elemental, leer y escribir correctamente, gramática y aritmética.
Esta antigualla sería más que suficiente base para que luego cada
cual siguiese su rumbo. Probablemente ahora es cuando hay menos
cultura general en la Península, a pesar de la revolución y de los
esfuerzos de algunos cosmopolitistas. El siglo XVIII fué más culto
que este fin de siglo; y si las Universidades llegaron entonces a una
situación calamitosa, fué por falta de administración y gobierno, por
la preponderancia clerical, que ahora nuevamente amenaza con mayores
ímpetus, por falta de base, por incultura elemental, por cubrir con el
relumbrón académico la miseria de una ignorancia vasta.
No hacen falta reformas, ni planes nuevos ni estudios novísimos. Lo
que necesita con urgencia la juventud española es que le enseñen a
_leer_, ¡que no sabe!, que se mueran de una vez todos los maestros
agonizantes, en cuyas manos se deshilacha como una vieja estofa el
espíritu nacional, y que se pongan las fabulosas «Cartillas» en manos
de hombres de conciencia, hombres que den al abecedario la importancia
de un cimiento sobre el cual ha de apoyarse el edificio de la común
cultura.
Santiago Alba, ¡buena cabeza!, a propósito del soñado libro de
Desmolins se pregunta: ¿El régimen escolar español forma hombres? ¡Y
con la universal voz se contesta: no! Hay mucha disposición, mucho
reglamento--; ¡estamos en el reino del expediente del cual hemos sido
herederos directos!--, y en el fondo, nada. Todo en los papeles. Alba
ha hecho una comparación estadística.--El 1 ½ por 100 (0,73 por
habitante) del total del Estado consagra éste en España a la pública
instrucción, mientras Francia el 6 ½ (5,82 francos por habitante),
Italia el 2 ½ (1,75); y hasta Portugal el 2 ¼ (1,11). No hablemos
de Inglaterra, donde el espíritu anglo-sajón y la riqueza del país por
el mismo espíritu creado permiten dedicar a la enseñanza el 8 ½ por
100 del presupuesto total, esto es, más de siete francos por individuo.
Entrando en lo hondo del asunto, la palabra del señor Alba no puede ser
más franca ni más justamente dura. «¿Es que nuestros bachilleres, dice,
nuestros abogados, nuestros médicos, nuestros ingenieros, nuestros
peritos mercantiles y hasta nuestros militares y nuestros marinos,
no son víctimas también del inevitable _chauffage_, de que Demolins
abomina escandalizado y dolorido? Bachilleres incapaces de escribir una
carta con ortografía, abogados ignorantes al salir de la Universidad de
lo más rudimentario de la profesión; médicos que no saben ni tomar el
pulso; ingenieros a quienes se hunde la primera obra en que ponen mano;
peritos mercantiles que no podrían llevar regularmente ni un libro
_diario_;--en fin, militares a quienes «no caben en la cabeza» cien
hombres y marinos de cuyos viajes da precisa y exacta cuenta el número
de las averías del barco que dirigen, entonan a coro himno grandioso al
admirable sistema que empieza por hacer inútiles a cientos de hombres
de uno de los pueblos más reconocidamente despiertos del planeta.»
Lo dice el vulgo con toda claridad: «Aquí el bachiller, el abogado, el
médico, el ingeniero, el perito mercantil, el militar, y el marino que
llegan de veras a serlo «se hacen» por sí solos cada uno en su casa, en
su hospital, en su taller, en su cuartel o en su barco; lo que estudian
en el Instituto, en la Universidad, en la escuela, o en la Academia, es
sólo por coger el título o la estrella».
En lo relativo especialmente a la enseñanza superior, ha iniciado
ahora, como he dicho, el catedrático de griego de la Universidad de
Salamanca, señor Unamuno, una campaña nobilísima y valiente.
FIESTA CAMPESINA
[Ilustración]
18 de noviembre.
