¡Oh sí! el Máximos de Ibsen podría venir, más no sería sino el mismo

soberano Jesucristo, un emperador galileo cuyo fin sería siempre la paz

y el triunfo de la verdadera vida. El Anticristo nació en este siglo

en Alemania; conquistó muchas almas; se apasionó primero por el Graal

santo y renegó luego de su mayor sacerdote; creó el tipo de soberbia

humana, o superhumana, aplastando la caridad de Jesús; predicó el odio

al doctor de la Dulzura; desató o quiso desatar los instintos, los

sexos y las voluntades; consiguió un ejército de inteligencias, y se

cumplió por él más de una profecía. Pero el Anticristo alemán está en

el manicomio, y el Galileo ha vencido otra vez.

SEMANA SANTA

[Ilustración]

31 de marzo.

SEVILLA rebosa de forasteros; Toledo lo propio; a Murcia van los trenes

llenos de viajantes. No faltan en las estaciones los indispensables

ingleses provistos de sus minúsculas «detective». Es en las provincias

en donde la santa semana atrae a los turistas. Madrid es religiosamente

incoloro, y lo que hace notar que se pasa por estos días de fiestas

cristianas, es que desde ayer, por decreto del alcalde--un descendiente

del ilustre Jacques de Liniers--, no circulan durante el día vehículos

por la capital. Las campanas no suenan, reemplazadas litúrgicamente por

las matracas, y jueves y viernes estas mujeres amorosas en la devoción,

recorren las calles cubiertas con sus famosas mantillas. En medio de la

multitud, algo he advertido de una vaga y dolorosa tristeza. Se escucha

que viene a lo lejos una suave música llena de melancolía; despacio,

despacio. Luego se va acercando y se oye una canción, seis voces,

dos femeninas, dos de hombre, dos infantiles. El coro pasa, se diría

que se desliza ante vuestros ojos y a vuestros oídos. Son ciegos que

van cantando canciones, pidiendo limosna. Se acompañan con violines,

guitarras y bandolinas. Con sus ojos sin día miran hacia el cielo, en

busca de lo que preguntaba Baudelaire. Lo que cantan es uno de esos

motivos brotados del corazón popular, que dicen, en su corta y sencilla

notación, cosas que nos pasan sobre el alma como misteriosas brisas

que hemos sentido no sabemos en qué momento de una vida anterior. Se

diría que esos ciegos han aprendido su música en monasterios, pues

traen sus voces algo como piadosa resonancia claustral. La concurrencia

que va al paseo no para mientes. Por los balcones asoman unas cuantas

caras curiosas. De lo más alto de una casa, de una pobre buhardilla,

cae para los ciegos una moneda de cobre.

En las iglesias se ostentan las pompas sagradas. Los caballeros de las

diversas Ordenes asisten a las ceremonias. La indumentaria resucita

por instantes épocas enterradas. Mas ayer se cumplió con una antigua

usanza en la mansión real que, con toda verdad, más que ninguna otra

manifestación, ha podido llevar los espíritus hacia atrás, en lo

dilatado del tiempo. Me refiero al acto de lavar los pies a los pobres

y reunirles a la mesa, la reina de España. Esta costumbre arranca de

siglos; instituyóla Fernando III de Castilla en 1242.

Desde muy temprano el patio de palacio se fué llenando de gente. Visto

desde lo alto era una aglomeración oleante de mantillas, sombreros

de copa, oros y colores de uniformes. Suena un son de pífanos. Es

el desfile pintoresco de las alabardas. Medio día. Compases de un

himno por una banda de palacio, y la familia real se presenta en

marcha hacia la capilla. Por un momento desaparece el rumor de la

vida actual. Esa aparición nos hace pensar en un mundo distinto, en

apariencias encantadoras que a las alturas de esta época ruda para la

poesía de la existencia, tan solamente surgen a nuestra contemplación

en el teatro o en el libro. He aquí que esta buena archiduquesa que

sostiene hoy la diadema de Su Majestad Católica, brota de un cuadro,

sale de una página de vieja historia, se desprende de un cuento;

