moderna_ el problema de la educación del rey; la dificultad de la
educación de un rey constitucional. Indudable: los monarcas absolutos
no tienen delante de sí más que la demostración de su poderío; el
príncipe, desde que tiene uso de razón, sabe su superioridad, su
grandeza; la actitud de sus súbditos respecto a él, la costumbre del
mando, la obediencia de los que le rodean, definen desde un principio
el sistema educativo que hay que seguir. De Burrho a Bossuet no hay
gran diferencia. Más la educación de un monarca constitucional implica
varias anomalías. Los reyes de hoy, los reyes con Cámaras y ministerios
responsables, los reyes que reinan y no gobiernan, puede decirse que
son simples personajes decorativos. Los antiguos esplendores, la misma
parte estética de la representación real, adquiere hoy, en medio de su
brillo cierto por el valor histórico, por sus viejos símbolos, un vago
prestigio de ópera cómica; y apena el confesar que las funciones más
respetables por la vieja resurrección de soberbias costumbres palatinas
y las pompas de los magníficos ceremoniales, evocan, a nuestro pesar,
la necesidad de una partitura. La imaginación del príncipe niño se
impresiona desde el comienzo de su despertamiento a la existencia que
le rodea, con las manifestaciones de una vida falsa o equívoca. No
será sino con harta dificultad que de la noción de soberanía que ha
penetrado primero en su cerebro, pase a la noción de una existencia
democrática. «Los niños, esos pequeños salvajes--dice el señor
Posada--, no conciben sino reyes completos». En palacio, la manera de
ser para con él de las personas que le rodean, afianza por una parte en
el príncipe la posesión de su papel de _rey completo_; no será sino con
mucha dificultad que se le inculcará luego el legítimo valor de esas
demostraciones, la significación de su rango de simple porta-corona.
Don Alfonso, por ejemplo, sabe ya que es el jefe absoluto, pues los
viejos generales inclinan ante él sus barbas blancas: sabe que tiene
el toisón de oro sobre su uniforme de cadete--pasajero uniforme que
será mañana sustituído por el de generalísimo--; sabe que es el rey.
Conozco una bonita anécdota. Un día, por alguna pequeña falta no sé si
en sus lecciones o en otra cosa, fué castigado con encierro. El niño
se debatía entre los ayos que le llevaban a su prisión, pero la orden
se cumplió. Entonces, ya encerrado, Don Alfonso daba grandes voces,
deliciosamente furioso. Se le decía que no gritase, y él contestaba:
«¡He de gritar más fuerte! ¡Que me oigan los españoles! ¡Que sepan que
tienen preso a su rey! ¡Que vengan a sacarme los españoles!»
Sabe, pues, que es el jefe de los españoles; y la idea de su soberanía
no puede estar mejor arraigada. Pero sé otra anécdota. Otro día, de
paseo, se detuvo Don Alfonso delante de un naranjero. Hay que advertir
que adora las naranjas, y que a esta edad, entre el globo de Carlos V
y una naranja, se queda con ésta. Pues he aquí que se detiene delante
del naranjero y le dice: «Dame unas naranjas; pero yo no tengo con qué
pagártelas. ¡Imagínate, yo, el rey de España, no tengo en el bolsillo
ni una perrilla!» Confesaba el pobre su pobreza con la más encantadora
desolación. Ignoro si el naranjero le dió las frutas y si los ayos
le permitieron comérselas; pero ello revela que Don Alfonso sabe ya
que los reyes de hoy no se comen todas las naranjas que quieren y que
suelen andar sin un cuarto.
Se dice que los primeros años del rey han sido de cuidadoso
aislamiento, que no se le ha puesto en contacto con otros niños de su
edad, contacto tan necesario; que se le ha recluído, sin otra compañía
para sus juegos que la de sus hermanas. Podría creerse por ello en una
infancia entristecida, bajo la mirada de una madre que ha sido abadesa
de un convento. Eso no es cierto. El rey ha tenido sus compañeros,
naturalmente, escogidos entre la alta nobleza. El más íntimo ha sido
el jovencito hijo del conde la Corzana, por un lado Morny y por otro
Sexto... Es claro que la reina vigila sus amistades y compañías. Otro
niño íntimo del rey es el hijo del conde de Casa-Valencia. El cual hace
algunos años tuvo el siguiente diálogo con su amiguito coronado: «Aquí
no hay buenas carreras de caballos. Yo las voy a ver ahora muy buenas;
y ustedes no». «¿Cómo es eso?» «Me voy a Londres. Tío Antonio (Cánovas
del Castillo) ha nombrado a papá embajador.» «¿Y cómo no lo he sabido
yo, el rey?» dijo la minúscula majestad en toda la posesión de su papel.
