veinticinco tirones. En el famoso abate Marchena, con haber residido
tanto tiempo en Francia, se ve el español: en Cienfuegos es postizo
el sentimentalismo empalagoso a lo Rousseau, y el español está por
bajo. Burgos y Reinoso son afrancesados y no franceses. La cultura de
Francia, buena y mala, no pasa nunca de la superficie. No es nada más
que un barniz transparente, detrás del cual se descubre la condición
española». Fernán Caballero realizó la novela andaluza, junto a los
admirables cuadros de Estébanez y Mesonero Romanos. Hoy mismo, las
novelas de Salvador Rueda y Reyes son puramente andaluzas. La novela
gallega nos la ha dado, aun vestida con modas extranjeras, la egregia
doña Emilia; la novela vasca tendría su sola representación con esa
admirable y fuerte _Paz en la Guerra_, de Miguel de Unamuno. Existe,
pues, no solamente la novela española, de Galdós, Palacio Valdés,
Valera o Alas, sino la novela regional.
Hubo un tiempo en que reinó el folletín. Eugenio Sué tuvo su _doble_,
en Madrid, en don Wenceslao Aicuals de Izco. _Los Misterios de París_
se multiplicaron en _María o la Hija de un Jornalero_ y en la _Marquesa
de Bella Flor_. El socialismo romántico de entonces encontró excelente
campo de este lado de los Pirineos. Luego vino la época de aquel buen
Pérez Escrich, que causó muchos llantos a nuestras madres y abuelas,
pues la inundación de entregas sentimentales no fué tan sólo en la
Península, sino que recorrió la América entera. Lo propio daba el _Cura
de la Aldea_, que el _Mártir del Gólgota_, o la _Mujer Adúltera_. Tras
él vino Antonio de Padua, caro a las modistas y señoritas ansiosas de
ensueños burgueses. Y otros de la misma harina que encontraron fácil
la explotación de esos antiliterarios filones. Puesto muy distinto es
el de don Manuel Fernández y González, una especie de Dumas el viejo,
fecundo y brillante de imaginación, productor incansable, tonel de
cuartillas, al que la pobreza soltaba la espita, intrigador colosal y
cuyo espíritu galopante no deja de encenderse de tanto en tanto con
bellas chispas de arte.
El diluvio de entregas pasó. Algunos libros aparecieron de corta
extensión, como los de las bibliotecas francesas. Eran _El Escándalo_,
de Alarcón, y la _Pepita Jiménez_, de Valera. La literatura recobraba
su puesto, así fuese en aislados esfuerzos. Alarcón, escritor de hábil
inventiva, sutil y emotivo, causó gran impresión con su novela de
espíritu hondamente conservador, o _neo_, como aquí se dice, a la cual
novela habría de oponerse, en un combate de doctrina moral más que de
ideología, la _Doña Perfecta_, de Galdós. Valera asimismo se impuso
desde luego por la delicada elegancia de su manera, por la resurrección
de antiguos prestigios nacionales, por el abolengo impoluto de su
estilo. Valera tenía la gracia, Galdós conquistó con la fuerza. Pereda,
que publicara sus _Escenas montañesas_ desde 1894, no tuvo verdadera
resonancia sino muchos años después. _Pedro Sánchez_ y _El Sabor de
la Tierruca_ señalan el principio de su renombre. Después llegaron
la Pardo-Bazán, Leopoldo Alas, Armando Palacio Valdés. Se creaba ya
la novela de ideas. Al surgir victoriosos esos nombres, un grupo en
que bien podía haber un talento igual, mas no certera orientación, se
presentaba, en el deseo de hacer algo nuevo, de encauzar en España
la onda que venía de Francia. Era la época del naturalismo. Nadie
se atrevería a negar el valer mental de López Bago, de Zahonero, de
Alejandro Sawa; pero la importación era demasiado clara, el calco
subsistía. López Bago, en cuya buena intención quiero creer, tuvo un
pasajero éxito de escándalo y de curiosidad. Sus obras eran abominadas
por los pulcros tradicionalistas y por los mediocres que le envidiaban
su buen suceso. Se trataba de verbosos análisis, de pinturas de vicio,
escenas burdelescas, figuras al desnudo y frases sin hoja de parra.
