Europa y América española, y con dos miembros honorarios, ambos de
la América Central: uno de Honduras, otro del Salvador. Esto os
causará alguna sorpresa, pero he aquí la explicación. El presidente
de Honduras, Marco Aurelio Soto, hace mucho tiempo ordenó por decreto
gubernativo que en la República se usase, al menos en todos los
documentos y publicaciones oficiales, la ortografía de la Real Academia
Española. Supongo que acompañaría el decreto con alguna demostración
de afecto académico más práctica. El presidente del Salvador, Rafael
Zaldívar, hombre muy inteligente, viajó un día por España, con gran
séquito y con la pompa de un príncipe exótico. Tengo entendido que dió
a la Academia asimismo valiosas pruebas de amistad. Se le correspondió
con una sesión especial en su honor. Todas las personas de su comitiva
tuvieron nombramiento de miembro correspondiente. De aquí que los dos
únicos miembros honorarios sean esos expresidentes centroamericanos.
La labor de la Real Academia, dígase bien claro, es en nuestro tiempo
inocua, como la de los inmortales franceses. Hacen el diccionario,
reparten premios más o menos Montyon y coronan obras mediocres y
correctas.
Aquí se defiende el purismo, la virginidad de esta vieja lengua que ha
dado y dará tantas vueltas. Y esos defensores tienen eco en ciertas
naciones de América; pues como reza un decir magistral--cito de
memoria--«cuando el purismo desaparezca de Salamanca se encontrará
en algún cholo de Lima o en el morro de un negro mejicano». En ese
continente, en las aldeas más primitivas no falta el barrigudo
licenciado abarrotado o abarretado que persiga el _le_ y el _lo_, y el
caso y la concordancia, y entre tortilla de maíz y tortilla de mais no
haga su discursito en caribe en defensa de los fueros del idioma.
No puedo menos que concluir citando las palabras de un ilustre profesor
de la más célebre de las Universidades españolas: «Hay que levantar voz
y bandera contra el purismo casticista, que apareciendo en el simple
empeño de conservar la castidad de la lengua castellana, es en realidad
solapado instrumento de todo género de estancamiento espiritual, y
lo que es aún peor, de reacción entera y verdadera. Eso del purismo
envuelve una lucha de ideas. Se tira a ahogar las de cierto rumbo,
haciendo que se las desfigure para vestirlas a la antigua castellana.
Se encierra en odres viejos el vino nuevo para que se agrie». Y luego:
«Hay que hacer el español internacional con el castellano, y si éste
ofreciese resistencia, sobre él, sin él, o contra él. El pueblo
español, cuyo núcleo de concentración y unidad dió al castellano, se
ha extendido por dilatados países, y no tendrá personalidad propia
mientras no posea un lenguaje en que sin abdicar en lo más mínimo de
su modo peculiar de ser, cada una de las actuales regiones y naciones
que lo hablan hallen perfecta y adecuada expresión a sus sentimientos e
ideas. Hacen muy bien los hispanoamericanos que reivindican los fueros
de sus hablas y sostienen sus neologismos, y hacen bien los que en la
Argentina hablan de lengua nacional. Mientras no internacionalicemos
el viejo castellano, haciéndolo español, no podemos vituperarles los
hispanoespañoles, y menos aún podrían hacerlo los hispanocastellanos,
y hacen muy bien en ir a educarse a París, porque de allí sacarán, por
poco que saquen, mucho más que de este erial, ya que lo que aquí mejor
puede dárseles, la materia prima de esa lengua, consigo la llevan y con
libros pueden perfeccionarla».
El autor de esas líneas se llama Miguel de Unamuno. Aquí y entre
nosotros protestarán especialmente de ellas los que no se llaman ni son
nada, _pas même académiciens_.
[Ilustración]
LOS POETAS
[Ilustración]
Madrid, 24 de agosto de 1899.