UN hombre del campo me invitó hace pocos días a ver la fiesta de su
aldea, en tierra de Ávila. Se trata de un lugar llamado Navalsauz,
a algunas leguas de la vieja ciudad de santa Teresa. Mis deseos de
conocer las costumbres campesinas de España encontraban excelente
oportunidad. Acepté. Una buena mañana tomé el tren para Ávila, en
cuya estación me esperaba mi invitante, en compañía de dos hijos
suyos, robustos mocetones que tenían preparadas las caballerías
consiguientes. No permanecí en la ciudad ni un solo momento. Fué
cosa de llegar, montar y partir. Pero, debo deciros algo de la buena
bestia en que hube de pasar por esos campos. Era el inseparable de
Sileno, el compañero de Sancho, el interlocutor de Kant, el amigo de
Pascarella. Manso, filosófico, doctoral, aunque en tal o cual punto
del camino se manifestase más de una vez mal humorado o asustadizo. La
carretera se extendía entre campos cultivados. A un lado y otro había
labriegos arando con sus arados primitivos. Se cultiva el centeno,
trigo, algarrobas, garbanzos, cebada y patatas. El paisaje no deja de
ser pintoresco, limitado por alturas lejanas, cerros oscuros, manchados
de altos álamos y chatos _piornos_, bajo cuyas espesuras es fama que
se agita el más poblado mundo de liebres y conejos. En el tiempo del
viaje, se encuentran a un lado de la carretera mesones o ventas harto
pobres, que nada tienen que ver con los caserones que en la árida
Castilla se le antojaban castillos a Don Quijote.
En una hubimos de pernoctar.
Mi amigo grita con una gran voz: «¿Hay posada?»
«Sí, señor; pasen ustedes.» Y de la casa maltrecha sale la figura
gordinflona del ventero. Mientras los mocetones llevan los burros al
pienso, heme allí conducido a la cocina, donde una gran lumbre calienta
olorosas sartenes, y conversan en corro otros viajeros, todos de las
aldeas próximas, de higiene bastante limitada, pero gentes de buen
humor que se charlan y se pasan de cuando en cuando una bota. Entré
yo también al corro y de la bota gusté--un vinillo de las villas del
Barranco--, así como compartiera más de una vez con los gauchos de las
pampas, también al amor de un buen fuego y en la cocina de la estancia,
al mate amargo y la ginebra. La cena estuvo suculenta, y luego fué el
pensar en dormir. ¿Camas? Ni soñarlo. Cada cual duerme en los aparejos
y recados; quién en la cocina, para no perder lo sabroso del calor;
quién en la cuadra. Yo prefiero la vecindad de la lumbre y entro en esa
escena de campamento. Por otra parte, no me es posible dormir. Esos
benditos de Dios roncan con una potencia abrumadora; y así, fabricando
castillos «en España», o viajando por el país de mis recuerdos, paso
toda la noche, hasta que los gallos anuncian el alba y el ventero me
lleva una taza de leche recién ordeñada. A poco estoy otra vez sobre mi
asno, que lleva un pasito ligero y no poco molesto, mientras hace no sé
qué señas con sus orejas al paso de la fría brisa matutina.
¡Bello día en el fragante y bondadoso campo! Sale un claro sol;
comienzan a verse las ovejas, y me gratifican con un concierto; los
pastores abrigados con sus zamarras, poco limpios y con aspecto de
perfectos brutos, quitan a mi mente toda idea de pastor quijotiz;
mis compañeros de viaje se detienen con conocidos que vienen de los
villorrios cercanos, lo cual es un pretexto para repetidos saludos a
la bota. Y mi burrito sigue impertérrito, en tanto que me llegan de
repente soplos de los bosques, olientes a la hoja del pino. Es una cosa
asombrosa, dice Bacon, que en los viajes por mar, donde no se ve sino
el cielo y el agua, los hombres tienen, sin embargo, la costumbre de
hacer diarios; y en los viajes por tierra, donde hay tantas distintas
cosas que notar, casi nunca los hacen, como si los casos fortuitos o
los hechos inesperados merecieran menos ser notados y apuntados que las
observaciones que se hacen por una deliberación premeditada. Ni por
mar ni por tierra he acostumbrado tales apuntaciones; pero si hubiese
tenido un libro de notas a la mano, en esa mañana deliciosa habría
escrito, sin apearme de mi simpático animal: «Hoy he visto, bajo el
más puro azul del cielo, pasar algo de la dicha que Dios ha encerrado
en el misterio de la Naturaleza». Este mismo sol y la sonrisa de este
mismo campo vieron los ojos de la divina Doctora, que se encendiera en
la incandescencia de su misticismo, hasta la maravilla del éxtasis y la
comunicación con lo extraterrestre y lo supernatural.
