El profesor de Oviedo don Adolfo Posada se ha planteado en _La España

moderna_ el problema de la educación del rey; la dificultad de la

educación de un rey constitucional. Indudable: los monarcas absolutos

no tienen delante de sí más que la demostración de su poderío; el

príncipe, desde que tiene uso de razón, sabe su superioridad, su

grandeza; la actitud de sus súbditos respecto a él, la costumbre del

mando, la obediencia de los que le rodean, definen desde un principio

el sistema educativo que hay que seguir. De Burrho a Bossuet no hay

gran diferencia. Más la educación de un monarca constitucional implica

varias anomalías. Los reyes de hoy, los reyes con Cámaras y ministerios

responsables, los reyes que reinan y no gobiernan, puede decirse que

son simples personajes decorativos. Los antiguos esplendores, la misma

parte estética de la representación real, adquiere hoy, en medio de su

brillo cierto por el valor histórico, por sus viejos símbolos, un vago

prestigio de ópera cómica; y apena el confesar que las funciones más

respetables por la vieja resurrección de soberbias costumbres palatinas

y las pompas de los magníficos ceremoniales, evocan, a nuestro pesar,

la necesidad de una partitura. La imaginación del príncipe niño se

impresiona desde el comienzo de su despertamiento a la existencia que

le rodea, con las manifestaciones de una vida falsa o equívoca. No

será sino con harta dificultad que de la noción de soberanía que ha

penetrado primero en su cerebro, pase a la noción de una existencia

democrática. «Los niños, esos pequeños salvajes--dice el señor

Posada--, no conciben sino reyes completos». En palacio, la manera de

ser para con él de las personas que le rodean, afianza por una parte en

el príncipe la posesión de su papel de _rey completo_; no será sino con

mucha dificultad que se le inculcará luego el legítimo valor de esas

demostraciones, la significación de su rango de simple porta-corona.

Don Alfonso, por ejemplo, sabe ya que es el jefe absoluto, pues los

viejos generales inclinan ante él sus barbas blancas: sabe que tiene

el toisón de oro sobre su uniforme de cadete--pasajero uniforme que

será mañana sustituído por el de generalísimo--; sabe que es el rey.

Conozco una bonita anécdota. Un día, por alguna pequeña falta no sé si

en sus lecciones o en otra cosa, fué castigado con encierro. El niño

se debatía entre los ayos que le llevaban a su prisión, pero la orden

se cumplió. Entonces, ya encerrado, Don Alfonso daba grandes voces,

deliciosamente furioso. Se le decía que no gritase, y él contestaba:

«¡He de gritar más fuerte! ¡Que me oigan los españoles! ¡Que sepan que

tienen preso a su rey! ¡Que vengan a sacarme los españoles!»

Sabe, pues, que es el jefe de los españoles; y la idea de su soberanía

no puede estar mejor arraigada. Pero sé otra anécdota. Otro día, de

paseo, se detuvo Don Alfonso delante de un naranjero. Hay que advertir

que adora las naranjas, y que a esta edad, entre el globo de Carlos V

y una naranja, se queda con ésta. Pues he aquí que se detiene delante

del naranjero y le dice: «Dame unas naranjas; pero yo no tengo con qué

pagártelas. ¡Imagínate, yo, el rey de España, no tengo en el bolsillo

ni una perrilla!» Confesaba el pobre su pobreza con la más encantadora

desolación. Ignoro si el naranjero le dió las frutas y si los ayos

le permitieron comérselas; pero ello revela que Don Alfonso sabe ya

que los reyes de hoy no se comen todas las naranjas que quieren y que

suelen andar sin un cuarto.

Se dice que los primeros años del rey han sido de cuidadoso

aislamiento, que no se le ha puesto en contacto con otros niños de su

edad, contacto tan necesario; que se le ha recluído, sin otra compañía

para sus juegos que la de sus hermanas. Podría creerse por ello en una

infancia entristecida, bajo la mirada de una madre que ha sido abadesa

de un convento. Eso no es cierto. El rey ha tenido sus compañeros,

naturalmente, escogidos entre la alta nobleza. El más íntimo ha sido

el jovencito hijo del conde la Corzana, por un lado Morny y por otro

Sexto... Es claro que la reina vigila sus amistades y compañías. Otro

niño íntimo del rey es el hijo del conde de Casa-Valencia. El cual hace

algunos años tuvo el siguiente diálogo con su amiguito coronado: «Aquí

no hay buenas carreras de caballos. Yo las voy a ver ahora muy buenas;

y ustedes no». «¿Cómo es eso?» «Me voy a Londres. Tío Antonio (Cánovas

del Castillo) ha nombrado a papá embajador.» «¿Y cómo no lo he sabido

yo, el rey?» dijo la minúscula majestad en toda la posesión de su papel.

