Había yo pensado no molestar de nuevo a los lectores de _El Liberal_

discurriendo y meditando sobre cuestiones estéticas con relación a las

novelas; pero como padezco de cierta dolencia, que antes llamaban

_scribendi cacohetes_ y hoy llaman grafomanía, había ya redactado mi

tercer artículo sobre _El progreso en el arte de la palabra_, y no me

había atrevido a enviarle a _El Liberal_. Mi intento era y es escribir

sobre el particular cuanto se me ocurra y reunirlo luego en un librito,

imprimiendo de él muy corto número de ejemplares. Así las cosas, veo hoy

en _El Liberal_ un artículo en que mi ilustre amiga, Doña Emilia Pardo

Bazán, trata de impugnar lo que he dicho y hasta lo que no he dicho. No

poco me lisonjea que doña Emilia se emplee en esto; pero no quiero pasar

porque me atribuya opiniones que no he emitido. Jamás he afirmado yo que

las novelas de Zola, Daudet, Goncourt, Tolstoï, Ibsen, etcétera, sean

malas. Al contrario, he dicho que tal vez serán tan buenas y tan

excelentes, que cuanto escribimos, la misma doña Emilia, Pereda, Galdós,

Jacinto Octavio Picón, Armando Palacio Valdés y otros varios, sin que yo

me excluya, serán obrillas insubstanciales, _epidérmicas_ y

absolutamente desprovistas de enseñanza y de trascendencia. Pero esto

consistirá en que España y los españoles estamos decaídos y hasta

dejados de la mano de Dios, de suerte que, así como no hay ahora

Gonzalos de Córdoba, Corteses, Pizarros y Cisneros, no hay tampoco

Cervantes. Y no consistirá en que haya un arte exquisito y profundo

recién inventado, que produce fuera de España esas maravillas,

dejándonos turulatos y patidifusos, y moviéndonos a remedar a los

autores de tales maravillas, a ver si atinamos a descubrir el novísimo

procedimiento con que las hacen y a atolondrar al mundo todo con

nuestras novelas como le atolondran ellos. Yo no he dicho ni más ni

menos que lo que repito ahora, aunque sea pesadez; pero aunque sea

pesadez, ya que doña Emilia me da ocasión para ello, voy a continuar

mis meditaciones estéticas, insertando aquí mi tercer artículo, que por

miedo de fatigar al público permanecía inédito, y que es como sigue:

Lo único que me apesadumbra y que a veces me mueve a arrepentirme de

haberme puesto a tratar asunto tan complicado, es la multitud de

aspectos bajo los cuales importa considerarle y la extensión que por

consiguiente tengo que dar a este escrito. Por lo demás, mi convicción

es cada vez más firme mientras más pienso en ello, sin que yo crea

inútil ni de poca importancia explicar y defender lo que en mi

pensamiento se presenta como verdad contra opiniones que me parecen

falsas y aun absurdas. No estoy excitado por el amor propio nacional ni

singular; no niego ni afirmo, pero doy de barato, para allanar el camino

de la discusión, quitando tropiezos del medio, que las novelas francesas

y rusas del día son mucho mejores que las que en España se escriben. El

ingenio, la inspiración, y el chiste, habrán acaso emigrado de España.

No quiero negarlo; me limito a lamentarlo. Lo que yo niego, y esta es la

cuestión, es que las bellas artes progresen como progresa la química o

la cirugía, y que la superioridad de las novelas francesas y rusas sobre

las nuestras, consista en que aquéllas están escritas siguiendo los

preceptos de un arte exquisito y profundo recién inventado.

