la alta sociedad, y no cayó en la sima, hubo de tener admiradores,
amigos jóvenes y viejos que la estimasen, que la atendiesen, y con
alguno de los cuales, a pesar de todo su recato y severidad de
costumbres, pudo ella ser amable, concediendo aquellos favores de casta
predilección y de limpia y amistosa confianza que no ya la austera
virtud, pero ni la santidad prohíbe. ¿Cómo es que ninguno de esos amigos
trató primero de evitar que cayese en la sima, o procuró después sacarla
de ella sin exigirle en pago la humillación y la deshonra?
Posible es que las circunstancias se dispongan de tal suerte que un
desgraciado no halle persona a quien volver la cara; pero no se debe
suponer, sin insultar ni calumniar al linaje humano, que el desgraciado
no halle a dicha persona porque en realidad no exista en el mundo. La
desventura de Ramona llega, pues, al más raro cuando no al más increíble
de los extremos. Fuera del jorobado, nadie hay que la asista ni que mire
por ella: ni criadas ni otra gente humilde, ni personas, de la clase
media, amigas o parientes de su familia, ni damas y caballeros de la
sociedad aristocrática en que se ha criado y después ha vivido.
Extraña es también la completa y espantosa miseria hasta donde el autor
conduce a su heroína, dotándola para ello de generosidad tan magnánima,
que no puede menos de confundirse un poco con la simpleza hasta en el
pensamiento de las personas más novelescas y despreciadoras de los
intereses materiales.
A cualquiera se le ocurre, por último, la idea de que una mujer sana y
joven, de veinticinco o veintiséis años, educada con esmero, debe de
tener alguna habilidad, saber algo, disponer de algún medio, industria o
recurso para ganarse honradamente la vida. Puede ser aya, maestra o
acompañanta de señoritas ricas. Puede enseñar música, francés, inglés,
labores de manos y hasta primeras letras. Puede bordar, pintar, hacer
algo, en suma, que le valga dos o tres pesetas diarias. La mala suerte
aprieta, pero no siempre ahoga. En _La sima_ se nota demasiado el
decidido empeño del autor de precipitar en ella a su heroína arrojándola
en tamaña hondura que no le sea posible salir; que no le quede más
recurso que la muerte o la infamia. Impulsada Ramona por la tétrica
imaginación del Sr. Ortiz de Pinedo, viene a caer fatalmente en este
horrible dilema: o suicidarse, o ser la manceba del torero Severiano,
alias _el Zuncho_. Y como la infeliz Ramona carece del valor que para el
suicidio premeditado se requiere, o bien, si el valor no le falta, su
conciencia moral o religiosa le veda cometer tan horrendo crimen, Ramona
opta por el otro término del dilema, y bien se ve, al terminar la
novela, que va a incurrir en un pecado más feo, más sucio y más plebeyo,
aunque menos feroz y menos contrario que el suicidio al orden natural y
a la razón y a la voluntad divinas.
Durante la lectura de las últimas páginas de _La sima_ nos forjamos por
algunos momentos la grata ilusión de que Ramona, en medio de su
abandono, iba a hallar un noble valedor en el torero: alguien que la
protegiese sin exigirle brutalmente la paga; pero, como ya queda
indicado, esta ilusión se desvanece pronto. El torero no es mejor que
los demás seres de nuestra especie. Unicamente sobresale entre ellos por
su energía, pero esta energía no manifiesta su actividad por ningún
generoso impulso, sino movida sólo por egoístas y bestiales apetitos.
A pesar de cuanto queda dicho, a pesar de ciertas impropiedades e
inverosimilitudes en los pormenores, y a pesar de varias coincidencias
que sobrevienen demasiado a propósito para que parezcan fortuitas, como
la imprevista aparición del torero en una grave ocasión en que salva a
Ramona del trance más vergonzoso y desastrado, _La sima_ está planeada y
escrita con tal arte, que su lectura interesa, atrae y seduce, aunque en
vez de deleitar aflija, acabando por descorazonar, si no tuviésemos el
recurso de reflexionar que todo es fingido y falso, que todo es amañado,
exagerado y teratológico, y no ordinario y corriente, por fortuna.
