truán del duque, de excelente humor, con tanta destreza y bizarría,
que al toro más furioso dió una muy buena lanzada: Mató S. M. tres
toros con arcabuz»--dice un revistero de la época. Felipe V quiso
sustituir la corrida por «juegos de cabezas», pero lo francés fué
derrotado por lo español. ¡Ayer como hoy los toros _for ever_! No
ha habido aquí poeta ni millonario que haya sido tan afortunado en
favores femenidos como Pepe Hillo. Cierto es que en París y en nuestro
tiempo, Mazzantini y Ángel Pastor no han podido quejarse de las damas.
En Zaragoza la afición se pretende que viene desde los romanos. Don
Juan de Austria fué obsequiado allí con toros. A Felipe V le hicieron
ver los aragoneses una corrida, de noche, en Cariñena. Los navarros,
entre un son de violín de Sarasate y un do pectoral de Gayarre, toros,
y ello viene de antaño. Soria, con sus fiestas de las Calderas, pues
toros. Valencia, florida y armoniosa de colores y cantos, tenía ya
toreros en tiempo de Don Alfonso _el Sabio_. Y entre sus célebres
aficionados cuenta a un conde de Peralada y Albatera, don Guillén de
Rocafull. Y hasta en la España del Norte, en la España gris, aun cuando
la Naturaleza proteste, la afición procura su triunfo, y bajo el cielo
empañado, en la tierra donostiarra, toros. Salamanca, toros. Toledo,
Valladolid, toros. Solamente entre los catalanes no han vencido sino a
medias los cuernos.
No obstante, hay apasionados de la lidia que lamentan la decadencia
torera; dicen que hoy no existe «el amor al arte», que los espadas son
simples negociantes, y los ganaderos, así sean descendientes de Colón,
dan--como dice Pascual Millán, notable taurógrafo--«toros raquíticos,
sin sangre, ni bravura, ni trapío». Los días pasados, en Aranjuez,
conocí a un hombre atento y afable que, a través de su conversación con
coleta, deja ver cierta cultura y buen afecto a América. Me habló del
Río de la Plata, y de Chile, y de su amigo don Agustín Edwards. Es el
célebre Ángel Pastor. Sufre grandemente. En lo mejor de su carrera,
todavía fuerte y joven, ha tenido la desgracia de romperse un brazo.
Ya no podrá _trabajar_; la mala suerte le ha salido al paso peor que
un toro bravo, y le ha cogido. Y habla también Pastor de lo malo que
hoy anda el toreo, de la decadencia del arte, de lo _clásico_ y de
lo _moderno_, como hablaría un profesor de Literatura o de Pintura.
Pero no le falta el brillante gordo en el dedo y la consideración de
todo el mundo. El hotel mejor de Aranjuez es el suyo. Y la tradicional
gentileza y obsequiosidad, suyas son también.
Decadentes o no decadentes, los toros seguirán en España. No hay rey
ni Gobierno que se atreva a suprimirlos. Carlos III tuvo esa mala
ocurrencia y luego se vieron sus defectos. Jovellanos, en su carta
a Vargas Ponce, no tuvo empacho en sostener que la diversión no es
propiamente nacional, porque Galicia, León y Asturias han sido muy poco
toreras. ¿Qué gloria nos resulta de ella? exclamaba. ¿Cuál es, pues, la
opinión de Europa en este punto? Con razón o sin ella ¿no nos llaman
bárbaros porque conservamos y sostenemos las fiestas de toros? Negó
el valor a los toreros, y proclamó su general estupidez fuera de las
cosas de la lidia. Sostuvo el daño que ésta producía a la agricultura,
pues cuesta más la crianza de un buen toro para la plaza que cincuenta
reses útiles para el arado; y a la industria, pues los pueblos que ven
toros no son por cierto los más laboriosos. En cuanto a las costumbres,
el párrafo que dedica a la influencia de los toros en ellas quedaría
perfecto al injertarse en un capítulo del _Cristophe Colomb devant les
taureaux_, de León Bloy. Hay una muy bien meditada página del cubano
Enrique José Varona sobre la psicología del toreo, en que encuentra la
base humana del gusto por esas crueles diversiones, en el sedimento
de animalidad persistente a través de la evolución de la cultura
social. La teoría no es flamante y antes que sostenida por argumentos
científicos, estaba ya incrustada en la sabiduría de las naciones.
