Junto a Benavente me presentan a Antonio Palomero, o sea _Gil Parrado_.

Este pseudónimo, nombre de un gracioso tipo clásico, no está mal en

quien, con sales autóctonas nos revela un Raul Ponchón madrileño, un

rimador seguro, un cancionero bravísimo, en cuanto puede permitirlo el

género político: Aristófanes en _couplets_ o yambos con castañuelas.

El libro de flechas de humor maligno y risueño que forman los «Versos

políticos» de Palomero, _Gacetas rimadas_, tiene un prólogo, en verso,

de Luis Taboada. Creo que fué Gutiérrez Nájera quien escribió un día

que en medio de la noche del arte español contemporáneo, Luis Taboada

era tal vez el único «artista». Era una broma del «duque Job» mejicano,

excusable por su falta de conocimiento del grupo español, digamos así,

secreto, que hace una vida ciertamente intelectual.

Y además, en su tiempo--hace de esto ocho o diez años--las cosas

andaban de Barrantes a Valbuena. Pues _Gil Parrado_ no pudo tener

mejor protagonista que el desopilante Homero fragmentario de la vida

cursi de Madrid, puesto que él quiso ser el Píndaro de las cursilerías

épicas de la política. Conociendo la labor y la propaganda estética de

quien escribe estas líneas, ellas no pueden sino ser vistas como la

mayor prueba de sinceridad. Mas Palomero no es solamente _Gil Parrado_.

Además de los alfileres de su conversación, de las más interesantes

que un extranjero hombre de letras puede encontrar en la Corte, su

crítica teatral se estima justamente, y en el cuento y el artículo

de periódico, sobresale y comunica la intensidad de su vibración,

el contagio de su energía indiscutible. Mariano de Cávia dice de él

hablando de sus _Trabajos forzados_, que es «un literato culto, agudo

y sincero»; gratifícale además con «popular y brillante». Cávia sabe

lo que se dice, él, maestro de única escritura en su país que ha

logrado unir, en la faena asperísima del periodismo, la flexible gracia

autóctona a las elegancias extranjeras. ¡Quevedo en el bulevar, Dios

mío! Y cuando Cávia alaba a Palomero es justo, y yo que conozco la

transparencia de este talento, me complazco en deciros que aquí, entre

lo poco bueno y nuevo, esto es de lo que en la piedra de toque deja una

suave y firme estela de oro fino.

Así Manuel Bueno, el redactor que en _El Globo_ escribe todos los días

esa paginita que lleva la firma de _Lorena_, con el título general

de «Volanderas». Verdes Montenegro ha hecho para el libro primigenio

de Bueno un prólogo de sustancia y espíritu al propio tiempo que de

justicia y cariño. De Verdes Montenegro os hablaré en otra ocasión

más detenidamente. De su ahijado literario os diré que ha recibido

en su alma mucho sol de nuestra pampa y a su oído ha cantado la onda

caprichosa de nuestro gran río. Es un vasco. Vasco, así como ese

especialísimo y robusto Grandmontagne, que ha injertado una rama de

ombú en el árbol sagrado de Guernica, para que más tarde nazcan--¡Dios

lo quiera, y ya se ven los brotes!--flores de un perfume singular,

rosas fraternales del color del tiempo, iluminadas de porvenir, en

tierra de Mitre y Sarmiento, en la capital del continente latino, al

amparo del satisfecho sol. El joven Bueno anduvo por Buenos Aires,

padeció tormento de inmigración y penurias de mozo de intelecto que va

a hacer fortuna por el Azul y Bahía Blanca... Y vuelto a su tierra, no

es de los que vienen con arranques despechados de fracasadas bohemias,

de existencias adoloridas de nuestra necesaria ley de trabajo, de ese

Buenos Aires cuya fuente social es para los labios del mundo, y que en

el progreso corresponde, con su pirámide de mayo, índice indicador, a

los obeliscos de París y Nueva York.

Bueno es aquí, en su labor diaria, nota extemporánea, y tan parisiense

que hay quienes le denuncien de afectación. Pero no es poco servicio

intelectual el servir a un pueblo ese plato escogido, todos los días,

esa ala de faisán, después de la sopa de política española y antes

del asado político también. Bueno, como _Lorena_, da un eco que aquí,

aunque tiene semejantes en la Prensa, permanece en su individualidad.