En resolución, yo me atrevo a calificar al Sr. Ortiz de Pinedo de buen
pintor de costumbres, aunque me alegraría de que mostrase menos amarga
predilección por la pintora de las malas, y de que pusiese menos color
negro, menos sombras y más luz, y más tintas de rosa y de azul de cielo
en su paleta. Tal vez en lo futuro lo haga así, sin obstinarse en
producir extraordinarios efectos contristando más de lo justo el ánimo
de sus lectores. Muchísimo, en mi sentir, ganará con esto el Sr. Ortiz
de Pinedo.
IV
Así como todo lector cándido y crédulo podrá inferir después de leer _La
sima_ que es una abominable patulea la mayoría de los seres humanos, la
lectura de otra flamante novela que tengo sobre mi mesa, y cuyo título
es _Nieve y cieno_, puede inducir en error menos cruel, pero no menos
evidente. ¿Es verosímil, es frecuente en la vida real que haya un gran
conjunto de hombres y de mujeres apacibles, sencillos, virtuosos y
buenos a carta cabal, los cuales vivirían feliz y honradamente en un
perpetuo y almibarado idilio, si no hubiese un tirano que les impusiese
su yugo, que los tratase a puntapiés y que los dominase a su antojo,
como fiero y rústico pastor a rebaño manso e inerme.
Esta idea de la bondad de la muchedumbre y de la desventura a que la
condena un solo malvado que sobre ella impera o prevalece, es idea menos
misantrópica que la de suponer que todos, o casi todos, somos perversos;
pero es idea no menos falsa y muchísimo mas vulgarizada. Los malos
príncipes, los gobiernos estúpidos o inmorales, los jueces inicuos, la
autoridad, en suma, de cualquier grado o clase que sea, tiene, para los
que piensan de dicha suerte, la culpa de todos los males. Si una ciudad,
villa o aldea se empobrece y se arruina; si sus habitantes pierden el
bienestar, el reposo y la cultura de que en otro tiempo gozaban, culpa
es del ayuntamiento o del alcalde. Y si una nación decae, si pierde su
poder y su crédito, y si las naciones extrañas la ofenden o la
menosprecian, culpa es del monarca o de sus tontos y perversos
ministros. Lo falso que es pensar de la mencionada manera se advierte a
las claras, considerando que ni el alcalde, ni el ayuntamiento, ni el
rey, ni los ministros, ni nadie de cuantos se sobreponen y mandan
incurrirían en maldades y harían cosas estúpidas, si no los sostuviese
en su maldad y en su estupidez, colaborando con ellos, cuando no la
mayor parte, la más activa y briosa de los seres que componen la nación,
la ciudad, la villa o la aldea. En todo pecado, en todo crimen, en toda
tiranía, apenas hay nunca nada de imputable a uno solo. La sociedad
entera debe responder de las tonterías del poder cuando da el poder a
los tontos, y declararse culpada de los desmanes y delitos de ese mismo
poder que la representa y que ella crea, sostiene y aguanta.
No se entienda por esto que supongamos indispensables, ni siquiera
convenientes la desconfianza perpetua o la frecuente insurrección de los
gobernados para que éstos no se hagan, a par de víctimas, cómplices de
las torpezas, desmanes y crímenes de los que gobiernan. Lo que yo
supongo, y lo que creo casi a pies juntillas, es que el tirano, benévolo
o malévolo, monarca o tribuno, presidente de la república, alcalde de
monterilla o cacique, se cría, se nutre o respira en el medio ambiente,
cumple la voluntad de los más o de los que más valen por el número o por
la energía, y no sería lo que es si no le prestasen auxilio y apoyo para
que tal sea. Tal vez Nerón, si volviese a reinar en el día en una nación
culta de Europa, sería un rey constitucional afabilísimo, algo enamorado
y amigo de divertirse, pero muy generoso protector de las ciencias y de
las artes; tendría a su lado a algún compositor de óperas como Wagner, a
alguna excelente bailarina como Lola Montes, y a un brillante séquito de
arquitectos, escultores, pintores, poetas, literatos y sabios. Tal vez
Felipe II, si resucitase y reinase de nuevo en España, él, tan
identificado con el espíritu nacional y con el pensamiento nacional de
entonces, sería hoy no menos cominero y desconfiado y no menos engorroso
que ya lo fue; pero dejándose llevar de la corriente de los tiempos,
lejos de ser fanático, sería librepensador, aunque con disimulo, con
firmeza, y procuraría por diferentes _orientaciones_, como se dice
ahora, aquel engrandecimiento y aquella prosperidad de sus Estados que
sin duda procuró cuando reinaba por vez primera.
