Después de recorrer estos salones, diríase que para los pintores

españoles no existe el mundo interior. El mismo paisaje no es sino la

reproducción inanimada de tierra, de árboles, de aguas, solitarios o

con acompañamiento de figuras anecdóticas; sin que la secreta vida

de la Naturaleza se presente una sola vez, y mucho menos el alma del

artista, que contagiara con su íntima sensación al espectador atraído.

«La realidad», se dice; y se nombra a Velázquez. Cierto, Velázquez

pintaba la realidad; pero sus colores animaban no solamente rostros,

sino caracteres; y con un bufón y un perro deja entrever todo un

espectáculo histórico. Goya es realista; pero ese potente dominador

de la luz y de la sombra ponía en sus creaciones, o en sus copias

de lo natural, quíntuple cantidad de espíritu. Sus incursiones al

bosque misterioso de las almas humanas le daban su singular dominio.

Los escultores actuales son alabados por sus tangibles condiciones

de realismo: «¡Cuánta anatomía saben!» Hacen huesos, nervios,

gestos, contracciones que dejen campo a estudios de esqueleto o de

musculatura; pero no hacen carne, no hacen vida, no hacen pensar, como

las figuras de Trentacoste o Bistolfi, para no citar franceses, en la

circulación de una sangre maravillosa bajo la epidermis de mármol o de

bronce.

Entre lo expuesto hay regular cantidad de _grandes machines_, y en

casi todas un lujo de tubos se desborda, una agrupación de todas las

charangas de los ocres y de los rojos, un desborde de azules, el

estrépito de las chirimías y gaitas de la paleta, con sacrificios

de dibujo, incomprensión de valores y relaciones, y tristeza de

composición. Mas aquí y allá, busca buscando, se encuentra lo de

mérito, y algo diré de ello, en cuanto me ayuden mis notas asidas al

paso en mis visitas.

Uno de los _clous_ de la exposición es un cuadro de Raurich, que desde

luego atrae por su originalidad y su vigor. Es un gran mazizo de tierra

asoleada en primer término, una pequeña altura en cuya falda medran

unos cuantos chaparros cuya sombra mancha de violeta oscura el terreno

reseco. En el fondo se divisa un azulado monte; y a la derecha, en

choque violento, con el amarilloso tono de la tierra, el mar al sol, de

un azul ofensivo, se deja ver, espumante en las olas que llegan a la

costa. La gran masa está plantada con hermosa osadía, y se calca en el

cielo soberbiamente; los detalles se avaloran con el atrevimiento de la

pincelada, que en veces diría espatulazo, toques espesos de un relieve

insolente, pero Raurich, a quienes le censuren por esto puede decir lo

que Rembrandt a los que notaban el espesor de su pincelada al marcar

los puntos luminosos: «Yo soy pintor y no tintorero». Y agregaba, a los

que hacían tales observaciones de cerca, a los que no sabían mirar,

apreciar esos toques de lejos: «Un cuadro no se hace para ser olido;

el olor del aceite es dañoso». Y encuentro esta tela admirable, y tan

solamente observaría que el mar no tiene perspectiva y aparece como

falto de nivel.

Sorolla presenta una tela meritoria, _Componiendo la vela_, en

la cual habría que señalar al par que las condiciones de color, que

acreditan a este pintor, y su estudio del movimiento, la nimiedad en

la rebusca de un efecto como el atigrado de luz y sombra que produce

el sol al pasar entre las hojas. Por otra parte, sus figuras, muy bien

hechas, tienen ojos que no miran, gestos que no dicen nada, es un mundo

de verdad epidérmica, de realidad por encima. Esto mismo digo de los

personajes de su escena de mar, _El Almuerzo a bordo_: en el ancho

bote, bajo las velas, unos cuantos marineros toman su alimento en la

fuente común. Maneja Sorolla con habilidad el claroscuro; los tipos

están bien agrupados, la inevitable «realidad» está conseguida.

Moreno Carbonero ofrece una nueva escena del _Quijote_, la aventura

con el vizcaíno. Cervantes ha tenido un sinnúmero de intérpretes,

desde antiguos tiempos. Cuando en el castillo de Fontainebleau,

Dubois pintaba las aventuras de Teágenes y Cariclea y Le Primatice

interpretaba a Homero, en el de Cheverni Jean Mosnier se dedicaba a la

historia de Astrea y a las aventuras del ingenioso Hidalgo manchego.

