»La organización de la república la decidirá la soberanía nacional,

representada en Cortes constituyentes cuyo fallo todos acataremos. Y

como la república que queremos no ha de ser sólo para los republicanos,

sino que ha de ser, como el sol, para todos los españoles, yo tengo la

esperanza de que este abrazo ha de extenderse a todos los patriotas de

buena voluntad, que aunque no militan en nuestro campo, desean para

España mejores días. También a ellos les abro mis brazos y a aquellos

que hace treinta y un años estuvieron con nosotros, les digo: ¡Ya ha

llegado la hora de pasar el puente! A pasarlo y estaremos en seguida

unidos todos los españoles. Y no olvidéis que el río no se pasa sólo

por el puente sino también por el vado. Si para pasar el río queréis

nuestra mano, la mano del pueblo es fuerte; ¡nosotros os la daremos!

¡Arriba y adelante! Sólo viven los que luchan y sólo de los que luchan

es la victoria. ¡Si el que ayer hizo treinta y un años pasó el puente

a la cabeza del ejército, el que hoy lo pase lo pasará al frente de

un pueblo!» Ladevese es rodeado y aclamado. Luego sube a la tribuna

un joven zaragozano, que se descubre como un copiosísimo orador. Y

luego varios más. Se habló con libertad completa. El representante de

la autoridad parece a veces querer protestar, cuando son ya demasiado

violentos los golpes a la monarquía. Bien puede ser la tolerancia

convencimiento de que no se trata más que de palabras, palabras y

palabras... De pronto un hombre del campo solicita hablar. Él también

quiere decir su discurso, y, a vuelta de varias observaciones del

presidente, «Evaristo Jiménez habla en nombre del pueblo de Colmenar

de Oreja». Y habla bien. Untado de periódicos, aborrecedor de los

curas, probable suscriptor de _El Motín_, sus palabras brotan con

una facilidad de fuente. Su retórica pasa de pronto a un color

poco diplomático y de indudable irreverencia para con el congreso

católico de Burgos. «Allí nos han arrojado el guante; nosotros debemos

recogerlo y darles con él por los hocicos...» El pueblo aplaude al

temerario paleto. El presidente le llama al orden; mi muchacha de los

ojos soberbios continúa en su entusiasmo. El «orador» se retira, no

sin protestar. Al pasar por mi lado le oigo decir: «¡Qué van a ser

republicanos éstos!» La gente vocifera y la tempestad vuelve a estallar

en el circo. Por fin se logra la tranquilidad, y el _meeting_ sigue: se

aprueban las conclusiones formuladas por la Comisión iniciadora y se

nombra una Comisión ejecutiva encargada de realizar los acuerdos.

Persona informada me da los datos siguientes: El local en que solían

celebrarse las grandes reuniones políticas de los partidos era el circo

del Príncipe Alfonso, que estaba situado en el paseo de Recoletos,

frente al Palacio de la Biblioteca y Museos. Aquel circo, al que

se le llamaba Circo de Rivas por el nombre de su propietario, fué

demolido hace algunos meses. Allí se celebró una reunión memorable en

los últimos meses de 1868, en la cual se fundó el Partido Republicano

español. Acababa el Gobierno revolucionario de Serrano y de Prim de

lanzar al país un manifiesto en favor de las instituciones monárquicas

(redactado por Núñez de Arce, a quien el Gobierno encargó de aquel

trabajo) y entonces los republicanos contestaron a aquel manifiesto

convocando al Circo de Rivas a todos sus correligionarios de Madrid.