Pero si no hay duda de que colectivamente el español es la más clara
muestra de regresión a la fiereza primitiva, no hay tampoco duda de
que en cada hombre hay algo de español en ese sentido, junto con el
de la perversidad, de que nos habla Poe. Y la prueba es el contagio,
individual o colectivo; el contagio de un viajero que va a la corrida
llevado por la curiosidad en España, o el contagio de un público
entero, o de gran parte de ese público, como el de París o Buenos
Aires, en donde la diversión se ha importado, corriéndose el riesgo de
que, si la curiosidad es atraída primero por el exotismo, venga después
la afición con todas sus consecuencias.
En América, no creo que en Buenos Aires, a pesar de lo numeroso de la
colonia española y de la sangre española que aun prevalece en parte del
elemento nacional, el espectáculo pudiese sustentarse por largo tiempo;
pero pasada la cordillera, y en países menos sajonizados que Chile, el
caso es distinto. Desde Lima a Guatemala y Méjico queda aún bastante
savia peninsular para dar vida a la afición circense.
En cualquier pueblo, dice Varona, sería funesto para la cultura pública
espectáculo semejante; entre los españoles y sus descendientes,
infinitamente más. Las propensiones todas de su carácter, producto
de su raza y de su historia, los inclinan del lado de las pasiones
violentas y homicidas. Por lo que a mí toca, diré que el espectáculo
me domina y me repugna al propio tiempo--no he podido aún degollar mi
cochinillo sentimental.
Puesto que las muchedumbres tienen que divertirse, que manifestar sus
alegrías; serían más de mi agrado pueblos congregados en sus días de
fiesta, en un doble y noble placer mental y físico, escuchando, a la
griega, una declamación, bajo el palio del cielo, desde las gradas de
un teatro al aire libre; o la procesión de gentes, hombres y mujeres
y niños, que fuesen, en armoniosa libertad, a cantar canciones a
las montañas o a las orillas del mar. Pero puesto que no hay eso, y
nuestras costumbres tienden cada día a alejarse de la eterna poesía de
las cosas y de las almas, que haya siquiera toros, que haya siquiera
esas plazas enormes como los circos antiguos, y llenas de mujeres
hermosas, de chispas, de reflejos, de voces, de gestos.
Créame el nunca bien ponderado doctor Albarracín, que mis simpatías
están de parte de los animales, y que entre el torero y el caballo, mi
sensibilidad está de parte del caballo, y entre el toro y el torero mis
aplausos son para el toro.
El valor tiene poca parte en ese juego que se estudia y que lo que
más requiere es vista y agilidad. No sería yo quien celebrase el
establecimiento de una plaza de toros entre nosotros; pero tampoco
batiría palmas el día que España abandonase esos hermosos ejercicios
que son una manifestación de su carácter nacional.
No olvidaré la impresión que ha hecho en mí una salida de toros; fué en
la corrida última.
El oleaje de la muchedumbre se desbordaba por la calle de Alcalá; cerca
de la Cibeles pasaba el incesante desfile de los carruajes; la tarde
concluía y el globo de oro del Banco de España reflejaba la gloria del
Poniente, en donde el sol, como la cola de un pavo real incandescente,
o mejor, como el varillaje de un gigantesco abanico español, rojo
y amarillo, tendía la simétrica multiplicidad de sus rayos, unidos
en un diamante focal. Los ojos radiosos de las mujeres chispeaban
tempestuosamente bajo la gracia de las mantillas; vendedoras jóvenes
y primaverales pregonaban nardos y rosas; flotaba en el ambiente un
polvo dorado, y en cada cuerpo cantaban la sangre y el deseo, el himno
de la nueva estación. Los toreros pasaban en sus carruajes, brillando
al fugaz fuego vespertino; una música lejana se oía y en el Prado
estallaban las risas de los niños.