Más tarde, Charles Coypel se apasiona por este mismo asunto, al cual

Pater y Natoire se aplicarán también y consagrarán dibujos Tremolières

y Boucher. Esto solamente en Francia. Otros artistas de Europa,

especialmente los ingleses, se han complacido desde antaño en tales

asuntos, hasta el fuerte y noble Frank Brangwyn con sus recientes

ilustraciones del _Quijote_ de Gubbin. Pocos, sin embargo, han logrado

ser visitados por el verdadero espíritu de Cervantes. En España un

maestro como Moreno Carbonero ha intentado la evocación, pero creo

que sus propósitos de excesiva verdad le han alejado de la intención

cervantesca. No hay que olvidar que Don Quijote es la caricatura del

ideal; pero siempre en un ambiente de ideal. Desde luego, y con todo y

haber dejado un dibujo verbal perfecto de su héroe Cervantes, no puede

uno reconocer a Don Alonso Quijano _el Bueno_, al Caballero de la

Triste Figura, en la mayor parte de las encarnaciones de los pintores

y escultores. A propósito, hay en esta misma exposición una serie de

ilustraciones de Jiménez Aranda, muy notables como dibujo, pero que no

tienen nada de personajes cervantescos; esos Quijotes y esos Sanchos

son un Juan y un Pedro de cualquier parte, vestidos para representar un

papel. Moreno Carbonero me manifestaba una vez que para Sancho había

encontrado un modelo en la campaña manchega. El de Don Quijote sería

un precioso hallazgo. Pero luego habría que agregar al modelo el alma

del andante caballero, animarle con una chispa que no se encuentra a

voluntad cuando no es el genio el que impera.

La intelectualidad de Moreno Carbonero no es para discutirla; y en este

cuadro impone su sabiduría de colorido, su impecabilidad de factura;

pero Don Quijote tampoco es Don Quijote, aunque Sancho sea Sancho. Los

otros personajes quedan tan alejados en su término, que casi no dicen

nada, y el episodio pierde con esto su mayor interés. Cuando Pierre

de Hondt alababa los Quijotes de Coypel no dejaba de hacer notar el

valor del acompañamiento, de los personajes secundarios que siempre

ayudan a la animación del suceso. No he de olvidar dejar anotado que

la sensación de la árida Mancha está dada por el artista de modo

magistral. Es éste el terreno reseco que recorrieron Rocinante y el

rucio con sus dos inmortales jinetes. La conciencia de la indumentaria

y la resurrección de la época son completas; pero repito mi pensar:

tanta realidad hace daño a la idealidad del tipo, a lo, por decir así,

grotesco angélico que hay en el héroe que Cervantes creara con tanto

amor y amargura.

_Salus infirmorum_ de Menéndez Pidal sale de la pura realidad, para

ofrecernos una dulce impresión de fe, una escena de suave religiosidad.

Un pobre padre lleva ante el altar de la Virgen un niño enfermo. A su

lado ora la madre enlutada. El sacerdote, de sobrepelliz y estola,

acompañado del pequeño monago reza también por el enfermito. Esto es

verdad, es realidad, pero hay asimismo una entrevisión de más allá,

sopla un aire suave de misterio, y se siente que esas almas humildes

recibirán su bien de Dios. ¡Cuán otra _La Herencia del Héroe_ del Sr.

Suárez Inclán, de un sentimentalismo ocasional, de forzada factura;

escena de comedia para la Tubau, dolor sin verdad! Verdad e intención,

sí, se advierten en la tela de Santamaría, _El Precio de una madre_:

la familia rica que va a llevarse a la joven nodriza, de la campaña a

la ciudad; y el marido que se queda con el chico propio y la primera

paga no muy satisfecho, mientras su mujer, buena moza de ricas ubres

rurales, se le va con el muchacho ajeno. Este cuadro y un alto relieve

de Mateo Inurria, _La Mina de carbón_, son de las muy raras notas que

hagan pensar en un arte socialista en la exposición presente.

[Ilustración]

LA FIESTA DE VELÁZQUEZ

[Ilustración]

15 de junio de 1899.