Yo quiero conceder que en todo, hasta en las bellas letras, hay

progreso, en lo que pudiéramos llamar técnico o del oficio, pero, no

bien lo reconozco, cuando reconozco igualmente que lo técnico y

progresivo de la literatura, apenas tiene importancia, comparado con lo

esencial de ella, en que no cabe progreso. Recapacítese bien y se verá

que, en ninguna época colocados los hombres en el nivel de la más vulgar

y mediana cultura que entonces había, se han requerido más especiales

estudios ni más largos años de aprendizaje para ser poeta o novelista

que para ejercer otro oficio cualquiera. Todos los hombres, por ejemplo,

saben hablar y escribir, pero no todos manejan la lezna y el tirapié,

como no se apliquen a ello con ahínco y constancia. De aquí que, en

cierto sentido, pueda bien afirmarse que es más difícil hacer un zapato

que componer un poema. Y todavía es más fácil, y requiere menos

_propedéutica_ componer una novela, para la cual, la prosodia, el arte

métrica y el diccionario de la rima importan poco o nada. Así se

concibe, sin el menor asombro, la inmensa cantidad de novelas que se

componen ahora en inglés, en francés, en ruso, en italiano, en alemán,

en húngaro, en polaco, en suma, en casi todas las lenguas que se hablan

y se escriben en los diversos países civilizados de las cinco partes

del mondo. El oficio es fácil de aprender y el instrumento que vale para

la confección o fabricación, o sea la lengua o la pluma, se maneja con

menos esfuerzo y más naturalmente, no ya que el cincel o el pincel sino

que el azadón o el almocafre, por donde toda persona algo educada

escribe o puede escribir novelas. Hasta el material que se gasta en

escribirlas cuesta menos y está más al alcance de todos que el que se

gasta en los demás menesteres. Por tres pesetas se compran mil

cuartillas de papel, en las cuales, aunque no se emborronen sino por un

lado, caben con holgura dos novelas de no cortas dimensiones.

¿Será acaso que por esta misma abundancia de novelas se necesite emplear

un arte exquisito y profundo para que sobresalga entre todas las demás

la que nosotros escribamos? Yo lo niego redondamente. El buen gusto, el

delicado juicio estético, si no está en contradicción crea notable

confusión en este punto. Para toda persona refinada y culta, Próspero

Mérimée y Teófilo Gauthier, por ejemplo, son mejores novelistas que

Eugenio Sue y Ponson du Terrail, y, sin embargo, ni _Colomba_, ni _El

Capitán Fracasse_, han logrado la vigésima parte del favor del público,

de la venta y del aplauso que _Los Misterios de París_, o las

interminables aventuras de Rocambole. ¿Consistirá esto en que Sue y

Ponson du Terrail emplean el arte exquisito y profundo que Gauthier y

Mérimée ignoran o en que la generalidad del público tiene un gusto

pésimo, está muy atrasada aún y prefiere lo burdo a lo fino? ¿O

consistirá esto en que el verdadero arte exquisito y profundo no ha

llegado a descubrirse, sino muy recientemente, cuando Merimée y Gauthier

estaban ya muertos y enterrados, y por virtud de dicho arte al público

se le han abierto los ojos del entendimiento para comprender lo bueno, y

a Zola, Daudet, Bourget, Ibsen y Tolstoï, se les han abierto los veneros

y fuentes de la inspiración legítima para producir obras, que no sólo

agraden en el día, sino que ya contengan en germen, cuando no en flor,

la sublime novela del porvenir, en cuya comparación es el _Quijote_ una

obra superficial, _epidérmica_, sin trascendencia, sin enseñanza y de

mero pasatiempo?

Si las cosas fuesen así, la moda dejaría ya de ser moda. El recto

camino, el arte infalible para escribir novelas estaría hallado, y por

nada del mundo deberíamos apartarnos de él, para no extraviarnos o

quedarnos a la zaga.

Yo advierto, no obstante, que estas novelas, escritas con el arte

exquisito y profundo que tanto encomia el señor Reyles, aunque son

leídas, admiradas e imitadas por cuantos siguen fanáticamente la moda de

París, es de presumir que caigan en olvido, y hasta en menosprecio,

cuando la moda pase y venga otra moda. Posible es que entonces todo lo

que hoy se tiene por sutileza, novedad y profundidad, parezca falso

relumbrón y pesado amaneramiento.

Lo cierto es, que las novelas más populares, las que se han vendido más

en el mundo en estos últimos años, las que han tenido en apariencia al

menos, mayor influjo en los sucesos políticos y sociales, no se han

escrito en París, ni siguiendo la moda de París, sino poniéndose en

determinada e impetuosa corriente de la opinión, dejándose arrebatar por

ella, acrecentando su brío y extendiendo más su acción sobre el espíritu

humano. De esta suerte, novelas, no ya de arte exquisito y profundo,

sino con poco o ningún arte, aunque escritas en un momento dichoso y

oportuno, han logrado más éxito, han tenido mayor resonancia, han

importado más en los cambios sociales y en los grandes hechos

históricos, que toda esa novelería tan encomiada por el señor Reyles.

Valga como muestra de lo que digo _La cabaña del tío Tomás_, de la

señora Beecher Stowe, de la que se vendieron en seguida centenares de

miles de ejemplares, que se tradujo en todos los idiomas, que tal vez

enardeció los sentimientos abolicionistas y que entró por algo en las

causas de la tremenda guerra de _secesión_.