Presidió la reunión el decano de la democracia española don José

María Orense, y hablaron en ella Castelar, Pi y Margall, Figueroa,

Salmerón y otros grandes oradores. Acordóse lanzar al país un

manifiesto declarando que quedaba fundado desde aquel día el Partido

Republicano. Todos los arriba citados--menos Salmerón--y una multitud

de republicanos no tan conocidos, firmaron aquel manifiesto, que fué el

principio de la propaganda republicana en España. A la reunión, donde

el entusiasmo fué numeroso, acudieron 4.000 personas. Todas las que

allí cabían. Desde entonces hubo en dicho circo numerosas reuniones

políticas. Una de las últimas que se celebraron, pocos años antes de

la demolición, fué cuando los republicanos de Madrid emplazaron a los

diputados y a los concejales del partido para que diesen al pueblo

explicaciones acerca de la conducta que seguían en el Congreso y en el

Ayuntamiento, calificada de apática y tibia. Aquella reunión fué un

continuo tumulto; el público insultó y maltrató despiadadamente a los

diputados y a los concejales, y hasta volaron algunas sillas lanzadas

contra los oradores. Estos abandonaron el local, y se suspendió la

reunión entre silbidos. El 11 de febrero de 1897, habiéndose hecho la

unión entre las fracciones que acaudillaban Salmerón, Muro, Ezquerdo, y

los disidentes del partido de Pi y Margall,--Menéndez Pallarés y Vallés

y Ribot--convocaron, todos estos reunidos, a un _meeting_ en el Circo

de Colón, local mucho más espacioso que el Circo de Rivas. Tratábase

de hacer una gran ostentación de fuerzas populares republicanas con

motivo del aniversario de la proclamación de la República del 1873, y

como todas las parcialidades republicanas--menos la federal pactista

de Pi--estaban unidas, esperábase que el Circo de Colón, en cuya

sala caben 6.000 personas, se llenase. La concurrencia de público

fué muy grande, pero el Circo de Colón no se llenó. Asistirían unos

5.000 republicanos. Nunca hasta entonces se había visto a tantos

republicanos juntos en el local cerrado. La reunión fué en extremo

tumultuosa. El público silbó terriblemente a Salmerón y a Ezquerdo. Los

discursos fueron sin cesar interrumpidos por las protestas y los gritos

hostiles del auditorio. Salmerón se encaró con el público y empezó a

insultarle; la lucha entre el público y Salmerón se prolongó más de

media hora, y, después de aquella reunión agitadísima, no habían vuelto

los republicanos de Madrid a celebrar ninguna reunión pública. Los

prohombres republicanos, a pesar de las circunstancias por que España

ha pasado desde entonces, esquivaban presentarse ante el pueblo. Al

_meeting_ de «fraternidad republicana» del 29 de septiembre último,

celebrado en el Circo de Colón, han acudido 8.000 personas. Como ya he

dicho, el circo estaba completamente lleno, comprendida la pista, y en

la calle se quedaron cerca de 3.000 personas que no consiguieron entrar

en el local.

De modo que ésta ha sido la reunión republicana más numerosa que ha

habido en Madrid.

[Ilustración]

UN PASEO CON NÚÑEZ DE ARCE

[Ilustración]

13 de octubre.

COMIENZA en la Carrera de San Jerónimo el ir y venir de las gentes a

la hora del paseo de la tarde. La Carrera de San Jerónimo es la calle

de Florida de Madrid. Mucha vitrina elegante, mucho carruaje que va y

viene; y por la noche mucha luz y alegría de ciudad moderna.

En la librería de Fe, poco antes del crepúsculo, encontré hace algunos

días al poeta Núñez de Arce con su amigo Vicente Colorado, también

poeta. Hacía algún tiempo que no veía al maestro, y le hallé, aunque

quejoso de su salud, bastante mejor que como le viera la reciente vez.

Tras hablar unas cuantas cosas del obligado asunto América, se le

ocurrió: «¿Si diéramos un paseo?» Acepté con gusto, y salimos los tres

hacia el Prado.

Despacio, pues don Gaspar no puede fatigarse. El tiempo estaba fresco,

el aire era grato; el cielo lucía afable; pero el poeta desde que

comenzó a conversar con nosotros, parecía verlo todo gris. Como yo le

preguntase si tenía algún trabajo en obra, si escribía algo.