Y comprendí el alma de la España que no perece, la España reina de
vida, emperatriz del amor, de la alegría y de la crueldad; la España
que ha de tener siempre conquistadores y poetas, pintores y toreros.
¡Castillos en España! dicen los franceses. Cierto: castillos en la
tierra y en el aire, llenos de leyenda, de historia, de música, de
perfume, de bizarría, de color, de oro, de sangre, de hierro, para
que Hugo venga y encuentre en ellos todo lo que le haga falta para
labrar una montaña de poesía; castillos en que vive Carmen y se hospeda
Esmeralda, y en donde los Gautier, los Musset y los artistas todos de
la tierra pueden abrevarse de los más embriagadores vinos de arte. Y
en cuanto a vos, don Alonso Quijano _el Bueno_, ya sabéis que siempre
estaré de vuestro lado.
[Ilustración]
LA PARDO-BAZÁN EN PARÍS
UN ARTÍCULO DE UNAMUNO
[Ilustración]
10 de abril.
DOÑA Emilia está ahora por París; ha hablado a los franceses de la
España de ayer, de la España de hoy y de la España de mañana... Como
casi siempre, dos versiones llegan, una del éxito de la conferenciante,
otra del fracaso. Creo desde luego en la primera. Los franceses (fuera
de la tradicional cortesía y de la no menos tradicional novelería)
han oído en su idioma, a una mujer muy inteligente, muy culta, que
les ha hablado desembarazadamente de un tópico que todavía no ha
perdido su actualidad; el problema español, después de la _débâcle_.
La señora Pardo-Bazán cuenta desde hace tiempo con largas simpatías y
amistades del otro lado de los Pirineos, desde sus visitas al _desván_
de los Goncourt, desde _La cuestión palpitante_. Es colaboradora de
más de una revista parisiense, y luego, para su buena recepción,
tenía la excelente «guardia de honor» de _La Fronde_. No deja de
haber murmuradores que encuentran raro lo de que España vaya a ser
representada intelectualmente, en la Sociedad de Conferencias, por
una mujer. «Después de todo--me decía un espiritual colega--es lo que
tenemos más presentable fuera de casa».
Y ciertamente, como no fueran Menéndez y Pelayo o Galdós a París,
en esta ocasión no sé quién mejor que doña Emilia hubiera podido
hablar en nombre de la cultura española. La de doña Emilia es variada
y por decir así europea, a pesar de su siempre probado retorno al
terruño después de sus excursiones a tales o cuales islas mentales de
pensadores extranjeros. En ella lo nacional no alcanza a ser ocultado
completamente por propósitos de arte o pasiones intelectuales. Su
catolicismo, por ejemplo, ha hendido como una vieja y fuerte proa,
las oleadas naturalistas y las filosofías de última hora. Su forma
literaria no ha podido asimilarse nunca nada extraño a la tradición
castellana; y encuentro de una justicia que no ha menester muchas
demostraciones para vencer, sus pasadas tentativas para conseguir,
lo que por derecho propio se le debe, un sillón de la Real Academia
Española.
Y es un personaje simpático y gallardo, esta brava amazona que en medio
del estancamiento, del helado ambiente en que las ideas se han apenas
movido en su país en el tiempo en que le ha tocado luchar, ha hecho
ruido, ha hecho color, ha hecho música y músicas, poniendo un rayo
rojo en la palidez, una voz de vida en el aire, a riesgo de asustar a
los pacatos, colocándose masculinamente entre los mejores cerebros de
hombre que haya habido en España en todos los tiempos.
Es la señora Pardo-Bazán de cierta edad, todavía guapa y exuberante de
vida. Su trato es amenísimo y desde el primer momento, si lo merecéis,
tenéis su aprecio intelectual y se abre su amable confianza.