Zahonero siguió un naturalismo menos osado. Sawa, muy enamorado de
París, y más artista, se apegó a los patrones parisienses, y produjo
dos o tres novelas, que aun se recuerdan. Alejandro Sawa es un escritor
de arte, insisto, y el naturalismo no fué propicio a los artistas: era
una literatura áptera.
He de hablar de Silverio Lanza, un cuentista muy original, cuyo nombre
es escasamente conocido. Sin perder el sabor castizo que suele aparecer
con frecuencia en sus narraciones, este escritor tiene todo el aire
de un extranjero en su propio país. Es un humorista al propio tiempo
que un sembrador de ideas. Pero en su humor no encontraréis mucho el
chiste nacional, sino el _humor_ de otras literaturas. Su ideología
se agria de cierta aspereza al rozar problemas que se relacionan con
defectos y tachas de su misma patria. «Y si habla mal de España, es
español», dice Bartrina en uno de sus versos. Pero no es este el caso.
Es que se trata de un hombre de pensamiento que se subleva ante las
desventajas de su patria en comparación con otras naciones, a las
cuales desearía sobrepasase en el camino del progreso humano, ante los
vicios característicos que habría que combatir, y los inconvenientes
de educación que habría que subsanar. Silverio Lanza es un hombre de
guerra. Se ha repetido el caso de Stechetti y Olindo Guerrini. Olindo
Guerrini en esta vez se llama en España Juan Bautista Amorós. Entre sus
libros, sobresalen _Cuentecillos sin importancia_, _Ni en la vida ni
en la muerte_ y los _Cuentos políticos_. Recientemente Ruiz Contreras
ha tenido la acertada idea de llamarle a la _Revista Nueva_, en donde
sus cuentos ofrecen como antes,--extrañamente vertebrados, llenos de
oscuridad que seduce, enseñadores de atormentadas gimnasias de estilo,
al decir mucho en cortas oraciones, incoherentes con premeditación,
y teniendo siempre a su servicio la mitad del Genio,--compañera del
Ensueño, la Ironía. El director de esa revista me decía que a su sentir
era Lanza «acaso el más fuerte y el más arrojado. Silverio Lanza no
ha sufrido la menor decepción. Desde que publicó la primera obra, _El
Año triste_, no ha cambiado una sola vez de senda. Es un carácter,
un hombre, una inteligencia superior, y triunfará, logrando ser en
la literatura española un personaje aislado sin antecesores y acaso
también sin descendientes». Lo creo. La libertad por él proclamada
con el ejemplo, que ha hecho resaltar en esta literatura de estilo
uniforme--hablo en general--o uniformado, para decirlo mejor, su
inconfundible individualidad, dará aquí buenos frutos, cuando el
aire circule, cuando el aliento universal pase bajo estos cielos; el
individualismo traerá consigo--y ya empieza a iniciarse, después del
desastre--una floración flamante y saturada de perfumes nuevos.
Al paso observo un pequeño huerto bien cultivado, lejos del parque
inglés de Palacio Valdés, de las granjas montañesas de Pereda y Galdós
y de la rica quinta gallega de doña Emilia. El huerto es de José M.
Matheu, cuyas excelentes cualidades de novelador son reales. Este es
un modesto; se ruboriza de la audacia. Suave y metódicamente ha creado
unos cuantos caracteres que ha alojado en sus libros, en donde si esas
buenas notas resaltan, falta en cambio la divina virtud de la ironía,
el culto del arte de la frase, las cambiantes estaciones del estilo.
Ortega Munilla, creo que, demasiado entregado a la política, ha
permanecido sin producir un solo libro desde hace algún tiempo. De
cuando en cuando florece su ingenio en algún cuento, que recuerda
al vibrante narrador de otros días, el novelista de conciencia y el
prosista aquilatado. ¿Taboada? A Taboada también hay que contarle ya
entre los novelistas. El paso de la narración corta a la novela lo
ha hecho, como sus semejantes, Mark Twain y Alphonse Allais. Este
gracioso de España como el clownesco yankee y el incoherente francés,
ha obtenido un enorme éxito con su obra después del continuado éxito
periodístico de cuentos y crónicas desopilantes. Su mérito no puede
ponerse en duda. Es una originalidad. Es el cronista incomparable de la
vida cursi. Su _Viuda de Chaparro_ se ha casi agotado en pocos días.