--No, nada, me contestó, fuera de las cartas que escribo a un diario de

Buenos Aires.

Y con un aire de vago desencanto:

--Ah, amigo Darío, mi tiempo ha pasado. Soy ya viejo, y las musas, como

hermosas hembras que son, no gustan de los viejos. El campo es ahora

de quien se llama...

--Maestro--le interrumpí--, eso quien menos lo puede decir es usted. El

amor y el gozo de la vida tienen a Anacreonte y Hugo...

--Lo que de Hugo vale verdaderamente fué escrito en su juventud.

No quise contradecirle.

Pero el hábil Colorado, cuyo ingenio es mucho, apoyado en su antiguo

cariño y en su amistad íntima, le increpó con amable irrespeto. «Es que

usted se está poniendo insoportable de pesimismo». Y le manifestó que

era cosa de los años, que en la juventud todo lo vemos lleno de una

luz de rosa. (Lo cual no es cierto en nuestro tiempo; decía yo en mi

interior.)

Núñez de Arce prosiguió entonces en un largo parlar todo ornado de

bellas frases de decepción. No creo ni en la misma vida. ¿Acaso sabemos

algo de lo que hay tras el impenetrable velo de la eterna Isis? ¡La

Ciencia! Pues la Ciencia no ha conquistado sino un pequeñísimo reino,

el reino de lo experimental. La _débâcle_ a que se ha hecho tanto ruido

no hace mucho tiempo, no puede ser más cierta. ¿El arte? Campo para

las ilusiones; total, nada, puesto que las ilusiones no son más que

humo vago que deshace el menor viento de la vida. El fracaso impera en

todo. La sociedad, después de tantos siglos, no ha logrado aún resolver

el problema de su misma organización. Véanse las rojas flores que

brotan en tal terreno: se llaman socialismo, anarquismo, nihilismo.

¡La nacionalidad española! un sueño. Al primer cañonazo que se oiga en

la Península, ya verán cómo se deshace la nacionalidad española. Yo

volví a tocar el tema del arte y de la literatura. «Ah, el arte, la

literatura: todo está en plena decadencia. Francia es el más patente

ejemplo. Los ideales se levantan, se ven como bellos mirajes y luego

no se logran nunca. Es el inmenso camino cuyo fin no se encuentra

ni se encontrará jamás, a pesar del vuelo continuo de las humanas

aspiraciones». Y así seguía, con su voz pectoral, un tanto apagada,

y en sus ojos vivaces había una chispa fugitiva y en sus labios se

marcaba una sonrisa que podía decir resignación y convencimiento.

Entretanto yo me decía--siempre para mí sobre todo--: Gaspar Núñez de

Arce,

...DON _of course

A true Hidalgo, free from every stain

Of Moor or Hebrew blood, he traced his source

Through the most Gothic gentleman of Spain_...

Don Gaspar Núñez de Arce, sin duda alguna el primer poeta de la España

de hoy, parecería por sus negros mirares y sus desconsoladores decires,

un espirite extranjero, un alma septentrional, rara bajo su cielo de

alegría, si no se supiese que en el fondo del alma española crece

siempre una oscura rosa. Puede tener un rocío de creencia o no tenerlo.

Este fuerte poeta es un Carlos V sin fe que se encierra en su Escorial

interior y celebra los funerales de su propia poesía, de sus propios

ensueños, de su propia gloria. Y no es nuevo en él este modo de pensar

y de ver los cuatro puntos cardinales de la existencia. Allá, ya lejos

en el siglo, se oyen aún sus _Gritos del combate_, y ya había resonado

en sus oídos el fracaso producido por la risa de Voltaire, a quien

en nombre de sus sueños agonizantes o muertos maldecía en el último

endecasílabo de un soneto célebre; decía a los poetas que colgaran, en

un desconsuelo bíblico, sus harpas, de los llorosos sauces. Gracias

a que la férrea contextura de su estro daba animación para la lucha,

no se caía en el anonadamiento voluntario. Por esos tiempos, o poco

después, miraba con cruel desdén al pobre Becquer, que vivía de pan

de amor y vino de sueño. Sonreía el caballero vestido de su pesada

armadura, de los que él llamaba «suspirillos germánicos»: le disgustaba

el poco de azul que fué a traer en su ramillete de _vergissmeinnichts_

de Alemania, para suavizar el escarlata de sus claveles, el artista

triste de las _Rimas_, que después de todo, era esta cosa formidable:

un corazón.

