libros de caballerías. Pero ¿quién me demuestra la naturalidad
espontánea y las honduras filosóficas de las novelas neuróticas,
psicológicas, simbólicas y naturalistas que privan hoy? ¿No podrían ser
también artificiosas, falsas y no menos llenas de afectación y de
amaneramiento, con la pícara circunstancia de poner de mal humor a los
lectores y de divertir menos al público del siglo XIX, que _Las Sergas
de Esplandián_ o que _Tirante el Blanco_ divirtieron al público del
siglo XVI? Al cabo, la burla, la parodia de los libros de caballerías
dio motivo y aun se puede decir que inspiró y produjo el más bello y
profundo libro de entretenimiento, en prosa, que hasta ahora en el mundo
se ha escrito. Me atrevo a dudar de que el ingenio del manco de Lepanto
se inspire en las novelas en moda hoy y haga de ellas una parodia que
equivalga al _Quijote_. Acaso no merecen más que una sátira como la que
escribió Boileau contra las novelas de su tiempo. Aquellas novelas
también estuvieron de moda, también entusiasmaron a un público
ilustradísimo, donde figuraban filósofos, ilustres pensadores y
egregios personajes del gran siglo de Luis XIV, y sin embargo, pasaron
de moda. No es de maravillar, por consiguiente, que pasen también de
moda las novelas del día. Esto viene en apoyo de mi tesis, en la cual no
afirmo que en literatura no haya modas, sino que no debe haber modas en
literatura y que los verdaderos literatos, cuando quieran escribir obras
durables y no contentarse con un aplauso efímero, y cuando quieran
emplear el verdadero arte exquisito y profundo, no descubierto
recientemente en Rusia, sino conocido ya en Grecia, desde los tiempos de
Homero, deben prescindir de la moda y dejarse llevar de la propia y
natural inspiración de la que nace, sin buscarlo ni pretenderlo, cuanto
hay de original, de peregrino y de nuevo.
Para que no me tilden de prolijo, no toco aquí otro punto de tan
axiomática evidencia que apenas requiere demostración, a saber: que en
ciencias, en organización política y económica de la sociedad humana, en
costumbres, en comercio, en industria, hay progreso; pero que en
literatura, en poesía, no le hay. Explicar esto con claridad
conveniente, a fin de evitar confusiones y argumentos fundados en mala
inteligencia, sería tarea larguísima, y la dejo para otra ocasión en que
venga a propósito y pueda yo extenderme.
DEL PROGRESO EN EL ARTE DE LA PALABRA
I
La pesadísima cuestión de Cuba atrae de tal suerte la atención del
público, que parece inoportuno escribir de otra cosa que no sea de la
pesadísima cuestión de Cuba o de algo que con ella se relacione.
No me atreveré yo a decir que sea todo torpeza de nuestra parte. Diré,
sí, que en esto de guerras civiles es y fue siempre tenacísima nuestra
raza. Bien mirado, no cayó sobre España aquel inmenso diluvio de moros
de que nos habla Fray Luis de León en la _Profecía del Tajo_. Vinieron a
lo más la vigésima parte del número de soldados que hemos enviado a Cuba
en estos últimos veinte o treinta meses, y, aunque sea triste decirlo,
ellos bastaron para enseñorearse de toda España y para que el célebre
Muza se pelase las barbas, apenas desembarcó, al notar que casi nada le
quedaba que hacer, porque todo estaba ya hecho.
Si es desvarío de mi imaginación Dios me lo perdone, pero a menudo todo
aquello de D. Rodrigo, D. Julián, D. Opas, la Cava y los hijos de
Vitiza, me parece un pronunciamiento como los de ahora, salvo que hubo
en él unos cuantos moritos, que vinieron como legión extranjera. De aquí
que la batalla del Guadalete y la batalla de Alcolea sean a mi ver muy
semejantes. Y así como recientemente, después de una de estas batallas,
la mayoría de los españoles se hizo partidaria furiosa de los derechos
individuales, entonces se hizo partidaria del Alcorán de Mahoma.
