderlos, y hacen como si creyeran que todo va

perfectamente. Censuras generales, anodinas, que no ponen el dedo en

la llaga ni comprometen, eso sí; todo lo que se quiera. Pero censura

directa, concreta, _personal_, con motivo de este autor, de esta obra

¡oh! nadie se atreve. Hablo de la censura bien intencionada, imparcial,

desapasionada, por amor al arte. No llamo censura a los gritos del

rencor, de la enemistad, de la burla baladí, que todo lo mancha y

pisotea por dar que reir a los malvados, a los imbéciles y a los

envidiosos. Ruindades y cascabeles de bufón inmoral, casi inconsciente

en sus injusticias de Momo, no faltan. Alardes de procaz insulto, de

falta de respeto a ideas y legítimas autoridades, abundan; pero eso

¿qué tiene que ver con la crítica honrada, concienzuda, edificante?»

El señor Alas se refiere, como veis, a la crítica que censura; yo

encuentro iguales o más lamentables tachas en la crítica que quisiera

tender a sociológica; en la crítica que admira. Pero ante todo,

¿existe la crítica española? Un amigo escritor me contestaba:

«Crítica, no hay; hay críticos.» Desde mi llegada he buscado en libros

y periódicos alguna manifestación nueva. Los pocos reconocidos como

maestros callan, o porque los órganos principales no solicitan sus

opiniones o porque el desencanto les ha poseído. Valera prefiere volver

a la novela; Balart hacer versos de cuando en cuando; _Clarín_, el más

militante de todos, escribe paliques en vez de ensayos, porque los

paliques se los entienden. En las publicaciones de cierta autoridad,

revistas e ilustraciones, ejercen unos cuantos veteranos anónimos,

cuyas palabras no encuentran el más débil eco; extraen sus pensares de

antiguas alacenas, los exponen a propósito de cualquier tópico y los

vuelven a guardar. Los hay que tienen cierto nombre como eruditos en

materias especiales; pero a uno de éstos he visto juzgar en la revista

más seria de España, y en cuatro líneas, como obra mediana y de autor

_que promete_, el magistral _Del Plata al Niágara_--de Groussac--, y

deleitarse en el espacio de dos o tres páginas con cualquier producto

nacional, que entre nosotros apenas lograría ser mencionado en la

sección bibliográfica de un diario.

Ciertamente, de Larra a estos tiempos, la crítica en España ha tendido

a salir de la estrechez formalista y utilitaria. Quedan rezagos de

la época hermosillesca y dómines tendenciosos, a quienes mataría

una ráfaga de aire libre. Las pocas figuras sobresalientes en la

mediocridad común han conseguido hacer entrar alguna luz tras muchos

esfuerzos; pero esos rayos quedan aislados. La crítica tiene que

encogerse, tiene que rebajarse para ser aceptada. No se demuestra la

voluntad de pensar, en ninguna clase de muntales especulaciones. Y Luis

Taboada dice una corrosiva verdad--que me permito creer de terrible

intención--cuando afirma que en España entre «el señor de Ibsen» y

él, él. Así os explicaréis que _Clarín_ siga en una incontenible

exuberancia de paliques, y que ese grotesco y distinguido gramático de

Valbuena tenga lectores.

Hay que advertiros que en revistas y diarios, apartando los nombres

célebres que conocéis, todo escritor, malo o bueno, es crítico. La

tendencia que entre nosotros se acentúa, y que en todo país culto es

hoy ley del especialismo, es aquí nula. Todo el mundo puede tratar

de cualquier cosa con un valor afligente. ¿Hay que dar cuenta de una

exposición artística, que juzgar a un poeta o a un músico, o a un

novelista?--El director de la publicación confiará la tarea al primero

de los _reporters_ que encuentre. Aquí no hay más especialistas que

los revisteros de toros; los cuales revisteros también hacen crítica

teatral, o lo que gustéis, con la mayor tranquilidad propia del público.

Pero hay autoridades notorias. Ante todo Menéndez Pelayo, cuyas

preocupaciones de ortodoxia no han impedido que sea el más amplio al

mismo tiempo que el más sólido criterio de la literatura española en

este siglo. Es una vasta conciencia, unida a un tesón incomparable.

Hace algunos años he tenido ocasión de tratarle íntimamente, cuando

vivía en su departamento del hotel de Las Cuatro Naciones. Hacía vida

mundana, no faltaba a las reuniones de sociedad; tenía su cátedra;

y sin embargo, le sobraba tiempo para escribir en varias revistas,

informarse de los libros en cuatro o cinco idiomas, que llegaban

del extranjero, y proseguir en su labor propia, en la producción de

tanta obra saturada de doctrina, maciza de documentación, imponente

de saber y de fuerza. Es el enorme trabajador de los _Heterodoxos_ y

de las _Ideas estéticas_. Creo que abandonó su antiguo proyecto de

escribir una Historia de la literatura española. Su labor realizada

vale verdaderos tesoros, que son desde luego más estimados en su justo

valer en el extranjero que en España; fuera se pesan su ciencia y su

conciencia; aquí se admira su fetiche, y se le coloca entre varias

beneméritas momias.

