ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito de estos
actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación.
La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la
bella locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es
más que la caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos
no valen gran cosa. Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los
políticos de la _débâcle «¡Non merci!»_ ni quien se quedó manco en
Lepanto habría quedado sin perecer glorioso en Cavite o en Santiago de
Cuba. El espíritu sanchesco sirve de lastre a las almas nacionales
o individuales, impide toda ascensión; el romántico espíritu de la
caballería es capaz de convertir a un seco y aritmético yanqui en un
héroe, a un cow-boy en un Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo,
como todo hombre que desdeña el ideal, esto es el honor, el sacrificio,
la gloria, la poesía de la historia y la poesía de la vida, es
castigado por su propio olvido. A través de las lanzas prusianas se
ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca y
romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta
triste flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte
de la patria, marcan una época en que el españolismo tradicional
se ha desconocido o se ha arrinconado como una armadura vieja. Los
_politiciens_ y los fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron
la grande alma española. Y aun la religión, que ha perdido hasta su
vieja fiereza inquisitorial en la tierra fogosa de los autos de fe,
se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que han ido poco a
poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el sable
sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y
sin fe se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió?
Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un
periódico de Madrid de modo que fué bien escuchado su grito: _¡Muera
don Quijote!_ Es un concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe
ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae
la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se
llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su
Dulcinea fué la América. Cuando esto se purifique--¿será por el hierro
y el fuego?--quizá reaparezca, en un futuro renacimiento, con nuevas
armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres volverán a oir, Dios
lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar, con sangre
renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.
LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR
[Ilustración]
19 de febrero.
SALGO de casa de Campoamor con una impresión de tristeza. Se trata de
su coronación... Romero Robledo, al cerrarse la exposición de las obras
de Casimiro Sáinz--ese pobre artista que como André Gill fué a parar
a un manicomio--, el célebre político ha iniciado ahora la pintoresca
apoteosis que han obtenido en este siglo en España, Quintana, Zorrilla
y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece
que anteriormente por dos ocasiones se ha intentado esa espléndida
_humorada_ en acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos
honores y se ha encerrado en su casa a pasar sus últimos años en la
burguesa existencia de un rentista que padece de reumatismos. ¡Así
fué el gran gesto de nuestro Guido, negándose a la apoteosis con que
se le hubiera querido obsequiar! Pero ¡qué gran diferencia de poeta
a poeta! La bella cabeza del lírico argentino, la máscara del viejo
Pan, las barbas fluviales, la conversación juvenil, el alma fresca,
la confianza en la vida de su patria vigorosa y nueva; ir a visitar a
Guido es un placer intelectual, alegre y reconfortante; y a veces toca,
como sabéis, helénica y admirablemente, la flauta, mientras le hacen de
bajos sus vecinos, los leones de Palermo. Y Campoamor, caduco, amargado
de tiempo a su pesar, reducido a la inacción después de haber sido un
hombre activo y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facies
penosa, el ojo sin elocuencia, la palabra poca y difícil... y cuando le
dais la mano y os reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente
de su tierra dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su
espera en la antesala de la muerte... os digo que es para salir de su
presencia con el espíritu apretado de melancolía.
La figura de Campoamor resalta en la poesía española de este siglo con
singular magnitud. Si aquí hubiese un Luxemburgo en que habitasen,
reconocidos por los pájaros, las rosas y los niños, los poetas de
mármol y de bronce, los simulacros de los artistas cristalizados para
el tiempo en la obra del arte, las tres estatuas que se destacarían
representando esta centuria lírica, serían la de Zorrilla en primer
término, la de Núñez de Arce y la de Campoamor. No lejos, por fondo un
macizo de flores apacibles, tendría su busto Becquer, que por tener
algo de septentrional ha sido excomulgado alguna vez por ciertos
inquisidores de la Academia de la Lengua y de la tradición formalista.
