Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un tanto afranc

Notas del Transcriptor

Se ha respetado la ortografía y la acentuación del original.

Los errores obvios de puntuación y de imprenta han sido corregidos.

El texto en cursiva se indica con _guión bajo_.

El texto en letra versalita (versalilla) ha sido sustituido por

mayúsculas.

Las páginas en blanco presentes en el original han sido eliminadas en

la versión electrónica.

* * * * *

ESPAÑA CONTEMPORÁNEA

[Ilustración]

[Ilustración]

RUBÉN DARÍO

ESPAÑA

CONTEMPORÁNEA

[Ilustración]

VOLUMEN XIX

DE LAS OBRAS COMPLETAS

ADMINISTRACIÓN

EDITORIAL «MUNDO LATINO»

MADRID

ES PROPIEDAD

[Ilustración]

ESPAÑA

CONTEMPORÁNEA

[Ilustración]

[Ilustración:

A EMILIO

MITRE Y VEDIA

DIRECTOR DE

«LA NACIÓN»

DE

BUENOS AIRES

AMISTAD Y GRATITUD

R. D.]

ÍNDICE

_Páginas._

En el mar 1

En Barcelona 8

Madrid 19

La Legación argentina.--En casa de Castelar 29

Notas teatrales 38

Cyrano en casa de Lope 45

La Coronación de Campoamor 54

Carnaval 62

Una casa museo 68

La Joven literatura 74

La España negra 85

Semana santa 94

Toros 103

La Pardo-Bazán en París.--Un artículo de Unamuno 112

El Rey 119

Una Exposición 130

La Fiesta de Velázquez 139

La cuestión de la revista.--La Caricatura 148

Alrededor del teatro 158

Libreros y editores 169

Novelas y novelistas 180

Los Inmortales 194

Los Poetas 204

Un _meeting_ político 213

Un paseo con Núñez de Arce 220

Tenorio y Hamlet 226

Una Embajada 231

Una novela de Galdós 233

La Enseñanza 241

Fiesta campesina 248

Homenaje a Menéndez Pelayo 255

El modernismo 269

Una reina de Bohemia 275

El Cartel en España 281

La Novela americana en España 287

La Crítica 295

La joven aristocracia 302

Congreso social y económico ibero-americano 311

La mujer española 321

Certámenes y Exposiciones 329

EN EL MAR

[Ilustración]

3 de diciembre de 1898.

EL agua glauca del río se va quedando atrás y el barco entra al

agua azul. Me encuentro trayendo a mi memoria reminiscencias de

Childe Harold. Siento que estoy en casa propia; voy a España en una

nave latina; a mi lado el _sí_ suena. Sopla un aire grato que trae

todavía el aliento de la Pampa, algo que sobre las olas conduce aún

efluvios de esa grande y amada tierra argentina. Y mientras esta vida

de a bordo que ha de prolongarse por largos días comienza, siento

que vuelan sobre la arboladura del piróscafo enjambres de buenos

augurios. De nuevo en marcha, y hacia el país maternal que el alma

americana--americanoespañola--ha de saludar siempre con respeto, ha de

querer con cariño hondo. Porque si ya no es la antigua poderosa, la

dominadora imperial, amarla el doble; y si está herida, tender a ella

mucho más. Los hombres cambian; hay estaciones para los pueblos, el

espíritu vital de la raza puede enfriarse en nivoso; pero ¿floreal y

fructidor no anuncian que la vida primaveral y copiosa ha de llegar,

aun cuando en el campo se miren hoy las ramas sin hojas y la tierra

cubierta del sudario? Así pienso en tanto se inicia a bordo una

existencia de monotonía que conocéis bien los que habéis cruzado el

Océano. No os haré la clasificación de Sterne; pero, para un hombre

de arte, en todo viaje hay algo de «sentimental». Las instantáneas

se toman también al paso de los minutos, ya que hay un pequeño mundo

humano en movimiento, en todo lugar en donde se reunen dos personas.

La máquina social en miniatura; un lindo laboratorio de psicología;

ejemplares balzacianos si gustáis, al mover vuestros ojos de un

punto a otro del círculo en que hacéis el obligatorio comercio de

la conversación. Una reducción de la gran capital del Plata podría

observarse, un Buenos Aires para escaparate: banqueros, comerciantes,

artistas, periodistas, médicos, abogados, cómicos y bailarinas; y en

todos la misma representación que en la vida ciudadana; los círculos,

las «afinidades electivas», las simpatías; y una poliglocia que os

obliga a entraros por todas las lenguas vivas, así corráis el riesgo

de matarlas. Impera, naturalmente, la música del italiano. Después del

crepúsculo, he ahí que estamos alrededor de una mesa, un argentino,

un italiano, un suizo, un venezolano, un belga, un francés, un

centroamericano, un oriental, un español...; no hay duda de que venimos

de Buenos Aires. Y se habla del centro inmenso que ya queda allá

lejos y no puedo dejar de recordar el apóstrofe admirable: «¡Nave del

porvenir, cara nave argentina!...» Y como vamos sobre el mar, que nos

ase el espíritu, surge en creación súbita ante mis ojos mentales la

visión del soberbio navío continental, encendidos sus mil fuegos, al

cielo su bosque de árboles, en cuyo más alto mástil flamea el pabellón

del Sol; pujante la máquina ciclópea; en lo hondo la carga de riquezas,

con rumbo hacia un imperio de paz y de bienandanza, a la hora de la

aurora, para la gloria de la Humanidad.

14 de diciembre.

