_Purgatorio_, ninguno el _Paradiso_. También al margen está la versión
española en prosa; según Schiff, la misma mano que escribió los
comentarios escribió la traducción. Por lo demás, la letra del marqués
de Santillán se reconoce en notas marginales y apostillas. El traductor
es de una fidelidad que llega al calco; con los elementos de entonces,
el marqués de Santillán tenía la misma «teoría del traductor» del
general Mitre. Es una versión la suya al pie de la letra; y a veces la
prosa sigue el ritmo del verso y aun el consonante. Como curiosidad,
copiaré algo del canto primero.
«Principia el actor Dante:
»1. En el medio del camino de nuestra vida, me fallé por una espesura o
silva de árboles oscura en do el derecho camino estaba amatado.
»2. E quanto a dezir qual era es cosa dura, esta selva salvaje áspera e
fuerte, que pensando en ella renueva mi miedo.
»3. Tanto era amargo que poco más es la muerte; mas por contar del
bien que yo en ella fallé diré de las otras cosas que a mi ende fueron
descubiertas».
Y más adelante:
«27. Pues eres tú aquel Virgilyo y aquella fuente que espandyo de
fablar tan largo río, respondí yo a él con vergonosa fruente.
»28. O de los otros poetas honor e lumbre. Válame agora el luengo
estudio e gran amor que me fiz buscer los tus libros.
»29. Tú eres el mi maestro y el mi actor, tú eres sólo aquel del qual
yo tomé el fermoso estilo que ma fecho honor».
Y en el pasaje de Ugolino:
«1. La boca se levantó de la fiera viendo aquel pecador... etc».
Algunas veces, la mala copia del escribiente italiano hace cometer a
don Enrique de Villena equivocaciones y traduce una cosa por otra. Pero
en todo caso, su traducción es de un inmenso precio, no solamente para
los eruditos, sino también para los críticos y poetas. Allí se ve el
verdadero valor de ciertas palabras correspondientes a la expresión
dantesca, y la necesidad de emplear hoy ciertos arcaísmos eficaces para
transparentar la fuerza o la gracia del divino poema.
Pero dejaré para otra carta algunos de los principales trabajos de que
consta el Homenaje a Menéndez Pelayo, pues hablar de todos es poco
menos que imposible en el espacio de que dispongo y dada la índole de
estas informaciones.
Sobresalen en el copioso homenaje a Menéndez Pelayo otros trabajos
de importancia. Con una corta introducción en latín, publica el
sabio Boehmer cuarenta cartas de Alonso de Valdés, todas inéditas:
_Alfonsi Valdesii litteras XL ineditas--Marcellino, Immo Marcello--De
vicennalibus cathedrae gratulabundus--Trans partium fines offert--E
clara valle Getmanie Eduardus Boehmer_. Es un verdadero regalo de
erudito. Algo inédito, aunque de un valor relativo, ofrece el señor
Serrano y Sanz; dos canciones de Cervantes, que no tienen otro mérito
que la procedencia, y el haber sido escritas en ocasión famosa, cuando
la pérdida de la Armada. Comienza la primera:
Vate fama veloz las prestas alas,
rompe del Norte las cerradas nieblas,
aligera los pies, llega y destruye
el confuso rumor de nuevas malas,
y con tu luz desparce las tinieblas
del crédito español que de ti huye, etc.
Y la segunda:
Madre de los valientes de la guerra,
archivo de católicos soldados,
crisol donde el amor de Dios se apura,
tierra donde se ve que el cielo entierra
los que han de ser al cielo trasladados
por defensores de la fe más pura, etc.
Persona de mucha erudición es el señor don Ramón Menéndez Pidal, uno de
los organizadores del homenaje. Contribuye con nutridas notas para el
Romancero del conde Fernán González, y da la agradable noticia de que
en breve tratará tan importante materia el insigne don Marcelino.
Un arabista de nota, don Francisco Pons, trata de dos obras
importantísimas del polígrafo árabe Aben Hazan. La una lleva por
título: _Collar de la paloma acerca del amor y los enamorados_, y es,
nos dice el expositor, una guía completa de estrategia erótica para
cuantos aspiran a los lauros del triunfo en las contiendas amorosas.
