Y, sin embargo, aun dando lo antedicho por evidente, ¿no se hubiera

ajustado mejor al propósito de usted que Ignacio se hubiera enamorado

fervorosamente de la señorita Eulalia antes de casarse con ella? Así se

explicaría mejor lo que sin llegar a ser imposible frisa en inverosímil:

que a Ignacio le suceda algo de muy semejante a lo que sucede al tenor

Fernando en la linda ópera titulada _La Favorita_. Ignacio, no menos

inocentón, sonámbulo y distraído, aunque también no menos celoso de su

honra que el tenor a que nos referimos, se casa con Eulalia, sin llegar

a enterarse de lo que antes había pasado. Y aquí, lejos de disminuir

dificultades, usted las acrecienta y las multiplica, en mi sentir sin

necesidad. Bastaba que se supiese por toda la sociedad de Madrid el

desliz o los deslices de Eulalia con un hombre casado. ¿Para qué suponer

además que Eulalia guardaba íntimamente prendas de tal hombre? ¿No

hubiera sido más prudente, ya que el novelista puede suponer cuanto se

le antoje, o que Eulalia no hubiera llegado a tener tales prendas, o que

las hubiera soltado natural y sigilosamente antes de concertar su boda?

Pues no señor; usted se empeña en que el negocio sea más raro y más

difícil de explicar, y usted dispone que la boda se celebre a escape a

fin de que no sobrevenga el fenómeno de la aparición de una criatura

humana _perfecta_ y mucho menos que sietemesina.

En vista de cuanto va sucediendo y usted relatando, no pocas personas

acusan a usted de sobrado pesimista y de que pinta con los más negros

colores la inmoralidad y los vicios de la alta sociedad a que pertenece.

Lo que es yo disto mucho de ver en usted tan mala intención. Y no

entiendo tampoco que sea el resultado malo, aunque la intención sea

buena.

La verdad es, por más que sea muy triste verdad, que las más nobles

virtudes y las más acendradas excelencias morales, no llegan a dar clara

muestra de sí ni se manifiestan bien ni resplandecen, si los vicios, los

pecados y las maldades no dan ocasión o causa para ello. La virtud,

digámoslo así, sería como un capullo que jamás llegaría a ser flor

perfecta abriendo el cáliz, desplegando los pétalos y embalsamando el

aire con su aroma, si el vicio, sin querer, y por contradicción, no

interviniese en el asunto. ¿Hubiera habido mártires si no hubiera habido

desalmados y feroces tiranos que los pusiesen en la alternativa de

renegar de su Dios y de adorar los ídolos o de ser devorados por las

fieras, desollados o quemados vivos o sometidos a otros exquisitos y muy

crueles tormentos? Sin bárbaras e incultas naciones que someter y domar,

sin despotismos que derribar, sin injusticias que castigar y sin

perdidas libertades que volver a adquirir, la valentía y el denuedo

militar, ¿de qué suerte podrían manifestarse?

Deduzco yo de aquí que toda la picardía de la señorita Eulalia y su

doblez y sus embustes eran indispensables, para que el pundonor, la

honradez, el candor y la inocencia de Ignacio apareciesen de realce,

como punto luminoso y lleno de hermosura sobre el fondo obscuro del

cuadro.

El empeño que tiene la Duquesa en seducir a Ignacio y los medios

elegantes y alambicados de que se vale para conseguirlo, me parecen tan

bien traídos como lindamente descritos, y no deben asustar a las

personas más pudorosas. Su representación y narración por

circunstanciadas que sean y a pesar de toda la verdad y viveza con que

se pinten, no deben ser tenidas por inmorales. Las historias sagradas y

profanas están llenas de casos parecidos. Sin la mujer de Putifar jamás

hubiera resplandecido con luz propia, ni hubiera logrado gloria

imperecedera la castidad de José, hijo de Jacob. Si la princesa o reina

Briolanja no hubiese hecho tantas locuras y dado tan desaforados ataques

al corazón de Amadís, ¿cómo hubiera probado éste su fidelidad admirable

a la señora Oriana ni cómo se hubiera hecho digno de llevar a cabo la

aventura de la Insula firme, siendo espejo, norte y guía de leales

amadores?

La gente anda por ahí alborotada, censurando de muy viciosa y de sobrado

verde, permítaseme lo familiar del vocablo, la escena en que la Duquesa

trata de seducir a Ignacio. ¿Pero cómo censurar tal cosa, cuando el _Año

Cristiano_ contiene no pocas escenas bastante más crudas? San Vicente

Ferrer, pongamos por caso, fue acometido dos veces por lindísimas

señoras de él enamoradas, las cuales se llevaron chasco y se quedaron

tocando tabletas, a pesar de los esfuerzos que hicieron, y entregadas a

los mismísimos demonios, sus colaboradores y guías en esfuerzos tan

desenfrenados y lascivos. Y cuenta que las tales señoras prendadas de

San Vicente, se desataron mil veces más contra el santo que contra

Ignacio se desató la Duquesa. Baste recordar que una vez cuando San

Vicente volvió a su celda, se encontró metida en su cama a la linda dama

que le pretendía.

