regiones que formaban antes el inmenso imperio español se halla a mano
para desechar el habla de Castilla otra lengua viva aún, o algún
dialecto que la reemplace, como sucede en Cataluña y en Galicia. Los
andaluces, pongamos por caso, nos veríamos algo apurados si intentásemos
_descastellanizarnos_. Expulsados ya los judíos y los moriscos, no me
parece bien ni fácil que saliésemos hablando en árabe o en hebreo, lo
cual tendría además el inconveniente de no ser nuestra lengua propia y
privativa. Todo, sin embargo, tiene remedio. D. Manuel Góngora y
Martínez refiere en sus _Antigüedades prehistóricas de Andalucía_, que
en varias cuevas llamadas de letreros, los hay al parecer ininteligibles
y en abundancia. Ahora bien; yo tengo un amigo muy docto que trabaja con
éxito en descifrar dichos letreros, eclipsando la gloriado Champollión.
Y como se presume que los tales letreros están escritos en el
antiquísimo idioma de los turdetanos, mi amigo espera reconstituir el
mencionado idioma, en el que se compusieron sabias leyes y hermosos
poemas hace ya nueve o diez mil años. Si el susodicho amigo mío se sale
con la suya y reconstituye la lengua turdetana, los andaluces echaremos
la zancadilla a los catalanes, a los gallegos, a los vascongados y a
cuantos oriundos de España hay en América, aunque abandonando el
castellano, salgan hablando y escribiendo en quichua, en guaraní o en el
habla de los chibchas o de los aztecas.
Lo mejor, sin embargo, dejando bromas a un lado, sería que así en España
como en toda la dilatada extensión del nuevo Continente, que descubrimos
y colonizamos, se siguiese hablando sin corrupción la lengua de
Castilla, lazo de unión fraternal que no debe romperse. Ningún político
inglés mal humorado se atrevería a insistir en que nuestra raza está
decaída, si cincuenta o sesenta millones hoy, y en lo futuro más
millones de hombres, siguiesen hablando la misma lengua, claro
testimonio de la persistente vitalidad de la raza. Mas para esto hemos
de convenir en que se necesitan dos cosas muy importantes: que tengamos
confianza unos en otros, y que procuremos merecerla. Limitándonos a lo
que se escribe, quiero yo dar a entender que no porque sea español debe
el público desdeñarlo, y que también los escritores debemos hacer los
mayores esfuerzos y afanarnos y esmerarnos para que no nos desdeñen con
justicia: para que no se afirme que sólo hay cuatro o cinco autores que
se leen con gusto o con provecho. Tal vez nuestros autores pagan el
desdén del público con otro desdén equivalente o mayor, pero el desdén
con el desdén no tiene tan buen éxito en literatura como en cuestión de
amores. Cuando no se estudia, o se estudia poquito, nadie, a no ser un
ingenio portentoso, acierta a escribir algo que sea de gusto o de
provecho. En el público, y singularmente en lo que llaman ahora la
_hig-life_, que suele dar ejemplo y tono, noto yo en España la más
desdeñosa manía contra los que escribimos. Y es menester que trabajemos
no poco para que esta manía desaparezca.
Fuera del teatro, a donde acude la gente por lo muy aficionada que es a
divertirse, apenas hay literatura popular en España. La poesía en verso
y por todo lo alto está en general harto desacreditada y a pesar de
Quintana, Gallego, Duque de Rivas, Espronceda, Zorrilla, Campoamor,
Núñez de Arce y bastantes otros que viven o han vivido en el siglo que
está terminando, se nos anuncia fatídicamente que va a desaparecer la
forma poética. Y no se crea que lo escrito en prosa ha conquistado todo
el favor y está muy boyante. Si exceptuamos a D. Benito Pérez Galdós y
a otro par de autores a lo más, apenas los hay hoy en España
verdaderamente populares y cuyos libros se compren y se lean. Con
fatigas tendríamos que andar hoy para completar el número de los cuatro
o cinco autores de que habla el Sr. Cuervo y cuya lectura trae gusto o
provecho a los americanos. Ni siquiera en España caemos en gracia.
No me atormenta la mala pasión de la envidia, pero, sin envidiar,
reconozco y deploro que éxito tan grande de librería como va teniendo en
nuestra nación la novela _Quo vadis?_ del autor polaco Sienkiewicz, no
le ha tenido ningún novelista español, aunque entren en cuenta las
_Pequeñeces_ del Padre Luis Coloma.