El único ejemplar que hoy se conoce de dicha obra, se halla en la
biblioteca de la Universidad de Leyden. La otra es el _Libro de las
Religiones y de las Sectas_.
Es muy alabado entre autoridades competentes el trabajo que aporta don
Eduardo Hinojosa: _El Derecho en el poema del Cid_. Es curiosa labor,
y se necesita ciertamente gran paciencia de estudioso y amor a estas
disciplinas para realizarla. En ella están expuestos los episodios del
_Poema_ que se relacionan con el Derecho, y se estudia la obra toda en
lo que tiene que ver con lo jurídico.
Don Cristóbal Pérez Pastor comunica datos desconocidos para la Vida de
Lope de Vega. Ellos vienen a aumentar los que el mismo Menéndez Pelayo
descubriera no ha mucho, y que, según dicen, le pusieron en conflicto
con la Real Academia. Parece que Lope resulta varón demasiado alegre en
su vida privada, y el director de la edición monumental de sus obras
cree que todo debe publicarse, así el ilustre fraile aparezca un poco
galeoto y otro poco libidinoso. El conde de la Viñaza nos habla de
dos libros inéditos del maestro Gonzalo Correas, autor de que trata
escasamente Nicolás Antonio en su _Bibliotheca Hispana Nova_. Se trata
de un eminente estudioso, tocado de reforma ortográfica, y antecesor,
por lo tanto, del distinguido señor Kabezón, de Valparaíso, como se
verá por esta cita: «De la arte mía Griega ia se tiene esperienzia
en esta universidad; aora va mexorada i en romanze i kon la perfeta
ortografía kastellana...»
De otra obra inédita escribe la señora Michaelis de Vasconcellos,
escritora portuguesa. Es un manuscrito perteneciente a la biblioteca
del señor Fernando Palha: _Tragedia de la insigne reyna doña Isabel_,
por el condestable don Pedro de Portugal. La eminente lusitana
prueba su largo saber y su fineza de criterio en sus observaciones y
comentarios al valioso códice cuatrocentista. Un buen estudio es el de
Toribio del Campillo acerca del _Cancionero de Pedro Marcuello_; es un
homenaje al mismo tiempo al sapiente y laborioso aragonés Latassa, que
enalteciera tanto las letras en su región. Cierra el primer volumen don
Juan García, tratando de antigüedades montañesas, aborígenes, cuevas,
dólmenes y etimologías de la provincia en que se asienta Santander.
La duquesa de Alba es muy amiga de Menéndez Pelayo. Supo ella que
se trataba de este homenaje y alentó al señor Paz y Melia, para que
ampliase un estudio comenzado sobre la Biblia llamada de la Casa de
Alba, o sea la traducción hecha por Rabi Mosé Arragel de Guadalfajara.
La versión fué hecha por pedido del maestre de Calatrava don Luis de
Guzmán. El señor Paz y Melia narra, apoyado en curiosa documentación,
la génesis de la obra, y los afanes del judío traductor, que no se
resolvió a llevar a término su empresa sino casi obligado por el señor
cuyo vasallo era. Es de inestimable mérito este estudio bibliográfico,
y habría sido de gran valor para el bibliógrafo que en una sabia
revista francesa acaba de publicar una monografía acerca de _Las
Biblias españolas_.
Llaman «el Menéndez Pelayo de Cataluña» a don Antonio Rubio y Lluch,
eminente amigo mío de quien hace algunos años hablé en _La Nación_,
con motivo de sus traducciones de novelas griegas contemporáneas.
Hay, en efecto, entre ambos muchos puntos de semejanza. Los dos,
compañeros en los primeros estudios, han tenido igual tesón en sus
preferidas tareas; los dos han seguido idénticos rumbos; los dos son
ortodoxos y conservadores; los dos profesores de Universidad, y los dos
poseen dotes cordiales y de carácter que les hacen ser queridos por
compañeros, discípulos y amigos. Rubio ha querido esta vez ofrendar a
su ilustre colega un estudio sobre la lengua y cultura catalanas en
Grecia en el siglo XIV. La preparación de Rubio en tal asunto puede
asegurarse que es única. Conoce entre otras cien cosas, admirablemente,
el griego antiguo y el griego moderno: ha dedicado largos años de
su vida a profundizar sus investigaciones en archivos y bibliotecas
nacionales y extranjeros, y su reciente viaje a Grecia es una
conmovedora odisea en la historia de su vida tranquila y laboriosa. He
oído la narración de sus propios labios, cuando al pasar por Barcelona
tuve el gusto de recibir su amable visita. Cuando le vi entrar, no le
reconocí. Está casi ciego, y esta es la parte trágica del episodio.
