nuestro--¡lo del Norte!, ¡ay!, ¡lo tienen ya bien conocido!--, y no
hace muchos días, con motivo de un banquete a escritores y artistas
ofrecido por el representante de Bolivia señor Ascarrunz, hubo
declaraciones de parte de ciertos intelectuales, que son de tenerse
muy en cuenta. «En cualquier otro momento--decía un escritor de
los más diamantinos y pensadores, he nombrado a Julio Burell--, en
cualquier otro momento la galantería del señor Ascarrunz habría sido
digna de hidalga gratitud, pero en fin, numerosas han sido las fiestas
hispanoamericanas a cuyo término apenas si ha quedado otra cosa que
un poco de dulzor en la boca y otro poco de retórica en el aire;
después, americanos y españoles han permanecido en sus desconfiadas
soledades, colocados en actitud y con mirada recelosa, cada cual a
un lado del gran abismo de la historia...» Y más adelante: «No, la
guerra no levantará ya entre España y América española sus fieras voces
de muerte; lo que estaba escrito, escrito queda. Rebuscadores de la
Historia, curiosos y eruditos, podrán volver la mirada hacia los negros
días de lucha; pero las almas que tienen alas, las almas que tienen
luz, los hombres confesados a un ideal de paz y de amor, no descenderán
al antro sombrío; volarán más alto y bañarán su espíritu en la
claridad de una nueva aurora...» Todo esto se pudo decir hace mucho
tiempo; se pudo hace mucho tiempo combatir el alejamiento de la madre
patria del coro de las dieciséis repúblicas hermanas; pero no se hizo,
ni se paró mientes en ello.
Antes al contrario, apartando a un grupo escasísimo de hombres como
Valera y Castelar, se nos procuró ignorar lo más posible, y como
lo he demostrado en _La Nación_, de Buenos Aires, y en la _Revue
Blanche_, de París, la culpa no fué del tiempo esta vez, sino de
España. Gloríanse los ingleses de los triunfos conseguidos por la
República norteamericana, hechura y flor colosal de su raza: España
no se ha tomado hasta hoy el trabajo de tomar en cuenta nuestros
adelantos, nuestras conquistas, que a otras naciones extranjeras han
atraído atención cuidadosa y de ellas han sacado provecho. En las
mismas relaciones intelectuales ha habido siempre un desconocimiento
desastroso. Los escritores que entre nosotros valen se han cuidado poco
del juicio de España, y con raras excepciones no han enviado jamás sus
libros a los críticos y hombres de letras peninsulares; en cambio,
nuestras docenas de mediocres, nuestros vates de amojamados pegasos,
nuestros prosistas imposibles, han sido pródigos de sus partos; de
aquí que, en parte, se justifiquen los _Clarines_ y Valbuenas de
tiempos recién pasados. Más; en las mismas redacciones de los diarios
en que se dedica una columna a la tentativa inocente de cualquier
imberbe Garcilaso, no se escribe una noticia por criterio competente
de obras americanas que en París o en Londres o Roma son juzgadas por
autoridades universales. Concretando un caso, diré que la Legación
Argentina se ha cansado de enviar las mejores y más serias producciones
de nuestra vida mental, de las cuales no se ha hecho jamás el menor
juicio. Cierto es que, fuera de lo que se produce en España--con las
excepciones, es natural, de siempre, pues existen un Altamira, un
Menéndez y Pelayo, un _Clarín_, este amable cosmopolita de Benavente--,
fuera de lo que se produce en España, todo es desconocido.
Antes de concluir estas líneas debo declarar que no creo sea yo
sospechoso de falto de afectos a España. He probado mis simpatías,
de manera que no admite el caso discusión. Pero por lo mismo no he
de engañar a los españoles de América y a todos los que me lean. _La
Nación_ me ha enviado a Madrid a que diga la verdad, y no he de decir
sino lo que en realidad observe y sienta. Por eso me informo por todas
partes; por eso voy a todos lugares y paso una noche del «saloncillo»
del Español a las reuniones semibarriolatinescas de Fornos; en un mismo
día he visto a un académico, a un militar llegado de Filipinas, a un
actor, a Luis Taboada y a un torero. Y anoche, a última hora, he ido
del Real al Music-hall, y mis interlocutores han sido: el joven conde
de O'Reily, Icaza, el diplomático escritor, Pepe Sabater, Pinedo y un
joven _reporter_... Ya veis que estoy en mi Madrid.
