En los buenos tiempos románticos florecieron en Madrid muy famosos

editores como Roig y Mellado. No enriquecerían a los poetas llenos

de apetito de entonces, pero por lo menos les quitaban el hambre.

En medio siglo ha perdido Madrid mucho de su ambiente literario.

Zorrilla, como poeta lírico, no sacaría hoy a su editor un puñado

de onzas para sus caprichos, como el año 1840. Apenas un puñado de

garbanzos, y gracias. Hay de aquellos tiempos volúmenes de poesías

de autores desconocidos, hechos en casas editoriales que, por lo

menos, pagaron la edición. Hoy quien no esté abonado por el nombre, no

encontrará sino el desdén de no importa cuál editor. De entonces acá

es cierto que se ha apagado el entusiasmo. Los periódicos publicaban

folletines de versos que la gente leía sin duda; la novela estaba un

tanto canija; pero, a pesar de su flacura y anemia, había editores

para ella. Es verdad que la prensa ayudaba mucho a los libros; los

periódicos, en general, cuidaban de su parte literaria, y aunque no

hubiese grandes críticos, porque la crítica nunca tuvo en España

muchos ni muy competentes devotos, teníanse en cuenta la bibliografía

y se hablaba y se discutía alrededor de una obra nueva. Hoy la Prensa

no se ocupa de un libro nuevo a conciencia. No hay críticos fijos en

las redacciones. El libro se anuncia, a lo más en una gacetilla--la

misma para todos los periódicos--que por lo general manda hecha el

editor interesado; y los artículos firmados por nombres de autoridad

obedecen a móviles amistosos o de camaradería, antes que a cualquier

preocupación artística, o literaria. Hasta hace algún tiempo, el envío

de dos ejemplares de un libro a una redacción hacía que se hablase

de la obra con más o menos laconismo; hoy ni las obras de los más

sonantes autores--Galdós, Pereda, Palacio Valdés, Pardo-Bazán, Valera,

etc.--encuentran eco en la Prensa. Galdós, con empresa especial para

sus libros y con el sentido comercial que le distingue, anuncia sus

nuevos _Episodios Nacionales_ en la cuarta plana de los diarios, junto

al aviso en que el novelista santanderino Pereda recomienda su fábrica

de jabón; Valera se da por satisfecho con las atenciones de su público

y las traducciones que le hacen en el extranjero, y Palacio Valdés, que

tiene un desdén profundo por la crítica de su país, ni siquiera envía

sus libros a las redacciones, escribe para ser vertido al inglés y

leído en Nueva York y en Londres.

Hasta los libreros y editores van dejando la costumbre de enviar los

dos ejemplares de prensa, al ver la inutilidad del procedimiento.