En el Prado reían los niños: la tarde desfallecía risueña; en el

poniente se fundía una montaña de oro de sol. Don Gaspar proseguía en

sus doctrinas. La muerte es lo único que nos interesa verdaderamente,

pues da la clave del enigma, Isis aparece entonces sin velo. El

hombre no mata nada: todo _se muere_. El hombre cree inventar algo:

todo está ya inventado; todo ha sido. De pronto, en un yacimiento de

tiempo, descúbrese alguna cosa; eso es todo. Pero nada de lo que se

cree nuevo es nuevo. La palabra de la Escritura dice una inconmovible

verdad cuando dice: _Nihil novi sub sole_. El hombre vive en la lucha

perpetua con la vida y consigo mismo porque, pasada la divina estación

de la juventud, quiere ver, quiere saber, quiere conseguir la posesión

de un fantasma, descubrir lo imposible, y la realidad le hiere y le

desconsuela. El hombre sólo es feliz en el instante de su primavera.

Miré en los ojos a don Gaspar, y canté en mi memoria el recuerdo:

¡Oh recuerdos, encantos y alegrías

De los pasados días!

¡Oh gratos sueños de color de rosa!

¡Oh dorada ilusión de alas abiertas

Que a la vida despiertas

En nuestra breve primavera hermosa!

--Yo, ya estoy viejo, repito, y creo ver en lo que dije la verdad; o

lo que me parece la verdad, porque, ciertamente, ella no ha mostrado

su faz nunca; su desnudez no ha sido profanada por nadie. Crea usted,

me dijo, que la juventud es lo único que vale la pena, y esto por su

jardín de ilusiones; esto es, _por lo que existe_.

Yo volví a clamar dentro de mi: «¡Oh poeta, oh querido amigo y

maestro! no haces obra de bien predicando el desencanto, tú que sabes

la perenne renovación de las cosas, el placer del vivir, con todo y

la persecución del dolor; no debes, porque hayas pasado ya mucho más

del medio del camino de la vida, quedarte en tu primera etapa, y no

mostrar a la juventud sedienta de ideal nada más que el infierno; tú

bien debes saber que en la tercera está situada la gloria incomparable

del Paraíso, así haya que pasar para penetrar en sus dominios bajo

el arco de la Ilusión. La misión del poeta es cultivar la esperanza,

ascender a la verdad por el ensueño y defender la nobleza y frescura

de la pasajera existencia terrenal, así sea amparándose en el palacio

de la divina mentira. Te ha tocado un difícil momento en la historia

de tu patria; momento de vacilaciones y de derrumbes, de dudas y de

miserias; pero tú no colgaste el harpa del «lloroso sauce». Antes bien,

elevaste por tu sonora y acerada poesía las almas, reavivaste el amor

a lo bello; de la duda hiciste hermosas esculturas de palabras en que

vió la joven generación cómo se esculpía el castellano en potentes

estrofas; con el _Idilio_ tomaste a la inagotable viña de amor, cuyo

jugo dará sangre a la poesía y al arte por los siglos de los siglos.

No, no intentes destruir una sola ilusión. En verdad te digo que

retoñará en mil partes. La obligación de la vejez sabia, es decir a los

que vienen coronados de flores, en su estación de encantos, en palabras

de luz, lo que dice la Boca de Sombra. Hay un caballero cantado en tus

poemas, que podía servirte de admirable ejemplo. Es aquel maravilloso

Raimundo, amoroso de amor, padre de enigmas, profesor de ilusiones,

capitán de ensueños, aquel Raimundo que encontró oculto el símbolo

del dolor eterno entre los pechos de la mujer amada e imposible. Pues

bien, Raimundo Lulio no se fué por el camino de la desesperanza, sino

que, como entró en el templo, montado en su caballo, ascendió a las

estrellas, cabalgante en su pegaso, en seguimiento siempre del ideal.

