_Mariquita León_. Su novela sin duda interesa y deleita, aunque falte a
la regla mencionada; pero interesaría y deleitaría más si no faltase. Y
no es la falta, sino que es sobra. En _Mariquita León_ puede afirmarse
que hay cuatro acciones en vez de una: la enemistad entre el alcalde y
Berrinches, el cual se revuelve como acosada fiera, y acaba por asesinar
a quien le persigue; la avaricia de Brevas, que excita a Juanito sin
sal a hurtarle el trigo, y la repugnante y espantosa lucha entre padre e
hijo que el hurto descubierto ocasiona y que da por resultado la muerte
del padre; los poéticos y apenas iniciados amores entre Mercedes y el
médico, que terminan melancólicamente en una separación algo, a mi ver,
obscura y sutilmente motivada; y por último, la penosa enfermedad del
niño enclenque, hijo muy amado de Mariquita León, con cuya muerte acaba
la novela. Las mencionadas cuatro acciones, no veo yo que influyan unas
en otras. Todas caminan simultáneamente y sólo coinciden en un punto: en
contribuir al desengaño del médico D. Jacinto que, desencantado de la
vida de aldea se va de Venusta para vivir de nuevo en las grandes
ciudades, donde tal vez le aguardan no menores desengaños. La rudeza
campesina no ha dado por fruto en Venusta una inocencia candorosa, sino
la corrupción más grosera. Ganas nos dan de seguir al médico D. Jacinto,
rogando al Sr. Nogales que nos acompañe y nos sirva de guía, para ver si
lejos de Venusta y en población más grande y civilizada, van las cosas
un poco mejor y no hay que avergonzarse de tanto pecado ni que lamentar
tanta miseria.
AVENTURAS, INVENTOS Y MIXTIFICACIONES
DE SILVESTRE PARADOX
Nadie más acérrimo contrario que yo a las modas en literatura; pero,
¿cómo impedir que sea lo que no debe ser acaso? Los buenos versos deben
siempre ser estimados y aplaudidos. Esto no se puede negar. Es
evidentísimo, no obstante, que el poco numeroso público español que lee
está cansado de versos y se muestra con ellos harto desdeñoso. La
afición a la novela y al cuento en prosa cunde y se aviva cada vez más,
prestando incentivo a multitud de autores para que cultiven el género.
Poco fecunda fue España en novelistas durante todo el siglo XVIII y los
dos primeros tercios del XIX. Las novelas inglesas y francesas
traducidas al castellano, casi bastaban para el consumo, ya publicadas
en los folletines de los periódicos diarios, ya propinadas en tomos. Se
diría que en el país donde se había escrito el _Amadís_, _La Celestina_
y el _Quijote_, se había perdido la aptitud para escribir novelas. Hoy,
por dicha, me lisonjeo yo y me complazco creyendo que la aptitud renace,
y esperando que ha de dar frutos no menos sazonados y sabrosos que los
que vienen de Francia, de Inglaterra, y hasta de Suecia, Rusia y
Polonia, que gustan y saborean con tanto deleite las personas cultas y
que nuestros críticos suelen poner tan por las nubes.
Para que esto se logre no pido yo que menospreciemos injustamente la
producción extranjera e importada, ni que elogiemos en demasía lo que
por acá se produzca. Sólo pido un poquito menos de admiración y de pasmo
hacia lo que nos viene de fuera y alguna mayor benevolencia para lo que
en España se escribe y se publica. Conviene, además fijar en ello la
atención del público y despertar por ello la curiosidad y el interés, la
mitad siquiera que inspira el teatro, y la décima parte siquiera que
inspiran las corridas de toros. Lo que es yo me propongo contribuir a
este fin hasta donde alcancen mis pobres y ya casi agotadas fuerzas.
Es, a mi ver, singular y agradable el arraigo castizo que tienen las
letras en España. A pesar del abatimiento en que hemos caído, y a pesar
de la admiración y de la semi-adoración que unida al propio menosprecio
quieren algunos hacernos sentir, no ya sólo por las novelas inglesas y
francesas, sino también por las suecas y las rusas, el prurito de
imitarlas, o bien no se da, o si se da produce el no esperado efecto de
que imitemos, tal vez sin pretenderlo y hasta sin sospecharlo,
impulsados por invencible atavismo, la antigua novela española. Claro
ejemplo de esto nos presta la indicada por su título al frente de este
articulito. Don Pío Baroja, sin querer acaso, pensando en muchos libros
extranjeros que sin duda ha leído, se ha puesto a escribir y ha escrito
las aventuras de Silvestre Paradox, y ha renovado, como puede ser
renovada en nuestros días, con diversos trajes, usos, costumbres y
aficiones, nuestra antigua novela picaresca. Lazarillo de Tormes, Guzmán
de Alfarache, Marcos de Obregón, Estebanillo González, el buscón D.
