Entretanto Madrid ha bailado como nunca. No hay recuerdo de una

época en que las gentes se hayan entregado a tal ejercicio con mayor

entusiasmo. En el Real, en todos los teatros, bailes de sociedades y

gremios; en los salones mundanos bailes de cabezas y de trajes; en

las calles mismas, mascaradas con una guitarra y unas castañuelas por

toda música, se han descaderado a jotas. Los disfraces han abundado;

y mientras uno materialmente no puede dar un paseo por las calles

sin que le impidan el paso los mendigos, mientras la prostitución,

comprendida la de la infancia y causada por el hambre en este buen

pueblo, se instala a nuestros ojos a cada instante; mientras los

atracos o robos en plena calle hacen protestar a la Prensa todos los

días, se han gastado en los tres de carnaval trescientas mil pesetas

en confetti y serpentinas. Parece que pasase con los pueblos lo que

con los individuos, que estas embriagueces fuesen semejantes a la de

aquellos que buscan alivio u olvido de sus dolores refugiándose en los

peligrosos paraísos artificiales. O que la cigarra española después de

haber pasado cantando tanto tiempo, a la hora de los cierzos y en el

frío del invierno siguiese el consejo de la hormiga: «¡Bailad ahora!»

De todas maneras os aseguro que esta alegría es un buen síntoma:

enfermo que baila no muere. Y la belleza de estas mujeres españolas,

la abundancia de belleza sobre todo, y de frescura y de vida sana, dan

idea de la más fecunda mina de almas y de cuerpos robustos, de donde

pueden salir los elementos del mañana. Y yo no sé si me equivoque, pero

noto que a pesar del teatro bajo y de la influencia torera--en su mala

significación, es decir, chulería y vagancia--, un nuevo espíritu,

así sea homeopáticamente, está infiltrándose en las generaciones

flamantes. Mientras más voy conociendo el mundo que aquí piensa y

escribe, veo que entre el montón trashumante hay almas de excepción

que miran las cosas con exactitud y buscan un nuevo rumbo en la noche

general.

He de ocuparme especialmente en estas manifestaciones de una reacción

saludable y que auguraría, con tal de que esos luchadores se uniesen

todos en un núcleo que trabajase por la salud de España, un movimiento

digno de la patria antigua. Por lo demás, las fiestas no hacen daño,

y con fiestas y toros hubo un Gran Capitán y un duque de Alba. El

Aranjuez de la princesa de Éboli corresponde en cierto modo al Retiro

de Felipe IV. Las máscaras suelen ser del agrado de los héroes, y

cuando el Cid se casa y va el rey sacando los granos de trigo de entre

los senos de Jimena, divierte a las gentes un hombre de buen humor que

va vestido de diablo.

Lo que hay es que los que quieran proclamar la reconstrucción con

toda verdad y claridad han de armarse de todas armas en esta tierra

de las murallas que sabéis. Hay que luchar con la oleada colosal de

las preocupaciones; hay que hacer verdaderas _razzias_ sociológicas,

hay que quitar de sus hornacinas ciertos viejos ídolos perjudiciales,

hay que abrir todas las ventanas para que los vientos del mundo barran

polvos y telarañas y queden limpias las gloriosas armaduras y los oros

de los estandartes; hay que ir por el trabajo y la iniciación en las

artes y empresas de la vida moderna, «hacia otra España», como dice en

un reciente libro un vasco bravísimo y fuerte--el señor Maeztu--; y

donde se encuentran diamantes intelectuales como los de Ganivet--¡el

pobre suicida!--, Unamuno, Rusiñol y otros pocos, es señal de que

ahondando más, el yacimiento dará de sí.

UNA CASA MUSEO

[Ilustración]

24 de febrero.

NI del borrascoso conde de las Almenas que al abrirse las cortes ha

vuelto a ser la voz que clama después del desastre, el hombre que dice

a los generales verdades corrosivas y heridoras; ni del banquete que

se le ha dado a Luis París, empresario de la Ópera, por su triunfo

de la reciente temporada del Real bajo cuyas techumbres aun resuena

el paso de la cabalgata de las Walkirias; ni de la próxima venida,

en la primavera, de la compañía de Bayreuth, con sus directores y

orquesta, lo cual implica una excepcional victoria de Wagner en este

país del Sol; ni del maestro Zumpe, que ha traído con su batuta alemana

un aliento de vida nueva al movimiento musical de esta Corte que es

por cierto digno de larga atención; ni de las reuniones de Zaragoza

en donde se ha tratado de la regeneración de España en sonoras y

pintorescas arengas; ni de otros tópicos de ocasión os hablaré, por

transmitiros las sensaciones de arte que acabo de experimentar en

una casa que es al mismo tiempo un museo, y que, indiscutiblemente

es la mejor puesta a este respecto, de todo Madrid, con ser famosa

y admirable la del conde de Valencia de Don Juan; me refiero a la

_garçonnière_ que en la cuesta de Santo Domingo habita el director de

_La España Moderna_, José Lázaro y Galdeano.

