El principal objeto de la novela, como el de toda poesía, debe ser

deleitar y conmover, si bien de un modo consolador y elevado. Y a mí,

acaso porque soy optimista, indulgente y benigno, más bien que

deleitarme y más bien que conmoverme estéticamente, me aflige y me

repugna la viva y exacta representación de la fealdad moral, cuando

traspasa los límites de lo ridículo y llega a lo criminal y a lo odioso.

Es cierto que en la novela del Sr. Lasso hay algunos personajes

excelentes. Por tales deben ser tenidos D. Alejandro Calderón, el P.

Aguilar y el profesor Madueño; pero esto no basta para iluminar con

puros resplandores la horrible negrura del cuadro, y para contraponer a

la fealdad y ruindad de casi todas sus figuras elevación y belleza que

basten a compensarlas. Y mucho menos si se atiende a que Isaac, el

protagonista, deja que desear no poco. Carece de serenidad, de calma y

de paciencia, y en la destrucción de sus obras de arte y en el suicidio

con que termina, hay tal frenesí de vanidad lastimada que, si bien no

nos quita la conmiseración por el héroe, rebaja mucho el aprecio y la

simpatía que al principio logró inspirarnos.

La sátira ingerida o combinada con la novela tiene además una grave

contra. La acción marcha hacia su desenlace, venciendo multitud de

estorbos que en su camino se amontonan.

Son tantas las causas que impulsan a Isaac a destruir sus obras y a

darse muerte después, que el lector no acierta a determinar cuál de

ellas ha sido la más importante: si el poco éxito que en el Ayuntamiento

ha tenido su perorata; si la censura, aunque severa, no del todo

infundada, de algunos de sus trabajos artísticos; si la separación de

Filipinas, que hace casi imposible que le paguen el monumento a Legazpi;

si sus grandes apuros pecuniarios; y, por último, si el desamor y el

insolente desdén de su mujer, pintada en la novela de mano maestra.

Las escenas íntimas de tan desastrados amores conyugales, aquélla en que

Marta pide a su marido que le compre los diamantes, y la que ocurre en

el jardín por la noche, y a la luz de la luna, son las que mejor y más

claramente muestran en el Sr. Lasso el agudo talento de observación y el

raro poder del estilo para expresar y reproducir lo observado.

La orgía de los concejales en el antiguo Convento, la animada

descripción del incendio, con la hazaña de Calderón para salvar a la

niña, y la famosa sesión del Ayuntamiento con todos sus pormenores, así

como no pocos otros episodios, están bien observados y descritos; pero

complican la acción dándole diversos motivos, cada uno de los cuales

quita fuerza a los otros en vez de acrecentarla. El lector se pregunta:

¿se hubiera suicidado Isaac si cobra el dinero del monumento a Legazpi,

o hubiera sufrido mejor con el dinero los desdenes de su mujer? ¿Si

triunfa en el Ayuntamiento y después en las elecciones de diputados, no

se hubiera resignado a vivir? ¿Si los críticos hubieran sido justos o

muy benévolos y no hubieran señalado defecto alguno en sus obras,

ensalzándolas sin reparo, no hubiera sido grande su consolación y

sobrado eficaz para quitarle del pensamiento el violentísimo propósito

de destruir lo que había hecho y de matarse en seguida?

En la existencia real, en todo verdadero suceso histórico, suelen quedar

en pie y sin aclarar tales dudas; pero tal vez en una ficción novelesca,

y cuando el autor penetra en lo más íntimo del alma de su héroe y allí

lo ve y lo escudriña todo, semejantes incertidumbres y nebulosidades

menoscaban el efecto de la composición en vez de aumentarle.

En suma: yo creo que, después de leída la novela, el lector no puede

menos de reconocer que el Sr. Lasso es un buen novelista, si bien desea

que acumule menos cosas cuando escriba otra novela, y que represente en

ella la vida humana, sin que sean, y hasta sin que pueda presumirse que

son sus figuras fieles retratos de determinadas personas, sin que

contenga una acusación cada episodio, y sin que cada acusación dé lugar

a una defensa.