Traigo a cuento todo lo antedicho para fundamento de la opinión que voy
a dar sobre la ya citada novela _Nieve y cieno_. Es la nieve, si no la
población entera, la gran mayoría de los habitantes de una pintoresca y
linda villa de las Alpujarras, situada en la fértil aunque riscosa falda
del encumbrado Veleta, y designada con el seudónimo de Iberuela. Y son
el cieno el alcalde o cacique y su hijo Lucas, par de encarnados
demonios que todo lo añascan. Si no fuera por ellos, aquel lugar sería
un Paraíso. La campesina sencillez de costumbres, la inocencia alegre y
suave y el amor puro reinarían allí si no fuese porque Lucas, el hijo
del alcalde, está prendado, a modo de lascivo sátiro, de la gentil
Esperanza, dechado de todas las virtudes y demás buenas prendas que
pueden realzar el mérito de una muchacha. El padre de ésta es un
excelente sujeto. Y el señor cura, D. Serafín, un verdadero santo varón,
un venerable siervo de Dios, un modelo de curas. Su sobrino, Luciano, no
le va en zaga en punto a perfecciones morales. Es desinteresado,
discreto, trabajador, instruido y valiente, dando pruebas de lo último
en la guerra de Cuba, donde tuvo que ir a pelear porque le cayó la
cédula de soldado. Vuelto ya al lugar con la licencia absoluta, viene a
ser maestro de escuela, y enseña tan bien a los chicos y con tanto tino
y afecto, que los chicos y los padres de familia le bendicen y le aman.
Desde antes que Luciano fuese a militar en la Perla de las Antillas,
desde la infancia casi, o sin casi, Luciano y Esperanza eran novios;
estaban dulcemente encadenados por el florido lazo de los más castos y
delicados amores.
En la novela _Nieve y cieno_, cuyo autor es el Sr. D. José Joaquín
Domínguez, magistral, a lo que entiendo, de la santa iglesia catedral de
Guadix, todo cuanto llevo contado en cifra está primorosamente contado
por extenso, con rara y castiza elegancia de estilo, con espontánea
naturalidad y con tal viveza y con tal riqueza de colorido que acreditan
de excelente e inspirado escritor a quien lo hace, demostrando además
que pinta lo que ha visto, que lo toma del natural y que siente y ama y
refleja en su alma toda aquella hermosura, no ya sólo como en fiel
espejo, sino adornada, glorificada e iluminada asimismo por ideales
resplandores.
La historia amorosa de _Nieve y cieno_ sería tan grata y apacible,
aunque harto menos sensual y mucho más etérea, que la de Dafnis y Cloe,
si no fuese, como ya queda indicado, por el pícaro Lucas, hijo del
cacique. Éste lo echa todo a perder de la manera más imprevista, brutal
y cruenta.
Como era naturalísimo, los enamorados Luciano y Esperanza llegan al
término de sus legítimos deseos, y reciben la bendición nupcial en la
iglesia; pero, _coram pópulo_, cuando entre la multitud, y con general
regocijo, salen de la iglesia los recién casados, Lucas aparece, se
arroja sobre Luciano como un tigre sobre su presa, y le da muerte con
dos certeras y terribles puñaladas.