Las ediciones de los románticos--algunas muy bien hechas y muy

parecidas a las de los franceses--debieron ser numerosas. Demuestran

más que el valor de los poetas, el entusiasmo del público. Desde

Salas de Quiroga hasta Romero Larrañaga--ayer, hoy y mañana ilustres

desconocidos--un ejército de cabelludos desbocados exuberó en prosas y

versos que tuvieron la vida de una col. Sus ediciones--de las que se

suelen encontrar ejemplares muy hermosos en los puestos de librería de

viejo--no se cotizan, como en otros países, por motivos esencialmente

tipográficos y de curiosidad literaria. La primera edición de los

_Romances_ del duque de Rivas no vale más que dos pesetas, y he visto

vender en quince una primera edición de los trece primeros volúmenes

de _Poesías_ de Zorrilla. Del _Trovador_ de García Gutiérrez y

_Los Amantes de Teruel_ de Hartzenbusch, si aparecen las ediciones

primitivas, se confunden en los montones de comedias que se venden por

lotes, con las más recientes, y se cotizan a veces a menor precio que

las que acaban de aparecer, porque «son viejas». Las primeras obras

de Campoamor corren igual suerte. En la época romántica se fundaron

las «Galerías dramáticas», y creo que el editor Delgado fué el primero

que intentó el negocio. Hasta entonces, y sobre todo en los siglos

XVII y XVIII había habido impresores que coleccionaban preferentemente

comedias y las imprimían a dos columnas. Aun aparecieron impresas así

las de Moratín y las tragedias de Jovellanos y Quintana. Luego se

adoptó para comedia el 16º; así aparecieron las primeras de Bretón de

los Herreros, y al fin se agrandó la forma, estableciendo la primera

galería el tamaño corriente y el formato que hoy se usa para las obras

teatrales. Así como ahora lo que sobra en las galerías son títulos,

al principio faltaban, y para presentar un catálogo copioso de obras

nuevas y nombres nuevos, Delgado ofrecía buenas pesetas por todas las

obras que le llevaban los principiantes. Imprimía los originales sin

leerlos siquiera. Sólo así se concibe que hayan llegado a publicarse

muchas obras entre las cuales me ha llamado la atención, y no por sus

bellezas, una de Campoamor, que debió escribir el poeta cuando tenía

quince años. Se vivía en aquel mundo literario en una inocencia

arcádica. La Prensa aplaudía las fogosas redondillas y los ingenuos

sonetos. El bisoño Orfeo, recién llegado de provincia, encontraba un

colega cortesano que le presentase a un editor; las tentativas se

estimulaban; de una tertulia salía con frecuencia un nombre nuevo:

el público se dejaba seducir por aquellas fascinaciones. Un epigrama

daba la vuelta a la ciudad, y una poesía solía conquistar la buena

voluntad de un ministro. Renduel no existía, ni Lemerre tampoco; pero

algo semejante animaba en España a los excelentes hijos de Apolo. Es

de lamentar que un Valera no deje escrita la historia íntima de la

literatura española de este siglo. Sería muy interesante ver cómo se

producen y se agitan las corrientes por un momento dominadoras de todo

y que desaparecen en este país nervioso, impresionable y de mil faces.

Don Wenceslao Ayguals de Izco quizá fué el primer editor literario de

empresa. Don Wenceslao acometía la novela, se lanzaba por la poesía,

autor fecundo y atrevido; dirigió un periódico, _la Risa_, en que

escribieron todos los famosos de la época, y supo fundar un negocio de

publicidad en grande escala; falsificó en castellano _Los Misterios

de París_ y el espíritu de Sué, con su _Hija de un jornalero_ y su

_Marquesa de Bella Flor_.

Gaspar y Roig y Ángel Fernández de los Ríos hicieron bibliotecas

ilustradas del tamaño y forma de los _magazines_, y a ellos se debe

en gran parte el sostenimiento de la cultura literaria, pues hicieron

traducir y publicaron muchas obras francesas e inglesas con buenas

ilustraciones intercaladas en el texto y a precios hasta entonces

desusados. Asimismo alternaban con los extranjeros Espronceda y

el duque de Rivas, Carolina Coronado y Fernández y González. En

competencia con los _cuadernos_ cultos de la Biblioteca Universal

y de la Biblioteca Gaspar, aparecieron las entregas de novelas de

un género especial. Era el desborde de la fantasía endiablada de

Fernández y González, el torrente sentimental de Pérez Escrich, la

honesta narración «a la papá» que humedeció los pañuelos de varias

generaciones en España y América, y a cuyo recuerdo aun suspiran las

porteras agradecidas. Ambos novelistas ganaban muchas onzas de oro y

enriquecieron a sus editores. Pero la novela por entregas también pasó,

al vuelo del tiempo, y el honrado Escrich murió en la pobreza después

de cazar mucho y escribir otro tanto, pues su vida en la Corte se

deslizó como canta una quintilla suya:

Escrich es un cazador

Que pasa días felices

Persiguiendo con ardor

En el campo a las perdices

Y en Madrid al editor.