Aquel inmenso poeta, aquel príncipe del símbolo, aquel sabio, te señala

una buena pauta que seguir. No pasa el tiempo para los poetas que

tienen el alma firme y libre; para los que no reconocen fronteras,

preocupaciones, limitaciones: las musas son como dices, muchachas

fragantes y frescas, pero no tienen inconveniente en ir a dormir con

Booz, o acostarse en el lecho del viejo David.»

Y no sé en qué libro antiguo he leído que Abisag, después de sus

nupcias con el anciano rey del harpa, quedó en cinta y dió a luz una

estrella.

[Ilustración]

TENORIO Y HAMLET

[Ilustración]

10 de noviembre 1899.

CADA comienzo de noviembre, al empezar a asarse las castañas y a

inflarse los buñuelos, es sabido que Don Juan Tenorio hace su visita a

Madrid. Este año ha estado también el taciturno príncipe de Dinamarca.

Hamlet, encarnado en Sarah, la prodigiosa comedianta que ha logrado

cristalizar la más inconmovible juventud. Don Juan se ha visto en casi

todos los teatros y han sido largo asunto de discusión las innovaciones

de un cómico que ha querido presentar un Tenorio como cortado por molde

de comedia francesa a la moderna, un Tenorio a quien se ha amputado el

apéndice que Cyrano llevara hasta delante del Eterno Padre, y Don Juan

también, un apéndice que constituye en esos caballeros parte vital y

precisa: ¡el _penacho_!

Pues el actor de la Comedia, Thuiller, ha creído oportuna la

variación, y dió un Don Juan despenachado. Dijo a la sordina la décima

zorrillesca; quiso imponer lo natural en punto en que la naturalidad

huelga; el hombre que convida a comer a los difuntos ha hablado como

un tipo de Dumas hijo o de Lavedan; Doña Inés del alma mía ha tenido

que corresponder en igual tono a las declaraciones de su caballero;

esto ha sido un _flirt_ en vez de la tradicional tempestuosa pasión

manifestada; la famosa cavatina ha sido una _causerie_; el público se

ha mostrado sorprendido, le han cambiado a su Don Juan; la crítica

censuró al actor, pero los empresarios demostraron que los críticos

aplaudieron en la temporada pasada lo que hoy han señalado como

defectuoso. Lo cierto es que el señor Thuiller ha errado. El Tenorio

tipo de leyenda no cabe en la pauta de conservatorio reformista

que ha querido imponerle. Don Juan, el idealizado por los poetas y

cuyo contacto según Musset engrandece, no tiene nada que ver con el

personaje histórico de quien Sevilla posee un retrato--el señor de

Mañara--por otra parte, muy feo, y al cual seguramente el actor no

querría copiar. El nuestro, el de todo el mundo, es un antiguo amigo,

_our ancient friend Don Juan_, que dice el sublime y donjuanesco

lord. Para darle vida, no es preciso que el actor se desgañite y

gesticule como un loco, cual lo hemos visto en los infinitos Tenorios

que nos ha dado la declamación española, pues desgraciadamente no hay

cómico de la legua que no quiera entenderse con su correspondiente

convidado de piedra. Mas algunos grandes actores ha habido que en

España han penetrado en el carácter de Don Juan, sin menoscabarle ni

hipertrofiarle. Calvo fué uno bueno, para no citar anteriores, y Vico,

y aun otro actor de poco renombre pero de reconocido talento, Pedro

Delgado, que este año ha hecho el Tenorio en... en el pueblo de Écija.

