De todos modos, es absurdo aspirar a una originalidad tan completa que

no se parezca, por ejemplo, ni recuerde en nada una novela española a

las que ya en el mismo género se han escrito en otras naciones. Nuestra

aspiración debe limitarse a que, si algo se imita, recaiga la imitación

sobre un fundamento original y propio, así en las costumbres, pasiones y

caracteres que se representen, como en el estilo y lenguaje con que se

exprese todo. Importa que los personajes, los sucesos, los campos,

ciudades y demás sitios en que se ponga la escena y cuanto figure en la

acción, aparezca tomado o copiado inmediatamente de la naturaleza y no

de los libros favoritos, venidos de tierra extraña a ser objeto de

nuestra admiración y entusiasmo.

Cumpliendo con estas condiciones tenemos ya bastantes novelas, y cada

día aparecen nuevas y compuestas por nuevos autores.

En medio de nuestra postración política, y a pesar de la discordancia de

opiniones y de intereses que nos amenazan de continuo, turbando el

reposo y la serenidad de los espíritus, aunque no lleguen todavía a

producir muy serios y deplorables disturbios, buen síntoma es que la

actividad intelectual se muestre fecunda en España y no reconcentrada

en Madrid, sino difundida por toda la Península.

Yo, que políticamente no gusto del regionalismo, le celebro y aplaudo en

literatura. Prefiero muchos focos luminosos a uno solo, por esplendor

que tenga, que brille en el centro y que se difunda por todas partes.

Con tal de conservar el carácter nacional y no renegar de él, la

aparición de las obras de ingenio en diversas ciudades y regiones es

prueba de que la vida no se ha recogido en el centro, sino que por donde

quiera da razón de sí, mostrándose ubicua y varia sin romper la unidad

del conjunto.

En el siglo pasado nuestra fecundidad mental se manifestó en la

elocuencia parlamentaria, de que se abusó no poco, y en el teatro y en

la poesía lírica, satírica y narrativa.

En el día de hoy me parece que estamos algo cansados y desengañados de

la oratoria, y me parece también que, si versos han de escribirse

siempre, la abundante cosecha que de ellos ha habido nos tiene

fatigados, cuando no hartos, y no creo yo que los Juegos florales, que

en muchos lugares se celebran a menudo, valgan para renovar la afición a

la poesía, tan vehemente, por ejemplo, en la época del romanticismo, ni

valgan tampoco para despertar en las almas una nueva inspiración

poética, poderosa y brillante.

La propensión de los que escriben en el día es hacia la novela. Y lejos

de ser estéril esta propensión, a cada momento produce obras estimables,

dejando esperar otras para lo futuro más sazonadas y menos imperfectas.

Quisiera yo dar aquí noticia de no pocas novelas que recientemente he

recibido y leído; pero las comparaciones son odiosas, el juicio puede

ser falible, cegado por la mayor o menor amistad que con los autores nos

una, y esto me arredra y casi no consiente que trate yo aquí de las

últimas novelas, y que las juzgue y las compare. Básteme afirmar que no

pocas se leen con agrado, que están sencilla y elegantemente escritas, y

que tal vez son más morales y más amenas aquellas cuyos autores, o no

han leído muchas novelas francesas o inglesas, o se olvidan de ellas

cuando componen las suyas.

De los novelistas ya muy populares y acreditados, de los veteranos,

digámoslo así, no he de decir aquí palabra. Ni Pérez Galdós, ni Pereda,

ni Picón, ni el mismo P. Coloma, que publicó hace poco un nuevo e

interesante libro, ni menos aún la Sra. D.ª Emilia Pardo Bazán,

necesitan que nadie llame la atención del público sobre sus escritos.