EL siglo XIX pasó ya, y nos hallamos en el XX, de lo que debemos

alegrarnos por haber pasado también la manía, que cundió entre los

escritores, por todas partes y durante muchos años, de calificar de fin

de siglo las bellaquerías y maldades. Con esto, además, se quería dar a

entender que las tales bellaquerías eran como el refinado producto del

esfuerzo secular de una exquisita cultura, y el triste resultado de

nuestros materiales progresos. Lejos de ser así, debe entenderse que los

hombres, para ser malos y bellacos, no han menester vivir a fines de

siglo, ni en época y sociedad muy adelantadas. En lo tocante a

tunantería, se sabe cuanto hay que saber, y se hace cuanto hay que hacer

desde los tiempos primitivos.

No es en Gandulia ni a fines del siglo XIX donde solamente los

concejales se despachan a su gusto. Bien podemos decir: todo el mundo es

Popayán, y cuándo no es Pascua.

Al leer lo que el Sr. Lasso cuenta de ciertos concejales de Gandulia, he

recordado, y no puedo resistir a la tentación de referirlo aquí, lo que

he leído en uno de los extractos y traducciones de los millares de

manuscritos egipcios adquiridos y conservados en Viena por el archiduque

Raniero.

El caso no ocurrió a fin de siglo, sino a mediados: por los años de 250

de la Era Cristiana, o dígase 1650 años ha. Y todo consta en las actas

del Ayuntamiento de la magnífica ciudad de Hermópolis, así llamada

porque su numen tutelar era Hermes Trimegisto.

Las sesiones del Ayuntamiento hermopolitano no pudieron ser más

escandalosas ni más borrascosas de lo que fueron. También hubo allí un

Isaac Garcés de Trillo que acusó a los principales concejales o

regidores delincuentes, cuyos nombres se conservan aún. Se llamaban

Dioscórides y Sarapammon. Habían cometido multitud de estafas,

irregularidades y filtraciones; y lo que dio lugar a los debates más

acalorados que hubo en las Casas Consistoriales, fue que los Sres.

Sarapammon y Dioscórides, valiéndose de las llaves del granero público,

vendieron casi toda la cebada y el trigo que en él había, y una enorme

provisión de lentejas, y cien _artabas_ de _arrak_, bebida de arroz

fermentado de que gustaban mucho los egipcios de entonces.

Véase, pues, la poca o ninguna novedad que tienen las fechorías de los

concejales, y téngase por cierto que en nada malo ha habido el menor

adelanto. En lo bueno sí le ha habido y le habrá. Y con tan hermosa y

fundada esperanza debemos animarnos, no desmayar y no acudir al suicidio

que nada remedia, como acudió en su locura el escultor y honrado

concejal, héroe de la novela del Sr. Lasso.

DISCURSO

PRONUNCIADO POR DOÑA EMILIA PARDO BAZÁN en los Juegos florales de

Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901.

La afición a los juegos florales cunde y se extiende por toda España. La

manía de reírse de todo cunde también, y así no han de extrañarse los

chistes y las burlas y caricaturas que sobre los tales juegos se han

dado a la estampa. Lo que es yo confieso que soy muy aficionado a la

broma y tentado de la risa como el que más pueda serlo; pero me jacto de

tener una buena condición, que me alegraría yo de que la tuvieran todos.

La risa no debe matar ni perjudicar a aquello de que se ríe. Al

contrario, debe purificarlo y sanarlo. En lo más excelente suele haber y

hay con frecuencia algo de ridículo; de suerte que, si lo ridículo se

extrae, lo excelente, en vez de sufrir menoscabo o deterioro, queda

limpio de toda mácula. La parodia, pues, no implica el descrédito de lo

parodiado, antes bien es lícito afirmar que sólo de lo bueno y de lo

hermoso se pueden sacar parodias divertidas y amenas.

Dicho lo que antecede, olvidémonos de los chistes y de los epigramas que

se han lanzado contra los juegos florales, y tomémoslos por el lado

serio.

Nadie negará, en primer lugar, que son una diversión inocente y barata,

y no cruel y costosa como, por ejemplo, los toros.

Es además diversión muy culta y educadora, ya que en ella se ejercitan

el entendimiento y el ingenio de muchas personas, así en componer

discursos y poesías, como en oírlos y tratar de entenderlos, apreciarlos

y juzgarlos.