El almuerzo fué en el camino, gracias a mi provisión de _pâté de
foie-gras_, queso manchego y pollo frío. Seguimos la caminata todo
el día hasta llegar a la posada de Santa Teresa, en donde está el
cuartel de la guardia civil; y al declinar la tarde, estamos ya en las
cercanías de Navazuelas. El terreno cambia, se suceden las cuestas
y honduras; y de pronto me indican lo que debo hacer. «Señorito, ¡a
pata!» Obedezco, y continúo el camino llevando el burro del ronzal,
hasta llegar a la Navazuelas, en donde vuelvo a _enfourcher_ al
benemérito rucio. Y diviso el pueblo: un montoncito de casucas entre
peñascos.
Al entrar a la aldea se me señala la iglesia; muy chica, medio
caída, con una alameda al lado de la puerta; y situada _en medio del
camposanto_... Mi asombro es grande cuando no veo una sola cruz, así
fuese la más tosca y miserable.
Me instalo en casa de «mi amigo». Calcularéis ya que el _confort_ no es
propiamente suntuoso.
Estamos en el imperio de lo primitivo. Buen fuego, sí, se me ofrece,
y ricos chorizos y patatas, y sabroso vino. Duermo a maravilla. A la
mañana siguiente, vivo en plena pastoral. Se me conduce aquí y allá,
entre cabras y vacas y ovejas. Estoy en la _pastoría_. Después, a la
iglesia, en donde las mozas están adornando a la Virgen. Las mozas,
en verdad, no eran muy guapas, pero las había bastante agraciadas. El
traje de la paleta es curioso y llamativo. Más de una vez lo habréis
visto en las comedias y zarzuelas. Falda corta y ancha, de gran vuelo
que deja ver casi siempre macizas y bien redondas pantorrillas; la
media o calceta es blanca y el zapato negro. En corpiños y faldas
gritan los más furiosos colores. Al cuello llevan un pañuelo, también
de vivas tintas y flores, y otro en la cabeza, atado por las puntas
debajo de la barba. Les cuelgan de las orejas hasta los hombros enormes
pendientes, y usan gargantillas y collares en gran profusión. El pelo
va recogido en un moño de ancha trama y resalta sobre el moño la gran
peineta que a veces es de proporciones colosales, como la primera
que, según dicen, se usó en Buenos Aires a principios de siglo.
Generalmente no llevan sortijas en sus pobres manos oscuras, hechas a
sacar patatas y cuidar ganados. No estamos propiamente en Arcadia, y
Virgilio no repetiría, por ningún concepto en este caso, las frases que
en su décima égloga prorrumpe Galo, hijo de Polión. Al entrar yo en
la iglesia, las muchachas cantaban, adornando con gran muchedumbre de
flores la imagen de la patrona, la Virgen del Rosario. Después fuéronse
a casa de las mayordomas, al obligado convite: castañas, higos y vino.
Por la noche, en medio de la cena, en la casa en que se me hospedaba,
las mozas tiraron las cucharas de pronto y echaron a correr fuera.
Era el tambor que sonaba a la entrada del lugar; venía de un pueblo
vecino, y su son con el de la gaita haría danzar esa misma noche, en
la plaza, a las alegres gentes. Luego pude observar algo de un fondo
ciertamente pagano. Las mozas formaron un ramo de laurel, cubierto de
frutas varias y dulces, para ser llevado a la iglesia al día siguiente.
Mientras tanto, vi venir del campo a varios mozos con grandes ramas
verdes que iban poniendo sobre los techos de ciertas casas. Se me
explicó que en donde había una muchacha soltera colocaba ramos su novio
o su solicitante. Era extraño en verdad para mí ver al día siguiente
coronadas de follaje casi todas las casitas del villorrio. Del pueblo
vecino también llegó el señor cura, un cura joven, alegre y de buena
pasta, bastante distinto del tipo de Pérez Escrich. Ya tuve con quien
conversar: política, más política y un poco de literatura. Al curita le
fueron a buscar los varones, con el tambor a la cabeza del concurso,
mientras el campanario llamaba a la misa. Las mozas, vestidas de
fiesta, esperaban en el camposanto. El alcalde está allí también, con
su vara y sus calzones cortos y su ancho sombrero y su capa larga. Las
mozas abren la puerta para que pasen el señor cura y la «justicia», y
detrás todos los hombres. La puerta vuelve a cerrarse, y ellas quedan
fuera. Entonces, en coro, empezaron a cantar:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la mayor
Y haremos la reverencia
A ese divino Señor...