Hace reir, con un si es no es de amargor, que, en verdad, merece su
latín. Aquel de Ovidio, si gustáis:
_...medio de fonte leporum
Surgit amari aliquid..._
La novela de Unamuno, _Paz en la Guerra_, es de esas obras que hay que
penetrar despacio; no en vano el autor es un maestro de meditación, un
pensativo minero del silencio. Es la novela un panorama de costumbres
vascas, de vistas vascas, pero es de una concentrada humanidad que se
cristaliza en bellos diamantes de universal filosofía. El profesor de
Salamanca es al mismo tiempo el euskalduna familiar con la tierra y el
aire, con el cielo y el campo. Su pupila mental ve transparentemente
el espectáculo de la vida interior en luchas de caracteres y pasiones,
en el olear de la existencia ciudadana o campesina. Sus figuras las
extrae como de bloques de carne viva; y es un poderoso manejador de
intenciones, de hechos y de consecuencias. Y en su manera no hay
ímpetus, no hay relámpagos.
Tranquila lleva la pluma, como quien ara. Para leerle, al principio
se siente cierta dificultad: pero eso pasa presto para dar lugar a un
placer de comprensión que nada iguala. Este es uno de los cerebros
de España, y una de las voluntades. Lo que su paisano de Loyola,
San Ignacio, enseñó con sus _Ejercicios_ a Maurice Barrès, él lo ha
aprendido en los ejercicios de su alma, en la contemplación de la vida,
en su tierra honorable y ruda con la rudeza de lo natural y de lo
primitivo incontaminado y sano. Antes he amado, por innata simpatía, a
esos hombres fuertes de Vasconia, que adoran su cielo y su tierra feraz
y su libertad, en la conservación de una vida de grandeza antigua, que
cantan tan sonoras canciones de meditación y amor y danzan tan bizarras
danzas; marineros, herreros, campesinos, nobles todos, veneran un árbol
y han tenido un bardo como Iparraguirre; pero jamás he comprendido el
alma vasca como cuando me he impregnado de las páginas de Unamuno. El
amor allí tiene el hervor de la prístina savia; los elementos conspiran
para la fraternidad con el hombre, la tierra besa a la carne, la savia
se une a la sangre; el abrazo, la cópula, debía ser como un sacramento,
o como ley sagrada. Son razas poseedoras de la serena energía, de la
fuerza donada por los viejos dioses, esa ilustre fuerza que saluda
Gladstone junto al árbol de Guernica, que pinta Puvis de Chavannes, y a
la cual invoca el canto cuando, en su Provenza, Mistral empuña ante el
concurso conmovido la simbólica copa.
[Ilustración]
LOS INMORTALES
[Ilustración]
22 de septiembre de 1899.
PRONTO aparecerá la nueva edición del Diccionario de la Real Academia
Española. La casa editorial de Hernando da la última mano al grande
y lujoso mamotreto. El señor Echegaray ha explicado ya en la Prensa
muchos de los nuevos términos científicos que la Corporación ha
decidido adoptar. Dentro de poco el _volt_ se llamará voltio y
el _culomb_ culombio. En cuanto a la palabra _trolley_, queda
sencillamente convertida en trole, como hace muchos días tuvo la
amabilidad de comunicármelo mi eminente amigo Eugenio Sellés. Ignoro si
el _presupuestar_ de Ricardo Palma tendrá cabida esta vez en el léxico.
Mas lo cierto es que hay novedades, y es posible que el chistoso
pedante de Valbuena prepare otra «fe de erratas». Veremos lo que se
limpia, lo que se fija y lo que se da de esplendor, para recordar
nuestro Horacio y su _jus et norma loquendi_.
Estos inmortales cumplen con su deber conservador sobre todo; de las
tres partes del lema prefieren el fijar. Sus sesiones parecen de una
amenidad muy discutible. Ha pasado ya de moda el murmurar de sus hechos
y gestos. En Francia todavía las palmas verdes y el espadín provocan
una que otra ocurrencia. Aquí es poco decorativa la representación,
y un libro no se vende más porque el autor pueda poner debajo de su
nombre: _De la Real Academia Española_. La labor de los excelentísimos
e ilustrísimos, fuera de las papeletas del Diccionario, es poco activa:
la publicación de algunas obras, como las que dirige Menéndez Pelayo, y
la adjudicación de varios premios.