Zorrilla encarna toda la vasta leyenda nacional, y es su espíritu el
espíritu más español, más autóctono de todos, desde el mundo múltiple
en que se desbordó su fantasía, una de las más pletóricas y musicales
que haya habido en todas las literaturas, hasta la impecabilidad
clásica y castiza de su forma, en medio de las gallardías de expresión
y de los caprichos de ritmo que le venían en antojo. Núñez de Arce,
con vistas a Francia, y muy particularmente hacia el castillo
secular y formidable de Leconte de Lisle, representa un momento del
pensamiento universal en el pensamiento de su generación en España,
una tentativa de independencia de la tradición, la duda filosófica de
mediados de siglo; su fray Martín habla como el abad Hieronimus de los
_Poemas Bárbaros_, y los alejandrinos del impasible francés hallan
resonancia paralela en los endecasílabos del nervioso y vibrante
castellano. Campoamor ha realizado en cierto modo una dualidad que se
creería imposible, al ser al mismo tiempo aristocrático y popular:
aristocrático por su elegante y amable filosofía, por su especialísima
gracia verbal y métrica; popular, porque siempre va por llanos caminos,
y su expresión es semejante a un arroyo donde cualquier caminante
puede beber el agua a su gusto con sólo darse el trabajo de inclinarse
a cogerla. De los tres, el poeta más poeta fué, sin duda alguna,
Zorrilla, «el que mató a don Pedro y el que salvó a don Juan», poeta
en su vida, poeta hasta su muerte en todo y por todo, a término de
hacer oir un discurso en verso a los académicos de la Española; poeta
delante del cadáver de Larra, poeta triunfante con su _Tenorio_, poeta
cortesano del emperador de la barba de oro en Méjico; poeta ya viejo
y necesitado, cuando Castelar sostuvo en las Cortes la urgencia de
proteger con una pensión a esa viva reliquia gloriosa, a ese millonario
de sueños y de rimas, propietario del cielo azul «en donde no hay nada
que comer». Núñez de Arce ha sido ministro, hombre político, y hoy
mismo gobernador del Banco Hipotecario; la juventud intelectual, por lo
que he observado, tiene pocas simpatías por él. Campoamor es un buen
burgués de provincia que ha sido también senador y consejero de Estado,
y que continúa gozando de la renta que le dan sus tierras. Los jóvenes
le tienen gran estima y afecto. A Zorrilla se le coronó, allá en
Granada, en fiesta en que él puso a danzar todos sus gnomos y silfos; a
Núñez de Arce se le coronó hace poco tiempo; ahora, como os he dicho,
se piensa en coronar a Campoamor.
Yo no sé cómo aquí realizarán esta fiesta, indudablemente plausible en
cuanto se trata de honrar la divina virtud, la suma gracia del arte,
pero fácil a la sonrisa, inevitable en el humor de nuestro tiempo en
que francmasonería, filatelia, volapuk, librepensamiento y versos, en
el sentido melenudo de la palabra, pasan bajo la mirada irresistible
de la diosa Eironeia. Mirad que resucitar a estas horas ceremonias
contemporáneas de Corina, colocarle a nuestro eminente vecino don
Fulano de Tal el gajo verde que circunda la cabeza de Tasso o de Dante,
ante un concurso, por obra de su época, iconoclasta, que ha oído desde
hace largos años decir a don Gaspar: «Ya venciste, Voltaire, ¡maldito
seas!», que apenas compra los libros de rimas y que acaba de introducir
de París el café-concert, el modernismo en el arte y los automóviles,
es asunto que en Buenos Aires se prestaría maravillosamente para glosas
de un picor en que son especiales los jengibres criollo-cosmopolitas.
He dicho que al ilustre anciano se le había antes querido coronar dos
veces, y que en ambas había declinado la manifestación.