Como en Valencia durante muchos años la Biblioteca de Cabreziro hacía

buena obra publicando libros de mérito, más tarde en Barcelona La

Maravilla dió al público novelas e historia a precios reducidos, y

alcanzó popularidad. Por allí salieron a mezclarse con el pueblo

español Walter Scott y Dumas el viejo. No hay duda de que del año de

1840 al 1860 se publicaba y leía más en la Península que lo que ahora

se publica y se lee. Los editores de Barcelona que hoy trabajan mucho,

lo hacen de modo principal para la exportación y con escaso cuidado.

En Madrid apenas hay editores literarios. Las bibliotecas económicas

de vulgarización a dos reales aumentan y producen continuamente. La

primera fué la de Pi, la Biblioteca Universal, hecha por el patrón

de la francesa del mismo título, aunque a precio duplicado (la

Bibliothèque Universelle sólo cuesta veinticinco céntimos); siguióla en

Valencia la Biblioteca Selecta y en Barcelona la Biblioteca Diamante.

Antonio Zozaya intentó cuerdamente su Biblioteca Filosófica--también

a dos reales--y dió a conocer al gran público, cierto que como en un

botiquín, a los filósofos antiguos y modernos, desde Aristóteles hasta

Schopenhauer.

No dejaré de recordar el impulso que dió a las obras ilustradas,

con sus libros bien presentados y económicos, el editor Cortezo,

barcelonés, en su Biblioteca de Artes y Letras, con encuadernaciones a

la inglesa, y sus buenos grabados; a tres pesetas volumen, dió mucho

bueno. La Biblioteca franco-española y el Cosmo editorial inundaron

el país de traducciones, por lo común mediocres y malas; una importó

al divino Montepín, a la otra se le debe agradecer la presentación de

Zola. Lázaro y Galdeano, director de la _España Moderna_, y de quien ya

os he hablado, hombre de buen gusto y de fino tacto, ha invertido una

fortuna en traducciones. Al comenzar en París la _Collection Artistique

Guillaume_, Sanz de Jubera quiso aquí imitarla. Error. El fracaso vino

luego. Editores de novela como Charpentier, o de poesía como Lemerre no

hay en España ninguno. El editor Cortezo intentó fundar en Barcelona

una biblioteca de novelas contemporáneas, pero tuvo que abandonar

la empresa. El problema es sencillo. Los editores quieren firmas

reputadas, nombres hechos, quieren la seguridad de la venta, la salida

del producto. Los jóvenes, y entre ellos muchos que acudirían a formar

esa biblioteca, no son recibidos, y, cuando publican uno que otro

trabajo, lo hacen por cuenta propia. Ello no es nuevo. Pérez Galdós,

Pardo-Bazán, Palacio Valdés, que antes de ser conocidos tuvieron que

publicar ellos sus obras, se han acostumbrado a eso, y ahora, ya

célebres, no se resignan a sufrir la tutela de Shylock de un editor.

¿Qué ventaja le reportaría al señor Pereda, por ejemplo, un editor que

le diera de sus obras menos de lo que ahora le paga Suárez, que se

las administra por un 35 por 100? Si cuando empezaban esos escritores

hubiese habido un editor de comprensión y talento que les acogiese y

ayudase, como Charpentier a Zola, a Daudet, a Goncourt, estarían todos

unidos ahora a la sombra de un buen árbol editorial, que a su vez se

habría nutrido de rica savia y sería amparo siempre de los nuevos. Aquí

el editor no quiere hacer obras, sino ser contratista de obras hechas.

La guerra, el desastre, han traído ahora un movimiento que algo hace

esperar para mañana, o para pasado mañana. No hay que olvidar que los

ingleses llaman a esto _the land of «mañana»_. Se ha producido algo

más en estos tiempos que antes de la _Débâcle_, en novela, estudios

sociales, crítica, anuarios, etc. Han aparecido nombres nuevos, y los

mismos nombres viejos han aparecido como con un barniz nuevo. No hablo

de la producción catalana, que cuenta con el libro de arte en fondo y

forma; _L'Avenç_, por ejemplo, no tiene nada que envidiar a Empresas

como el _Mercure de France_, o la de Deman, de Bruselas. Tal es la

actual España editorial.