toda blanca, real, tristemente majestuosa, pues no alcanza a ocultar

que su alma no es un lago tranquilo. De sus espaldas se extiende el

gran manto; la larga cola pórtala un hidalgo, el mayordomo marqués

de Villamayor. El continente impone, el gesto habla por la raza. Por

corona lleva María Cristina una constelación de brillantes, y sutil

como una onda de espuma, la mantilla blanca le cubre el casco de la

cabellera. La princesita de Asturias, que ya viste de largo, va toda

ella hecha una rosa, rociada de perlas. Hay en esa joven una distinción

graciosa que seduce en medio de la corte, y que no advertís en los

retratos expuestos en los escaparates de los fotógrafos y que dan la

figura un tanto picante de una modistilla. La infanta Isabel--muy

simpática para todos los madrileños, y absolutamente Borbón--va de un

amarillo triunfante, y sobre la magnificencia de su manto heliotropo

resplandecen las joyas. El altar arde en luces y oros. Los príncipes

y los cortesanos parecen orar, con unción y fe. Calvas ebúrneas,

barbas blancas sobre estrellas de oro y de piedras preciosas, galones

y entorchados, se inclinan al movimiento de los oficios. Serenamente

armoniosa, la música de la capilla despierta a Mozart. Como un incienso

se esparce por los ámbitos, envuelve todos los espíritus, así entre

tantos se erijan los incrédulos, la _Primera Sinfonía_.

En el Salón de las Columnas el gran crucifijo central está envuelto

en un lienzo violeta, en el altar, que se destaca sobre un tapiz de

asunto religioso. En las tribunas, con los ministros, entre el Cuerpo

diplomático y los Grandes de España, están la infanta Isabel y la

duquesa de Calabria y la princesa de Asturias.

En los lados del salón, sentados en bancos negros, hay doce mujeres

pobres y trece hombres pobres. No sé que vaga luz brota de esas

humildes almas en las miradas.

Suenan las dos palmadas de costumbre; es que se acerca la reina con su

séquito. La reina viene a paso augusto, entre el obispo y el nuncio.

Precédela un grupo de religiosos y cantores, y una cruz alta. _Ante

diem festum Paschæ_... resuena la voz del subdiácono; la música,

el canto vuela sobre el recinto. De pronto, María Cristina está ya

ciñéndose una toalla, mientras las duquesas, llenas de diamantes, las

condesas fastuosas, descalzan a los convidados miserables. La reina con

una esponja y con la toalla enjuga los lamentables pies de esas gentes,

que en un halo de inexplicable asombro deben sufrir extraña angustia.

El representante del papa vierte el agua de un ánfora. Os aseguro que

por todo pecho presente pasa una conmoción. Y en ese mismo instante,

dos voces hablaban al oído del observador meditabundo. La una era la

del demonio de la calle, el demonio de la murmuración que se cuela

por los misterios de las casas y se propaga en la frase afilada por

la inevitable malignidad humana. Esa voz hablaba a la oreja izquierda

y decía: «Es hermoso, es de un simbolismo grandioso y conmovedor ese

acto de humildad que recuerda a las Isabeles de Hungría, que nos aleja

del ambiente contemporáneo asfixiante de egoísmo, quemante de odio

y de mentira; pero... ¿y la miseria? ¿Y los innumerables mendigos

que andan por la Corte y por toda España crujiendo de hambre? ¿Y los

martirios de Montjuich? ¿Y el anarquismo, flor de los parias? ¿Y la

prostitución infantil instalada a los ojos de la capital de S. M.

Católica?» Y continuaba: «Por ahí se dice que la «austriaca» es avara;

que manda arreglar el calzado y los vestidos usados de las infantitas;

que hace pagar su «pupilaje» en palacio a la infanta Isabel; que su

caridad no se demuestra espléndida en demasía; que en Londres está

acaparando millones; que la duquesa de Cánovas, a quien ella antes

llamara «la reina de la Guindalera», la gratifica justamente con el

apodo de «la institutriz»...» Mas la voz que hablaba a la oreja derecha

decía: «No, no hay que proclamar la injusticia o la mala visión como

una ley de verdad. Esa noble señora está en una altura que hay que

apreciar de lejos; y poco harán en su contra las murmuraciones áulicas,

los despechos palaciegos. Su misión maternal es admirable, y las

tempestades que han pasado por la corona de torres de la Patria la han

visto siempre digna y ejemplar, sosteniendo la infancia endeble de su

hijo, dolorida por las penas nacionales, triste en su viudez hasta

hoy libre de calumnia. Ciertamente, no es una Isabel II, por ninguna

clase de generosidad. No derrocha, pero sostiene asilos, da justas y

silenciosas limosnas. Es una reina buena».