Entregado a estudios universales, a labores de dificilísima erudición,

la crítica de Menéndez Pelayo no se aplica a la producción actual, como

no sea a trabajos que tengan relación con sus señaladas disciplinas.

Encerrado en la Biblioteca Nacional, cuyo director es, continúa en sus

tareas benedictinas, lejos de las agitaciones cuotidianas y en relación

tan sólo con los eruditos y sabios de otros países.

Don Juan Valera, en sus últimos años, ha vuelto a la novela. No se lee

más aquella sabrosa crítica suya en que las ideas expresadas no tenían

tanto valor como la manera de expresarlas. No es esto decir que el

famoso trabajo sobre el Romanticismo en España, o sobre el _Quijote_,

carezca de vigor ideológico; pero su manera, que desenvuelve tan

gratamente las más sutilísimas complicaciones, ha sido el principal

distintivo de su excepcional talento. Su cultura es mucha, y posee esa

cosa hoy muy poco española en el terreno de la crítica: distinción.

Lo cual no obsta a que a través de la trama de sus discursos aparezca

cierta fina malignidad, un buen humor picaresco, que suele dar a los

más calurosos elogios una faz de burla. Y esto es de tal modo, que los

enconados o los envidiosos suelen ver aún en los más sinceros aplausos

de don Juan, un sentido oculto y desventajoso para los que él cree

dignos de su alabanza.

Lo cierto es que tiene singular habilidad para manejar contradicciones

y recrearse recreando con paradojas. Teje alrededor de una idea

complicadas redes, traza ingeniosos laberintos en donde él camina con

toda holgura y sin peligro, mientras sus lectores poco avisados caen en

la trampa o juzgan salir del enredo cuando más en él se internan. Y no

obstante, yo creo en la lealtad de sus opiniones. A este respecto le

encuentro mucho de semejante con Anatole France.

Leopoldo Alas, o sea _Clarín_, ha sufrido la imposición de un público

poco afecto a producciones que exijan la menor elevación intelectual.

_Clarín_ ha demostrado ser un literato de alto valer, un pensador

y un escritor culto, en libros y ensayos que fuera de su país han

encontrado aprecio y justicia; mientras los lectores españoles no han

podido sino gustar sus cualidades de satírico, obligándole así a una

inacabable serie de charlas más o menos graciosas, en que, para no caer

en ridículo, tiene que desperdiciar su talento ocupándose generalmente

de autores cursis, de prosistas hueros y poetas «hebenes». Taboada en

el Parnaso. Y ese es el autor de páginas magistrales como sus antiguas

_Lecturas_, o su ensayo sobre _Baudelaire_, o el de _Daudet_ y tantos

otros. En América se tiene por esto una idea falsa de Leopoldo Alas.

Este es un hombre serio: desde hace mucho tiempo doctor en derecho

y profesor de Oviedo, y entregado siempre a lecturas graves y poco

risueñas. Mas tiene que reir y hacer reir a tontos y a malignos, so

pena de no colocar sus estudios de médula y enseñanza: pues como lo

acaba de decir un diario--_El Liberal_--, el «_Madrid Cómico_ va en

camino de ser el primer periódico literario de España». Claro está que

el señor Alas escribe esos artículos con una precipitación febril que

se ve claramente en cada uno de ellos, y así se explica que algunas dos

veces haya confundido en el _Madrid Cómico_ a Richepin con... Montepín,

y haya hecho la célebre comparación entre Flaubert, Eberts y Anatole

France, con el Valera de _Morsamor_. _Clarín_, pues, actualmente, no

escribe crítica, como no sea para el extranjero. ¡Aquí, lo que pagan

bien son paliques: pues paliques!

El señor Balart también hace mucho tiempo que no critica. Este

escritor, cuya fama de poeta ha oscurecido su renombre de crítico, ha

sido comparado con Lemaître y France a título de impresionismo. En mi

entender, no ha habido en el señor Balart más que una nueva faz del

eterno pedagogo autoritario, que se conmueve reglamentariamente y falla

en última instancia sobre todas las estéticas; y así como su censura

es estrecha, su elogio es desmesurado. Se le ve en ocasiones pasar

impasible ante una manifestación artística, ante una idea llena de

novedad y de belleza, y cantar los más sonoros himnos a la mediocridad

apadrinada, o a lo que por algún lado halaga sus tendencias personales,

sus propios modos de ver. Se celebran sus críticas de arte, y jamás

ha demostrado en tales asuntos sino la más completa chatura, la

«flatitud» de un criterio áptero, impermeable a toda onda de arte puro.

Viene de los antípodas de un Ruskin. Yo no me explico la conquista

de su autoridad a este respecto sino por la falta de competencias y

por la inconmovilidad con que la mayoría se deja imponer toda suerte

de pontificados. La misma minoría intelectual no protesta sino en

voz baja, y, sin fuerzas tampoco para poder imponerse, deja que la

corriente siga.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 21 / 24 段