FLOJA, muy flojamente se han celebrado las fiestas del «pintor de los

reyes y rey de los pintores». Cuando el centenario de Calderón, hubo

inusitadas pompas y agitaciones académicas que hicieron murmurar a

Verlaine en un soneto. Es verdad que la España de entonces no estaba

en la situación actual; pero, con todo, a España no le ha faltado

nunca ganas y dinero para divertirse; y don Diego de Silva Velázquez

bien valía una verbena. Por Rembrandt acaba de hacer relucir todas

sus alegrías Holanda, presididas las fiestas por la «naranjita» real

_à croquer_, Guillermina. Aquí el Gobierno ha hecho poca cosa, y el

entusiasmo de los artistas no ha podido suplir todo. Inauguración

de la Sala Velázquez en el Museo del Prado; recepción en Palacio,

inauguración de la estatua obra de Marinas; y se acabó. Tiempo hubo

de sobra para realizar algo digno de la ilustre memoria, y con un

poco de buena voluntad se hubiese rendido el tributo justo a quien

con Cervantes lleva el nombre de España a lo más alto de la gloria

universal. Inglaterra envió a sir Edward J. Poynter, Francia a Carolus

Durán y a Jean Paul Laurens--todos caballeros cubiertos delante de

Velázquez--. Todos tres, el día en que se descubrió la estatua,

saludaron al maestro antiguo y al arte que une los espíritus de todos

los climas y razas en la misma luz y adoración imperiosa. En la Sala

de Velázquez se ha reunido todo lo suyo existente en el Museo; y al

cuadro de «Las Meninas», se le ha colocado de manera que triplica la

ilusión.

¡Famoso empeño, descubrir a estas horas al gran pintor! No es mi

intención haceros un largo capítulo en que no hallaríais nada nuevo;

antes bien y a mucho andar, algún extracto de lo que con mayor

prolijidad y competencia podéis aprovechar en Justi o en Stirling,

en Madrazo o en Lefort, en Curtis o en Michel o en la reciente obra

monumental que ha dado al público Beruete con prólogo de Bonnat. Pero

mi buena suerte ha hecho llegar a mis manos un libro casi desconocido,

que se ha puesto a la venta, a pesar de estar impreso desde 1885; me

refiero a los _Anales de la vida y obras de Diego de Silva Velázquez,

escrito con ayuda de nuevos documentos por G. Cruzada Villaamil.

Madrid, librería de Miguel Guijarro._ Y de este libro, sí, os diré

algo, aprovechando la ocasión. El año de 1869, el autor, por cargo

oficial que a la sazón desempeñaba, tuvo oportunidad de registrar el

archivo del Palacio Real de Madrid, y entre papeles e inventarios del

tiempo de Felipe IV y su hijo, encontró gran número de documentos de

alto interés, referentes a Velázquez. No dejó de observar que otra mano

había andado por ahí antes que la suya, la cual mano extrajo buena

cantidad de papeles valiosísimos. En posesión de esos documentos, y los

que luego consiguió en Simancas y en el archivo histórico nacional,

nutrido de buena, aunque escasa bibliografía velazquina, y armado de

su experiencia de crítico de arte, el señor Cruzada Villaamil dió

comienzo y fin a su obra, que dedicó al rey Don Alfonso XII, por

haber este monarca apoyado su empresa. Muertos ya Don Alfonso y el

autor, se dió fin a la impresión del libro, y, creo que por causas de

testamentaría, u otro motivo judicial, es el caso que los pliegos,

todavía sin encuadernar, yacen en su depósito. De esos pliegos sueltos

es el ejemplar que está en mi poder, el cual debo a la amabilidad de un

distinguido caballero de la Corte.

En estos _Anales_ se nos presenta a Velázquez en su vida y en sus

obras, sencilla y claramente, al paso de los días. Es un arsenal

precioso para el Taine o el Ruskin de más tarde. El señor Cruzada

Villaamil escribía sin dificultad y sin estilo, o más bien, su prosa

es de esa prosa académica que por tan largo tiempo ha subsistido entre

estos escritores, a largas circunvoluciones de períodos, cansadora,

monótona, pesada. Pero la carta, la anécdota, el documento, interesan y

atraen. Comienza la obra con una exposición del estado de la pintura en

el reinado de los Felipe II y III, y resaltan las figuras del «divino»