Pablo, el donado hablador y otros personajes de la misma laya, han de
haber encontrado en el reino de la fantasía y reconocido como muy
cercano pariente al héroe desastrado de la novela de D. Pío Baroja. La
semejanza de este héroe con los mencionados antes, resalta a cada paso,
mientras que las diferencias proceden del diferente modo de vivir que
hay ahora. Silvestre Paradox no es ya paje, ni escudero, ni soldado que
va a guerrear y a garbear a Italia, Flandes y América, ni queda cautivo
en Argel, ni acaba como penitente ermitaño en un yermo; pero lucha por
la vida como se estila ahora, y acomete atrevidas empresas y busca
aventuras, y nos presenta desde su nueva _atalaya de la vida humana_
larga serie de cuadros en los cuales no deja de haber realidad y verdad,
aunque ennegrecidos a veces por la sátira y grotescamente exagerados por
la caricatura.
No es Silvestre Paradox un pícaro al modo de los antiguos, sino un
semi-sabio extravagante que trata de inventar o cree haber inventado no
pocos artificios científicos. Modelos para esto ha podido hallar el Sr.
Baroja en nuestra tierra, donde poco o nada importante se inventa desde
hace tiempo, pero donde no faltan propósitos y conatos de inventar
máquinas que vuelen con dirección, barcos submarinos, proyectiles
apestosos que basten a ahogar ejércitos enteros con sus mefíticos
miasmas, y cuadratura del círculo, y movimiento continuo, y otra
infinidad de primores.
No sé yo, ni me lanzaré a escudriñar y a investigar si el Sr. Baroja ha
intentado con su novela demostrar alguna tesis o darnos alguna lección
moral, social o política. Pero haya o no en su novela lección o tesis,
yo me limito a considerarla como libro de entretenimiento, declaro que
me ha entretenido, y con esto basta para que yo celebre al autor y
recomiende la lectura de su libro, el cual está bien escrito, con
sencillez y gracia, y sin hacerse pesado con filosofías y otras
disertaciones inoportunas. Muy de agradecer es esto último en el día de
hoy, cuando en la novela se pretende enseñar todo lo que hay que saber,
incurriendo los novelistas en pesadez inaguantable. Porque, según me
decía anteayer cierto amigo mío, no pocas novelas docentes de ahora son
para él como el ajedrez: para juego, sobrado científico, y para ciencia,
sobrado juego.
Por algo entra la ciencia en la novela de don Pío Baroja; pero entra
como elemento o ingrediente para divertir y burlar. Aunque sea mala
comparación, es como el aliño o la sal y pimienta del guiso.
Alguien censura de desordenada o de casi sin pies ni cabeza la novela de
que estamos tratando. Yo considero severísima y punto menos que
infundada la tal censura. La acción, como en casi todas las novelas de
su clase, es la vida entera del protagonista, o por lo menos una parte
de esta vida hasta que se cansa de escribir quien la escribe, quedando
siempre campo abierto y tela cortada para componer una segunda parte;
pues si bien aseguró Cervantes que las segundas partes nunca fueron
buenas, gloriosamente lo contradijo en su _Ingenioso Hidalgo_,
acompañándole en la contradicción Luna con su nuevo _Lazarillo_, Mateo
Alemán y otros.
Perseguido por sus acreedores, lleno de desengaños y abrumado por la
miseria, Silvestre Paradox se escapa de Madrid y se va a Valencia.
¡Quién sabe cuántas cosas interesantes o divertidas pueden ocurrirle
después! Bástenos por lo pronto que nos diviertan las que ya el Sr.