Poco duró el dominio del extranjero en nuestra tierra. España se declaró
independiente de los califas de Damasco y eligió rey para sí. El primer
Abderramán fue el D. Amadeo de entonces. Y si el califato duró más que
el reinado de D. Amadeo, lo que ocurrió al terminar ambas cosas puede
muy bien asimilarse. Entre los reyezuelos de Taifas y el comunalismo, el
caciquismo, el regionalismo y el autonomismo, no se me negará que puede
notarse alguna semejanza.
En consecuencia de lo expuesto, considero yo la lucha entre moros y
cristianos, que empezó en el Guadalete y acabó en Granada, con el
epílogo de la rebelión de los moriscos alpujarreños, como una
larguísima guerra civil, que duró siete u ocho siglos. Y no impidió esta
situación de guerra civil casi perpetua, el que los españoles se aunasen
y peleasen gloriosamente contra los extranjeros, realizando portentosas
hazañas, digno y propio asunto de las más hermosas epopeyas. Así
vencimos, sin distinción de moros y cristianos, en Roncesvalles a las
aguerridas huestes del emperador Carlo Magno; en no pocos puntos de
nuestro litoral, a los terribles piratas normandos, idólatras y feroces;
y en cien reñidas y sangrientas batallas, como las Navas de Tolosa y el
Salado, a todo el poder fanático de Africa; a la ingente muchedumbre de
almorávides, almohades y benimerines, que se volcó sobre España en
sucesivas y devastadoras invasiones.
Independientemente de esto, yo me obstino en figurarme la prolija
contienda de siete u ocho siglos como una obstinadísima guerra civil,
dentro de la cual cabía y había otra multitud de guerras civiles, ya de
moros, contra moros, ya de cristianos contra cristianos, ya de los de
una religión contra los de la otra.
Cuando terminaron estas guerras civiles, merced al esfuerzo y tino de
los Reyes Católicos, la audacia, la destreza en las artes de la guerra y
de la política, y el ansia de imperio, de aventuras y de poder, fueron
tales y tan grandes en los españoles unidos, que éstos impusieron su
hegemonía a Europa entera, prevalecieron y descollaron entre los pueblos
todos, y para dilatar su imperio y tener campo abierto a su ambición, a
su codicia y a su empeño de gobernar las cosas humanas, como si fuera
por ministerio divino y ellos fueran nuevo Pueblo de Dios, fue menester
que la Providencia les permitiese, y tal vez los diputase y habilitase
para descubrir nuevos mundos.
Bien estamos pagando ahora todas aquellas lozanías y todos aquellos
atrevimientos de las edades pasadas. Y todo ello por la afición al
merodeo, a la vagancia y a la vida rota y sin freno, que las guerras
civiles traen consigo. Lo que sucede en Cuba carece de otra explicación.
Los españoles que allí residen, y hasta los mulatos y negros, ya libres
y españolizados, no tienen fundado motivo para rebelarse, como no
aspiren a algo a modo de suicidio colectivo y como de casta, porque es
evidente que con la protección y la cercanía de los Estados Unidos, a
los veinte años o antes de la nominal independencia de Cuba, no quedará
en Cuba un palmo de tierra que no pertenezca a un _yankee_, ni paseará
por las calles de la Habana, decentemente vestido, alguien que no sea
_yankee_ o que no disimule mucho su procedencia española, chapurreando
la lengua inglesa.
Quiero suponer que el suelo de Cuba llegará entonces a estar más poblado
y mejor cultivado; que producirá más tabaco y más café; que dará de sí
tanta azúcar, que si los bocoyes de una sola de sus cosechas se
arrojasen al Atlántico, el Atlántico se convertiría en descomunal tazón
de almíbar; pero nada de esto gozaría la gente de raza española, que no
había sabido crearlo, sino la raza superior de los _yankees_, que lo
crearía, con la actividad y con el acierto de que carecen los criollos
de casta española, los cuales no es de presumir que con la independencia
habían de ser más industriosos y atinados en sus empresas que libres hoy
y gobernándose con autonomía administrativa, bajo la bandera maternal de
España.
En suma; yo no veo motivo para que esta guerra de Cuba dure unos cuantos
siglos como duró la guerra civil de que ya hemos hablado. La guerra es
ahora muy cara, y hasta por razones económicas debe terminar pronto la
guerra.