Contóme como había realizado un viaje a su amada Hélade, enviado por
la Diputación provincial barcelonesa. Iba lleno de ideas y de bellos
sueños artísticos, y con la ardiente voluntad de dedicarse a sus duras
labores de investigación en los archivos atenienses, cuando, al llegar,
repentinamente, sin causa reconocida, siente que todo se le hace
sombra, ¡que está ciego! Volvió a su patria y pudo ver escasamente, con
un ojo; y, así, cuando más necesitaba de luz, volvió a Grecia, trabajó
allá con inaudito valor, a riesgo de quedar definitivamente ciego,
recogió los datos que pudo, y retornó a Barcelona, en donde poco a
poco lleva a cabo la obra monumental que ha de ser entre las suyas la
que más contenga de su inteligencia y de sus probados esfuerzos. Un
corto fragmento de esa obra, según tengo entendido, es lo que en el
homenaje aparece ofrecido a su fraternal amigo Marcelino.
Si no existen en España sociedades como las dantescas en Italia y
las shakespearianas en Inglaterra, individualmente, el cervantismo
tiene muchos cultivadores. Hubo un tiempo en que los comentarios y
exégesis del _Quijote_ y los temas referentes a Cervantes, llegaron a
convertirse en inocente manía.
No pertenece a ese género la contribución del señor Eguilaz y Yanguas,
notas etimológicas que aclaran y explican algunas palabras usadas por
el autor del Ingenioso Hidalgo. Muchos conocimientos lingüísticos
revela el señor Eguilaz; pero no he podido menos que recordar a mi
querido amigo el doctor Holmberg, en su célebre arenga sobre la
filología del profesor Calandrelli, cuando el erudito español afirma
muy seriamente que la palabra _ajedrez_ se deriva de la voz sánscrita
_chaturanga_.
El ilustre Federico Wolff envía desde Suecia un capítulo sobre las
Rimas de Juan de la Cueva, primera parte; y ofrece a su «querido
colega» una canción inédita del desventurado poeta. J. de Hann,
desde el colegio de Bryn Mawr, en Pensilvania, escribe con erudición
insuperable y en un castellano castizo sobre un tema que en la misma
Península apenas cuenta en lo moderno con las páginas documentadas de
Cotarelo y los escritos antropológicos de Salillas. Míster Hann diserta
sobre _Pícaros y Ganapanes_.
Se ocupa en un notable estudio de la filosofía de Raimundo Lulio,
don Julián Ribera, relacionando los orígenes de las doctrinas del
célebre mallorquín, con los trabajos análogos de un filósofo árabe,
Mohidin, sobre el cual discurre dilatadamente, también en este mismo
volumen, don Miguel Asin. Extensa es asimismo la monografía del señor
Lomba sobre el rey Don Pedro en el teatro, y de un mérito aquilatado
entre eruditos lo que ha remitido el insigne Hübner acerca de los
más antiguos poetas de la Península. Es de llamar la atención cómo
demuestra este sabio que el nacimiento no significa nada para la
nacionalización de un hombre ilustre. Séneca, Quintiliano, Pomponio
Mela, Columela y Marcial, naturales de España, no son españoles
sino romanos. Un autor inglés, dice, nacido casualmente en Bombay o
en Calcuta no forma parte de la literatura india. Así en nuestros
días José María de Heredia es un poeta francés y no cubano, o
hispanoamericano. Hübner se refiere en su trabajo, pues, a los poetas
que en lo antiguo escribieron en tierra española y cita dísticos o
composiciones más largas latinas, que ha copiado de epitafios y otras
inscripciones.
