Este pseudónimo, nombre de un gracioso tipo clásico, no está mal en
quien, con sales autóctonas nos revela un Raul Ponchón madrileño, un
rimador seguro, un cancionero bravísimo, en cuanto puede permitirlo el
género político: Aristófanes en _couplets_ o yambos con castañuelas.
El libro de flechas de humor maligno y risueño que forman los «Versos
políticos» de Palomero, _Gacetas rimadas_, tiene un prólogo, en verso,
de Luis Taboada. Creo que fué Gutiérrez Nájera quien escribió un día
que en medio de la noche del arte español contemporáneo, Luis Taboada
era tal vez el único «artista». Era una broma del «duque Job» mejicano,
excusable por su falta de conocimiento del grupo español, digamos así,
secreto, que hace una vida ciertamente intelectual.
Y además, en su tiempo--hace de esto ocho o diez años--las cosas
andaban de Barrantes a Valbuena. Pues _Gil Parrado_ no pudo tener
mejor protagonista que el desopilante Homero fragmentario de la vida
cursi de Madrid, puesto que él quiso ser el Píndaro de las cursilerías
épicas de la política. Conociendo la labor y la propaganda estética de
quien escribe estas líneas, ellas no pueden sino ser vistas como la
mayor prueba de sinceridad. Mas Palomero no es solamente _Gil Parrado_.
Además de los alfileres de su conversación, de las más interesantes
que un extranjero hombre de letras puede encontrar en la Corte, su
crítica teatral se estima justamente, y en el cuento y el artículo
de periódico, sobresale y comunica la intensidad de su vibración,
el contagio de su energía indiscutible. Mariano de Cávia dice de él
hablando de sus _Trabajos forzados_, que es «un literato culto, agudo
y sincero»; gratifícale además con «popular y brillante». Cávia sabe
lo que se dice, él, maestro de única escritura en su país que ha
logrado unir, en la faena asperísima del periodismo, la flexible gracia
autóctona a las elegancias extranjeras. ¡Quevedo en el bulevar, Dios
mío! Y cuando Cávia alaba a Palomero es justo, y yo que conozco la
transparencia de este talento, me complazco en deciros que aquí, entre
lo poco bueno y nuevo, esto es de lo que en la piedra de toque deja una
suave y firme estela de oro fino.
Así Manuel Bueno, el redactor que en _El Globo_ escribe todos los días
esa paginita que lleva la firma de _Lorena_, con el título general
de «Volanderas». Verdes Montenegro ha hecho para el libro primigenio
de Bueno un prólogo de sustancia y espíritu al propio tiempo que de
justicia y cariño. De Verdes Montenegro os hablaré en otra ocasión
más detenidamente. De su ahijado literario os diré que ha recibido
en su alma mucho sol de nuestra pampa y a su oído ha cantado la onda
caprichosa de nuestro gran río. Es un vasco. Vasco, así como ese
especialísimo y robusto Grandmontagne, que ha injertado una rama de
ombú en el árbol sagrado de Guernica, para que más tarde nazcan--¡Dios
lo quiera, y ya se ven los brotes!--flores de un perfume singular,
rosas fraternales del color del tiempo, iluminadas de porvenir, en
tierra de Mitre y Sarmiento, en la capital del continente latino, al
amparo del satisfecho sol. El joven Bueno anduvo por Buenos Aires,
padeció tormento de inmigración y penurias de mozo de intelecto que va
a hacer fortuna por el Azul y Bahía Blanca... Y vuelto a su tierra, no
es de los que vienen con arranques despechados de fracasadas bohemias,
de existencias adoloridas de nuestra necesaria ley de trabajo, de ese
Buenos Aires cuya fuente social es para los labios del mundo, y que en
el progreso corresponde, con su pirámide de mayo, índice indicador, a
los obeliscos de París y Nueva York.
Bueno es aquí, en su labor diaria, nota extemporánea, y tan parisiense
que hay quienes le denuncien de afectación. Pero no es poco servicio
intelectual el servir a un pueblo ese plato escogido, todos los días,
esa ala de faisán, después de la sopa de política española y antes
del asado político también. Bueno, como _Lorena_, da un eco que aquí,
aunque tiene semejantes en la Prensa, permanece en su individualidad.
