El aparecimiento de _Cyrano de Bergerac_, en estos momentos podría

ser y debía ser saludable y reconfortante. A propósito de estos

actores, recuerdo que Paul Costard hizo una muy atinada observación.

La de que Cervantes se hubiese arrepentido de su victoria contra la

bella locura de la caballería. Don Quijote, después de todo, no es

más que la caricatura del ideal: y sin ideales, pueblos e individuos

no valen gran cosa. Ni Cyrano habría cedido a las añagazas de los

políticos de la _débâcle «¡Non merci!»_ ni quien se quedó manco en

Lepanto habría quedado sin perecer glorioso en Cavite o en Santiago de

Cuba. El espíritu sanchesco sirve de lastre a las almas nacionales

o individuales, impide toda ascensión; el romántico espíritu de la

caballería es capaz de convertir a un seco y aritmético yanqui en un

héroe, a un cow-boy en un Bayardo. Y por el contrario, todo pueblo,

como todo hombre que desdeña el ideal, esto es el honor, el sacrificio,

la gloria, la poesía de la historia y la poesía de la vida, es

castigado por su propio olvido. A través de las lanzas prusianas se

ve pasar el cisne de Lohengrin, y mientras España fué caballeresca y

romántica, siempre tuvo la visión del celeste caballero Santiago. Esta

triste flacidez, esta postración y esta indiferencia por la suerte

de la patria, marcan una época en que el españolismo tradicional

se ha desconocido o se ha arrinconado como una armadura vieja. Los

_politiciens_ y los fariseos de todo pelaje e hígado prostituyeron

la grande alma española. Y aun la religión, que ha perdido hasta su

vieja fiereza inquisitorial en la tierra fogosa de los autos de fe,

se convirtió en una de las ventosas cartaginesas que han ido poco a

poco trayendo la anemia al corazón de la Patria; y si por el sable

sin ideales se perdieron las Antillas, por el hisopo sin ideales y

sin fe se perdieron las Filipinas. Y el honor, ¿por qué se perdió?

Creo que el fuerte vasco Unamuno, a raíz de la catástrofe, gritó en un

periódico de Madrid de modo que fué bien escuchado su grito: _¡Muera

don Quijote!_ Es un concepto a mi entender injusto. Don Quijote no debe

ni puede morir; en sus avatares cambia de aspecto, pero es el que trae

la sal de la gloria, el oro del ideal, el alma del mundo. Un tiempo se

llamó el Cid, y aun muerto ganó batallas. Otro, Cristóbal Colón, y su

Dulcinea fué la América. Cuando esto se purifique--¿será por el hierro

y el fuego?--quizá reaparezca, en un futuro renacimiento, con nuevas

armas, con ideales nuevos, y entonces los hombres volverán a oir, Dios

lo quiera, entre las columnas de Hércules, rugir al mar, con sangre

renovada y pura, el viejo y simbólico león de los iberos.

LA CORONACIÓN DE CAMPOAMOR

[Ilustración]

19 de febrero.

SALGO de casa de Campoamor con una impresión de tristeza. Se trata de

su coronación... Romero Robledo, al cerrarse la exposición de las obras

de Casimiro Sáinz--ese pobre artista que como André Gill fué a parar

a un manicomio--, el célebre político ha iniciado ahora la pintoresca

apoteosis que han obtenido en este siglo en España, Quintana, Zorrilla

y Núñez de Arce. No es la primera vez que de ello se trata. Parece

que anteriormente por dos ocasiones se ha intentado esa espléndida

_humorada_ en acción, pero el poeta ha protestado por tan vistosos

honores y se ha encerrado en su casa a pasar sus últimos años en la

burguesa existencia de un rentista que padece de reumatismos. ¡Así

fué el gran gesto de nuestro Guido, negándose a la apoteosis con que

se le hubiera querido obsequiar! Pero ¡qué gran diferencia de poeta

a poeta! La bella cabeza del lírico argentino, la máscara del viejo

Pan, las barbas fluviales, la conversación juvenil, el alma fresca,

la confianza en la vida de su patria vigorosa y nueva; ir a visitar a

Guido es un placer intelectual, alegre y reconfortante; y a veces toca,

como sabéis, helénica y admirablemente, la flauta, mientras le hacen de

bajos sus vecinos, los leones de Palermo. Y Campoamor, caduco, amargado

de tiempo a su pesar, reducido a la inacción después de haber sido un

hombre activo y jovial, casi imposibilitado de pies y manos, la facies

penosa, el ojo sin elocuencia, la palabra poca y difícil... y cuando le

dais la mano y os reconoce, se echa a llorar, y os habla escasamente

de su tierra dolorida, de la vida que se va, de su impotencia, de su

espera en la antesala de la muerte... os digo que es para salir de su

presencia con el espíritu apretado de melancolía.