No seré yo quien oculte su ligereza de juicio habitual, su insinceridad

quizás, también habitual; ¡pero es tan bello el gesto!

Ricardo Fuente es el director de _El País_. Quizá envíe a _La Nación_

una información interesantísima sobre este diario de oposición, que ha

tenido sobre sí la atención de Madrid y de España, y que, periódico que

ha respondido al eco popular, ha sido quizás el que ha tenido mayor

número de intelectuales en su redacción. En París, un _Intransigeant_

se explica: en Buenos Aires, el antiguo _Nacional_, también; en Madrid,

_El País_ de hoy es un caso de extremada curiosidad. Los redactores,

desde hace mucho tiempo--el diario es republicano absoluto--van a la

cárcel periódicamente. Allí se dice la verdad a son de truenos de

tambores y trompetas. La censura ha tenido en esa hoja la mejor lonja

en que cortar, y las estereotipias, a las cuatro de la mañana, han

sido en tiempo de la guerra brutalmente descuartizadas.

El capítulo de la censura, publicado cuando ésta se ha levantado, ha

sido de sensación. Un detalle curioso es, que mi artículo «El triunfo

de Calibán», publicado en Buenos Aires, fué mutilado en _El País_ y

dado intacto en _La Época_... En ese diario, _El País_, han escrito

Dicenta, Maeztu, etc., y Romero Robledo puso allí su gran sombra...

Ricardo Fuente es el director. Cuando uno piensa en ese abominable

Villemesant que nos pinta Daudet o que nos acaba de retocar Claretie;

cuando recuerdo a ciertos directores europeos y americanos, en quienes

el elegante _shylokismo_ se junta a un irrespeto voluntario de todo lo

intelectual, pienso en este buen Fuente, que como el pobre parisiense

Fernand Xau, sabe juntar--en su tan limitada esfera--la autoridad al

tino y la comprensión a la afabilidad. Ser director de un diario ¡qué

difícil tarea! Son como las perlas rosadas y negras aquellos a quienes

se puede aplicar la frase inglesa: _That is a man_. Ser un director

querido de sus redactores es de lo más difícil del mundo, así se llame

uno Magnard o Valdeiglesias, Bennet o Láinez. Fuente lo es. Pero es

que él propio es un trabajador de la Prensa que ha subido con mérito a

ese puesto; y quizá, y sin quizá, tanta bondad personal hace daño a su

posición. Porque no ha de ser quien dirige una tan complicada máquina

un compañero de sus redactores en toda la extensión de la palabra, sino

en lo que ella tiene de aprecio necesario y benevolencia justa; y ¡ay

de aquel director que no se calce sus botas imperiales, y no ponga a

su gallo, empezando en casa, a cantar claro y bien, como ese Arthur

Meyer del _Gaulois_, tan combatido sin embargo! Fuente es el tipo ideal

del director para sus redactores; pero su gallo no se ha alzado hasta

ahora...

Se alza, personal y simpático, en el articulista, en el literato, de

quien dice Joaquín Dicenta: «El camino literario de Fuente se halla

trazado con líneas vigorosas. Puede seguirle sin retroceder y sin

temblar. No hay cuidado de que le tiren al suelo de un empujón; tiene

los músculos muy duros». En el volumen _De un periodista_--del cual en

Buenos Aires se ha reproducido bastante--, hay la manifestación de la

contextura de un artista; la fuga contenida de un amante del estilo que

atan las usanzas de la limitación del diario; las explosiones ideales o

sentimentales sujetas por la línea señalada, o la hora de la Prensa, la

preferencia al telegrama, la tiranía de la información. ¿Qué periodista

no sabe de esto? Y así nos habla de Augusto de Armas, nos pinta rápidas

acuarelas húmedas del más rico sentimiento, o apuntes de una fiereza de

lápiz cuyo blanco y negro nos seduce por su juego de luz y de sombra.

[Ilustración]

LA «ESPAÑA NEGRA»

[Ilustración]

18 de marzo.