No seré yo quien oculte su ligereza de juicio habitual, su insinceridad
quizás, también habitual; ¡pero es tan bello el gesto!
Ricardo Fuente es el director de _El País_. Quizá envíe a _La Nación_
una información interesantísima sobre este diario de oposición, que ha
tenido sobre sí la atención de Madrid y de España, y que, periódico que
ha respondido al eco popular, ha sido quizás el que ha tenido mayor
número de intelectuales en su redacción. En París, un _Intransigeant_
se explica: en Buenos Aires, el antiguo _Nacional_, también; en Madrid,
_El País_ de hoy es un caso de extremada curiosidad. Los redactores,
desde hace mucho tiempo--el diario es republicano absoluto--van a la
cárcel periódicamente. Allí se dice la verdad a son de truenos de
tambores y trompetas. La censura ha tenido en esa hoja la mejor lonja
en que cortar, y las estereotipias, a las cuatro de la mañana, han
sido en tiempo de la guerra brutalmente descuartizadas.
El capítulo de la censura, publicado cuando ésta se ha levantado, ha
sido de sensación. Un detalle curioso es, que mi artículo «El triunfo
de Calibán», publicado en Buenos Aires, fué mutilado en _El País_ y
dado intacto en _La Época_... En ese diario, _El País_, han escrito
Dicenta, Maeztu, etc., y Romero Robledo puso allí su gran sombra...
Ricardo Fuente es el director. Cuando uno piensa en ese abominable
Villemesant que nos pinta Daudet o que nos acaba de retocar Claretie;
cuando recuerdo a ciertos directores europeos y americanos, en quienes
el elegante _shylokismo_ se junta a un irrespeto voluntario de todo lo
intelectual, pienso en este buen Fuente, que como el pobre parisiense
Fernand Xau, sabe juntar--en su tan limitada esfera--la autoridad al
tino y la comprensión a la afabilidad. Ser director de un diario ¡qué
difícil tarea! Son como las perlas rosadas y negras aquellos a quienes
se puede aplicar la frase inglesa: _That is a man_. Ser un director
querido de sus redactores es de lo más difícil del mundo, así se llame
uno Magnard o Valdeiglesias, Bennet o Láinez. Fuente lo es. Pero es
que él propio es un trabajador de la Prensa que ha subido con mérito a
ese puesto; y quizá, y sin quizá, tanta bondad personal hace daño a su
posición. Porque no ha de ser quien dirige una tan complicada máquina
un compañero de sus redactores en toda la extensión de la palabra, sino
en lo que ella tiene de aprecio necesario y benevolencia justa; y ¡ay
de aquel director que no se calce sus botas imperiales, y no ponga a
su gallo, empezando en casa, a cantar claro y bien, como ese Arthur
Meyer del _Gaulois_, tan combatido sin embargo! Fuente es el tipo ideal
del director para sus redactores; pero su gallo no se ha alzado hasta
ahora...
Se alza, personal y simpático, en el articulista, en el literato, de
quien dice Joaquín Dicenta: «El camino literario de Fuente se halla
trazado con líneas vigorosas. Puede seguirle sin retroceder y sin
temblar. No hay cuidado de que le tiren al suelo de un empujón; tiene
los músculos muy duros». En el volumen _De un periodista_--del cual en
Buenos Aires se ha reproducido bastante--, hay la manifestación de la
contextura de un artista; la fuga contenida de un amante del estilo que
atan las usanzas de la limitación del diario; las explosiones ideales o
sentimentales sujetas por la línea señalada, o la hora de la Prensa, la
preferencia al telegrama, la tiranía de la información. ¿Qué periodista
no sabe de esto? Y así nos habla de Augusto de Armas, nos pinta rápidas
acuarelas húmedas del más rico sentimiento, o apuntes de una fiereza de
lápiz cuyo blanco y negro nos seduce por su juego de luz y de sombra.
[Ilustración]
LA «ESPAÑA NEGRA»
[Ilustración]
18 de marzo.