Baroja nos ha contado. Y esperemos, por último, que, ya sea escribiendo
segunda parte de Silvestre Paradox, ya sacando a relucir a otros héroes
y tomando nuevos caminos y asuntos, el Sr. Baroja siga escribiendo
novelas, ya que tiene aptitud para ello, y procure, sin dejar de ser
realista, iluminar, hermosear y alegrar el mundo que describa con
resplandores ideales. De todos modos, su Silvestre Paradox, aunque tan
hundido en el charco impuro de la realidad y casi ahogándose en él, nos
es muy simpático por su risueño estoicismo, por su desenfado y por el
buen humor que nunca le abandona en medio de su inopia incorregible,
cuitas y apuros.
EL ÚLTIMO PATRIOTA
NOVELA POR JOSÉ NOGALES Y NOGALES
Sin duda que todo lo que ocurre de bueno y de malo es porque Dios
quiere; pero los designios del Altísimo son inescrutables y nos
exponemos a errar y hasta blasfemar si nos empeñamos en declararlos.
Infiero yo de aquí, que es por demás aventurado el atribuir a castigo
del cielo las desventuras que puedan caer sobre una colectividad o sobre
un individuo. Los cuentecillos chuscos suelen tener una moraleja llena
de buen sentido. Jugó un hombre en Viernes Santo y perdió su caudal;
pero no le perdió por haber jugado en Viernes Santo, ya que el
ganancioso jugó también en el mismo día y no en Sábado de Gloria.
Muchas veces he oído decir a sujetos graves, y he leído en periódicos y
en libros, que en la última guerra entre Francia y Prusia perdieron los
franceses porque andaban entonces muy corrompidos y bailaban demasiado
_cancan_; pero ¿eran acaso los prusianos algunos padres del yermo, y no
gastaban del mismo baile o de otros no menos descompuestos y lascivos?
Su triunfo tuvo, pues, otras causas, y no la mayor severidad y pureza de
costumbres.
Todavía hay otra moralidad más rígida de la que suele valerse la gente
para explicar los grandes sucesos, poniéndola como una de las bases de
la filosofía de la historia. Sale un pueblo vencedor, y otro pueblo
queda vencido en una guerra. ¿Hemos de afirmar por eso la evidente
degeneración del vencido? ¿Pudo exigirse como un deber, pudo
considerarse como ineludible condición para no pasar por degenerados, el
tener antes del vencimiento héroes y mártires en abundancia? Yo entiendo
que no. Yo entiendo que el heroísmo y el martirio son altamente
laudables por lo mismo que son raros. El héroe y el mártir alcanzan fama
inmortal; pero es cuando la doctrina, la creencia, el pueblo o la
sociedad por quien se sacrifican viene a triunfar al cabo. Los
trescientos de las Termópilas estarían olvidados o pasarían por locos de
atar, si después de su sacrificio no hubieran brotado los inmarcesibles
laureles de Maratón, Platea y Salamina.
Cierto es también que los actos heroicos valen siempre mucho, aunque
sólo sea para limpiar la derrota de toda vergonzosa mancha. Muriendo D.
Rodrigo a orillas del Guadalete y en Hasting Haroldo, encubrieron con su
sangre el oprobio de la rápida conquista de España y de Inglaterra por
moros y normandos. Y el último de los Paleólogos, combatiendo y muriendo
gloriosamente en defensa de Constantinopla, fue digno de la majestad
cesárea; puso término glorioso al secular poder de griegos y de romanos,
y merece no menor aplauso que Leónidas y más piadosa simpatía.
No quiero yo dilucidar aquí, porque los sucesos son harto recientes, si
las circunstancias son parecidas o si son muy otras, y si hubo o si
debió haber al acabar lastimosamente el Imperio colonial de España que
había durado cuatrocientos años, algo de hermoso y digno de una gran
tragedia: personajes que equivaliesen a los Rodrigos, Haroldos y
Paleólogos que hemos citado. Lo que sí me parece que puede asegurarse es
que mayor sacrificio que el que hemos hecho de dinero y de sangre
hubiera tenido idéntico resultado o más desastroso, porque, sobre la
pérdida de nuestras colonias, los _yankees_ hubieran podido arruinar
algunas de nuestras ciudades de la costa, y causar perjuicios gravísimos
a nuestra industria y comercio renacientes, sin que toda la antigua
valentía española, renacida y hasta aumentada, nos hubiese servido de
mucho contra enormes barcos acorazados, contra diestros marinos y
contra la certera puntería de colosales cañones.
Abandonados de toda Europa con la estéril e inútil conmiseración de
algunas Potencias y con el soberbio desdén y secular aborrecimiento de
otras, siempre hubiéramos sucumbido en la lucha, y mientras más la lucha
hubiera durado, más honda y más cruel hubiera sido nuestra caída.