Entre tanto, y para distraernos, si es posible, hablando de otros
asuntos, y para complacer a algunos amigos, quería yo hablar del
progreso, con relación a las artes de la palabra y explicar lo que dejé
por explicar acerca de esto en mi artículo, réplica a otro de D. Carlos
Reyles, publicado en este periódico en el día 3 del corriente.
Por desgracia, la preocupación de la guerra de Cuba me ha llevado, como
vulgarmente se dice, por esos trigos, y me ha movido a escribir sobre
muy distinta materia. Reconozco que lo escrito poco o nada tiene que ver
con el progreso, a no ser para negarle y para afirmar que, _mutatis
mutandis_, los casos se repiten y vienen a ser siempre los mismos.
Erit altera quæ vehat Argo
Delectes heroas: erunt etiam altera bella.
Para introducción hay también más que de sobra en la divagación
precedente. Yo la hallo, no obstante, tan ajustada a la verdad y tan
candorosa, que no me decido a suprimirla. Quede y valga, pues, como
principio de esta meditación mía sobre el progreso, la cual meditación
no puede ya ser corta, a no incurrir en la monstruosa desproporción de
un exordio mayor que el discurso a que precede. Para evitar la
desproporción, y además porque tengo mucho que decir, haré el discurso
más largo que de costumbre, abusaré por esta vez sola, lo prometo y casi
lo juro, de la paciencia de los lectores, y dividiré el artículo en dos
o tres raciones o dosis. Sea esta la primera.
Lo que es por instinto y por afición, yo soy tan progresista como el que
más. No fueron ni son más progresistas que yo los generales Riego y
Espartero, ni el propio Sr. Reyles, que cree que ha podido inventarse,
pocos años ha, un arte, desconocido antes, muy profundo y muy exquisito,
por cuya virtud y con cuyos preceptos se escribirán los dramas y las
novelas del porvenir y otros mil primores, sutilezas y honduras que
dejarán tamañitas y harán que desdeñemos por superficiales y
vulgarísimas, cuantas obras de entretenimiento hasta hoy se han escrito.
Pero la reflexión acude luego. Me paro a reflexionar y voy limitando mi
creencia en el progreso, y cercenando tanto de ella, que no puedo menos
de dejarla muy reducida.
En la totalidad de los seres, en el conjunto de las cosas creadas,
empiezo yo por decirme, no cabe progreso alguno. Las incomprensibles y
elevadas obras de Dios están hoy tan perfectas como en el primer día.
Así lo afirman y lo cantan los tres arcángeles en el maravilloso prólogo
del _Fausto_. Ello será, sólo Dios sabe de qué suerte. Lo único que yo
afirmo, con el apoyo de los tres arcángeles, cuyo cantar aplaudo, es que
no crece ni mengua, en su conjunto, la cumplida perfección de lo creado.
Inteligencias superiores a las humanas, conciliarán acaso en comprensiva
síntesis ciertas antitéticas proposiciones. Nuestra débil mente, no lo
puede, ni lo podrá nunca. Vemos cuanto fue, es y será, desenvolviéndose
en sucesivas mudanzas, dentro de algo indefinido y vacío, a manera de
molde, que llamamos, tiempo. Tal vez columbramos la eternidad inmutable;
pero al menos en esta vida mortal no acertamos a comprenderla.
Pensando, pues, con sujeción a nuestros pobres recursos naturales, sin
el auxilio de la fe o de una imaginación tan alta, que jamás hallará en
ninguna lengua humana términos para expresar lo imaginado, es seguro que
lo bueno y lo hermoso del todo, no mengua ni crece, no se deteriora ni
se mejora. La gloria del Altísimo sería mayor o sería menor, según sus
obras fuesen mejorándose o deteriorándose, lo cual es absurdo. La
omnipotencia, la bondad y la sabiduría del Ser Supremo, no sufren
quebranto ni reciben aumento, porque son infinitas. Cierto que las cosas
no son ni valen nada, porque no son Dios; pero, sin duda, son algo por
el ser que Dios les da, y este es otro misterio, cuya obscuridad
tenebrosa no hay ni habrá nunca mente de hombre nacido que ponga en
claro.