No es, pues, ni el arte profundo y exquisito, ni la sutil y peregrina

enseñanza de inauditas verdades, ni la superior inspiración, ni el

refinamiento de la última moda de París, ni el primor del estilo, ni

otras raras prendas literarias, lo que da la palma y corona de laurel a

un autor de novelas: es el llegar a tiempo oportuno y el dejarse

arrastrar sin miedo por la corriente.

Otra prueba de la misma verdad nos ofrece una novela del Sr. Bellamy,

ciudadano anglo-americano también, novela de la que se vendieron cerca

de cuatrocientos mil ejemplares, a poco de ver la luz pública. La novela

era lo que podemos llamar una utopia socialista o comunista. La imaginó

el autor en porvenir no muy distante. La revolución social se había ya

realizado. El nuevo sistema marchaba regular y lindamente. El mundo todo

se había convertido en una verdadera ciudad de Jauja, y el humano linaje

comía, bebía, se divertía y trabajaba poco, sin apuros ni miserias. La

novela del Sr. Bellamy llegó a tiempo y a esto debe su éxito. Bien

pudiera decirse de ella lo que con mucho menos motivo dicen que dijo

Voltaire de las _Cartas persianas_ de Montesquien: _¡esas cartas

persianas tan fáciles de componer!_ ¡...!

No pretendo rebajar ni ensalzar aquí el mérito de las novelas francesas

y rusas, que encomia el Sr. Reyles, ni de estas otras novelas americanas

que yo he citado. Digo sólo que han sido oportunas, y ya es esto un

gran mérito. También, yo, cuando escribo novelas, procuro ser oportuno,

y si no lo soy, es porque no atino con la oportunidad. Pero ¿qué tiene

que ver la oportunidad con un arte exquisito y profundo recién

inventado, con hacer sentir con nuestras novelas oportunas a los hombres

de nuestra época más hondamente que lo que con otras novelas oportunas

hicieron sentir otros autores al público de los pasados siglos en que

ellos vivieron? Esta es la farsa que yo no admito y de la que se deja

seducir el Sr. Reyles. Esta es la _hablerie_ y (permítaseme la

expresión) la _blague_ parisina, por la cual, sea dicho con el debido

respeto, me parece que está también algo seducida mi discreta y

elocuente amiga doña Emilia Pardo Bazán, que todavía escribiría mejor de

lo que escribe y compondría obras más originales y espontáneas, si se

dejase influir menos por dicha _blague_.

La _blague_ sube de punto si se sostiene además que la novela del día

debe estar atiborrada de enseñanza, debe ser conjunto de _documentos

humanos_ y debe contener más honda doctrina que la de los libros

destinados a enseñar y no a deleitar. Sería curioso que alguien

estudiase historia en Alejandro Dumas, geología y cosmografía en Julio

Verne, sociología en Zola, en Bourget psicología, y patología interna en

otros varios novelistas.

Claro está que quien escribe una novela, así como toma para elementos o

materiales con qué escribirla los casos de la vida vulgar y ordinaria

observados por él, también puede tomar las doctrinas, creencias,

aspiraciones, ensueños, ideas religiosas y metafísicas, y en resolución,

todo cuanto cabe en la mente humana y la agita. Pero al tomar todo esto

como elementos de su arte, no conviene a mi ver, que se empeñe en ser

didáctico, porque se expondrá a enseñar menos y peor que lo que enseña

el más pobre de los manuales y a faltar a su vocación de artista, sin

crear la belleza y sin producir el deleite estético por el vano empeño

de patentizar y divulgar inauditas verdades.

Es de notar, por último, que en esto de contener la ciencia en el arte,

lejos de haber progreso, en cierto modo hay retroceso. La ciencia se ha

ensanchado tanto que no cabe en los moldes artísticos, por más que los

moldes se ensanchen también y hasta se deformen, como ocurre en la

novela, donde un autor puede discurrir libremente sobre todas las cosas

y otras muchas más.

Con todo, una obra perfecta de arte literario no puede menos de

encerrarse dentro de ciertos términos. Lo que fuera de ellos se ponga

tendrá algo de impertinencia monstruosa. Y en este sentido no negaré yo

que en una novela pueda enseñarse terapéutica, economía política,

teología mística, metalurgia o cuanto se quiera.

