Moraleja final de todo. Nosotros, por lo mismo que no somos sabios,

escribimos difusamente cuanto se nos antoja; pero no debemos imaginar

que enseñamos, ni que mejoramos a la humanidad, ni que le abrimos nuevos

y ocultos senderos. Bástenos con aspirar a divertir o a conmover

agradablemente, no a la humanidad toda sino a unos cuantos miles de

individuos, que forman nuestro público y que tienen el bueno o el mal

gusto de entretenerse leyendo las novelas y los cuentos que escribimos.

Ojalá que este bueno o mal gusto no se pierda, que nuestro público no se

disipe, sino que persista o se renueve, y que al menos la mejor de

nuestras novelas siga leyéndose con agrado la mitad del tiempo siquiera

que fue leído el _Amadís de Gaula_ o que fue leída _La Diana_ de Jorge

de Montemayor, que casi nadie lee ya porque le falta la paciencia.

Y para que no le falte también a los lectores de _El Liberal_, al notar

lo largo de esta discusión literaria, pongo por mi parte punto final en

ella, y prometo no decir ya nada aunque otros escritores me contradigan

y diluciden la cuestión con mejor tino y gracia.

EL FILÓSOFO AUTODIDACTO

Con el título arriba estampado se designa cierta novela, que hará ya

ocho siglos o siete y medio por lo menos, compuso un paisano de mi

antiguo y buen amigo el autor de _El sombrero de tres picos_, de _La

pródiga_, y de _El niño de la bola_. Aunque sólo fuera por esto, me

sería a mí simpática la novela de que voy a hablar, novísima ya a fuerza

de ser antigua. La escribió un mahometano natural de Guadix, que vivió

en el siglo XII de nuestra era y que tenía por nombre Abubequer

Abentofail. Dicen que fue gran matemático y astrónomo, docto médico,

filósofo e inspirado poeta. Hubo de ser asimismo hábil y discreto

cortesano, porque privó con el rey moro de entonces, de la dinastía de

los Almohades, y alcanzó tal valimiento, que pudo favorecer, aupar y

llamar con buenos empleos a aquella brillante corte a no pocos otros

sabios y literatos. Así tuvo la gloria de ser el protector del gran

cordobés Averroes, tan admirado en la Edad Media, tan influyente en la

filosofía escolástica y del Renacimiento, y conocido hoy y celebrado aun

entre el vulgo de los eruditos a la violeta por el precioso libro que

Ernesto Renán compuso sobre él y sobre su doctrina.

Abentofail hubo de ser, sin duda, un escritor muy fecundo: lo que

llamamos ahora un polígrafo. Escribió de astronomía, de medicina y de

varios otros asuntos; pero todo o casi todo se perdió, y sólo poseemos

las aventuras de Hay Benyocdan o sea _El filósofo autodidacto_,

aceptando el título que se ha dado a la novela al traducirla en latín de

la lengua arábiga. Traducida fue primero en hebreo y sabiamente

comentada por Moisés de Narbona. En latín la tradujo Eduardo Pococke, y

la publicó en Oxford en 1671. Después se han hecho varias versiones y

ediciones de ella en las lenguas vivas de ahora, especialmente en alemán

y en inglés.

En Inglaterra hubo de tener muy buen éxito nuestra novela, ya que de

ella se hicieron en poco tiempo tres traducciones y ediciones diferentes

en lengua vulgar. Vivía entonces el famoso Daniel de Foe, y es probable

o casi seguro que leyó la historia de Hay Benyocdan, gustó de ella y se

propuso imitarla. _Las aventuras de Robinsón Crussoe_ que tanto nos han

embelesado a todos cuando niños, y cuya lectura nos deleita aún, bien

podemos jactarnos de que hasta cierto punto han sido inspiradas por la

obra del antiguo novelista de Guadix. Hay Benyocdan, lo mismo que

Robinsón, se encuentra en una isla desierta, y por la virtud de su

ingenio, por la energía de su espíritu y por la robustez y brío de su

cuerpo, lucha con la naturaleza y la doma: cubre su desnudez con

productos vegetales y con pieles; remedia su debilidad inventando armas;

somete a varios animales y los sujeta a su mandado; se abriga de la

intemperie construyéndose una vivienda, y se proporciona fuego, y guisa

los alimentos para no comerlos crudos, y crea para su uso y comodidad

otras artes y otros oficios.