Morales, el mudo Navarrete, Sánchez Coello el portugués, Carvajal

Barroso y Pantoja, mientras en Italia se alza la soberana persona del

viejo Ticiano, quien no dejó de ser aprovechado por el Segundo Felipe

y pintó para el Escorial «El Martirio de San Lorenzo» y la «Santa

Cena». Felipe III no impulsa tanto el arte, aunque artistas italianos

que residían en España prosiguiesen en su labor continua. Este período

tiene, no obstante, de notable la llegada de Rubens, enviado por

el duque de Mantua a Valladolid. Curiosa es la nomenclatura de los

regalos que traía el flamenco: «para Su Majestad una hermosa carroza

tallada--que el señor Villaamil cree sea la que hoy se conoce en las

reales caballerizas como el _coche de doña Juana la loca_,--con sus

caballos; doce arcabuces, de ellos seis de ballena y seis rayados; y un

vaso de cristal de roca lleno de perfumes. Para la condesa de Lemus,

una cruz y dos candelabros de cristal de roca. Para el secretario Pedro

Franqueza, dos vasos de cristal de roca y un juego entero de colgaduras

de damasco con frontales de tisú de oro. Veinticuatro retratos de

emperatrices para don Rodrigo Calderón, y para el duque de Lerma un

vaso de plata de grandes dimensiones, con colores, dos vasos de oro y

gran número de pinturas, que consistían en copias, mandadas sacar en

Roma al pintor Pedro Facchetti, de los cuadros más preciados de aquel

tiempo». La opinión que Rubens tuviera de los pintores españoles en

tal momento es digna de notarse. Él escribía al secretario del duque

de Mantua, Iberti, que el duque de Lerma «quiere que en un momento

pintemos muchos cuadros, con ayuda de pintores españoles. Secundaré

sus deseos, pero no los apruebo, considerando el poco tiempo de que

podemos disponer, unido a la miserable insuficiencia y negligencia de

estos pintores, y de su manera--a la que Dios me libre de parecerme en

nada--absolutamente distinta de la mía». Y en otra parte: «El duque

de Lerma no es del todo ignorante de las cosas buenas; por cuya razón

se deleita en la costumbre que tiene de ver todos los días cuadros

admirables en Palacio y en El Escorial, ya de Ticiano, ya de Rafael,

ya de otros. Estoy sorprendido de la calidad y de la cantidad de estos

cuadros, pero modernos no hay ninguno que valga». Rubens partió,

y acaeció el incendio de El Pardo, en donde se perdieron tesoros

pictóricos. Así el reino de Felipe III concluye para la vida artística.

Felipe IV fué el rey artista: escritor, pintor, actor, algo tenía entre

las paredes del cerebro de lo que hoy anima las aficiones y bizarría

de Guillermo de Alemania. Los pintores, tanto como los poetas, fueron

protegidos, y entre todos, el fuerte Velázquez no cesa en su labor.

Los retratos se multiplican, y son sus modelos desde las princesas

hasta los bufones y los perros. No dejó la malquerencia de visarle, la

envidia de morderle. El monarca, no obstante, le sostuvo en su favor.

Lo cual regocijaba al buen Francisco Pacheco que viera los comienzos

de su amado don Diego, allá en su obrador de Sevilla. Es de interés

la descripción de la casa de Pacheco en donde se reunían escritores,

poetas, artistas de toda especie, a charlar y discurrir; no faltó a

tales reuniones cierto manco que creara cierta novela inmortal.

Tanto quiso Pacheco a don Diego, que le dió su hija por mujer. «Después

de cinco años de educación y enseñanza, le casé con mi hija, movido de

su virtud, limpieza y buenos portes, y de las esperanzas de su natural

y grande ingenio». «Y porque es mayor la honra de maestro que la de

suegro, ha sido justo estorbar el atrevimiento de alguno que se quería

atribuir esta gloria quitándome la corona de mis postreros años».