La puerta sigue cerrada. Y ellas:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la del medio
Y haremos la reverencia
A la reina de los cielos...
Y otra vez:
Tres puertas tiene la iglesia,
Entremos por la más chica
Y haremos la reverencia
A la señora justicia...
Abre las puertas, portero,
Las puertas de la alegría
Que venimos las doncellas
Con el ramo p'a María...
Al llegar aquí contesta una voz dentro:
Las puertas ya están abiertas
Entren si quieren entrar.
Confitura no tenemos
Para poder convidar.
Entran las buenas mozas, a pesar de que no hay confitura y, cerca de la
pila de agua bendita vuelven a cantar a pleno pulmón:
Tomemos agua bendita,
mis amiguitas y yo,
Tomemos agua bendita
Vamos al altar mayor.
Tomemos agua bendita,
Amigas y compañeras,
Tomemos agua bendita
Vamos a llevar la vela.
Al llegar aquí van todas con aquel famoso ramo de laurel ornado de
peras, manzanas y guindas, y con la vela, que ha llegado de alguna
cerería de Madrid o Ávila, al altar mayor, a hacer la ofrenda a la
Virgen. Las estrofas de esa inocente métrica de aldea se suceden
entretanto. En todo se admira que, al menos en las mujeres, hay
cierta suma de religiosidad y de fe sencilla, junto con el amor al
divertimiento, lo cual es mucho en una aldea que no pone cruces a sus
muertos. La procesión viene en seguida. Se conduce a la Virgen por la
calle, cantando el rosario, y se vuelve a depositar la imagen. Allí hay
un interesante remate de la mayordomía del año entrante y otras tantas
pequeñas preeminencias.
Por la tarde se reanuda el baile con la gaita y el tambor, en la
pradera, donde se merienda gozosamente. Por la noche, baile y más
baile. Por largo tiempo resonarán en mis oídos la aguda chirimía y el
tan tan del tambor, ese tambor infatigable. Todavía hasta el chocolate
cural, se pasa por la rifa del célebre ramo. Aun queda, el día que
viene, tiempo para que sigan danzando mozos y mozas, en tanto que los
viejos aldeanos vuelven al campo a su tarea de sacar patatas.
Yo volví a tomar mi burrito, camino de Ávila, en donde probé las más
ricas aceitunas que os podáis imaginar, con mi amigo el campesino. No
dejé de recordar al cuerdo Horacio:
_Non afra ovis descendat in ventrem meum
Non attagen Jonicus
Incundior quam lecta de pinguissimis
Oliva ramis arborum..._
[Ilustración]
HOMENAJE A MENÉNDEZ PELAYO
[Ilustración]
27 de diciembre de 1899.
HA reanudado Menéndez Pelayo la serie de conferencias que desde hace
algún tiempo da en el Ateneo, sobre un tema que no puede ser más
apropiado para sus admirables facultades: los grandes polígrafos
españoles. No posee el célebre humanista facultades oratorias; pero
en la lección su voz resonante y enérgica vence toda dificultad.
El auditorio le escucha siempre con interés y provecho, aunque la
concurrencia no sea en ocasiones tan numerosa como se debía esperar
supuestas la autoridad y la gloria del maestro.
Menéndez Pelayo está reconocido fundadamente como el cerebro más
sólido de la España de este siglo; y en la historia de las letras
humanas pertenece a esa ilustre familia de sacerdotes del libro de
que han sido ornamento los Erasmos y los Lipsios. Aun físicamente, al
ver el retrato grabado por Lemus, he creído reconocer la figura del
gran rotterdamense profanada por la indumentaria de nuestro tiempo.