En la historia de Foe, el héroe es harto menos prodigioso. Es por

consiguiente más verosímil lo que ocurre. Robinsón había vivido en medio

de una sociedad civilizada, y evocando el recuerdo de lo que había

visto, se limitaba a reproducirlo más o menos groseramente.

Hay Benyocdan es personaje mucho más fantástico. El mismo novelista

ignora cómo su héroe ha venido al mundo. Tal vez fruto de culpables

amores o de matrimonio clandestino la bellísima princesa, su madre, para

evitar la venganza de un padre o de un hermano harto severo, hace como

la madre de Rómulo, o como hizo Elisena con su hijo Amadís, que por eso

se llamó el Doncel del mar: le abandona en un bosque o le pone en una

cuna flotante a merced de las olas.

De esta suerte, Hay Benyocdan llevado por mansos vientos, arribó a punto

donde, al retirarse la marea, le dejó en seco, en fértil y apacible

floresta, en hermosísima isla situada en la línea equinoccial, y en la

que no hay hombres ni fieras, sino verdura, flores y frutos y animales

tímidos y benignos. Una gacela le cría, como crió a Rómulo una loba, una

cabra a Dafnis, y una oveja a Cloe.

La manera con que Tofail va explicando y contando el crecer del niño

abandonado, el desenvolvimiento de sus facultades corporales, y lo que

inventa y forja para aumentarlas, y luchar por la vida, es harto menos

verosímil que en el cuento de Foe, pero es igualmente ingeniosa, sin

dejar de presuponer en quien escribe atinada observación y experimental

conocimiento de lo natural y real que hay en el mundo.

No se limita a esto, con todo, la novela de Tofail. Esto es lo menos

importante de la novela, aunque sobre ello lo más importante está

fundado.

Hay Benyocdan es todavía más excepcional y egregia criatura por el alma

que por el cuerpo. Nada ve, nada hace, nada observa en sí ni fuera de

sí, sobre lo cual no piense y cavile. En su mente va ordenando y

combinando las ideas que recibe, claras y distintas todas, aunque

desnudas de signo sonoro o dibujado que las represente, porque no hay

para él palabra hablada o escrita. Sólo puede saber y sabe los varios

gritos inarticulados de su madre adoptiva la gacela.

A mi ver, es un milagro de prodigiosa sutileza el que realiza Tofail al

ir narrando el interior desenvolvimiento del pensar en la mente de su

héroe solitario y mudo. Seguirle en esto no se puede aquí por falta de

espacio y más aún por falta de suficiente aptitud en mí para extractar

sin rebajar el valer de la obra.

Percibe Hay primero la diversidad de los seres que tienen vida, y

abstrayendo luego las diferentes cualidades que los distinguen, ve

aquello en que todos convienen y en que todos se identifican y halla así

la especie y el género y llega por último a la unidad del ser, despojado

de accidentes y de distinciones, pero que lo comprende todo. Y el ser a

que llega no es el ser vacío, que indeterminado y sin atributos, se

confunde con la nada, sino que es el ser en toda su plenitud y grandeza,

porque ha llegado hasta él, no por mero procedimiento dialéctico,

abstrayendo lo distinto y lo vario, sino buscando en él la causa y el

origen del orden, de la magnificencia, del movimiento y de la vida, de

todo el universo: causa que no ha logrado hallar ni en este mundo de

generación y de corrupción en que vivimos, ni en el aire, ni en el éter,

ni en los astros al parecer incorruptibles, ni en las esferas del cielo

que van girando arrebatadas. El motor de todo esto, ora todo esto sea

eterno, ora haya sido creado por el motor, sobre lo cual vacila Hay,

presenta razones en pro y en contra y no decide, es un motor único,

supremo y anterior, si no cronológicamente, dialécticamente, a todo

cuanto fue, es y será. En suma, Hay, con argumentos dialécticos y

cosmológicos, acaba por demostrarse la existencia de Dios, que todo lo

llena; de una inteligencia pura que lo dirige todo y que todo lo

penetra, sin las dimensiones y demás accidentes propios de los cuerpos.