Mientras el banquero belga conversa de finanzas con el explorador

italiano, que es también un escritor, el médico suizo ha entablado

una partida de _piquet_ con el comerciante venezolano, y la

profesora alemana ataca a Chopín. Le ataca correctamente, demasiado

correctamente, pero Chopín acaba por triunfar de esa ejecución tudesca

de institutriz. Chopín sobre las olas y en una suave hora nocturna;

hace falta la luna; pero no importa, el canto mágico crea el _clair de

lune_ en la misma sustancia musical y el hombre propicio al ensueño

puede fácilmente ejercer la amable función. Y no sé como, vengo a

pensar en _ese individuo_. ¿Cuál? Voy a deciros. Hay allá entre los

pasajeros de tercera clase, en ese montón de hombres que se aglomera

como en un horrible panal, en la proa del barco, un prisionero. Es un

criminal italiano que camina, por obra de la extradición, a cumplir con

la condena de veintiún años de presidio que ha caído sobre él a causa

de un asesinato. Logró escapar a las Autoridades de Italia y vivió

en Buenos Aires cinco años de honrada vida, a lo que parece. Alguien

le descubrió en su incógnito, y la legación italiana pidió le fuera

entregado el reo; el tratado tuvo cumplimiento y el asesino va hoy a

que le pongan la cadena en su patria. Le he visto hosco, zahareño; su

cara, una ilustración de un libro de Lombroso. Esquiva el trato, rehuye

la mirada, y en la muchedumbre de sus compañeros de viaje, va libre

y suelto. Estamos en alta mar; un incendio, un choque, un naufragio,

podrían ocurrir, y ese presidiario tiene igual derecho que cualquiera

de nosotros para salvar su existencia. Es la lógica del marino, y es

hermosa. Hoy penetré en el ambiente infecto de ese rebaño humano que

exigiría la fumigación. Era la hora de la siesta. Quienes dormían en

los pasadizos o a pleno sol, quienes en círculos y grupos jugaban a

las cartas, o a la lotería. Aislado por su voluntad, el condenado,

cerca de la borda, miraba al mar. Procurando una especial diplomacia

logré entrar en conversación con él; y a los pocos momentos ese rostro

rudo se aviva, se excita. No, él no es culpable; ha matado en defensa

propia; él no procurará evadirse; va a Italia contento, porque ya

se volverá a abrir la causa y entonces se verá cómo va a brillar su

inocencia. Los ojos convencidos, la palabra sale fácil, el gesto

atornilla la palabra. Italiano y asesino, pienso yo: el amor de seguro

anda por medio. Pero no; se trata de un vil asunto de intereses, de

una miserable cuestión de _quattrini_. Y entonces siento en verdad

que ese hombre es culpable, tristemente culpable. No ha sido la bella

_vendetta_ del que mata porque le roban la querida o le burlan con la

esposa, o le manchan la hija o la hermana; es el asco del crimen que

triplica su infamia. Pero ese desventurado, sin embargo, ha estado

llevando, en un país lejano, una vida de labor y de honradez. En parte

ha lavado su delito. Ha creído estar ya libre, y de pronto he aquí que

la justicia le ase y le arrastra al presidio por el término de una

existencia de hombre. Aquí va en libertad, pero la evasión sería la

muerte. ¿Qué pasa por ese cerebro tosco? ¿Habrá llegado lo autosugestivo

hasta hacer que esté convencido ese infeliz de que es inocente? Y luego

vendrá el grillete, el número, el vivir de muerte de los penados; y si

el tiempo le permite acabar su condena, saldrá el viejo de cabellos

blancos, si no a la _morte civile_ de su paisano Giacometti, a caminar

dos duros pasos más en la libertad y caer en la tumba... La profesora

alemana ha dejado a Chopín dormir sobre el atril.

19 de diciembre.

Grado 0. Paso de la línea ecuatorial. Un mar estañado, cuya superficie

invitaría a patinar en un giro infinito. El cielo pesa en la atmósfera

caliente sobre el ondulado desierto. En soledad oceánica semejante,

recuerdo el raro encuentro de un digno ejemplar yanqui. Era en 1892

y a bordo de un vapor de la Transatlántica Española, en viaje de la

Habana a Santander. Casi al paso de la Línea, una mañana muy temprano,

despertó a los pasajeros la noticia de que había náufragos a la vista.

Nos vestimos apresuradamente y en un instante la cubierta estaba

llena de ojos curiosos. Se sentía cierta emoción. ¿Quién no ha leído

a Julio Verne? Yo, por mi parte, pensaba ya en una viva reproducción

de Gericault: un _Radeau de la Méduse_ animado y aterrorizador.

Probablemente escenas de canibalismo; aspectos de espanto y de muerte:

Tartarin-Pim, ¡Dios mío! El vapor aminoraba la marcha y ponía su proa

al objeto de nuestras miradas: un barquichuelo que a alguna distancia

se advertía, y en el cual, con ayuda del anteojo, podía notarse

un hombre en pie. Pronto llegamos a acercarnos, y al detenerse el

_steamer_, se oyó una voz que venía del barquichuelo y que decía en

un inglés ladrante del Norte: «¿A qué grados estamos?» El capitán,

conciso, contestó a la pregunta. Preguntó luego: «¿Náufragos?» El

hombre desconocido escribió en un papel, colocó el escrito en una caja

de sardinas y lanzó su proyectil: «Soy el capitán Andrews y voy solo,

en este bote, por la misma ruta de Colón, al puerto de Palos, enviado

por la casa del jabón Sapolio, de Nueva York. Ruego avisar por cable al

llegar al continente, el punto en que se me ha encontrado». «¿Necesita

usted algo?» Por toda respuesta el hijo del tío Samuel nos bombardeó

con dos tarros de _penmican_ y otros dos de arvejas, y, poniendo

su vela al viento, nos dejó, no sin el indispensable _all right_.

Efectivamente, aquel curioso _commis voyageur_ de la jabonería yanqui,

era el Colón de los Estados Unidos que iba a descubrir España...

20 de diciembre.

El hormiguero de la proa se aglomera; ha advertido que tiene delante

el ojo fotográfico. Un distinguido caballero, miembro de la Sociedad

fotográfica de Aficionados, de Buenos Aires, y el excelente comandante

Buccelli, se ofrecen galantemente como operadores. Desde el momento

en que se ha visto la máquina en el puente, cada cual «posa» a su

manera; quien se encarama a los lugares dominantes, quien se acomoda la

gorra, quien toma aires arrogantes, o falsos, o esquivos, o graciosos.