La figura de Campoamor resalta en la poesía española de este siglo con

singular magnitud. Si aquí hubiese un Luxemburgo en que habitasen,

reconocidos por los pájaros, las rosas y los niños, los poetas de

mármol y de bronce, los simulacros de los artistas cristalizados para

el tiempo en la obra del arte, las tres estatuas que se destacarían

representando esta centuria lírica, serían la de Zorrilla en primer

término, la de Núñez de Arce y la de Campoamor. No lejos, por fondo un

macizo de flores apacibles, tendría su busto Becquer, que por tener

algo de septentrional ha sido excomulgado alguna vez por ciertos

inquisidores de la Academia de la Lengua y de la tradición formalista.

Zorrilla encarna toda la vasta leyenda nacional, y es su espíritu el

espíritu más español, más autóctono de todos, desde el mundo múltiple

en que se desbordó su fantasía, una de las más pletóricas y musicales

que haya habido en todas las literaturas, hasta la impecabilidad

clásica y castiza de su forma, en medio de las gallardías de expresión

y de los caprichos de ritmo que le venían en antojo. Núñez de Arce,

con vistas a Francia, y muy particularmente hacia el castillo

secular y formidable de Leconte de Lisle, representa un momento del

pensamiento universal en el pensamiento de su generación en España,

una tentativa de independencia de la tradición, la duda filosófica de

mediados de siglo; su fray Martín habla como el abad Hieronimus de los

_Poemas Bárbaros_, y los alejandrinos del impasible francés hallan

resonancia paralela en los endecasílabos del nervioso y vibrante

castellano. Campoamor ha realizado en cierto modo una dualidad que se

creería imposible, al ser al mismo tiempo aristocrático y popular:

aristocrático por su elegante y amable filosofía, por su especialísima

gracia verbal y métrica; popular, porque siempre va por llanos caminos,

y su expresión es semejante a un arroyo donde cualquier caminante

puede beber el agua a su gusto con sólo darse el trabajo de inclinarse

a cogerla. De los tres, el poeta más poeta fué, sin duda alguna,

Zorrilla, «el que mató a don Pedro y el que salvó a don Juan», poeta

en su vida, poeta hasta su muerte en todo y por todo, a término de

hacer oir un discurso en verso a los académicos de la Española; poeta

delante del cadáver de Larra, poeta triunfante con su _Tenorio_, poeta

cortesano del emperador de la barba de oro en Méjico; poeta ya viejo

y necesitado, cuando Castelar sostuvo en las Cortes la urgencia de

proteger con una pensión a esa viva reliquia gloriosa, a ese millonario

de sueños y de rimas, propietario del cielo azul «en donde no hay nada

que comer». Núñez de Arce ha sido ministro, hombre político, y hoy

mismo gobernador del Banco Hipotecario; la juventud intelectual, por lo

que he observado, tiene pocas simpatías por él. Campoamor es un buen

burgués de provincia que ha sido también senador y consejero de Estado,

y que continúa gozando de la renta que le dan sus tierras. Los jóvenes

le tienen gran estima y afecto. A Zorrilla se le coronó, allá en

Granada, en fiesta en que él puso a danzar todos sus gnomos y silfos; a

Núñez de Arce se le coronó hace poco tiempo; ahora, como os he dicho,

se piensa en coronar a Campoamor.

Yo no sé cómo aquí realizarán esta fiesta, indudablemente plausible en

cuanto se trata de honrar la divina virtud, la suma gracia del arte,

pero fácil a la sonrisa, inevitable en el humor de nuestro tiempo en

que francmasonería, filatelia, volapuk, librepensamiento y versos, en

el sentido melenudo de la palabra, pasan bajo la mirada irresistible

de la diosa Eironeia. Mirad que resucitar a estas horas ceremonias

contemporáneas de Corina, colocarle a nuestro eminente vecino don

Fulano de Tal el gajo verde que circunda la cabeza de Tasso o de Dante,

ante un concurso, por obra de su época, iconoclasta, que ha oído desde

hace largos años decir a don Gaspar: «Ya venciste, Voltaire, ¡maldito

seas!», que apenas compra los libros de rimas y que acaba de introducir

de París el café-concert, el modernismo en el arte y los automóviles,

es asunto que en Buenos Aires se prestaría maravillosamente para glosas

de un picor en que son especiales los jengibres criollo-cosmopolitas.