Cuando muere la gacela, su madre adoptiva, discurre Hay sobre la vida y

la muerte. Quiere buscar el principio de la vida que de la gacela ha

huido. Con rudos instrumentos le abre las entrañas y busca ese principio

en el hígado, en los pulmones, en el corazón, en la sangre y en los

nervios. No le halla en parte alguna. Estaba en todo y como levísimo

vapor se ha disipado. Así infiere que el principio de la vida es

incorpóreo, es tenue; se asemeja en pequeño al gran ser que antes ha

reconocido como motor o como alma del Universo.

Estudia luego a los animales con quienes vive y entre él y ellos

descubre radical diferencia. Ve que ninguno ha logrado elevarse hasta la

idea del gran ser a que él se ha elevado. Él, pues, es único en su

especie. Valiéndonos de expresión moderna, él por sí solo constituye un

reino aparte: el reino humano. La sustancia pensadora que en él existe

no puede menos de ser inmaterial e inmortal...

El solitario Hay se consagra entonces a estudiarla con ahínco;

escudriña, medita, prescinde de sus sentidos corporales; desecha de sí

la memoria, se olvida del mundo sensible, hasta de la imaginación se

despoja, y ya con la pura esencia del pensamiento, se hunde por lóbregos

senderos en el abismo de su propia alma. Allí al cabo se le aparece la

radiante y divina luz del día eterno. Hasta la inmortal esencia de su

espíritu se diluye y se pierde en aquel Océano luminoso, viniendo a ser

todo uno y lo mismo.

Todavía, sin embargo, Hay vuelve del éxtasis y contempla de nuevo el

Universo visible, pero ya reconoce en todo él, en una parte más intensa

y en otras menos, la luz en que estuvo inundado. Los rayos de aquel

eterno sol y su imagen esplendorosa se reflejan con mayor o menor

intensidad en cuantas son las criaturas. Así el sol material se refleja

y se mira en los espejos, aunque estén empañados y turbios. Hasta en lo

más bajo de nuestra tierra de corrupción brilla algo de la luz divina,

como tal vez, en medio de las tempestades, un rayo de sol rasga las

negras nubes y se quiebra y riela en las ondas fugaces del mar

alborotado.

No pocos críticos acusan a Tofail de panteísta; pero yo me atrevo a

sostener, si bien con la timidez que mis escasos conocimientos me

infunden, que Tofail está exento de panteísmo. La persistente realidad

de cuantos seres hay en el mundo queda a salvo con su doctrina. Dios lo

penetra todo, pero no se confunde con nada. Yo no veo en Tofail tan

enérgica expresión del corto o ningún valer de las criaturas, si con el

Creador se las compara, como esta de un gran Padre de la Iglesia: _¡Dios

mío, si las cosas son algo es por el ser que Tú les das, y no son nada

porque no son lo que Tú eres!_

Y en lo tocante a la unión íntima del alma con Dios y al propósito de la

ciencia mística, tampoco va tan lejos Tofail como en sus términos y

frases muchos místicos ortodoxos de Alemania, de Italia y de España.

Lo que sí se echa de menos en la mística de Tofail es, ya que no la

carencia, la poca energía del amor que aspira y logra la unión más que

la inteligencia pura.

En la segunda parte de la novela es donde todo buen musulmán, y más aún

todo buen cristiano, tienen que censurar y que escandalizarse.

Asal, habitante de un país muy poblado y civilizado, y fervoroso

creyente en una religión positiva, se siente inclinado a la mística

contemplación, huye del mundo, busca la soledad del yermo y viene a dar

en la isla donde Hay habita. Los dos extraños anacoretas se encuentran,

se contemplan con mutuo asombro y al fin se acercan y se tratan. Al

principio se entienden por señas, porque Hay no sabe hablar, pero Asal

logra pronto enseñarle su idioma. De los sabios coloquios que tienen

ambos resulta algo de muy satisfactorio al parecer: la concordancia de

la fe y la razón. La verdad revelada por profetas, apóstoles y

fundadores de religiones, coincide en todo con la metafísica que Hay ha

construido en la serie larga de sus meditaciones. La única diferencia

estriba sólo en que la metafísica de Hay es el desnudo foco o centro de

la verdad, envuelta por la religión en densísimo velo de símbolos,

alegorías y figuras. La gente vulgar no hubiera comprendido lo verdadero

en toda su desnudez y pureza, por donde los fundadores de religiones han

tenido que velarlo y envolverlo en símbolos. En vista, además, de la

flaqueza y pasiones bajas de la plebe humana, la moral religiosa no ha

podido revelarse tampoco, al menos como precepto, con toda su austeridad

y firmeza: ha necesitado transigir un tanto para que el vulgo la acepte,

se conforme y se someta.