Con no menos depravación fue perseguido San José de Calasanz fundador de

las Escuelas Pías, con la circunstancia agravante del premeditado y

pertinaz abuso de confianza que hubo en la perseguidora, hija de

confesión del venerable siervo de Dios que acudía a consultarle sobre

los fingidos y más sutiles escrúpulos de su conciencia.

Y Santo Tomás de Aquino, el Angel de la Escuela, tuvo que pelear contra

el profano amor no menos bravas y espantosas batallas.

Cierto día se vio tan acosado por una hermosa mujer que le ceñía entre

sus brazos, que tuvo que rechazarla a empujones y luego a fin de

ahuyentarla la persiguió con un tizón encendido. Por último, y en premio

de tan señalada victoria, bajaron del cielo dos ángeles y ciñeron al

santo el milagroso cíngulo de la virginal pureza, con el cual, aunque le

dolió muchísimo cuando se le ciñeron, quedó, digámoslo así asegurado de

incendios para en adelante.

Con todo lo expuesto me parece que dejo demostrado que la escena de

seducción entre la Duquesa e Ignacio, lejos de ser pecaminosa es

ejemplar y edificante. Y dejo demostrado también que no se sigue de que

haya hoy duquesas tan seductoras que haya mayor corrupción en una clase

de la sociedad que otras, ni en la época presente que en las pasadas. La

misma corrupción aparece ya en tiempo de los Faraones y se repite en

Fedra, en Briolanja y en las empecatadas mujeres de las que consiguieron

triunfar los tres gloriosísimos santos que hemos citado. No implica

mayor corrupción, ni necesitamos atribuir al autor de la novela mayor

pesimismo, para que quede justificada la venganza que toma la Duquesa

haciendo saber a Ignacio su deshonra. Casi todas las mujeres de los

tiempos antiguos cuando se ven despreciadas se vengan más ferozmente.

¿Por qué introdujo venenos

Naturaleza si había

Para dar muerte desprecios?

¡Qué atrocidades y qué horrendos crímenes no comete la heroína de _La

devoción de la Cruz_, cuando el católico dramaturgo nos la representa

irritada por un desprecio no real, sino imaginado! Julia impulsada por

su pasión se decide a cometer y comete tales crímenes que

Darán espantos al mundo,

Admiración a los tiempos,

Horror al mismo pecado

Y terror al mismo infierno.

La venganza, pues, que toma la Duquesa haciéndole ver a Ignacio su

deshonra, es una niñería, es una bagatela si la comparamos con otras mil

venganzas, nacidas de agravios por el estilo.

Cuanto sucede después hasta que termina la novela me parece todavía

menos meditado, y escrito más depriesa que el resto. Y es lástima,

porque tal vez las mejores escenas se hallan al fin de la obra. El

cinismo de Eulalia que confiesa con orgullo su falta moviendo a Ignacio

a castigarla brutalmente en un acceso de ira, da lugar a una escena

bien trazada aunque de rudo naturalismo, el cual resalta más por la

_cuestión de ambiente_, por la elegantísima _mise en scène_ en que

ocurre.

Por último, de cuantas soluciones pudo usted dar a este enredo me parece

la que usted da la menos natural y verosímil. Si Ignacio no se vuelve

loco, ¿considera usted tan fácil que su mujer le haga pasar por tal y

que le encierre en un manicomio? Pero supongamos el mencionado encierro

muy factible. ¿No llega Ignacio al último límite de la extravagancia y

no nos hace recelar que está loco de veras cuando toma la determinación

de quedarse para siempre entre los locos y de pasar allí su vida sin

querer probar que está cuerdo? Francamente yo recelo que Ignacio estaba

completamente loco ¿pero porqué nos lo oculta usted y no más lo declara,

justificando al bueno del médico y no comparándole malamente con

Pilatos, ya que Pilatos se limitó a lavarse las manos y el médico se

ensució las manos y la conciencia con una horrible mentira?

Mucho sentiré que crea usted, y más aún que crea la gente, si llega a

publicarse esta carta, que el tono festivo en que está redactada redunda

en perjuicio y descrédito de la primera obra de usted que ha visto la

luz pública en un volumen. No me perdonaría yo, y calificaría de pésimo

gusto, el propósito de responder con burlas a quien candorosamente me

pide consejos. Yo los doy sin la menor burla, aunque severos a veces. Y

toda burla además sería inmotivada. En absoluto, está lejos de merecerla

_Cuestión de ambiente_ y muchísimo menos la merece aún si se tiene en

cuenta la mocedad de su autor. Aunque sean odiosas las comparaciones, me

atrevo a sostener que pocos o ninguno de los novelistas, que florecen

hoy en toda Europa con tanta abundancia, escribieron o pudieron escribir

mejor novela que la de usted en la temprana edad que usted tiene.