He dicho que al ilustre anciano se le había antes querido coronar dos

veces, y que en ambas había declinado la manifestación.

Para saber su temperamento en el caso actual, le hice una visita en

unión de uno de los más notables talentos del Madrid de ahora, el

médico y escritor José Verdes Montenegro, que, entre paréntesis, acaba

de publicar una interesante introducción a la versión que de una

novela reciente del hijo de Tolstoi--_El preludio de Chopín_--ha hecho

un autor de esta Corte. Ciertamente no fué de agrado el gesto que vi

cincelarse en la enferma faz de Campoamor cuando le pregunté el estado

de su ánimo sobre la coronación, y de sus labios, que apenas permiten

pasar las palabras, entre una tentativa de protesta dejó escapar una

interjección absolutamente española, pero quizá de origen griego, pues

el hermano de Safo tuvo el mal gusto de tenerla por nombre. Mientras

un criado le llevaba el alimento a la boca--«¡santo Dios, y éste es

aquél!»--aquella ruina venerable movía la cabeza, y con la mirada decía

muchas doloras crepusculares llenas de cosas tristísimas. ¡Coronación

a estas alturas de vejez en que la nieve se ha amontonado tanto sobre

la vida que ya uno apenas puede darse cuenta de que existe! Podría él

preguntarse: «¿es que vivo aún?» Se le decía que todo se haría bien

hecho, que dada la persona que encabeza la iniciativa, no podía la

fiesta ser sino un regio triunfo social e intelectual. ¿Oía? ¿entendía?

El seguía haciendo sus dolorosos movimientos de cabeza; hasta que,

cuando nombramos a Romero Robledo, dejó caer estas palabras: «¡A ese no

le hacen justicia!»

De todos modos, la fiesta, según tengo entendido, va a realizarse, y

esta misma noche he de asistir en casa de doña Emilia Pardo-Bazán a una

reunión de hombres de letras y de política, reunión convocada por la

célebre escritora para tratar de ese tópico.

Ya era hora de despedirnos. Campoamor, en el estado en que está, en

cuanto se levanta de la mesa tiene que ir al lecho. Todavía nos mira

fija, fijamente: nos da la mano, que apenas puede apretar la nuestra;

y de pronto se le enrojecen los ojos, va a llorar... Mi compañero me

dice: «Vámonos». Salimos con rapidez.

11 de febrero.

Reunión, anoche, en casa de doña Emilia Pardo-Bazán. Sorpresa mía, al

oir anunciar a doña Emilia, a sus invitados, que la fiesta es dedicada

mitad al asunto Campoamor y mitad a quien estas líneas escribe. Fijáos:

ese anciano hidalgo que llega ceremonioso a saludar a la condesa

_douairière_ de Pardo-Bazán, es el duque de Tetuán; y el hidalgo joven

que cojea un poco apoyado en un bastón, al lado de don José Echegaray,

es el conde de las Navas. Cerca de Eugenio Sellés, académico, está el

próximo «inmortal» Emilio Ferrari. Carlos M. Ocantos conversa con el

periodista francés René Halphen. El doctor Tolosa Latour está entre

los dos celebérrimos cronistas de salón, _Kasabal_ y _Monte-Cristo_.

Más allá, dos o tres marqueses, cuyos títulos no se me quedan en la

memoria; y las señoritas de Quiroga, hijas de doña Emilia. Le doy la

mano a un tuerto, de la dinastía bretoniana; es Luis Taboada. Un ciego

se adelanta--siempre ducal, siempre suscitando rumores afectuosos a su

paso, siempre con una elegancia que es proverbial desde su juventud, a

punto de que en los salones de Wáshington se le apellidaba _Bouquet_;