En general los reyes son educados militarmente. En España no se lleva

tan a la alemana el método, pero Don Alfonso conoce bien el manejo

de las armas, será buen jinete como su padre; y aunque no haga el

caporal a la continua como uno de esos ferrados Hohenzollern, tiene

amor a la carrera y se decía en estos días que pronto haría vida de

guarnición en la Academia de Toledo. Esto es de dudarse mucho, por

la madre. Sé que en lo íntimo de la familia, la educación del rey es

lo más burguesamente posible. La reina es en el hogar como cualquier

respetable señora que se preocupa de los menores detalles de su _home_;

sencilla y poco ostentosa hasta llegar a murmurar los descontentadizos

cortesanos, de su avaricia. «¿Qué quiere usted que hagamos--me decía un

caballero--con una señora que le cobra su pupilaje a las infantas en

Palacio y que manda poner medias suelas a los zapatos de sus hijas?»

Descartando las exageraciones, no creo que el pueblo prefiriese una

reina derrochadora delante de la miseria que abruma a las clases

bajas, a una reina económica que hace lo que puede por socorrer los

infortunios de los menesterosos; que es aclamada a la puerta de los

asilos que visita y sostiene. Don Alfonso XIII no podrá quejarse de no

haber tenido en la entrada de la vida una ejemplar madre, una buena

_mamá_, que ha sido para él una encarnación de la Providencia.

Hubo un tiempo en que el rey estuvo casi invisible. Su salud era

apagadiza, su aspecto no ayudaba a alentar a los partidarios de su

dinastía. Se decía que era lo más probable su muerte. Mas apareció

por fin, en una recepción. Se hallaba sentado en el Trono, junto a su

madre y sus hermanas. El cuerpo diplomático estaba delante de él. Se

notaba que el niño real había pasado por una crisis; pero sus grandes

y brillantes ojos se iluminaban de vida. De pronto se vió una cosa

inaudita que pasó, como un relámpago, sobre todos los protocolos.

Un deseo vivo se había despertado en aquella cabecita, y no hubo

vacilación para llenarlo. Don Alfonso, a la mirada de todos, dió un

salto, y antes que nadie pudiese detenerlo, se había montado en uno

de los dos leones de bronce que están a los dos lados del Trono. El

hecho podría tener su significado si el porvenir fuese propicio tras

la disipación de las tempestades. Asegúrase que Zola, que vió en una

temporada de verano en San Sebastián al pequeño rey, quiso pintarle

más tarde en uno de los capítulos de su _Docteur Pascal_. Yo he vuelto

a leer esta obra para confrontar el retrato, y si en Clotilde podría

entrever los pensamientos de la reina que ansía penetrar en el futuro

de su hijo, no puede reconocerse en el animado y ágil monarca de España

ninguno de esos «delfinitos exangües que no han podido soportar la

execrable herencia de su estirpe, y se duermen, consumidos de vejez y

de imbecilidad, a los quince años». Moralmente, la formación del rey

fuera de la influencia maternal, dependerá de los preceptores. El ideal

sería hacer primero _a man_, para en seguida dejar obrar el desarrollo

del propio carácter, lograr el _self made king_. ¿Qué preceptor a

propósito? ¿Un Saavedra Fajardo, un Bossuet o un Ernesto Curtius? Para

un monarca esencialmente católico, parecería de ley junto al príncipe,

un religioso. Más hoy los inconvenientes de tal sistema no necesitan

demostración. Las alharacas que levanta la presencia del padre Montaña,

confesor de la reina, dejan sospechar lo que haría un preceptor con

hábito de cualquier Orden. La educación esencialmente religiosa está,

pues, fuera de la pedagogía. La idea de Posada de la fundación de una

escuela especial en que el rey se instruyese, en relación y contacto

con otros niños, parece difícil, dadas las tradiciones de la monarquía

en España, a pesar de haber habido un seminario de nobles, en donde

cuéntase que el niño Fernando VII recibió un pelotazo, jugando con el

niño Simón Bolívar. Más bien estaría la adopción de un sistema como

el de la familia imperial germánica. El emperador Federico, después

de recibir su educación palatina, se matriculó en Bonn y el emperador

Guillermo en el _Lyceum Fridericianum_ de Cassel. Ambos se han puesto

en contacto con los alemanes de su edad, han hecho vida común con sus

súbditos, y en el medio de los estudiantes, se han compenetrado con el

alma del país. Por lo demás, no puede ser mejor la síntesis de Posada:

«Un rey que en su infancia recibiera el influjo bienhechor del roce con

los niños, que tratase a todo el mundo de igual a igual; un rey que

pasara luego su juventud en medio de los jóvenes de su edad y de todas

las condiciones sociales en un Instituto adecuado, que asistiera luego

en una Universidad o en varias a sus cátedras, viendo en ellas cómo las

desigualdades humanas no son siempre cosa del nacimiento, sino obra

del mérito personal y resultado del trabajo; un rey que estudiase su

oficio, que viajara mucho, hasta por los países donde sin reyes viven

las gentes honrada y pacíficamente; un rey así podría ser, ante todo,

un buen ciudadano que llevara en el alma la íntima convicción de que

sus elevadas funciones, aun cuando llegaron a él por obra y milagro

de la herencia, son funciones que deben desempeñarse en bien de la

sociedad o del Estado, a quien, en definitiva, corresponde disponer

de ellas». Mucho de bueno produjo en Don Alfonso XII su infancia de

rey _en exil_, y mucho contribuyeron a la formación del carácter

del _Pacificador_ esos primeros pasos por la vida como un simple

particular--_Alfonso García y Pérez_--, como él se solía llamar en los

hoteles, en días del destierro.

Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de obstáculos y aquel

admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar hacia

el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha

sido la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre

materno. El matrimonio de su padre con la austriaca--de nacionalidad

fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia--después de

la pasajera luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el

espacio de una aurora, en el Aranjuez tan líricamente florecido en

los versos de _Don Carlos_; los años de un matrimonio no del todo

amoroso y semiturbado por ésta y aquella expansión de Don Alfonso XII,

cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la razón de Estado; la

muerte, el agostamiento de la existencia de aquella majestad demasiado

apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María Cristina, previsto

por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el parto, casi a

las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey nuevo

que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que

Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera

por causa de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado

movimiento pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios;

pero de ambas cosas se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y

de las amenazas de la política. No creáis exageraciones como las del

yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho tiempo, con la imaginación

recalentada por la guerra, que «la posición del rey es patética,

personal y políticamente considerada; que las revelaciones que para

otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez;

que él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer

campesino; que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península

persona alguna en cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de

su madre, desamparada mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que

«los muchachos americanos se afligirían si pensaran en este pequeñuelo

nacido para la púrpura y vestido de ceremonia desde la cuna, que no

tiene compañeros de infancia para sus juegos, porque nadie es igual al

rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí pasa en ese mundo

no tan velado a los ojos de los simples mortales, y juzgar a estas

horas con criterio pesimista a través de las historias de Saint-Simon

o de las memorias de madame Aulnoy. Por momentos terribles ha pasado

España en que el Trono hubiera podido ser cercado de tormentas, y

la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la lista de

los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en

los partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron

seriamente nada. Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don

Carlos ceñida por la corona hasta los deseos un tanto románticos de

una regencia en que la infanta Isabel _la Chata_ estaría a la cabeza,

no son sino perfumes de vino español, aroma de claveles que perturba

uno que otro cerebro. Por hoy Don Alfonso, según lo que se alcanza a

divisar, puede esperar tranquilo la hora de su reinado. Lo que no han

podido los errores e ineptitudes de Gobiernos absurdos o culpables, no

lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni menos los divididos

partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no se calienta

el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima y

su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos

huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este

fin de siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el

desfile de la Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante

de sus antepasados homónimos, como en una escena semejante a la de

los retratos en _Hernani_. Es el comparecimiento de los Alfonsos: el

I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte

como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror

de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de nobleza; el

II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales,

hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso _el Casto_; el III, _el

Magno_, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror

del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más

tarde el césar Carlos V, buscaría en un monasterio la tranquilidad

espiritual, fanático y solitario; el V, _el de los buenos fueros_,

legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con los

infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,--a

su lado la figura del Mío Cid--el rey de la conquista de Toledo, y que

tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes

bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso _el Emperador_; el VIII,

que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después al

propio tiempo que caballero de combate, amante de la sabiduría, el

IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas,

alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun hoy se

escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: _Ficieron los

omes_... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el

XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas

vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por

la mente de Don Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas

de una linterna mágica, iluminadas por las palabras de los cronistas,

realzadas por las explicaciones de sus preceptores; están demasiado

alejados por las centurias, por bastas cordilleras de tiempo. Son los

abuelos de los retablos y de las armaduras, los que duermen por siempre

en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los cuentos. A quien

verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el inmediato

eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y honrará

la memoria del _Pacificador_. No dejarán de ir a llamar su atención

los _venticellos_ de la famosa juventud de Don Alfonso XII, el _rey

buen muchacho_. Sobrarán cortesanos que le refieran las aventuras

picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque

cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la

reina regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda

tomará su nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los

años de las futuras luchas políticas y palaciegas, sobre el espíritu

de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su infancia,

cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con capa»,

y llamaba a sus hermanitas, a la una _Pitusa_ y a la otra _Gorriona_.