NO hace muchos días hice una corta visita a Aranjuez. Si Versalles
recuerda a una coja encantadora en la historia, Aranjuez guarda aún
el perfume de una tuerta hechicera: bien vale un viaje a ese bello
_buen retiro_ de los príncipes castellanos, el ir a rememorar a la
princesa de Éboli. Entre los olorosos y evocadores boscajes resucitan
las lejanas escenas, y hay en el ambiente de los jardines y alamedas
como dormidos ecos galantes que no aguardan sino el enamorado o el
poeta que sepa despertarlos. En el Palacio Real y la Casa de Labrador
es un espíritu de tristeza el que impera, desde que penetráis en
las suntuosas y solitarias mansiones. Al recorrer los innumerables
habitáculos, adornados de siglos de oro, de plata, de mármol, de ónix,
de ágata, de seda, de marfil, al respirar bajo esas techumbres que han
cubierto tanta hora trágica, feliz o misteriosa, en la vida de muchos
monarcas de España, sobrecoge el sombrío momento, la sala ha tiempo sin
vida, la luna que retrató en su fondo las imágenes pasadas, la hora
detenida en un reloj de Manuel de Rivas; el cojín en que se reclinó
la cabeza de Felipe II, el fresco, el cuadro, el dije, o la estofa
vieja con su atractivo peculiar y triste... Y el conserje que dice su
aprendida relación, y se descubre ante un cuadro que representa una
capilla de El Escorial en que se está diciendo la misa... Viene a la
mente la España negra.
Acababa de leer ese libro reciente de Émile Verhaeren y Darío de
Regoyos, _La España negra_; y la novela española de Barrès _Un amateur
d'âmes_; y el volumen positivo sobre la evolución política y social
de España, de Yves Guyot: en todos la observación, la sugestión, la
imposición, de la nota oscura, que en este país contrasta con el
lujo del sol, con la perpetua fiesta de la luz. Por singular efecto
espectral, tanto color, tanto brillo polícromo, dan por suma en el giro
de la rueda de la vida, lo negro.
Es la tierra de la alegría, de la más roja de las alegrías: los toros,
las zambras, las mujeres sensuales, Don Juan, la voluptuosidad morisca;
pero por lo propio es más aguda la crueldad, más desencadenada la
lujuria, madre de la melancolía; y Torquemada vive, inmortal. Granada
existe, abierta al sol, como el fruto de su nombre, perfumada, dulce,
ácidamente grata; pero hay una Toledo, concreción de tiempo, inmóvil
y seca como una piedra, y entre cuyos muros sería insólita y fuera de
lugar una carcajada. Allí no caben, al calor que abrasa la aridez de
Castilla, otros amores que los tristes o fatalmente trágicos, y Maurice
Barrès, la pasión que hace amargamente florecer en recinto semejante,
es la nefasta y ardorosamente paladeada de un incesto. Verhaeren anota
sus impresiones dolorosas, copia, al agua fuerte, paisajes cálidos
y calcinados, colecciona sus almas violentas y bárbaras como los
productos de una flora tropical, excesiva y rara. Domina atávicamente
su sangre belga la fiereza de la España que apretara a sus antepasados
entre los hierros del duque de Alba; los espectáculos de la torería le
dejan ver la cristalización sangrienta que yace bajo el subsuelo de
esta raza, cuya energía natural se complica de la ruda necesidad de
las torturas; y el concepto de la muerte y de la gracia, enlutados y
caldeados por un catolicismo exacerbante, por una tradición feroz que
ha podido encender las más horriblemente hermosas hogueras y aplicar
los martirios más purpúreos y exquisitos. El arte revela ese fondo
incomparable. La imaginaria religiosa hace de las naves de los templos,
lúgubres _morgues_ que me explico hayan conmovido a Verhaeren como
a cualquier visitante de pensamiento que traiga sus pasos por estas
iglesias sangrientas en que Ribera o Montañés, entre tantos, exponen al
espanto humano sus lamentables Cristos.