Tal vez convendría una crítica imparcial sobre ellos aprobando las

bellezas que contienen y haciendo notar las faltas que como toda obra

humana han de tener, a fin de que los escritores noveles las eviten y

no incurran en ellas. Pero tan ardua tarea no es para mí. En el día más

que nunca me siento yo sin fuerzas para tanto, y reconozco, además, que

carezco de autoridad suficiente. O por abatimiento de ánimo, muy natural

en la vejez, o por desengaño razonable y justo, veo yo tales faltas en

mi propia labor, que no me atrevo a censurar las de aquellos a quienes

la gran mayoría de mis compatriotas otorga aplausos y laureles. Digo,

pues, al revés del vate de Mantua: _paulo minora canamus_. Y entiéndase

que, al decirlo, no quiero decir que sean menores los objetos de que voy

a tratar. Quiero decir sólo que son nuevos, que su mérito aún no está

estimado y tasado por el público, y que yo, aunque sólo sea como parte

mínima del público, puedo, sin soberbia vanidosa, concurrir al examen y

contar con mi voz y mi voto en la estimación y en la tasa.

Como mi humildad y la desconfianza en mi propio criterio es hoy mayor

que de costumbre, no quiero tratar tampoco en este artículo de otros

autores, no tan famosos como los arriba citados, pero que gozan ya de

muy extensa fama. No trataré, pues, de las _Leyendas de amor_, de D.

Pompeyo Gener, ni de la _Sonata de otoño_, del Sr. Valle Inclán, ni de

_Sónnica la cortesana_, del Sr. Blasco Ibáñez, ni de _Camino de

perfección_, del Sr. D. Pío Baroja. Hoy trataré sólo de novelas

escritas por autores que, como novelistas, se estrenan; de autores que

agradecerán lo que yo diga, por malo y desautorizado que sea,

considerándolo siquiera como anuncio. Si mi juicio, que será favorable,

viniese, como espero, a coincidir con el del público, mis palabras

llegarán a ser celebradas por verídico vaticinio. Y si el público no

llega a apreciar lo que yo aprecio, mis palabras serán olvidadas, o bien

me disculpará quien las recuerde, calificándome de indulgente y

bondadoso aunque falso profeta.

II

El primer libro sobre el que me decido a hablar, después de tan largo y

quizás fatigoso preámbulo, se debe al ingenio del joven don Mauricio

López Roberts, y contiene tres novelas cortas, cuyos títulos son: _Las

de García Triz_, _La cantora_ y _La familia de Hita_.

Afirman muchas personas, en mi sentir sin reflexionarlo bien, que la

moralidad de las narraciones fingidas consiste en que la virtud triunfe

y en que el vicio sea castigado; pero, si bien se recapacita, semejante

moralidad no es de buena ley. Si se pretende que, impulsados por la

narración fingida, nos decidamos a ser virtuosos a fin de alcanzar el

premio, y a no ser viciosos para no incurrir en la pena, la virtud

tomará trazas de timidez y podrá tomarlas el vicio de valentía. De todos

modos, resultará que el interés nos mueve y no el amor desinteresado y

noble.

Es otro inconveniente en semejante modo de moralizar que el moralizador

por medio de fábulas y de apólogos quede desmentido a cada momento por

los sucesos reales, ya que, por desgracia, no son constantes, ni

siquiera frecuentes, el triunfo de los virtuosos y el castigo de los

viciosos. Lo que importa, pues, para que la lectura de una narración

fingida sea ejemplar y moralizadora y nos deleite y consuele, en vez de

deprimir y amargar el ánimo, es que el premio que alcance la virtud en

toda persona, en cuyas obras resplandece, nada tenga de exterior y de

material, sino que sea íntimo, independiente de casos y de

circunstancias, y concedido por alto y soberano decreto de la conciencia

incorruptible y pura.

En las novelitas del Sr. López Roberts ocurre lo que acabamos de

exponer. No hay tesis. En ellas se da el arte por el arte, en el buen

sentido de la frase. Quiero decir con esto que, por no proponerse el

autor defender esta o aquella opinión, se coloca por cima de lo

opinable, se deja guiar por su recto sentido, y sin sermones o discursos

logra que resulten de la condición y carácter de los personajes y de la

acción en que intervienen una muy alta moralidad y cierto consolador

optimismo, aun en medio o después de las mayores tragedias.