[Ilustración]

UNA EXPOSICIÓN

[Ilustración]

12 de mayo de 1899.

SE recorre todo el paseo de Recoletos; se deja atrás la columna de

Cristóbal Colón, se llega hasta el monumento de Isabel _la Católica_,

osadamente llamada por los burlones «la huída a Egipto»; sobre una

eminencia del terreno se destaca el palacio de la Exposición, la

cúpula gris en el azul fondo del cielo. Al palacio fué la reina a

inaugurar la fiesta artística, y su vestido primaveral, tenue, pintado

de flores delicadas, lucía como emergido de una luz de acuarela. Hubo

pompa social y música e himno alusivo, mucho alto mundo y rica suma de

belleza. El _vernissage_ se había verificado hacía pocos días, y fué

poco menos que un desastre. Cuatro gatos y los pintores. Se diría un

_vernissage_ en nuestro Salón del Ateneo. No podemos negar que somos

de una misma familia. ¡Cuán lejos de la cita que se dan en París, en

igual caso, la elegancia florecida de la estación, la moda inteligente,

la distinción mundana! Estos señores duques y estos señores condes,

si por acaso se hallan en la gran ciudad, no faltan al _rendez-vous_.

Aquí, no. Entre una exposición y una corrida, la corrida. Los pintores

no hallan qué hacer, y desde luego, con singulares casos en contrario,

arte no hacen. Los ricos no protegen como antaño a los artistas;

y el Gobierno hace poquísima cosa. ¡Y decir que lo único que les

queda a los españoles es esta mina de luz, el decoro orgulloso de

su pintura, la noble tradición de su escuela, su tesoro de color! A

un paso está París. Se imitan los usos elegantes, las comedias, las

novelas, hasta el café-concert, pero no las nobles costumbres que

enaltecen y honran al talento y al arte. Escasos, muy escasos, son aquí

los artistas que tengan de qué vivir; los ricos son señalados. Por

lo tanto, la lucha por la peseta está ante todo. Es inútil pretender

encontrar el enamorado de un ideal de belleza, el consagrado a su

pasión intelectual. Se pinta como se escribe, como se esculpe, con la

puntería puesta al cocido patrio, buscando la manera de _réussir_, de

caer en gracia al público que paga. Se asombran de que en la actual

exposición abunden los cuadros tristes, enfermedades, hambres, harapos,

mendigos. Los pintores de antaño, aun pintores de príncipes, señalan

ya la marcada afición por los lisiados, zarrapastrosos, piojosos, feos

pobres; únase a esto el modelo constante, el hormigueo de limosneros

que anda por las calles, el tipo del eterno cesante siempre en ayunas,

que aparece en el teatro, en la caricatura y en los corrillos de vagos

de la Puerta del Sol, y el resultado son estas exhibiciones de miseria,

esta representación de escenas de la vida baja y famélica. Fuera de

contadas telas de este Salón, en que profesores favorecidos instalan el

estiramiento y el énfasis del retrato nobiliario, el aire y el uniforme

de algunos excelentísimos señores, el interior elegante, lo que abunda

es la anécdota de la existencia penosa de la gente inferior, el hogar

apurado de la clase media, o la chulapería andante, o el medio obrero.

Los pintores, aquí, en su mayor parte, como los escritores, no pueden

emprender sin error asuntos de la vida aristocrática, porque no la

frecuentan; y los ricos, los nobles, no querrán adornar sus palacios

con cuadros sin nobleza ni distinción; repetirán siempre el _ôtez-moi

ces magots!_ del rey francés. El gusto de la generalidad, por otra

parte, no se demuestra, y un escritor nacional llega a afirmar que este

público es «el más indocto en Europa en materia de Bellas Artes», no

sin falta de fundamento.