La Real Academia se fundó en 1713, y trece años después apareció el
primer tomo del Diccionario; otros trece años pasaron para que pudiesen
publicarse los otros cinco de aquella primera edición. El rey ordenó
que se diesen a la Academia mil doblones al año. Aprobada por Felipe V,
logró especiales concesiones. Los académicos quedaban en cierto modo
y para ciertas ventajas iguales a la servidumbre de la Real Casa. En
1793 se les favoreció con la renta anual de 60.000 reales. Desde 1793
tuvo su local, en la célebre casa de la calle Valverde, hasta que hace
poco tiempo se ha instalado en edificio especial que hizo construir con
propios fondos.
Los inmortales de Francia son cuarenta; los de España sólo llegan a
treinta y seis, sin que yo sepa el motivo. Lo que no cabe duda es que
el sillón 41.º de Houssaye, que aquí corresponde al 37.º, existe en la
academia del marqués de Villena como en la academia de Richelieu... No
deja de haber aquí también su partido «de los duques». La política no
anda asimismo muy alejada de las influencias que privan en el reino
de la gramática. Ved un simple desfile de figuras. El director actual
es el conde de Cheste. Muy viejo, antiguo militar, muy querido en la
Corte; hace algún tiempo que no asiste a las sesiones académicas. El
conde de Cheste dejará una obra extensa principalmente de traducciones.
Hasta hace poco, obsequiaba a sus colegas con buenas comidas y
candorosos versos. Secretario perpetuo es hoy don Miguel Mir, desde
la muerte de Tamayo y Baus; censor, Núñez de Arce; bibliotecario,
Catalina; tesorero, el marqués de Valmar; vocal administrativo, Sellés,
e inspector de publicaciones Menéndez Pelayo.
El marqués de Valmar es un verdadero aristócrata. Este viejo hidalgo,
muy erudito, en sus primeros años literarios escribió para el teatro.
Su obra más considerable es un estudio acerca de la poesía castellana
en el siglo XVIII. Se le debe la publicación de las _Cantigas del Rey
Sabio_. Su vejez se desliza entre libros y comodidades; es un caballero
que ha sabido proteger, cuando ha podido, a los jóvenes de verdadero
valer que le pedían su apoyo literario y social. Mucho le debe a este
respecto el señor Menéndez Pelayo. Demás decir que el marqués de
Valmar, noble y literato, ha pertenecido al cuerpo diplomático.
Campoamor llevó su humor a la Academia. No sé que haya contribuído
mucho a la cocina del Diccionario; pero si encontráis en la nueva
edición algunas humoradas, creed que son suyas, a menos que no sean de
don Juan Valera. Es de pensarse que en el secreto del ministerio, en
lo más intrincado de la tarea filológica, sabrá poner una gota de su
espíritu ático este marqués del estilo que habría sido amigo de Barbey.
Más que los ratones de los estantes empolvados, le conocen las alegres
liebres que, según Hugo, _telegrafían_ al buen Dios en las mañanas
de primavera: _¡content!_ Por lo demás, Pepita Jiménez conversa muy
amigablemente con fray Luis de Granada.
Don Enrique de Saavedra, duque de Rivas, emparentado con don Juan
Valera, es, sobre todo, el hijo de su padre. Su mayor título académico
es ser obra de don Ángel, hermano por lo tanto de _Don Álvaro o la
fuerza del sino_. La herencia espiritual no fué en este caso completa,
y don Enrique es a don Ángel lo que Francisco o Carlos Hugo al César de
los poetas franceses.
Don Cayetano Fernández es un señor presbítero adobado de humanidades.
Su candidatura a la Academia salió de Palacio. Ha sido el áulico
profesor de las infantas viejas. Creo que ha escrito un volumen de
_Fábulas morales_. Moral: _Timeo hominem unius libri_.
Don Gaspar Núñez de Arce ilustra con su poesía el árido senado. Es el
Sully-Prudhon de los españoles, o el José María de Heredia.