¡Buenos Aires! Hay que mirarlo de lejos para apreciarlo mejor. Aquí
está la obra de los siglos y el encanto de un país de sol, amor y
vino; París es París; las grandes capitales europeas nos atraen y nos
encantan: pero
_¡J'aime mieux ma mie, ô gué!_
[Ilustración]
LA LEGACIÓN ARGENTINA
EN CASA DE CASTELAR
[Ilustración]
10 de enero.
LA legación argentina está situada en un elegante hotel de la
calle Alcalá Galiano, núm. 6. Es en el barrio aristocrático de la
Corte, el faubourg Saint-Germain de Madrid. Allí concurrí anoche,
por amable invitación del ministro Quesada, que había quedado de
presentarme a algunos «representativos» de la vida social e intelectual
madrileña: en el arte, Moreno Carbonero; en el periodismo, el
marqués de Valdeiglesias; estos dos me interesaban en gran manera.
Fueron puntuales. Es el primero un tipo nervioso, delgado, de
mirada inteligente, no revela al artista desde luego, pero cuando
habéis hablado con él las iniciales palabras, la chispa ha saltado,
iluminando, bajo un bigote fino y negro, una sonrisa _bon enfant_. El
segundo, de pequeña estatura, rubio, calvo, comunicativo, meridional;
de seguida se manifiesta el clubman, el mundano, el infaltable a las
fiestas y reuniones de la aristocracia, el título _reporter_, que hace
en su diario, _La Época_, lo que el príncipe de Sagán hacía en un
tiempo en _Le Figaro_. _La Nación_ estaba representada dos veces, pues
a mi derecha, en la mesa de la casa argentina, tenía yo al estimado
compañero Ladevese. Pocos momentos después, y ya la conversación
versaba sobre nuestra Prensa y la española. Reconocía el marqués la
inferioridad informativa, por ejemplo, de los diarios peninsulares,
y explicaba cómo en España interesaba poco a la generalidad lo que
sucede fuera de los términos de la tierra propia. No se sigue, como
entre nosotros, el movimiento de los sucesos del mundo; del asunto
Dreyfus, de lo que hay ahora de más sonoro en el periodismo universal,
se publican unas pocas líneas telegráficas. Naturalmente, el interés
público, en tiempo de la guerra, hizo aumentar la vida de los diarios,
y la información tuvo su preferencia; telegrama recibió _El Imparcial_,
o _El Liberal_ que costó diez mil francos. Mi bonaerensismo se
manifiesta; hago un rápido croquis del desarrollo y fuerza de _La
Nación_; comento al _Diario_, etc. Y a propósito de corresponsales, se
protesta por una carta que publica _La Época_ del suyo de Buenos Aires,
en que se dice, entre otras cosas, que todos andamos con el revólver
en el bolsillo, y que no vayan más españoles a la República Argentina,
pues son repetidos con frecuencia los casos en que hay que levantar
suscripciones en la colonia para poder repatriar a los numerosos
compatriotas que allá se mueren de hambre. De esos náufragos hay en
todas partes; y, no hay duda de que aquel periodista exagera.
El actual marqués de Valdeiglesias ha recibido _La Época_ de manos
de su padre, cuyo tacto y largas vistas en asuntos periodísticos
demuéstranse no solamente en la propia hoja sustentada por él, sino
en la antigua _Correspondencia_ de Santa Ana. _La Correspondencia_ de
hoy ha perdido su antiguo carácter; _gorro de dormir_, pertenece al
pasado. _La Época_ es en Madrid una especie de _Temps_, el periódico
serio, asentado, autorizado; con su poco de _Fígaro_ por el mundanismo
y el cuidado de la forma, con la particularidad, digna de elogio, de
que demuestra cierta preferencia por lo intelectual. Es un diario
gran-señor; no se vende por las calles, y si los demás cuestan cinco
céntimos, número suelto, y una peseta la suscripción por mes, _La
Época_ vale cuatro pesetas suscripción mensual y quince céntimos
número suelto. Claro es que el tiraje es relativamente reducido. No
hay que buscar, por otros puntos, comparación con nuestros grandes
matinales.