Esa gente comprende que es objeto de curiosidad, y procura ser mejor

en ese instante. La vieja piamontesa sienta y arregla en la falda al

bambino; una muchacha pálida, de un bello tipo napolitano, se alisa con

dos pases de peineta el cabello oscuro y copioso; un abyecto bausán

hace un gesto obsceno, otro una mueca; éstos abajo, aquéllos en el

centro, aquéllos arriba, forman su torre de carne humana iluminada

de ojos de Italia. El fondo es el cielo lleno de luz difusa, sobre

el cual se recortan las figuras agrupadas. Entre esas gentes van

marineros, obreros, trabajadores que han estado en el Plata por algún

tiempo, unos con su pequeña hucha llena, otros en situación idéntica

a la que trajeron de inmigrantes; no han podido resistir al deseo de

volver a mirar su musical y dulce tierra. Hay que observar cómo en

ese _cafarnaum_ en que van confundidos como las cabezas en un barco

conductor de ganado en pie, no les abandona su alegre numen latino. De

noche, oís que a la claridad estelar brota de pronto un coro jubiloso,

una barcarola, armoniosamente acordadas las voces; o una voz sola,

impregnada de las ardientes gracias de Nápoles, de la amorosa melodía

de Venecia, o que da al aire marino una de esas canciones de Sicilia

que tienen tan buen perfume de antiguo vino griego. En el día, las

mujeres que lavan sus trapos, los viejos aporreados por la vida, los

mocetones de potentes puños, las testas diversas cubiertas de boinas,

gorros o chambergos, los niños de grandes ojos y magníficas cabelleras,

tienen siempre en la faz un rayo de sol que denuncia la floración

inextinguible de la raza, la multiplicada marca del goce de la

existencia que lleva todo el que nace en los países solares de otoños

de oro e incomparables primaveras en triunfo.

Se procede a retratar al criminal. Desde que nos mira llegar, no cabe

en sí de humor gris, y por los ojos se le sale el disgusto. Quiere ir

a ocultarse, pero el comandante le prohibe que se retire, y con modos

amables le indica que no se pretende nada que sea en su contra; que,

al contrario, se le va a hacer el regalo de su fotografía. El sujeto

hace un mal signo, las miradas nos echan brasas, y los labios torcidos

no dejan pasar de seguro, sordamente, bendiciones para los que vamos

a perturbarle. Se sienta de pésima gana en una silla, ve a un lado y

otro, saetando con las pupilas, ya a derecha, ya a izquierda; parece

que luchase porque no se le coja el pensamiento con la mirada; y

dirigiéndose al comandante: «¿Para qué me están retratando ahora? Allá

en Buenos Aires hicieron lo mismo. ¡De seguro para vender el retrato y

sacar dinero!» Un momento se ha quedado en tranquilidad, fijo en una

pasajera elegante que curiosea, y entonces la placa hace la figura, el

gesto suspenso bajo el gorro de lana. Él se va a un punto aislado, saca

su pipa, la llena, la enciende y echa una bocanada de humo sobre las

olas.

21 de diciembre.

Estamos a la vista de Las Palmas. Tierra española.

[Ilustración]

EN BARCELONA

[Ilustración]

1.º de enero de 1899.

AL amanecer de un día huraño y frío, luchando el alba y la bruma,

el vapor anclaba en Barcelona. A la izquierda se alzaba recortada

la altura de Montjuich; en frente, en un fondo de oro matinal, el

Tibidabo; y cerca, sobre su columna, Colón, la diestra hacia el mar.

Como todavía no llegase el visitador y médico oficiales, se iban

aglomerando alrededor del _steamer_ las embarcaciones de fruteros y

agentes de hotel, y entre nuestros pasajeros de tercera y la gente

hormigueante de los botes, se iniciaron diálogos vivos. De ellos así

uno que gran cosa significa. Lástima es que no pueda darlo en catalán

como lo oí, pues ganaría en hierro. De todos modos, la cosa es dura.

--¿Cómo te va, _noy_?

--Bien, como que vengo de América. ¿Qué de nuevo?

--¿Qué de nuevo? Lo mismo de siempre: miseria. Ayer llegaron

repatriados. Los soldados parecen muertos. Castelar se está muriendo.

--¡Mira qué hermosa la estatua de Colón, al amanecer!

--¡... en Deu! Más valiera le hubiesen sacado los ojos a ese tal.

La palabra fué peor.

Ya en la claridad del día, las conversaciones se animan. Se mira una

roja barretina; se pescan compras desde a bordo; al extremo de una

vara van las naranjas y las manzanas; y en el día completo, con el pie

derecho, piso el continente y la tierra de España.

Una hora después estoy en el hervor de la Rambla. Es esta ancha calle,

como sabréis, de un pintoresco curioso y digno de nota, baraja social,

revelador termómetro de una especial existencia ciudadana. En la larga

vía van y vienen, rozándose, el sombrero de copa y la gorra obrera,

el _smoking_ y la blusa, la señorita y la menegilda. Entre el cauce

de árboles donde chilla y charla un millón de gorriones, va el río

humano, en un incontenido movimiento. A los lados están los puestos de

flores variadas, de uvas, de naranjas, de dátiles frescos de África, de

pájaros. Y florecida de caras frescas y lindas, la muchedumbre olea. Si

vuestro espíritu se aguza, he ahí que se transparenta el alma urbana.

Allí, al pasar, notáis algo nuevo, extraño, que se impone. Es un

fermento que se denuncia inmediato y dominante. Fuera de la energía del

alma catalana, fuera de ese tradicional orgullo duro de este país de

conquistadores y menestrales, fuera de lo permanente, de lo histórico,

triunfa un viento moderno que trae algo del porvenir; es la Social que

está en el ambiente; es la imposición del fenómeno futuro que se deja

ver; es el secreto a voces de la blusa y de la gorra, que todos saben,

que todos sienten, que todos comprenden, y que en ninguna parte como

aquí resalta de manera tan palpable en magnífico alto relieve. Que

la ciudad condal, que estos hombres fuertes de antiguo, que tuvieron

poetas en el Roussillón y duques de Atenas, que anduvieron en cosas de

conquistas y guerras por las sendas del globo, y extendieron siempre su

soberbia como una bandera; que esta tierra de trabajadores, de honradez

artesana y de vanidad heroica, esté siempre de pie manifestando su

musculatura y su empuje, no es extraño; y que el desnivel causante de

la sorda amenaza que hoy va por el corazón de la tierra formando el

terremoto de mañana, haya aquí provocado más que en parte alguna la

actitud de las clases laboriosas que comprenden la aproximación de un

universal cambio, no es sino hecho que se impone por su ley lógica;

pero la ilustración del asunto vale por un libro de comentarios, y esa

ilustración os la haré contándoos algo que vi al llegar en el café

Colón. Es éste un lujoso y extenso establecimiento, a la manera de

nuestra confitería del Águila, pero triplicado en extensión; la sala

inmensa está cuajada de mesitas en donde se sirven diluvios de café;

es un punto de reunión diaria y constante; pues en España, aun estando

en Cataluña, la vida de café es notoria y llamativa; y en cada café

andáis como entre un ópalo, pues estas gentes fuman como usinas, y

el extranjero siente al entrar en los recintos la irritación de los

ojos entre tanta humana fábrica de nicotina. ¿Quién sabe la influencia

que los alcaloides del café y del tabaco han tenido en estas razas

nerviosas, que por otra parte calientan luminosas y enérgicas llamas y

brasas de sol y de vino?