Aunque el Universo no se considere sino como manifestación de la
actividad divina, el poder creador, conservador y benéfico de esa
actividad, nos parecerá mayor o menor, según el Universo gane o pierda.
Es por consiguiente, lo más atinado y juicioso por nuestra parte, el
creer que las cosas, de acuerdo con el cantar de los tres arcángeles,
están bien como en el primer día: ni más ni menos, porque no cabe
aumento ni disminución en lo infinito del saber y de la bondad de quien
las ha creado.
Descendamos ya de tan elevadas esferas metafísicas. Si me he extraviado
al querer subir a ellas, válgame para disculpa mi intención recta y
sana.
Acaso me hubiera estado mejor no pugnar por encumbrarme tanto, y
limitarme desde luego, como ya me limito, a este mundo sublunar y a los
hombres que le habitan, en quienes cabe progreso, porque, sin duda,
tuvieron principio y crecieron; pero será, a mi ver, progreso limitado,
porque ni éste planeta ha de durar siempre, ni es probable tampoco que
la humanidad contenga en sí, en germen, facultades que se desenvuelvan
en ascensión perpetua, ya mejorándola con incesante e indefinido
progreso, ya haciendo brotar de su seno lo que llaman ahora el
superhombre, en cuyo advenimiento creen no pocos, como, por ejemplo, el
Sr. D. Pompeyo Gener, y para los cuales sospecho que se escribirán esas
novelas del porvenir de que nos habla el Sr. Reyles, empleándose en
escribirlas el nuevo arte poético recién inventado y que es tan
exquisito y tan profundo.
Sobre todo ello hablaremos en artículo aparte, por ser ya muy largo el
presente.
II
Desde la mona _catarrinia_ hasta la elegante y hermosa Helena y desde
los _antropiscos alalos_ que salieron de la Lemuria y se esparcieron en
manadas y aullando por todo el mundo, hasta el hombre que compuso la
_Iliada_ y los que la entendían y gozaban leyéndola, hay progreso tan
pasmoso que, aun suponiendo millares de siglos para realizarle, todavía
nos parece inverosímil y punto menos que imposible. Acaso sea todo ello
ensueño ingenioso de los sabios que se dedican a la Prehistoria.
Permítasenos dudar de las afirmaciones de esta ciencia flamante.
Prescindamos de ella. Y afirmemos, con los datos que suministra la
historia documentada y no soñada, que ni en hermosura, ni en fuerza y
agilidad corporales, ni en valentía y entereza de ánimo, ni en claridad
y elevación de pensamientos, presenta hoy nuestro linaje tipos más
nobles y perfectos que los que aparecen ya, como personajes reales, hará
más de tres mil años. El hombre, por lo tanto, no ha realizado progreso
alguno, en su propio ser, durante tan largo tiempo.
Lo contrario es lo que puede o parece que puede afirmarse cuando se
consideran la sublimidad de la misión de algunos individuos de nuestra
especie, la felicidad con que la cumplieron y la transcendencia benéfica
de sus obras, en cuya comparación nada hay equivalente en el día. Las
empresas a que dieron cima individuos y colectividades de tiempos muy
antiguos, no se columbra que puedan tener hoy, ni en un cercano
porvenir, algo que las supere. No niego yo la posibilidad de nada; me
limito a declarar que no percibo, por ejemplo, gloria mayor, ni en lo
presente ni en lo futuro, a la de la antigua Grecia, que echa el
cimiento, crea la traza y forja el molde de toda la ulterior cultura
europea; a la de una sola ciudad, Roma, que se enseñorea de lo mejor del
Orbe, y con sus leyes y su idioma lo unifica y lo prepara para recibir
con mayor facilidad otro más alto elemento de civilización; y a la de
esta misma Península en que vivimos, que, para extender esa civilización
más allá de los linderos y términos conocidos hasta entonces, logra
descubrir nuevos mundos.
Repito, pues, que los hombres que hicieron tan grandes cosas no son
inferiores a los del día. Luego en nuestro propio ser no ha habido
progreso alguno. El progreso es con todo innegable, si no en nosotros,
en lo que está fuera de nosotros, aunque en nuestro poder y acumulado
por herencia. Napoleón, por ejemplo, no vale más que Alejandro el
Grande; pero Napoleón tiene cañones y otros medios de guerrear que
Alejandro no tenía. Ni Kant ni Hegel valen tanto como Aristóteles; pero
Aristóteles no poseía ni la vigésima parte de datos científicos que Kant
y Hegel.