Para saber su temperamento en el caso actual, le hice una visita en
unión de uno de los más notables talentos del Madrid de ahora, el
médico y escritor José Verdes Montenegro, que, entre paréntesis, acaba
de publicar una interesante introducción a la versión que de una
novela reciente del hijo de Tolstoi--_El preludio de Chopín_--ha hecho
un autor de esta Corte. Ciertamente no fué de agrado el gesto que vi
cincelarse en la enferma faz de Campoamor cuando le pregunté el estado
de su ánimo sobre la coronación, y de sus labios, que apenas permiten
pasar las palabras, entre una tentativa de protesta dejó escapar una
interjección absolutamente española, pero quizá de origen griego, pues
el hermano de Safo tuvo el mal gusto de tenerla por nombre. Mientras
un criado le llevaba el alimento a la boca--«¡santo Dios, y éste es
aquél!»--aquella ruina venerable movía la cabeza, y con la mirada decía
muchas doloras crepusculares llenas de cosas tristísimas. ¡Coronación
a estas alturas de vejez en que la nieve se ha amontonado tanto sobre
la vida que ya uno apenas puede darse cuenta de que existe! Podría él
preguntarse: «¿es que vivo aún?» Se le decía que todo se haría bien
hecho, que dada la persona que encabeza la iniciativa, no podía la
fiesta ser sino un regio triunfo social e intelectual. ¿Oía? ¿entendía?
El seguía haciendo sus dolorosos movimientos de cabeza; hasta que,
cuando nombramos a Romero Robledo, dejó caer estas palabras: «¡A ese no
le hacen justicia!»
De todos modos, la fiesta, según tengo entendido, va a realizarse, y
esta misma noche he de asistir en casa de doña Emilia Pardo-Bazán a una
reunión de hombres de letras y de política, reunión convocada por la
célebre escritora para tratar de ese tópico.
Ya era hora de despedirnos. Campoamor, en el estado en que está, en
cuanto se levanta de la mesa tiene que ir al lecho. Todavía nos mira
fija, fijamente: nos da la mano, que apenas puede apretar la nuestra;
y de pronto se le enrojecen los ojos, va a llorar... Mi compañero me
dice: «Vámonos». Salimos con rapidez.
11 de febrero.
Reunión, anoche, en casa de doña Emilia Pardo-Bazán. Sorpresa mía, al
oir anunciar a doña Emilia, a sus invitados, que la fiesta es dedicada
mitad al asunto Campoamor y mitad a quien estas líneas escribe. Fijáos:
ese anciano hidalgo que llega ceremonioso a saludar a la condesa
_douairière_ de Pardo-Bazán, es el duque de Tetuán; y el hidalgo joven
que cojea un poco apoyado en un bastón, al lado de don José Echegaray,
es el conde de las Navas. Cerca de Eugenio Sellés, académico, está el
próximo «inmortal» Emilio Ferrari. Carlos M. Ocantos conversa con el
periodista francés René Halphen. El doctor Tolosa Latour está entre
los dos celebérrimos cronistas de salón, _Kasabal_ y _Monte-Cristo_.
Más allá, dos o tres marqueses, cuyos títulos no se me quedan en la
memoria; y las señoritas de Quiroga, hijas de doña Emilia. Le doy la
mano a un tuerto, de la dinastía bretoniana; es Luis Taboada. Un ciego
se adelanta--siempre ducal, siempre suscitando rumores afectuosos a su
paso, siempre con una elegancia que es proverbial desde su juventud, a
punto de que en los salones de Wáshington se le apellidaba _Bouquet_;
se diría que su ceguera realza ahora su distinción: es el autor de
_Pepita Jiménez_--es don Juan Valera. En un grupo oigo decir entre
otras palabras: «Buenos Aires... _La Nación_... Mitre... Centenario de
Colón...» A un caballero, a quien reconozco en seguida, recuerdo que
le he sido presentado por Cánovas en otro tiempo: es el señor Romero
Robledo. Se forman corrillos. Heme aquí de pronto colocado por doña
Emilia entre dos altas damas que representan lo más intelectual de la
nobleza femenina de España: la marquesa de la Laguna y la condesa de
Pinohermoso. Desde luego es ya mucho que estas dos linajudas señoras se
interesen por cosas de la literatura. De antiguo la nobleza, con las
excepciones sabidas, fué ignorante y poco amiga de asuntos que hicieran
pensar. Hoy, con excepciones más sabidas aún, las cortes europeas son
como las aristocracias plutocráticas de países sin armoriales; hay
la cultura precisa para no hacer resaltar una ignorancia que sería
desdorosa, pero lo principal se va al _sport_ y demás conocimientos
mundanos.