En general los reyes son educados militarmente. En España no se lleva
tan a la alemana el método, pero Don Alfonso conoce bien el manejo
de las armas, será buen jinete como su padre; y aunque no haga el
caporal a la continua como uno de esos ferrados Hohenzollern, tiene
amor a la carrera y se decía en estos días que pronto haría vida de
guarnición en la Academia de Toledo. Esto es de dudarse mucho, por
la madre. Sé que en lo íntimo de la familia, la educación del rey es
lo más burguesamente posible. La reina es en el hogar como cualquier
respetable señora que se preocupa de los menores detalles de su _home_;
sencilla y poco ostentosa hasta llegar a murmurar los descontentadizos
cortesanos, de su avaricia. «¿Qué quiere usted que hagamos--me decía un
caballero--con una señora que le cobra su pupilaje a las infantas en
Palacio y que manda poner medias suelas a los zapatos de sus hijas?»
Descartando las exageraciones, no creo que el pueblo prefiriese una
reina derrochadora delante de la miseria que abruma a las clases
bajas, a una reina económica que hace lo que puede por socorrer los
infortunios de los menesterosos; que es aclamada a la puerta de los
asilos que visita y sostiene. Don Alfonso XIII no podrá quejarse de no
haber tenido en la entrada de la vida una ejemplar madre, una buena
_mamá_, que ha sido para él una encarnación de la Providencia.
Hubo un tiempo en que el rey estuvo casi invisible. Su salud era
apagadiza, su aspecto no ayudaba a alentar a los partidarios de su
dinastía. Se decía que era lo más probable su muerte. Mas apareció
por fin, en una recepción. Se hallaba sentado en el Trono, junto a su
madre y sus hermanas. El cuerpo diplomático estaba delante de él. Se
notaba que el niño real había pasado por una crisis; pero sus grandes
y brillantes ojos se iluminaban de vida. De pronto se vió una cosa
inaudita que pasó, como un relámpago, sobre todos los protocolos.
Un deseo vivo se había despertado en aquella cabecita, y no hubo
vacilación para llenarlo. Don Alfonso, a la mirada de todos, dió un
salto, y antes que nadie pudiese detenerlo, se había montado en uno
de los dos leones de bronce que están a los dos lados del Trono. El
hecho podría tener su significado si el porvenir fuese propicio tras
la disipación de las tempestades. Asegúrase que Zola, que vió en una
temporada de verano en San Sebastián al pequeño rey, quiso pintarle
más tarde en uno de los capítulos de su _Docteur Pascal_. Yo he vuelto
a leer esta obra para confrontar el retrato, y si en Clotilde podría
entrever los pensamientos de la reina que ansía penetrar en el futuro
de su hijo, no puede reconocerse en el animado y ágil monarca de España
ninguno de esos «delfinitos exangües que no han podido soportar la
execrable herencia de su estirpe, y se duermen, consumidos de vejez y
de imbecilidad, a los quince años». Moralmente, la formación del rey
fuera de la influencia maternal, dependerá de los preceptores. El ideal
sería hacer primero _a man_, para en seguida dejar obrar el desarrollo
del propio carácter, lograr el _self made king_. ¿Qué preceptor a
propósito? ¿Un Saavedra Fajardo, un Bossuet o un Ernesto Curtius? Para
un monarca esencialmente católico, parecería de ley junto al príncipe,
un religioso. Más hoy los inconvenientes de tal sistema no necesitan
demostración. Las alharacas que levanta la presencia del padre Montaña,
confesor de la reina, dejan sospechar lo que haría un preceptor con
hábito de cualquier Orden. La educación esencialmente religiosa está,
pues, fuera de la pedagogía. La idea de Posada de la fundación de una
escuela especial en que el rey se instruyese, en relación y contacto
con otros niños, parece difícil, dadas las tradiciones de la monarquía
en España, a pesar de haber habido un seminario de nobles, en donde
cuéntase que el niño Fernando VII recibió un pelotazo, jugando con el
niño Simón Bolívar. Más bien estaría la adopción de un sistema como
el de la familia imperial germánica. El emperador Federico, después
de recibir su educación palatina, se matriculó en Bonn y el emperador
Guillermo en el _Lyceum Fridericianum_ de Cassel. Ambos se han puesto
