Pues, os digo que aun impera en mí el prodigio de la armonía y de la

melodía, «elementos de la música más espiritual que el simple ritmo»,

de Hanslick, y jamás he visto alzarse sobre un trono más glorioso el

alma suprema del gran Germano. Toda alma de artista, en esa noche,

sintió allí clavada la espada divina del genio cual la que está en el

fresno hundida hasta la empuñadura. Yo recordaba que uno de mis mayores

disgustos había sido con un amigo cordial, de más corcheas que yo,

pero a quien no podía demostrar mi sinceridad por Wagner delante de su

obstinada sospecha de ver en mi amor profundo por ese orbe de poesía

absoluta un mal pertrechado entusiasmo de _snob_... ¡Oh, no! Allí

habéis sentido y pensado a Wagner los que sabéis y podéis sentirle y

pensarle; y muchos de vosotros habéis ido a oir la _Misa del Arte_ a

la iglesia de Bayreuth. Pues aquí es mayor, incomparablemente mayor

el número de los adoradores, de los verdaderos adoradores del santo

culto que renueva a Pitágoras... y mi modesta afición, sin pretensión

alguna, sin herir ninguna cuerda, ni soplar madera ni cobre, ha sido

bien acogida. Se me ha dejado rezar, y eso basta. Madrid es capital que

por su gusto musical se distingue, el Real es de los teatros señalados

artísticamente, y entre otras cosas, existe una Sociedad de conciertos

que puede enorgullecer a cualquier gran centro lírico. No es sino de

entusiasmo la impresión que han llevado últimamente Saint-Saëns y

Lamoureux. Pero ¿y _La Walkiria_?

La sala se dejó subyugar por la potencia sublime, desde los compases

directores de la introducción, corta y llena de magnificencia, y las

primeras frases de Siegmund--desgraciada y necesariamente traducido en

Segismundo--hasta el momento final en que al golpe de la lanza brota

el misterioso fuego, todo fué como el paso de un vasto huracán de

mágicos números, de cadencias únicas, de revelaciones armoniosas; ya

Siglinda surja, encarnación de portento, o Hunding truene o Siegmund

en un solo ideal se lamente; o el dúo del amoroso y deleitoso y único

amor de los dos hermanos se cristalice soberbiamente en la expresión

del divino incesto: «Esposa y hermana eres para mí. ¡Surja, pues, de

nosotros la sangre de los Welsas!» o Brunilda arrebate a Siglinda o

pase la prestigiosa y sonora cabalgata, o por fin, Wottan, dando el

sueño con un beso a la Walkiria, ordene el incendio al dios del fuego

maravilloso. El conjunto se destaca como una selva mágica en la que

casi sensible físicamente, el influjo del _deus_ precipita nuestras

emociones también en cabalgata magnífica e incontenible. Cada mente

se siente abrasada, cada espíritu contiene a Gerilda, Waltranta,

Schwerleita, Ortlinda, Helmwigia, Sigruna, Rosweisa, Grimguerda...

Y el público de Madrid, en general, supo apreciar el don olímpico.

Aunque hay quien afirme que del ciclópeo drama musical lo único que ha

admirado son las bellezas de la cabalgata y del fuego encantado...

* * * * *

En la Comedia, el estreno de _Los reyes en el destierro_, como

comprenderéis, extraída de la novela de Daudet. Autor de la pieza y

gozador del triunfo y del provecho, Alejandro Sawa. De Sawa también

os he hablado desde París--pues en verdad he sido yo el judío errante

de _La Nación_--hace algunos años. Él fué quien me presentó a Jean

Carrère, cuando la _émeute_ de los estudiantes y los escándalos del

café D'Arcourt, en el 93. Allá en París hacía Sawa esa vida hoy

ya imposible, que se disfrazó en un tiempo con el bonito nombre

de Bohemia. Es más parisiense que español y sus aficiones, sus

preferencias y sus gustos tienen el sello del Quartier Latin. Lo cual

no obsta para que sea casado, hombre de labor de cuando en cuando--y

querido de todos en Madrid--. A su vuelta, después de muchos años, de

Francia, ha sido recibido fraternalmente, y la suerte buena no le ha

sido esquiva, pues con el arreglo que ha hecho ahora para el teatro, ha

obtenido una victoria intelectual y positiva. Para Buenos Aires sé que

no tengo que entrar a detallar o recordar los tipos especiales que se

barajan en la producción del pobre _Petit-Chose_. Sólo diré que Sawa ha

logrado hilvanar bien su _scenario_ y tejer su juego con habilidad y

con el talento que todo el mundo le reconoce.