De aquí puede inferirse que la metafísica de Hay es, según Tofail, la

pura esencia de toda verdad religiosa, la cual permanece velada en

símbolos para la multitud, incapaz de percibir sin ellos la verdad por

medio de la introinspección y de la filosofía.

Hay y Asal concuerdan en que los que como ellos llegan a Dios por la

inteligencia, logran la bienaventuranza contemplándole y uniéndose a Él,

y más aún que en vida, en muerte, libres ya de sus mortales despojos.

Tal es la gloria o el cielo en las religiones positivas. Los qué

entreven o columbran a Dios en esta existencia mortal, y cediendo luego

a sus apetitos, a sus malas pasiones y a sus gustos por lo terrenal y

perecedero, se apartan de Dios, sienten después de morir un dolor

grandísimo por no volver a ver ni a gozar el supremo bien cuya hermosura

y luz columbraron. Son como hombres que antes veían y que después se han

quedado ciegos. Tal es lo que corresponde al infierno en las religiones

positivas. Y cuando la vista puede recobrarse con penas expiatorias, tal

es el purgatorio.

Lo que es amplísimo en la metafísica de Tofail y de Hay es el limbo. La

inmensa mayoría de seres humanos jamás eleva a Dios el pensamiento. Son

como ciegos _a nativitate_, y como no han columbrado la luz divina, no

se atormentan por verla ni por gozarla y caen en el limbo y quedan sin

pena ni gloria.

Resulta, pues, en esta metafísica que, si son muchos los llamados, son

pocos los escogidos, aunque son también muy pocos los condenados a penas

eternas.

La novela de Tofail tiene un desenlace que puede interpretarse

satíricamente. Hay se empeña en ir a predicar y a enseñar su metafísica

entre los hombres. Asal procura disuadirle de aquel intento, dejando

entrever que los hombres no están preparados para tanta verdad y que tal

vez no lo estarán nunca. Hay, no obstante, persiste en su empresa y Asal

se deja convencer y le sigue. Logran hallar un barco, navegan en él y

arriban al país de donde Asal había venido. El rey, antiguo amigo suyo y

persona excelente, recibe con palmas a los dos viajantes; pero, no bien

éstos se lanzan a predicar su metafísica, toda la corte, la burguesía y

la gente menuda, se aburre de ellos y los aborrece. Ambos entonces,

imitando a la zorra, y perdóneseme lo ruin de la comparación, dicen _no

están maduras_, y se vuelven a la isla desierta, donde viven en soledad

y conversación interior hasta que les llega el día de su glorioso

tránsito, o sea de la muerte.

Así, y no creo que muy libremente interpretada, es la novela filosófica

de Tofail.

En España nadie había pensado en traducirla hasta que el entendido

arabista D. Francisco Pons, muerto por desgracia en la flor de su edad,

devolvió esta joya a la tierra en que se había criado, trasladándola con

gran primor, fidelidad y elegancia al idioma castellano, que hoy se

habla en ella.

El libro está impreso en la ciudad de Zaragoza en el presente año de

1900, y es el tomo V de la colección de estudios árabes que allí se

publica. Contiene, además de la novela, una advertencia preliminar del

arcediano D. José María Navarro, maestro y amigo que fue del malogrado

traductor, un breve discurso de D. Marcelino Menéndez y Pelayo y como

apéndice la alegoría mística Hay Benyocdan de Avicena, porque según

dicen los arabistas, el nombre de Hay Benyocdan equivale al Viviente

hijo del Vigilante, y viene a significar al hombre que piensa en las

cosas divinas.

Sobre la duración del habla castellana

con motivo de algunas frases del Sr. Cuervo.

A Dios gracias yo soy por naturaleza poco inclinado a la melancolía y al

desaliento. Hasta en las circunstancias más tristes procuro hallar algo

que me traiga esperanza y consuelo. Como los niños de los cuentos de

hadas, cuando se pierden en obscura y tempestuosa noche, en medio de un

bosque lleno de malezas, precipicios y tal vez fieras, veo siempre a lo

lejos resplandecer la lucecita que ha de guiarnos a un espléndido

alcázar, donde genios bienhechores han de albergarnos, restaurarnos y

regenerarnos.