en contacto con los alemanes de su edad, han hecho vida común con sus
súbditos, y en el medio de los estudiantes, se han compenetrado con el
alma del país. Por lo demás, no puede ser mejor la síntesis de Posada:
«Un rey que en su infancia recibiera el influjo bienhechor del roce con
los niños, que tratase a todo el mundo de igual a igual; un rey que
pasara luego su juventud en medio de los jóvenes de su edad y de todas
las condiciones sociales en un Instituto adecuado, que asistiera luego
en una Universidad o en varias a sus cátedras, viendo en ellas cómo las
desigualdades humanas no son siempre cosa del nacimiento, sino obra
del mérito personal y resultado del trabajo; un rey que estudiase su
oficio, que viajara mucho, hasta por los países donde sin reyes viven
las gentes honrada y pacíficamente; un rey así podría ser, ante todo,
un buen ciudadano que llevara en el alma la íntima convicción de que
sus elevadas funciones, aun cuando llegaron a él por obra y milagro
de la herencia, son funciones que deben desempeñarse en bien de la
sociedad o del Estado, a quien, en definitiva, corresponde disponer
de ellas». Mucho de bueno produjo en Don Alfonso XII su infancia de
rey _en exil_, y mucho contribuyeron a la formación del carácter
del _Pacificador_ esos primeros pasos por la vida como un simple
particular--_Alfonso García y Pérez_--, como él se solía llamar en los
hoteles, en días del destierro.
Hasta hoy ha habido que vencer toda suerte de obstáculos y aquel
admirable Cánovas no ha sido la menor fuerza para encaminar hacia
el porvenir deseado al hijo de su hechura. Hay que recordar cómo ha
sido la vida de este pequeño rey, puede decirse desde el vientre
materno. El matrimonio de su padre con la austriaca--de nacionalidad
fatalmente desgraciada, tanto en España como en Francia--después de
la pasajera luna de miel con Doña María de las Mercedes, que dura el
espacio de una aurora, en el Aranjuez tan líricamente florecido en
los versos de _Don Carlos_; los años de un matrimonio no del todo
amoroso y semiturbado por ésta y aquella expansión de Don Alfonso XII,
cuyo excelente humor estaba casi siempre sobre la razón de Estado; la
muerte, el agostamiento de la existencia de aquella majestad demasiado
apasionada de Anacreonte; el embarazo de Doña María Cristina, previsto
por el ojo perspicaz del gran ministro conservador; el parto, casi a
las miradas de los políticos recelosos; el advenimiento del rey nuevo
que aseguraba en el Trono la continuación de la dinastía. Se creyó que
Alfonso XIII no alcanzaría a llegar a la edad de coronarse, ya fuera
por causa de su organismo maleado en su origen, ya porque un inesperado
movimiento pudiera impedir el logro de los deseos de sus partidarios;
pero de ambas cosas se triunfó, de las amenazas de la enfermedad y
de las amenazas de la política. No creáis exageraciones como las del
yanqui Bonsal, que juzgaba no hace mucho tiempo, con la imaginación
recalentada por la guerra, que «la posición del rey es patética,
personal y políticamente considerada; que las revelaciones que para
otros sólo llegan con la edad, él ha tenido que sufrirlas en su niñez;
que él sabe que nacer rey no da más garantías de felicidad que el nacer
campesino; que sabe ya con sobra de razones, que no hay en la Península
persona alguna en cuya lealtad y devoción pueda confiar, a excepción de
su madre, desamparada mujer y reina impopular en tierra extraña»; y que
«los muchachos americanos se afligirían si pensaran en este pequeñuelo
nacido para la púrpura y vestido de ceremonia desde la cuna, que no
tiene compañeros de infancia para sus juegos, porque nadie es igual al
rey». Esto es no darse cuenta exacta de lo que aquí pasa en ese mundo
no tan velado a los ojos de los simples mortales, y juzgar a estas
horas con criterio pesimista a través de las historias de Saint-Simon
o de las memorias de madame Aulnoy. Por momentos terribles ha pasado
España en que el Trono hubiera podido ser cercado de tormentas, y
la regente y sus hijos habrían tenido que ir a aumentar la lista de
los reyes de Daudet; pero prevaleció el concepto de la Patria en