Y hela allí, en el salón de armas, sirviendo a los mismos pobres a la

mesa. Le ayudan varios señores en su tarea. Esos _garçons_ de semejante

comedor se llaman el marqués de Ayerbe, el duque de Sotomayor, el

duque de Granada de Ega, el conde de Revillagigedo, el marqués de

Comillas, el conde de Atarés, el marqués de Santa Cristina, el marqués

de Velados. Todos pudieran entrar en un parlamento huguesco; todos se

cubren ante el rey, todos tienen a la cintura la llave de oro. Así las

damas que descalzaron a los miserables eran una condesa de Sástago, una

duquesa de Medina Sidonia, una marquesa de Molíns, una de Sanfelices.

Desde lo alto, en el soberbio techo--_Giaquinto pinxit_--todo un

revuelto Olimpo, de un paganismo rococo, se debatía, en vibrantes fugas

de colores sobre las magnificencias católicas.

Esta ha sido para mí más que la procesión mediocre, o las celebraciones

eclesiásticas en los templos, la verdadera nota principal de la semana

santa en la corte española. Pues si hoy la reina, en el ceremonial del

viernes santo en la capilla real, ha hecho cambiar por cintas blancas

las cintas negras de los procesos, al indultar a los reos de muerte,

después de besar el _lignum crucis_, ayer, ha estado, en un acto

antiguo, más cerca de Jesucristo.

¿España es verdaderamente religiosa? Creo que, en el fondo, no.