Harto se comprende así en qué sentido y hasta qué punto el progreso es
indudable. Hay progreso en la ciencia; pero en el arte no hay progreso.
Si Perícles resucitara hoy se quedaría turulato al oír el fonógrafo, al
hablar por teléfono y al ver el alumbrado eléctrico, los globos
aerostáticos, los ferrocarriles y la fotografía. Hasta una cajilla de
fósforos de a perro chico le derribaría al suelo, atolondrado de pasmo y
de sorpresa; pero de seguro que no hallaría entre todas las _heteras_ de
París una más discreta, distinguida y guapa que Aspasia, y la Magdalena
le parecería una triste parodia del Partenón, y la torre Eiffel un feo y
monstruoso engendro.
Yo confieso que, si se reuniesen las más selectas poesías líricas de los
grandes poetas de hoy y Perícles pudiese leerlas y entenderlas, había de
hallarlas superiores a las de Píndaro. Prolijo sería explicar el por
qué. Baste con que yo reconozca que en lo lírico sobrepujamos a los
antiguos. No así en lo demás. La misma abundancia de conocimientos y el
prurito de analizar las cosas y de mirar por todos lados cada objeto,
quitan gracia, ligereza y nitidez al estilo y le hacen pesado, confuso
y difuso. Acostumbrado Perícles a la rapidez de la narración de
Herodoto, no podría aguantar ni al grande historiador Macaulay, el cual,
si hubiera continuado su historia de Inglaterra hasta nuestros días,
hubiera tenido que dar a la estampa centenares de volúmenes de la
edición Tauchnitz, y hubiera sido menester, hasta para un lector
inteligente y asiduo, el empleo de algunos años de vida sólo para leer a
Macaulay y enterarse a medias de lo que dice. Acostumbrado, además,
Perícles a la concisión en el narrar de tantas y tan bellas fábulas,
leyendas y tradiciones de su patria, yo apostaría mil contra uno a que
no sufriría con paciencia, sin bostezar y sin dormirse, las pesadísimas
e interminables descripciones de una novela de Zola.
Es cierto que cualquiera me dirá para contestarme que Zola no escribe
para que le lea Perícles, sino para que le lean los hombres del día. Y
como los hombres del día gustan mucho de sus novelas, Zola tiene
grandísimo mérito, y lo que yo digo, nada prueba en contra.
Mi réplica es clara. Yo no quiero inferir ni infiero nada contra el
mérito de las novelas de Zola. Escritas han sido para agradar en el día,
y esto se ha logrado. Bastante mérito es esto. Lo único que yo pretendo
demostrar es el indiscutible progreso de la ciencia y el sobrado
discutible progreso del arte. Es evidente que Perícles se admiraría y
gustaría del teléfono; pero también es evidente o casi evidente que no
se admiraría ni gustaría de casi ninguna de nuestras novelas.
Para mayor evidencia aún, acudamos a otra bella arte: a la escultura.
Nadie me negará que aquel glorioso personaje que dio nombre a su siglo y
que tenía tan claro entendimiento y tan delicado gusto, recordaría el
Júpiter y la Minerva de su amigo Fidias, y todas las estatuas de
nuestras plazas, templos y paseos le parecerían menos que medianas.
Supongamos ahora que al resucitado Perícles le sirve de _cicerone_ un
sabio de los más profundos del día, muy convencido de la incomparable
superioridad de todo lo de hoy sobre todo lo antiguo, y muy al corriente
de los adelantos de la ciencia y de las invenciones novísimas más
ingeniosas. Este sabio lleva al olímpico Perícles a un gabinete o museo
de figuras de cera y me le deja estupefacto y aturdido. ¿Qué tienen que
ver Minerva y Júpiter, donde el oro, el marfil y el mármol sólo imitan
lo exterior de la Naturaleza, y aun esto incompletamente y sin todos sus
pelos y señales, como en las figuras de cera? Pues no digamos nada si el
sabio da cuerda a las figuras, y como la mayor parte de ellas son
automáticas, se sueltan a andar y hasta abren la boca y saludan en
griego al ilustre _tourista_. Y aún será mayor el asombro de éste
cuando su sabio guía toque ciertos resortes, abra ventanillas en el
vientre y en el pecho a las figuras mencionadas y hasta les levante con
suavidad y sin el menor daño la tapa de los sesos. El ateniense
exclamará entonces, como el personaje de una aplaudida zarzuela:
Hoy las ciencias adelantan
que es una barbaridad.