Es José Lázaro acreedor al elogio por su amor a las letras y artes;

ha sostenido y sostiene la revista de más fuerza que hoy tiene España

entre los grandes periódicos: ha publicado más de quinientos libros

de autores extranjeros, haciéndolos traducir para su propagación en

ediciones baratas y elegantes; su correspondencia, en ese punto, ha

sido con escritores que se llaman Tolstoi, Gladstone, Ibsen, Richepin;

ha llenado su casa de preciosidades antiguas, de armas, libros, joyas,

encajes, cuadros, bronces, autógrafos; ha viajado por toda Europa y

se prepara este año para ir a Spitzberg; es el amigo de todo sabio,

de todo escritor, de todo artista que visita este país; es joven,

soltero, muy rico; sus aficiones intelectuales no le impiden hacer

una vida mundana; y cuando vuelve, por ejemplo, de una excursión del

interior de España, ocupa la tribuna del Ateneo y obtiene el aplauso

y la aprobación de todos; creo que su camisa está muy cerca de ser

la camisa del hombre feliz. Yo le fuí presentado hace siete años,

al mismo tiempo que dos escritores extranjeros, el novelista griego

Bikelas--de quien os he hablado ya ha tiempo en _La Nación_--Maurice

Barrès. A este propósito recuerdo una curiosa anécdota referente al

célebre jardinero de su «yo». Sucedió que Barrès tenía gran interés

en presenciar una corrida de toros; era el momento en que se movía en

su cerebro más de un capítulo «de la sangre, de la voluptuosidad y de

la muerte». Quería ya que no documentarse, impresionarse, y manifestó

a Lázaro el deseo que tenía de ir a la plaza, en compañía de una moza

que se trajera de París, graciosa de su persona, fina y pimpante, flor

de bulevar. Lázaro le consiguió un palco; pero el amigo y prologuista

del general Mansilla díjole que prefería impregnarse de color local,

de ambiente, y que para ello deseaba ver la función desde el tendido,

mezclado a la gente popular. Se le hicieron algunas observaciones,

mas no se pudo vencer el capricho de los parisienses, y se enviaron

a Barrès dos asientos de tendido, a la sombra. Cuéntase por acá que

el viejo Dumas se presentó en la plaza de toros de Sevilla, en una

tarde de oro y alegría, con chaqueta de torero, pantalón ajustado,

faja y... sombrero de copa. Os podéis imaginar la «ovación» de que

sería objeto entre los habitantes del barrio de Triana el hombre del

Monte-Cristo. Algo semejante ocurrió cuando en el tendido de Madrid se

vió aparecer una pareja originalísima: él trajeado como para el Grand

Prix, y ella con una de esas _toilettes_ primaverales que encantan

la Cascada o Armenonville. Pero la cosa fué en aumento cuando al

comenzar los banderilleros sus suertes, el francés y su compañera

aplaudían desusadamente; y cuando, al llegar los picadores, comenzó

el desventrar de los caballos por los toros, Barrès se puso de pie, y

sus protestas a gritos desolados llamaron la atención, y las aceitunas

de sus vecinos, que comían rebanadas de salchichón y bebían vino en

bota. Las interjecciones llovieron y hubo que ir a sacar de su puesto

a la dama desmayada y al cultivador del «yo». He recordado esta

historia divertida, tiempos después, al leer esas páginas supremas de

pensamiento y de hondura psicológica, con ese estilo personalísimo del

renaniano y stendhaliano--¡poderosa suma!--que ha dado tan bello libro

sobre _la sangre_, _la voluptuosidad_ y _la muerte_.

La casa de Lázaro está cerca de la de don Juan Valera y el general

Martínez Campos; y enfrente de la del duque de Frías, el gran señor de

romántica vida que arrebatara en época hoy legendaria la mejor joya de

la embajada inglesa... De los balcones se ve la casa de la novela--que

costó la inmensa fortuna del duque--y, al dulce oro de una tarde que

hubiera podido ser de primavera, hablábamos de esos sueños vividos.