¿En qué consiste esto? ¿Consistirá en manía por lo extranjero o en que
la novela _Quo vadis?_ es mejor que cuanto por aquí escribimos? La
cuestión es tan peliaguda que prefiero callarme y no tratar de
resolverla. _Clarín_ además ha sido interrogado. Tiene la palabra y no
debo yo adelantarme y quitársela. Sólo me atreveré a decir: 1º _Habent
sua fata libelli_. 2º Me alegro de que vuelva la afición a la novela
histórica. 3º Para escribirla bien (y va de latines) _non oportet
studere sed studice_, lo cual significa, en el presente caso, que no ha
bastado para componer el _Quo vadis?_ acudir al _Diccionario de
antigüedades_ de Rich, a la obra de Dezobry, al _Antecristo_ de Renán y
a otras historias, como v. gr, la de César Cantú, sino que ha sido
menester que el autor esté muy versado en la literatura clásica de
Grecia y de Roma, y acaso en los idiomas en que dichas literaturas se
produjeron. Y 4º y último, se necesita muchísima habilidad y grande
ingenio para que interesen y sean asunto principal de un libro los
amores de dos personas harto secundarias, y que acaban por ser muy
felices en medio de multitud de catástrofes que debieran interesarnos
mucho más: muertes de San Pedro y de San Pablo, suplicios espantosos y
variadísimos de cristianos a centenares y trágico fin también de
Petronio, de Lucano, de Séneca, del propio Nerón y de otra multitud de
sujetos de mucho fuste.
Casi no hay novela histórica sin cierta ineludible falta de armonía que
el autor debe hacer que se perdone o se disimule, logrando así el
triunfo. En el _Quo vadis?_ la falta es patente, pero subsanada o
remediada con arte y talento. Hay dos acciones. La principal es la que
menos importa: un caballero, prendado de una muchacha virtuosa y
cristiana, se vale de malos medios para hacerla su manceba. Ella se
resiste. El se enamora al fin seria y honradamente y se hace también
cristiano. Y después de algunos lances y aventuras, el caballero y la
muchacha se casan como Dios manda y se van a holgar en una hermosa
quinta que en Sicilia poseen. Estos son los héroes y protagonistas y
este el asunto principal de la novela. La comparsa, el coro y el otro
asunto más amplio, en que el asunto principal encaja, son una legión de
mártires, apóstoles y santos, y una serie de acontecimientos terribles y
reales, que inspiran la Apocalipsis al Aguila de Patmos, y que preparan
la prodigiosa mudanza de Babilonia en nueva Jerusalén, y el vencimiento
del imperio de la fuerza por el imperio del espíritu, del que igualmente
ha de ser capital Roma, purificada y santificada por la sangre de los
confesores de Cristo.
En suma, yo no quiero decir más sino que la novela _Quo vadis?_ se lee
con _gusto_ o con _provecho_, como dice el Sr. Cuervo que sólo se leen
en América cuatro o cinco de nuestros autores.
Nueva edición de «LA CELESTINA»
El señor D. Eugenio Krapf, alemán de nación y fundador y dueño en Vigo
de un establecimiento tipográfico, ha impreso y publicado la
tragicomedia _Celestina_. Según en el colofón se expresa, esta obra,
dividida en dos volúmenes, se acabó de imprimir el día 31 de Julio del
presente año (1900). El primor y la elegancia de la nueva edición dan
claro testimonio del buen gusto del impresor, de su pericia y de su
devota admiración a las letras españolas.
Entre cuantos libros de entretenimiento se han escrito en España, _La
Celestina_, es, después del _Quijote_, el más estimado, así de nuestros
críticos como de los críticos de otros países, y el que mayor influjo ha
tenido acaso en el ulterior desenvolvimiento de la novela y del teatro
en las modernas literaturas de Europa. Prueban la estimación que en
todas partes se ha dado a este libro las esmeradas traducciones que de
él se han hecho en diversas lenguas, imprimiéndolas o reimprimiéndolas
desde principios del siglo XVI hasta nuestros días con mayor primor y
lujo que en España. Así, por ejemplo, la traducción francesa de Germond
de Lavigne, publicada en París en 1873, la traducción alemana de Eduardo
de Bolow, impresa en Leipzig en 1843, y la antigua y bella traducción
inglesa de Jaime Mabbe, lujosa y lindamente reimpresa en 1894 e
ilustrada con una muy discreta y erudita introducción por el docto
hispanófilo Fitzmaurice Kelly.