No se puede hablar de _Don Juan_ sin recordar al pobre Zorrilla, que

decía con justa amargura, poco antes de morir: «mi _Don Juan_ produce

un puñado de miles de duros anuales a sus editores, y mantengo con él

en la primera quincena de noviembre, a todas las compañías de verso

de España». Él ha contado de admirable manera el génesis de su drama,

que por cierto no fué recibido por el público con el triunfo que más

tarde consiguiera. Fué en el año de 1844, en febrero. El actor Latorre

necesitaba una obra flamante para su _rentrée_ en la villa y corte.

Zorrilla era quien debía entregar la obra. Había él refundido en ese

tiempo _Las Travesuras de Pantoja_; y registrando las comedias de

Moreto, tuvo la idea de la pieza; y con el _Burlador_ y la refundición

de Solís, manifestó a Latorre que se comprometía a entregarle un _Don

Juan_ en el término de veinte días.

No conocía Zorrilla, según propia confesión, ni _Le Festin de Pierre_,

de Molière, ni el libreto de Da Ponte, ni lo que había ya hecho en

Europa con más o menos igual argumento. «Sin darme, dice, cuenta del

arrojo a que me iba a lanzar, ni de la empresa que iba a acometer;

sin conocimiento alguno del mundo ni del corazón humano; sin estudios

sociales ni literarios para tratar tan vasto como peregrino argumento;

fiado sólo en mi intuición de poeta y en mi facultad de versificar,

empecé mi _Don Juan_, en una noche de insomnio, por la escena de los

ovillejos del segundo acto, entre Don Juan y la criada de Doña Inés

de Pantoja». Los ovillejos los compuso a oscuras, y sin escribirlos;

a pura memoria los retuvo. Del plan de la obra apenas si tenía hilos

tendidos. Su plan era «conservar la mujer burlada de Moreto y hacer

novicia a la hija del comendador, a quien mi Don Juan debía sacar del

convento, para que hubiese escalamiento, profanación, sacrilegio y

todas las demás puntadas de semejante zurcido». Comenzó a escribir,

pues, sin saber por donde iba. La musa le supo guiar. Puso a Don

Juan en su piel; y Ciutti, es el nombre de un criado italiano que

había tenido Zorrilla, en el café del Turco de Sevilla; el hostelero

Butarelli, uno que vivía en la calle del Carmen el año 1342, y de quien

fué huésped el poeta. De Ciutti, el de carne y hueso, ved el retrato

que traza en cuatro rasgos: «Ciutti era un pillete muy listo, que

todo se lo encontraba hecho, a quien nunca se encontraba en su sitio,

al primer llamamiento, y a quien otro camarero iba inmediatamente a

buscar fuera del café, a una de dos casas de la vecindad, en las cuales

se vendía vino más o menos adulterado, y en otra, carne más o menos

fresca. Ciutti, a quien hizo célebre mi drama, logró fortuna, según me

han dicho, y se volvió a Italia».

He hablado alguna vez de los postreros años de Zorrilla, cuando, en

una existencia de enfermedad y pobreza, llevaba en su vejez todavía un

rayo de sus antiguos fuegos; y veía ganar dinero, mucho dinero, con

sus viejas obras, a editores a quienes en otro tiempo las vendiera en

lamentables condiciones. Entonces fué cuando Castelar sostuvo en las

Cortes la necesidad de pensionar al lírico, y la pensión fué negada a

quien era propietario del cielo azul, «en donde no hay nada que comer».

* * * * *

Hemos visto en Madrid el discutido Hamlet de París. Sarah-Hamlet.

Discusión hubo sobre si Hamlet fué rechoncho o delgado, alto o bajo;

en lo que no puede haber es sobre lo bello de la soberana creación que

realiza la gran francesa. Como lo ha acostumbrado Sarah, la compañía

que ha traído ha sido mediocre; de modo que toda la atención se ha

concentrado en la «princesa del gesto y reina de la actitud». Sorprende

desde luego el poder de la trágica al cambiar casi por completo su

conocida voz de oro, por una voz de hierro, o mejor, de acero. En la

masculinización de su papel el prodigio se impone. Desde que aparece el

príncipe _au pourpoint noir_, el hechizo está realizado. Apenas si uno

tiene tiempo de protestar por los cortes y aun descuartizamientos que

se han perpetrado en la obra, como el suprimir, entre otras cosas, la

escena de Hamlet ante el rey que ora, o el diálogo de los sepultureros.