Difícil sería contemplar algo del espíritu de España a través de

las obras de este certamen. ¿En dónde está la España católica? Tal

o cual rincón de iglesia, una que otra imagen de encargo, manera

jesuíta; el único que evoca el espíritu de los antiguos místicos es

Rusiñol, con uno de sus cuadros. ¿Y la España patriótica? En Grecia,

después de los triunfos, surgen aladas o ápteras de la piedra, las

maravillosas victorias, y tras el desastre se alza la Nike funeraria,

que simboliza el sentimiento popular. De igual manera se fundía el

bronce romano. Tras las guerras de Flandes se desborda la alegría en

las telas risueñas de los geniales pintores de kermeses; y cuando

acaba de pasar la _débâcle_ francesa, los cuadros se encienden en odio

al prusiano: se reconstruyen escenas heroicas, se rememoran actos

sublimes, se pinta el sueño de la victoria, o el soldado que quema «el

último cartucho». Entre todos los cuadros de esta exposición, fuera de

una escena de hospital militar y ciertas sentimentales consecuencias

de la campaña no parece que se supiese la historia reciente de la

humillación y del descuartizamiento de la Patria. Esto tiene más clara

explicación. La guerra fué obra del Gobierno. El pueblo no quería la

guerra, pues no consideraba las colonias sino como tierras de engorde

para los protegidos del presupuesto. La pérdida de ellas no tuvo honda

repercusión en el sentimiento nacional. Y en el campo, en el pueblo,

entre las familias de labradores y obreros, aun podía considerarse

tal pérdida como una dicha: ¡así se acabarían las quintas para Cuba,

así se suprimiría el tributo de carne peninsular que había que pagar

forzosamente al vómito negro! El cuadro de historia casi no está

representado; el retrato no abunda; en cambio, el paisaje y la marina

se multiplican por todos lados. No es esto malo, pues se advierte que

al ir hacia la naturaleza, hacia la luz, se mantiene la tradición. En

conjunto, la exposición es mala. El viajero que al llegar a Madrid y

sin haber visitado el Museo de Arte Moderno, quisiese darse cuenta de

la pintura española contemporánea por lo que ahora se exhibe, saldría

con una triste idea de la actual España artística. Recorríamos, con

Carlos Zuberbühler, las salas llenas de cuadros, y no podíamos dejar de

notar cómo en la más que modesta tentativa del Salón de Buenos Aires no

se admitirían los estupendos asesinatos de dibujo, las obscenidades de

color, los ostentosos mamarrachos que aquí un Jurado complaciente deja

pasar y aun coloca en la _cimaise_. La cantidad es larga, lo poco de

buena calidad se pierde entre el profuso amontonamiento de lo mediocre

y de lo pésimo. Las firmas principales no han concurrido todas, y las

que han venido al concurso lo han hecho con producciones ya expuestas y

juzgadas, o con medianos esfuerzos. De seguro la razón de la esquivez

está en el 1900 de París. Después de todo, quizá tengan razón; porque

el estímulo de la tierra propia, como veis, es nulo; y el halago de

París, atrayente, mágica flor de gloria segura.

No, no es éste el arte pictórico de la España de hoy. Con sus

deficiencias y todo, el Museo de Arte Moderno puede considerarse como

el Luxemburgo madrileño. Sé las quejas: que Raimundo Madrazo no tiene

un solo cuadro en el Museo, ni Barbudo, ni Jiménez Aranda, y que lo

que hay de Fortuny y de Domingo no es de lo mejor de estos artistas

y que de Villegas no hay más que dos acuarelas; mientras que las

medianías eminentes firman docenas de cuadros. Pero hay lo suficiente

de Pradilla, de Casado, de Rosales, de Gisbert, de Moreno Carbonero, de

Plasencia, de Muñoz Degrain, del admirable Haes, de Sorolla, para que

el visitante se sienta bañado del maravilloso esplendor que brota de

tanta riqueza solar, y reconozca que este don divino de la comprensión

del día, fué dado a los pintores de España con singular generosidad.

Casi no hay exposición europea en donde los medallados extranjeros no

sean españoles. Los aficionados yanquis, las pinacotecas de Munich, de

Londres, de Berlín, de Viena, adquieren a altos precios las pinturas

españolas. Buena parte de los maestros emigran, abren sus estudios en

centros donde cosechan más. Preguntaba yo a uno de los jurados de esta

exposición, un colorista de gran mérito, Manuel Ruiz Guerrero, por

qué no había concurrido a la fiesta de la cultura nacional con uno de

esos cuadros suyos tan animados de cálidos tonos, tan prestigiosos,

tan llenos de vida luminosa; y él, con aire de desencanto,--y con los

baules listos para ir a dar un paseo por Buenos Aires--, me decía: «Y

para qué?» _À quoi bon?_ dicen los franceses. Y como Ruiz Guerrero,

otros maestros, ante la indiferencia de sus compatriotas, buscan en

extranjeros países lo que no hallan en la casa propia, o se retraen y

dejan invadir las salas de las exposiciones por los kilómetros de tela

que manchan las señoritas aficionadas y los facinerosos del caballete.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 9 / 24 段