Allí entre nosotros solemos quejarnos. Yo ya no me quejo. Aguardemos

nuestro otoño. ¡Oh! argentinos, creed y esperad en ese gran Buenos

Aires.

[Ilustración]

NOVELAS Y NOVELISTAS

[Ilustración]

24 de julio.

ACABA de publicar don Juan Valera una novela nueva, _Morsamor_. Hace ya

días que el libro ha aparecido, y la crítica «oficial»[2] no ha dicho

una sola palabra, si se exceptúa el saludo de Cávia al aristocrático

y veterano autor de _Pepita Jiménez_. Don Juan Valera se encuentra, a

pesar de su ceguera y de los ataques del tiempo, en una ancianidad que

se puede llamar florida.

[2] La crítica «oficial» ha hablado por boca de don Leopoldo

Alas: «Valera no es como los pedantes Flaubert y France...»

Hablando de un argentino, en cuyos largos años ha nevado ya mucho, pero

que se conserva maravillosamente, decía José Martí: «Es un lirio de

vejez». El aspecto de don Juan Valera dice la salud y la paz mental.

Hace algunos meses presidió, con sus ojos sin luz, una sesión pública

de la Real Academia; Menéndez Pelayo le leía el discurso, y parecía

que, con suave sonrisa y leves movimientos de cabeza, Valera se

aprobase a sí mismo, al correr los períodos cristianamente fluviales de

su prosa académica. Tiene muy feliz memoria, y su conversación es de

aquellas que encantan. Sus sábados han sido famosos entre las gentes

de letras. La muerte ha raleado algo el grupo de sus contertulios. En

siete años, encuentro de menos al duque de Almenara, a don Miguel de

los Santos Álvarez, a varios más que tuve la honra de conocer en la

casa de la Cuesta de Santo Domingo.

El joven don Luis, hijo de don Juan, se ha casado con una hija del

duque de Rivas, nieta del autor del _Don Álvaro_ y de los _Romances_,

la cual solía asistir a las reuniones literarias de los Sábados. La

casa de Valera es la de un hidalgo noble de estirpe y de pensamiento.

Que los bríos del escritor se sostienen, lo dicen la constancia en la

labor y el mantenimiento de la bella virtud del entusiasmo. El nombre

de Valera es conocido en toda Europa; se le ha traducido mucho. Antes

que las heroínas de las novelas de Armando Palacio Valdés fuesen

luciendo su garbo español por el extranjero, ya la «señorita» Pepita

Jiménez «andaba en lenguas» por el mundo. Tiene conquistadas el ilustre

maestro generales simpatías y el respeto de todos. Si algo ha podido

hacerle daño, ha sido su extremada benevolencia en ciertos casos,

aunque se defiende casi siempre con una delicada ironía. Ha hecho mucho

por hacer conocer aquí las letras americanas. Sus célebres _Cartas_ son

de ello buena prueba.

A pesar del cansancio natural que produce este estilo común a todos

los escritores peninsulares--hoy en vías de adquirir, por los nuevos,

flexibilidad y variedad--, la prosa de Valera se lee con el agrado que

se deriva de su inconfundible distinción. Su lengua trasparente deja

ver a cada paso la arena de oro del castizo fondo, y en su manera, de

una elegancia arcaica, de una gracia antigua, se observa siempre el

gesto ducal, el aire nobiliario. Como Buffón, él también posee sus

_manchettes_, con la diferencia de que no se las tiene que poner para

escribir, porque no se las ha quitado nunca. Se le ha observado su

apego por asuntos de cierto picor erótico; y ha habido quienes se hayan

escandalizado de sus llamadas libertades. En realidad no es el hecho

para tanto.