La poca conversación con estas damas me da a entender que hay justicia
en tenerlas en la estima mental que se las tiene, quedando resaltantes,
a mi juicio, la duquesa de la Laguna por el _esprit_, la condesa de
Pinohermoso por las opiniones discretas.
¿Y el asunto Campoamor a todo esto? Nadie habla de ello por el momento.
Apenas un señor que ha visto al viejo poeta esta misma tarde, cuenta
que le ha preguntado: «¿Y usted se dejará por fin coronar?», y que él
le ha contestado: «Yo no me dejo, pero me van a coronar». Observo que
todo el mundo mira a Romero Robledo como a un sér más o menos olímpico.
Él habla de que la coronación se realice en el Retiro. Se levantaría
una tribuna especial; se decoraría todo con el arte y el fausto de
que se puede disponer; y luego, el recinto guarda memorias ilustres
de los tiempos en que Felipe IV sabía ser un monarca intelectual. Y
doña Emilia habla de lo que ha dicho Castelar en el banquete de hace
dos días: que a él no le parece bien la coronación de un poeta lírico,
porque éste expresa opiniones y sentimientos individuales; a un poeta
épico, se explica, porque representa el alma de una colectividad, de
un pueblo... Y doña Emilia, a defender a Campoamor, y a decir que
cabalmente los poetas llamados épicos--¿han todos expresado epopeyas
en el alto sentido?--son momentáneos y manifiestan pensamientos y
sentimientos que pasan; en tanto que los poetas líricos o individuales
han puesto en la expresión de su yo la expresión del alma eterna de
los hombres; y así, lo que han cantado y rimado hace muchos siglos,
subsiste hoy como emergido de almas y corazones contemporáneos
nuestros. Homero nos interesa en la despedida de Andrómaca, porque eso
es humano y particular a cada sér que tenga sensibilidad cordial; pero
cuando es absolutamente épico, no interesa hoy, sino a la erudición o a
la pedantería. Cuando doña Emilia demostraba esto a Valera, yo decía en
mi interior lo que Víctor Hugo en otra ocasión dijese a la misma doña
Emilia: _¡Voilà bien l´Espagnole!_
Como entre los humos del té pidiese yo al señor Romero Robledo detalles
sobre la próxima coronación, me dice que todavía no hay nada definido;
que se ha iniciado nada más el asunto, pero que marcha con tan buen
aire, que todo augura un éxito colosal. Y aquí dos cosas curiosas, una
del señor Romero Robledo y otra de la señora Pardo-Bazán. El uno dice:
«¡Vamos a hacer algo que dejará eclipsado lo que París hizo por Víctor
Hugo!...» Y la otra cuenta esta anécdota que el periodista francés
la dejaría pasar, pero yo no: «Cuando se publicaron las _Doloras_ de
Campoamor, Víctor Hugo, celoso de esa gloria, dijo: «Voy a hacer un
volumen de _Doloras_, como las de Campoamor», y escribió _¡Chansons des
rues et des bois!_»
¡Oh, doña Emilia! Es el caso que en esta ocasión no podría decir la
frase huguesca de su autobiografía de los _Pasos de Ulloa_: «_¡Voilà
bien l´Espagnole!_»... Y si ella arguyera, casi me pondría yo de parte
de la señora de Lockroy...
Nos quedamos en _petit comité_; se despide la mayor parte de los
invitados, y nos instalamos cerca de una roja y buena chimenea. Valera
encanta y divierte, castellano y florentino, con su conversación
especial; doña Emilia hace recitar a Ferrari, y dice ella versos
alemanes e italianos. Y está más brillante que nunca, más brava que
nunca, después de una de esas gallardas anécdotas de Valera, cuando a
alguien se le antoja hablar de las inmediatas desventuras de España,
y a este propósito un conde ignorante expele dos o tres inepcias
estadísticas, y con un desconocimiento completamente ibero-americano,
lanza esta frase: «La Habana era, al perderla España, la ciudad más
grande, culta y rica de la América española».