Sawa--debo decirlo--continúa, a pesar de su triunfo, de su encantadora

hijita y de su barba que anuncia ya la vejez entrante, tan formal como

hace siete años. Me había prometido una escena de su obra para este

correo, primicia muy agradable. En efecto, no le he vuelto a ver.

A Sellés sí le he visto, un día después del estreno de _Los caballos_.

Es personal y literariamente muy simpático, y pongo el vulgar adjetivo

porque así se comprenderá mayormente. Este académico de la Española es,

sin duda alguna, el más juvenil de los inmortales; no el más joven,

porque el conde la Viñaza y el poeta Ferrari son los benjamines. El

más anciano ya se sabe que es Menéndez y Pelayo. Y he aquí que en un

teatro de _arte chico_, de chulerías y cosas de esa guisa, se presenta

Sellés con esta obra, parte de una trilogía que, según él deja decir,

es simbolista. Altamente estimo al autor del _Nudo gordiano_, y sobre

todo, su tendencia a hacer un teatro de ideas, aquí en la tierra del

parlar y del inflar.

Pero crea el señor Sellés que es infantil, que es de una ingenuidad

conmovedora el nombrar a Ibsen, o a Hauptmann, o a Sudermann, como

alguien lo hiciera delante de mí, a propósito de sus obras. Llamar

teatro simbolista al del señor Sellés, es como poner bajo las

tentativas del dibujante Chiorino: «dibujo prerrafaelita». En el

teatro de Antoine, en el de l'Œuvre, su obra difícilmente habría sido

admitida; porque el reconocer su castiza y propia lengua no significa

en este caso nada; cuando se quiere hacer obra de ideas no se hace

obra de palabras. Esta pieza, como dejo apuntado, pertenece a una

trilogía, cuya primera parte ha sido puesta en escena por Novelli.

Hay una tendencia social que se ruboriza de su mismo impulso a la

libertad futura. Parece que no ha estudiado el señor Sellés como debía

el más arduo de los problemas contemporáneos, y el anarquismo «para

familias» que ha procurado presentar en su pieza, no provocará en los

intelectuales sino una sonrisa. El río es más vasto y más profundo;

y, para citar un tipo, venir a encarnar en el maestro de escuela,

en España, la tendencia salvadora de la obra social--¡aquí donde el

pobre maestro de escuela es sinónimo de _atorrante_!--, es simplemente

inefable. La tela paradojal está bien bordada de oro fino castellano;

la forma regocija el amor patrio gramatical, y el poeta es el poeta de

siempre. Aquí se da del _cher maître_; y yo le digo por eso: Querido

maestro, sus _caballos_ se han desbocado, pero... _à rebours_.

Y el miércoles próximo en el Español, estreno de _Cyrano de Bergerac_.

Nada diré hasta después de la representación; pero os mando los versos

que me encargara la revista _Vida Literaria_ con tal motivo.

CYRANO EN ESPAÑA

He aquí que Cyrano de Bergerac traspasa

De un salto el Pirineo. Cyrano está en su casa.

¿No es en España, acaso, la sangre vino y fuego?

Al gran gascón saluda y abraza el gran manchego.

¿No se hacen en España los más bellos castillos?

Roxanas encarnaron con rosas los Murillos,

Y la hoja toledana que aquí Quevedo empuña

Conócenla los bravos cadetes de Gascuña.

Cyrano hizo su viaje a la luna: más antes

Ya el divino lunático de don Miguel Cervantes

Pasaba entre las dulces estrellas de su sueño

Jinete en el sublime pegaso Clavileño.

Y Cyrano ha leído la maravilla escrita

Y al pronunciar el nombre del Quijote, se quita

Bergerac el sombrero: Cyrano Balazote

Siente que es lengua suya la lengua del Quijote.

Y la nariz heroica del gascón se diría

Que husmea los dorados vinos de Andalucía.

Y la espada francesa, por él desenvainada,

Brilla bien en la tierra de la capa y la espada.

¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Castilla

Te da su idioma, y tu alma como tu espada brilla

Al sol que allá en tus tiempos no se ocultó en España.

Tu nariz y penacho no están en tierra extraña,

Pues vienes a la tierra de la Caballería.

Eres el noble huésped de Calderón. María

Roxana te demuestra que lucha la fragancia

De las rosas de España con las rosas de Francia.