A pesar, no obstante, de esta dichosa condición mía, como son tantos los

Jeremías y las Casandras que andan por ahí pronosticando nuevos males, y

como brillan con frecuencia ante mis ojos, a modo de siniestros

relámpagos, terribles avisos y ominosas señales, confieso que me

desazono, la postración se apodera de mi espíritu y me pongo muy

compungido.

Para animarme solía yo discurrir allá en mis adentros: hemos gastado más

de lo que podíamos gastar en una pobre e inútil defensa, y hemos perdido

al fin nuestras ricas colonias, pero nadie podrá acusarnos, con

justicia, de malos colonizadores, ni de nación estéril, cuando tan

vastos territorios han permanecido en nuestro poder cerca de cuatro

siglos y cuando de esta nación han brotado, como de tronco lleno de

savia las ramas verdes y floridas, diecisiete repúblicas de gran

porvenir, donde circula nuestra sangre, donde queda indeleble el sello

de nuestro propio ser y carácter y donde sigue y seguirá hablándose

nuestro idioma.

Entonces recuerdo los tan conocidos versos del duque de Frías.

.............en vano el mundo

De Colón, de Cortés y de Pizarro,

A España intenta arrebatar la gloria

De haber sido español.

Por el habla, por las creencias y por las costumbres, la gente de allí

seguirá siendo española antes de ser americana. Y el navegante que

llegue a aquellos puertos tan apartados de Europa y de España,

Verá la cruz del Gólgota plantada

Y escuchará la lengua de Cervantes.

Pero mi gozo en un pozo. Yo esperaba que seguirían siempre siendo

hispano-parlantes cuantas naciones se extienden desde el Norte de Méjico

hasta el Estrecho de Magallanes. Yo esperaba que seguiríamos hablando la

lengua española cincuenta o sesenta millones de seres humanos; gran

porvenir para nuestra literatura, por poco que dichos seres escriban y

lean. Pero lo repito; el gozo en un pozo. Y ha venido a arrojarme en él,

con sus dudas y temores, nada menos que el más profundo conocedor de la

lengua castellana (y bien podemos afirmarlo sin temor de que nadie nos

desmienta) que vive hoy en el mundo.

Pocos días ha, recibí un librito impreso en Chartres, que contiene un

poema titulado _Nastasio_, obra del vate argentino D. Francisco Soto y

Calvo. El poema es muy original. En él hay descripciones bien hechas y

sin duda fieles, de la vida rústica de la Pampa, de aquellas fértiles

praderas y de las costumbres, lances y amores de los campesinos o

gauchos. Refiere la mala aventura de un pallador llamado Nastasio, a

quien un tremendo huracán destruye y quema la cabaña y mata a la mujer y

a los hijos. La honda pena y la resignación cristiana del pallador están

bien sentidas y expresadas. Los versos que el pallador compone,

celebrando primero su ventura, cuando aún era dichoso, y lamentando su

infortunio más tarde, son sencillos y espontáneos sin ser prosaicos ni

rudos, y merecen, a mi ver, no pequeña alabanza. Por último, la muerte

del pallador, viudo y solitario, está llena de dulce tristeza o más bien

de esperanza consoladora.

.............Un instante

Fijos los ojos en el techo obscuro

Pareció que hondamente agradecía

La bondad del Señor.

Después, ya muerto,

Se quedó cual soñando en lo futuro,

Y se asentó la paz en su semblante.

En suma, el _Nastasio_ del Sr. Soto y Calvo es una bella composición,

por el estilo del _Hermán y Dorotea_ de Goethe y de la _Evangelina_ de

Longfellow, si bien en el _Nastasio_ no se advierte imitación, sino

mucha espontaneidad. Su lenguaje es castellano muy puro.

Por eso mismo me ha sorprendido y me ha contristado más la carta-prólogo

que en el _Nastasio_ he leído.

Hay en esta carta una idea harto contraria a la condición, vida y

carácter de quien la emite. Imposible parece que desconfíe tanto del

porvenir en América del idioma castellano quien ha consagrado toda la

vida a su estudio y está erigiéndole el maravilloso monumento de un

_Diccionario de construcción y régimen_. Quizás exprese D. Rufino J.

Cuervo, pues ya se entiende que éste es el autor de la carta, no ya una

convicción, sino el temor, propio de quien mucho ama, de que aquello que

ama desaparezca o muera.