Cuenta Georges Lainé que preguntó a un sacerdote gaditano: «¿Hay una

corriente de opinión republicana muy marcada en el bajo pueblo de

Cádiz?» El sacerdote le contestó: «Todos los obreros de Cádiz son

republicanos, anticatólicos, y, un gran número, anarquistas». Puede

también asegurarse que la mayoría de los obreros de toda España es

poco religiosa, influída por corrientes liberales primero y luego por

la cuestión social. En Barcelona, principalmente, el viento nuevo

ha desarraigado mucho árbol viejo. En Andalucía, en Castilla buena

parte del clero ha contribuído, con su poco cuidado de los asuntos

espirituales, a debilitar las creencias. El alto clero español cuenta

con cabezas eminentes, con sabios y con varones virtuosos; pero en

las regiones inferiores no es un mirlo blanco el sacerdote de sotana

alegre, amigo de juergas, de guitarras y mostos. La navaja no es

tampoco, en ciertos ejemplares, desconocida.--El sacerdote sanguinario

y cruel no ha sido escaso en las guerras carlistas. En cuanto a

moralidad, es éste el país en donde el «ama del cura» y las «sobrinas

del cura» son tipos de comedia y cantar. Ello no quiere decir que, como

en toda viña humana y en la del Señor, no haya casos de corrección y de

virtud evangélicas. El cura de aldea de aquel honesto Pérez Escrich no

abunda, pero se puede encontrar en la campaña española. La enseñanza

religiosa en la España interior se queda en lo primitivo, en la plática

pastoral que precede a la idolatría católica de figuras también

primitivas; en las procesiones originalísimas.--En la España negra

de Verhaeren y Regoyos podéis observar curiosos croquis. En San Juan

de Tolosa, por ejemplo, en Guipúzcoa, donde existen esas esculturas

bárbaras que hacen decir al escritor: «El rezar cara a cara con estos

Nazarenos y Santos debe hacer reir o alucinar». En efecto, son figuras,

_bonshommes_ como labrados a hacha, con asimetrías deformes y aires

de idiotismo o de malignidad; Cristos de rostros funestos, o como

dibujados por James Ensor, Cristos _que dan miedo_, bajo sus cabelleras

de difuntos, entre los nichos oscuros de los altares. La semana santa

en Guipúzcoa; los pasos de Azpeitia con sus siniestras estatuas,

son otra cosa que la semana santa de Sevilla, con sus esculturas

artísticas, sus palios lujosos, sus pasos con imágenes de arte, sus

vírgenes vestidas como emperatrices bizantinas: todo oro, terciopelo,

hierro, y más oro; y las saetas, esos cantos que brotan en su aguda

tristeza, quejidos del pueblo, dolorosas y sonoras alondras de una

raza. O la semana santa de Toledo, entre la antigüedad gris y seca de

esa petrificación de tiempo. En las fiestas de San Juan Degollado,

en la isla de Gaztelugache, cerca del cabo Machichaco, puede verse

aún la Edad Media, con la devoción idólatra y temerosa, los romeros y

penitentes que suben una cuesta de rodillas, despedazándose sobre la

piedra. Los niños van vestidos de negro y violeta. Y los disciplinantes

de Rioja, en San Vicente de la Sonsierra: hombres que se destruyen las

espaldas con azotes, a la vista del público, y luego, cuando el lomo

está todo amoratado de golpes o hinchado de disciplinazos, se les raya

con bolas de cera llenas de vidrios filosos. Regoyos nos cuenta de

otros martirios, como el ir tocando una gran campana por las calles, o

pasar con los pies descalzos sobre pedruscos y chinas. Allí la sangre

humana se vierte en realidad cada jueves santo.

Pero junto a todas esas manifestaciones de religiosidad nefasta y

milenaria encontraréis siempre la guitarra, el vino, la hembra. El

torero tiene una imagen a la que reza antes de ir a la corrida, a

la fiesta de la sangre. Los antiguos peregrinos que iban a Santiago

de Compostela con el bordón y la calabaza eran excelentes pillos y

bandoleros que hubo que perseguir. En ciertas procesiones andaluzas

hay pleitos por si una santa virgen vale más que otra, y al elogiar a

la propia imagen se injuria con epítetos de la hampa a la santa imagen

contraria. Se forman partidos por este o aquel Cristo, por este o

aquel santo milagroso. En Galicia pasa lo propio. Un escritor gallego

me cuenta que un tío suyo muy devoto, después de sufrir un gran dolor

moral, se encerró en su gabinete, y con una filosa faca se puso a dar

de puñaladas a un Crucifijo familiar. No es raro que al ir a dejar a

la iglesia en los pueblos, a una imagen, los conductores se detengan

un rato en la taberna. En 1820 los madrileños saquearon el palacio de

la Inquisición; degüello de frailes ha habido que quedará por siempre

famoso. España es el país católico por excelencia; pero Rothschild ha

sido el amo por intermedio del judío Bauer; y se ha transigido por

razones muy humanas, con la fundación de templos protestantes.

El fanatismo español, según Buckle, se explicaría por las luchas con

las invasiones arábigas; pero Ives Guyot hace notar, con justicia, que

antes había habido los grandes choques con los visigodos arrianos.

La conversión de Recaredo señala un buen punto de partida. De lo

más remoto parte la veta religiosa, desde la venida de los primeros

cristianos. No hay lugar importante de España que no guarde el recuerdo

tradicional o histórico de un santo o de un apóstol cristiano. San

Pablo desembarcó en las costas levantinas, y Tarragona pretende que fué

el fundador de su iglesia. En Bética fué la conversión del prefecto

Filoteo, del magnate Probo y su hija Xantipa. El mismo apóstol estuvo

en Andalucía, en Écija y en otros puntos de la Península. Écija tuvo a

San Rufo, obispo nombrado por San Pablo Narbonense; Santiago estuvo en

Braga, en donde fué primer obispo. El viaje de la cabeza de Santiago,

con los Siete Discípulos, en la _parva navis_, es una hermosa perla de

tradición narrada en el latín del Cerratense. La cabeza de Santiago

destruyó el último templo de Baco: _Liverum novum_: ¡pero ya quedaba

el vino! San Pedro envió a otros discípulos. Geroncio quedó en Italia.

Pamplona recuerda a Saturnino y Honesto; Marmolejo a Máximo; Guadix

a Torcuato; Granada a San Cecilio; Ávila a San Segundo; Tarifa a San

Esicio; Andújar a San Eufrasio; Cabra a San Texifonte; Almería a San

Indalecio. Zaragoza pretende tener la primera iglesia fundada en

España: allí triunfan los mártires y la Pilarica. Toledo tuvo a San

Eugenio, en tiempo del papa Clemente. Gerona cuenta con San Narciso.

Por todas partes retoña, si regáis un poco, la raíz cristiana, por

tantos motivos; pero la savia pagana de la tierra no está destruída.