En la narración donde esto se ve más claro es en la titulada _La familia

de Hita_. Los principales personajes no pueden ser menos ideales, ni más

reales, ni más vividos, ni más ruines tampoco. Eusebio, el padre, es un

soñador, holgazán, declamador de café e inventor de planes absurdos para

ganar dinero y fama. Alejandro, su hijo, es un ser perverso, más

ignorante y no menos presumido que su padre, de quien sin embargo se

burla sin asomos de respeto filial. Las burlas llegan a tal extremo, que

el padre y el hijo se insultan y riñen. Leandra, la hija, está soñando

siempre con libertarse de las miserias de su casa, con no someterse al

trabajo y con hallar quien la mantenga, ora lo cohonesten o no las leyes

civiles y religiosas. Sólo es impecable y moralmente bella, en el seno

de tan abominable familia, la madre, Felícitas, llena de resignación y

mansedumbre, desvelándose y trabajando para que los otros vivan y para

que vivan sin deshonra ni vergüenza. Felícitas tiene cortos alcances

intelectuales, pero su humildad, su modestia y su rectitud severa, libre

de jactancia y templada por la dulzura, la van elevando cada vez más en

nuestro concepto, según va progresando la narración. Alejandro abandona

la casa paterna porque no puede sufrir a su padre, a quien colma de

denuestos. Leandra se enreda en vulgarísimos amores con un seductor no

menos vulgar, llamado Juanito Mardura, con quien se escapa y quien la

mantiene. Y, por último, Eusebio, en pago de su paterno consentimiento y

beneplácito en la nada decente unión de Leandra y Juanito, acepta

gustoso y lleno de gratitud el empleo de administrador de ciertos bienes

que posee Juanito en un lugar lejano. Desesperada Felícitas al ver tan

asquerosos horrores, y al oír la cínica apología con que su marido trata

de justificar y hasta de glorificar su conducta, acaba por perder la

razón, y en un arrebato, inconsciente sin duda, se arroja por un balcón

de su casa y muere.

Moral y cristianamente hubiera sido mejor que Felícitas no se suicidase,

que terminase su vida de otro modo; que, por ejemplo, muriese de pena.

Aquel suicidio, sin embargo, harto se ve que está motivado por la

locura: por un frenético e irresistible arrebato que exime de toda

responsabilidad a Felícitas.

Zola o cualquiera otro autor de la escuela de Zola, hubiera hecho de la

narración de tan horrible historia algo desesperante, antisocial o

provocador a la blasfemia. En el ánimo del lector la culpa de todo

hubiera aparecido ya en la sociedad mal organizada, ya en un fatal

determinismo de nuestra humana naturaleza, el cual determinismo

condenaría a la Providencia o la negaría. En la narración, por el

contrario, del Sr. López Roberts se advierten el libre albedrío y la

consiguiente responsabilidad de los personajes del espantoso drama, por

cima de cuya catástrofe brillan la reconciliación suprema y el orden, la

esperanza y el bien en el conjunto de los sucesos y de las cosas. Por lo

demás, harto se reconoce que el señor López Roberts, venciendo su

repugnancia y para demostrar que no es melifluo siempre y que sabe tocar

todos los registros, ha compuesto al gusto del día la mencionada

historia, donde son plebeyos y grotescos personajes los que calzan el

coturno y los que producen la tragedia, no en parodia, como los sainetes

de D. Ramón de la Cruz, sino efectiva y conmovedora.

En las otras novelas del Sr. López Roberts, éste se deja llevar de su

propia inclinación, y desechando el intento de mostrarse apto para todos

los géneros, pone a un lado lo horrible, y se complace en describir lo

limpia y delicadamente patético. Así en _Las de García Triz_, y más aún

acaso en otra novelita, titulada _Un alma pura_, que _La Lectura_

inserta y que aún no ha aparecido aparte en un volumen. _La Cantora_,

por último, es igualmente una novela donde hay vehementes pasiones y

valerosos combates contra ellas de la voluntad virtuosa, sin que falte

el interés a pesar de lo sencillo del argumento y de la bondadosa

suavidad de los caracteres.

Evidente prueba de la naturalidad, gracia y primor del estilo dan el

interés y el deleite con que se lee la historia de _Las de García Triz_.

Son dos hermanas solteronas, que en su mocedad fueron ricas y que han

venido a menos. Sus caracteres, la humilde y obscura manera de su vivir,

la casa en que habitan y las vecinas y amigas que tienen en la misma

casa, todo está pintado de mano maestra, todo es real y viviente, y todo

demuestra que hasta cuanto es en apariencia insignificante y rastrero,

sobre todo en los seres humanos, basta a interesar y a conmover siempre

que se profundiza, se llega al fondo de las almas y se acierta a ver y a

descubrir los tesoros recónditos y los misterios que en ellas hay.