EL modesto Manzanares no es muy propicio a los cisnes. Antes lo eran el
Darro, que como se sabe tiene arenas de oro, y el Genil que las tiene
de plata. Los cisnes viejos de la madre patria callan hoy, esperando el
momento de cantar por última vez. Ya os he hablado de Campoamor, cuando
se pensó en su coronación, ceremonia de que no se ha vuelto a ocupar
nadie, a pesar de las buenas intenciones del Círculo de Bellas Artes,
cuyo presidente, el señor Romero Robledo, manifestara tanta excelente
voluntad. El anciano poeta sigue cada día más enfermo. Últimamente
no ha podido contestar a una _enquête_ iniciada por una revista de
París, _La Vogue_, sobre el asunto Dreyfus. Casi imposibilitado de
moverse, sufre en su retiro horas dolorosas, y visitarle es ir a pasar
momentos de pena. Sus últimos versos son una que otra dolora dolorida
que ha publicado la _España Moderna_, una que otra humorada en que se
depositan las últimas gotas que quedan del humor antiguo en el vaso de
ese espíritu que fuera tan bellamente lozano, tan frescamente juvenil.
Ahora es cuando hay que volver los ojos al viejo tesoro prodigado,
aquella poesía tan elegante en sus sutiles arquitecturas y tan
impregnada del amargor que el labio del artista siente al primer sorbo
de vida.
Recordad aquellas perlas brillantes de ironía, de las doloras; y
aquellos pequeños poemas que conducen por una corriente de sonoras
transparencias verbales a la finalidad de una inevitable melancolía,
la melancolía que por ley fatal florece en los jardines de la humana
existencia. ¡Amable filósofo! Daba la lección de verdad adornada de la
gracia de su música, su música personal, inconfundible en toda la vasta
orquesta poética de las musas castellanas.
Núñez de Arce, también silencioso. Dirige las oficinas del Banco
Hipotecario, y _Luzbel_, anunciado hace largos años, no se concluye.
Dicen que padece el poeta de enfermedad gástrica, y así debe ser por
el continuo gesto de displicencia que presenta su faz. No es ya el
tiempo de los _Gritos del Combate_ y de la _Visión de fray Martín_.
El vate de antes se encuentra ya transpuesto en época que desconoce
sus pasados versos, el alma de sus pasados versos, alojada hoy en una
casilla de retórica. No es esto desconocer el inmenso mérito de ese
noble cultivador del ritmo, que ha dominado a más de una generación con
su métrica de bronce. Hoy España no cuenta con poeta mejor. Más aún, no
existe reemplazante. Cuando deje de aparecer en el nacional Parnaso esa
dura figura de combatiente que ha magnificado con su severa armonía la
lengua castellana, no habrá quien pueda mover su armadura y sus armas.
Porque Núñez de Arce, dígase lo que venga en antojo a los que no es
simpático intelectual o personalmente, ha sido un admirable profesor
de energía. En verso, pero de energía. Ha mezclado más de una vez la
prosaica política en sus imprecaciones, y ha sido ministro de Ultramar
cuando había ministros de Ultramar. Ha sido con su manera sonante y
oratoria un parlador de multitudes, un dirigente del espíritu público
de su época. Y si de algo se resiente el conjunto de su obra, es de
haber sacrificado más de una paloma anacreóntica o cordero de égloga
a la diosa de pechos de hierro que no tiene corazón, a la Patria, en
su más triste ídolo: el ideal de un momento. Porque el mayor pecado
de este poeta es no haber empleado sus alas para subir en el viento
del universo, sino que se ha circunscrito a su terruño, al aire escaso
de su terruño aun en los poemas de tema humano en que debiera haber
prescindido de tales o cuales ideales de grupo. Krausistas y neos han
tenido en esta tierras liras en sus batallones. La obra de Núñez de
Arce aun persiste. Su puesto, como he dicho, se mantiene el primero.