Pues bien, estaba en el café Colón, y cerca de mí, en una de las

mesitas, dos caballeros, probablemente hombres de negocios o

industriales, elegantemente vestidos, conversaban con gran interés y

atención, cuando llegó un trabajador con su traje típico y ese aire

de grandeza que marca en los obreros de aquí un sello inconfundible;

miró a un lado y otro, y como no hubiese mesas desocupadas cerca de

allí, tomó una silla, se sentó a la misma mesa en que conversaban los

caballeros y pidió como lo hubiera hecho el mismo Wifredo _el Velloso_,

su taza. Le fué servida, tomóla; pagó y fuése como había entrado, sin

que los dos señores suspendiesen su conversación, ni se asombrasen de

lo que en cualquiera otra parte sería acción osada e impertinente.

Por la Rambla va ese mismo obrero, y su paso y su gesto implican una

posesión inaudita del más estupendo de los orgullos; el orgullo de una

democracia llevada hasta el olvido de toda superioridad, a punto de que

se diría que todos estos hombres de las fábricas tienen una corona de

conde en el cerebro.

Como voy de paso apenas tengo tiempo de ir tomando mis apuntes. Observo

que en todos aquí da la nota imperante, además de esa señaladísima

demostración de independencia social, la de un regionalismo que no

discute, una elevación y engrandecimiento del espíritu catalán sobre

la nación entera, un deseo de que se consideren esas fuerzas y esas

luces, aisladas del acervo común, solas en el grupo del reino, única y

exclusivamente en Cataluña, de Cataluña y para Cataluña. No se queda

tan solamente el ímpetu en la propaganda regional, se va más allá de

un deseo contemporizador de autonomía, se llega hasta el más claro y

convencido separatismo. Allí sospechamos algo de esto; pero aquí ello

se toca, y nos hiere los ojos con su evidencia. Dan gran copia de

razones y argumentos, desde que uno toca el tema, y no andan del todo

alejados de la razón y de la justicia. He comparado, durante el corto

tiempo que me ha tocado permanecer en Barcelona, juicios distintos

y diversas maneras de pensar que van todos a un mismo fin en sus

diferentes modos de exposición. He recibido la visita de un catedrático

de la Universidad, persona eminente y de sabiduría y consejo; he

hablado con ricos industriales, con artistas y con obreros. Pues os

digo que en todos está el mismo convencimiento, que tratan de sí mismos

como en casa y hogar aparte, que en el cuerpo de España constituyen una

individualidad que pugna por desasirse del organismo a que pertenecen,

por creerse sangre y elemento distinto en ese organismo, y quien con

palabras doctas, quien con el idioma convincente de los números, quien

violento y con una argumentación de dinamita, se encuentran en el punto

en que se va a la proclamación de la unidad, independencia y soberanía

de Cataluña, no ya en España sino fuera de España. Y como yo quisiese

oponer uno que otro pensamiento al alud, en la conversación con uno

de ellos, habló sencillo, en parábola y en verdad, con una elocuencia

práctica irresistible: «Vea usted, somos como una familia. España es

la gran familia compuesta de muchos miembros; éstos consumen, éstos

son bocas que comen y estómagos que digieren. Y esta gran familia está

sostenida por dos hermanos que trabajan. Estos dos hermanos son el

catalán y el vasco. Por esto es que protestamos solamente nosotros;

porque estamos cansados de ser los mantenedores de la vasta familia.

Dos ciudades hay que tienen los brazos en movimiento para que coman los

otros hermanos: Barcelona y Bilbao. Por eso en Barcelona y en Bilbao

es donde usted notará mayor excitación por el ideal separatista; y

catalanistas y bizkaitarras tienen razón. Debería comprender esto,

debería haber comprendido hace mucho tiempo la agitación justa de

nuestras blusas, la capa holgazana de Madrid».

Y riente, alegre, bulliciosa, moderna, quizá un tanto afrancesada y

por lo tanto graciosa, llena de elegancia, Barcelona sostiene lo que

dice, y dice que habría hecho mucho más de lo que hoy nos asombra y

nos encanta, si se lo hubiese permitido la tutela gubernativa, pues no

puede abrir una plaza si no va la licencia de la Corte, y de la Corte

van los ingenieros y los arquitectos y los empleados a agriar más

la levadura; y así, a pasos, a pasos cortos, han adelantado, se han

puesto los catalanes a la cabeza. ¿Qué habría hecho Cataluña autónoma,

esta gran Cataluña a cuya faz maravillosa he creído contemplar bajo

el azul, ya a la orilla de su bravo mar, ya en momentos crepusculares

y apacibles, sobre los juegos de agua de su paseo favorito, en donde

un simulacro divino rige armoniosamente una cuadriga de oro? Sano

y robusto es este pueblo desde los siglos antiguos. Sus hijos son

naturales y simples, llenos de la vivaz sangre que les da su tierra

fecunda; sus mujeres, de firmes pechos opulentos, de ojos magníficos,

de ricas cabelleras, de flancos potentes; el paisaje campestre, la

costa, la luz, todo es de una excelencia homérica. Hay niños, hay

hembras, hay campesinos, que se dirían destinados a uno de esos

cuadros de Puvis de Chavannes en que florecen la vida y la gracia

primitiva del mundo. Los talleres se pueblan, bullen; abejean en

ellos las generaciones. Por las calles van la salud y la gallardía;