Don Eduardo de Saavedra es ingeniero de caminos. Se le abrieron las
puertas de la Academia por su ciencia, como a Lesseps. Dicen que tiene
gran talento. Alcalá Galiano es otro hijo de su padre. Ha traducido a
Byron, en verso. Ignoro si el sacrificio fué antes o después de entrar
en la Academia.
Don Mariano Catalina se distingue entre otras cosas por sus barbas
rojas, y por sus ideas, que son completamente opuestas al color de sus
barbas. Sus dramas valen mucho más de lo que se ha dicho de ellos. En
ese reaccionario hay un varón de fibra. Le silbaron, injustamente,
y se dedicó a otras cosas. Su manera es parecida y anterior a la de
Echegaray, menos descoyuntada y más española; sus versos aceptables,
es decir, malos. Es editor de la colección de escritores castellanos,
que publica, entre otros libros importantes, la _Historia de las Ideas
Estéticas_ y demás obras de Menéndez Pelayo.
Don Marcelino entró muy joven en la Academia, como se recordará.
Hiciéronle triunfar por una parte su saber enciclopédico y vasto,
por otra su conocida filiación conservadora. No hay duda de que sus
conocimientos son asombrosos: don Marcelino sabe más que todos los
académicos juntos, y sus trabajos han sido y son los de un gran
crítico, los de un verdadero sabio. La edición monumental de Lope y la
_Antología_ lo demuestran.
Pidal y Mon escribe correctamente.
El señor Mir escribe con muchas intenciones académicas, y, como la
mayor parte de los escritores de su país, se toma muy escaso trabajo
para pensar. Siempre esa onda lisa del período tradicional cuya
superficie no arruga la menor sensación de arte, el menor impulso
psíquico personal. Ha publicado un libro en que se descubre sinceridad
e independencia, libro antijesuítico y de largo nombre: _Los Jesuítas
de puertas adentro y un Barrido hacia afuera de la Compañía de Jesús_.
Escribe la historia de Cristo y memorias o monografías académicas; en
lo académico suspiraréis por un poco de literatura o de sentimiento
artístico, y en lo religioso es en vano buscar el espíritu de los
antiguos místicos--única cosa que el académico español podía perseguir.
Balaguer acaba de publicar uno de los innumerables volúmenes de que
constan sus obras. No parece que le preocupen gran cosa los asuntos de
instituto. Maestro en gay saber, vive mucho para las musas.
Commelerán entró en la Academia en ocasión famosa. Se sabe que luchó
con Galdós y que la candidatura del novelista fué pospuesta. Se
escribió mucho con este motivo, y hubo enérgicas protestas. No veo
tanto la razón. El señor Commelerán sabe más latín y más lingüística
que el señor Galdós; es más útil en las tareas de la Academia. Además,
el novelista debía entrar tarde o temprano. No estaba en el mismo caso
de Zola... Commelerán es un incansable trabajador en sus estudios
oficiales. Tuvo en un tiempo aficiones literarias y, apasionado de
Calderón, hizo algo para el teatro, que no llevó a la escena. Publica
ahora un gran Diccionario latino y libros de texto que son bien
juzgados.
Fabié es de una eminencia especial; para unos es un sabio; para otros,
lo contrario de un sabio. No es digno, a mi entender, de lo uno ni de
lo otro. En sus escritos se ve, además de la irremediable corrección,
mucha cultura clásica y legítima solidez.
Ha preferido en sus disciplinas, a lecturas insustanciales y nuevas,
generalmente obras de segunda mano, el desempolvar pergaminos viejos en
los rincones de archivos y bibliotecas; de ahí que la crítica histórica
tenga en el señor Fabié uno de sus más serios representantes en España.
Del señor Silvela diré que, hijo de un padre ilustre y hermano de
otra notable inteligencia española, vale muchísimo más que lo que
él se figura. Tiene atracción y un inmenso número de amigos que le
siguen. Con todo, su política es mejor que su literatura, literatura de
aficionado. Lo cual no quita que encontréis en sus discursos páginas
admirables.
Colmeiro es un sabio. Nada más que un sabio.