Página misteriosa es la de los amores de Velázquez. Quizá su matrimonio

fué hechura exclusiva de su maestro, sin que la pasión tuviera la menor

parte. Influído por Tristán y por lo tanto por _el Greco_, afianzóse

el artista en su vigor de colorido, al brillo de la gloriosa luz

veneciana. Es en 1622. Velázquez va a visitar El Escorial, y para ello

parte para la Corte con buenas recomendaciones y con el encargo de

hacer el retrato de Góngora. Con buen viento llega, y le reciben sus

paisanos los andaluces, entre los cuales estaba la alta influencia del

conde-duque de Olivares. De allí a poco, hace el retrato del rey. En

este orden siguen los años que duró la vida del pintor, con gran copia

de documentos, con cartas curiosas; con papeles en los cuales se ve que

no era muy envidiable el puesto de Velázquez en Palacio, a pesar de

todo lo que entonces era considerado como una honra. Al artista se le

concedió la comida palaciega en esta forma: «Diego Velázquez, mi pintor

de Cámara, he hecho merced de que se le dé por la despensa de mi casa

una ración cada día en especie como la que tienen los barberos de mi

cámara, en consideración de que se le debe hasta hoy de las obras de

su oficio que ha hecho para mi servicio; y de todas las que adelante

mandare que haga, haréis que se note así en los libros de la casa. (Hay

una rúbrica del rey). En Madrid, a 18 de septiembre de 1628.--_Al conde

los Arcos, en Bureo_».

Como ésa hay otras tantas llamativas notas en el grueso volumen del

señor Villaamil; y en cuanto a la parte de la obra artística, análisis

de los cuadros, legitimidad de algunos dudosos, y otros puntos de

esta especie, dicho libro es de aquellos que no deben faltar en la

biblioteca de un Museo, o de un artista estudioso; y es una lástima

que no se ponga a la venta, por las razones que dejo expuestas

anteriormente.

Quise hablar con sir Edward J. Poynter pero no me fué posible

encontrarle. En cambio, puedo transmitir mis impresiones de una

entrevista con Jean Paul Laurens y Carolus Durán. Son dos tipos

completamente opuestos. Laurens es el hombre de labor, el artista

austero y consagrado a su ideal de una manera tiránica. Durán es

el elegante pintor de los salones, el retratista de las princesas

de la aristocracia y de las princesas plutocráticas de los Estados

Unidos... No hay que negar su habilidad suma, sus dotes de ejecución,

su colorido, su dibujo, las condiciones todas que le han llevado a la

presidencia de la Sociedad de Artistas Franceses, y a la fama universal

y a la fortuna. Han pasado escuelas modernísimas y tentativas varias

delante de su inconmovible invariabilidad. Carolus Durán ha sonreído de

todo, y, comprendiendo su tiempo, sigue la corriente.

Su cabeza es la hermosísima cabeza de un Lohengrin adonjuanado; el

cuerpo, elegante, a pesar de la imposición del vientre en lucha con la

gimnasia y con la esgrima. La melena y la soberbia barba, nevadas de

días y noches de buena vida; el ojo perspicaz y voluptuoso, como la

boca; el gesto principesco. Carolus Durán, munido de su indispensable

y parisiensísima _pose_, es un hombre encantador. Me habló de

Velázquez, de la pintura española, todo esto en español, pues lo habla

correctamente, aunque de cuando en cuando le falta el vocablo. Le hablé

de Buenos Aires. «Buenos Aires...» Conoce poco. Lo que él conoce es

Nueva York. ¡Ya lo creo!... No obstante, sabía que en Buenos Aires

está la «Diana» de Falguière y que la ciudad tiene cerca de un millón

de habitantes. Nuestros ricos sudamericanos, decididamente, debían

acordarse algo más de que es preciso tener un retrato de Carolus Durán.

Jean Paul Laurens parece al pronto un hombre seco y hasta adusto.

Y debe tener muy temerosa idea de los periodistas, pues antes de

serle presentado por Ruiz Guerrero, apenas me contestaba una que otra

palabra. Luego--fué en el Círculo de Bellas Artes--, se abrió, en la

más grata franqueza, sonriendo amablemente su dura cabeza de apóstol.

Me habló también del arte español y de Velázquez, y me hizo un curioso

croquis verbal de su compañero y amigo Carolus Durán, con quien había

estado en oposición, «pero siempre en la nobleza y altitud del arte».

«Buenos Aires. Sí. ¿Conoce usted a Sívori? He ahí uno que tiene algo

dentro de la cabeza. Pero, _pauvre garçon!_ ¿qué hace por allá?

_Là-bas_ es imposible todavía hacer arte. ¿Es usted amigo suyo? Dígale

que no haga pintura para cocineras. Hay que hacer arte _por dentro_,

para uno mismo, en la independencia del provecho y de la moda. En

América no se entiende de ese modo, ¿no es así? Mucho industrialismo

artístico; y así se pierden los talentos y las disposiciones que da la

Naturaleza. Dígale usted a Sívori que dice su maestro Laurens que haga

arte _por dentro_, y que no se cuide de cuadros para la cocina».