Luego fuí a visitar las telas viejas, los cuadros auténticos y

admirables--¡oh, mi buen amigo Schiaffino, y cómo le he recordado!--Lo

de Tiépolo, cabezas dibujadas con la conocida magistral manera. Un

hermosísimo cuadro de la época rafaelita, de tonalidad única, a modo

de creerse imposible que se haya podido lograr la conservación de tanta

riqueza de color. Un Ribera que desearían muchos Museos; riquísimos

trípticos bizantinos; retratos de valor histórico y de un abolengo

artístico que desde luego se impone; y más y más preciadas cosas en que

resalta con aristocracia absoluta, como soberano, santa «panagia» de

esa casa del Arte, un Leonardo de Vinci.

Esta presea de la pintura es un cuadrito pequeño, un retrato, el de un

tipo seguramente contemporáneo de la Gioconda; maravilloso andrógino,

de una fisonomía sensual y dolorosa a un tiempo, en la cual todo el

poema de la visión del artista incomparable está cristalizada, como en

un suave y prodigioso diamante. Es una «ficción que significa cosas

grandes», como decía el maestro en palabras que han florecido en el

alma d'annunziana. Me gusta más todavía este retrato enigmático que

el mismo sublime retrato de Monna Lissa. La mirada está impregnada

de luz interior; el cabello es de un efecto que sobrepasa los

efectos esencialmente pictóricos; el ropaje--que es hermano de la

Gioconda--muestra la mano original; y el fino y delicado plasticismo de

las armoniosas facciones, denuncia, clama la potencia del porfirogénito

poeta-sapiente de la _Anatomía_, del príncipe de los maestros de la

pintura de todos los siglos. Del Museo de Berlín vinieron a intentar

llevarse tan magnífica obra, pero el dueño no quiso la buena suma del

oro alemán. Al Louvre fué en persona a mostrar su tesoro, y también

recibió propuestas. El cuadrito sigue imperante en tierra española.

Entre tanta rica colección de cosas de arte, me llaman la atención

dos mantillas que pertenecieron a una altísima dama de la nobleza

madrileña, que pasó sus últimos años en apuros y pobrezas y tuvo un

entierro modesto, humilde, después de haber recibido, en tiempos de

pompa, a los monarcas en sus salones. De ella era también un anillo

de solitaria belleza, una perla cuyo oriente se destaca singular

entre finas chispas, todo de un gusto de exquisitez hoy no usada, y

que seguramente adornó en no muy lejanos tiempos dedos principales

que muestran su gracia nobiliaria en los retratos de Pantoja. De ella

asimismo una peineta que ostenta en su semicírculo tantas amatistas

como para las manos de diez arzobispos.

De las joyas en mi rápida visita paso a los libros: primero los

incunables alemanes e italianos; eucologios de Amsterdam; hermosas

ediciones de España, las espléndidas de Montfort, de Sancha, de la

Imprenta Real; varios infolios pertenecientes a la biblioteca del

infante Don Sebastián; una crónica de Pero Niño, de severa elegancia

tipográfica; rollos hebreos, pergaminos gemados de mayúsculas que

revelan la fina y paciente labor de la mano monacal; sellos de Don

Alfonso _el Sabio_; prodigiosas caligrafías arábigas, autógrafos de un

valor inestimable. Buena parte de todo lo que adorna esta mansión fué

expuesta en la Exposición Histórica europea y americana que se celebró

en esta capital, con motivo del Centenario de Colón, y en el actual

palacio de la Biblioteca y Museo de Arte Moderno.

Al ir revistando tan estupenda colección de riqueza bella, pensaba yo

en cómo muchas de las cosas que atraían mis miradas eran parte del

desmoronamiento de esas antiquísimas Casas nobles que, como la de

los Osunas, han tenido que vender al mejor postor objetos en que la

historia de un gran reino ha puesto su pátina, oros y marfiles rozados

por treinta manos ducales en la sucesión de los siglos, hierros de los

caballeros de antaño; muebles, trajes y preseas que algo conservan

en sí de las pasadas razas fundadoras de poderíos y grandezas... Y

recordaba la amarga comedia de Jacinto Benavente: _La comida de las

fieras_...