El secretario argentino se pone nervioso, me hace señas y me voy a mi
casa pensando en la «azul y blanca» de Obligado, a escribir, contento
de mi continente, y de la capital de mi continente, para mi diario.
[Ilustración]
CARNAVAL
[Ilustración]
17 de febrero.
_LE carnaval s'amuse_... y Madrid se disfraza y danza y toca las
castañuelas. Se ha divertido el pueblo con igual humor al que hubiese
tenido sin Cavite y sin Santiago de Cuba. Hay filósofos de periódico
que protestan de tan jovial e inconmovible ánimo; hay humoristas
que defienden la risa y la alegría nacionales y que creen que «bien
merecen la fiesta los pueblos que saben divertirse». ¡En hora buena!
Yo me siento inclinado a estar de parte de los últimos y reconozco
la herencia latina. Tácito y Suetonio (Anal. III, 6, Cal. 6) nos han
dejado constancia de que los duelos públicos se suspendían en Roma los
días de juegos públicos, o mientras se celebraban ciertos sagrados
ritos. El luto español no se advierte al paso del cortejo de la Locura,
y aquí, más que en ninguna parte, los duelos con pan--y ¡toros!--son
menos.
Se ha enterrado la Sardina en su día, en el día de la simbólica ceniza;
y en medio de la pompa carnavalesca, un periódico ha hecho desfilar
una carroza macabra con el entierro de _Meco_, ese típico personaje
que representa a la España de hoy. La mascarada en cuestión era de un
pintoresco bufo-trágico indiscutible: la caricatura de los políticos
del desastre, las ollas del presupuesto por incensarios; _Meco_ camino
del cementerio y tras la fúnebre mojiganga, una murga trompeteando a
todo pulmón la marcha de Cádiz. Decid si no es un modo de divertirse
con lívidos reflejos a lo Poe, y si en este carnaval no ha habido, si
no la mascarada de la muerte roja, la mascarada de la muerte negra.
Y como un diario hablase de una broma política dada a Sagasta en su
casa, la grave _Época_ ha publicado con terrible intención, que «no
informado del todo el apreciable colega, ha omitido dar cuenta de otra
broma, o, mejor, bromazo que después dió al jefe del Gobierno una
numerosa comparsa vestida con más propiedad que la ya célebre compañía
de _los cadetes de la Gascuña_. Fué el caso que al filo de la media
noche, cuando más plácidamente reclinado estaba en cómoda butaca el
señor Sagasta contemplando cómo se reducían a cenizas los troncos de
su chimenea, ni más ni menos que nuestras posiciones ultramarinas,
y evocando mentalmente los hechos todos de su larga y aprovechada
vida, sonó en la antesala ruido de extraña música, así como el rascar
de huesos con que suelen acompañar sus tangos los negros de Cuba.
Se abrió la puerta y entró la mascarada. Precedíale un estandarte
enlodado que en otro tiempo fué rojo y amarillo, adornado ahora de
oro y azul. A pesar de los desgarrones y manchas del carnavalesco
estandarte, podían leerse estos nombres: Cavite, Santiago, San Juan
de Puerto Rico. Seguían luego con carátulas que representaban rostros
demacrados y cadavéricos, unos cuantos jóvenes que parecían viejos,
cojos unos, mancos otros, con el traje de rayadillo hecho jirones por
las malezas de la manigua... Éstos ofrecieron al señor Sagasta una caja
de guyaba fina. Tan grotesca era la catadura de las susodichas máscaras
y tan oportuno le pareció el susodicho regalo al presidente, que el
buen señor prorrumpió en ruidosas carcajadas. También le hicieron
desternillar de risa los prisioneros de Filipinas. Iban disfrazados,
con propiedad casi deshonesta, de _desnudos_ y traían en azafate de
abacá, ramos de sampaguitas. Mezclado con los anteriores entraron en
el gabinete del señor Sagasta marinos de Cavite y de Santiago con
cabezas tan artísticas y muecas tan significativas, que no parecía sino
que sus _poseedores_ habían estado meses enteros debajo del agua...»