Pocas veces puede encontrarse unida tan llana franqueza con tan
inconfundible distinción. Vive en su casa de la calle Ancha de San
Bernardo, en compañía de su madre la condesa viuda de Pardo-Bazán, de
sus hijas las señoritas de Quiroga y su hijo don Jaime, que, entre
paréntesis, le ha resultado un gran partidario de don Carlos. En la
casa se celebran con bastante frecuencia reuniones a que concurren
personajes políticos y de la nobleza, y principalmente, hombres de
letras y artistas. Puede asegurarse que no hay escritor o artista
extranjero que no sea invitado a estas recepciones, y como doña Emilia
habla la mayor parte de las lenguas europeas, se entiende con cada cual
en su idioma. Sus libros han tenido una fama creciente en toda Europa y
ha sido traducida la mayor parte de ellos en las principales naciones.
Desde hacía algunos días circulaba la noticia de que la señora
Pardo-Bazán iría a París a dar una conferencia sobre España. En el
_Journal des Débats_ apareció un artículo de Boris de Tannemberg
anunciando a los parisienses la llegada de la escritora, y poco
después, ella partía, en efecto, a llenar su compromiso.
Ecos varios, como he dicho al comenzar, llegan de la conferencia, y
en los extractos de ella aparecen, como puntos principales, las dos
leyendas de España, la «leyenda áurea» y la «leyenda negra».
La leyenda _áurea_, es decir, una España heroica, noble, generosa,
potente, cuna del valor y la hidalguía. La leyenda negra, una España
codiciosa, sangrienta, avara, inquisitorial, terriblemente peligrosa
al progreso humano. La primera, dice la señora Pardo-Bazán, ha sida la
causa de los desastres actuales. Ella se arraigó tanto en el espíritu
de la Nación, que formó un pueblo optimista, quijotesco, vanidoso, que
con castillos en el aire compensaría su decadencia y su pobreza. Los
hombres dirigentes, los guías de la política del reino en los últimos
años, se dejaban cegar por los mirajes y perdían el concepto de la
realidad.
La leyenda negra tendría por origen la envidia de otras naciones, y
sobre todo, las rivalidades religiosas y políticas empezadas desde el
siglo XVI con el soplo del protestantismo que veía como su principal
enemigo a la poderosa España católica de entonces. Así lo comprende
un erudito escritor, el señor Maldonado Macanaz, en un artículo que
ha dado a la publicidad en esta ocasión. Pero de los tres puntos
en que se basa la leyenda negra, que son la conquista española, la
Inquisición, la decadencia que se iniciaba en el siglo XVII y las
figuras de Carlos I y de Felipe II, se desprende que no ha habido
demasiada injusticia en Europa cuando se ha formado esa leyenda «de
color oscuro» con bases tan innegablemente sombrías. No habría manera
de paliar las atrocidades de la conquista, pues aun suprimiendo la
_relación_ del padre Las Casas, que es obra de varón verecundo y
cristiano, no se pueden negar las imposiciones a sangre y fuego de los
conquistadores, la deslealtad que más de una vez salta a la vista, así
en Méjico como en el Perú, y tantas páginas rojas y negras que aportan
su color a la leyenda. La inquisición está en el mismo caso, pues aun
concediendo, desde el punto de vista de una crítica especial, defensas
de aquella institución como lo hace Menéndez y Pelayo, y aun observando
que no solamente España encendió las hogueras religiosas, resulta
siempre que es en España en donde el espíritu inquisitorial halló su
verdadera encarnación; por ello el inquisidor de los inquisidores será
siempre el inquisidor español; ya a través de la Historia, ya en el
cuento de Poe, en el drama de Hugo o en el dibujo de Ensor. La leyenda
áurea constituye el lado nervioso del alma española, y solamente los
desaciertos de los políticos de última hora han podido hacer que se
empañase. Es la de una España romántica, una España generosa y grande
que alza sus vastos castillos de gloria sobre la selva poética del
Romancero; una España de valor y de caballería que ha clavado en
el bronce del tiempo, con nombres épicos, toda una serie de nobles
victorias, de orgullosas conquistas. Sobre su pintoresco escenario
lleno de sol y de música el alma española aun sustenta la grandeza y el
brillo del pasado, digan lo que quieran los pesimistas y los que han
perdido toda esperanza de regeneración. No hace daño a España, como
doña Emilia cree, no le ha hecho daño el recuerdo y mantenimiento de
la leyenda de oro de su historia; sino que malaventurados políticos
y ministros modernistas a su manera, hayan descuidado el cimentar el
presente apoyados en la gloria tradicional. Para la reconstrucción
de la España grande que ha de venir, aquella misma áurea leyenda
contribuirá con su reflejo alentador, con su brillo imperecedero.