La acción de _Las de García Triz_ puede en lo esencial contarse en

cuatro palabras. La mayor, Clara, tuvo en su mocedad un novio militar,

con quien por razones económicas no pudo casarse. Al cabo de muchos

años, el novio vuelve de América, ya de coronel, con algunos medios de

fortuna y con gana de contraer matrimonio. Vuelve a ver a Clara y tiene

un desengaño tremendo. Clara está vieja y bastante fea. Su mismo pudor,

el recelo de que sospeche su antiguo novio que pretende ella hacer que

reverdezca el antiguo amor ya marchito, la hace aparecer más

insignificante y más fría. Ingeniosa y hábilmente tratado está el modo

natural, sin malicia, casi inconsciente, con que la hermana menor,

Narcisa, que está mucho menos averiada que Clara, enamora al coronel y

logra al fin que sea su marido. El amor de Clara apenas renacido y

ahogado ya por el desengaño, la tristeza que siente al verse desdeñada,

el abandono en que su hermana y el coronel la dejan para retirarse a un

lugar donde ella no quiere seguirlos, todo presta al cuadro, y a Clara,

principal figura del cuadro, un suave tinte de melancolía, iluminado por

los celestiales resplandores de la resignación cristiana. La hermosura

moral de Clara nos la hace simpática e interesante; nos la convierte, de

la más humilde solterona, pobre, desvalida y vieja, en persona

interesante, digna de la poesía y de las que honran y glorifican la

condición humana.

Más poética aún, y de más sencillo argumento, es la novelita _Un alma

pura_, de que ya hemos hablado. La viejecita que vive entregada a la

devoción, que asiste y reza con frecuencia en la catedral de una capital

de provincia, está muy diestramente retratada. El autor logra casi desde

luego, con buen tino y exquisito arte, hacer que nos interesemos por

Prisca, que así se llama la viejecita. También ella tuvo en su remota

mocedad tiernos y delicados amores.

El objeto de ellos la dejó abandonada para ir a buscar fortuna en

tierras lejanas. Todos los fervientes y cariñosos afectos del alma de

Prisca se refugiaron y reconcentraron entonces en la religión, buscando

y hallando en ella solaz y consuelo. Un solo motivo de tristeza nublaba

ya la luz de sus pensamientos serenos. Una mano impía y sacrílega había

robado de la catedral una pequeña, artística y primorosa, custodia.

¡Cuán grande no sería el regocijo de Prisca cuando supo por el canónigo,

su confesor, que un hombre piadoso y muy rico había enviado dinero

suficiente para que otra custodia, semejante a la robada y no menos

bella, se hiciese a costa suya y fuera el ornato y la gloria de aquella

iglesia! Cierto artífice de notable mérito, obscuro Arfe o Cellini,

olvidadoen el centro de aquella ciudad de provincia, hace la custodia

nueva, reproduciendo con inspiración pasmosa cuantos primores en la

antigua se parecían. Prisca, amiga del anciano artífice, acude de diario

a ver y a celebrar los progresos en la fabricación de nueva custodia.

¡Extraña, complicada y vehemente combinación de emociones agita el

corazón y la mente de Prisca cuando llega a saber que la persona que ha

hecho el generoso donativo es el novio que la había abandonado, el cual

vive rico y dichoso en muy distantes regiones! No pudiendo resistir su

debilitado organismo a la violencia de los afectos que conmueven su

espíritu, Prisca cae enferma de enfermedad mortal, y exhala el último

suspiro cuando, terminada ya la custodia nueva, pasa en solemne y

triunfante procesión por la puerta de su casa. El recuerdo de los amores

juveniles y el ulterior misticismo de toda la vida de Prisca se

amalgaman y gentilmente se funden en su alma en aquellos últimos

momentos, purificando y ensalzando de tal suerte el pasado amor

terrenal, que no profana el amor del cielo ni pone la más leve mácula en

su limpieza.