La latina se explica. Se gusta en las procesiones de la pompa, de los

oros lujosos, de la decoración de las imágenes, y con el pretexto de

la devoción se da suelta a los nervios y a la sangre, floreciendo de

rojo la España Negra. No se abandonan los asuntos de este mundo por

los del otro; y la Inquisición misma, en sus orígenes, tuvo más causas

políticas que religiosas. El quemadero después agregó ese halago

terrible al divertimiento popular; auto de fe o corrida de toros viene

a dar lo mismo. En ciertos templos andaluces el catolicismo deja ver

a través de sus adornos y símbolos las líneas y arabescos moriscos:

en las almas pasa algo semejante. Cierto es que Mahoma sonríe más que

Jesucristo en los ojos sevillanos de bautizadas odaliscas.

País de Carlos V, de Felipe II, de Carlos II _el Hechizado_; país

de la expulsión de los judíos y de los moros: su fe no llega muy a

lo profundo. Creedme: la brava España llevó la cruz al mundo nuevo

nuestro, a lejanas tierras, la impuso por la fuerza, de manera

koránica; pórtala sobre el oro de la corona, sobre la cúpula del

palacio real; pero España es como la espada: tiene la cruz unida a la

filosa lámina de acero.

[Ilustración]

¡TOROS!

[Ilustración]

6 de abril de 1899.

LOS durazneros alegres se animan de rosa; el Retiro está todo verde, y

con la primavera llegaron los toros. Se han vuelto a ver en profusión

los sombreros cordobeses, los pantalones ajustados en absurda

ostentación calipigia, las faces glabras de las gentes de redondel y

chuleo. El día de la inauguración de las corridas fué un gran día de

fiesta. Pude saludar varias veces por la calle de Alcalá al espíritu

de Gautier. Era el mismo ambiente de los tiempos de Juan Pastor y

Antonio Rodríguez; las calesas estacionadas a lo largo de la vía, las

mulas empomponadas, los carruajes que pasan llenos de aficionados y las

mantillas que decoran tantas encantadoras cabezas. Parece que en el

aire fuese la oleada de entusiasmo; todo el mundo no piensa sino en el

próximo espectáculo, no se habla de otra cosa; las corbatas de colores

detonan sobre las pecheras; las chaquetas parece que se multiplicasen,

los cascabeles suenan al paso de los vehículos; en los carteles

chillones se destaca la figura petulante del Guerra. ¡El Guerra!...

Su nombre es como un toque de clarín, o como una bandera. Su cabeza

se eleva sobre las de Castelar, Núñez de Arce o Silvela; es hoy el

que triunfa, el amo del fascinado pueblo. ¡El Guerra! Andalusamente,

Salvador Rueda, no hallando otra cosa mejor que decirme de su torero,

me clava: «¡Es Mallarmé!» Vamos, pues, a los toros.

«Se ha dicho y repetido por todas partes que el gusto por las corridas

de toros se iba perdiendo en España, y que la civilización las haría

pronto desaparecer; si la civilización hace eso, tanto peor para ella,

pues una corrida de toros es uno de los más bellos espectáculos que

el hombre puede imaginar». ¿Quién ha escrito eso? El gran Theo, el

magnífico Gautier, que vino «tras los montes» a ver las fiestas del sol

y de la sangre; Barrès, después, hallaría la sangre, la voluptuosidad

y la muerte. Es explicable la impresión que en el hombre que «sabía

ver» harían las crueles pompas circenses. No es posible negar que el

espectáculo es suntuoso; que tanto color, oros y púrpuras, bajo los

oros y púrpuras del cielo, es de un singular atractivo, y que del

vasto circo en que operan esos juglares de la muerte, resplandecientes

de sedas y metales, se desprenden un aliento romano y una gracia

bizantina. Artísticamente, pues, los que habéis leído descripciones de

una corrida o habéis presenciado ésta, no podéis negar que se trata de

algo cuya belleza se impone. La congregación de un pueblo solar a esas

celebraciones en que se halaga su instinto y su visión, se justifica, y

de ahí el endiosamiento del torero.