Un español de gran talento me decía: «En cada uno de nosotros hay
un alma de inquisidor». Cierto. Fijáos, y decid si José Nakens
no se junta, paralelamente, en lo infinito--así las dos líneas
matemáticas--con Tomás de Torquemada. Es la misma fe terrible, la
intransigencia que llega hasta la ceguedad, la aplicación del potro,
la certeza en la salvación por el sufrimiento, tan magníficamente
iluminada en el drama de Hugo. Los conquistadores y los frailes en
América no hicieron sino obrar instintivamente, con el impulso de la
onda nativa; los indios despedazados por los perros, los engaños y
las violencias, las muertes de Guatimozin y Atahualpa, la esclavitud,
el quemadero y la obra de la espada y el arcabuz, eran lógicos, y
tan solamente un corazón excepcional, un espíritu extranjero entre
los suyos, como Las Casas, pudo asombrarse dolorosamente de esa
manifestación de la España Negra. «Mi morena», dice Mariano de Cávia.
Las sombrías políticas de antaño se reproducen hoy, claro que sin la
perdida magnificencia; pues de Polavieja a Antonio Pérez hay cien
atlánticos de distancia y las ducales espuelas de don Fernando Álvarez
de Toledo retrocederían sobre sus agudas estrellas ante las botas de
don Valeriano Weyler... Pero aun la sombra de Roma cae sobre el palacio
de Madrid; los confesores áulicos tienen su papel, las intrigas son las
mismas con diferencia de personajes y de alturas mentales. ¡España va
a cambiar!, se grita en el instante en que la injusta y fuerte obra del
yanqui se consuma. Y lo que cambia es el Ministerio.
La verbosidad nacional se desborda por cien bocas y plumas de
regeneradores improvisados. Es un _sport_ nuevo. Y la zambra no se
interrumpe. «España--dice un escritor de Francia--ha querido, sin duda,
evocar esos grandes Estados del Oriente antiguo que se derrumbaban en
la embriaguez pública». No, no ha querido evocar nada. Obra por sí
misma: esa alegría es un producto autóctono, entre tanta tragedia; es
el clavel: es la flor roja de la España Negra. Así, cuando de nuevo los
conservadores han vuelto al Poder, se ha creído en el exterior que la
reacción provocaría la revolución. ¡Las inquisitoriales historias de
Montjuich están cercanas; los sucesores de la guerra han sido tan rudos
en su lección y las agitaciones provinciales del regionalismo se han
repetido tanto! Nada. Quietud. Estancamiento. Apenas ruido de regaderas
alrededor del tronco fósil del carlismo. Tan sólo, en lo futuro del
tiempo, el hervor del fermento social.
Se combate el vaticanismo; Castelar habló; otras cabezas surgieron
protestantes, a la salida de Silvela. Y se pronuncia el nombre del
padre Montaña; el inevitable confesor, cuyo hábito, en el curso de
la Historia, está siempre tras el trono de S. M. Católica. Se dice
que la religiosidad española no es sino formal; que el papa no es
la potencia hacedora en la vida política y social, sino hasta muy
limitado punto. He encontrado sirviendo de señal en un libro viejo,
un documento curiosísimo, que os pondrá a la vista el sentir y pensar
de muy buena parte del pueblo español. Es una serie de proposiciones
que se enviarían en cierta época a las congregaciones de Roma, para
ser resueltas. Fírmalas don Ángel García Goñi, a 14 de abril de 1877.
Este caballero fué, según me informan, abogado distinguido del foro
matritense, y muy mezclado en asuntos de política eclesiástica.
PROPOSICIONES QUE SE CONSULTAN CON LAS CONGREGACIONES DE ROMA
«Si se puede ser partidario de la _persona_[1] del rey Don Alfonso XII
de España, por creerle monarca _legítimo_, sin ser por esto _católico
liberal_.
[1] Lo subrayado está en el manuscrito.
»Si aun en la hipótesis inadmisible de que fuera un _usurpador_ y
siguiese las corrientes racionalistas o se abrazase a la política
_doctrinaria_, sería lícito al pueblo español _por sí, alzarse en
armas_ contra él, para destronarlo, dada la situación política de aquel
país, y caso negativo, si a pesar de esto podría intentarlo, siguiendo
al llamamiento que le hiciera otra persona que invocase, con más o
menos fundamento, sus derechos al trono, o si en la duda de quien sea
el _verdadero rey_, debe respetarse el hecho de la posesión de la
autoridad y obedecer lo existente.