y la fama de grandes pies que tienen las catalanas, no tengo tiempo

de certificarla, pues la euritmia del edificio me aleja del examen de

su base. La ciudad se agita. Por todos lugares la palpitación de un

pulso, el signo de una animación. Las fábricas a las horas del reposo,

vacían sus obreros y obreras. El obrero sabe leer, discute; habla de

la R. S., o sea, si gustáis, Revolución Social; otro mira más rojo, y

parte derecho a la anarquía. No muestran temor ni empacho en cantar

canciones anárquicas en sus reuniones, y sus oradores no tienen que

envidiar nada a sus congéneres de París o de Italia. Ya recordaréis

que se ha llegado aquí a la acción, y memorias sonoras y sangrientas

hay de terribles atentados. Y eso que, en la fortaleza de Montjuich,

parece que la inquisición renovó en los interrogatorios, no hace mucho

tiempo, los procedimientos torquemadescos de los viejos procesos

religiosos. Así al menos lo demostró en la _Revue Blanche_ y luego

en un libro que tuvo un momento de resonancia, el escritor Tarrida

del Mármol. La propaganda continúa, subterránea o a la luz del día,

con todo y tener ojos avizores la justicia. Hace poco, en una fiesta

industrial, en momentos en que llegaban amargas noticias de la guerra,

ciertos trabajadores arrancaron de su asta una bandera de España y

la sustituyeron por una bandera roja. Mientras esto pasa en la capa

inferior, arriba y en la zona media, cada cual por su lado, se mueven

los autonomistas, los francesistas y los separatistas. Los unos quieren

que Cataluña recobre sus antiguos derechos y fueros, que no le fueron

quitados sino al comenzar este siglo; los otros pretenden la anexión a

Francia, yo no sé por qué, pues la centralización absoluta de allá les

pondría, a lo mejor, en el mismo caso que el Poitou o la Provenza, y

las reales relaciones y simpatías con el vecino francés no pasan de

vagas y platónicas manifestaciones de felibres; una cigarra canta de

este lado, otra contesta del otro: no creo que entre Mistral y Mossen

Jacinto Verdaguer vayan a lograr mejor cosa. Los otros sueñan con

una separación completa, con la constitución del Estado de Cataluña

libre y solo. Claro es que, además de estas divisiones, existen los

catalanes nacionales, o partidarios del régimen actual, de Cataluña en

España; pero éstos son, naturalmente, los pocos, los favorecidos por

el Gobierno, o los que con la organización de hoy logran ventajas o

ganancias que de otra manera no existirían.

Entretanto, trabajan. Ellos han erizado su tierra de chimeneas, han

puesto por todas partes los corazones de las fábricas. Tienen buena

mente y lengua, poetas y artistas de primer orden; pero están ricamente

provistos de ingenieros e industriales.

No bien acabaron de pelear, al principio de la centuria, se pusieron

a la obra productiva. En la labor estaban, y el clarín de don Carlos

les perturbó de nuevo. Desde el año 1842 volvieron a la tarea, no sin

bregar con la prohibición de Inglaterra que a la sazón impedía se

exportasen sus máquinas; se logró que se revocase dicha prohibición y

el dinero catalán cuajó sus fábricas de máquinas inglesas. He de volver

a Cataluña, donde no he estado sino rápidamente, y he de estudiar esa

existencia fabril que se desarrolla prodigiosa en focos como Reus,

Mataró, Villanueva, y entre otros tantos, Sitges, donde tiene su morada

el singular y grande artista que se llama Santiago Rusiñol.

El nombre de Rusiñol me conduce de modo necesario a hablaros del

movimiento intelectual que ha seguido, paralelamente, al movimiento

político y social. Esa evolución que se ha manifestado en el mundo

en estos últimos años y que constituye lo que se dice propiamente

el pensamiento «moderno» o nuevo, ha tenido aquí su aparición y su

triunfo, más que en ningún otro punto de la Península, más que en

Madrid mismo; y aunque se tache a los promotores de ese movimiento

de industrialistas, catalanistas, o egoístas, es el caso que ellos,

permaneciendo catalanes, son universales. La influencia de ese grupo se

nota en Barcelona no solamente en los espíritus escogidos, sino también

en las aplicaciones industriales, que van al pueblo, que enseñan

objetivamente a la muchedumbre; las calles se ven en una primavera

de carteles o _affiches_ que alegran los ojos en su fiesta de líneas

y colores; las revistas ilustradas pululan, hechas a maravilla: las

impresiones igualan a las mejores de Alemania, Francia, Inglaterra o

Estados Unidos, tanto en el libro común y barato como en la tipografía

de arte y costo.

Cuando vuelva a Barcelona he de ver a Rusiñol en su retiro de Sitges,

una especie de santuario de arte en donde vive ese gentilhombre

intelectual digno de ser notado en el mundo. Entretanto, sabed que

Rusiñol es un altísimo espíritu, pintor, escritor, escultor, cuya

vida ideológica es de lo más interesante y hermoso, y cuya existencia

personal es en extremo simpática y digna de estudio. Su leonardismo

rodea de una aureola gratamente visible, su nombre y su obra. Es rico,

fervoroso de arte, humano, profundamente humano. Es un traductor

admirable de la naturaleza, cuyos mudos discursos interpreta y comenta

en una prosa exquisita o potente, en cuentos o poemas de gracia y

fuerza en que florece un singular diamante de individualidad. En

este movimiento, como sucede en todas partes, los que se han quedado

atrás, o callan, o apenas son oídos. Balaguer es ya del pasado, con

su pesado fárrago: el padre Verdaguer apenas logra llamar la atención

con su último libro de Jesús: vive al reflejo de la _Atlántida_, al

rumor de _Canigó_. Guimerá, que trabaja al sol de hoy, va a Madrid a

hacer diplomacia literaria, y los madrileños, que son «malignos», le

dicen que conocen su juego, y que hay en el autor de _Tierra Baja_ un

regionalista de más de la marca. Bellamente, noblemente, a la cabeza

de la juventud, Rusiñol, que no escribe sino en catalán, pone en

Cataluña una corriente de arte puro, de generosos ideales, de virtud

y excelencia trascendentes. Por él se acaba de levantar al Greco una

estatua en Sitges; por él los nuevos aprenden en ejemplo vivo, que el

ser artista no está en mimar una Bohemia de cabellos largos y ropas

descuidadas y consumir _bocks_ de cerveza y litros de ajenjo en los

cafés y _cabarets_, sino en practicar la religión de la Belleza y de la

Verdad, creer, cristalizar la aspiración en la obra, dominar al mundo

profano, demostrar con la producción propia la fe en un ideal; huir

de los apoyos de la crítica oficial, tanto como de las camaraderías

inconscientes, y juntar, en fin, la chispa divina a la nobleza humana

del carácter.