Que su _Visión de fray Martín_ tenga por origen el abad Hieronimus de
Leconte de l'Isle, que _La Pesca_ tenga la fisonomía familiar de la
copiosa producción coppeista, eso no obsta a la marca individual de
este forjador de endecasílabos; endecasílabos de Toledo que vibran y
riegan su resonante son: _spargens sonus_. Mas eso no basta al deseo
de la juventud que observa la deslumbradora transfiguración del arte
moderno. No dice nada a las almas nuevas el conocido alternar del
endecasílabo en la estrofa núñezdearcina, que por otra parte, es
estrofa dantesca, del Dante de las poesías amatorias. Y Núñez de Arce
queda solo ante su ara, o ante su Banco Hipotecario, como el finalizado
Campoamor entre el recuerdo y la tumba.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, vive también
flotante en las brumas de su Olimpo muerto. Bueno, triste, aun guarda
una chispa de entusiasmo que brilla en el fino azul de sus ojos
penetrantes. Esa tristeza suya me recuerda cierto pequeño poema de
Baudelaire, el de los viejos juglares. Pasó para del Palacio el buen
tiempo en que un soneto espiritual daba la vuelta a la Corte entre
preciosos comentarios, pasó el tiempo de la diplomacia lírica que ponía
en humor jovial a los bonaerenses, gracias a este excelente don Manuel,
entonces ministro en el Río de la Plata, y al nunca bien ponderado
colombiano señor Samper. Hoy está aún más amargado el ingenioso poeta,
porque ha quedado cesante de su empleo de secretario de la orden de
Isabel la Católica, por obra del duque de Almodóvar. El cual no ha
contado con que la indignación del verso debía venir. Y ha venido. No
hace muchas noches nos leía don Manuel a varios amigos las vengadoras
ocurrencias de su musa:
Alegre por fuera
y triste por dentro,
con la carga encima
de muchos inviernos,
muchos desengaños
y muchos recuerdos,
voy ya por el mundo
a paso de espectro,
como va entre brumas
la nave hacia el puerto.
A mi espalda quedan
cada vez más lejos,
placeres y glorias,
quimeras y sueños;
y al fin del camino,
que cercano veo,
dos sombras me aguardan
olvido y silencio.
Centinelas mudos
del reposo eterno,
¿pensáis que ya tardo?
Pues no estéis inquietos:
ni os odio, ni os amo,
ni os busco, ni os temo.
Cansado de luchas
del alma y el cuerpo
para toda empresa
inútil me siento.
De hacer beneficios
que era mi embeleso,
un ministro imbécil
me quitó los medios,
y nunca a los pobres
negando consuelo
al darles mis lágrimas
les doy cuanto tengo,
de lo cual resulta
que, de puro bueno,
la vida me paso
haciendo pucheros,
¿y vale la pena
de vivir para esto?
Sirva usted a su patria,
defienda el derecho;
por él y por ella
sufra usté destierros,
prisiones, calumnias
y otros vilipendios,
y cuando juicioso
la edad le haya vuelto,
logre entre los sabios
pasar por discreto
y entre los tunantes
fama de no serlo,
mientras llega el día
en que un majadero,
_un poquito duque
y un poquito tuerto_
por chiripa jefe
de elevado centro,
venga y diga: «¡Basta!
¡Vaya usté a hacer versos!»
Y usté que en la lengua
nunca tuvo pelos,
le responda: «¡Sánchez,
Vaya usté a paseo!»
Manuel del Palacio, a quien poéticamente el satírico señor Alas tasaba
en cincuenta céntimos, es decir, cincuenta céntimos de poeta, da
señales de perseverancia de cuando en cuando en las revistas de la
Corte, aunque no ya con la frecuencia de antaño. Cuando la guerra,
se puso él también en campaña contra el yanqui; sus «chispas» no
produjeron desde luego ningún incendio. El señor don Sinesio Delgado,
Casimiro Prieto y Manuel del Palacio fueron los tres patriotas del
consonante.