Si está de moda embutir en las novelas todas estas cosas, la novela

gustará mientras la moda dure, tal es el poder de la moda; pero pasada

ésta, no habrá ser humano que sufra la novela docente. La que gustará en

todas las edades, y será siempre leída y celebrada, será la que trate

sólo de crear la belleza, ya con elementos de la vida vulgar, ya tomando

para elementos las ideas, las doctrinas y las creencias que mueven la

mente del autor y la mente de los otros hombres. Aun así, en esto de

encerrar en una novela o en un poema el saber, no con fin didáctico,

sino con fin estético, los antiguos nos llevan enorme ventaja. Homero

pudo poner en la _Iliada_ cuanto en su tiempo se sabía y no poco de lo

que estaba en germen y en lo futuro debía saberse o inventarse. Ya la

_Divina Comedia_, del Dante, es harto menos comprensiva de ciencia. Yo

admiro mucho al Dante; pero no puedo menos de creer que sólo están

indicadas en su poema las teologías y las filosofías que con mayor

amplitud, claridad, fundamento y orden pueden estudiarse en San Anselmo,

San Bernardo, Pedro Lombardo, San Buenaventura, Santo Tomás de Aquino y

otros doctores de la Edad Media. Conque si así pienso del Dante, ¿qué

pensaré yo de Zola y qué creeré yo que pueda enseñarme Zola, que no se

aprenda mejor en cualquier diccionario enciclopédico manual: en el

Bouillet, pongamos por caso?

Y basta con lo dicho, porque parece cosa de broma y de risa el aducir

pruebas y argumentos para sostener verdades tan de sentido común y tan

palmarias.

IV

Lo que se me ocurrió decir hace tiempo sobre las novelitas del Sr.

Reyles, ha dado ocasión o motivo a una extensa polémica en la que han

tomado parte el mismo Sr. Reyles, la señora doña Emilia Pardo Bazán y

los señores D. Jacinto Octavio Picón y D. Eduardo Benot.

Elevándonos todos a consideraciones generales, dimos al asunto tanta

amplitud y transcendencia que vino a contener toda la estética literaria

o dígase toda la filosofía del arte de la palabra, singularmente

aplicada a la novela.

Interminable tarea sería seguir discutiendo de esta suerte, y convendría

para ello escribir libros y no breves artículos de periódico.

A fin de no cansar a los lectores de _El Liberal_, voy, pues, a

prescindir de no poco de cuanto he dicho hasta ahora, así como de lo

que han dicho mis discretos impugnadores, a retirarme modestamente de la

palestra, y a ceñirme en mi despedida al caso particular que me impulsó

a escribir y al propósito que tuve al hacerlo.

Creo fuera de duda y por cima de discusión que en todo idioma y en toda

literatura hay un momento de florida abundancia y de madurez sazonada,

después del cual apenas caben ni se conciben progreso y mejora, sino

transformaciones y cambios.

Concretándome a la novela, entiendo yo que, si bien se cumplirán pronto

tres siglos desde que salió a luz el _Don Quijote_, no se ha escrito

hasta ahora novela mejor ni que se le iguale. Por esto me pareció falso,

infundado e injustamente depresivo para el ingenio y la cultura de los

españoles, el sostener que las antiguas novelas son superficiales y

_epidérmicas_, y que desde Bourget, Tolstoï y otros franceses y rusos se

emplea para escribir novelas un arte nuevo, _exquisito y profundo_, por

cuya virtud se logra que los lectores sientan y piensen mil y mil cosas

inauditas, inefables y enteramente escondidas antes en las entrañas, en

los abismos, en el centro inexplorado y tenebroso del alma humana.

Acaso, en el ardor de la contienda, he ido más lejos del punto a donde

debía ir. Voy yo mismo a corregirme y a enmendarme. Diré de los

ingenios lo que, en nombre de la misma Divinidad, Virgilio decía de los

romanos y lo diré en igual sentido:

_His ego nec metas rerum nec tempora pono;_

_Imperium sine fine dedi._

No quiero ni debo poner barreras, meta, ni a modo de columnas de

Hércules al ingenio de los hombres, escribiendo _non plus ultra_ en

dichas columnas. Allánense los ingleses a confesar que es posible la

aparición de un dramaturgo que valga más que Shakespeare, y allanémonos

nosotros a confesar que es posible la aparición de un novelista superior

a Cervantes. A lo que no nos allanamos y a lo que yo no me allano, es a

que este novelista haya aparecido ya, y menos a que sea Tolstoï, Bourget

o Zola. Pero, aunque llegase alguien a convencerme de que cualquiera de

estos novelistas de ahora valía más que Cervantes, aún no me convencería

yo de que la superioridad consistía en el ejercicio o en el empleo de un

arte más exquisito y profundo, sino en que a Zola, pongamos por caso, le

había dado Dios más inteligencia, más estro, más inventiva y más

profundidad de ideas y de sentimientos que a Miguel de Cervantes, por

donde éste se había limitado a escribir cosillas de mero pasatiempo, sin

penetrar más allá de la corteza y de la epidermis, mientras que Zola se

hunde como buzo espiritual en las más obscuras reconditeces del ser

humano, sacando de allí a la clara luz del día secretos misteriosos,

nunca revelados antes.

Todavía, concedido esto, y no es poco conceder, se me ocurre una

objeción. ¿No involucraremos las nociones del arte y de la ciencia?

¿Será bien estimar en más, porque tenga más contenido científico una

obra de arte que otra obra de arte? Demos de barato que _Germinal_

encierra más, muchísima más ciencia que _El ingenioso hidalgo_, pero ni

aun así se podrá inferir que _Germinal_ sea mejor novela. Tanto valdría,

en vista de los adelantos modernos, inferir, no ya que un tratado

fundamental, sino que la más compendiosa cartilla de agricultura vale

mil veces más que las _Geórgicas_. Las _Geórgicas_ quizás no enseñan

sino simplezas y errores, mientras que estudiando la cartilla puede

cualquier sujeto entendido convertirse en agricultor más que mediano.

Pero el arte no se propone tal fin. Se propone la creación de pasmosa

hermosura que deleita, arrebata y eleva el alma, lo cual se consigue con

las _Geórgicas_, cuando el que las lee es capaz de comprenderlas; pero

no se consigue con la cartilla, que está al alcance del más tonto, que

no hay nadie que no comprenda, y que divulga muy útiles conocimientos.

Mas ¿para lograr este fin no será siempre mejor escribir cartillas que

no poemas o novelas? Todo cuanto enseñe la más sabia novela del día

podrá cifrarse acaso en un par de planas de la más modesta cartilla. Y

así, hecha abstracción de la sabiduría que la novela encierre, quedará

monda y lironda la obra de arte, la cual luego que pase la moda del día

y sea otro el gusto del público, es casi seguro que aburrirá al género

humano y caerá en olvido o en menosprecio.

¿Cómo he de negar yo que la humanidad ha adelantado mucho? Su cultura es

como un capital que se aumenta cada día, tanto por nuevas ganancias como

por los réditos que no se gastan y que se van acumulando. Lo que niego

es que el arte, como arte, progrese a par de dicha cultura.

Yo no gusto de defender paradojas. Si de ello gustase, me atrevería a

defender lo contrario, con no escasa complacencia, porque lo más divino

y admirable que hay en el arte en general, y singularmente en el de la

palabra, es lo inspirado, lo espontáneo, lo en cierto modo inconsciente,

lo que se diría que está por cima de toda conciencia individual, en la

mente colectiva, en la razón impersonal, en el ingenio superior de

pueblos y razas y hasta en el numen, que se nos revela o creemos que se

nos revela. Y aunque yo no niego la posibilidad y la continuidad de

presentes y de futuras revelaciones, hallo más propios de las

primitivas edades que de la edad presente tales casos, que pueden bien

calificarse de sobrenaturales y divinos.

No impide lo dicho que la parte técnica, la industria de la fabricación

literaria esté en el día más adelantada y más divulgada que en los

pasados siglos. De aquí que, por cada una de las novelas que se

escribían hace ciento o doscientos años, se escriben hoy centenares y

hasta millares. A lo cual contribuye no poco el que haya hoy más gente

que las lea y que las compre. Pero esto mismo manifiesta lo caduco y

efímero de la actual producción. ¿Cómo he de quitar yo su mérito al que

logra crearse un público, ganar su atención y su simpatía y entretenerle

y divertirle durante diez, veinte o treinta años, con los cuentos que

escribe? Grande y muy envidiable mérito es éste; pero no llega, ni con

mucho, al del autor que produce algo, no fuera de moda, sino superior a

la moda y que ha de persistir cuando la moda pase, porque toda moda ha

de autorizarse y justificarse, comprendiéndolo en vez de desecharlo. Así

los clasicistas del siglo del renacimiento y del de Luis XIV ponían a

Homero a la cabeza de los clásicos. Vino luego el romanticismo y declaró

romántico a Homero. Y yo no dudo que los más acérrimos naturalistas del

día dejen de citar la _Iliada_, como dechado y modelo del más admirable

naturalismo.