El doctor don Roque Chabas, canónigo de la catedral de Valencia,
demuestra, con documentos irrefragables, que la condenación de las
obras de Arnoldo de Vilanova fué hecha con injusticia, apasionadamente
y con violación de las prescripciones canónicas. No es la primera
vez que el doctor Chabas se ocupa en el famoso teólogo, de quien
dice Menéndez Pelayo que es «varón de los más señalados en nuestra
historia científica y aun en la general de la Edad Media». Ya antes
había publicado, en el _Boletín de la Real Academia de la Historia_,
el testamento de Arnoldo, de lo que habló el _Journal des Savants_. El
doctor Chabas es espejo de constancia y laboriosidad en tan difíciles
empresas, pero su talento y su buena suerte le hacen lograr verdaderos
triunfos, como el hallazgo que acaba de tener. Es algo de tal
importancia, que ha de hacer mucho ruido en el mundo de las academias y
de los eruditos y trabajadores de la historia. _La Nación_ es el primer
periódico que da la noticia, pues en la Península no se ha publicado
aún nada a este respecto. El doctor Chabas ha encontrado en un archivo
valenciano--creo que en el de la Metropolitana--hasta unas cuarenta
cartas de la familia Borgia, o Borja, en tiempo del pontificado de
Alejandro VI. El texto de ellas vendría a afirmar de nuevo la exactitud
de la singular vida de sensualidad y de escándalo que imperaba en la
corte vaticana y en la familia que produjo al duque de Gandía y al raro
César, tan maravillosamente retratado en versos de Verlaine. Quedará,
pues, por tierra toda la labor de Gregorovius, lo que no es poco. Hay
una carta, de un picor especial, en que Lucrecia, donna Lucrecia,
comunica que «papá» está enojado, porque el joven César no se preocupa
mucho de cumplir con sus obligaciones nupciales... Y otras de un
inestimable precio.
Me han dicho que el obispo de Valencia quiso prohibir al doctor Chabas
la publicación de tan reveladores documentos. Este se dirigió al
cardenal Sancha exponiéndole el caso, e igual cosa hizo con el Padre
Santo. Tanto su eminencia como León XIII, le han autorizado, según
tengo entendido, para que haga la publicación, estimando que ello no
trae consigo ningún menoscabo a la religión y a la verdadera fe y
moral cristianas. Ambos han demostrado con esto que estamos ya muy
lejos de cuando un fundador de Universidad, el gran cardenal Ximénez
de Cisneros, mandaba quemar códices árabes, como Zumárraga códices
mejicanos.
Pío Rajna contribuye con algunas observaciones topográficas sobre
la _Chanson de Roland_, escritas en italiano; largamente se ocupa
de la jurisdicción apostólica en España y el proceso de don Antonio
Covarrubias D. P. de Hinojosa; y Antonio Restori envía desde Italia un
curioso y ameno escrito acerca de un cuaderno de poesías españolas,
que perteneció a donna Ginevra Bentivoglio. Casi un verdadero libro
dedica el señor Rodríguez Villa a don Francisco de Mendoza, almirante
de Aragón. El marqués de Jerez envía a su amigo Menéndez Pelayo unas
cuantas papeletas bibliográficas. Don Juan Catalina García escribe
sobre el segundo matrimonio del primer marqués del Cenete, cuya
narración es de tal manera interesante, que parece la fabulación
intrincada y sentimental de una novela; con el aditamento de detalles
ultranaturalistas que claman por el latín. Otro escritor italiano,
Alfonso Miola, diserta sobre _Un Cancionero manoscritto brancacciano_.
Muy importante para arqueólogos y estudiosos de historia es el
tratado de Iliberis, o examen de los documentos históricos genuinos
iliberitanos, por el señor Berlanca. El señor Rodríguez Marín se
refiere a _Cervantes y la Universidad de Osuna_ en un copioso escrito.
Don Pedro Roca ha ofrecido una muy erudita monografía sobre el
origen de la Academia de Ciencias; y don José María de Pereda cierra
pintorescamente esta fuerte labor de sabios con una narración: _De cómo
se celebran todavía las bodas en cierta comarca montañosa enclavada en
un repliegue de lo más enriscado de la cordillera_.