Y no se sostenga que el hacer versos y discursos es tarea poco útil, y

que mejor sería emplear nuestro tiempo y nuestra actividad mental en

asuntos más prácticos y productivos. El gusto y el cultivo de las bellas

letras, lejos de estar reñido con el bienestar material y con la fuerza

que se aplica para lograrle, bien podemos afirmar que están en perfecto

acuerdo y que siempre lo uno es indicio o resultado de lo otro; que lo

anuncia, que lo prepara o que de ello procede. Acaso no hay nación en

toda Europa más positivista, más próspera, más industrial y mercantil,

más rica y más aficionada a la riqueza que la Gran Bretaña, y tampoco

hay nación en Europa que guste tanto de versos, que posea tan gran

número de buenos poetas y donde más discursos se pronuncien.

Sigamos, pues, componiéndolos y pronunciándolos por acá sin recelo de

que se consuman nuestros bríos y calor natural en esta tarea de lujo y

no de provecho. Pero ¿por qué tal tarea no ha de ser provechosa,

considerada al menos como gimnasia en que nuestras facultades mentales

se agucen, se afilen y se habiliten?

La poesía, además, estaba, desde hace algunos años, harto desdeñada y

poco cultivada en nuestro país. Y como conviene que no se desdeñe y que

se cultive, y como los juegos florales vienen como de molde para

lograrlo, bien venidos sean los juegos florales. Evocadas por ellos, se

diría que han reaparecido entre nosotros las musas visitando y

favoreciendo a varios poetas nuevos. El lauro, la palma o la flor que en

tales certámenes han conquistado dichos poetas, aunque gente

descontentadiza y satírica niegue que sea prueba de alta inspiración,

prueba es y será siempre de habilidad artística, de esmerado buen gusto

y de no vulgar cultura, lo cual ya no es poco. Y debe tenerse en cuenta

que, así como nosotros no nos atrevemos a dar a nadie diploma de

inmortalidad y de _genio_, tampoco debe atreverse cualquiera a empuñar

la férula de Aristarco y a castigar con ella a cuantos en los juegos

florales han obtenido premio, expulsándolos con crueldad de la

república de las letras.

Tal vez se me acuse de sobrado optimista y facilitón; pero yo entiendo

que no merecen censura, sino elogio, las composiciones premiadas de los

Sres. D. Miguel Gutiérrez, D. Angel del Arco, D. Narciso Díaz de

Escobar, D. Juan F. Muñoz y Pabón y D. Pedro Riaño.

Cuando no motivo, los juegos florales han dado pretexto a muy sabrosos e

instructivos discursos de sus mantenedores. Convengo en que un juez

severo acaso podría decir que los discursos mencionados están casi todos

como en una esfera muy excéntrica de la esfera poética o literaria de

los juegos, tocándose sólo y compenetrándose una esfera y otra en muy

pequeña parte o casquete, y formando así, como en el famoso y ya casi

olvidado esquema del ser, inventado por los krausistas, la figura de una

lenteja. Quiero yo significar con esto que si bien los juegos florales

se han celebrado en Bilbao, en Salamanca, en Almería, en Cádiz, en

Calatayud, en Zaragoza y en Orense, todos los mantenedores, cuál más,

cuál menos, se han ido por los cerros de Úbeda. No condeno yo semejante

aberración. Me limito a declarar que existe. Discúlpanla, ya que no la

justifiquen del todo, la condición etérea y volátil del pensamiento y

cierta preocupación amarga o picante que a todos nos estimula en el día.

De ella puede afirmarse lo que afirmaba Lope, no del estro o tábano,

sino de otra más ruin y aborrecible bestezuela:

Como los celos eres,

Que picas y te vas por donde quieres.

Claro está que aludo al resquemor o a la acedía que los recientes

infortunios de la patria engendran en nuestros espíritus, los agitan,

los atormentan y los impulsan a buscar remedio. De aquí que se piense

poco en la poesía, que se hable de ella muy de paso, y que se corra y se

vuele para trasportarse de lo meramente literario a lo político y

social. De suerte que cuantos pronuncian discursos en juegos florales

suelen pronto perder de vista la corte de amor, el Gay saber y toda

cuestión de gentileza, ternura y rendimiento a las damas, convirtiéndose

en sociólogos, arbitristas y legisladores. Sus discursos apenas son

literarios: más bien pueden y deben calificarse de terapéuticos. España

está decadente y enferma, y es menester curarla y regenerarla. Para tan

buen fin cada orador propone y ofrece medicamentos que juzga infalibles:

la patriótica panacea que a fuerza de cavilar ha descubierto.

El discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos

florales de Orense, tiene este carácter medicinal y regenerador. Y como

son tan atinadas las observaciones que hace, las cosas que dice y los

consejos que insinúa, y como todo ello está redactado con fácil y

natural, al par que elegante estilo, y adornado con las galas y los

colores de una muy brillante fantasía, bien merece que nos detengamos a

examinarlo, aunque los juegos florales y los versos que en los juegos se

premian queden, así en Orense como en otros varios puntos, completamente

eclipsados por la prosa; aunque los juegos florales se conviertan en

_meeting_ político, y aunque se trueque en club el salón en que se

celebran.

Si en alguien está plenamente justificado el producir este cambio en el

propósito de los juegos, es sin duda en doña Emilia Pardo Bazán, la cual

no puede, como los mantenedores varones, hablar en el Senado o en el

Congreso y exponer allí las reformas que anhela introducir en el

gobierno del Estado para regeneración de la patria.

Hay en mi sentir, afirmaciones tan verdaderas y tan consoladoras en el

discurso de doña Emilia, que nos complacemos en notarlas aquí,

lisonjeados y engreídos de coincidir en todo con ellas.

Lo primero que aplaudimos es algo a modo de amnistía que doña Emilia

concede. O no puede saberse, o no debe declararse, aunque se sepa,

quiénes han sido la causa de nuestras recientes desventuras. O son

culpados todos, o sólo está la culpa en circunstancias independientes

de la voluntad y del entendimiento humanos. Hemos sido vencidos, hemos

perdido los espléndidos restos de nuestro gran poder colonial antiguo,

porque teníamos que perderlos; porque así estaba prescrito. Ni se

infiere de pérdida tan lastimosa que seamos una raza inferior o un

pueblo degenerado, como ha supuesto recientemente un famoso hombre de

Estado de la Gran Bretaña. Doña Emilia protesta enojada contra

afirmación tan injuriosa, dejándose arrebatar por su patriotismo y por

el espíritu de contradicción hasta el extremo contrario, hasta creer que

somos «tan capaces y aptos, y quizás por naturaleza, más inclinados al

bien, más exentos de vicios groseros, menos alcohólicos y brutales que

ningún pueblo de Europa.»

Nuestra decadencia o postración ha de ser, por consiguiente, accidental

y no esencial. Depende de varios achaques y dolencias de que es menester

que sanemos. Para conseguirlo, propone doña Emilia, algunos remedios que

a mí me parecen excelentes. Lo que importa ahora es que haya alguien que

sepa aplicarlos con energía y perseverancia.

Deja entrever doña Emilia que quizás convendría un dictador para

alcanzar tan buen fin. Harto me pesa tener que declararlo aquí; pero no

estoy muy conforme con esto de la dictadura. Me parece remedio

sobradamente heroico, y que además sería en el día de hoy inoportuno y

tardío. Los Camilos, los Fabricios y los Fabios fueron dictadores para

salvar a Roma; para que Roma venciese y arrojase de Italia a Breno, a

Pirro y a Aníbal; pero no se les ocurrió a los romanos darse por

vencidos, sentar paces, ceder al galo, al epirota y al cartaginés mucha

parte del territorio de la República, y crear luego un dictador para que

en la paz y en vencimiento los regenerase, o más bien los castigase. A

la calamidad de quedar vencidos no quisieron los quirites añadir la

calamidad de ser despóticamente gobernados.

Dice doña Emilia, y tiene razón hasta cierto punto, que la libertad no

es un fin, sino un medio; pero la dictadura, no hasta cierto punto, sino

en absoluto, es siempre un medio y no un fin. Es cierto que la libertad

es un medio; pero el hacer cada uno lo que se le antoje, sin turbar el

orden y sin ofender a Dios ni al prójimo, es medio tan excelente que

vale para todos los fines, y hasta estoy por afirmar que bien mirado, es

un fin, ya que sin libertad no puede haber nada bueno. Desechemos, pues,

la dictadura. Para sufrir nuestra mala suerte y para aguantarnos, como

nos hemos aguantado, todo dictador está de sobra. Cavour y Bismarck,

dado que fuesen dictadores, surgieron para hacer el uno la unidad de

Italia y el otro el Imperio germánico. ¿Qué iba a hacer ahora nuestro

dictador, si Dios, o más bien el diablo, le suscitase? Como no fuese

humillarnos y ponernos en ridículo, no sé yo lo que haría. El dictador,

además, si ha de valer para fundar algo, ha de ser el instrumento, el

apoderado de una gran parte de la nación, cuyos mandatos ha de cumplir

con la fuerza que la misma nación pone en sus manos para que los cumpla.