Manuel Reina ha logrado recientemente un triunfo con su _Jardín de
los Poetas_. Lírico de penacho, en color un Fortuny. Ha llamado la
atención desde ha largo tiempo, por su apartamiento del universal
encasillado académico hasta hace poco reinante en estas regiones. Su
adjetivación variada, su bizarría de rimador, su imaginativa de hábiles
decoraciones, su pompa extraña entre los uniformes tradicionales, le
dieron un puesto a parte, alto puesto merecido. Le llaman discípulo
e imitador del señor Núñez de Arce. No veo la filiación, como no sea
en la manera de blandir el verso. Núñez de Arce es más severo, lleva
armadura.--Reina va de jubón y gorguera de encajes, lleno de su bien
amada pedrería. No hay versos suyos sin su inevitable gema. En el
_Jardín de los Poetas_ se ven sus preferencias mentales, un tanto
en choque, por la variedad de las figuras. Su jardín es trabajo de
virtuoso. Cada poeta le da su reflejo, y él aprovecha la sugestión
felizmente.
¿Grilo? Es una situación literaria especialísima la de Grilo. Es el
poeta laureado de España, aunque España no tenga oficialmente poeta
laureado. Su barril de malvasís, o pongamos de Jerez, debe tenerlo por
obra y gracia de la infanta doña Isabel, y demás gentes de palacio.
Grilo ocupa un lugar especialísimo, semejante al de ese pobre míster
Austin en Inglaterra. Los intelectuales, y aun la mayoría, sonríen
ante la parada de esa áulica musa de ocasión que dice sus rimas con
acompañamiento de piano. Grilo es el poeta de la reina Isabel, de la
reina regente, del rey, y de las innumerables marquesas y duquesas
que gustan de leer el día de su santo un cumplimiento en renglones
musicales. ¡Aun hay melenas! La poesía suya es de esa azucarada y
húmeda propicia a las señoras sentimentales y devotas. Según se me
informa, la protección práctica de sus altas favorecedoras es eficaz, y
ese ruiseñor no puede quejarse de los cañamones del mecenato.
Don José Echegaray, a quien Castelar hizo el peregrino obsequio de
compararle con Goethe, no ha vuelto a _taquiner_ la musa. Es sabido que
de todo entiende, y gratifica periódicamente a sus compatriotas con la
información de una ciencia de colegiales. El ingeniero poeta goza de
una enorme popularidad, y cada vez que yo manifiesto mi asombro por la
ocurrencia castelarina, no falta quien se asombre de mi asombro. Su
musa concluyó en los empujes de sus dramas elásticos, en las tiradas
de la Guerrero. Ferrari es también un poeta de salón, y he tenido la
honra de compartir con él una noche el curioso éxito de una recitación
para _ladies and gentlemen_. No puede negarse su mérito, bajo el árbol
frondoso de don Gaspar. Don Juan Valera ha hecho versos correctísimos;
hoy ya no los hace. Menéndez Pelayo asimismo ha frecuentado el Helicón.
Este erudito humanista, cuando se le presenta una niña con su álbum,
sale del paso con escribir unas estrofas de su antigua composición:
Puso Dios en mis cántabras montañas...
Salvador Rueda, que inició su vida artística tan bellamente, padece
hoy inexplicable decaimiento. No es que no trabaje; pues ahora mismo
acabo de ver el manuscrito de un drama de gitanos--otro modo de ver
que el de Richepin--que piensa someter a los cómicos en la temporada
próxima; pero los ardores de libertad ecléctica que antes proclamaba un
libro tan interesante como _El Ritmo_, parecen ahora apagados. Cierto
es que su obra no ha sido justamente apreciada, y que, fuera de las
inquinas de los retardatarios, ha tenido que padecer las mordeduras de
muchos de sus colegas jóvenes; dándose el caso de que se cumpliese en
él la palabra del celeste y natural Francis Jammes: «Los que más te
hayan nutrido con las migajas de tu mesa, los que te atacarán serán
aquellos que más te hayan imitado y aun plagiado». Los últimos poemas
de Rueda no han correspondido a las esperanzas de los que veían en él
un elemento de renovación en la seca poesía castellana contemporánea.
Volvió a la manera que antes abominara: quiso tal vez ser más accesible
al público y por ello se despeñó en un lamentable campoamorismo de
forma y en un indigente alegorismo de fondo. Yo, que soy su amigo y que
le he criado poeta, tengo el derecho de hacer esta exposición de mi
pensar.