En España, revelándose tristemente nuestro desdén o nuestra indiferencia
por las producciones del propio ingenio, no se ha hecho una sola edición
de _La Celestina_ durante todo el siglo XVIII, y en el siglo XIX, que
pronto terminará, sólo se han hecho cinco ediciones contándose en este
número la incluida en la Biblioteca de autores españoles de Rivadeneyra,
tomo III, que contiene novelitas anteriores a Cervantes. De ninguna de
estas ediciones puede afirmarse que esté hecha con el esmero y el lujo
que el texto original merece y pide. Tal vez influyó en la menor
estimación que se dio a _La Celestina_, desde mediados del siglo XVII y
singularmente en el XVIII, el estigma que puso en ella la Inquisición no
con gran severidad por cierto. Patente se ve la inmensa popularidad de
_La Celestina_ en España, durante el siglo XVI, así, porque de dicha
obra se hicieron en aquel siglo cerca de setenta ediciones, como por los
raros que son los ejemplares de todas ellas, demostrando que se leyeron
mucho, a no ser que se presuma que en tiempos de mayor recato,
hipocresía o pureza de costumbres hubieron de destruirse muchos
ejemplares de un libro cuyo licencioso desenfado no puede negarse.
Caso raro es que no se haya podido afirmar durante mucho tiempo quién
sea el autor de libro tan famoso. Y más raro es aún, dada la perfecta
armonía de su estilo y la unidad de pensamiento que en el conjunto se
nota, que haya podido creerse que el primer acto fue escrito por un
autor, atribuyéndose, ya a Juan de Mena, ya a Rodrigo de Gota, y que son
obra de otro autor los veinte actos restantes, en nada inferiores al
primero.
En el día, por fortuna y merced a demostraciones que sería prolijo
exponer aquí, ha venido a desecharse la creencia en la pluralidad de
autores y a tenerse por averiguado que el bachiller Fernando de Rojas
fue el único autor de todo el libro.
De la vida de este bachiller, que resulta por lo expuesto uno de los más
gloriosos ingenios de nuestra patria, poco se sabe hasta el día, si bien
puede presumirse que no fue un comunero de su mismo nombre y apellido
excluido de la amnistía que en 1522 dio el emperador Carlos V, sino
otro Fernando de Rojas, que estudió jurisprudencia en Salamanca, que fue
alcalde mayor de dicha ciudad y que se estableció al cabo y terminó sus
días en Talavera de la Reina. La fecha de su nacimiento y de su muerte
creo que se ignora. Nada se dice tampoco de ningún otro escrito o hecho
suyo. Dando aquí por supuesto que la edición de Burgos de 1499, de la
que sólo se conserva un ejemplar, fue una falsificación, hecha en
Venecia, de 1632 a 1635, la primera aparición de _La Celestina_, fue en
el año de 1500, edición de Salamanca. La edición, pues, de Vigo hecha
por el Sr. Krapf en 1900, viene a solemnizar el cuarto centenario del
libro y también de su autor, de cuya vida y hechos es el libro lo más
importante que se conoce.
Ilustran la edición del Sr. Krapf, y le dan mayor realce y atractivo las
variantes, el catálogo de las ediciones que de _La Celestina_ se han
hecho en español, en francés, en inglés, en holandés, en alemán, en
latín y en italiano, y sobre todo una bella introducción, notas y
apéndices de D. Marcelino Menéndez y Pelayo.
Nunca un libro, por original que sea, deja de tener antecedentes.
Considerado como tal está el _Pamphilus_, que es uno a modo de drama, en
exámetros y pentámetros latinos, remedando el estilo de Ovidio. Este
drama viene inserto como apéndice en la edición del señor Krapf. Se
ignora el nombre de su autor y la época en que se compuso, si bien puede
creerse que no es anterior al siglo XII y que su autor hubo de vivir en
algún monasterio del centro de Europa.