Sin duda que el dictador es entonces potestad que de Dios procede; pero

no inmediatamente, sino por medio de la República, como dice Domingo de

Soto, _divinitus erudita_. ¿Nos hallamos nosotros en tal caso, nos

inspira Dios la elección de un dictador, y para qué y quién ha de serlo?

Desengáñese doña Emilia y persuádase que lo menos malo es que las cosas

sigan como están, sin alteraciones ni mudanzas. Alterándolo y mudándolo

todo, con varios a modo de dictadores, cambiando a cada momento

constituciones y leyes orgánicas, soltando reformas administrativas,

cuya recopilación requiere enorme multitud de volúmenes, y haciendo

revoluciones y pronunciamientos a cada paso, hemos andado durante todo

el siglo XIX, y harto se ve y se deplora lo poco medrados y menos

lucidos que hemos llegado al XX. ¿Para qué, pues, nueva revolución,

aunque el Sr. Maura, citado por doña Emilia, sostenga que la revolución

se impone, y que a no hacerla desde arriba, desde abajo habrá que

hacerla? ¿No sería mejor que nos quedásemos quietos, procurando, no con

dictadores, ni con revoluciones, ni con flamantes leyes y decretos, sino

trabajando mucho y bien en las artes y oficios útiles, aumentar la

riqueza de la nación, restaurando así sus bríos antiguos y la enérgica

confianza en sus altos destinos?

El libro inmortal de Miguel de Cervantes nos da sobre esto implícita y

simbólicamente varios consejos muy sanos que debiéramos seguir. Vencido

D. Quijote por el Caballero de la Blanca Luna, no quiso ser dictador ni

revolucionario, sino que proyectó dedicarse al pastoreo y a la vida

pacífica e industriosa. En punto a revoluciones, debiéramos también

imitar al hidalgo manchego, que se contentó con romper una sola vez la

celada, ufanándose al reconocer lo cortante de su espada y lo pujante de

su brazo; pero, ya la celada recompuesta, se guardó muy bien de

acuchillarla de nuevo, y la dio por buena y resistente aunque no lo

fuese. Así nosotros, que hemos acuchillado y desbaratado tan a menudo

nuestras instituciones, debemos dejarlas en paz y sin ponerlas a prueba

de nuevo, considerarlas firmes y buenas, aunque disten algo de serlo.

Nuestra manía de legislar nos perjudica mucho, desacreditando las leyes

por efímeras y caducas, e induciéndonos a no cumplirlas. Si han de ser

pronto derogadas, ¿para qué su cumplimiento? Bien dijo D. Quijote en la

carta que escribió a Sancho cuando era Gobernador de la Insula, y que

bien pudiera repetir si escribiese a los gobernadores del día: «No hagas

muchas pragmáticas, y si las hicieres, procura que sean buenas, y, sobre

todo, que se guarden y cumplan.»

Con mucho juicio toca y dilucida doña Emilia en su elegante discurso

otras importantísimas cuestiones. Es la primera la cuestión religiosa, a

mi ver algo anacrónica y exótica: anacrónica, porque parece más propia

de las edades pasadas que de la edad presente, y exótica, en mi opinión,

porque yo me atrevo a sospechar que, si en Francia no estuviese de moda

perseguir hoy a los frailes, acaso no se hubiese desenvuelto tanto entre

nosotros el afán de remedar a Francia en dicha persecución

librepensadora, y tan contraria a la libertad bien entendida. Yo apelo a

un librepensador, francés también, y contrario a tales persecuciones.

Beranger dice:

A son gré que chacun professe

Le culte de sa déité;

Qu'on puisse aller même à la messe;

Ainsi le veut la liberté.

A ver si esto se aviene con silbar y apedrear los conventos y las

procesiones devotas, y con otros desahogos por el estilo.