los partidos contrarios y ni carlistas ni republicanos intentaron
seriamente nada. Desde las soñaciones que hacen evocar la frente de Don
Carlos ceñida por la corona hasta los deseos un tanto románticos de
una regencia en que la infanta Isabel _la Chata_ estaría a la cabeza,
no son sino perfumes de vino español, aroma de claveles que perturba
uno que otro cerebro. Por hoy Don Alfonso, según lo que se alcanza a
divisar, puede esperar tranquilo la hora de su reinado. Lo que no han
podido los errores e ineptitudes de Gobiernos absurdos o culpables, no
lo realizará el hombre del palacio de Loredano, ni menos los divididos
partidarios de la república. Por ahora Don Alfonso XIII no se calienta
el cerebro con tantas historias y filosofías, y prefiere su esgrima y
su jaquita. Hace muy bien. Tiempo tendrá mañana de saber de monólogos
huguescos y de sentir lo que pesa ese instrumento tan extraño en este
fin de siglo, llamado cetro. Su mismo nombre le exige mucho. En el
desfile de la Historia irá a ocupar su puesto. Me lo imagino delante
de sus antepasados homónimos, como en una escena semejante a la de
los retratos en _Hernani_. Es el comparecimiento de los Alfonsos: el
I, férrea flor de Covadonga, todavía con la pura savia goda, fuerte
como un roble de sus bosques, lancero formidable de Cristo, terror
de la morería, y en el corazón primitivo, un diamante de nobleza; el
II, casi iluminado, favorecido con manifestaciones extranaturales,
hombre de lecturas y de meditaciones, Alfonso _el Casto_; el III, _el
Magno_, bizarro y aguerrido desde lo fresco de la juventud, terror
del mogrevita, varón de tanta fe como valor; el IV, quien como más
tarde el césar Carlos V, buscaría en un monasterio la tranquilidad
espiritual, fanático y solitario; el V, _el de los buenos fueros_,
legislador y espíritu de consejo, también luchador feliz con los
infieles y sostenedor de la fe; el VI, que aparece soberanamente,--a
su lado la figura del Mío Cid--el rey de la conquista de Toledo, y que
tuvo la previsión de ver hacia abajo y favorecer al pueblo con leyes
bondadosas y fueros justos; el VII, Alfonso _el Emperador_; el VIII,
que perpetuó el nombre suyo en las Navas de Tolosa; siendo después al
propio tiempo que caballero de combate, amante de la sabiduría, el
IX; el X, formidable figura, cerebro y brazo, el rey de las Partidas,
alquimista y poeta, astrónomo y filósofo, cuya palabra aun hoy se
escucha y se escuchará en los siglos, ya comience: _Ficieron los
omes_... o inicie los balbuceos encantadores en sus toscas estrofas; el
XI que juntó la habilidad política al vigor militar, monarca de largas
vistas y uno de los más amantes de sus súbditos; todos esos pasarán por
la mente de Don Alfonso XIII como las figuras extrañas y fantásticas
de una linterna mágica, iluminadas por las palabras de los cronistas,
realzadas por las explicaciones de sus preceptores; están demasiado
alejados por las centurias, por bastas cordilleras de tiempo. Son los
abuelos de los retablos y de las armaduras, los que duermen por siempre
en los sarcófagos y cuyas vidas interesan como los cuentos. A quien
verá muy de cerca, animado por la palabra maternal, por el inmediato
eco de su vida, será a su padre. Será para él el rey modelo; y honrará
la memoria del _Pacificador_. No dejarán de ir a llamar su atención
los _venticellos_ de la famosa juventud de Don Alfonso XII, el _rey
buen muchacho_. Sobrarán cortesanos que le refieran las aventuras
picantes de papá, las influencias conocidas de cierto sonoro duque
cuyo título pecador no llegará con buen viento nunca a los oídos de la
reina regente. Y ya vendrá entonces la hora de saber España cuál senda
tomará su nuevo príncipe. Sea ella de felicidad. Y Dios ponga, en los
años de las futuras luchas políticas y palaciegas, sobre el espíritu
de Don Alfonso XIII, algo de la áurea miel que hacía grata su infancia,
cuando todas sus ambiciones se reducían a salir a la calle «con capa»,
y llamaba a sus hermanitas, a la una _Pitusa_ y a la otra _Gorriona_.
[Ilustración]
UNA EXPOSICIÓN
[Ilustración]
12 de mayo de 1899.