En germen están en el _Pamphilus_ el pensamiento y el asunto de _La
Celestina_. Ya en el arcipreste de Hita hay no pocos trozos del
_Pamphilus_ imitados y traducidos. Pero con razón afirma el Sr. Menéndez
que esto no menoscaba la poderosa originalidad del arcipreste ni mucho
menos la de Fernando de Rojas. El _Pamphilus_, más que obra de un poeta,
parece el frío y trabajoso estudio de un filólogo, cuyos personajes
carecen de vida y de individual consistencia.
La tragicomedia _Celestina_, en cambio, es y ha sido admirada siempre
por la animación vigorosa y la variedad de los caracteres de cuantos
personajes toman parte en la acción. Hay, por último, en la _Celestina_
cierto misterioso encanto que se apodera del alma de quien la lee,
embelesándola y moviéndola a la admiración más involuntaria.
No admiramos porque nos prescriban los críticos que admiremos, sino
porque la admiración nace en nosotros espontánea e inmediatamente de la
lectura. De aquí, para mí al menos, un muy curioso problema de crítica
harto difícil de resolver; una contradicción, real o aparente que tal
vez nadie acierte a explicar, bien sin pecar de sutil y de alambicado.
La historia que en los sucesivos diálogos se va desenvolviendo basta
llegar al desenlace, mirada dentro de la completa realidad de la vida
que vivimos, ya en nuestro siglo, ya a mi ver, en cualquiera otro, tiene
casos tan inverosímiles, que rayan en lo absurdo. Calixto, mancebo
gentil, rico y noble, penetra buscando un azor, en los jardines de la
egregia y hermosa doncella Melibea; prendado de ella, la requiere de
amores, y ofendida la dama en su recato y en su orgullo, áspera y
crudamente le despide. Melibea y Calixto son ambos de igual condición
elevada, así por el nacimiento, como por los bienes de fortuna. Entre
las familias de ambos no se sabe que haya enemistad, como la hubo,
pongamos por caso, entre las familias de Julieta y de Romeo. Ni
diferencia de clase, ni de religión, ni de patria los divide. ¿Por qué,
pues, no buscó Calixto a una persona honrada que intercediese por él y
venciese el desvío de Melibea, y por qué no la pidió luego a sus padres
y se casó con ella en paz y en gracia de Dios? Buscar Calixto para
tercera de sus amores a una empecatada bruja zurcidora de voluntades y
maestra de mujeres de mal vivir, tiene algo de monstruoso que ni en el
siglo XV ni en ningún siglo se comprende, no siendo Calixto vicioso y
perverso y sintiéndose muy tierna y poéticamente enamorado.
Todo se comprende, sin embargo, si consideramos la tragicomedia
_Celestina_ como la primera creación de una nueva era literaria en la
que caben ciertos inspirados atrevimientos: una escena ideal, exenta de
condiciones y requisitos y vacía de todo estorbo y no para que en ella
aparezcan vagos y confusos los personajes, sino al contrario, para que
más distintos y determinados se vean, como figuras que están en alta
cumbre y se destacan y se dibujan en el azul sereno del firmamento sin
nubes. Las flechas de amor que sucesivamente hieren y arrebatan los
corazones de los dos amantes, no rompen medio que debilite el ímpetu
inicial de su carrera, ni hay atracción de la tierra ni del cielo que
las pare o las solicite. Fernando de Rojas hace abstracción de todo,
menos del amor, a fin de que el amor se manifieste con toda su fuerza y
resplandezca en toda su gloria. Y no es el amor de las almas, ni tampoco
el amor de los sentidos, cautivo de la material hermosura, sino tan
apretada e íntima combinación de ambos amores, que no hay análisis que
separe sus elementos, apareciendo tan complicado amor con la
irreductible sencillez del oro más acendrado y puro.
Ni lo que llamamos ahora conveniencias sociales, tan existentes en el
siglo XV como en el día, ni lo que prescriben las costumbres y las
leyes, ni moral ni religión se toman aquí en cuenta. Muy licenciosa hubo
de ser aquella edad en que todos los sueños caballerescos de la Edad
Media, las disquisiciones de la corte de amor y las apasionadas ternuras
de los héroes de la Tabla Redonda, de Lanzarote y Ginebra, de Tristán e
Iseo, se mezclaban con el ansia de vida y de goces y con la adoración
anhelante de la hermosura plástica que el resucitado gentilismo había
despertado y movido. Todo ello hervía sin duda en las almas, como el
mosto en la cuba durante la fermentación tumultuosa.