La corrupción del latín y el nacimiento y desarrollo ulterior de las

lenguas romances no puede ni debe servirnos de guía para pronosticar en

América la corrupción del castellano y el nacimiento y desarrollo

ulterior de nuevos idiomas. El imperio de los Césares acabó y se

desmembró por invasión extranjera. Pueblos germánicos y de otras razas y

lenguas vinieron a establecerse en varias provincias del imperio, dando

origen a nuevos Estados y aun a nuevas nacionalidades; pero el imperio

colonial de España ha tenido fin, dividiéndose de manera muy distinta,

por obra de los mismos españoles de origen que han querido y logrado ser

independientes.

La civilización antigua se corrompió y degeneró primero, y con la

invasión de los bárbaros sufrió después largo eclipse, o más bien sueño

o letargo del que hubo de despertar o de renacer transformada y muy otra

de lo que era y con otros modos de expresión para manifestar su

pensamiento; pero en las repúblicas hispano-americanas ni ha habido

invasión de bárbaros, ni desmayo, ni decadencia de civilización, ni raza

triunfante y dominante que se haya sobrepuesto a la raza española de

origen que antes triunfaba y dominaba. No hay motivo, pues, para

recelar la desaparición en el nuevo continente de la lengua castellana,

a no ser que los actuales habitantes o ciudadanos de las nuevas

repúblicas se consideren, con humildad profundísima, tan pobres de ser

propio que vengan a sobreponerse a ellos y a hacerles olvidar el habla

de sus padres, o bien los indios indígenas, o bien los emigrantes

italianos, franceses o alemanes, que acudan en busca de trabajo y de

bienes de fortuna.

El aislamiento de las diversas repúblicas entre sí, tendrá que ser y

deberá ser menor cada día, y sólo en muy remoto porvenir, que va más

allá de toda previsión humana, podrá crear lenguas distintas, acabando

por no entenderse los que son hoy pueblos hermanos.

El que haya cierto número de palabras propias de cada país para

significar especiales y locales usos, costumbres, producciones

naturales, trajes, etc., no basta para explicar que vengan a nacer

distintas lenguas. Acaso para entender las narraciones de Pereda, el más

español y el más castellano de nuestros novelistas, se requiera más

glosario que para entender el _Nastasio_ o cualquiera otra narración

argentina. Y no por eso teme nadie entre nosotros que en la Montaña, en

Santillana o en Santander, en la patria del mismo Pereda, de Amós

Escalante y de Menéndez y Pelayo, salgan hablando, el día menos

pensado, un idioma distinto.

La más seria amenaza de muerte que tiene el castellano es, según dice el

Sr. Cuervo, que no hay más que cuatro o cinco autores españoles cuyas

obras se lean en América con gusto y provecho, que allí la vida

intelectual se deriva de otras fuentes; pero si esto es así, si en

España no hay más que cuatro o cinco autores, y si para vivir vida

intelectual tenemos que recibirla de Francia, tan amenazado como en

aquellas repúblicas está el castellano en esta desventurada y estéril

metrópoli, donde sólo Dios sabe qué lengua hablaremos, o si dejaremos de

hablar ya que nada propio y no venido de París tenemos que decir en

ninguna habla. Si para decir algo de _gusto_ o de _provecho_ tenemos que

repetir lo que se dice en Francia, más vale dejarlo en francés y no

traducirlo. El pasto espiritual es, lo mismo que el material, indigesto

y desagradable cuando se toma recalentado. Boileau lo declara diciendo:

........et souvenez-vous bien

Qu'un dîner rechauffé ne valut jamais rien.

Y no se me diga que no bien nos lancemos a hablar, en la antigua

metrópoli y en todas las repúblicas, sus hijas, dieciocho lenguas

nuevas, desaparecerá la esterilidad de nuestro ingenio, se nos

aclararán las entendederas, y en vez de cuatro o cinco autores que

escriban cosas de _gusto_ y de _provecho_, tendremos cuatrocientos o

quinientos. Desengáñese el señor Cuervo: si en el día y hasta el día

hemos sido y somos poco ingeniosos, _provechosos_ y _gustosos_, lo

seguiremos siendo, aunque se repita el milagro de la Torre de Babel

entre nosotros.

El Superhombre y otras novedades · 第 10 / 19 段