Y antes de partir fuí otra vez a dar mi saludo de despedida a la

creación del divino Leonardo. Y parecíame que la majestad del arte

diese razón a la caída de todo edificio que no tenga por base la

potencia mental. Esa faz reproducida o imaginada por el maestro

luminoso vive y comunica su inmortal misterio, su hechizo supremo, a

toda alma que se acerque a su mágica influencia, cual si desprendiese

de la obra del pincel la maravilla avasalladora de una virtud secreta.

Y a través de la fugaz onda temporal, esa dominación arcana se

perpetúa, y la imperecedera diadema se hace más radiosa al tocar sus

perlas invisibles el vuelo de las horas.

[Ilustración]

LA JOVEN LITERATURA

[Ilustración]

3 marzo de 1899.

ACABA de representarse en Granada un drama póstumo de Ángel Ganivet:

coyuntura inapreciable para hablar del pensamiento nuevo de España.

Pues Ganivet, especial personaje, era quizás la más adamantina

concreción de ese pensamiento.

El propio se ha encarnado en su Pío Cid, simbólico tipo, en el cual

el antiguo caballero de la Mancha realiza, a mi entender, un avatar.

Ganivet era uno de esos espíritus de excepción que significan una

época, y su alma, podría decirse, el alma de la España finisecular.

No conozco la obra que se ha dado recientemente a la escena, _El

escultor de su alma_; pero desde luego, creo poder afirmar que se trata

meramente de una autoexposición psíquica; es el mismo Pío Cid, de la

_Conquista del Reino de Maya_, el último conquistador español Pío Cid.

Antójaseme que en Ganivet subsistía también mucho de la imaginativa

morisca, y que la triste flor de su vida no en vano se abrió en el

búcaro africano de Granada. Su vida: una leyenda ya, de hondo interés.

Desde luego, un joven, que sube a la torre nacional a divisar el mundo,

luego se encamina a la ideación de una nueva patria en la patria

antigua: en Pío Cid hay simiente para una España futura. Después,

cosa que sorprenderá a quien tenga conocimiento de las costumbres

literarias de todas partes y sobre todo de este país: Ganivet no

tenía enemigos, y por lo general, si conversáis con cualquiera de

los intelectuales españoles, os dirá: «Era el más brillante y el más

sólido de todos los de su generación». En la Corte tuvo sus bregas,

sus comienzos de gloria. Hubo una pasión, toda borrasca, que según

se dice fué la causa de su muerte. Entró a la carrera consular, tan

propicia a la literatura, aunque no lo parezca por los roces de lo

mercantil; y continuó en su labor ideológica y artística. Sabía ruso,

danés, casi todos los idiomas y dialectos de los países boreales, sabía

lenguas antiguas, escribió un libro curiosísimo sobre las literaturas

del Norte; publicó otro de sol y de música, al par que una obra de

cerebral, sobre su _Granada la bella_, en el país de Hamlet; produjo

más libros, y un emponzoñado día, un mal demonio le habló por dentro,

en lo loco del cerebro, y él se tiró al Volga. Así acabó Pío Cid su

vida humana. Su vida gloriosa y pensante ha de ir creciendo a medida

que su obra sea mejor y más comprendida. Entonces se verá que en ese

sér extraño había un fondo de serena y pura nobleza bajo la tempestad

de su temperamento; que vivió de amor, de abrasamiento genial y murió

también por amor, en la forma de un cuento. En la _Conquista del reino

de Maya_ exprime todos sus zumos de amargas meditaciones, y su forma

busca la escritura artística, que en _Los Trabajos_ no se advierte.