El señor Fernández y González es un arabista insigne, según aseguran
los que dicen que entienden el árabe. Se me ha hablado mucho de su
talento de crítico, y conozco estudios suyos nutridos de doctrina; pero
no he podido encontrar su libro _La Crítica en España_, del cual se
cuentan maravillas.
El conde de Buenos Aires, don Santiago Alejandro de Liniers, hoy
alcalde de Madrid, tiene ante todo su alta posición social y
pecuniaria. Ha publicado un libro, _Líneas y Manchas_, y ha sido
periodista. Exprimiendo toda la producción de esta excelente medianía,
no se sacaría la cantidad de pensamiento y de arte que hay en una sola
página de su sobrino Ángel Estrada.
De don Luis Pidal y sus obras confieso mi absoluta ignorancia.
Manuel del Palacio, tan conocido en el Río de la Plata, es otro poeta
de la Academia. Vive ahora un tanto retirado, después de que el duque
de Almodóvar tuvo la peregrina ocurrencia de quitarle su empleo en
la Administración; por lo cual la indignación de su verso envió unas
cuantas abejas de su jardín a picar al caballero, como él dice «un
poquito duque y un poquito tuerto». Arquíloco es mal enemigo.
La ciencia por un lado y el teatro por otro, apadrinaron a don José
Echegaray para entrar a ocupar su sillón. Castelar le hizo el dudoso
favor de compararle con Goethe al contestarle su discurso de recepción.
El señor Echegaray es un hombre eminente, «de lo mejorcito que aquí
tenemos», me dice don Leopoldo Alas; pero su enciclopedismo de nociones
en este tiempo de las especialidades le coloca en una situación que
fuera de su país sería poco grata para su orgullo.
Sellés, conquistador del teatro, desde su sonoro _Nudo Gordiano_,
continúa escribiendo piezas en un acto, y aun se dice que abordará
el libreto de zarzuela, sin que se perturbe el _decorum_ de su noble
compañía.
Al conde de Viñaza le he conocido en casa del secretario de la legación
argentina. Es uno de los académicos más jóvenes. Estudioso y erudito,
tiene entre otras obras suyas un libro muy interesante sobre Goya; y
prepara un estudio, que será de indudable valor, acerca de la historia
del grabado en Europa, y especialmente en España, para lo cual cuenta
con copiosos datos inéditos y planchas antiguas de colecciones hasta
hoy desconocidas.
El señor Moret está en la Academia oficialmente. Hubo una ocasión que
para celebrar un acontecimiento resolvieron los académicos ofrecer un
sillón al ministro del ramo. Le tocó al señor Moret, que casualmente
ocupaba entonces el Ministerio. El señor Moret, por otra parte, es
orador agradabilísimo y su palabra debe animar y flexibilizar las secas
discusiones.
Pérez Galdós, para el reglamento, vive en el paseo de Areneros, núm.
46; pero en realidad reside en Santander, en la villa que se ha
levantado a fuerza de novela. Ya he dicho que presentó su candidatura
la primera vez y fué vencido por el latinista Commelerán. En poco
tiempo se cumplió su voluntad. Pereda, el montañés, según la guía, vive
también en la Corte, en la calle de Lista, núm. 3; pero en realidad
vive en Santander, en Polanco, y como las novelas no se le pactolizan
como a Galdós, a pesar de que es rico, sigue fabricando jabón. El
señor Pereda debería no separarse de la Real Academia, no faltar a sus
sesiones. Es él quien escribe _los relieves del yantar_; por limpiar,
fijar y dar esplendor a _las sobras de la comida_.
El señor Balard, académico electo, es el poeta meloso y falso que ya
conocéis, y crítico de una limitación asombrosa, que beneficia no
obstante en España la más injusta de las autoridades.
Don Daniel de Cortázar es ingeniero de minas, hijo del autor de un muy
conocido tratado de matemáticas elementales. Su ciencia le ha ganado la
honra. Los académicos aquí, como en Francia, quieren tener de todo en
su casa.
El último académico electo es el poeta Ferrari. Su candidatura ha
brotado de los salones influyentes que frecuenta y en donde sus
recitaciones son proverbiales... Conste que una vez yo le he visto
defenderse con bravura--y al fin sucumbir--en casa de doña Emilia
Pardo-Bazán.