Y sus supremas gracias, y sus sonrisas únicas

Y sus miradas, astros que visten negras túnicas

Y la lira que vibra en su lengua sonora

Te dan una Roxana de España encantadora.

¡Oh poeta! ¡Oh celeste poeta de la facha

Grotesca! Bravo y noble y sin miedo y sin tacha

Príncipe de locuras, de sueños y de rimas:

Tu penacho es hermano de las más altas cimas,

Del nido de tu pecho una alondra se lanza,

Un hada es tu madrina, y es la Desesperanza;

Y en medio de la selva del duelo y del olvido

Las nueve musas vendan tu corazón herido.

¿Allá en la luna hallaste algún mágico prado

Donde vaga el espíritu de Pierrot desolado?

¿Viste el palacio blanco de los locos del Arte?

¿Fué acaso la gran sombra de Píndaro a encontrarte?

¿Contemplaste la mancha roja que entre las rocas

Albas forma el castillo de las Vírgenes locas?

¿Y en un jardín fantástico de misteriosas flores

No oíste al melodioso Rey de los ruiseñores?

No juzgues mi curiosa demanda inoportuna,

Pues todas estas cosas existen en la luna.

¡Bienvenido Cyrano de Bergerac! Cyrano

De Bergerac, cadete y amante, y castellano

Que trae los recuerdos que Durandal abona

Al país en que aun brillan las luces de Tizona.

El Arte es el glorioso vencedor. Es el Arte

El que vence el espacio y el tiempo; su estandarte.

Pueblos, es del espíritu el azul oriflama.

¿Qué elegido no corre si su trompeta llama?

Y a través de los siglos se contestan, oid:

La Canción de Rolando y la Gesta del Cid.

Cyrano va marchando, poeta y caballero

Al redoblar sonoro del grave Romancero.

Su penacho soberbio tiene nuestra aureola.

Son sus espuelas finas de fábrica española.

Y cuando en su balada Rostand teje el envío,

Creeríase a Quevedo rimando un desafío.

¡Bienvenido, Cyrano de Bergerac! No seca

El tiempo el lauro; el viejo Corral de la Pacheca

Recibe al generoso embajador del fuerte

Molière. En copa gala Tirso su vino vierte.

Nosotros exprimimos las uvas de Champaña

Para beber por Francia y en un cristal de España.

CYRANO EN CASA DE LOPE

[Ilustración]

2 de febrero de 1899.

EN efecto, como os lo había anunciado, «Cyrano está en su casa». Ha

llegado a España con muy buen pie y mediante los ocho o diez mil

francos que, según tengo entendido, recibió de antemano el excelente

poeta Rostand. El triunfo ha sido sonoro: y nariz por nariz, la de

Díaz de Mendoza, en Madrid, ha valido lo que la de Coquelin en París.

En la de Bergerac, ha dicho con su oportuno chiste de siempre Mariano

de Cávia, que quedarían muy bien plantados los _quevedos_ en España.

Me place haber coincidido en lo del noble caballero de la torre de San

Juan Abad, en unos de mis versos anteriores, con el vibrante y agudo

periodista. El Cyrano español no es otro que Quevedo; en ambos puso la

Luna «madre nutriz, con su leche, quilo del mundo», que dice la sabia

doña Oliva de Sabuco, el rayo que hace los locos de poesía; y ambos

fueron hombres de amor y de generosas empresas de espada.

La comedia heroica de Rostand, por otra parte, no es otra cosa que

una obra de capa y espada de la más buena cepa española, como me

lo hiciese notar al llegar el libro del _Cyrano_ a Buenos Aires,

un culto y sagaz compañero. Es una comedia de capa y espada que ha

podido escucharse en el modernizado Corral de la Pacheca, como si

fuese obra legítima de cualquier resucitado, porque los actuales, con

las excepciones que sabéis, no encuentran mejor ni más provechosa

fuente que las hazañas, hechos y gestos del chulo, ese «compadrito»