Pero en las partes básicas de la tragedia, el encanto aportado por

Sarah vale por una de las más inmensas sensaciones de arte que puedan

experimentarse.

Hay, entre muchas, una escena en el primer acto en que el dominio es

absoluto, y en la frase final el auditorio siente un gran sacudimiento:

_But break, my heart; for I must hold my tongue_,

que Sarah hace vibrar en su francés: «_Mais éclate, mon cœur, car il

faut rester bouche close!_»

La interpretación de Sarah es de esas acciones artísticas que pueden

apasionar hasta la violencia. Me explico la estocada de Vanor a Mendés.

Aquí Sarah se ha impuesto, a pesar de que no es muy común el dominio

de la lengua francesa en el público. Cierto es que el público de Sarah

Bernhardt ha sido de lo más aristocrático de que se compone el «todo

Madrid».

Quienes han admirado a sir Irving, quienes conocen el «juego» de

Monet-Sully, quienes recuerdan a los potentes trágicos italianos

de este siglo, hasta Novelli, con su _Hamlet_ gesticulador, están

de acuerdo en que no ha habido palacio de carne humana en que se

hospede como en propio habitáculo el espíritu del soñador pensativo

de Elseneur, como la carne nerviosa y eléctrica de Sarah Bernhardt;

ella es el príncipe delicado, pero fuerte de nervios, que le hacen ser

buen esgrimista; lejos de la fuerza musculosa, pues él mismo exclama

en una escena, hablando de su tío incestuoso: «_But no more than my

father,--Than I to Hercules..._»

[Ilustración]

UNA EMBAJADA

[Ilustración]

LA embajada extraordinaria alemana presidida por el príncipe Albrecht

ha sido en estos días nota de actualidad. Él es un buen gigante teutón,

digno representante de su tierra militar y férrea. Le ha traído el

Águila Negra al adolescente rey Don Alfonso XIII, que en la ceremonia

palatina ha dicho un muy bonito discurso en francés. No ha habido

revistas militares, por disposición de gran cordura. Pero los príncipes

extranjeros han visto mucho de la España grande e indestructible:

han visto la sala de Velázquez en el Prado, han tenido otras varias

impresiones que les han podido dar a entender que por más que la obra

de los malos gobiernos traiga ruina y desastre a la patria española,

queda un rico fondo de fecundidad y de vida de donde brote una España

dueña de su porvenir.

Han podido admirar también la otra noche, en el Teatro Real, la

soberbia mina de hermosura que se encierra en este pueblo lleno de

bizarrías y hechizos. La aristocracia mostraba joyas de juventud y de

belleza de que pocos países pueden enorgullecerse.

Ya es el tipo de grandes ojos negros y cabelleras de una riqueza

incomparable que pesan sobre los cuellos armoniosos como la carga

capilar que agobia a una _d'annunziana_ virgen de las rocas; ya el

tipo semiarábigo, que denuncia la andaluza procedencia; o la mujer

maciza del Norte que en su opulencia guarda el orgullo gentilicio de

una raza generosa. Y mientras la Darclée hacía su Manón bravamente, yo

veía al coloso alemán recorrer con sus gemelos el jardín de los palcos.

Allí tenía la fragante flora humana del país solar que ha vivido en un

ambiente de heroísmo caballeresco bajo un cielo de poesía; allí las

descendientes de los más preclaros nombres de la nobleza española,

mantenedoras de la gracia que pintaron tantos pinceles ilustres y que

cantaron tantos luminosos poetas.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 16 / 24 段