»Si de ser _lícito_ el alzamiento a que se refiere la proposición
anterior es hoy conveniente o de probable _éxito_ o de tenerse por
_temerario_.
»Si considerando el estado de las conciencias y la escasa resistencia
que los tronos oponen en nuestros días a la revolución, puede decirse
que _deja_ de ser _católico_ el monarca que sanciona la _tolerancia
de cultos disidentes_. Entiéndase esta proposición no para preguntar
si realiza un acto _nulo en sí_, porque éste parece evidente, sino en
el sentido de si por tal hecho revela el monarca odio al catolicismo,
o pueden aquellas circunstancias y el deseo de consolidar el orden
público, cuando los revoltosos enarbolan la bandera de la _tolerancia_,
o con ella hacen la _oposición_ al rey, mitigar algo la gravedad de
este acto.
»Si dado el hecho de haberse sancionado por el _monarca_ la libertad
y tolerancia de cultos, o cometídose cualquier atropello a los
sagrados derechos de la Iglesia católica, es _lícito_ trabajar dentro
de las vías legales para destronar al rey acusándole por su conducta,
o si únicamente pueden censurarse sus actos sin el fin ulterior de
quitarle la posesión de la autoridad: si para juzgar este hecho hay
que distinguir entre el _usurpador_ y el príncipe legítimo, y cuál
de estas calificaciones ha de aplicarse al posesor de la autoridad,
cuando el pueblo en que impera no tiene opinión unánime sobre este
punto. Si la proposición 63 del Sillabus, de 8 de diciembre de 1864,
condena la insurrección en este caso y si es aplicable al monarca cuya
_legitimidad_ es reconocida por unos y negada por otros súbditos.
»Si los verdaderos _católicos_ pueden estar al servicio doméstico de
los monarcas _católico-liberales_ y asistir a sus recepciones oficiales
y fiestas, y si pueden defender su derecho dinástico y su autoridad,
_sirviendo voluntariamente_ en sus ejércitos.
»Si se puede ser partidario del régimen representativo y
_constitucional_, sin ser por ello _católico liberal_.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por sistema _parlamentario_ y si
se puede sostener su conveniencia en nuestros días, sin dejar de ser
_católico ultramontano_.
»Si, supuestas unas o ambas afirmaciones, es _lícito_ desear el
planteamiento en España de la Constitución de 23 de mayo de 1845,
por considerarla apropiada a las necesidades presentes del pueblo
español, o si la doctrina de este Código es _católico-liberal_, y, por
lo tanto, inconciliable con los derechos e intereses del catolicismo,
determinando en semejante supuesto, cuáles son los artículos que
deberían suprimirse o modificarse para que fuese francamente _católica_.
»Si aun siendo mala esta Constitución pueden ser tenidas por
católico-liberales aquellas personas que sostienen la conveniencia de
haberla restablecido en España en el año 1875, como base del orden
político, _sin perjuicio de reformarla en sentido más restrictivo_.
»Si es _lícito a un católico verdadero_ prestar juramento a la vigente
Constitución española, publicada en 30 de junio de 1876 y con qué
salvedades.
»Si es _lícito_ y _conveniente_ trabajar en las _elecciones_ como
elector y como elegible, con el fin de defender el catolicismo; y en
todo caso, si es enteramente _libre_ opinar en pro o en contra de esta
conveniencia.
»Si el _sufragio universal_ considerado, no como _fuente de la
soberanía_ del _Derecho_ o del _Poder_, sino únicamente como _forma de
elección_, es incompatible con el catolicismo y está condenado por la
proposición 60 del Sillabus.
»Si puede un verdadero católico servirse de la _Prensa periódica_
para propagar y defender la doctrina de Jesucristo y los derechos de
la Santa Iglesia Romana; si puede también concurrir a los _Ateneos_,
_Academias_ y demás Centros donde impera el _racionalismo_ y el
_liberalismo_, para combatir estas absurdas teorías, oponiendo a ellas
las conclusiones católicas. Si esto es conveniente y si es _enteramente
libre_ opinar en pro o en contra de su oportunidad.