se diría que su ceguera realza ahora su distinción: es el autor de

_Pepita Jiménez_--es don Juan Valera. En un grupo oigo decir entre

otras palabras: «Buenos Aires... _La Nación_... Mitre... Centenario de

Colón...» A un caballero, a quien reconozco en seguida, recuerdo que

le he sido presentado por Cánovas en otro tiempo: es el señor Romero

Robledo. Se forman corrillos. Heme aquí de pronto colocado por doña

Emilia entre dos altas damas que representan lo más intelectual de la

nobleza femenina de España: la marquesa de la Laguna y la condesa de

Pinohermoso. Desde luego es ya mucho que estas dos linajudas señoras se

interesen por cosas de la literatura. De antiguo la nobleza, con las

excepciones sabidas, fué ignorante y poco amiga de asuntos que hicieran

pensar. Hoy, con excepciones más sabidas aún, las cortes europeas son

como las aristocracias plutocráticas de países sin armoriales; hay

la cultura precisa para no hacer resaltar una ignorancia que sería

desdorosa, pero lo principal se va al _sport_ y demás conocimientos

mundanos.

La poca conversación con estas damas me da a entender que hay justicia

en tenerlas en la estima mental que se las tiene, quedando resaltantes,

a mi juicio, la duquesa de la Laguna por el _esprit_, la condesa de

Pinohermoso por las opiniones discretas.

¿Y el asunto Campoamor a todo esto? Nadie habla de ello por el momento.

Apenas un señor que ha visto al viejo poeta esta misma tarde, cuenta

que le ha preguntado: «¿Y usted se dejará por fin coronar?», y que él

le ha contestado: «Yo no me dejo, pero me van a coronar». Observo que

todo el mundo mira a Romero Robledo como a un sér más o menos olímpico.

Él habla de que la coronación se realice en el Retiro. Se levantaría

una tribuna especial; se decoraría todo con el arte y el fausto de

que se puede disponer; y luego, el recinto guarda memorias ilustres

de los tiempos en que Felipe IV sabía ser un monarca intelectual. Y

doña Emilia habla de lo que ha dicho Castelar en el banquete de hace

dos días: que a él no le parece bien la coronación de un poeta lírico,

porque éste expresa opiniones y sentimientos individuales; a un poeta

épico, se explica, porque representa el alma de una colectividad, de

un pueblo... Y doña Emilia, a defender a Campoamor, y a decir que

cabalmente los poetas llamados épicos--¿han todos expresado epopeyas

en el alto sentido?--son momentáneos y manifiestan pensamientos y

sentimientos que pasan; en tanto que los poetas líricos o individuales

han puesto en la expresión de su yo la expresión del alma eterna de

los hombres; y así, lo que han cantado y rimado hace muchos siglos,

subsiste hoy como emergido de almas y corazones contemporáneos

nuestros. Homero nos interesa en la despedida de Andrómaca, porque eso

es humano y particular a cada sér que tenga sensibilidad cordial; pero

cuando es absolutamente épico, no interesa hoy, sino a la erudición o a

la pedantería. Cuando doña Emilia demostraba esto a Valera, yo decía en

mi interior lo que Víctor Hugo en otra ocasión dijese a la misma doña

Emilia: _¡Voilà bien l´Espagnole!_

Como entre los humos del té pidiese yo al señor Romero Robledo detalles

sobre la próxima coronación, me dice que todavía no hay nada definido;

que se ha iniciado nada más el asunto, pero que marcha con tan buen

aire, que todo augura un éxito colosal. Y aquí dos cosas curiosas, una

del señor Romero Robledo y otra de la señora Pardo-Bazán. El uno dice:

«¡Vamos a hacer algo que dejará eclipsado lo que París hizo por Víctor

Hugo!...» Y la otra cuenta esta anécdota que el periodista francés

la dejaría pasar, pero yo no: «Cuando se publicaron las _Doloras_ de

Campoamor, Víctor Hugo, celoso de esa gloria, dijo: «Voy a hacer un

volumen de _Doloras_, como las de Campoamor», y escribió _¡Chansons des

rues et des bois!_»

¡Oh, doña Emilia! Es el caso que en esta ocasión no podría decir la

frase huguesca de su autobiografía de los _Pasos de Ulloa_: «_¡Voilà

bien l´Espagnole!_»... Y si ella arguyera, casi me pondría yo de parte

de la señora de Lockroy...