Aun vemos desarrollarse el período cervantesco; pero las encadenadas y

ondulantes oraciones, van por lo general repletas de médula. La obra

queda sin concluir; o mejor dicho, tuvo la conclusión más lógica al

propio tiempo que más extraña, en la unión de una fábula escrita y una

vida. Pío Cid debía concluir con quitarse la existencia. No es él quien

habla en el diálogo, pero Olivares, un personaje de _Los Trabajos_,

dice en cierta página del libro: «Se exagera mucho, y además, alguna

vez tiene uno que morirse, porque no somos eternos. Entre morirse de

viejo apestando al prójimo o suprimirse de un pistoletazo, después de

sacarle a la vida todo el jugo posible, ¿qué le parece a usted?... Yo,

por mí, les aseguro que no llegaré a oler a rancio.--Cada cual entiende

la vida a su modo--dijo Pío Cid--y nadie la entiende bien.--Ahora

ha dicho usted una verdad como un templo--dijo Olivares--. Lo mejor

es dejar que cada uno viva como quiera y que se mate, si ese es su

gusto, cuando le venga la contraria». ¡El pobre Ganivet! Llegó el

trágico minuto, abrió la puerta misteriosa y pasó. De las _Cartas

finlandesas_ escribe Vincent en el _Mercure_, que «no es una obra

dogmática, antes bien familiar; en el punto de vista no es español, es

humano: el autor, en efecto, que conoce perfectamente toda la Europa,

gusta de hacer recorrer a sus conceptos distintas latitudes; agregad

a eso un sentido muy real de nuestra época, una información que va

de Ibsen a Maeterlinck, de Tolstoi a Galdós: ninguna pedantería; una

dulce sensibilidad que afecta disimularse tras un velo de ironía. En

fin, un libro de actualidad perfecta en que la Finlandia es vista por

un espíritu desembarazado de prejuicios y por un latino». El crítico

francés, demasiado benévolo por lo general en sus revistas de letras

españolas, no ha pasado por esta ocasión de lo justo. Ganivet, escritor

de ideas, más que de bizarrías verbales, merece el estudio serio, el

ensayo macizo de la crítica de autoridad. Nicolás María López, otro

granadino, amigo y compañero suyo, habla, además, del drama que acaba

de representarse, de otras obras póstumas que están en su poder:

_Pedro Mártir_, en tres actos, y _Fe, Amor y Muerte_, drama, dice

«profundamente psicológico, con ideas alucinadoras y extrahumanas, con

una fuerza trágica tan extraña y sutil, que parece romper los moldes de

la vida y entrar en los senos de la muerte». Rara y bella figura, en

este triste período de la vida española, y que parece haber absorbido

en sí todos los generosos y altos ímpetus de la raza. Y recuerdo el

sintético acróstico latino de Pío Cid, en _Los Trabajos_, Arimi:

Artis initium dolor

Ratio initium erroris.

Initium sapientisæ vanitas.

Mortis initium amor.

Initium vitae libertas.

Jacinto Benavente es aquel que sonríe. Dicen que es mefistofélico, y

bien pudieran ocultarse entre sus finas botas de mundano, dos patas

de chivo. Es el que sonríe: ¡temible! Se teme su crítica florentina

más que los pesados mandobles de los magulladores diplomados; fino

y cruel, ha llegado a ser en poco tiempo príncipe de su península

artística, indudablemente exótica en la literatura del garbanzo. Se ha

dedicado especialmente al teatro, y ha impuesto su lección objetiva de

belleza a la generalidad desconcertada. Algunas de sus obras, al ser

representadas han dejado suponer la existencia de una clave; y tales

o cuales personajes se han creído reconocer en tales o cuales tipos

de la Corte. Como ello no es un misterio para nadie, diré que en _El

marido de la Téllez_, por ejemplo, el público quiso descubrir la vida

interior y artística de cierta eminente actriz casada con un grande de

España y actor muy notable; y en _La comida de las fieras_, entre otras

figuras se destacó la de una centroamericana, millonaria, casada con

un noble sin fortuna y hoy marquesa por obra de Cánovas del Castillo.

Benavente niega que haya tomado sus tipos del natural; pero el parecido

es tan perfecto que toda protesta se deshace en una sonrisa. _La

comida de las fieras_ fué basada, seguramente, en el caso penoso de la

venta en subasta de las riquezas seculares que contenía la Casa de los

Osunas. Los personajes son de una humanidad palpitante; y he de citar

estas frases de Hipólito, al finalizar la comedia: «Porque en lucha

he vivido siempre; porque viví desde muy joven en otras tierras donde

la lucha es ruda y franca. ¿Por qué vinimos a Europa? En América el

hombre significa algo; es una fuerza, una garantía... se lucha, sí,

pero con primitiva fiereza, cae uno y puede volver a levantarse; pero

en esta sociedad vieja, la posición es todo y el hombre nada... vencido

una vez, es inútil volver a luchar. Aquí la riqueza es un fin, no un

medio para realizar grandes empresas. La riqueza es el ocio; allí es

la actividad. Por eso allí el dinero da triunfos y aquí desastres...

Pueblos de historia, de tradición; tierras viejas, donde sólo cabe,

como en las ciudades sepultadas de la antigüedad, la excavación, no las

plantaciones de nueva vegetación y savia vigorosa».