Lastimoso es el hecho. No carece de verosimilitud, aunque es extraño que
alguien, por empedernido, cínico y feroz criminal que sea, recurra al
asesinato con tan escaso disimulo. Por más que se cumpla la frase o
sentencia proverbial que afirma que nada es muy peligroso ni muy difícil
de realizar cuando se tiene el padre alcalde, más extraño es aún que el
asesinato de Luciano quede impune, y hasta que sea aplaudido por la
autoridad superior, lo cual se indica y se presume por el final de la
novela. El padre de Lucas, el alcalde o cacique, Antolín Carrejo, va a
la capital y trata de probar, y prueba, que Luciano era un tremendo
conspirador, algo a modo de un Lucio Sergio Catilina, y que había sido
muerto para que la república, la paz y el orden se salvasen. A ciencia y
paciencia del honrado vecindario de Iberuela, tan amante de Luciano y
tan ligado a él por la admiración y la gratitud, ¿cómo pudo forjarse sin
contradicción ni protesta tan inicua maraña? ¿Cómo pudo quedar sin
correctivo y pena tan negro crimen? ¿Cómo eran tan tímidos o tan
incapaces los habitantes de Iberuela, que tamaño horror consintiesen y
sufriesen? Y, en todo caso, sin negar la posibilidad, porque apenas hay
nada que no sea posible, ¿es lícito inferir de un hecho singular y
anormal una general proposición afirmativa? ¿El caciquismo es siempre
causa de infortunios y de inmoralidades? En el día de hoy, el más
bullidor, el más sabio o el más rico de cada lugar, donde suele disponer
y mandar cuanto se dispone y se manda, se designa chistosamente con el
apodo de cacique, lo cual no deja de ser ofensivo para sus
conciudadanos, quienes de un modo implícito quedan calificados de indios
bravos o semisalvajes. ¿Pero cuándo no hubo o cuándo dejará de haber
caciques, aunque con otro nombre o apodo los designemos? Desde antes
que Cadmo aportase a Grecia, y desde antes que Saturno reinase en
Italia, en Grecia y en Italia hubo caciques. Y lo que es en España los
hubo muy viciosos desde los tiempos antiquísimos de los Geriones, de
quienes en balde nos libertaron Osiris y el Hércules egipcio, ya que
después dominó este desventurado país casi sin interrupción una larga
serie de no menos feroces tiranos. Véase, pues, cómo el caciquismo es
achaque antiguo por donde quiera, y muy singularmente en España, y cómo
semejante plaga no puede ni debe considerarse como deplorable novedad
introducida e implantada entre nosotros por constitución o régimen
político de última moda.
Sea de todo ello lo que debe ser, y prescindiendo de la tesis, si en
_Nieve y cieno_ es lícito traslucir que la hay, bien puede asegurarse
que dicha novela es de muy grata y apacible lectura hasta que ocurre la
tragedia con que termina. Y bien puede asegurarse que el señor D. José
Joaquín Domínguez escribe con muy castiza elegancia y delicado gusto, y
deja conocer, sin afectación y sin importunos alardes, que ha estudiado
bien a nuestros clásicos y a los de la docta antigüedad griega y romana,
sin copiar servilmente nada de ellos, sino poniendo en su estilo sabor y
aroma, como el que presta al vino nuevo la solera de vino rancio y
generoso que el antiguo vaso contiene.
Quisiera yo dar aquí noticia de otros cuentos y novelas recientemente
publicados. La cosecha, como ya indiqué, es abundantísima en el siglo
presente y también lo fue en el pasado. Me arredra, pues, fatigar a mis
lectores. Y sin perjuicio de emprender de nuevo la tarea de crítico en
otra ocasión en que me sienta yo menos cansado, me limitaré ahora a
citar por sus títulos a _Tomás I_, por D. José Jesús García, impreso en
Almería; a _Gondar y Fortaleza_, por el marqués de Figueroa; a _Suelo_,
por D. Sebastián Gomila, edición de Barcelona; _A la sombra de la
mezquita_, cuentos cordobeses, por D. Julio Pellicer; _La mujer de
Ojeda_ (Alicante, 1901), por D. Gabriel Miró; _Naderías_, cuentos y
artículos, por don Alfonso Jara, y _Del bulto a la Coracha_, por el ya
muy estimado y celebrado malagueño don Arturo Reyes.
Hoy, por último, sólo daré cuenta de una novela de un escritor
sevillano, conocido ya por erudito y también por elegantísimo e
ingenioso poeta. Como novelista, no sé yo que D. Luis Montoto, el
escritor a quien aludo, haya publicado nada antes de escribir y de
publicar la novela que lleva por título _Los cuatro ochavos_. Como poeta
lírico le conocía yo y le estimaba en mucho desde hace tiempo. En el
movimiento intelectual y en la actividad literaria de que es centro
Sevilla, figura entre los más ilustres literatos. Con su novela _Los
cuatro ochavos_ viene ahora a colocarse, sin duda, entre los mejores y
más originales novelistas de toda España.
La historia que nos cuenta está inmediatamente tomada de la realidad.