En resolución, Calixto y Melibea se adoran y no es hipérbole ni figura
retórica, sino adoración efectiva. Fuera de su amor no ven nada ni queda
nada. Ni reconocen el pecado ni hay lugar para el arrepentimiento o para
la enmienda. El destino, en medio del deleite y de la gloria de ellos,
los lleva a trágica muerte, pero en esta misma muerte trágica hay poco
de tétrico y de sombrío, sino que hay algo de triunfo. Allí se ve el más
alto extremo de lo que el Sr. Menéndez y Pelayo en otro reciente escrito
suyo, sobre la _Propaladia_ de Torres Naharro, _llama la triunfante
alegría del renacimiento español_.
Muerto Calixto, Melibea se arroja desde lo alto de una torre y también
se mata, pero la bienaventuranza alcanzada y gozada por ambos amantes,
en sus mutuos y ardientes abrazos, es como luz de gloria que los
envuelve y que presta a lo trágico, acaso contra la intención reflexiva
del autor, carácter de apoteosis. Así resulta vano en mi sentir, el
propósito que tuvo Fernando de Rojas o que supuso que tuvo, de
adoctrinar a los jóvenes enamorados para que no se fiasen de sirvientes
inmorales y lisonjeros y de mediadoras perversas como Celestina.
El candor chistoso con que los escritores de aquella edad, eclesiásticos
con frecuencia, buscan motivo o pretexto para justificar sus
composiciones sobrado galantes, pasma hoy al lector y despierta en su
espíritu la duda de si ellos se engañarían en efecto al suponer tal
propósito o si le alegarían como burlando. Notable ejemplo da de esto el
beneficiado Fernán Suárez, natural de Sevilla y traductor del _Coloquio
de las damas_ de Pedro Aretino, libro reimpreso pocos días ha en Madrid
por el señor B. Rodríguez Serra. Sostiene con toda seriedad el
beneficiado y traductor que lo hace para moralizar el mundo, el cual
andaba tan pervertido en su época como en aquella edad remota en que
Dios envió el diluvio universal para castigarle. Pero la divina
justicia, según lo entiende el beneficiado, no gusta de repetir, sino de
variar y de inventar nuevos castigos cuando hay pecados nuevos. Y así,
en vez de diluvio, había enviado en su tiempo una enfermedad contagiosa
que hacía grandes estragos y sobre la cual escribió Fracastoro un
elegante poema latino dedicado al cardenal Bembo. Como quiera que ello
sea, yo no acierto, ni creo que nadie acierte a explicar que haya muy
provechosos avisos para los mancebos y triaca contra la ponzoña de la
sensualidad en los muy desvergonzados lances que el _Coloquio de las
damas_ refiere. ¿Hablaría de chanza o hablaría de veras el beneficiado
al sostener que su libro morigeraría mejor a los jóvenes regocijados que
la _Vía de espíritu_ o la _Subida del Monte Sión_, libros que ellos
desecharían sin leer en cuanto del título se enterasen?
Fernando de Rojas tuvo, o imagina también que tuvo, el propósito de
adoctrinar la juventud y de apartarla del vicio. Si resultó lo
contrario, bien pudo decir Fernando de Rojas lo que dice el beneficiado:
«que si la juventud tomase de aquí ocasión para pecar, eso no es culpa
de esta obra, sino de nuestra mala condición, la cual, como estómago muy
corrompido, la medicina que se le da para su salud la convierte en malos
humores.»
Dejando nosotros a un lado la moralidad, a fin de que no salga mal
parada de esta cuestión en vez de salir victoriosa, y prescindiendo
también del desafuero inverosímil que sirve de fundamento a los amores
de Melibea y de Calixto, bien podemos afirmar que en todos los
pormenores de la tragicomedia hay tan pasmoso realismo y tan bien
observada y expresada pintura de caracteres y de afectos que, no ya los
críticos españoles a quienes pudo cegar la vanidad patriótica, sino los
más eminentes críticos de otros países, como Gervinus en su _Historia de
la poesía alemana_, ponderan el influjo de _La Celestina_ en la novela y
en el drama de la edad moderna, y entienden que hasta la aparición de
Shakespeare no hubo en la tierra más profundo observador ni más hábil
pintor del alma humana que el bachiller Fernando de Rojas. Sus
personajes todos, Celestina, Sempronio y Parmeno, Elicia, Areusa y el
admirable rufián fanfarrón Centurio, están pintados de mano maestra y
hacen y dicen lo que deben. Si todos citan demasiado a los clásicos,
largan a cada paso sentencias _filosofales_ y pedantean con inocente
refinamiento, es tan propio defecto de aquella época que más que defecto
parece gracia y primor y presta al libro indeleble color _temporal_.