Dicenta ha encontrado su filón en las tablas, y no hace otra cosa que
obras para el teatro, como su compañero Paso. Se nombra mucho a Ricardo
Gil. He buscado sus obras, las he leído; no tengo que daros ninguna
noticia nueva. Es la poesía que conocéis, con un copioso número de
aedas, entre los cuales, estos nombres más resaltantes: Catarineu,
Ansorena, Morera, Galicia, Melchor de Palau. El espíritu regional
cuenta con buenos representantes. Hay ahora un poeta de Murcia que
ha conquistado Madrid, Vicente Medina. Se le ha elevado a alturas
insospechables, se le ha declarado vencedor. Es verdad que trae con su
emoción, con su sencilla facultad de ritmo, su gracia dialectal y su
fondo de sensitivo, una nota desconocida hasta hoy; es un hallazgo.
Pero lo monocorde de su manera llega a fatigar, con la repetición de
la queja, una queja continua, picada de diminutivos que por su copia
llegan a causar otra impresión que la buscada por el poeta. De todas
maneras Vicente Medina es un excelente poeta campesino.
El señor Vaamonde ha intentado algunos cambios de ritmo, algunas
flexibilizaciones de verso, y ha conseguido interesar. Después de la
guerra, publicó un libro de inspiración patriótica. Los catalanes
tienen buenos poetas, desde su padre Verdaguer, el de la _Atlántida_,
hasta los modernos Maragall, Pajes de Puig, y Maten. Son infinitos
los rimadores y _mestres en gay saber_. Los andaluces forman también
su grupo, con Díaz Escobar, especialista en _cantares_, Arturo Reyes,
de la familia de Rueda, como el joven Villaespesa, bello talento
en vísperas de un dichoso otoño, y otros escanciadores de sol y
manzanilla. Los vascos no sé que tengan un poeta representativo; debe
haber varios, que escriban en su idioma y no quieran confundirse con el
Parnaso de la Maquetania. Pero con Unamuno basta para tener aún en la
lírica representación digna en la Corte.
Los jocosos son legión. Los diarios y revistas publican una cantidad
increíble de chistes rimados, y periódicos como el _Liberal_ tienen
un redactor especial que trata asuntos de actualidad, en verso. Pues
aquí Felipe Pérez y González, como antes Antonio Palomero o José María
Granés, tiene por tarea dar diariamente cierta cantidad de estrofas a
los lectores, sobre sucesos del momento. Y la gente paga, y pues lo
paga, es justo.
[Ilustración]
UN «MEETING» POLÍTICO
[Ilustración]
4 de octubre de 1899.
HE asistido hace pocas noches a un _meeting_ republicano. Sabía que la
concurrencia sería numerosa, y procuré llegar a tiempo, para no perder
en ese acto ninguno de los hechos y gestos del «pueblo soberano».
Nuestro compañero Ladevese, uno de los organizadores, me había
conseguido un puesto de prensa. Allí me senté, cerca de un francés
y un ruso. Era enorme aquel hervor humano. Todo el circo de Colón
lleno, y por las entradas, la aglomerada muchedumbre hacía imposible
que penetrase la gente que todavía quedaba en las calles cercanas.
No gusto mucho del contacto popular. La muchedumbre me es poco grata
con su rudeza y con su higiene.--Me agrada tan solamente de lejos,
como un mar; o mejor, en las comparsas teatrales, florecida de trajes
pintorescos, así sea coronada del frigio pimiento morrón. Esta gente
republicana, debo declarar que estaba con compostura, a la espera de
los discursos, y cuando la campanilla presidencial se hizo oir, el
silencio fué profundo.
El presidente, hombre de años, y sin duda de respetabilidad, inicia
su alocución de apertura, con cierta gravedad, y luego, a _la bonne
franquette_, como habla con cierta dificultad, se explica: «Estos
dientes no son los míos, y por eso...» El buen pueblo está contento.