Todo en ella, más que de ficción, tiene trazas de fiel trasunto de cosas
que se han presenciado; no de nada que se inventa, sino de sucesos y de
personas que se recuerdan. Y sin embargo, de los tales sucesos y
personas, que aparecen vulgarísimos al empezar la narración, brota y se
desenvuelve luego la encantadora poesía.
Don Antonio, el principal personaje, el dueño de _los cuatro ochavos_,
se nos muestra al principio tímido, engreído con sus riquezas, egoísta y
hasta pervertido y vicioso, no arrastrado por pasiones violentas, sino
por debilidad de carácter.
El interés de esta curiosa novela, lo que verdaderamente nos la hace
simpática, no es la transformación o el cambio, porque nada cambia ni se
transforma, sino la aparición cada vez más clara y más brillante de la
bondad, nobleza y dulzura del alma de D. Antonio, que va desechando poco
a poco sus miserias y sus vicios por debilidad contraídos, y acaba por
resplandecer en su desnudez espiritual, limpia, inmaculada y rica de
bondadosos afectos.
El valer moral del a primera vista insignificante D. Antonio va
elevándose gradualmente hasta que, en nuestro concepto, se transfigura y
aparece cercado de simpáticos resplandores.
Su generosidad, mal empleada primero, ya en mujeres livianas, ya en
sostener en la holganza y la crápula al desvergonzado parásito Pepe
Carranza, empieza a tomar atinada dirección merced al cariño, sin el
menor viso ni asomo de concupiscencia, que le inspira Soledad, fiel y
honrada ama de llaves. Se extrema después la bondad del corazón de D.
Antonio cuando recoge al niño Angelito, que providencialmente viene a
ponerse bajo su amparo, y que es hijo de Soledad y del anarquista
Isaías, que ha tenido que huir y que emigrar a Buenos Aires.
El amor paternal que siente D. Antonio por el niño que ha recogido, sin
que Soledad se haya valido de maña ni de astucia para que le recoja y le
ame, hace ya a D. Antonio digno de veneración y simpatía.
El ulterior y bien motivado examen de conciencia que hace D. Antonio
recorriendo punto por punto su vida pasada y reconociendo con pena y
arrepentimiento cuán inútil y estéril ha sido, le realza y le purifica a
nuestros ojos, le pone muy por cima de sus _cuatro ochavos_, de que
antes cándidamente se ufanaba, y le eleva también sobre las personas
miserables e interesadas que le rodean: sobre el parásito Pepe Carranza
y sobre sus destestables parientes Teodorita y Ricardo, que ansiaban
heredarle y que al fin le heredan.
Tampoco en esta novela de _Los cuatro ochavos_ triunfa la virtud en el
mundo. Teodorita y Ricardo son los que triunfan. Bien puede decirse que
son ellos los que matan a disgustos a D. Antonio.
El fin de la novela no puede ser más trágico. Si sólo se atiende a lo
material y externo de la vida humana, no puede ser más pesimista.
Soledad queda desvalida, acusada de ladrona y casi deshonrada. Su
marido, que ha vuelto de Buenos Aires y ha tomado parte en un tremendo
motín popular, muere de un balazo capitaneando las turbas. Y el bueno de
D. Antonio, sin persona amiga que cuide de él, y entre las rapaces
garras de sus infames primos, acaba lastimosamente su vida.
Pero lo singular de todo esto, lo que prueba que el estilo, las
creencias y los sentimientos del narrador y la luz del cielo con que tal
vez ilumina los casos más crueles y las mayores catástrofes pueden
trocar el mal en bien y convertir el veneno en triaca, es que Angelito y
Soledad, tan desventurados materialmente, se hacen dignos de envidia y
de gloria, y el pobre de D. Antonio, que al principio de la novela casi
nos infunde desprecio y es objeto de risa y de burla, acaba por ser
amado y venerado de los lectores.
El dejo que en el ánimo de ellos debe de quedar después de leída la
novela no es desconsolador ni depresivo, sino que está lleno de suave y
religiosa consolación y de la moralidad más verdadera y más alta. Y
cuando esto no se opone, sino que se aviene y se concierta con el
entretenimiento ameno que obras de esta clase han de traer consigo
(porque si lo moral fuese aburrido, lo moral se convertiría en inmoral,
ya que haría lo moral odioso), dichas obras merecen todo aplauso y
cumplen hábil y discretamente con el fin que ha de proponerse el
novelista, deleitando y enseñando a la vez, sin fastidiar el espíritu,
sin darnos un mal rato, sin entristecer ni oprimir los corazones.