Traduzco al pie de la letra, hasta donde puede permitirlo el vuelo de

la conversación.

Volví a verle.

El Círculo de Bellas Artes dió una fiesta íntima, por decir así, a los

artistas extranjeros.

Almorzamos bajo un toldo, al amor de altos árboles, en el jardín del

Círculo, casi desecho hacía pocos días por el más formidable de los

pedriscos de que hay memoria en Madrid. Los vinos españoles animaron la

fiesta, y se comió al aire libre, al son de una orquesta de guitarras.

Jean Paul Laurens sonreía en su gravedad bajo sus espejuelos;

Carolus Durán llevaba el compás de los tangos y de las seguidillas y

sevillanas. Cuando el poeta Manuel del Palacio ofreció la fiesta, ya

se oía por allí el ruido de las castañuelas de las bailaoras. Habló

Durán, en español; brindó Laurens, que estrechó la mano al joven

Marinas, el de la estatua. «¡Yo me complazco en descubrirle!» dijo.

En un instante, tras el champaña, ya estaba la tarima puesta para la

pareja del baile. Eran dos muchachas; la vestida de hombre, con el

ceñido incitante calipigio, morena; la otra blanca, con admirables

ojos y cabellos obscuros. Bailaron, pero antes de que comenzasen

ellas al grito de las guitarras, Carolus Durán se puso a esbozar unas

sevillanas, con levantamiento de pierna y meneo de caderas que no

había más que pedir. Primero todos nos quedamos _abasurdidos_, como

diría Roberto Payró; pero después, no pudimos menos de decir: _¡ole!_

Jean Paul Laurens sonreía. Sir Poynter no estaba en la fiesta. Si

llega a estar, nadie le quita de sus británicos labios un irremediable

_shocking!_

Bailó, pues, la pareja de danzantes de oficio; mas había una nota de

color que ya había llamado la atención de los extranjeros: una familia

de gitanos. El viejo, bien preparado, con disfraz de guardarropía,

modelo de Doré, para no dejar perder la influencia del «color local»,

obstentaba desde el calañés hasta la faja imposible y la chaquetilla

fabulosa, y el bastón de enorme contera. La vieja gitana, de ojos de

cuencas negras; y las gitanillas, tan cervantinas como antaño, una de

doce, una de quince, otra de veinte años. Cuando la pareja de baile

cesó, llegaron los gitanos. Bailaron todas las hembras, pero las dos

menores se llevaron la palma. Sobre todo la más chica, que bailaba,

según el decir de Carolus Durán, «como una princesita rusa». Bailaba

en efecto maravillosamente. Era el son uno de esos fandangos en que se

va deslizando el cuerpo con garbo natural y fiereza de ademán que nada

igualan, en una sucesión de cortos saltos y repique de pies, en tanto

que la cara dice por la luz de los ojos salvajes, mil cosas extrañas,

y las manos hacen misteriosas señas, como de amenaza, como de conjuro,

como de llamamiento, como en una labor aérea y mágica. Todo en un

torbellino de sensualidad cálida y vibrante que contagia y entusiasma,

hasta concluir en un punto final que deja al cuerpo en posición

estatuaria y fija, mientras las cuerdas cortan su último clamor en un

espasmo violento. Después fué otra danza en que la zingarita triunfó

de nuevo. Ágil, viva, una paloma que fuera una ardilla, moviendo busto

y caderas, entornando los párpados no sin dejar pasar la salvaje luz

negra de sus ojos en que brillaba una primitiva chispa atávica, se

dejaba mecer y sacudir por el ritmo de la música, y dibujaba, esculpía

en el aire armonioso un poema ardiente y cantaridado al par que traía a

la imaginación un reino de pasada y luminosa poesía. Entonces se daba

uno cuenta del valor de sus trajes abigarrados, sus rojos, sus ocres,

sus garfios de cabello por las sienes, sus caras de bronce, sus pupilas

de negros brillantes. Sonreían como si embrujasen; sus dedos sonaban

como castañuelas.

Carolus Durán puso dentro del corpiño de la gitanilla un luis de oro.

[Ilustración]

LA CUESTIÓN DE LA REVISTA

LA CARICATURA

[Ilustración]

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 10 / 24 段