Valdeiglesias es un hombre encantador; su distinción no excluye la
abierta gentileza; habla de todo, y sobre todo de arte y vida social,
con una volubilidad y amenidad que hacen de él un conversador deseable.
Desde luego, se me ofrece como cicerone en mis «viajes alrededor y
al centro de Madrid». En un momento me interesa en las colecciones
artísticas y de alto mérito histórico que posee el conde de Valencia
de Don Juan; me habla de los autores de la nobleza, bibliófilos,
conocedores de arte y _sportmen_, casi por completo desconocidos en el
público, escritores de libros que circulan en ediciones cortísimas y
para especialistas; y a propósito de la obra reciente de _Monte-Cristo_
sobre los salones de Madrid, diserta de entusiástica manera sobre el
movimiento social de esta corte, que es indiscutiblemente una de las
que tienen para sus mantenedores del gran mundo y para sus huéspedes,
singulares atractivos y goces de lo que se puede llamar la estética de
la existencia, en un país en donde, aun en el duelo, parece que siempre
se escuchara como un canto a lo grato del mundo. El Marqués cuando
habla parece que dictase uno de sus artículos amenos y discretos,
de una verba correcta; y ya pasemos a hablar de lo mucho que él ha
trabajado y piensa trabajar para favorecer, después de un ensayo de
aplicación que él costearía, la introducción de las carnes argentinas
en España o trate de una reciente publicación sobre esgrima antigua
hecha por un título de Castilla o detalle las reuniones femeninas,
famosas, por vida mía, en Madrid, de nuestra legación, en donde,
hermosa y ricamente, el doctor Quesada sabe recibir a la flor de la
Corte, con bríos y humor que mantiene su vejez fresca y firme, una
vejez a lo Juan Valera--y a lo doctor Quintana--; Valdeiglesias siempre
encarna el periodista, es el polílogo vario y chispeante.
Luego Moreno Carbonero. Estaban conversando con el novelista y
diplomático Ocantos, secretario de la legación como sabéis; y
a propósito de un decir del ministro sobre una cabeza que un
inglés encontrara en España y se atribuye hoy a Miguel Ángel o a
Donatello...--desde luego dos maneras tan distintas, dos espíritus
de arte tan diversos--oigo, pues, a Moreno Carbonero que dice: «Yo
por mi parte, prefiero, entre Miguel Ángel y Donatello, a Donatello».
Parecióme muy simpáticamente desenvainada aquella opinión por un
maestro que, a pesar de su gran talento, es lo que se llama un
«normal»; pero luego caí de mi ascensión, pues a propósito de la
pintura «moderna» y por traer nosotros el recuerdo del insigne catalán
Rusiñol, manifestó que ese arte--y decía esto después de inclinarse
delante del talento del catalán--, que ese arte--el del mejor Rusiñol,
el Rusiñol libre y poeta--era solamente bueno para el industrialismo
del cartel; algo así como la brocha gorda de los telones teatrales,
para ser visto de lejos... Y yo pensaba, aun deteniéndome únicamente en
el _affiche_, que en uno de Chéret, de Mucha, del admirable Grasset,
del mismo Rusiñol, hay más arte de artista que en muchas telas de
canónicos medallados. Es, por cierto, uno de los mayores pintores de la
España de hoy Moreno Carbonero, y me explico perfectísimamente la razón
de su manera de mirar el contemporáneo arte «intelectual». Él respira
su ambiente; ha vivido en París y ha pasado los años indispensables
de Italia; pero queda en él el meridional absoluto, o mejor, el
español inconmovible. Y esto por otra parte puede ser o será una gran
virtud. Ya sabéis, con todo, que es un idealista al ser nacional; su
amor por el Quijote es conocido, y el último cuadro suyo que he visto
representa la aventura del caballero de la Mancha con los carneros.
