escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar
que enseñamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos nuevos
y ocultos senderos. Bástenos con aspirar a divertir o a conmover
agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de
individuos, que forman nuestro público y que tienen el bueno o el mal
gusto de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos.
Ojalá que este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro público no se
disipe, sino que persista o se renueve, y que al menos la mejor de
nuestras novelas siga leyéndose con agrado la mitad del tiempo siquiera
que fue leído el _Amadís de Gaula_ o que fue leída _La Diana_ de Jorge
de Montemayor, que casi nadie lee ya porque le falta la paciencia.
Y para que no le falte también a los lectores de _El Liberal_, al notar
lo largo de esta discusión literaria, pongo por mi parte punto final en
ella, y prometo no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan
y diluciden la cuestión con mejor tino y gracia.
EL FILÓSOFO AUTODIDACTO
Con el título arriba estampado se designa cierta novela, que hará ya
ocho siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi
antiguo y buen amigo el autor de _El sombrero de tres picos_, de _La
pródiga_, y de _El niño de la bola_. Aunque sólo fuera por esto, me
sería a mí simpática la novela de que voy a hablar, novísima ya a fuerza
de ser antigua. La escribió un mahometano natural de Guadix, que vivió
en el siglo XII de nuestra era y que tenía por nombre Abubequer
Abentofail. Dicen que fue gran matemático y astrónomo, docto médico,
filósofo e inspirado poeta. Hubo de ser asimismo hábil y discreto
cortesano, porque privó con el rey moro de entonces, de la dinastía de
los Almohades, y alcanzó tal valimiento, que pudo favorecer, aupar y
llamar con buenos empleos a aquella brillante corte a no pocos otros
sabios y literatos. Así tuvo la gloria de ser el protector del gran
cordobés Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en la
filosofía escolástica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun
entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que
Ernesto Renán compuso sobre él y sobre su doctrina.
Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que
llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de
varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos
las aventuras de Hay Benyocdan o sea _El filósofo autodidacto_,
aceptando el título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de
la lengua arábiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente
comentada por Moisés de Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y
la publicó en Oxford en 1671. Después se han hecho varias versiones y
ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán
y en inglés.
En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de
ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes
en lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable
o casi seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se
propuso imitarla. _Las aventuras de Robinsón Crussoe_ que tanto nos han
embelesado a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien
podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la
obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que
Robinsón, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su
ingenio, por la energía de su espíritu y por la robustez y brío de su
cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con
productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas;
somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la
intemperie construyéndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa
los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad
otras artes y otros oficios.
En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por
consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio
de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había
visto, se limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.
Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista
ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables
amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para
evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como
la madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso
se llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una
cuna flotante a merced de las olas.
De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto
donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible
floresta, en hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la
que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales
tímidos y benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una
cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.
La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño
abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que
inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos
verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin
dejar de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental
conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.
No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos
importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está
fundado.
Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma
que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de
sí, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y
combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque
desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay
para él palabra hablada o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios
gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.
A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al
ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su
héroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de
espacio y más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar
sin rebajar el valer de la obra.
Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y
abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve
aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así
la especie y el género y llega por último a la unidad del ser, despojado
de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a
que llega no es el ser vacío, que indeterminado y sin atributos, se
confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza,
porque ha llegado hasta él, no por mero procedimiento dialéctico,
abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en él la causa y el
origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de
todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de
generación y de corrupción en que vivimos, ni en el aire, ni en el éter,
ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo
que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea
eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay,
presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único,
supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo
cuanto fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y
cosmológicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo
llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo
penetra, sin las dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.
Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y
la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha
huido. Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio
en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los
nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo
vapor se ha disipado. Así infiere que el principio de la vida es
incorpóreo, es tenue; se asemeja en pequeño al gran ser que antes ha
reconocido como motor o como alma del Universo.
Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos
descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la
idea del gran ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su
especie. Valiéndonos de expresión moderna, él por sí solo constituye un
reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en él existe
no puede menos de ser inmaterial e inmortal...
El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco;
escudriña, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí
la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se
despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos
senderos en el abismo de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la
radiante y divina luz del día eterno. Hasta la inmortal esencia de su
espíritu se diluye y se pierde en aquel Océano luminoso, viniendo a ser
todo uno y lo mismo.
Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el
Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa
y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel
eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor
intensidad en cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja
y se mira en los espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo
más bajo de nuestra tierra de corrupción brilla algo de la luz divina,
como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las
negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar
alborotado.
No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a
sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me
infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad
de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo
penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan
enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el
Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: _¡Dios
mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada
porque no son lo que Tú eres!_
Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la
ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y
frases muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.
Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la
carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que
la inteligencia pura.
En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún
todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.
Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso
creyente en una religión positiva, se siente inclinado a la mística
contemplación, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar
en la isla donde Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran,
se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al
principio se entienden por señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal
logra pronto enseñarle su idioma. De los sabios coloquios que tienen
ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de
la fe y la razón. La verdad revelada por profetas, apóstoles y
fundadores de religiones, coincide en todo con la metafísica que Hay ha
construido en la serie larga de sus meditaciones. La única diferencia
estriba sólo en que la metafísica de Hay es el desnudo foco o centro de
la verdad, envuelta por la religión en densísimo velo de símbolos,
alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero
en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han
tenido que velarlo y envolverlo en símbolos. En vista, además, de la
flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha
podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad
y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte,
se conforme y se someta.
De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la
pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en
símbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por
medio de la introinspección y de la filosofía.
Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la
inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él,
y más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos.
Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué
entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego
a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y
perecedero, se apartan de Dios, sienten después de morir un dolor
grandísimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura
y luz columbraron. Son como hombres que antes veían y que después se han
quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones
positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal
es el purgatorio.
Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La
inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son
como ciegos _a nativitate_, y como no han columbrado la luz divina, no
se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin
pena ni gloria.
Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son
pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a penas
eternas.
La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse
satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica
entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando
entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal
vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal
se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y
arriban al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y
persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien
éstos se lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y
la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces,
imitando a la zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen _no
están maduras_, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad
y conversación interior hasta que les llega el día de su glorioso
tránsito, o sea de la muerte.
Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica
de Tofail.
En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido
arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad,
devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con
gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se
habla en ella.
El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de
1900, y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se
publica. Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del
arcediano D. José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado
traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como
apéndice la alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según
dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente
hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las
cosas divinas.
Sobre la duración del habla castellana
con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.
A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancolía y al
desaliento. Hasta en las circunstancias más tristes procuro hallar algo
que me traiga esperanza y consuelo. Como los niños de los cuentos de
hadas, cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un
bosque lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo
lejos resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un espléndido
alcázar, donde genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y
regenerarnos.
A pesar, no obstante, de esta dichosa condición mía, como son tantos los
Jeremías y las Casandras que andan por ahí pronosticando nuevos males, y
como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros
relámpagos, terribles avisos y ominosas señales, confieso que me
desazono, la postración se apodera de mi espíritu y me pongo muy
compungido.
Para animarme solía yo discurrir allá en mis adentros: hemos gastado más
de lo que podíamos gastar en una pobre e inútil defensa, y hemos perdido
al fin nuestras ricas colonias, pero nadie podrá acusarnos, con
justicia, de malos colonizadores, ni de nación estéril, cuando tan
vastos territorios han permanecido en nuestro poder cerca de cuatro
siglos y cuando de esta nación han brotado, como de tronco lleno de
savia las ramas verdes y floridas, diecisiete repúblicas de gran
porvenir, donde circula nuestra sangre, donde queda indeleble el sello
de nuestro propio ser y carácter y donde sigue y seguirá hablándose
nuestro idioma.
Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Frías.
.............en vano el mundo
De Colón, de Cortés y de Pizarro,
A España intenta arrebatar la gloria
De haber sido español.
Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de allí
seguirá siendo española antes de ser americana. Y el navegante que
llegue a aquellos puertos tan apartados de Europa y de España,
Verá la cruz del Gólgota plantada
Y escuchará la lengua de Cervantes.
Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguirían siempre siendo
hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Méjico
hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiríamos hablando la
lengua española cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran
porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y
lean. Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en él,
con sus dudas y temores, nada menos que el más profundo conocedor de la
lengua castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos
desmienta) que vive hoy en el mundo.
Pocos días ha, recibí un librito impreso en Chartres, que contiene un
poema titulado _Nastasio_, obra del vate argentino D. Francisco Soto y
Calvo. El poema es muy original. En él hay descripciones bien hechas y
sin duda fieles, de la vida rústica de la Pampa, de aquellas fértiles
praderas y de las costumbres, lances y amores de los campesinos o
gauchos. Refiere la mala aventura de un pallador llamado Nastasio, a
quien un tremendo huracán destruye y quema la cabaña y mata a la mujer y
a los hijos. La honda pena y la resignación cristiana del pallador están
bien sentidas y expresadas. Los versos que el pallador compone,
celebrando primero su ventura, cuando aún era dichoso, y lamentando su
infortunio más tarde, son sencillos y espontáneos sin ser prosaicos ni
rudos, y merecen, a mi ver, no pequeña alabanza. Por último, la muerte
del pallador, viudo y solitario, está llena de dulce tristeza o más bien
de esperanza consoladora.