Ni carece Fernando de Rojas de muy oportunas delicadezas, inspiradas o
reflexivas. La pasión de Melibea y de Calixto no puede ser más
vehemente. El deleite que de la posesión nace en ambos no puede ser más
subido. Y con todo eso, la dicha de ambos, de la que el lector se
penetra, se envuelve en discretísimo y limpio velo, sin que el autor
descubriéndola la profane. Los pormenores eróticos los guarda el autor y
los emplea para las escenas, citas y encuentros de los secundarios y
plebeyos amantes; de Parmeno y Areusa, por ejemplo.
Prolijo sería hacer resaltar aquí las principales bellezas de _La
Celestina_. Mi artículo se extendería mucho más allá de las dimensiones
que en este periódico se le conceden. Aun terminando aquí, tal vez se me
acuse de haberme extendido demasiado. Válgame para disculpa la
popularidad que en el siglo más glorioso para España tuvo la
tragicomedia tan lindamente reimpresa ahora: popularidad en la que entró
por más el valor estético que lo licencioso del asunto. Bastantes
novelas en diálogos, imitando la de Fernando de Rojas, se escribieron
después: algunas notabilísimas por la elegancia y gracia del lenguaje,
por el ingenio y por el chiste, y dejando muy atrás a _La Celestina_ en
sus desenfadadas verduras. La _Comedia Serafina_, reimpresa también
pocos años ha por los señores marqués de la Fuensanta del Valle y D.
José Sancho Rayón, da testimonio de ello. Y sin embargo, así la _Comedia
Serafina_, como la _Comedia Selvagia_ y cuantas en el mismo género se
compusieron, quedan muy por bajo de la joya literaria, cuyo alto precio
he juzgado conveniente recordar hoy con ocasión de exhibirla de nuevo el
Sr. D. Eugenio Krapf en forma tan correcta y lujosa.
BIBLIOTECA DE FILOSOFÍA Y SOCIOLOGÍA
Con el título que arriba se expresa, el señor D. B. Rodríguez Serra ha
empezado a publicar una colección de libros de filosofía, y de esto que
con vocablo feo e híbrido llaman ahora sociología. Sólo van publicados
tres tomos, pero yo, que si bien poco entendido en asuntos filosóficos,
gusto de ellos muchísimo, no he querido retardar mi bienvenida a la
mencionada biblioteca, deseándole el mejor éxito posible con nuestro
público de España.
De la historia de esta ciencia primera, así como de la historia de toda
cultura, se han escrito no pocos libros en tierra extranjera y en estos
últimos tiempos. Los franceses, ingleses y alemanes, con razón o sin
ella, se han repartido los más brillantes papeles, y atribuyéndose casi
toda la fecundidad filosófica, nuestra pobre nación ha resultado estéril
o casi estéril, durante los cuatro últimos siglos, por culpa acaso de la
Inquisición, de nuestra feroz intolerancia o de nuestra ineptitud para
cosas tan sublimes.
Llenos nosotros de humilde abatimiento, hemos aceptado por lo pronto la
sentencia sin protestar ni apelar. La opinión de que no nos da el naipe
para filósofos ha prevalecido entre la generalidad de nuestra gente
letrada.
Por fortuna la reacción ha sobrevenido, y con tal fuerza en algunos
espíritus, que puede hacer recelar a un crítico imparcial y frío que es
mayor que el fundamento en que se sostiene.
Los más hábiles y fervorosos defensores de la filosofía española han
sido, a mi ver, don Gumersindo Laverde Ruiz, D. Nicomedes Martín Mateos,
D. Francisco de Paula Canalejas, el padre Ceferino González y
recientemente D. Marcelino Menéndez y Pelayo.