Picarescamente, esa noche, un respetable amigo suyo calificó ese
cuadro como un símbolo... De lo cual resultaría, por esta vez Moreno
Carbonero simbolista _malgré lui_. Ahora prepara otro cuadro cuyo tema
está extraído de la enorme usina quijotesca; y nos decía que andaba en
busca de un tipo campesino que tuviese la figura del Sancho que él se
imagina; y que creía haberla encontrado en un bauzán manchego que había
visto, como para ser reconocido por Teresa, Sanchica y el rucio.
Recorremos la casa. Desde luego llama el ojo la buena cantidad y
calidad de viejos tapices en los salones principales, y de los salones,
el amarillo, para el que se ha escogido con sabio gusto esa antigua y
rica tela española que impone su aristocracia arcaica a las imitaciones
chillonas y estofas advenedizas. Por cierto punto la Legación es un
pequeño y valioso museo, pues fuera de tapicería y chirimbolos está lo
preferido y mejor entre todo las tallas, esas obras admirables de la
famosa talla española que hoy se podría llamar un arte olvidado; pues
la que ahora se hace no admite ni un lejano término de comparación
con la labor perfecta, aun en la misma tosquedad de lo primitivo,
que antaño se acostumbraba. Aquellos maestros perdidos en el tiempo
no han vuelto a encarnarse, y los escultores de hoy--con rarísimas
excepciones, como ese incomparable Bistolfi, de Italia, y algunos pocos
franceses--desdeñan en todas partes, no sé por qué, la madera, que para
ciertas cosas supera infinitamente a la piedra o el bronce. Y ante
un trabajo de algún desconocido Berruguete... «Vea usted, ¿se puede
realizar esto en mármol?...» Moreno Carbonero se ocupa actualmente en
hacer el catálogo de las colecciones artísticas del ministro argentino,
y una vez concluída la obra, debe resultar por muchos motivos
interesante.
¿Y el arte? Y el arte, ¿cómo va en España?
Pues si algo ha quedado sosteniendo la tradición diamantina del arte
español es la pintura. Allí Artal ha dado a conocer reflejos de la
hoguera subsistente. Hay pintores, hay grandes pintores. En el Museo
de Arte Moderno, del que ya os hablaré, he tenido nobles impresiones,
como las que tuve en la iglesia de San Francisco el Grande. La escuela
española contemporánea, de la cual Buenos Aires posee algunas valiosas
muestras--y ya que hablamos de Moreno Carbonero, un cuadro de este
pintor que, según me dijo él mismo, es de los que más quieren entre
los suyos y fué adquirido por el doctor del Valle--, la escuela
española contemporánea tiene justa fama, representada por sus firmas
principales, en toda Europa; y algunos pintores españoles hay, de
fuerza y valía, que cabalmente en _Europa_ son más conocidos que en
España, como me lo decía un artista. Por ejemplo, Baldomero Galofre
que, fuera de su ya larga labor, logrará un bello triunfo si realiza
conforme con el plan que conozco su vasto poema pictórico _España_.
Roma detiene a varios maestros de luz españoles, de los cuales conocéis
más de un cuadro cuajado de sol; París lo propio, desde en tiempos de
los Fortuny y los Madrazos. No he averiguado aún los detalles de la
salida de la producción, de los encargos, de la parte comercial del
asunto. Pero desde luego, os aseguro que en este inmenso imperio del
color, no se agotará jamás la llama artística; y desde Plasencia o
Moreno Carbonero hasta el último pintaplatos que os fastidiará en el
café sirviéndoos la marina o el bodegón como un par de salchichas,
todos tienen en la pupila un don solar que se proclama a cada instante.
--«¿Y el arte en Buenos Aires?» Digo lo que puedo, alabo los esfuerzos
del director del Museo, cito tres o cuatro nombres y me salvo.
Luego he estado en casa de Castelar. Ya convalece de su enfermedad
última, en la que llegó momento en que se creyera lo llevase a la
muerte. Fuimos tres los que en el momento de la entrevista estuvimos
presentes. Uno, su amigo el banquero Calzado, que hace tanto tiempo
reside en París, y cuya intimidad con el orador data de larga fecha.