Ese acero fino es del marqués de Valdeiglesias. Y esa pintura que hace
resaltar que estamos en un país en que aun flota el espíritu de Goya,
es un comentario mejor que cualquier otro, del estado moral que aquí se
impone en estos momentos. Ese _capricho_ dice la verdad de una manera
risueñamente sombría. Pues bien, me temo que pocos ojos se hayan fijado
en la corrosión del agua fuerte, mientras se apagaba en los aires el
son de las dulzainas de Valencia.
Las dulzainas las trajeron los estudiantes valencianos que han venido
a la Corte, con naranjas y claveles, con muchachas hermosísimas, a
cantar y a bailar y a pedir para un sanatorio que pronto ha de llenarse
de repatriados. Ha sido esa estudiantina una nota vibradora y sana,
por más que puedan visarla los cronistas a ultranza, en el cuadro de
la fiesta general. Aun queda en esta juventud escolar un resto de
las clásicas costumbres de sus semejantes medioevales, un rayo de la
alegría que sorbían con el vino los estudiantes de antaño, un buen
ánimo goliardo, la frescura de una juventud que no empaña el aliento
de las grandes capitales modernas. Y entre lo bueno que han hecho al
llegar a ésta, ha sido la visita al palacio, pues han ido a llevarle
ciertamente un poco de sol a ese pobre reyecito enjaulado que ha tenido
una ocasión de sonreir.
Lucen los estandartes de las distintas facultades; con extrañas
vestimentas, los dulzaineros que han tenido por principal
_kapellmeister_ a un ruiseñor, como el pifanista de Daudet; la comparsa
de la boda, florida de pañuelos y de ramos frescos y de mejillas
finas como de seda de flor, y en los ojos de esas mujeres la salvaje
y agresiva luz levantina; y los cuerpos eurítmicos y ricos de gracia
sensual, cuellos de magnífica pureza, senos y piernas armoniosas;
son el vivo encanto entre las notas detonantes y decorativas de las
mantas y de los cestos de frutas. Y en la sala del palacio en que se
les recibe, los que fingen labradores se ponen a departir echados en
el suelo, los de las bandurrias y guitarras se ordenan, y al aparecer
la reina y su familia, un trueno de cuerdas inicia la marcha real. Los
que representan la boda animan su risueño grupo de trajes vistosos.
Luego es la danza regional del _U_ y el _Dos_; y las canciones y las
coplas que dos estudiantes improvisan, a dos versos cada uno, y los
_donsainers_ que tocan en sus instrumentos de legado arábigo sones
originales que danzan las parejas, músicas perfumadas de rosas de
la Huerta, cadencias y ritmos de una melodía que en vano procuraría
esquivar su origen muslímico; y el canto y la danza bordan, cincelan
paisajes que en una lejanía histórica puede evocar el soñador. La
austriaca triste se ve como iluminada de música, el reyecito anémico
debe sentir correr por sus venas un rojo estremecimiento; las princesas
y los cortesanos sienten en medio de los muros antiguos y de los
solitarios y maravillosos habitáculos, una invasión de aire libre, una
irrupción de la vigorosa naturaleza, una momentánea aparición del alma
sonora de la España popular; es un sorbo de licor latino apurado en
horas de decaimiento en una copa labrada por el moro. La reina admira
un rico pañuelo de randas que una valenciana luce en la cabeza, y la
valenciana se quita de la cabeza el pañuelo y se lo da a la reina. Un
estudiante ofrece a una princesita un cesto de limones con el mismo
gesto que si fuesen de oro. El señor rector anda por allí con su frac
y su discurso, negro entre la fiesta de colores. En los ojos del rey
niño juega una inusitada llama, y la buena Borbón de la infanta Isabel
está en su elemento. Ya el rector leyó su pliego, ya vuelven a sonar
las dulzainas morunas y las valencianas a tejer estrofas con caderas,
piernas y brazos. Ya se va la comparsa, ya quedan los príncipes solos
con su grandeza; ya va a su retiro el pequeño monarca, acompañado de
una aya invisible... pero que el ojo del poeta alcanza a distinguir y a
reconocer, pálida, muy pálida.