Se encarga a un pésimo lector las cartas recibidas de personajes
extranjeros. El pobre hombre mutila a Goblet y le convierte en
_mumsiú René_, y no hay medio de que oiga al soplón que al lado le
corrige; _Clemansó, Clemansó_; él sigue impertérrito: _Cle-men-ceau,
Cle-men-ceau_. El público protesta, no por el descuartizamiento de
los apellidos franceses, portugueses e italianos, sino porque no se
oye nada, y un varón de buena voluntad salta a la tribuna y se ofrece
para leer. Al fin acaban las cartas, que Ladevese oye descuartizar con
impaciencia visible--pues gracias a sus buenas relaciones han venido--,
y él va a pronunciar un discurso.
Se sabe que el conocido corresponsal de _La Nación_ y ex secretario de
Ruiz Zorrilla es español, por consiguiente, demás está decir que es
orador. Desde sus primeras palabras fué acogido con los más nutridos
aplausos. Dijo a los partidarios de la república que es el momento de
que el pueblo vuelva a ser lo que fué hace treinta y un años. Ahora
que la Patria está más abatida después de las recientes catástrofes,
es hora de levantarse. «Yo estoy seguro de que este pueblo volverá
a ser grande, fuerte y libre. Algunos al verte por la desdicha y el
dolor postrado, se figuran que estás de rodillas... ¡No, no estás de
rodillas! Levántate y cubrirás con tu sombra a los que hoy aparecen más
altos». En este punto nuestro amigo recibe una sonora y larga ovación.
«Pero si estas reuniones han de ser útiles a la idea que las inspiran,
es preciso que salga de ellas algo práctico, y nada más práctico que
señalar las causas de nuestra impotencia, para remediarlas. Una de
las principales causas del estado en que nos vemos es el funesto y
antidemocrático sistema de las jefaturas personales»; Ruiz Zorrilla, a
quien por cierto se le acusaba de querer ejercer una jefatura personal,
quejábase amargamente de ese sistema funestísimo en una democracia, y
muchas veces, allá en la emigración, nos decía:
«Si me duele la cabeza, le duele la cabeza a todo el partido; si me
duele el brazo, a todo el partido le duele el brazo». «Con motivo de
este _meeting_ hemos tocado otra de las lamentables consecuencias de
jefaturas personales. Hay republicanos que para venir a tomar parte en
este fraternal abrazo, han ido a pedir permiso a un jefe... y luego no
han venido. El republicano que para abrazar a sus hermanos necesita el
permiso de un jefe, ¡valiente republicano estará...» Se oyó primero
una voz de las filas laterales, luego cien voces, luego gritos de
todos lados, dicterios, protestas, insultos. Unos contra otros; era
una tormenta de interjecciones, de amenazas. Y nuestro buen Ladevese
se paseaba al ruido de aquella tempestad, esperando el silencio. Que
al fin se hizo. Reconquistó su público el orador y prosiguió: «A las
jefaturas personales deben reemplazar las direcciones democráticas.
Verdad es que ya se ha hecho algo en ese sentido. Pero al hacerlo se
ha incurrido siempre en el error de excluir sistemáticamente de esas
direcciones a todos los elementos revolucionarios. Por eso no existe la
estrecha armonía que debiera haber entre directores y dirigidos.--Nadie
ignora que mientras el pueblo quiere la lucha, hay hombres que quieren
la república sin esfuerzo y sin peligro. Sin duda esperan que va
a caer llovida de las nubes... y ya ven lo que cae de las nubes:
¡contribuciones, jesuítas y epidemias!» Aquí, mientras el pueblo
aplaude rabiosamente, yo no puedo dejar de observar una guapísima
muchacha, elegantemente vestida, que en uno de los palcos da muestras
del más vivo entusiasmo. La republicana ostenta el par de ojos más
librepensadores que os podáis imaginar, y, decididamente, manifiesta el
propósito de romper sus guantes.
El orador hace ver la conveniencia de la unión. La república, una vez
constituída, velará por la suerte de los que trabajan.--Concluye con
estas palabras:
«En todo estamos conformes los republicanos. Y como lo estamos además
en que nuestra fraternidad, que hoy vamos a sellar aquí, sea la
fraternidad de la lucha, podemos darnos ese abrazo.