.............Un instante
Fijos los ojos en el techo obscuro
Pareció que hondamente agradecía
La bondad del Señor.
Después, ya muerto,
Se quedó cual soñando en lo futuro,
Y se asentó la paz en su semblante.
En suma, el _Nastasio_ del Sr. Soto y Calvo es una bella composición,
por el estilo del _Hermán y Dorotea_ de Goethe y de la _Evangelina_ de
Longfellow, si bien en el _Nastasio_ no se advierte imitación, sino
mucha espontaneidad. Su lenguaje es castellano muy puro.
Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado más la carta-prólogo
que en el _Nastasio_ he leído.
Hay en esta carta una idea harto contraria a la condición, vida y
carácter de quien la emite. Imposible parece que desconfíe tanto del
porvenir en América del idioma castellano quien ha consagrado toda la
vida a su estudio y está erigiéndole el maravilloso monumento de un
_Diccionario de construcción y régimen_. Quizás exprese D. Rufino J.
Cuervo, pues ya se entiende que éste es el autor de la carta, no ya una
convicción, sino el temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que
ama desaparezca o muera.
La corrupción del latín y el nacimiento y desarrollo ulterior de las
lenguas romances no puede ni debe servirnos de guía para pronosticar en
América la corrupción del castellano y el nacimiento y desarrollo
ulterior de nuevos idiomas. El imperio de los Césares acabó y se
desmembró por invasión extranjera. Pueblos germánicos y de otras razas y
lenguas vinieron a establecerse en varias provincias del imperio, dando
origen a nuevos Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio
colonial de España ha tenido fin, dividiéndose de manera muy distinta,
por obra de los mismos españoles de origen que han querido y logrado ser
independientes.
La civilización antigua se corrompió y degeneró primero, y con la
invasión de los bárbaros sufrió después largo eclipse, o más bien sueño
o letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra
de lo que era y con otros modos de expresión para manifestar su
pensamiento; pero en las repúblicas hispano-americanas ni ha habido
invasión de bárbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilización, ni raza
triunfante y dominante que se haya sobrepuesto a la raza española de
origen que antes triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para
recelar la desaparición en el nuevo continente de la lengua castellana,
a no ser que los actuales habitantes o ciudadanos de las nuevas
repúblicas se consideren, con humildad profundísima, tan pobres de ser
propio que vengan a sobreponerse a ellos y a hacerles olvidar el habla
de sus padres, o bien los indios indígenas, o bien los emigrantes
italianos, franceses o alemanes, que acudan en busca de trabajo y de
bienes de fortuna.
El aislamiento de las diversas repúblicas entre sí, tendrá que ser y
deberá ser menor cada día, y sólo en muy remoto porvenir, que va más
allá de toda previsión humana, podrá crear lenguas distintas, acabando
por no entenderse los que son hoy pueblos hermanos.
El que haya cierto número de palabras propias de cada país para
significar especiales y locales usos, costumbres, producciones
naturales, trajes, etc., no basta para explicar que vengan a nacer
distintas lenguas. Acaso para entender las narraciones de Pereda, el más
español y el más castellano de nuestros novelistas, se requiera más
glosario que para entender el _Nastasio_ o cualquiera otra narración
argentina. Y no por eso teme nadie entre nosotros que en la Montaña, en
Santillana o en Santander, en la patria del mismo Pereda, de Amós
Escalante y de Menéndez y Pelayo, salgan hablando, el día menos
pensado, un idioma distinto.
La más seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, según dice el
Sr. Cuervo, que no hay más que cuatro o cinco autores españoles cuyas
obras se lean en América con gusto y provecho, que allí la vida
intelectual se deriva de otras fuentes; pero si esto es así, si en
España no hay más que cuatro o cinco autores, y si para vivir vida
intelectual tenemos que recibirla de Francia, tan amenazado como en
aquellas repúblicas está el castellano en esta desventurada y estéril
metrópoli, donde sólo Dios sabe qué lengua hablaremos, o si dejaremos de
hablar ya que nada propio y no venido de París tenemos que decir en
ninguna habla. Si para decir algo de _gusto_ o de _provecho_ tenemos que
repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en francés y no
traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto
y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara diciendo:
........et souvenez-vous bien
Qu'un dîner rechauffé ne valut jamais rien.
Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua
metrópoli y en todas las repúblicas, sus hijas, dieciocho lenguas
nuevas, desaparecerá la esterilidad de nuestro ingenio, se nos
aclararán las entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que
escriban cosas de _gusto_ y de _provecho_, tendremos cuatrocientos o
quinientos. Desengáñese el señor Cuervo: si en el día y hasta el día
hemos sido y somos poco ingeniosos, _provechosos_ y _gustosos_, lo
seguiremos siendo, aunque se repita el milagro de la Torre de Babel
entre nosotros.