En _Figulinas_ y _Cartas de mujeres_ no puede dejarse de entrever la

influencia de ciertos franceses: un poco aquí Gyp, otro poco allí

Lavedan y Prevost; la _parisina_ aplicada al alto mundo madrileño que

Benavente ha bien estudiado. Benavente es caballero de fortuna, y

mientras leo un sutil arranque suyo en _Vida literaria_ y se ensaya

en la Comedia un arreglo suyo del _Twelfth night_, tropiezo con lo

siguiente en la cuarta plana de un diario:

«Se venden los pastos de rastrojera y barbechera, del término de

Jetafe, divididos en lotes o cuarteles, cuya venta tendrá lugar en

pública subasta, ante la Comisión del gremio de labradores, en la

Casa Consistorial, donde está de manifiesto el pliego de condiciones,

el día 19 del actual, a las diez de su mañana.--Jetafe 9 de marzo de

1899.--Por la Comisión, _Jacinto Benavente_.»

De mí diré que con toda voluntad juntaría a mis sueños de arte una

estancia entre las montañas de González, junto a las riberas del Paraná

de Obligado, o en la _Australia Argentina_ de Payró. Día llegará en que

la literatura tenga por precisa compañera la tranquilidad del espíritu

en la lucha por la vida y el trabajo industrial o rural como contrapeso

al ya terrible _surmenage_. Los ingleses y los norteamericanos han

comenzado a aleccionarnos, y un _gentleman-farmer_ artista no es un

ave rara. Dejo como última nota el _Teatro fantástico_ de Benavente,

una joya de libro que revela fuerza de ese talento en que tan solamente

se ha reconocido la gracia. Fuerza por cierto; la fuerza del acero del

florete, del resorte; finura sólida de ágata, superficie de diamante.

Es un pequeño «teatro en libertad», pero lejos de lo telescópico de

lo Hugo y de lo suntuoso que conocéis de Castro. Son delicadas y

espirituales fabulaciones unidas por un hilo de seda en que encontráis

a veces, sin mengua en la comparación, como la filigrana mental del

diálogo shakespeareano, del Shakespeare del _Sueño de una noche de

verano_ o de _La tempestad_. El alma perspicaz y cristalinamente

femenina del poeta crea deliciosas fiestas galantes, perfumadas

escenas, figurillas de abanico y tabaquera que en un ambiente Watteau

salen de las pinturas y sirven de receptáculo a complicaciones

psicológicas y problemas de la vida.

Este modernista es castizo en su escribir y es lo castizo en su

discurso como la antigüedad en el mérito de ciertas joyas o encajes,

en puños de Velázquez o preseas de Pantoja. Y al conocerle, en el

café Lion d'Or, que es su café preferido, he visto en su figura la

de un hidalgo perteneciente a esa familia de retratos del Greco,

nobles decadentes, caballeros que pudieran ser monjes, tan fáciles

para abades consagrados a Dios como para hacer pacto con el diablo.

En las pálidas ceras de los rostros se transparentan las tristezas

y locuras del siglo. Así Jacinto Benavente. En toda esta _débâcle_

con que el décimonoveno siglo se despide de España, su cabeza, en un

marco invisible, sonríe. Es aquel que sonríe. Mefistofélico, filósofo,

filoso, se defiende en su aislamiento como un arma; y así converse o

escriba, tiene siempre a su lado, buen príncipe, un bufón y un puñal.

Tiene lo que vale para todo hombre más que un reino: la independencia.

Con esto se es el dueño de la verdad y el patrón de la mentira. Su

cultura cosmopolita, su cerebración extraña en lo nacional, es

curiosa en la tierra de la tradición indominable; pero no sorprende a

quien puede advertir cómo este suelo de prodigiosa vida guarda, para

primaveras futuras, las semillas de un Raimundo Lulio. Ahora trabaja

Benavente por realizar en Madrid la labor de Antoine en París o la que

defiende George Moore en Londres: la fundación de un teatro libre. Dudo

mucho del éxito, aunque él me halagaría habiéndoseme hecho la honra

de encargarme una pieza para ese teatro. Pero el público madrileño,

Madrid, cuenta con muy reducido número de gentes que miren el arte

como un fin, o que comprendan la obra artística fuera de las usuales

convenciones. Cuando no existe ni el libro de arte, el teatro de arte

es un sueño, o un probable fracaso. No hay una _élite_. No se puede

contar ni con el elemento elegantemente carneril de los _snobs_ que ha

creado Gómez Carrillo con sus graciosas y sinuosas ocurrencias. Conque,

¿para quiénes el teatro?

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 5 / 24 段