El busilis, pues, y el toque magistral de cualquier obra de amena

literatura no está en seguir la moda, sino en dar la moda o más bien en

ponerse tan por cima de la moda y tan por cima de progresos y de

mudanzas, que toda moda nueva se apoye y se autorice en aquella obra

presentándola como dechado y tratando de convencer al público de la

excelencia de lo nuevo, no por su discrepancia, sino por su semejanza

con aquel modelo inmortal.

Que haya obras de esta clase en el día y cuáles sean, es lo que yo no me

atreveré a decidir. La sentencia es ardua. La posteridad la dictará sin

duda. Limitémonos nosotros a reconocer el mérito relativo de los que

interesan, divierten o entusiasman con sus escritos, aunque sea durante

corto número de años, a determinado número de personas, que llamaremos

su público. Ya lograr esto, es lograr muchísimo. El que lo logra merece

admiración y aplauso y hasta mueve a envidia, a quien no tiene el alma

desinteresada y generosa: pero desde este triunfo fugitivo hasta la

inmortalidad gloriosa y hasta conseguir la victoria sobre aquellos

autores, a quienes ha venerado el mundo durante largos siglos y a

quienes han ensalzado muchas generaciones de críticos, hay enorme

distancia, sobre la cual nadie puede dar un brinco sin caer en lo

absurdo.

Y por último, en lo tocante a la ciencia más honda que se supone que

encierran las novelas del día, ya he dicho y repito ahora, que la novela

no es ciencia, y que, aun suponiendo que enseñe mucho, nada vale como

aburra, disguste y hasta ponga de mal humor a quien la lee, porque la

amena literatura no se propone afligir, sino deleitar, sacando deleite

hasta de los lances más trágicos y lastimosos y haciendo que la

compasión y el terror estéticos traigan placer y elevación al ánimo y no

que le desconsuelen y depriman, por donde Aristóteles decía que el fin

de la tragedia era la purificación de las pasiones, esto es, que la

compasión y el terror se conviertan por el arte en dulces y gratos, en

vez de ser amargos e ingratísimos, como son por naturaleza.

Harto sabemos que hay pobres y ricos; peste, hambre y miseria; que tarde

o temprano todos nos hemos de morir; que la sociedad pudiera estar mejor

organizada; que hay más hambre que pan y más frío que capas, y más

enfermedades que remedios, y más necesidades que recursos para

satisfacerlas; pero la existencia de tanto mal no disculpa ni justifica

el que produzcamos otro mal, que para nada nos vale, atormentándonos con

lamentos y quejas y esmerándonos en las más prolijas y menudas

descripciones de todos los vicios, podredumbres, crímenes, infamias y

desventuras que hay sobre la tierra.

Bueno y deseable es que el mal, hasta donde esto es compatible con el

ser de nuestro planeta y con la condición física y moral de los hombres

que le habitan, vaya desapareciendo, o al menos, menguando; pero, como

no sea distrayéndonos y deleitándonos, las novelas no logran este fin.

Lo lograrán, por dicha, la religión y la ciencia, los sermones y las

disertaciones. Y aun así, hay no poco que observar.

Yo soy entusiasta admirador del poder de la palabra, hablada o escrita.

Y, sin embargo, no puedo menos de reconocer que los hombres que más han

contribuido al progreso y a la mejora moral de nuestro linaje, así en la

sociedad como en el individuo, ni han escrito novelas, ni apenas han

escrito cosa alguna. No sé yo que Sakiamuni escribiese nada, ni

Sócrates, ni Jesucristo, si es lícito citarle como hombre entre los que

fueron meramente hombres. En suma, con mucho hablar y con mucho escribir

se consigue poco o nada fuera del deleite del que lee o del que oye

cuando lo hace bien el que escribe o el que habla.

Y al contrario, a la felicidad y bienandanza de nuestro linaje, suele

contribuir más que el que escribe el que compendia lo profusamente

escrito o lo destruye y lo borra. Valga para ejemplo lo que se cuenta

de Confucio, quien de millones y millones de máximas que había en China,

extractó unas pocas y formó así el libro fundamental de la sabiduría en

el celeste imperio.

El Superhombre y otras novedades · 第 9 / 19 段