madrileño. El éxito, pues, ha sido absoluto. La noche del estreno

estaba en el Español el todo Madrid de las letras, y la belleza

social tenía soberbia representación. No os supongáis que se trate

de algo semejante a una «primera» de la Comédie Française; aquí no

existe aristocracia literaria; todo va revuelto y el veterano de la

gloria castellana se codea con el tipo _interlope_ que han bautizado

con el extraño nombre de _Currinche_. Un diario como _El Nacional_,

con motivo de haber invitado Fernando Mendoza a los ensayos, y

sobre todo al ensayo general, a personas extrañas al teatro, decía

con loable franqueza: «Allá en París se invita en tales casos a la

Prensa, a los autores dramáticos, novelistas, críticos, académicos,

actrices vacantes, personalidades del gran mundo... En una ciudad de

dos millones de habitantes, donde nadie tiene por qué combatir una

obra, se puede invitar a mil espectadores que van sin prevenciones,

ni envidias, ni espíritu de concurrencia, a presenciar un ensayo

general; y a la crítica para que pueda con tiempo estudiar la obra y

dar cuenta de ella _dos días después_, cuando ya el público de pago

la haya visto; y un ensayo general es una especie de consagración del

drama o comedia que el público irá a ver confiado en la nota, siempre

benévola para el autor reputado, que la Prensa seguramente dará. ¿Pero

aquí? Aquí, en esta cabeza de partido de Europa que se llama Madrid,

y en la que todos nos conocemos, nos abrazamos y nos odiamos... aquí,

donde hay un estado constante de celos y de envidias y de pequeñeces

inevitable en el estrecho medio ambiente en que vivimos; aquí, donde

toda la vida literaria está circunscrita a la Carrera de San Jerónimo

y la calle del Príncipe... aquí, en fin, donde las Empresas viven de

diez docenas de familias ricas y de doscientos espectadores pobres,

de los cuales la mitad son autores rencorosos o Empresas rivales...

permitir que asistan a un ensayo general los amigos y los enemigos,

los autores españoles que han de ver gastos enormes y cultos rendidos a

autores franceses, los empresarios del frente y los de al lado... ¡Qué

equivocación tan lamentable y qué desconocimiento del país en que se

vive!» Quien esas líneas escribió parece que tuviese bien conocido su

ambiente; pues, en realidad, nada menos que por intermedio de Eusebio

Blasco se ha manifestado en público lo que antes escuchara yo en

privado: la miserable cuestión de las «perras» chicas y grandes... Ved

como, al día siguiente del estreno, ese escritor cuyo arte singular es

harto y de antiguo famoso, se expresa, agrediendo de paso a la América

que ignora: «Podremos creer que en la casa de Lope de Vega no deben

hacerse traducciones; podremos creer también que, de estrenar una

obra extranjera cuyo éxito ha sido esencialmente literario en París,

debieron haberla adaptado en verso castellano poetas de nombre. Aquí

donde tenemos desde Núñez de Arce hasta Manuel Paso, desde Dicenta a

José Juan Cadenas; desde Manuel del Palacio hasta Rodolfo Gil, desde

Sellés hasta Gil (Ricardo), tantos y tantos poetas notabilísimos, los

catalanes, regionalistas furibundos teniendo en Barcelona unos teatros

tan hermosos, en cuanto hacen un drama o una traducción se vienen a

Madrid y se imponen en el primer teatro de la nación, y se pone a

su disposición todo el dinero de las Empresas. Todo esto vemos y de

ello protestamos, sin ánimo de ofender a nadie y en defensa de los

autores de Madrid, que son, hoy por hoy, en los tres teatros de verso

que hoy funcionan, pospuestos a los autores _franceses_. El _Cyrano

de Bergerac_ le gustó mucho al público anoche. Es obra de _dinero_,

como se dice en la jerga teatral. _Melodrama para la exportación a

Buenos Aires_, _Chile_, _Bolivia_, y allí alborotará. _¿Cómo no?_ Lo

encontrarán _lindo_ y el estilo parecerá de perlas».

El que habla es Eusebio Blasco, instruído sobre el estado de las

aduanas literarias sudamericanas por los poetas de Sucre o de

Cochabamba, a quienes ha prologado, o quizá, casi estamos seguros,

por persona a quien él conoce bastante, poeta de peso--el hombre de

Huanchaca, el boliviano expresidente Arce, que compró la cama de la

emperatriz Josefina. Y fijáos primero en la generosidad del artista de

_Los curas en camisa_ e introductor de _Pañuelos blancos_ y de toda

clase de lencería francesa: la casa de Lope cerrada a toda idea que

no huela al aceite de las propias olivas, cuando la casa de Molière y

la casa de Shakespeare no se cierran; proteccionismo de las vejeces

más o menos gloriosas, a cuyo regimiento pertenece, o de amistades

y simpatías personales, con daño de tres jóvenes modestos que han

hecho un plausible esfuerzo; repudio de lo catalán, sin duda por las

lecciones de arte y trabajo que Barcelona da; expulsión de lo bello

_francés_ a causa seguramente de que lo propio anda escaso; y, punto de

mira principal, el dinero, el ansiado dinero--, cuya _lindeza_ no nos

atrevemos a contradecirle. _¿Cómo no?_ ¡Oh, no, buen señor!