_Nodier raconte qu'en Espagne..._ Fácil es imaginarse el entusiasmo de

Gautier por esta España que aparecía en el período romántico como una

península de cuento; la España de los _châteaux_, la España de Hernani

y otra España más fantástica si gustáis, y la cual, aun cuando no

existiese, era preciso inventar. Esa venía en la fantasía de Gautier,

y los toros vistos por él correspondieron a la mágica inventiva. En

la calle de Alcalá le arrastró, le envolvió el torbellino pintoresco;

los calesines, las mulas adornadas, los bizarros jinetes, las tintas

violentas calentadas de sol de la tarde, los característicos tipos

nacionales. El arte le ase a cada momento y si un tronco de mulas le

trae a la memoria un cuadro de Van der Meulen, un episodio torero le

recordará más tarde un grabado de Goya. Aquí encuentra la famosa

manola, que ha de hacerle escribir una no menos famosa canción

cuyos _¡alza! ¡hola!_ se repetirán en lo porvenir a la luz de los

_café-concerts_. El detalle le atrae; documenta y hace sonreir la

sinceridad con que corrige a sus compatriotas buscadores de «color

local»: se debe decir _torero_, no _toreador_; se debe decir _espada_,

no _matador_. Ya enmendará luego la plana a Delavigne diciéndole que

la espada del Cid se llama tizona y no _tizonade_, para resultar con

que hay una estocada en la corrida que se llama _a vuela pies_. ¡Oh!

el español de los franceses daría asunto para curiosas citas, desde

Rabelais hasta Maurice Barrès, pasando por Víctor Hugo y Verlaine.

Los toros atrajeron la atención del poeta de los Esmaltes y Camafeos.

Cuando iba a sentarse en su sitio, en la plaza, «experimenté--dice--un

deslumbramiento vertiginoso. Torrentes de luz inundaban el circo, pues

el sol es una araña superior que tiene la ventaja de no regar aceite,

y el gas mismo no lo vencerá largo tiempo. Un inmenso rumor flotaba

como una bruma de ruido sobre la arena. Del lado del sol palpitaban

y centelleaban miles de abanicos y sombrillas». «Os aseguro que es

ya un admirable _espectáculo_, doce mil espectadores en un teatro

tan vasto cuyo plafón sólo Dios puede pintar con el azul espléndido

que extrae de la urna de la eternidad». Después serán las peripecias

de los juegos, la magnificencia de los trajes y capas; los mismos

sangrientos incidentes, caballos desventrados, toros heridos, y el

público tempestuoso, un público de excepción cuyo igual no sería

posible encontrar sino retrocediendo a los circos de Roma; todo con

sol y música y clamor de clarines y banderillas de fuego. Él hace su

resumen: «La corrida había sido buena: ocho toros, catorce caballos

muertos, un chulo herido ligeramente; no podía desearse nada mejor».

Que por razones de imaginación y sensibilidad artística hombres como

Gautier se contagien del gusto por los toros que hay en España,

pase; pero es el caso que ese contagio invade a los extranjeros de

todo cariz intelectual, y no es raro ver en el tendido a un rubio

_commis-voyageur_ dando muestras flagrantes del más desbordado

contentamiento.

Lo que es en España será imposible que llegue un tiempo en que se

desarraigue del pueblo esta violenta afición. Antes y después de

Jovellanos ha habido protestantes de la lidia que han roto sus mejores

flechas contra el bronce secular de la más inconmovible de las

costumbres. En las provincias pasa lo propio que en la capital. Sevilla

parece que regase sus matas de claveles con la sangre de esas feroces

_soavetaurilias_; allí las fiestas de toros son inseparables del fuego

solar, de las mujeres cálidamente amorosas, de la manzanilla, de la

alegría furiosa de la tierra; la corrida es una voluptuosidad más, y

la opinión de Bloy sobre la parte sensual del espectáculo encontraría

su mejor pilar en el goce verdaderamente sádico de ciertas mujeres

que presencian la sangrienta función. La Sevilla de las estocadas

de Mañara, de la molicie morisca, de las hembras por que se desleía

Gutierre de Cetina, de las sangres de Zurbarán, de las carnes femeninas

de Murillo, de las gitanillas, de los bandidos generosos, tiene que

ser la Sevilla del clásico toreo. Bajo Fernando III ya los mozos de

la nobleza tenían su plaza especial para el ejercicio del _sport_

preferido. Partos reales o la toma de Zamora, se celebraban con toros.

El cardenal arzobispo don Rodrigo de Castro prohibió durante un jubileo

las corridas. La ciudad luchó con su ilustrísima y venció apoyada por

Felipe II. La corrida se da, y en ella

Veinte lacayos robustos

con ellos delante salen:

morado y verde el vestido

espadas doradas traen,

de ser don Nuño y Medina

dan muestra y claras señales,

que aunque vienen embozados

no pueden disimularse.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 7 / 24 段