España será idealista o no será. Una España práctica, con olvido
absoluto del papel que hasta hoy ha representado en el mundo, es una
España que no se concibe. Bueno es una Bilbao cuajada de chimeneas y
una Cataluña sembrada de fábricas. Trabajo por todas partes; progreso
cuanto se quiera y se pueda; pero quede campo libre en donde Rocinante
encuentre pasto y el Caballero crea divisar ejércitos de gigantes.
* * * * *
Varias publicaciones de Madrid, desde hace poco, han empezado a
ocuparse con alguna atención de literatura hispanoamericana. Comenzó el
diario _El País_, siguió la _Revista Nueva_, interesante y de carácter
moderno, y luego el conocido y afamado periódico _Vida Nueva_, ha
comenzado a publicar una hoja mensual con el título _América_ y que se
dedicará, como su título lo indica, al pensamiento americano. Como la
dirección me pidiese un artículo de introducción a dicha hoja, hícelo
refiriéndome a uno del señor Unamuno, publicado en _La Época_, y en el
cual, con motivo de la _Maldonada_ de Grandmontagne, hablaba de las
letras americanas en general y de las argentinas en particular, con un
desconocimiento que tenía por consecuencia una injusticia. El señor
Unamuno es un eminente humanista, profesor de la antigua Universidad
de Salamanca, en donde tiene la cátedra de literatura griega. Se ha
ocupado de nuestra literatura gauchesca con singular talento; pero no
conoce nuestro pensamiento militante, nuestro actual movimiento y
producción intelectual. Comencé con tomar de un número de _La Nación_
datos del yanqui Carpenter y hacer un largo párrafo de estadística.
Luego dije lo que otras veces he dicho sobre nuestra escasa producción,
y sobre las esperanzas en un futuro proficuo. Y como él se refiriese al
demasiado parisienismo que creía ver en la literatura de Buenos Aires,
manifesté lo que en este párrafo se verá:
«Hay que esperar. América no es toda argentina; pero Buenos Aires bien
puede considerarse como flor colosal de una raza que ha de cimentar la
común cultura americana; y desde luego, puede hoy verse como el solo
contrapeso, en la balanza continental, de la peligrosa prepotencia
anglo-sajona. Nuestras letras y artes tienen que ser de reflexión.
No puede haber literatura en un país que ha empezado por cimentar el
edificio positivo de mañana; después de la base sociológica, de la
muralla de labor material y práctica, la cúpula vendrá labrada de
arte. Por lo pronto, nos nutrimos con el alimento que llega de todos
los puntos del globo. Hemos tenido necesidad de ser políglotas y
cosmopolitas, y mucho tiempo antes de que la Real Academia Española
permitiese usar la palabra _trole_, nos habíamos hecho del aparato.
Decadentismos literarios no pueden ser plaga entre nosotros; pero con
París, que tanto preocupa al señor Unamuno, tenemos las más frecuentes
y mejores relaciones.