Sin afectación de arcaísmo y de purismo, sino del modo más natural y

espontáneo, el lenguaje del Sr. López Roberts es castizo y propio en

todas sus narraciones, y las escenas que describe parecen copiadas del

natural, con exactitud en los pormenores, y sin que el autor peque de

enojoso por prolijo, defecto en que suelen caer en el día no pocos

novelistas. Muy fundadas esperanzas de que el Sr. López Roberts será uno

de los mejores de que podrá jactarse España en el siglo presente, nos

dan las breves narraciones ya escritas y publicadas por él cuando es muy

joven todavía.

III

Otro notable ingenio, como autor de libros al menos para mí desconocido

hasta ahora, es D. Adelardo Ortiz de Pinedo. La obra suya que acaba de

publicarse y que he leído con sumo interés, tiene por título _La sima_.

Si las prendas de un novelista son el agudo y perspicaz talento de

observación, la firme destreza de estilo para trazar y pintar

caracteres, y el arte de combinar sucesos y circunstancias para

desenvolver una acción, hacer que progrese con rapidez creciente y

lograr que llegue al término y desenlace que el autor le fija, bien

podemos asegurar que el Sr. Ortiz de Pinedo posee dichas prendas y que

está llamado a ser o es ya un novelista de no corto mérito. Dotado

además de un juicio recto y severo, vale para dar excelentes lecciones

morales, sin emplear en ello impertinentes discursos, sino consiguiendo

que nazcan o se deriven de los mismos sucesos que cuenta. Para llegar a

este fin tiene, por último, sobre la clara visión del mundo real y de la

sociedad en que vive, la poderosa imaginación y el arte conveniente con

que inventa los hechos, lances y conflictos, y los agrupa y ordena

moviéndolos a un propósito determinado.

_La sima_, con todo, tiene, según mi modo de sentir, algo de poco

simpático, que no me atrevo a calificar de defecto, pero me alegraría de

que desapareciese en otras obras del autor cuando las escriba. Y no dudo

yo que habrá de escribirlas, por la gran disposición que ha mostrado en

la ya escrita, y por el merecido aplauso con que el público le alentará

de seguro.

El defecto, llamémosle así, es el más tremendo pesimismo. La aprobación

y hasta si se quiere la admiración que como obra de arte nos causa _La

sima_, no va acompañada de puro deleite estético, sino harto amargada y

hasta emponzoñada por el espectáculo de la vileza y de la maldad de los

seres humanos, y por ciertas dudas impías y desesperadas sobre la

Providencia del cielo.

No se crea por lo dicho que acuse yo al señor Ortiz de Pinedo de crear

personajes exageradamente malos. El peor de cuantos en _La sima_ figuran

tiene en el mundo, fuerza es confesarlo, modelos más viciosos, más

perversos y más ruines. No peca, pues, el Sr. Ortiz de Pinedo por crear

seres humanos peores que los que en realidad existen; peca porque aparta

del lado, y digámoslo así, de la esfera de acción y de pasión de la

heroína de su novela a quien ha decidido hundir en la más negra sima a

todo hombre y a toda mujer capaz de sentir por ella un noble y

desinteresado afecto que pueda, sepa y quiera darle buenos consejos,

prever el precipicio en que va a caer y sostenerla para que no caiga,

tenderle una mano cariñosa y fuerte para levantarla de su caída o

sostenerla al menos en su ya irremediable infortunio.

Ramona, hija del prestamista usurero don Felipe, que ha llegado a ser

muy rico, se educa en un excelente y aristocrático colegio de señoritas,

donde, sobre su buen fondo natural, pone la educación los más delicados

sentimientos. Por desgracia, Ramona, de acuerdo con la sentencia

evangélica, es cándida como las palomas, pero dista muchísimo de cumplir

con la primera parte del consejo o del precepto: no es prudente como la

serpiente. Notoria es su imprevisión y lastimosa su ineptitud para la

vida. Guardará en su alma un tesoro de virtudes, pero desde luego se ve

que carece de las dos virtudes cardinales que más nos importan: de la

prudencia y de la fortaleza.