»Si la llamada _libertad de la Prensa_, entendida, no como un derecho
individual, sino como una _concesión temporal_ del poder supremo, y,
por lo tanto, _revocable_, y aun así limitada _por las leyes_ que
castigan las transgresiones de la doctrina _católica_ y del orden
político y social constituyen un principio _católico-liberal_; y si la
previa censura forma parte integrante del uso de esta libertad para que
sea compatible con el catolicismo.
»Qué entiende la Santa Iglesia Romana por _liberalismo_; si es lo mismo
que sistema _parlamentario_ y _constitucional_...
»Si los católicos, al defender el catolicismo y los derechos de la
Santa Iglesia Romana, deben ajustar sus acciones a la legalidad
establecida en los diferentes países, utilizando los medios que ella
les proporcione, o si es más conveniente que contentándose con la
_obediencia pasiva_ a los Poderes constituídos, se separen de aquélla
y unidos trabajen para conseguir sus fines. Cuál es, en resumen, la
conducta que deben seguir en las actuales circunstancias, y si es
_completamente libre_ opinar y obrar en uno u otro sentido.--_Ángel
García Goñi._--Madrid, abril 14 de 1877.»
Es este un trabajo de casuística política española, que os abre un
mirador hacia el panorama moral de la Nación. La Iglesia, unida al
Estado cada día más, a pesar de las expropiaciones territoriales, de
las reacciones progresistas y de los trabajos del radicalismo. «La
libertad y la individualidad--dice Georges Lainé--son sentimientos
accidentales que España ha siempre desconocido. La antigüedad y el
Oriente no han imaginado otra forma de gobierno que el despotismo
fanático y sospechoso, de tiranos, que se inmiscuyen en la intimidad de
las conciencias. España no ha podido desprenderse de esa concepción,
ni bajo el régimen del librepensador Carlos III, ni bajo la del
intolerante Felipe II; el libre pensamiento castellano no fué entonces
sino una variedad nueva de la intolerancia y del despotismo; si hubiese
osado suprimir la religión del Estado, hubiera sido para reemplazarla
por una filosofía del Estado; pero bruscamente, sin preparación, el
siglo XIX rompió ese molde social».
Mal podría yo, católico, atacar lo que venero; mas no puedo desconocer
que el catolicismo español de hoy dista en su pequeñez largamente aun
del terrible y dominante catolicismo de los autos de fe. Esa corrompida
dominación religiosa de Filipinas ha sido, como bien lo conoce ya
el mundo, la causa principal de la pérdida cuya fatalidad no hubo
un juicio certero que la presintiese. Habiendo perdido su poderío
antiguo, la clerecía no tomó siquiera el rumbo que podría levantarla a
su justo puesto en España católica, en donde, ya que no como cuerpo,
particularmente se protegiesen las artes y las ciencias. No es un
sueño de poeta el pensar como el escritor que antes he citado, en el
papel reservado a la Iglesia en lo porvenir, con tal de que la barca
simbólica fuese con buen timonel: la Iglesia, dice, es una admirable
institución, porque reposa sobre el amor y es el eterno asilo de todos
los Franciscos de Asís, de todas las santas Teresas, de todos los
Vicentes de Paúl del futuro. Todos los que aman, todos aquellos para
quienes el amor es el único fin de la existencia, se lanzarán un día
hacia la Iglesia, sea que--por privilegio de Dios--entren directamente,
sea que, paganos, les haya sido preciso, de desilusión en desilusión,
seguir el camino indicado por Platón: del amor de los bellos cuerpos
ascender al amor de las ideas, de la Venus terrestre a la Venus celeste.
Y en España, en donde el catolicismo forma parte, o está unido tan
íntimamente al alma general, a tal extremo que España ha de ser siempre
católica o no será; quizá en el tiempo venidero, en el resurgimiento
que ha de cumplirse, reverdezca el árbol nuevo, ya que no con las
pompas escarlatas de la hoguera y del auto de fe, en la luz de la vida
nueva, en la gloria de la intelectualidad, libre de las manchas grises,
de las taras vergonzosas que ahora contribuyen al descrédito de la alta
doctrina; la «locura de la cruz» no es la insensatez de la cruz.