NO hace muchos días hice una corta visita a Aranjuez. Si Versalles

recuerda a una coja encantadora en la historia, Aranjuez guarda aún

el perfume de una tuerta hechicera: bien vale un viaje a ese bello

_buen retiro_ de los príncipes castellanos, el ir a rememorar a la

princesa de Éboli. Entre los olorosos y evocadores boscajes resucitan

las lejanas escenas, y hay en el ambiente de los jardines y alamedas

como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el

poeta que sepa despertarlos. En el Palacio Real y la Casa de Labrador

es un espíritu de tristeza el que impera, desde que penetráis en

las suntuosas y solitarias mansiones. Al recorrer los innumerables

habitáculos, adornados de siglos de oro, de plata, de mármol, de ónix,

de ágata, de seda, de marfil, al respirar bajo esas techumbres que han

cubierto tanta hora trágica, feliz o misteriosa, en la vida de muchos

monarcas de España, sobrecoge el sombrío momento, la sala ha tiempo sin

vida, la luna que retrató en su fondo las imágenes pasadas, la hora

detenida en un reloj de Manuel de Rivas; el cojín en que se reclinó

la cabeza de Felipe II, el fresco, el cuadro, el dije, o la estofa

vieja con su atractivo peculiar y triste... Y el conserje que dice su

aprendida relación, y se descubre ante un cuadro que representa una

capilla de El Escorial en que se está diciendo la misa... Viene a la

mente la España negra.

Acababa de leer ese libro reciente de Émile Verhaeren y Darío de

Regoyos, _La España negra_; y la novela española de Barrès _Un amateur

d'âmes_; y el volumen positivo sobre la evolución política y social

de España, de Yves Guyot: en todos la observación, la sugestión, la

imposición, de la nota oscura, que en este país contrasta con el

lujo del sol, con la perpetua fiesta de la luz. Por singular efecto

espectral, tanto color, tanto brillo polícromo, dan por suma en el giro

de la rueda de la vida, lo negro.

Es la tierra de la alegría, de la más roja de las alegrías: los toros,

las zambras, las mujeres sensuales, Don Juan, la voluptuosidad morisca;

pero por lo propio es más aguda la crueldad, más desencadenada la

lujuria, madre de la melancolía; y Torquemada vive, inmortal. Granada

existe, abierta al sol, como el fruto de su nombre, perfumada, dulce,

ácidamente grata; pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil

y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de

lugar una carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de

Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice

Barrès, la pasión que hace amargamente florecer en recinto semejante,

es la nefasta y ardorosamente paladeada de un incesto. Verhaeren anota

sus impresiones dolorosas, copia, al agua fuerte, paisajes cálidos

y calcinados, colecciona sus almas violentas y bárbaras como los

productos de una flora tropical, excesiva y rara. Domina atávicamente

su sangre belga la fiereza de la España que apretara a sus antepasados

entre los hierros del duque de Alba; los espectáculos de la torería le

dejan ver la cristalización sangrienta que yace bajo el subsuelo de

esta raza, cuya energía natural se complica de la ruda necesidad de

las torturas; y el concepto de la muerte y de la gracia, enlutados y

caldeados por un catolicismo exacerbante, por una tradición feroz que

ha podido encender las más horriblemente hermosas hogueras y aplicar

los martirios más purpúreos y exquisitos. El arte revela ese fondo

incomparable. La imaginaria religiosa hace de las naves de los templos,

lúgubres _morgues_ que me explico hayan conmovido a Verhaeren como

a cualquier visitante de pensamiento que traiga sus pasos por estas

iglesias sangrientas en que Ribera o Montañés, entre tantos, exponen al

espanto humano sus lamentables Cristos.

Un español de gran talento me decía: «En cada uno de nosotros hay

un alma de inquisidor». Cierto. Fijáos, y decid si José Nakens

no se junta, paralelamente, en lo infinito--así las dos líneas

matemáticas--con Tomás de Torquemada. Es la misma fe terrible, la

intransigencia que llega hasta la ceguedad, la aplicación del potro,

la certeza en la salvación por el sufrimiento, tan magníficamente

iluminada en el drama de Hugo. Los conquistadores y los frailes en

América no hicieron sino obrar instintivamente, con el impulso de la

onda nativa; los indios despedazados por los perros, los engaños y

las violencias, las muertes de Guatimozin y Atahualpa, la esclavitud,

el quemadero y la obra de la espada y el arcabuz, eran lógicos, y

tan solamente un corazón excepcional, un espíritu extranjero entre

los suyos, como Las Casas, pudo asombrarse dolorosamente de esa

manifestación de la España Negra. «Mi morena», dice Mariano de Cávia.

Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la

perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien

atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez

de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de

don Valeriano Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio

de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las

mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va

a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del

yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.

La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de

regeneradores improvisados. Es un _sport_ nuevo. Y la zambra no se

interrumpe. «España--dice un escritor de Francia--ha querido, sin duda,

evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en

la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí

misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es

el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los

conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la

reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de

Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos

en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han

repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas

alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del

tiempo, el hervor del fermento social.

Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras cabezas surgieron

protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el nombre del

padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de

la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice

que la religiosidad española no es sino formal; que el papa no es

la potencia hacedora en la vida política y social, sino hasta muy

limitado punto. He encontrado sirviendo de señal en un libro viejo,

un documento curiosísimo, que os pondrá a la vista el sentir y pensar

de muy buena parte del pueblo español. Es una serie de proposiciones

que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma, para

ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877.

Este caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro

matritense, y muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.

PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS CONGREGACIONES DE ROMA

«Si se puede ser partidario de la _persona_[1] del rey Don Alfonso XII

de España, por creerle monarca _legítimo_, sin ser por esto _católico

liberal_.

[1] Lo subrayado está en el manuscrito.

»Si aun en la hipótesis inadmisible de que fuera un _usurpador_ y

siguiese las corrientes racionalistas o se abrazase a la política

_doctrinaria_, sería lícito al pueblo español _por sí, alzarse en

armas_ contra él, para destronarlo, dada la situación política de aquel

país, y caso negativo, si a pesar de esto podría intentarlo, siguiendo

al llamamiento que le hiciera otra persona que invocase, con más o

menos fundamento, sus derechos al trono, o si en la duda de quien sea

el _verdadero rey_, debe respetarse el hecho de la posesión de la

autoridad y obedecer lo existente.

»Si de ser _lícito_ el alzamiento a que se refiere la proposición

anterior es hoy conveniente o de probable _éxito_ o de tenerse por

_temerario_.

»Si considerando el estado de las conciencias y la escasa resistencia

que los tronos oponen en nuestros días a la revolución, puede decirse

que _deja_ de ser _católico_ el monarca que sanciona la _tolerancia

de cultos disidentes_. Entiéndase esta proposición no para preguntar

si realiza un acto _nulo en sí_, porque éste parece evidente, sino en

el sentido de si por tal hecho revela el monarca odio al catolicismo,

o pueden aquellas circunstancias y el deseo de consolidar el orden

público, cuando los revoltosos enarbolan la bandera de la _tolerancia_,

o con ella hacen la _oposición_ al rey, mitigar algo la gravedad de

este acto.

»Si dado el hecho de haberse sancionado por el _monarca_ la libertad

y tolerancia de cultos, o cometídose cualquier atropello a los

sagrados derechos de la Iglesia católica, es _lícito_ trabajar dentro

de las vías legales para destronar al rey acusándole por su conducta,

o si únicamente pueden censurarse sus actos sin el fin ulterior de

quitarle la posesión de la autoridad: si para juzgar este hecho hay

que distinguir entre el _usurpador_ y el príncipe legítimo, y cuál

de estas calificaciones ha de aplicarse al posesor de la autoridad,

cuando el pueblo en que impera no tiene opinión unánime sobre este

punto. Si la proposición 63 del Sillabus, de 8 de diciembre de 1864,

condena la insurrección en este caso y si es aplicable al monarca cuya

_legitimidad_ es reconocida por unos y negada por otros súbditos.

»Si los verdaderos _católicos_ pueden estar al servicio doméstico de

los monarcas _católico-liberales_ y asistir a sus recepciones oficiales

y fiestas, y si pueden defender su derecho dinástico y su autoridad,

_sirviendo voluntariamente_ en sus ejércitos.

»Si se puede ser partidario del régimen representativo y

_constitucional_, sin ser por ello _católico liberal_.