»Buena parte de nuestros diarios es escrita por franceses. Las últimas
obras de Daudet y de Zola han sido publicadas por _La Nación_ al
mismo tiempo que aparecían en París; la mejor clientela de Worth es
la de Buenos Aires; en la escalera de nuestro Jockey Club, donde Pini
es el profesor de esgrima, la _Diana_, de Falguière, perpetúa la
blanca desnudez de una parisiense. Como somos fáciles para el viaje
y podemos viajar, París recibe nuestras frecuentes visitas y nos
quita el dinero encantadoramente. Y así, siendo como somos un pueblo
industrioso, bien puede haber quien en minúsculo grupo procure en el
centro de tal pueblo adorar la belleza a través de los cristales de
su capricho. _¡Whim!_--diría Emerson. Crea el señor Unamuno que mis
_Prosas profanas_, pongo por caso, no hacen ningún daño a la literatura
científica de Ramos Mexía, de Coni o a la producción regional de J.
V. González; ni las maravillosas _Montañas de Oro_ de nuestro gran
Leopoldo Lugones perturban la interesante labor criolla de Leguicamón y
otros aficionados a ese ramo que ya ha entrado en verdad en dependencia
folklórica. Que habrá luego una literatura de cimiento criollo, no lo
dudo; buena muestra dan el hermoso y vigoroso libro de Roberto Payró,
_La Australia Argentina_ y las obras del popularísimo e interesante
_Fray Mocho_».
[Ilustración]
EL REY
[Ilustración]
25 de abril.
HACE algunas tardes, por un punto de la Casa de Campo en que suele
turbar el silencio del bosque reverdecido de tropel de jacas, un
jinete, el rodar de un _cupé_, he visto pasar al rey Don Alfonso con su
madre y sus hermanitas. Iba el carruaje despacio, y así pude observar
bien el aspecto de Su Majestad infantil. No está tan crecido como los
retratos nos lo hacen ver; pero muestra lo que se dice _une bonne
mine_. Tiene la cara, ya señaladamente fijos los rasgos salientes, de
un Austria; es la de Felipe IV niño. Es vivaz y sus movimientos son
los de quien se fortifica por la gimnasia. Los ojos son hermosos y
elocuentes, la frente maciza sería un buen cofre para ideas grandes;
el cuerpo no es robusto, pero tampoco es canijo. La leyenda de un
reyecito enclenque y cabezudo, de un niño raquítico, se ha concluído.
El muchacho real ha pasado los peligrosos años de su niñez y entra en
la pubertad con buen pie. No es esto decir que las leyes de herencia
no puedan, cuando menos se piense, aparecer con sus imposiciones. La
misteriosa aya pálida, su dama blanca, puede presentarse cerca de él,
en un instante inesperado; pero por hoy, Don Alfonso es príncipe que
sonríe, que monta a caballo, que hace sus estudios militares, y si de
esta manera continúa, hay Borbón para largo tiempo.
Es cierto que sus años primeros han sido penosos y enfermizos, y que
razón hubo en llegar a creer que podría hacerse trizas el frágil
vaso al menor choque. Pero los cuidados de doña Cristina han sido
excepcionales; a madre como esta reina, es difícil superarla. No se
ha dado punto de reposo previéndolo todo, dedicándose antes que a
cualquier otro grave asunto a la salud de su hijo, preparando, mullendo
el nido para su aguilucho, no teniendo su mayor confianza sino en
sí misma, y después de velar por la vida física, trazar un plan de
educación, un método de cultura moral. Este ya es otro capítulo y habrá
que ver si el acierto ha guiado la obra.
Desde luego, el rey Don Alfonso XIII ha tenido y tiene ayos honorables,
de la más pura nobleza, hombres de excelencia incomparable para guiar
por buena senda los despiertos instintos de su príncipe; pero en
nuestra época se exige algo más que eso; formar el alma, el carácter
del rey, enseñarle a dominar sus pasiones, darle lecciones de moralidad
y de religión, es ya mucho; pero habría que ayudar a formarse al mismo
tiempo al rey y al hombre; hacerle comprender el espíritu de su tiempo,
alargar sus vistas en el horizonte moderno; hacerle salvar los muros de
la tradición, prepararle para las exigencias de su época. Él aparece
en un tiempo en que si los Maquiavelos son imposibles, los Lorenzos de
Médices son inencontrables.