Primero ha sido el talento de Rostand y después han llegado los miles

de francos; y en cuanto a Cyrano de Bergerac, si como en el diálogo de

Cávia se encontrase en la villa y corte a estas horas buscaría en vano

la hidalguía de Quevedo y se volvería a su París, con Dreyfus y todo.

Pero, hablemos del estreno.

* * * * *

Un escritor de la nueva generación y de un talento del más hermoso

brillo--he nombrado a Manuel Bueno--ha escrito que «el nombre de Cyrano

de Bergerac parece un reto». «Hay--dice--en las seis sílabas que lo

componen, un no sé qué de ostentoso atrevimiento que desafía». Ello

es un hecho, que al oído se comprueba sin necesidad de haber leído el

_Cratilo_ de Platón. Entre las letras que componen ese nombre suenan

la espada y las espuelas, y se ve el sombrero del gran penacho. ¿Y

admitirás que el nombre es una representación de la cosa?--pregunta

Sócrates en el diálogo del divino filósofo--Cratilo asiente. Cyrano

tiene un nombre _suyo_ como Rodrigo Díaz de Vivar, como Napoleón, como

Catulle Mendés. Los nombres dicen ya lo que representan. Pues ese poeta

farfantón y nobilísimo, de sonoro apelativo, debía ser bien recibido

en un país en donde por mucho que se decaiga, siempre habrá en cada

pecho un algo del espíritu de Don Quijote, algo de «romanticismo».

¡Romanticismo! «Sí--clama Julio Burell--romanticismo. Pero hoy el

romanticismo que muere en Europa revive en América y en Oceanía. Cyrano

de Bergerac--una fe, un ideal, una bandera, un deprecio de la vida--se

llama Menelik en Abysinia, Samory en el Senegal, Maceo en Cuba y en

Filipinas Aguinaldo...»

Verter el prestigioso alejandrino de Rostand al castellano era ya

empresa dificultosa. Ni pensar siquiera en conservar el mismo verso,

pues hay aquí crítica que aseguraría estar escrita en «aleluyas» la

_Leyenda de los siglos_. Todo lo que no sea en metros usuales, silva,

seguidilla, romance, sería mal visto, y renovadores de métrica como

Banville, Eugenio de Castro o D'Annunzio, correrían la suerte del

buen Salvador Rueda... Los tres catalanes--Martí, Vía y Tintorer--que

tradujeron la obra, se fueron directamente a la silva y al romance; y

ni siquiera intentaron poner en versos de nueve sílabas la balada o la

canción llena de gracia heroica y alegre:

Ce sont les cadets de Gascogne

De Carbon de Castel-Jaloux

Bretteurs et menteurs sans vergogue

Ce sont les cadets de Gascogne...

y tan desairadamente se convirtió en:

Son los cadetes de la Gascuña

Que a Carbón tienen por capitán...

Luego hicieron cortes lamentables, como en el parlamento de Cyrano,

sobre la nariz, y cambios más lamentables aún, como trocar la frase

final, la frase básica de _¡Mon panache!_ por: _La insignia de mi

grandeza_... ¡Qué queréis! por una palabra castiza se dan aquí diez

ideas; y es muy posible que si Cyrano dice claramente: _Mi penacho_,

nadie hubiera comprendido, o ese galicismo arruina la obra. De todos

modos, los catalanes han llenado bien su tarea, hasta donde es posible

en el medio en que tenían que presentarse.

La evocación teatral, el _scenario_, fué de una deliciosa impresión

desde el primer momento, desde que apareció el local del Palacio de

Borgoña, lugar de las representaciones dramáticas en el París de 1640.

Creo demás, para el público de Buenos Aires, hablar del argumento

del _Cyrano_ de Rostand; todo se ha publicado cuando el estreno en

París, y los que se interesan en estos asuntos han leído la comedia

en el original. La nota principal del comienzo de la obra la señaló

la aparición de María Guerrero, una Roxana que, eso sí, no han tenido

los parisienses, encantadoramente caracterizada, una «preciosa»,

preciosísima. Los detalles perfectamente estudiados, artistas bellas

y cómicos discretos; cuando el gordinflón Montfleuri aparece y Cyrano

surge y Roxana sonríe, ya la concurrencia está dominada. Fernando

Mendoza, que ha progresado mucho con sus viajes, se conquista los

aplausos desde luego; las simpatías, que tanto hacen con el público,

están ganadas de antemano.