Yo creo que la novela del Sr. Montoto realiza cumplidamente el
mencionado fin. Por eso me complazco en celebrarla, envío a su autor mi
más cordial enhorabuena, y le excito, hasta donde mi aprobación y mis
alabanzas alcancen, a que siga escribiendo narraciones con el acierto
que puede esperarse del que ya en _Los cuatro ochavos_ se advierte y
celebra.
Sobre la CUESTIÓN DE AMBIENTE
_Al Sr. D. Antonio de Hoyos_.
Mi distinguido amigo: He leído con la debida atención la novela de usted
que tiene por título _Cuestión de ambiente_, y voy a decirle con
franqueza el parecer que sobre ella me pide. Dicha obra demuestra, a mi
ver, que su autor posee imaginación muy viva, natural sencillez y
facilidad de estilo, nada vulgar aptitud para la observación, y arte y
buen tino para ordenar después, expresar y narrar lo observado.
Todas estas prendas lucirían, sin embargo, mucho más en usted y darían
más sazonado fruto, si la lectura de ciertos libros extranjeros que
están de moda, como los de Bourget, Marcelo Prévot y D'Annuncio no
pesasen sobre la condición propia del ingenio de usted, llevándole por
caminos muy otros de los que espontáneamente hubiera seguido.
También perjudican a usted no poco la prontitud y la precocidad, apenas
cumplidos los veinte años, con que se ha puesto a escribir y con que
escribe, sin conceder a la reflexión y a la crítica tiempo bastante para
discernir los conceptos y valerse sólo en sus planes de los más
pertinentes y de los más en armonía, esquivando, sobre todo, multitud de
cuestiones que valiéndome de vocablo harto familiar, me atreveré a
calificar de peliagudas.
Menester es, si tales cuestiones han de tocarse sin escandalizar a las
gentes, que por larga experiencia y profundo estudio sepa tocarlas el
escritor con destreza y suavidad, como el cirujano y el dentista que
manejan bien el escalpelo y el gatillo para rebanarnos un pedazo de
carne o para sacarnos una muela sin inútil dolor y sin grave daño.
En el fervor juvenil de la inspiración usted hace lo contrario. Lejos de
esquivar dificultades, se diría que las amontona, colocándolas como
estorbo a su paso para saltar por cima como quiera que sea y
derribándolo todo.
De aquí, sin duda, las acusaciones que he oído lanzar contra la obra de
usted, y que yo considero esencialmente injustas, aunque algo fundadas
en varios irreflexivos atrevimientos.
La novela de usted no es sólo cuestión de ambiente, sino también
cuestión de todo lo cuestionable. Bien puede afirmarse que es usted un
escritor muy sugestivo de cuestiones. A cada paso que da Ignacio, el
protagonista de la novela, salta una o más cuestiones, como saltan las
ranas cuando alguien va andando por la húmeda orilla cubierta de larga
hierba de un estanque o de una laguna. Así como las ranas, espantadas,
se zambullen en el agua, así las cuestiones que usted suscita se quedan
por resolver y se pierden en la corriente de los sucesos que usted va
contando.
Yo me inclino a creer que las bodas más se hacen por conveniencia y
cálculo que por previos y poéticos amores. No quiero decir que así debe
ser, sino que así es. Acaso de cada cincuenta, acaso de ciento o más
parejas que se casan, una sola se enamoró primero. Nótese, en prueba de
la verdad de este aserto, que apenas hay historia, verídica o fabulosa,
de dos muy finos amantes cuyo término venga a ser el matrimonio. Ni Hero
y Leandro, ni Píramo y Tisbe, ni Lanzarote y Ginebra, ni Tristán e Iseo,
ni Paolo y Franchesca, ni Abelardo y Eloísa, ni Diego Marsilla e Isabel
de Segura, ni Julieta y Romeo, ni Calixto y Melibea, ni Dante y Beatriz,
ni Petrarca y Laura estuvieron nunca casados.
Convengamos en que si algo parecido a poéticos amores hubiera de
preceder a todo legítimo consorcio, el género humano se compondría casi
de solteros, y habría poco hogar doméstico estable y como Dios manda.