Menester es resignarse: no hay otro remedio. ¿Qué ventaja pueden
traernos ya las recriminaciones? Concedamos que ha habido culpas, cuyo
castigo ha sido nuestra derrota; pero los culpados han sido y son
tantos, que lo más prudente no es la absolución, sino la amnistía;
olvidar lo que ya pasó, como se olvida el más horrible sueño, y hacer
vida nueva. Exponer aquí como debe ser esta vida es empeño superior a
mis facultades mentales, y creo que también a las de no pocos que han
tomado el oficio de regeneradores y que recitan discursos o escriben
libros terapéuticos. Lo único que puede afirmarse, sin que presuma el
que lo afirme de estar dotado de la facultad de regenerar o de curar, es
que en el día más que en otras edades, conviene ser rico para ser
fuerte, y conviene además ganar aliados y amigos, y no estar solos en el
mundo. El valor heroico, puede hacer milagros; pero no debe fiarse en
milagros la suerte y el porvenir de la patria. Y ese mismo valor
heroico, cuya aptitud milagrosa concedemos, en algunas ocasiones decae,
y hasta fallece cuando faltan en la colectividad o en el individuo los
materiales recursos, la destreza en las armas y todos aquellos medios de
defensa y de ofensa que son ahora más complicados y costosos que nunca y
que requieren constante estudio y largo aprendizaje para que sean bien
empleados.
Me mueve a poner aquí las anteriores reflexiones la lectura de una
novela o como queramos llamarla, obra de D. José Nogales, y cuyo título
es _El último patriota_. Constituye la acción o el argumento de la
mencionada novela, la serie de sucesos, de temores y de esperanzas que
sobrevienen y asaltan a los habitantes de una ciudad imaginaria, llamada
Oblita y situada en territorio español, durante la muy deplorable y
harto poco lucida guerra que contra los Estados Unidos de América nos
vimos obligados a sostener. Y digo que nos _vimos obligados_, porque
hasta cierto punto es falsa la vulgar sentencia que dice: que dos no
pelean cuando uno de los dos no quiere. El que no quiere puede ser
colocado tan sin escape y tan entre la espada y la pared, que sin contar
con la menor probabilidad de triunfo y sólo para salvar su decoro y
probar que cede a irresistible fuerza, acepta o declara la guerra,
aunque esté persuadido de que va a ser derrotado. Así con espadas de
plomo peleaban gladiadores contra el bien armado Emperador de Roma, que
de seguro había de matarlos, y así sale al campo a reñir en desafío
contra el más tremendo de los espadachines un señor viejo y pacífico que
no sabe de esgrima o que la ha olvidado, y que por no haber tirado al
blanco o haberse quedado medio ciego no acierta a dar un balazo a un
elefante a cinco metros de distancia.
Importa, antes que todo, rejuvenecerse y robustecerse para cobrar
confianza; aprender luego o recordar los ejercicios gimnásticos y de las
armas; apercibirse de los convenientes pertrechos, pero sin gastar en
adquirirlos lo que antes debe emplearse en restaurar los bríos naturales
de la propia persona, y, por último, buscar y ganar amigos para no verse
otra vez abandonados en el caso de un nuevo conflicto. Pero lo que
importa más que nada es que no decaiga el ánimo, que no se abata el
vencido y que no forme muy ruin y desesperada opinión de sí propio.
Por lo expuesto me inclino yo a desaprobar la impía burla con que
fustiga el señor Nogales a los habitantes de Oblita. Convengo en que un
fervoroso patriotismo, herido y exaltado por recientes desventuras, y el
deseo de estimular a la patria y de excitarla a grandes acciones,
sacándola de la flaqueza y del marasmo en que tal vez ha caído, pueden
mover a un varonil y bien intencionado escritor a zaherir y a satirizar
duramente a la misma nación a que pertenece. Claros ejemplos de tales
diatribas, fundadas en sentencias como las que rezan: quien bien te
quiere te hará llorar, y la letra con sangre entra, han dado en Italia,
para libertarla del yugo extranjero y hacerla una, no pocos egregios
italianos como Parini, Giusti y Leopardi, avergonzándola y maltratándola
de palabra, ora en prosa, ora en verso.
¿Está bien o no está bien que nos valgamos hoy en España de un método
parecido? Hallo tan comprometido el contestar a la pregunta, que no
atino con la contestación útil y justa y no me resuelvo a darla.