Las gasconadas se suceden, y al llegar la escena del desafío con

Valvert, el triunfo se deja divisar: y al final, cuando Cyrano se va

a acompañar a su amigo Lignière para defenderlo contra cien--¡Con

quince luché en Zamora!--la ovación primera estalla, al sonar en silva

castellana los últimos alejandrinos:

Ne demandiez-vous pas pourquoi, mademoiselle,

Contre ce seul rimeur, cent hommes furent mis?

C'est parce qu'on savait qu'il est de mes amis.

En el acto segundo, en su hostería aparece el poeta y pastelero

Ragueneau, encarnado por aquel tan buen cómico que conocéis, Díaz,

un gracioso que en la Renaissance supo hacer admirar la tradición de

su clásico carácter. La llegada de Cyrano, los poetas, famélicos; la

carta escrita a Roxana, la entrevista con ésta, la confidencia de ella

y el desengaño de él; la llegada de los cadetes; la provocación de

Christian--hecha con gran propiedad por el joven artista que también

conocéis, Allens Perkins--la conversación entre Cyrano y Christian;

el final del acto en versos en que los traductores se han llenado

indudablemente del espíritu del original--_¡Non, merci!_--; todo esto

hace que el telón caiga en una tempestad triunfante de entusiasmo.

El acto tercero entra en plena victoria. La escena del balcón agrada,

por la justeza con que la silva ha podido interpretar el verso de

Francia. Matrimonio de Christian y Roxana, y venganza de De Guiches,

que manda a los cadetes de Gascuña a levantar el sitio de Arras, contra

los españoles. El entusiasmo se duplica.

El cuarto es el del campamento, admirablemente puesto; los cadetes

hambrientos; Castel Jaloux--muy bien esculpido por Cirera--y Cyrano,

figuras sobresalientes; y la escena hermosa del pífano conmueve al

auditorio... Ah, los alejandrinos de Rostand; pero la silva sigue

haciendo lo que puede, y el _espíritu_ triunfa. Y he ahí a Roxana;

aparece en la carroza que sabéis, con el buen Ragueneau, de cochero,

que enarbola su látigo de salchicha; el _lunch_ inesperado; la llegada

de De Guiches, el diálogo de Roxana y Christian, la nobleza de ese

cordial sin talento; triunfo del alma de Cyrano; la lucha; la muerte de

Christian; y, con el pañuelo de Roxana por bandera, el combate con los

españoles; el triunfo de éstos; y la pregunta; «¿Quiénes son esos locos

que así saben morir?», con la respuesta de Cyrano.

Ce sont les cadets de Gascogne,

de Carbon de Castel-Jaloux...

Ciertamente os digo, que todo eso fué merecedor de la tormenta de

aplausos y exclamaciones que coronó el acto. Para llegar al último,

suave, otoñal, crepuscular, vespertino, a la caída de las hojas. De

esos adjetivos tomad el que gustéis para la figura de María Guerrero,

de religiosa, con su toca como una gran mariposa negra sobre la

frente--Cyrano llega a morir, después de tantos años de silenciosa

pasión, delante de la que ama; y en una escena de delirio glorioso y

melancólico, al amor de la luna triste. _La lune s'attristait_... Y

yo no he visto a Coquelin, ni a Richard Mansfield, los dos mejores

_Cyranos_, como que el uno es el acreedor y ha encarnado su «alma»

según dice Rostand en la dedicatoria; pero Díaz de Mendoza ha creado

bravamente, muy bravamente su papel; y, como le dice en una carta

cierto linajudo marqués, al artista grande de España: «Si hasta ahora

fuiste el cómico de los señores, desde ayer eres el señor de los

cómicos». He ido a saludarle al «saloncillo» en un entreacto, a ese

saloncillo de descanso en donde los infaltables Echegaray, Llana,

Ladevese y otros más, hacen su tertulia todas las noches, rodeados de

retratos de autores y presididos por la gracia de María Guerrero. Y he

encontrado al hidalgo entusiasta del arte, y que, signo de su tiempo,

lo es altivamente y gallardamente, sobre preocupaciones de linaje,

siguiendo una vocación imperiosa y pudiendo agregar a sus armas de

conde de Bazalote las dos máscaras.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 3 / 24 段