Otro el ministro de Bolivia. Desde mi llegada cumplí con informarme
en nombre de la _La Nación_ y propio del estado del antiguo e ilustre
colaborador. Sus primeras palabras, al verme, fueron: «¡Oh, qué
diferencia, del 92, cuando usted me vió por última vez!» En efecto.
Recordarán mis lectores en este diario aquella carta color de rosa
que escribí hace siete años con motivo de un almuerzo que Castelar
me ofreciera en su misma casa de hoy, en la calle de Serrano. Aquel
Castelar brillaba aún en la madurez lozana de una vida que apenas
demostraba cansancio, aun cuando en la cúpula había nevado ya bastante.
El orador todavía se afirmaba sobre los estribos de su pegaso. Los
ojos chispeaban vivos en la cara sonrosada; el gesto adornaba la
frase elocuente; la potencia tribunicia se denunciaba a relámpagos.
El apetito se revelaba en aquellas perdices regalo de la duquesa de
Medinaceli, aquellas perdices episcopales regadas con exquisitos vinos
de abad. Y Abarzuza, que todavía no había sido ministro, estaba a
su lado. Y sobre la gran calva popular se encendía en su apogeo un
círculo de gloria. Hoy... Me dió ciertamente tristeza el cuerpo delgado
por la dolencia, los ojos un tanto apagados, la voz algo cansada,
el rostro de fatiga, todo el célebre hombre en decadencia. Todo no;
porque en cuanto empezó a hablar, como le tocara el punto delicado de
la política primero y de los asuntos internacionales después, irguió
la antigua cresta, cantó. De lo primero, como quien mira las cosas
desde su voluntario aislamiento; pero expresando su disgusto por las
añagazas y trampas al uso; y su desconsuelo airado por el estado a que
han reducido al país los malos dirigentes. De los segundos, lapidando
a frases violentas a los Estados Unidos. Hay que recordar como ha sido
el entusiasmo de Castelar por la república norteamericana antes de la
iniquidad. Y lo mucho que a Castelar han admirado los yanquis--sin duda
alguna por lo que ha tenido de _greatest in the world_, a título de
Niágara oratorio--. Y el Crisóstomo peninsular hablaba con el despecho
razonado de quien ha sido víctima de un engaño, de un engaño digno
del país colosal de los dentistas. «¡Cosas de este fin de siglo!» nos
decía. «Mientras la autocrática Rusia pide a los pueblos el desarme y
aboga por la paz, los Estados Unidos, tierra de la democracia, son los
que proclaman la fuerza por ley y se tornan guerreros. ¡Oh, es esto
para mí como si los castores se hubieran de pronto vuelto tigres! Tengo
en mi casa un retrato de Wáshington, regalo de un ilustre amigo mío
norteamericano; y otro amigo y compatriota me hacía cargos porque tenía
yo al gran anglo-sajón en lugar preferido de mi alcoba». Le contesté
que el pobre no tenía la culpa de lo que hacían sus descendientes, y
que el primero en la paz, el primero en la guerra y el primero en el
corazón de sus conciudadanos, sería el primero en avergonzarse de ellos
en esta sazón en que se han convertido en heraldos y ministros de la
violencia y de la injusticia.
Calzado nos decía que durante la enfermedad no ha cesado un momento
Castelar en su labor de siempre. Que su humor no se ha entibiado, ni
sus ejercicios mentales de costumbre han sufrido el menor cambio ni
menoscabo. Es el trabajador de antaño. Entonces él nos dijo de qué
manera había perdido personalmente en su presupuesto constante una
renta que no bajaba de dos mil quinientos a tres mil francos mensuales,
pues por voluntad invencible ha resuelto, desde la última guerra, no
escribir una sola línea para el público de Norte-América. Y en verdad,
Castelar ha sido pagado por los yanquis como muy pocos escritores.