Me dijeron que podía encontrar a Rusiñol en el café de los Quatre Gats.

Allá fuí. En una estrecha calle se advierte la curiosa arquitectura de

la entrada de ese rincón artístico. Pasé una verja de bien trabajado

hierro y me encontré en el famoso recinto con el no menos famoso Per

Romeu. Es éste el dueño o empresario principal del _cabaret_; alto,

delgado, de larga melena, tipo del Barrio Latino parisiense, y cuya

negra indumentaria se enflora con una prepotente corbata que trompetea

sus agudos colores, no sé hasta qué punto _pour épater le bourgeois_.

Pregunté por Rusiñol y se me dijo que estaba en su mansión de Sitges;

por Pompeyo Gener, que acababa de llegar de París, y se me dijo que

a ése no le buscase, pues solamente la casualidad podría hacer que

le encontrara. Y como era día de marionetas, se me invitó a ver el

espectáculo. Los Cuatro Gatos son algo así como un remedo del Chat Noir

de París, con Per Romeu por Salis, un Salis silencioso, un gentilhombre

_cabaretier_ que creo que es pintor de cierto fuste, pero que no se

señala por su sonoridad. Amable, él fué quien me condujo a la salita

de representación. En ella no cabrán más de cien personas; decóranla

carteles, dibujos a la pluma, sepias, impresiones, apuntes y cuadros

también completos, de los jóvenes y nuevos pintores barceloneses,

sobresaliendo entre ellos los que llevan la firma del maestro Rusiñol.

Los títeres son algo así como los que en un tiempo atrajeron la

curiosidad de París con misterios de Bouchor, piececitas de Richepin

y de otros. Para semejantes actores de madera compuso Maeterlinck sus

más hermosos dramas de profundidad y de ensueño. Allí en los Cuatro

Gatos no están mal manejados. Llegué cuando la representación estaba

comenzada. En el local, casi lleno, resaltaba la nota graciosa de

varias señoritas, intelectuales según se me dijo, pero que no eran ni

Botticelli ni Aubrey Beardsley, ni el peinado ni el traje enarbolaban

lo _snob_.

Abundaban los tipos de artistas del Boul'Miche; jóvenes melenudos,

corbatas mil ochocientos treinta, y otras corbatas. Los _bocks_

circulaban, al chillar la vocecilla de los títeres. Naturalmente, los

títeres de los Quatre Gats hablan en catalán, y apenas me pude dar

cuenta de lo que se trataba en la escena. Era una pieza de argumento

local, que debe de haber sido muy graciosa, cuando la gente reía

tanto. Yo no pude entender sino que a uno de los personajes le llovían

palos, como en Molière; y que la milicia no estaba muy bien tratada.

Las decoraciones son verdaderos cuadritos; y se ve que quienes han

organizado el teatro diminuto lo han hecho con amor y cuidado. En

el local suele haber además exposiciones, audiciones musicales y

literarias y sombras chinescas. Ya veis que el alma de Rodolphe Salis

se regocijaría en este reflejo. Al salir volví a ver a Per Romeu,

quien puso en mis manos un cartelito en que se anuncia su _coin_ de

artista, en gótica tipografía de antifonario o de misal antiguo, y en

la cual se dice que «Aital estada es hostal pels desganats, es escople

de calin pels que sentin l'anyorança de la llar, es museu pels que

busquin lleminadures per l'ánima; es taverna y emparrat, pels que aimen

l'ombra deis pampols, y de l'essencia espremuda del rahim; es gótica

cerveceria, pels enamorats del Nort, y pati d'Andalucía, pels aimadors

del Mig-die; es casa de curació, pels malalts del nostre segle, y cau

d'amistat y harmonia pels que entrin a roplugar-se sota ls portics

de la casa. No tindrán penediment d'haver vingut y si recança si no

venen». Ese _cabaret_ es una de las muestras del estado intelectual

de la capital catalana, y el observador tiene mucho en donde echar la

sonda. Desde luego sé ya que en Madrid me encontraré en otra atmósfera,

que si aquí existe un afrancesamiento que detona, ello ha entrado por

una ventana abierta a la luz universal, lo cual, sin duda alguna, vale

más que encerrarse entre cuatro muros y vivir del olor de cosas viejas.

Un Rusiñol es floración que significa el triunfo de la vida moderna y

la promesa del futuro en un país en donde sociológica y mentalmente se

ejerce y cultiva ese don que da siempre la victoria: la fuerza.

Ocasión habrá de hablaros de la obra de Rusiñol y los artistas que le

siguen, cuando torne a Barcelona a sentir mejor y más largamente las

palpitaciones de ese pueblo robusto.

He llegado a Madrid y próximamente tendréis mis impresiones de la Corte.

[Ilustración]

MADRID

[Ilustración]

4 de enero.

CON el año entré en Madrid; después de algunos de ausencia vuelvo a ver

el «castillo famoso». Poco es el cambio, al primer vistazo; y lo único

que no ha dejado de sorprenderme al pasar por la típica Puerta del Sol,

es ver cortar el río de capas, el oleaje de características figuras,

en el ombligo de la villa y corte, un tranvía eléctrico. Al llegar

advertí el mismo ambiente ciudadano de siempre; Madrid es invariable

en su espíritu, hoy como ayer, y aquellas caricaturas verbales con que

don Francisco de Quevedo significaba a las gentes madrileñas, serían,

con corta diferencia, aplicables en esta sazón. Desde luego el buen

humor tradicional de nuestros abuelos se denuncia inamovible por todas

partes. El país da la bienvenida. Estamos en lo pleno del invierno y el

sol halaga benévolo en un azul de lujo. En la Corte anda esparcida una

de los milagros; los mendigos, desde que salto del tren me asaltan bajo

cien aspectos; resuena de nuevo en mis oídos la palabra «señorito»;

don César de Bazán me mide de una ojeada desde la esquina cercana; el

cochero me dice: «¡pues, hombre!...» dos pesetas, y mi baúl pasa sin

registro: con el pañuelo que le cubre la cabeza, atadas las puntas

bajo la barba, ceñido el mantón de lana, a garboso paso, va la mujer

popular, la sucesora de Paca _la Salada_, de Geroma _la Castañera_,

de María _la Ribeteadora_, de Pepa _la Naranjera_, de todas aquellas

desaparecidas manolas que alcanzaron a ser dibujadas a través de los

finos espejuelos del _Curioso Parlante_; una carreta tirada por bueyes

como en tiempo de Wamba, va entre los carruajes elegantes por una calle

céntrica; los carteles anuncian, con letras vistosas _La Chavala_ y _El

Baile de Luis Alonso_; los cafés llenos de humo rebosan de desocupados,

entre hermosos tipos de hombres y mujeres, las getas de Cilla, los

monigotes de Xaudaró se presentan a cada instante; Sagasta Olímpico

está enfermo, Castelar está enfermo; España ya sabéis en qué estado de

salud se encuentra; y todo el mundo, con el mundo al hombro o en el

bolsillo, se divierte: ¡Viva mi España!