No son las suyas sino figuras de pecado que pueden circular sin temor

entre el concurso de las «honestas damas» de nuestro tiempo, de las

cuales habría él sido, si le hubiese venido en deseo, el incomparable

cronista, el Brantome enguantado de piel de Suecia. Buena cantidad de

pimienta y demás aromas y picantes especias hay en el tesoro clásico

de novelas ejemplares y picarescas, para que no puedan aparecer hoy,

mostrando sus naturales gracias, mujeres españolas de cepa autóctona y

de indiscutibles atractivos, como Pepita Jiménez, Juanita _la Larga_,

Rafaela _la Generosa_. Don Juan es autor de formas y de fórmulas.

No varían mucho de las de fray Luis de Granada. Esto es una curiosidad

y hasta cierto punto un mérito. Se cree aquí que los americanos

estamos imbuídos exclusivamente en la literatura francesa, sin

saber que nos hacen su visita provechosa todas las literaturas

extranjeras. Se entiende que hablo de Buenos Aires. Sin salir de

nuestro periodismo--guardando las distancias--no se sospecha que hay un

Ebelot, francés, un Ceppi, italiano, y en sus puestos consiguientes,

un Loweinstain, inglés, un Clímaco Dos Reis, portugués, que escriben

castellano en nuestros periódicos _sin que se les note el acento_.

Y, consagrando el purismo, se habla con respecto al castellano de

América y en especial del de la República Argentina, con espanto

castizo, con horror académico, para venirnos, por opinión de su más

conspicuo crítico, con que don Juan Valera, a quien estimamos y

admiramos en su legítimo valer, es superior en algún punto a Flaubert o

a Anatole France.

Esto no es una excepción. Ya os he dicho que un espíritu tan informado

y sutil como doña Emilia Pardo-Bazán no ha vacilado en hacer de

Víctor Hugo un émulo de Campoamor. Por lo general, aquí se compara lo

propio con lo extranjero, cuando no con aire de superioridad, con un

convencido gesto de igualdad. No se dan cuenta de su estado actual.

No se dan cuenta de que quitando a Cajal y a algunos dos o tres más en

ciencias, y a Castelar en su rareza oratoria, no les conoce el mundo

más que por sus toreros y sus bailaoras. Pongo naturalmente a un lado

a los pintores. Y esto no es sino lo que oigo decir y reconocer por

hombres de pensamiento imparcial y sin preocupaciones, que desean para

su hermoso país una renovación, un cambio, una vuelta a la pasada

grandeza. Decía, pues, que uno de los incondicionales méritos del

eminente Valera estriba en su anticuada gracia estilística, en su

impecabilidad clásica, en ese purismo que hoy combaten humanistas como

Unamuno. Ciertamente, leído a pocos, saboreado a sorbos, ese estilo

agrada, pero después de varias páginas, el cansancio es seguro. Esto

llega hasta lo insoportable en el santanderino Pereda, el hombre

del «sabor de la tierruca» que para decir los restos de la comida

dice «los relieves del yantar». Le censura a Valera cierta crítica

quisquillosa, su tendencia a la rica mina amatoria, su hasta cierto

punto complacencia erótica. El amor le subyuga, es claro, como a todo

artista. Las gafas del censor en este caso deberían hacer leer bajo el

simulacro del Dios los conocidos versos del señor de Voltaire:

_Qui que tu sois, voici ton maître;

Il l'est, le fut, ou le doit être._

Valera se deleita, es verdad, en asuntos de esta clase, pero lo

hace con tanta discreción y, sobre todo, con tanto talento, que sus

historias desnudas o semiveladas se escuchan como la relación perfumada

y sugestiva brotada del anecdotario de un abate galante. Más atrevida

es doña Emilia Pardo-Bazán, y sus novelas adquieren en sus pasajes

escabrosos doble sabor por venir de fuente femenina.