Diarios y _magazines_ ha habido que desembolsasen por un solo artículo
quinientos dollars, mil dollars. Era un Klondike en la imperial Nueva
York, o en la estudiosa Boston, o en la regia Porcópolis. Ese Klondike
se lo ha cerrado la lírica sangre gaditana que corre en sus venas.
Un yanqui en su caso escribiría el doble y pediría el triple por un
artículo. Pero ¿qué dirían el Cid y Don Pelayo?
Me despedí de él no sin antes contestar a sus preguntas sobre América,
sobre la salud del general Mitre, sobre nuestros progresos. Me cita
para una larga entrevista próxima, y me encarga envíe sus mejores
recuerdos a sus antiguos compañeros de _La Nación_. Yo cumplo con ese
grato deber, y ruego a mis colegas de la casa que no se imaginen al
Castelar enfermo y débil de ahora al recibir ese saludo, sino al que
tenemos allí retratado en la sala de redacción: la cabeza fuerte y
noble como para contener un vasto mundo de ideas, los ojos que anuncian
la victoria de la palabra, y bajo el gran bigote, la boca expresiva de
donde ha brotado tanta sonora tempestad verbal, tanta música, tanta
encantadora mentira y tanta voluntad de Dios. Pues nadie puede decir en
este siglo lo que escuché de él, ciertamente conmovido, momentos antes
de estrechar su mano al despedirme: «Yo he libertado a doscientos mil
negros con un discurso».
[Ilustración]
NOTAS TEATRALES
[Ilustración]
20 de enero.
VARIOS estrenos: _La Walkiria_ en el Real; _Los Reyes en el destierro_,
en la Comedia; _Los caballos_, en Lara. La impresión dominadora que me
ha producido la estupenda obra de Wagner, es de aquellas fascinaciones
de arte que eternamente nos duran. El día está un tanto escandinavo:
a través de los vidrios del balcón veo caer tenaz y triste la nieve.
Es, pues, a propósito el momento para hablaros del estreno de la
ópera del Wottan de la música. Mirad primero del palco escénico al
público: es noche de gran pompa; el deslumbramiento es semejante al
de la sala de nuestra Ópera una noche de 9 de julio o de 25 de mayo.
Los hermosos tipos españoles son de beldad famosa, y tan vario caudal
de gracia y de maravilla plástica se aumenta y se ilumina con las
constelaciones de la pedrería y la elegancia de los trajes. La española
tiene _su_ estilo de vestir, como la vienesa, como la bonaerense,
como la neoyorkina; pero lo que en la una hace que porte un Paquin
o un Worth con cierta suntuosidad un tanto abullonada, como inflada
de valses, y en la argentina produce la confusión prodigiosa de la
manera con la parisiense y en la otra pone una especie de matematecidad
gimnástica, en estas damas hace que la elegancia francesa se mezcle
en limitada parte con el aire nativo, y para mejor daros una idea de
ciertos ejemplares soberanos, pongo por caso la andaluza marquesa
de Alquibla--os digo que os imaginéis a una maja de Goya vestida por
Chaplin.
Desde luego, las observaciones de Graindorge no han caducado, y
probablemente mientras en el mundo haya _le monde_, tendrán su
inmediata confrontación en toda sociedad de la tierra. Mas aquí,
donde la cultura no es de aluvión, sino que está filtrada a través de
rocas multiseculares, fuera de aquello frívolo y pasajero que la moda
traiga con su imposición, el sentido social está bien cimentado; y
pongo esto a cuento porque lo primero que noté en la sala regia, con
pocas excepciones, es que la alta sociedad madrileña va al Español
para ver y para oir, y al Real para oir y para ver. Hay en el público
de palcos y plateas conocedores insignes en cuestión musical, y en
cuanto al paraíso, como en Buenos Aires, es allí donde se encuentran
los que, según se dice, imponen o rechazan una obra. Mas no oiréis la
conversación molesta del advenedizo enriquecido que llega a su palco a
hacerse notar por su desdén a lo que en la escena pasa; y los fanáticos
de Wagner no han tenido que protestar a causa de ninguna incoherencia
en la ocasión presente. Conforme con los preceptos wagnerianos, nadie
llegó retrasado a la función.