Nos quedamos en _petit comité_; se despide la mayor parte de los

invitados, y nos instalamos cerca de una roja y buena chimenea. Valera

encanta y divierte, castellano y florentino, con su conversación

especial; doña Emilia hace recitar a Ferrari, y dice ella versos

alemanes e italianos. Y está más brillante que nunca, más brava que

nunca, después de una de esas gallardas anécdotas de Valera, cuando a

alguien se le antoja hablar de las inmediatas desventuras de España,

y a este propósito un conde ignorante expele dos o tres inepcias

estadísticas, y con un desconocimiento completamente ibero-americano,

lanza esta frase: «La Habana era, al perderla España, la ciudad más

grande, culta y rica de la América española».

El secretario argentino se pone nervioso, me hace señas y me voy a mi

casa pensando en la «azul y blanca» de Obligado, a escribir, contento

de mi continente, y de la capital de mi continente, para mi diario.

[Ilustración]

CARNAVAL

[Ilustración]

17 de febrero.

_LE carnaval s'amuse_... y Madrid se disfraza y danza y toca las

castañuelas. Se ha divertido el pueblo con igual humor al que hubiese

tenido sin Cavite y sin Santiago de Cuba. Hay filósofos de periódico

que protestan de tan jovial e inconmovible ánimo; hay humoristas

que defienden la risa y la alegría nacionales y que creen que «bien

merecen la fiesta los pueblos que saben divertirse». ¡En hora buena!

Yo me siento inclinado a estar de parte de los últimos y reconozco

la herencia latina. Tácito y Suetonio (Anal. III, 6, Cal. 6) nos han

dejado constancia de que los duelos públicos se suspendían en Roma los

días de juegos públicos, o mientras se celebraban ciertos sagrados

ritos. El luto español no se advierte al paso del cortejo de la Locura,

y aquí, más que en ninguna parte, los duelos con pan--y ¡toros!--son

menos.

Se ha enterrado la Sardina en su día, en el día de la simbólica ceniza;

y en medio de la pompa carnavalesca, un periódico ha hecho desfilar

una carroza macabra con el entierro de _Meco_, ese típico personaje

que representa a la España de hoy. La mascarada en cuestión era de un

pintoresco bufo-trágico indiscutible: la caricatura de los políticos

del desastre, las ollas del presupuesto por incensarios; _Meco_ camino

del cementerio y tras la fúnebre mojiganga, una murga trompeteando a

todo pulmón la marcha de Cádiz. Decid si no es un modo de divertirse

con lívidos reflejos a lo Poe, y si en este carnaval no ha habido, si

no la mascarada de la muerte roja, la mascarada de la muerte negra.

Y como un diario hablase de una broma política dada a Sagasta en su

casa, la grave _Época_ ha publicado con terrible intención, que «no

informado del todo el apreciable colega, ha omitido dar cuenta de otra

broma, o, mejor, bromazo que después dió al jefe del Gobierno una

numerosa comparsa vestida con más propiedad que la ya célebre compañía

de _los cadetes de la Gascuña_. Fué el caso que al filo de la media

noche, cuando más plácidamente reclinado estaba en cómoda butaca el

señor Sagasta contemplando cómo se reducían a cenizas los troncos de

su chimenea, ni más ni menos que nuestras posiciones ultramarinas,

y evocando mentalmente los hechos todos de su larga y aprovechada

vida, sonó en la antesala ruido de extraña música, así como el rascar

de huesos con que suelen acompañar sus tangos los negros de Cuba.

Se abrió la puerta y entró la mascarada. Precedíale un estandarte

enlodado que en otro tiempo fué rojo y amarillo, adornado ahora de

oro y azul. A pesar de los desgarrones y manchas del carnavalesco

estandarte, podían leerse estos nombres: Cavite, Santiago, San Juan

de Puerto Rico. Seguían luego con carátulas que representaban rostros

demacrados y cadavéricos, unos cuantos jóvenes que parecían viejos,

cojos unos, mancos otros, con el traje de rayadillo hecho jirones por

las malezas de la manigua... Éstos ofrecieron al señor Sagasta una caja

de guyaba fina. Tan grotesca era la catadura de las susodichas máscaras

y tan oportuno le pareció el susodicho regalo al presidente, que el

buen señor prorrumpió en ruidosas carcajadas. También le hicieron

desternillar de risa los prisioneros de Filipinas. Iban disfrazados,

con propiedad casi deshonesta, de _desnudos_ y traían en azafate de

abacá, ramos de sampaguitas. Mezclado con los anteriores entraron en

el gabinete del señor Sagasta marinos de Cavite y de Santiago con

cabezas tan artísticas y muecas tan significativas, que no parecía sino

que sus _poseedores_ habían estado meses enteros debajo del agua...»