Doña Emilia, mujer de vasta cultura, muy conocedora de literaturas

extranjeras y escritora fecunda, es también bastante famosa fuera

de España. Naturalista, desde los buenos tiempos del naturalismo,

ha permanecido en su terreno realizando el curioso maridaje de un

catolicismo ferviente y una briosa libertad mental. Ha escrito la

novela gallega y la novela de la corte, ambas con el conocimiento

directo del asunto a que su vida de alta dama de Madrid y terrateniente

de La Coruña le ha ofrecido campo. Sus últimas novelas han tenido menos

resonancia que las primeras, sin motivo especial, pues sus cualidades

de vigor y brillantez son las mismas. Cuenta con gran habilidad, y es

uno de los primeros cuentistas españoles actuales.

Armando Palacio Valdés puede asegurarse que escribe para el extranjero,

para ser traducido. Su clientela está en Londres, en Nueva York, en

Boston, no en Madrid. Se me asegura que cuando publica un libro no

manda ejemplares a la Prensa madrileña, sino con raras excepciones.

No se señala ciertamente por calidades de estilo, y se conoce que no

tiene grandes preocupaciones de arte; pero narra con verdad y color y

sobre todo es un gran técnico, un constructor de primer orden. Por otra

parte, el autor de _El Origen del Pensamiento_ no está por descubrir

como un fuerte talento, como una de las más hermosas figuras de la

España intelectual.

El famoso don Benito Pérez Galdós ha vuelto a cavar en la antigua mina

de _Episodios Nacionales_; convertido en el Charpentier de sí mismo, se

ha industrializado y fabrica de un modo prodigioso. Casi no hay mes sin

episodio, y el público observa que la ley de antaño era otra. A pura

novela se ha construído un elegante hotel en Santander y es hombre de

fortuna.

Era tiempo de dedicarse a la labor _para sí mismo_, como me decía Jean

Paul Laurens de la pintura, a la obra de arte y de idea en que el alma

ponga toda su esencia, en la libertad del soñado y perseguido ideal.

Don José María de Pereda, propietario de una fábrica de jabón,

descansa en sus conquistas. Regionalista rabioso, su mundo se concentra

en el Sardinero o en Polanco; su estética huele a viejo, su cuello se

mantiene apretado en la anticuada almidonada golilla. Es un espíritu

fósil, pero poco simpático a quien no tenga por ideal lo rancio y lo

limitado. Hay que leer esa _Sotileza_ que han traducido al francés,

hay que leerla en el idioma extranjero para ver lo que queda en el

esqueleto, despojada de sus afectaciones de dicción: un colosal y

revuelto inventario.