Tal ha sido el regalo que se ha hecho, a los veinte años de cátedra, al
moderno Erasmo español, a quien bien sienta el caluroso elogio de Justo
Lipsio: _O magnus decum hispanorum!_
[Ilustración]
EL MODERNISMO
[Ilustración]
28 de noviembre.
PUEDE verse constantemente en la Prensa de Madrid que se alude al
modernismo, que se ataca a los modernistas, que se habla de decadentes,
de estetas, de prerrafaelistas con s, y todo. Es cosa que me ha llamado
la atención no encontrar desde luego el menor motivo para invectivas
o elogios, o alusiones que a tales asuntos se refieran. No existe en
Madrid, ni en el resto de España, con excepción de Cataluña, ninguna
agrupación, _brotherhood_, en que el arte puro--o impuro, señores
preceptistas--se cultive siguiendo el movimiento que en estos últimos
tiempos ha sido tratado con tanta dureza por unos, con tanto entusiasmo
por otros. El formalismo tradicional por una parte, la concepción
de una moral y de una estética especiales por otra, han arraigado
el españolismo que, según don Juan Valera, no puede arrancarse «ni
a veinticinco tirones». Esto impide la influencia de todo soplo
cosmopolita, como asimismo la expansión individual, la libertad,
digámoslo con la palabra consagrada, el anarquismo en el arte, base de
lo que constituye la evolución moderna o modernista.
Ahora, en la juventud misma que tiende a todo lo nuevo, falta la
virtud del deseo, o mejor, del entusiasmo, una pasión en arte, y
sobre todo, el don de la voluntad. Además, la poca difusión de los
idiomas extranjeros, la ninguna atención que por lo general dedica la
Prensa a las manifestaciones de vida mental de otras naciones, como
no sean aquellas que atañen al gran público; y después de todo, el
imperio de la pereza y de la burla, hacen que apenas existan señaladas
individualidades que tomen el arte en todo su integral valor. En una
visita que he hecho recientemente al nuevo académico Jacinto Octavio
Picón, me decía este meritísimo escritor: «Créame usted, en España nos
sobran talentos; lo que nos falta son voluntades y caracteres».
El señor Llanas Aguilaniedo, y uno de los escasos espíritus que en
la nueva generación española toman el estudio y la meditación con la
seriedad debida, decía no hace mucho tiempo: «Existen, además, en este
país cretinizado por el abandono y la pereza, muy pocos espíritus
activos; acostumbrados--la generalidad--a las comodidades de una vida
fácil que no exige grandes esfuerzos intelectuales ni físicos, ni
comprenden, en su mayoría, cómo puede haber individuos que encuentren
en el trabajo de cualquier orden un reposo, y al propio tiempo un
medio de tonificarse y de dar expansión al espíritu; los trabajadores,
con ideas y con verdadera afición a la labor, están, puede decirse,
confinados en la zona Norte de la Península; el resto de la nación,
aunque en estas cuestiones no puede generalizarse absolutamente,
trabaja cuando se ve obligado a ello, pero sin ilusión ni entusiasmo».
En lo que no estoy de acuerdo con el señor Llanas, es en que aquí se
conozca todo, se analice y se estudie la producción extranjera y luego
no se la siga. «Sin duda, dice, no nos consideramos elevados a una
altura superior, y desde ella nos damos por satisfechos con observar lo
que en el mundo ocurre, sin que nos pase por la imaginación secundar el
movimiento».
Yo anoto. Difícil es encontrar en ninguna librería obras de cierto
género, como no las encargue uno mismo. El Ateneo recibe unas cuantas
revistas del carácter independiente, y poquísimos escritores y
aficionados a las letras están al tanto de la producción extranjera. He
observado, por ejemplo, en la redacción de la _Revista Nueva_, donde
se reciben muchas buenas revistas italianas, francesas, inglesas, y
libros de cierta aristocracia intelectual aquí desconocida, que aun
compañeros míos de mucho talento, miran con indiferencia, con desdén,
y, sin siquiera curiosidad. Demás decir que en todo círculo de jóvenes
que escriben, todo se disuelve en chiste, ocurrencia de más o menos
pimienta, o frase caricatural que evita todo pensamiento grave. Los
reflexivos o religiosos de arte, no hay duda, que padecen en tal
promiscuidad.
Los que son tachados de simbolistas no tienen una sola obra simbolista.