Ese acero fino es del marqués de Valdeiglesias. Y esa pintura que hace

resaltar que estamos en un país en que aun flota el espíritu de Goya,

es un comentario mejor que cualquier otro, del estado moral que aquí se

impone en estos momentos. Ese _capricho_ dice la verdad de una manera

risueñamente sombría. Pues bien, me temo que pocos ojos se hayan fijado

en la corrosión del agua fuerte, mientras se apagaba en los aires el

son de las dulzainas de Valencia.

Las dulzainas las trajeron los estudiantes valencianos que han venido

a la Corte, con naranjas y claveles, con muchachas hermosísimas, a

cantar y a bailar y a pedir para un sanatorio que pronto ha de llenarse

de repatriados. Ha sido esa estudiantina una nota vibradora y sana,

por más que puedan visarla los cronistas a ultranza, en el cuadro de

la fiesta general. Aun queda en esta juventud escolar un resto de

las clásicas costumbres de sus semejantes medioevales, un rayo de la

alegría que sorbían con el vino los estudiantes de antaño, un buen

ánimo goliardo, la frescura de una juventud que no empaña el aliento

de las grandes capitales modernas. Y entre lo bueno que han hecho al

llegar a ésta, ha sido la visita al palacio, pues han ido a llevarle

ciertamente un poco de sol a ese pobre reyecito enjaulado que ha tenido

una ocasión de sonreir.

Lucen los estandartes de las distintas facultades; con extrañas

vestimentas, los dulzaineros que han tenido por principal

_kapellmeister_ a un ruiseñor, como el pifanista de Daudet; la comparsa

de la boda, florida de pañuelos y de ramos frescos y de mejillas

finas como de seda de flor, y en los ojos de esas mujeres la salvaje

y agresiva luz levantina; y los cuerpos eurítmicos y ricos de gracia

sensual, cuellos de magnífica pureza, senos y piernas armoniosas;

son el vivo encanto entre las notas detonantes y decorativas de las

mantas y de los cestos de frutas. Y en la sala del palacio en que se

les recibe, los que fingen labradores se ponen a departir echados en

el suelo, los de las bandurrias y guitarras se ordenan, y al aparecer

la reina y su familia, un trueno de cuerdas inicia la marcha real. Los

que representan la boda animan su risueño grupo de trajes vistosos.

Luego es la danza regional del _U_ y el _Dos_; y las canciones y las

coplas que dos estudiantes improvisan, a dos versos cada uno, y los

_donsainers_ que tocan en sus instrumentos de legado arábigo sones

originales que danzan las parejas, músicas perfumadas de rosas de

la Huerta, cadencias y ritmos de una melodía que en vano procuraría

esquivar su origen muslímico; y el canto y la danza bordan, cincelan

paisajes que en una lejanía histórica puede evocar el soñador. La

austriaca triste se ve como iluminada de música, el reyecito anémico

debe sentir correr por sus venas un rojo estremecimiento; las princesas

y los cortesanos sienten en medio de los muros antiguos y de los

solitarios y maravillosos habitáculos, una invasión de aire libre, una

irrupción de la vigorosa naturaleza, una momentánea aparición del alma

sonora de la España popular; es un sorbo de licor latino apurado en

horas de decaimiento en una copa labrada por el moro. La reina admira

un rico pañuelo de randas que una valenciana luce en la cabeza, y la

valenciana se quita de la cabeza el pañuelo y se lo da a la reina. Un

estudiante ofrece a una princesita un cesto de limones con el mismo

gesto que si fuesen de oro. El señor rector anda por allí con su frac

y su discurso, negro entre la fiesta de colores. En los ojos del rey

niño juega una inusitada llama, y la buena Borbón de la infanta Isabel

está en su elemento. Ya el rector leyó su pliego, ya vuelven a sonar

las dulzainas morunas y las valencianas a tejer estrofas con caderas,

piernas y brazos. Ya se va la comparsa, ya quedan los príncipes solos

con su grandeza; ya va a su retiro el pequeño monarca, acompañado de

una aya invisible... pero que el ojo del poeta alcanza a distinguir y a

reconocer, pálida, muy pálida.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 4 / 24 段