Y cuando en la conversación amistosa escucho sus conceptos, pienso
en un caso de prodigiosa metempsícosis, y juzgo que habla por esos
labios contemporáneos el espíritu de uno de aquellos antiguos ascetas
del estudio que olvidara por un momento textos griegos y comentarios
latinos. Es difícil encontrar persona tan sencilla dueña de tanto
valer positivo; viva antítesis del pedante, archivo de amabilidades;
pronto para resolver una consulta, para dar un aliento, para ofrecer
un estímulo. Posee una biblioteca valiosísima, allá en Santander,
lugar de su nacimiento y donde pasa los veranos. Ha poco ha muerto su
padre, que llevaba el mismo nombre suyo, y que era un notable profesor
de matemáticas. Tiene un hermano, don Enrique, doctor en medicina y
aficionado a los versos. En Madrid, como en Santander, es don Marcelino
un formidable trabajador. Aquí dirige la Biblioteca Nacional y publica
muy eruditos estudios en la _Revista de Bibliotecas y Museos_; dirige
la edición académica monumental de las obras de Lope de Vega; mantiene
activa correspondencia con sabios extranjeros; da sus lecciones en
la Universidad y sus conferencias en el Ateneo, que luego formarán
una de sus obras más importantes; en resumen, es un raro ejemplo de
laboriosidad y de potencia mental, y como en los años de su juventud,
tiene una memoria incomparable y un entusiasmo que constituye la parte
más simpática y hermosa de su talento.
Acaban de ofrecerle un justo homenaje unos cuantos sabios y eruditos
humanistas, con motivo de cumplir veinte años de profesorado. El
homenaje lo forman dos gruesos volúmenes llenos de muy curiosas
investigaciones y estudios; inmejorable regalo para el obsequiado.
Los nombres de los que ofrecen tal muestra de admiración al ilustre
español, son autoridades entre los estudiosos. De sentir es que entre
ellos no aparezca ningún representante de la América española. En
cambio, uno de los mejores trabajos ha sido escrito por un profesor
de Pensilvania. Haré una ligera reseña de lo que contienen estos
respetables tomos.
El prólogo ha sido escrito por D. Juan Valera. Nadie mejor que él
podría llenar la tarea. Amigo de Menéndez Pelayo desde los primeros
pasos intelectuales de éste, ha sido uno de los que más han contribuído
a las victorias logradas por quien ocupó un sillón de la Real Academia
a los veintidós años. Traza, pues, un retrato exacto y animado del
querido discípulo y compañero, al mismo tiempo que nos presenta un
cuadro del decaimiento de la cultura española y lo mucho que ha hecho
y hace el autor de las _Ideas estéticas_ y de _Los heterodoxos_ por
colocar en su verdadero punto muchos elementos de gloria nacional
olvidados por los propios y negados por los extraños. «Fuerza es
confesar, por desgracia, dice Valera, que España está en el día
profundamente decaída y postrada. Su regeneración requiere, sin duda,
un gran poder político, sabio y enérgico, ejercido con voluntad de
hierro y con inteligencia poderosa y serena; pero tal vez antes de
esto, y para orientarse, y para descubrir amplio horizonte, y para
abrir ancho y recto camino, se requiere que formemos de nosotros mismos
menos bajo concepto, y no nos vilipendiemos, sino que nos estimemos en
algo, siendo la estimación, no infundada y vaga, sino conforme con la
verdadera exactitud, y sin recurrir a gastados y pomposos ditirambos y
a los recuerdos, que hoy desesperan más que consuelan, de Lepanto, San
Quintín, Otumba y Pavía. Aunque me repugna emplear frases pomposas,
que hacen el estilo declamatorio y solemne, no atino a explicar mi
pensamiento sino diciendo que don Marcelino Menéndez y Pelayo ha
venido a tiempo a la vida y ricamente apercibido y dotado de las
prendas conducentes para cumplir, hasta donde pueda cumplirla un solo
hombre, la misión anteriormente indicada, para invocar sin vaguedad y
sin exageraciones nuestra importancia en la historia del pensamiento
humano, y para señalar el puesto que nos toca ocupar en el concierto de
los pueblos civilizadores, concierto del que formamos parte desde muy
antiguo y del que no merecemos que se nos excluya. La misión, pues, de
don Marcelino, ya que nos atrevemos a llamarla misión, no es puramente
literaria, sino que tiene mayor amplitud y trascendencia».