»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por sistema _parlamentario_ y si

se puede sostener su conveniencia en nuestros días, sin dejar de ser

_católico ultramontano_.

»Si, supuestas unas o ambas afirmaciones, es _lícito_ desear el

planteamiento en España de la Constitución de 23 de mayo de 1845,

por considerarla apropiada a las necesidades presentes del pueblo

español, o si la doctrina de este Código es _católico-liberal_, y, por

lo tanto, inconciliable con los derechos e intereses del catolicismo,

determinando en semejante supuesto, cuáles son los artículos que

deberían suprimirse o modificarse para que fuese francamente _católica_.

»Si aun siendo mala esta Constitución pueden ser tenidas por

católico-liberales aquellas personas que sostienen la conveniencia de

haberla restablecido en España en el año 1875, como base del orden

político, _sin perjuicio de reformarla en sentido más restrictivo_.

»Si es _lícito a un católico verdadero_ prestar juramento a la vigente

Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876 y con qué

salvedades.

»Si es _lícito_ y _conveniente_ trabajar en las _elecciones_ como

elector y como elegible, con el fin de defender el catolicismo; y en

todo caso, si es enteramente _libre_ opinar en pro o en contra de esta

conveniencia.

»Si el _sufragio universal_ considerado, no como _fuente de la

soberanía_ del _Derecho_ o del _Poder_, sino únicamente como _forma de

elección_, es incompatible con el catolicismo y está condenado por la

proposición 60 del Sillabus.

»Si puede un verdadero católico servirse de la _Prensa periódica_

para propagar y defender la doctrina de Jesucristo y los derechos de

la Santa Iglesia Romana; si puede también concurrir a los _Ateneos_,

_Academias_ y demás Centros donde impera el _racionalismo_ y el

_liberalismo_, para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas

las conclusiones católicas. Si esto es conveniente y si es _enteramente

libre_ opinar en pro o en contra de su oportunidad.

»Si la llamada _libertad de la Prensa_, entendida, no como un derecho

individual, sino como una _concesión temporal_ del poder supremo, y,

por lo tanto, _revocable_, y aun así limitada _por las leyes_ que

castigan las transgresiones de la doctrina _católica_ y del orden

político y social constituyen un principio _católico-liberal_; y si la

previa censura forma parte integrante del uso de esta libertad para que

sea compatible con el catolicismo.

»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por _liberalismo_; si es lo mismo

que sistema _parlamentario_ y _constitucional_...

»Si los católicos, al defender el catolicismo y los derechos de la

Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad

establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella

les proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la

_obediencia pasiva_ a los Poderes constituídos, se separen de aquélla

y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál es, en resumen, la

conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y si es

_completamente libre_ opinar y obrar en uno u otro sentido.--_Ángel

García Goñi._--Madrid, abril 14 de 1877.»

Es este un trabajo de casuística política española, que os abre un

mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida al

Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de

las reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La

libertad y la individualidad--dice Georges Lainé--son sentimientos

accidentales que España ha siempre desconocido. La antigüedad y el

Oriente no han imaginado otra forma de gobierno que el despotismo

fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen en la intimidad de

las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa concepción,

ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del

intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces

sino una variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese

osado suprimir la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla

por una filosofía del Estado; pero bruscamente, sin preparación, el

siglo XIX rompió ese molde social».

Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas no puedo desconocer

que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez largamente aun

del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa corrompida

dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya

el mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo

un juicio certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío

antiguo, la clerecía no tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a

su justo puesto en España católica, en donde, ya que no como cuerpo,

particularmente se protegiesen las artes y las ciencias. No es un

sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he citado, en el

papel reservado a la Iglesia en lo porvenir, con tal de que la barca

simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia, dice, es una admirable

institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno asilo de todos

los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos los

Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para

quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día

hacia la Iglesia, sea que--por privilegio de Dios--entren directamente,

sea que, paganos, les haya sido preciso, de desilusión en desilusión,

seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos

ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste.

Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o está unido tan

íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre

católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento

que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las

pompas escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida

nueva, en la gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises,

de las taras vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta

doctrina; la «locura de la cruz» no es la insensatez de la cruz.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 6 / 24 段