Paréceme, no obstante, que entre nosotros hay en el día circunstancias
que deben movernos a ser más indulgentes que ásperos; a consolar y
alentar en vez de censurar.
Una de las causas, la mayor tal vez de la postración y del hundimiento
en que nos vemos, es la cortísima estimación en que se tienen hoy los
mismos españoles; cortísima estimación que, combinada con el sobrado
aprecio y exagerado buen concepto que cada cual forma de sí propio, nos
arrastra a la desunión, al regionalismo y al separatismo. Los cubanos,
sin duda, se figuraban más civilizados, más listos, más productores de
bienestar y de riqueza, y harto más capaces de progreso que los
habitantes de esta Península. De aquí el que creyesen que era
impedimento o rémora para que subiesen ellos a más altas esferas, el
seguir unidos a nosotros. Posible es que alguien piense en tal cual
región de esta Península de la misma manera que pensaban los cubanos.
Nobilísimo es el amor de la patria chica; pero debe ir acompañado, para
no ser funesto, del amor de la patria grande. El desdén y el odio hacia
ella son origen de debilidad y de interesado egoísmo.
No menos lamentable, sobre todo después de un inmenso infortunio, es
echarse la culpa unas parcialidades a otras parcialidades y unas clases
a otras clases. Si tienen la culpa los liberales, dirán los serviles que
deban mandar ellos para regenerar el país; si los políticos se inventará
una masa neutra que tratará de convertirse en política de repente; si
los librepensadores, saldrán chillando los devotos y ultra-católicos,
asegurando que todo el mal proviene de la carencia de fe religiosa; por
contraposición, los librepensadores afirmarán luego que el fanatismo es
lo que nos debilita, empobrece y vuelve tontos; en suma, no nos
entenderemos, y cuando más que nunca conviene la concordia y la paz,
acabaremos de arruinarnos con el desasosiego y los desórdenes. Casi todo
el siglo XIX se nos ha pasado en revoluciones estériles, en largas
guerras civiles, en pronunciamientos y contrapronunciamientos, en tejer
y destejer constituciones y leyes orgánicas, en reformarlo todo, y en
reformar de nuevo lo reformado antes; y de todo ello procede sin duda la
mísera situación en que hemos caído. No es, pues, modo de remediarla el
volver de nuevo a las interminables reformas, a atribuirnos unos a otros
la malaventura y a reñir contra los propios porque no fuimos hábiles
para reñir contra los extraños.
La alegoría o el símbolo suele prestarse a diversas interpretaciones. La
novela _El último patriota_ es alegórica o simbólica, y bien puedo yo
interpretarla a mi modo. Acaso mi interpretación sea la recta. De ella
se deducirá entonces una moraleja muy semejante a cuanto acabo de decir
en este artículo: que en fuerza de ser la culpa general, debemos
olvidarla, haciendo antes el firme propósito de la enmienda.
Es sin embargo, harto cruel y burlesca toda la alegoría que a tan buena
moraleja nos conduce. La rapidez con que los habitantes de Oblita pasan
de una extremada y jactanciosa confianza al abatimiento y a la
consternación; los medios ridículos que inventan y a que acuden para
combatir a los enemigos, como por ejemplo el _fulminario_, con el cual
suponen que echarán a pique toda la escuadra de Watson; el gracioso
combate en que toman parte los valerosos habitantes de Oblita contra la
mencionada escuadra, que por un prodigio de imaginación han traído de
América hasta las playas que están cerca de su ciudad; el belicoso ardor
del padre cura y los arrestos magnánimos del linajudo hidalgo D. César
Paniagua, todo tiene chiste y todo hace reír, pero con lo que
vulgarmente se llama risa de conejo, que en vez de regocijar, lastima y
duele. Hasta la determinación final del cura y de D. César de levantar
para regenerarnos una partida carlista y de encender de nuevo la guerra
civil, está bien ideada y trazada, y contribuye a la severa lección que
el Sr. Nogales quiere darnos.