El tomo primero del homenaje, lo inicia el conocido hispanista francés
Alfred Morel-Fatio, publicando unas cuantas cartas, correspondencia
interesante entre el famoso bibliotecario de Colbert e historiador
Etienne Baluze y el marqués de Mondéjar. El marqués escribe en
castellano y Baluze en latín. Baluze se excusa de no corresponder en
lengua española: «_Hoc ideo dico, Excellentissime Domine, ut accipias
excusationem meam, quod ad humanissimas et elegantissimas litteras
tuas non respondeo eadem lingua qua scriptae sunt_». Y el marqués le
contesta: «Me sucede lo mismo a mí con el latino que a usted con el
español, entorpeciéndonos igualmente a entrambos la falta del uso».
Los conceptos de esta correspondencia se refieren a envíos de datos y
libros, a cambio de noticias entre eruditos estudiosos, y si el marqués
es dignamente admirativo y afectuoso con su amigo parisiense, Baluze
no le escatima las más elegantes frases latinas de cumplimiento y
reverencia.
Un inglés, muy conocedor de letras castellanas, James
Fitzmaurice-Kelly, trata sobre _Un hispanófilo inglés del siglo XVII_.
Este fué Leonardo Digges, probable amigo de Shakespeare y Ben Jonson y
traductor del _Poema trágico del español Gerardo y desengaño del amor
lascivo_. Y M. Leo de Rouanet, que ha traducido al francés algo del
teatro español, se ocupa de un auto inédito de Valdivieso, existente
en la Biblioteca Nacional de Madrid. El señor Luanco logra demostrar
que el libro de la _Clavis Sapientiae_, tenido por obra de Don Alfonso
_el Sabio_, no es de dicho rey, con todo y estar probada su afición a
estudios herméticos. El señor Cotarelo, cuyos trabajos de erudición
son tan meritorios--especialmente entre otros, sus páginas sobre don
Enrique de Villena--, habla de los traductores castellanos de Molière.
Siento que a una labor tan completa hayan faltado en absoluto noticias
referentes a traducciones hispanoamericanas, que de algunas piezas las
hay buenas, como la del _Misántropo_ por el centroamericano Gavidia.
Ernesto Mérimée, sobrino del autor de _Colomba_, y profesor
creo que en Tolosa de Francia, ha contribuído con un _Ramillete
de flores poéticas de Alejandro de Luna_, que se encuentra en la
biblioteca municipal de Montauban. Este de Luna es un autor hasta hoy
completamente desconocido, y el descubrimiento de M. Mérimée parece de
muy relativa importancia.
El músico Pedrell hace un paralelo entre Palestrina y Victoria,
maestro de capilla eminente, contemporáneo del célebre italiano. El
P. Blanco García, conocido por su obra sobre literatura española e
hispanoamericana, rectifica algunos datos biográficos de fray Luis
de León. Un erudito italiano, Benedetto Croce, aporta un valioso
contingente a la literatura cervantina, con sus _Due Illustrazioni
al Viaje del Parnaso, del Cervantes_. Y el señor Estelrich, autor
de un notable libro sobre la poesía italiana en España, escribe un
estudio acerca de los traductores castellanos de las poesías líricas
de Schiller. Arturo Farinelli inserta en castellano una notable
disquisición respecto al origen del Convidado de Piedra. Es de admirar
el caudal de conocimientos de este extranjero en lo referente a letras
castellanas. Además, es un verdadero políglota, y escribe con igual
corrección en español, italiano y alemán. El señor Apraiz, cervantista
afanoso, enriquece con varias curiosidades el estudio y culto del autor
nacional. El señor Franquesa y Gómez, se ocupa de una comedia inédita,
sobre el tema de _Don Juan Tenorio_, de don Alonso de Córdoba Maldonado.
Mario Schiff contribuye, en francés, con algo que es de verdadera
«sensación» para los eruditos y en especial para los dantistas. El
general Mitre de seguro tendrá en el asunto gran interés. Se trata
nada menos que del hallazgo en la Biblioteca Nacional de Madrid, de
la primera traducción de la _Divina Comedia_ al castellano, la de
don Enrique de Villena, cuyo manuscrito habían considerado perdido
investigadores como Amador de los Ríos, el mismo Menéndez Pelayo,
Cotarelo, y antes de ellos, Pellicer. El señor Schiff, entre los
papeles de la colección Osuna, en la Biblioteca encontró dicho
manuscrito. Este consta de CCVIII hojas de papel; contiene la _Divina
Comedia_ en italiano, escrita en Italia y probablemente en Florencia;
el _explicit_ del Paraíso tiene la fecha de 10 de noviembre de 1354.