A Valle Inclán le llaman decadente porque escribe en una prosa
trabajada y pulida, de admirable mérito formal. Y a Jacinto Benavente,
modernista y esteta, porque si piensa, lo hace bajo el sol de
Shakespeare, y si sonríe y satiriza lo hace como ciertos parisienses
que nada tienen de estetas ni de modernistas. Luego, todo se toma a
guasa. Se habló por primera vez de estetismo en Madrid y, dice el
citado señor Llanas Aguilaniedo: «funcionó en calidad de oráculo la
_Cacharrería_ del Ateneo, donde se recordó a Oscar Wilde... Salieron
los periódicos y revistas de la Corte jugando del vocablo y midiendo
a todos los idólatras de la belleza, por el patrón del fundador de la
escuela, abusándose del tema, en tales términos, que ya, hasta los
barberos de López Silva consideraban ofensiva la denominación, y se
resentían del epíteto. Por este camino no se va a ninguna parte».
En pintura el modernismo tampoco tiene representantes, fuera de algunos
catalanes, como no sean los dibujantes que creen haberlo hecho todo
con emplomar sus siluetas como en los _vitraux_, imitar los cabellos
avirutados de las mujeres de Mucha, o calcar las decoraciones de
revistas alemanas, inglesas o francesas. Los catalanes, sí, han hecho
lo posible, con exceso quizá, por dar su nota en el progreso artístico
moderno. Desde su literatura que cuenta entre otros con Rusiñol,
Maragall, Utrillo, hasta su pintura y artes decorativas, que cuentan
con el mismo Rusiñol, Casas, de un ingenio digno de todo encomio y
atención, Pichot y otros que como Nouell-Monturiol se hacen notar no
solamente en Barcelona sino en París y otras ciudades de arte y de
ideas.
En América hemos tenido ese movimiento antes que en la España
castellana, por razones clarísimas: desde luego, por nuestro inmediato
comercio material y espiritual con las distintas naciones del mundo,
y principalmente porque existe en la nueva generación americana
un inmenso deseo de progreso y un vivo entusiasmo, que constituye
su potencialidad mayor, con lo cual poco a poco va triunfando de
obstáculos tradicionales, murallas de indiferencia y océanos de
mediocracia. Gran orgullo tengo aquí de poder mostrar libros como
los de Lugones o Jaimes Freire, entre los poetas, entre los prositas
poemas, como esa vasta, rara y complicada trilogía de Sicardi. Y digo:
esto no será modernismo, pero es _verdad_, es realidad de una vida
nueva, certificación de la viva fuerza de un continente. Y, otras
demostraciones de nuestra actividad mental--no la profusa y rapsódica,
la de cantidad, sino la de calidad, limitada, muy limitada, pero que
bien se presenta y triunfa ante el criterio de Europa: estudios de
ciencias políticas, sociales. Siento igual orgullo. Y recuerdo palabras
de don Juan Valera, a propósito de Olegario Andrade, en las cuales
palabras hay una buena y probable visión de porvenir. Decía don Juan,
refiriéndose a la literatura brasileña, sudamericana, española y
norteamericana, que «las literaturas de estos pueblos seguirán siendo
también inglesa, portuguesa y española, lo cual no impide que con el
tiempo o tal vez mañana, o ya, salgan autores yanquis que valgan más
que cuanto ha habido hasta ahora en Inglaterra, ni impide tampoco que
nazcan en Río de Janeiro, en Pernambuco o en Bahía escritores que
valgan más que cuanto Portugal ha producido; o que en Buenos Aires,
en Lima, en Méjico, en Bogotá o en Valparaíso lleguen a florecer las
ciencias, las letras y las artes con más lozanía y hermosura que en
Madrid, en Sevilla y en Barcelona».
Nuestro modernismo, si es que así puede llamarse, nos va dando un
puesto aparte, independiente de la literatura castellana, como lo
dice muy bien Remy de Gourmont en carta al director del _Mercurio de
América_. ¿Qué importa que haya gran número de ingenios, de grotescos
si gustáis, de diletanti, de nadameimportistas? Los verdaderos
consagrados saben que no se trata ya de asuntos de escuelas, de
fórmulas, de clave.