Ramona se casa con un joven marqués sin que se vea en la novela que se

casa por amor. Se casa por casarse y por ser marquesa. El marqués quiere

dorar sus blasones por medio del casamiento, así como ella quiere

blasonar su oro. Caso es éste que ocurre con harta frecuencia. No

sostendré yo que moralmente sea muy bonito. Poco airoso es para un

hombre valerse de sus títulos nobiliarios y del esplendor con que le

rodea la alta sociedad en que vive, para conseguir que una mujer le

mantenga. No siempre, sin embargo, tales contratos matrimoniales traen

aparejada la desventura. Tal vez el marido titulado es un bendito, tan

lleno de gratitud y de afecto hacia su rica consorte, como Elías o San

Pablo, primer ermitaño, hacia los cuervos que les traían el alimento. Y

tal vez, si el marido titulado es listo, el dinero de su mujer vale para

auparle y le sirve de trampolín para entrar con desahogo en la vida

política, escalar los puestos más altos y brillar y hacer brillar en

ellos a su compañera.

No es esto negar que el marido poseedor del título no pueda ser, y no

sea a veces, ya un tonti-loco, ya un desalmado sinvergüenza, ya el más

derrochador y vicioso de todos los hombres; pero de todo esto parece

inverosímil que no se tuviese alguna noticia antes de la boda y aun

antes del noviazgo. ¿Cómo es que el padre y la madre de la niña no se

opusieron? ¿Qué ceguedad tan grande no fue la de la misma niña y tan

injustificada y tan apenas explicada, ya que su amor no se ve que fuera

muy vehemente para rendirse y entregarse en cuerpo y en alma a un

perdido, sólo casi con el mero aliciente del marquesado?

En el caso de _La sima_, la docilidad de Ramona raya en tontería y en

poco verosímil debilidad de carácter; pero menos verosímil es aún que D.

Felipe, padre de ella, que debía de ser muy experto en crematística, no

prevea la ruina de su yerno, y, por consiguiente, de su hija, y no

procure evitarla. La única que lo procura es la madre, y la madre muere

de un sofocón.

Don Felipe, que según se trasluce, estaba ya en vida de su mujer

enredado con la sirvienta, se casa con ella no bien enviuda. Lance es

éste naturalísimo, vulgar y verosímil. Lo que es raro, por dicha, es la

maldad completa de todo individuo. Siempre, o casi, siempre, al lado de

las más perversas cualidades, suele entrar alguna buena o mediana entre

los ingredientes que componen el carácter de cada persona. La más

desaforada piruja, la que, abusando de la lascivia senil y fomentándola

con maña diabólica, llega a apoderarse del corazón y de las riquezas de

un viejo chocho, ya suele mostrarse generosa para hacerse perdonar sus

bellaquerías, aun sin tener el menor resquicio de bondad en su alma, ya

para serenar su conciencia echa en la balanza de sus acciones alguna

buena que sirva de contrapeso a las malas. No digo que Nicolasa, la

madrastra de la marquesa Ramona, sea una criatura inverosímil de puro

mala. Hay o debe de haber muchas Nicolasas en la vida real y en la

sociedad en que vivimos. Lo raro en todo esto, lo que parece, no

resultado del natural encadenamiento de las cosas, sino maraña o trama

urdida por el mismo diablo, es que no haya en torno, ni cerca, ni lejos

de la pobre Ramona sujeto masculino ni femenino que sea honrado, decente

y cariñoso con ella y que para algo pueda serle útil. El único ser que

tiene para ella amistosa y desinteresada devoción es un pobrecito

jorobado, desvalido y casi inútil.

¿Cómo es posible que Ramona no tuviese una amiga en sus antiguas

compañeras de colegio o entre las personas de la clase media que debían

visitar y tratar a su padre y a su madre, o entre las damas elegantes

que hubo ella de conocer y de agasajar en su casa antes de quedar

arruinada? Bien sé yo que al que se queda pobre la gente suele

despreciarle y volverle la espalda, pero no hasta el extremo de que no

quede una sola criatura racional que le tienda la mano y que le aliente

y consuele.

En el colegio, y aún después, Ramona, educada católicamente, hubo de

tener confesores, hubo de tratar con sacerdotes. ¿Cómo no halló uno

menos indiferente y frío de entrañas, menos despegado y duro para ella

que el padre Zubulzu?

El Superhombre y otras novedades · 第 17 / 19 段