SE recorre todo el paseo de Recoletos; se deja atrás la columna de
Cristóbal Colón, se llega hasta el monumento de Isabel _la Católica_,
osadamente llamada por los burlones «la huída a Egipto»; sobre una
eminencia del terreno se destaca el palacio de la Exposición, la
cúpula gris en el azul fondo del cielo. Al palacio fué la reina a
inaugurar la fiesta artística, y su vestido primaveral, tenue, pintado
de flores delicadas, lucía como emergido de una luz de acuarela. Hubo
pompa social y música e himno alusivo, mucho alto mundo y rica suma de
belleza. El _vernissage_ se había verificado hacía pocos días, y fué
poco menos que un desastre. Cuatro gatos y los pintores. Se diría un
_vernissage_ en nuestro Salón del Ateneo. No podemos negar que somos
de una misma familia. ¡Cuán lejos de la cita que se dan en París, en
igual caso, la elegancia florecida de la estación, la moda inteligente,
la distinción mundana! Estos señores duques y estos señores condes,
si por acaso se hallan en la gran ciudad, no faltan al _rendez-vous_.
Aquí, no. Entre una exposición y una corrida, la corrida. Los pintores
no hallan qué hacer, y desde luego, con singulares casos en contrario,
arte no hacen. Los ricos no protegen como antaño a los artistas;
y el Gobierno hace poquísima cosa. ¡Y decir que lo único que les
queda a los españoles es esta mina de luz, el decoro orgulloso de
su pintura, la noble tradición de su escuela, su tesoro de color! A
un paso está París. Se imitan los usos elegantes, las comedias, las
novelas, hasta el café-concert, pero no las nobles costumbres que
enaltecen y honran al talento y al arte. Escasos, muy escasos, son aquí
los artistas que tengan de qué vivir; los ricos son señalados. Por
lo tanto, la lucha por la peseta está ante todo. Es inútil pretender
encontrar el enamorado de un ideal de belleza, el consagrado a su
pasión intelectual. Se pinta como se escribe, como se esculpe, con la
puntería puesta al cocido patrio, buscando la manera de _réussir_, de
caer en gracia al público que paga. Se asombran de que en la actual
exposición abunden los cuadros tristes, enfermedades, hambres, harapos,
mendigos. Los pintores de antaño, aun pintores de príncipes, señalan
ya la marcada afición por los lisiados, zarrapastrosos, piojosos, feos
pobres; únase a esto el modelo constante, el hormigueo de limosneros
que anda por las calles, el tipo del eterno cesante siempre en ayunas,
que aparece en el teatro, en la caricatura y en los corrillos de vagos
de la Puerta del Sol, y el resultado son estas exhibiciones de miseria,
esta representación de escenas de la vida baja y famélica. Fuera de
contadas telas de este Salón, en que profesores favorecidos instalan el
estiramiento y el énfasis del retrato nobiliario, el aire y el uniforme
de algunos excelentísimos señores, el interior elegante, lo que abunda
es la anécdota de la existencia penosa de la gente inferior, el hogar
apurado de la clase media, o la chulapería andante, o el medio obrero.
Los pintores, aquí, en su mayor parte, como los escritores, no pueden
emprender sin error asuntos de la vida aristocrática, porque no la
frecuentan; y los ricos, los nobles, no querrán adornar sus palacios
con cuadros sin nobleza ni distinción; repetirán siempre el _ôtez-moi
ces magots!_ del rey francés. El gusto de la generalidad, por otra
parte, no se demuestra, y un escritor nacional llega a afirmar que este
público es «el más indocto en Europa en materia de Bellas Artes», no
sin falta de fundamento.