* * * * *

El valenciano Blasco Ibáñez es fuerte, enérgico, sencillo como un buen

árbol; lleva como la esencia de su tierra y en su rostro el reflejo

de un atávico rayo morisco. _La Barraca_ le ha colocado recientemente

entre los primeros novelistas españoles. Es joven, y los vientos de la

política le han envuelto. Como diputado a Cortes ha hecho bien sonoras

campañas, con mayor felicidad que el francés Barrès y el italiano

D'Annunzio. Cierto es que lo que menos hay en él es un esteta, en

el buen sentido de la palabra, porque aquí tiene uno muy malo. Sí,

Blasco Ibáñez es el hombre natural, de su país de flores y fierezas,

de cantos y bizarrías, y su alma sincera y sana va por la vida con

una libertad aquilina. Y tiene ese potente varón de lucha el pecho de

un sensitivo. Como a todos los pensadores contemporáneos, preocúpale

el áspero problema del hombre y de la tierra y está naturalmente con

los de abajo, con los oprimidos. En sus palabras del Parlamento como

en sus escritos, se manifiesta su continua ansia de combate. En _La

Barraca_ se exterioriza en las musculaturas del estilo uno de esos

espíritus de gladiador, o de robusto constructor, a la Zola. La onda

mental corre sin tropiezos con un ímpetu de fecundación que denuncia la

original riqueza. Libros como ese no se hacen por puro culto de arte,

sino que llevan consigo hondos anhelos humanos; son páginas bellas,

pero son también generosas acciones y empresas apostólicas. Pinta con

colores de vida escenas de su tierra que para el lector extranjero son

de un pintoresco interesantísimo. Es la «huerta», trozo paradisíaco,

rincón de amor y de vigor, saturado de energías primitivas, y en donde

la Naturaleza pone por igual en el hombre dulzuras y rudezas. En esa

tierra es en donde cantan las dulzainas sus sones de reminiscencias

africanas y las muchachas danzan llenas de sol. Alrededor de la barraca

surgen, en la obra de mi eminente amigo, tipos bañados de sombra y

luz, en aguas fuertes de una hermosa intensidad. Es el desgraciado

tío Barret, el asesino de don Salvador el terrateniente; es esa alma

salvaje de Pimentó, y su mujer, la Pepeta, que en la narración, en

medio de su revuelo de pájaro zahareño, se enternece de maternidad; es

la figura graciosa y buena de Roseta; y sobre todo, la vigorosa persona

de Batiste, fiero y alto ante el peligro, pero vencido al fin por una

funesta fatalidad; todo en una sucesión de cuadros, que encantan o se

imponen en su valor de verdad a punto de contagiar de angustia o de

sufrimiento; tal la muerte del hijo de Batiste, la de Pimentó, y el

incendio de la Barraca, en el cual, sin pecado, creo sentir un potente

aliento homérico.

Blasco Ibáñez es de contextura maciza, cabelludo y de bravas barbas,

ojo fino que va a lo hondo, amable o terrible: su conversación es, sin

penachos meridionales, franca y vivaz; es un _bon garçon_ ese soldado

de tormentas. Por lo de Montjuich ha luchado con entusiasmo, en unión

de otros dos escritores, Dionisio Pérez, redactor de _Vida Nueva_,

novelista cuyo _Jesús_ ha tenido cierta resonancia tanto en España como

en América, también hombre de combate y de talento tesonero, y Rodrigo

Soriano, cuyo nombre _La Nación_ ha hecho conocer en Buenos Aires;

carácter de irresistible simpatía, autor de libros varios sobre asuntos

distintos, pues si hace cuentos encantadores, sus críticas artísticas

son de interés y amenidad notorios, como sus artículos de periodista;

y en todo una fácil manera, un estilo de escritor mundano, al tanto

de todo lo que pasa en el extranjero, cosa rara aquí; un diletantismo

discreto y un innegable tono personal. Su amistad con Emilio Zola es

sabida; y el ilustre maestro le ofreció asistir al _meeting_ proyectado

en San Sebastián, en favor de la revisión del proceso de Montjuich.

Otros novelistas buscan también vías nuevas.

Un distinguido amigo escritor me manifiesta que la novela española

no existe hoy, como la francesa, la inglesa, la rusa. ¿Por qué?

«Porque las costumbres españolas comenzaron a perderse a fines del

siglo XVII, y la novela fundada en las costumbres no tiene carácter

nacional si aquéllas no son propias, nacionales. Habría que remontarse

a los clásicos para encontrar «costumbres», y, por consiguiente forma

especial del género novelesco. Acaso el triunfo de Alarcón, y, sobre

todo, el de Pereda, estriban sólo en esa cualidad: sus obras tienen

mucho de la tierra en que se formaron. Lo mismo podría decirse de

Fernán Caballero». No creo lo propio. En la literatura universal los

españoles tienen ese aislado tesoro que se llama la novela picaresca,

hoy ciertamente olvidado. Pero si es verdad que los novelistas de

España, del siglo XVIII a esta parte, han sido influídos por corrientes

exteriores, academicismo, romanticismo, _bon sens_, socialismo,

realismo, naturalismo, psicologismo, etc., a través de la imitación ha

permanecido visible el carácter nacional. Larra mismo fué tentado por

Walter Scott, y ¿quién más español que él, a pesar de su conocimiento

de literaturas extranjeras? Justamente ha escrito don Juan Valera a

quien estas líneas traza:

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 13 / 24 段