Considerado, por último, el libro del Sr. Nogales como un desahogo de su
mal humor y de su duelo patriótico, no cabe duda que tiene mérito y
prueba agudeza y poder de ingenio. Acaso yo, que soy quizás demasiado
optimista y muy indulgente y benigno, halle poco simpático el libro del
Sr. Nogales y sea para juzgarle el menos a propósito de todos los
críticos. A salvo queda, no obstante, la noble y generosa intención del
Sr. Nogales. No tiene toda su satírica más feroz amargura para España,
que para Italia los siguientes versos de Leopardi, que bien pudieran
servir de epígrafe a _El último patriota_:
Volgiti indietro e guarda o patria mia,
Quella schiera infinita d'immortali,
E piangi e di te stessa ti disdegna;
Chè senza sdegno omai la doglia è stolta:
Volgiti e ti vergogna e ti riscuoti,
E ti punga una volta
Pensier degli avi nostri e de' nepoti.
ISAAC
POR JAVIER LASSO DE LA VEGA
La centralización administrativa no ha traído proporcionalmente, tanto
como en Francia, todo el movimiento intelectual, literario y artístico,
a la capital en España. Brillantes centros, focos de nuestra cultura,
siguen siendo algunas ciudades, sobresaliendo entre ellas Barcelona y
Sevilla. Y como conviene a mi ver, que esta vida del espíritu siga
difundida, y no venga a recogerse y a acumularse en Madrid, buscando
fama y provecho, creo que también conviene llamar la atención, más aún
que sobre los libros que se publican en esta villa y corte, sobre los
que en provincias se escriben y se publican.
El autor del libro cuyo título nos sirve de epígrafe, es, a lo que
parece conocido y celebrado en la gran ciudad del Guadalquivir como
docto médico y como autor de varias obras científicas, entre las que se
cuentan: _Concepto de la fisiología general_, _El genio y la
inspiración_, _La ciencia y el Arte_, _La Atrepsia_, _Origen y fin del
planeta Tierra_, y _Biografía y estudio crítico de las obras de Nicolás
Monardes_.
Durante los dos primeros tercios del siglo XIX apenas hubo, en nuestro
país, político, jurisconsulto ni personaje notable en otras profesiones,
que no empezase por componer versos y que a menudo no siguiese
componiéndolos durante toda su vida. Ahora puede decirse que la afición
a los versos, si no ha cesado, ha disminuido no poco, y que, en cambio,
desde veinte o treinta años hace, ha cundido la afición a escribir
novelas.
Este género de literatura, que floreció tan gloriosamente en España, se
descuidó por el teatro, desde mediados del siglo XVII, y sólo ha
renacido recientemente, pugnando por competir con las novelas francesas
e inglesas, que son en el día las más celebradas, y con las novelas
rusas y de otros pueblos del Norte, que van poniéndose muy de moda.
El médico sevillano D. Javier Lasso de la Vega, se ha dejado llevar de
la corriente, ha querido también ser novelista, y ha mostrado que posee
las prendas y demás condiciones que para serlo se requieren.
Su novela _Isaac_ es, con todo, para mi gusto, más sátira que novela:
pertenece a un género que no me agrada, aunque en él puede más
fácilmente que en otros ganarse fama y obtenerse un buen éxito de
librería. Sacar a la vergüenza a personajes conocidos, vivos y reales, y
revelar al público todos sus vicios y pecados, es uno de los medios más
a propósito de que puede valerse un escritor para proporcionarse
lectores. Yo tengo por cierto que el Sr. Lasso de la Vega no ha menester
de este medio, y por lo mismo me pesa de que le haya empleado.
Como quiera que ello sea, yo quiero suponer que no le empleó; que bajo
los nombres imaginarios de los personajes de su novela no descubre ni
debe descubrir la malicia verdaderos nombres, y que la fingida ciudad de
Gaudulia nada tiene que ver con Sevilla.
Si es _Isaac_ novela de _clave_, no quiero yo valerme de la _clave_ para
descifrar la novela. Baste a mi propósito estimar como pura ficción
cuanto en ella se cuenta, y entender que su sátira va contra el vicio y
no designa ni fustiga a los viciosos, cuyo castigo prefiero yo que se
encomiende a la ley, a los tribunales y a la pública reprobación, sin
que autor ninguno, en una obra de arte y de puro entretenimiento, en lo
que puede y debe calificarse de poesía, aunque esté en prosa, se rebaje
y se humille hasta ejecutar la ruda sentencia.
Aun así, aun prescindiendo de la realidad que puede tener el modelo de
cada uno de los personajes fingidos, he de confesar que gusto poco de
la novela muy satírica. Y esto por varias razones. Indicaré aquí
algunas.