Acaba de suceder el más espantoso de los desastres; pocos días han

pasado desde que en París se firmó el tratado humillante en que la

mandíbula del yanqui quedó por el momento satisfecha después del bocado

estupendo: pues aquí podría decirse que la caída no tuviera resonancia.

Usada como una vieja «perra chica» está la frase de Shakespeare sobre

el olor de Dinamarca, si no, que sería el momento de gastarla. Hay en

la atmósfera una exhalación de organismo descompuesto. He buscado en el

horizonte español las cimas que dejara no hace mucho tiempo, en todas

las manifestaciones del alma nacional: Cánovas muerto; Ruiz Zorrilla

muerto; Castelar desilusionado y enfermo; Valera ciego; Campoamor

mudo; Menéndez Pelayo... No está por cierto España para literaturas,

amputada, doliente, vencida; pero los políticos del día parece que para

nada se diesen cuenta del menoscabo sufrido, y agotan sus energías

en chicanas interiores, en batallas de grupos aislados, en asuntos

parciales de partidos, sin preocuparse de la suerte común, sin buscar

el remedio al daño general, a las heridas en carne de la nación. No

se sabe lo que puede venir. La hermana Ana no divisa nada desde la

torre. Mas en medio de estos nublados se oye un rumor extraño y vago

que algo anuncia. Ni se cree que florezcan las boinas de don Carlos, y

los republicanos que fueran esperanza de muchos, en escisiones dentro

de su organización misma, casi no alientan. Entretanto van llegando a

los puertos de la Patria los infelices soldados de Cuba y Filipinas.

Quienes a morir como uno que--parece caso escrito en la Biblia--fué

a su pueblo natal ya moribundo, y como era de noche sus padres no le

abrieron su casa por no reconocerle la voz, y al día siguiente le

encontraron junto al quicio, muerto; otros no alcanzan la tierra y

son echados al mar, y los que llegan, andan a semejanza de sombras;

parecen, por cara y cuerpo, cadáveres. Y el madroño está florido y a su

sombra se ríe y se bebe y se canta, y el oso danza sus pasos cerca de

la casa de Trimalción. A Petronio no le veo. He pensado a veces en un

senado macabro de las antiguas testas coronadas, como en el poema de

Núñez de Arce, bajo la techumbre del monasterio

Que alzó Felipe Segundo

Para admiración del mundo

Y ostentación de su imperio.

¿Cómo hablarían ante el espectáculo de las amarguras actuales los

grandes reyes de antaño, cómo el soberbio Emperador, cómo los Felipes,

cómo los Carlos y los Alfonsos? Así cual ellos el imperio hecho polvo,

las fuerzas agotadas, el esplendor opaco; la corona que sostuvieron

tantas macizas cabezas, así fuesen las sacudidas por terribles

neurosis, quizá próxima a caer de la frente de un niño débil, de

infancia entristecida y apocada; y la buena austriaca, la pobre madre

real en su hermoso oficio de sustentar al reyecito contra los amagos de

la suerte, contra la enfermedad, contra las oscuridades de lo porvenir;

y que está pálida, delgada, y en su majestad gentilicia el orgullo

porfirogénito tiene como una vaga y melancólica aureola de resignación.

El mal vino de arriba. No dejaron semillas los árboles robustos del

gran cardenal, del fuerte duque, de los viejos caballeros férreos

que hicieron mantenerse firme en las sienes de España la diadema de

ciudades. Los estadistas de hoy, los directores de la vida del reino,

pierden las conquistas pasadas, dejan arrebatarse los territorios por

miles de kilómetros y los súbditos por millones. Ellos son los que han

encanijado al León simbólico de antes; ellos los que han influído en

el estado de indigencia moral en que el espíritu público se encuentra;

los que han preparado, por desidia o malicia, el terreno falso de los

negocios coloniales, por lo cual no podía venir en el momento de la

rapiña anglo-sajona, sino la más inequívoca y formidable _débâcle_.

Unos a otros se echan la culpa, mas ella es de todos. Ahora es el

tiempo de buscar soluciones, de ver cómo se pone al país siquiera

en una progresiva convalecencia; pero todo hasta hoy no pasa de la

palabrería sonora propia de la raza, y cada cual profetiza, discurre

y arregla el país a su manera. En palacio, ya que no Cisneros o

Richelieu, falta siquiera el Dubois que prepare para Alfonso XIII lo

que el francés para Luis XV, niño y débil: la política interior en

caso de vida, la política exterior en caso de muerte. Cánovas no fué

purpurado, en la Monarquía de S. M. Católica, pero quizás era el único,

a pesar de sus defectos, que tuviese buena vista en sus ojos miopes,

buena palabra de salvación o de guía en su lengua andaluza; mas de los

horrores inquisitoriales de Montjuich salió el rayo rojo para él.