Acerca del regionalismo separatista, me parece que doña Emilia se

expresa con discreción y tino. Recordando una sentencia de Cánovas y

haciéndola suya, afirma que el amor de la patria grande, el espíritu

nacional, el patriotismo amplio desaparece de los pueblos cuando se

convencen de que son mal administrados. Nadie, según doña Emilia, sería

separatista o catalanista, sino fervoroso español, si pudiésemos

contestar a sus quejas y a sus gritos «con las letras, con el arte, con

la instrucción, con el progreso, con la rehabilitación de España; con

una patria tan bella, tan digna de ser amada, tan majestuosa y noble,

que nadie que no esté demente pueda desearle sino larga vida.» Precisa

condición para lograr todo esto es que la patria esté bien administrada;

y volvemos a la sentencia de Cánovas. Pero la buena administración, si

bien puede considerarse como causa, puede y debe también ser considerada

como efecto, sobre todo en un pueblo libre, donde no es nunca el

capricho de un tirano quien crea y sostiene al Gobierno, sino la opinión

pública, que se impone por los medios legales de la prensa, de la

tribuna, de las manifestaciones y de las asociaciones pacíficas. Penoso

es tener que decirlo, pero la verdad antes que todo: si tal pueblo está

mal administrado, es porque no hay en todo él quien lo administre mejor,

o porque es extremamente dificultoso el administrarle, a causa de

circunstancias o de fundamentos que no acertamos a descubrir, pero que

de cierto no se vencen con violencias dictatoriales o demagógicas,

echándolo a rodar todo, para que después del trastorno y la barahúnda

tengamos que decir como durante todo el siglo XIX tantas veces hemos

dicho: peor está que estaba.

En suma: el discurso de doña Emilia Pardo Bazán, que nos da ocasión para

exponer lo que hemos expuesto, no sólo es bien pensado y elegante sino

consolador y optimista. El mero hecho de pronunciarle tan ilustre dama,

es evidente testimonio de cuanto nos preocupa a todos la salud de la

patria, la restauración de sus energías y el fundado renacimiento de sus

altas esperanzas desde luego, y para después de su antiguo poderío,

crédito y gloria.

NOVELAS RECIENTES

I

Bien podemos decir con satisfacción que en el cultivo de la novela se

advierten más cada día la abundancia y la bondad del fruto.

No es tan voluntariosa la musa como generalmente se cree. Conviene

llamarla con persistencia y empeño. No siempre es ella sorda, y suele

acudir propicia a quien cariñoso la pretende y con reiteradas y

fervientes súplicas la llama. Sólo así se explica que en el país y entre

la gente donde se escribió el _Quijote_ se hayan escrito tan pocas

novelas y de tan corto valer durante cerca de dos siglos, y que de

algunos años a esta parte se escriban muchas novelas, no siendo

inferiores algunas de ellas a las escritas en otros países donde florece

género tan popular de literatura.

De Francia y de Inglaterra se han importado las novelas hasta hace poco,

traduciéndolas o imitándolas. Aún persisten la imitación y la

traducción. Tal vez nuestro público gusta más todavía de lo traducido o

importado que de lo castizo y propio. No me incumbe ni quiero yo

dilucidar aquí si nuestro público, y sobre todo el más selecto por su

elevada posición social, tiene razón o no la tiene en tan marcada

preferencia. Sólo afirmo que debemos procurar que tal preferencia deje

de ser, ya esmerándose todo autor de novelas en que sean buenas las que

dé a la estampa, ya trabajando el crítico para que reconozca y confiese

dicha bondad el vulgo de sus compatriotas. No tenemos hoy que competir

únicamente con lo que en Francia y en Inglaterra se escribe, sino que de

Rusia, de Polonia y de otras naciones y lenguas, extrañas y casi

incógnitas antes, se importan novelas que, ya nos entusiasman, porque en

realidad lo merecen, ya nos agradan más que las nuestras, por lo exótico

y peregrino de todo, y hasta porque, no conociendo ni tratando de diario

a los autores, nos los podemos imaginar por cima de nuestro nivel: más

sabios o más inspirados.

Inevitable es el influjo en las letras y en las artes de un país de lo

que se produce en otros países más prósperos y más adelantados. No

pretendo yo que nos sustraigamos a tal influjo, no sólo inevitable, sino

provechoso a veces. Lo que me parece mal es el remedo servil, y es

también que el remedo sea por moda, movido el que imita por admiración

ciega y sin elegir los buenos modelos con discernimiento juicioso.

El Superhombre y otras novedades · 第 16 / 19 段