Si algo de irónico y de regocijado contiene este escrito no va contra

usted si bien se mira. Va contra la mala crítica y contra la peor

interpretación que se da por algunas personas a los hechos fingidos que

usted refiere.

La alta sociedad, compuesta de sujetos mejor educados que el vulgo, y

más favorecidos de la fortuna, no es, ni puede ser, ni usted quiere que

sea, más corrompida y viciosa que la plebe ignorante y baja. Afirmación

tal sería en el fondo antiprogresista y antidemocrática y en su última

consecuencia nos llevaría como a Rousseau a identificar la virtud y el

salvajismo.

Bueno es tener presente, por último, que en la virtud hay mucho de

silencioso, de modesto y de retraído, mientras que el vicio bulle,

escandaliza y alborota por donde quiera. En contraposición de la alegre

Duquesa que usted pinta, hay de seguro no pocas otras que encerradas en

sus casas y sin dar nada que decir, son dechado de nobilísimas prendas

que emplean en obras de caridad y misericordia.

Si algo censuro yo en usted, no para que se retraiga de escribir, sino

para que siga escribiendo y se corrija, es el pesimismo tétrico, que más

que por sentirlo adopta usted por moda: pesimismo, que en nuestro siglo

de menos fe que los siglos pasados, tiene la desesperación por término y

no aquel fin divino, ultramundano y dichoso que ponían en sus dramas,

poemas, leyendas y demás escritos, autores como Calderón a quien ya

hemos citado. ¿Qué importa que el mundo sea, no solo valle de lágrimas,

sino tenebrosa caverna de infamias y de maldades, si así resplandece

más, venciéndolo, dominándolo y hasta perdonándolo todo,

El madero soberano,

Iris de paz que Dios puso

Entre las iras del cielo

Y los delitos del mundo?

Me atrevo, pues, a aconsejar a usted, ya que es tan mozo y ya que no

tiene motivo para quejarse de su malaventura, que no se meta todavía a

predicador, ni se muestre tan adusto y desengañado, y que en otras

novelas nos cuente lances y sucesos menos lastimosos y más agradables y

dulces, vertiendo en su sátira, cuando a la sátira se incline, no hiel,

sino sal y pimienta, que no la hagan amarga, sino picante y sabrosa.

De todos modos insisto en aconsejar a usted que no se arredre y que siga

escribiendo. Aunque no presumo de profeta, harto fácil es pronosticar y

pronostico, en vista de la espontaneidad con que usted escribe, que

todas sus futuras novelas serán leídas con gusto y podrán servir y

servirán de inocente pasatiempo, ya que no contengan igualmente, lo cual

también puede esperarse, lecciones morales y todo género de sana

doctrina.

FIN

* * * * *

OBRAS DE DON JUAN VALERA

Pepita Jiménez; un vol. en 8.º, Ptas. 3.

Doña Luz; un vol. en 8.º, 3.

El comendador Mendoza; un vol. en 8.º, 3.

Algo de todo; un vol. en 12.º, 2,50.

Las ilusiones del doctor Faustino; dos vols. en 8.º, 5.

Pasarse de listo; un vol. en 12.º, 2,50.

La buena fama; un vol. en 16.º con grabados, 2,50.

El hechicero. El bermejino prehistórico. Las salamandras azules; un vol.

en 16.º con grabados, 2,50.

Dafnis y Cloe (traducción del griego); un vol. en 8.º, 3.

Estudios críticos; tres vols. en 12.º, 9.

Disertaciones y juicios literarios; dos vols. en 12.º, 6.

Cuentos y diálogos; un vol. en 12.º, 2,50.

Poesía y arte de los árabes en España y Sicilia; tres volúmenes en 12.º, 9.

Tentativas dramáticas; un vol. en 12.º, 2,50.

Canciones, romances y poemas; un vol. en 12.º, 5.

Cuentos, diálogos y fantasías; un vol. en 12.º, 5.

Nuevos estudios críticos; un vol. en 12.º, 5.

Cartas americanas (primera serie); un vol. en 12.º, 1.

Nuevas cartas americanas (segunda serie); un vol. en 8.º, 3.

Morsamor; un vol. en 8.º, 4.

La Metafísica y la poesía. Polémica con D. Ramón de Campoamor, 3.

Pequeñeces... Currita Albornoz al P. Luis Coloma; un folleto en 8.º, 1.

Las mujeres y las Academias, cuestión social inocente; un folleto en 8.º, 1.

Ventura de la Vega, biografía y estudio crítico; un vol. en 8.º con el

retrato del biografiado, 1.

A vuela pluma, artículos literarios y artísticos; un vol. en 8.º, 4.

Genio y figura; un vol. en 8.º, 3.

De varios colores; un vol. en 8.º, 3.

Juanita la larga (3.ª edición); un vol. en 8.º mayor con grabados, 6.

Ecos Argentinos; un vol. en 8.º, 3,50.

Garuda o la cigüeña blanca (edición ilustrada); en 8.º, 2,50.

Florilegio de poesías castellanas (en publicación).

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