Entre las cabezas dirigentes hay quienes reconocen y proclaman en

alta voz que la causa principal de tanta decadencia y de tanta ruina

estriba en el atraso general del pueblo español; reconocen que no se

ha hecho nada por salir de la secular muralla que ha deformado el

cuerpo nacional como el cántaro chino el de un enano; y si se ha dejado

enmohecer la literatura, si ha habido estancamiento y retroceso en

el profesorado, a punto de que de las célebres Universidades lo que

brilla como una joya antigua es el nombre; fuera de pocas excepciones

para el juicio público, el oráculo de la ciencia se encierra en urnas

como el comodín periodístico del señor Echegaray, el teatro que llaman

chico atrae a las gentes con la representación de la vida chulesca

y desastrada de los barrios bajos, mientras en el clásico Español,

en las noches en que he asistido, María Guerrero representaba ante

concurrencia escasísima, y eso que el paseo por Europa y sobre todo

el beso de París, le han puesto un brillo nuevo en sus laureles de

oro; la nobleza... La otra noche, en un café-concert que se ha abierto

recientemente y con un éxito que no se sospechaba, me han señalado en

un palco a gastados y encanecidos grandes de España que se entretenían

con la Rosario Guerrero, esa bailarina linda que ha regocijado a

París después de la bella Otero; soy frecuentador de nuestro Casino

de Buenos Aires y no me precio de pacato; pero el espectáculo de

esos alegres marqueses de Windsor, aficionados tan vistosamente a

suripantas y señoritas locas de su cuerpo, me pareció propio para

evocar un parlamento de Ruy Gómez de Silva, delante de los retratos,

en bravos alejandrinos de Hugo, o una incisión gráfica de Forain con

sus incomparables pimientas de filosofía. En lo intelectual, he dicho

ya que las figuras que antes se imponían están decaídas, o a punto

de desaparecer; y en la generación que se levanta, fuera de un soplo

que se siente venir de fuera y que entra por la ventana que se han

atrevido a abrir en el castillo feudal unos pocos valerosos, no hay

sino la literatura de mesa de café, la mordida al compañero, el anhelo

de la peseta del teatro por horas, o de la colaboración en tales

o cuales hojas que pagan regularmente; una producción enclenque y

falsa, desconocimiento del progreso mental del mundo, iconoclasticismo

infundado o ingenuidad increíble, subsistente fe en viejos y deshechos

fetiches. Gracias a que escritores señaladísimos hacen lo que pueden

para transfundir una sangre nueva, exponiéndose al fracaso, gracias

a eso puede tenerse alguna esperanza en un próximo cambio favorable.

Mal o bien, por obra de nuestro cosmopolitismo, y, digámoslo, por la

audacia de los que hemos perseverado, se ha logrado en el pensamiento

de América una transformación que ha producido, entre mucha broza,

verdaderos oros finos, y la senda está abierta; aquí hasta ahora se

empieza, y se empieza bien: no faltan almas sinceras, bocas osadas

que digan la verdad, que demuestren lo pálida que está en las venas

patrióticas la sangre en que se juntaran, como diría Barbey, la azul

del godo con la negra del moro; quienes llevan al teatro de las

gastadas declamaciones el cuadro real demostrativo de la decadencia;

quienes quieren abrir los ojos al pueblo para enseñarle que la Tizona

de Rodrigo de Vivar no corta ya más que el vacío y que dentro de las

viejas armaduras no cabe hoy más que el aire.

Ahora uno que otro habla de regenerar el país por la agricultura, de

mejorar las industrias, de buscar mercados a los vinos con motivo

del tratado último franco-italiano, y hay quienes se acuerdan de que

existimos unos cuantos millones de hombres de lengua castellana y de

raza española en ese continente. Por cierto, la industria pecuaria,

dicen, debe ser protegida. ¿Y la agricultura? Ya en la Instrucción

de 30 de noviembre de 1883 se señalaban causas locales del atraso

agrícola de España, como la intervención de la Autoridad municipal

en señalar la época de las vendimias, o la de la recolección de los

frutos o esquilmos: la libertad de que en los rastrojos de uno pazcan

los ganados de todos: los privilegios que no admiten al consumo de una

ciudad más que los vinos que produce su término; los que no permiten

entrar una carga de comestibles en un pueblo sin que se extraiga otra

de los productos de su agricultura o de su industria, y otras mil

anomalías; poco se ha adelantado desde entonces, y lo que os dará una

idea del estado de estas campañas en lo relativo a agronomía, es que

sepáis que las máquinas modernas son casi por completo desconocidas;

que la siega se hace primitivamente con hoces, y la trilla por las

patas del ganado; ¿qué pensarán de eso en la Argentina, donde nos damos

el lujo de tener a lo yanqui un Rey del trigo? Se trata ahora de la

creación de un ministerio de Agricultura; de instruir al campesino, que

como sabéis, ha permanecido hasta ahora impermeable a toda noción; pero

ya se ha hablado, a propósito de la enseñanza agrícola, de aumentar,

Dios mío, el número de los doctores: ¡hacer doctores en agricultura!

Hay felizmente quien en oportunidad ha combatido el plan de los

_dómines agrícolas_ y señalado un proyecto en que quedarían bien

organizadas las escuelas para capataces, peritos agrícolas e ingenieros

agrónomos, estudios prácticos, de utilidad y aplicación inmediata,

sin borla ni capelo salamanquino. Las campañas están despobladas, y

podrían, si hubiese hombres de empresa y de buen cálculo, repoblarlas;

para hacerlo la misma República Argentina estaría llamada a ser la

proveedora de cabezas; las praderas andaluzas son excelentes para

el engorde, y nuevas fuentes de negocios estarían abiertas para las

actividades que a ello se dedicasen en la Península. Así habría que

entrar en arreglos especiales por las restricciones que existen en las

leyes. Mucho podría ser el comercio hispanoargentino, y al objeto,

según tengo entendido, no ha cesado de trabajar el señor ministro

Quesada. Aquí podrían venir las carnes argentinas, ya que no en la

común forma del tasajo, conservadas por los muchos procedimientos hoy

en uso; y la mayoría de este pueblo que tiene casi como base principal

de alimentación el bacalao, que importa de Suecia y Noruega, comería

carne sana y nutritiva. Luego sería cuestión de ver si se adaptaba

para el consumo del ejército y marina. Por lo pronto, la Sociedad

Rural de Buenos Aires podría hacer el ensayo, enviando en limitadas

cantidades la carne conservada, y por los resultados que se obtuvieran,

se procedería en lo de adelante. España enviaría sus lienzos, sus

sederías, sus demás productos que allí tendrían colocación; no habría

en ningún viaje el inconveniente del falso flete. Estas apuntaciones

pueden ser estudiadas detalladamente por aquellos a quienes corresponde

la tarea. Tales formas de relación entre España y América serán

seguramente más provechosas, duraderas y fundamentales que las mutuas

zalemas pasadas de un ibero-americanismo de miembros correspondientes

de la Academia, de ministros que _taquinan_ la musa, de poetas que

«piden» la lira.

España Contemporánea Obras Completas Vol. XIX · 第 1 / 24 段