Difícil sería contemplar algo del espíritu de España a través de
las obras de este certamen. ¿En dónde está la España católica? Tal
o cual rincón de iglesia, una que otra imagen de encargo, manera
jesuíta; el único que evoca el espíritu de los antiguos místicos es
Rusiñol, con uno de sus cuadros. ¿Y la España patriótica? En Grecia,
después de los triunfos, surgen aladas o ápteras de la piedra, las
maravillosas victorias, y tras el desastre se alza la Nike funeraria,
que simboliza el sentimiento popular. De igual manera se fundía el
bronce romano. Tras las guerras de Flandes se desborda la alegría en
las telas risueñas de los geniales pintores de kermeses; y cuando
acaba de pasar la _débâcle_ francesa, los cuadros se encienden en odio
al prusiano: se reconstruyen escenas heroicas, se rememoran actos
sublimes, se pinta el sueño de la victoria, o el soldado que quema «el
último cartucho». Entre todos los cuadros de esta exposición, fuera de
una escena de hospital militar y ciertas sentimentales consecuencias
de la campaña no parece que se supiese la historia reciente de la
humillación y del descuartizamiento de la Patria. Esto tiene más clara
explicación. La guerra fué obra del Gobierno. El pueblo no quería la
guerra, pues no consideraba las colonias sino como tierras de engorde
para los protegidos del presupuesto. La pérdida de ellas no tuvo honda
repercusión en el sentimiento nacional. Y en el campo, en el pueblo,
entre las familias de labradores y obreros, aun podía considerarse
tal pérdida como una dicha: ¡así se acabarían las quintas para Cuba,
así se suprimiría el tributo de carne peninsular que había que pagar
forzosamente al vómito negro! El cuadro de historia casi no está
representado; el retrato no abunda; en cambio, el paisaje y la marina
se multiplican por todos lados. No es esto malo, pues se advierte que
al ir hacia la naturaleza, hacia la luz, se mantiene la tradición. En
conjunto, la exposición es mala. El viajero que al llegar a Madrid y
sin haber visitado el Museo de Arte Moderno, quisiese darse cuenta de
la pintura española contemporánea por lo que ahora se exhibe, saldría
con una triste idea de la actual España artística. Recorríamos, con
Carlos Zuberbühler, las salas llenas de cuadros, y no podíamos dejar de
notar cómo en la más que modesta tentativa del Salón de Buenos Aires no
se admitirían los estupendos asesinatos de dibujo, las obscenidades de
color, los ostentosos mamarrachos que aquí un Jurado complaciente deja
pasar y aun coloca en la _cimaise_. La cantidad es larga, lo poco de
buena calidad se pierde entre el profuso amontonamiento de lo mediocre
y de lo pésimo. Las firmas principales no han concurrido todas, y las
que han venido al concurso lo han hecho con producciones ya expuestas y
juzgadas, o con medianos esfuerzos. De seguro la razón de la esquivez
está en el 1900 de París. Después de todo, quizá tengan razón; porque
el estímulo de la tierra propia, como veis, es nulo; y el halago de
París, atrayente, mágica flor de gloria segura.
No, no es éste el arte pictórico de la España de hoy. Con sus
deficiencias y todo, el Museo de Arte Moderno puede considerarse como
el Luxemburgo madrileño. Sé las quejas: que Raimundo Madrazo no tiene
un solo cuadro en el Museo, ni Barbudo, ni Jiménez Aranda, y que lo
que hay de Fortuny y de Domingo no es de lo mejor de estos artistas
y que de Villegas no hay más que dos acuarelas; mientras que las
medianías eminentes firman docenas de cuadros. Pero hay lo suficiente
de Pradilla, de Casado, de Rosales, de Gisbert, de Moreno Carbonero, de
Plasencia, de Muñoz Degrain, del admirable Haes, de Sorolla, para que
el visitante se sienta bañado del maravilloso esplendor que brota de
tanta riqueza solar, y reconozca que este don divino de la comprensión
del día, fué dado a los pintores de España con singular generosidad.
Casi no hay exposición europea en donde los medallados extranjeros no
sean españoles. Los aficionados yanquis, las pinacotecas de Munich, de
Londres, de Berlín, de Viena, adquieren a altos precios las pinturas
españolas. Buena parte de los maestros emigran, abren sus estudios en
centros donde cosechan más. Preguntaba yo a uno de los jurados de esta
exposición, un colorista de gran mérito, Manuel Ruiz Guerrero, por
qué no había concurrido a la fiesta de la cultura nacional con uno de
esos cuadros suyos tan animados de cálidos tonos, tan prestigiosos,
tan llenos de vida luminosa; y él, con aire de desencanto,--y con los
baules listos para ir a dar un paseo por Buenos Aires--, me decía: «Y
para qué?» _À quoi bon?_ dicen los franceses. Y como Ruiz Guerrero,
otros maestros, ante la indiferencia de sus compatriotas, buscan en
extranjeros países lo que no hallan en la casa propia, o se retraen y
dejan invadir las salas de las exposiciones por los kilómetros de tela
que manchan las señoritas aficionadas y los facinerosos del caballete.