En efecto; gracias a una mecánica habilísima, auxiliada de la química y
de otras maravillosas disciplinas, en lo interior de cada figura empieza
el corazón a moverse, corre la sangre por arterias y venas, el pulmón
recoge aire y hace mil operaciones con él, y, por último, y para no
cansar, suben hasta los sesos muchos átomos de fósforo y de otras
esencias volátiles, se cuelan allí, como Pedro por su casa, en varias
celulillas, y a poco rato, como de los gusarapos, orugas y otros
gusanillos, salen mariposas, beatillas y mosquitos, brota multitud
variada de pensamientos y sentimientos buenos y malos, que no tardan en
convertirse en crímenes o en hazañas, en sermones morales o en discursos
subversivos, en obras de caridad o en estupros y asesinatos.
Perícles tendrá que confesar entonces que esto es exquisito y profundo,
como llama el señor Reyles a su arte. Lo que no confesará, lo que
negará a pies juntillas, es que sea bella arte semejante diablura.
Y todavía iremos de mal en peor, en esto de bella arte, si las figuras
que el _cicerone_ enseña a Perícles están fabricadas para el estudio de
la patología interna, y se ve dentro de ellas cómo se forman tumores,
fístulas, llagas, excrecencias y todo linaje de pupas. El pobre
Perícles, que imaginaba tal vez erradamente que las bellas artes servían
para deleitar, serenar y levantar el espíritu, sólo consigue con esta
flamante _arte bella_ que se le levante y revuelva el estómago, y le
fuerce a hacer una libación en honor de Esculapio con el vino de Chipre
que bebió en su última cena al lado de su bella Aspasia, que ha
conservado en el sepulcro, durante veintitantos siglos, y que le ha
hecho soñar allí mil divinos primores.
Apliquemos ahora a la amena literatura lo que de la estatuaria hemos
dicho. Fácil es sacar las siguientes consecuencias:
Que a tal literatura se le debe quitar el epíteto de amena.
Que si no es amena no es útil tampoco, porque nos desazona y aflige
mostrándonos el mal, con todos sus asquerosos y horribles pormenores y
no nos ofrece remedio alguno.
Que aun suponiendo que esta literatura de moda es muy científica,
exquisita y profunda, todavía se puede negar que sea bien encaminada
literatura, sino mera extravagancia, ya que no propende a deleitar, sino
a enseñar, fin que se cumple mejor que con novelas, con disertaciones
fisiológicas, patológicas, histológicas y teratológicas.
Y que los que sostienen el raro progreso de la amena literatura, fundado
en las novelas a la moda, presuponen, no un retroceso en todo lo
restante, que esto sería menos malo, sino un progreso y horrible
crecimiento de la perversión y corrupción humanas, cuya minuciosa
pintura es el asunto de las novelas susodichas.
Si hubiese demostrado la ciencia que el mal es irremediable, que por el
determinismo se explican los vicios y las virtudes, que la imaginación y
la fe deben ya desecharse como facultades anacrónicas y que apenas nos
queda esperanza ni en la tierra ni en el cielo, muy desconsolador y
diabólico progreso hubiera realizado la ciencia; pero al fin progreso
sería y tendríamos que respetarle, y tendríamos que bajar la cabeza y
que resignarnos. Todo lo que esta ciencia aflictiva nos enseñase,
metiéndonos el corazón en un puño, y llenándonos de miedo y de asco,
estaría bien consignado en trataditos científicos, cursos y epítomes;
pero en las novelas escritas a menudo por gente que no ha ganado ninguna
borla en las Universidades, todo podía salir trabucado, y aunque no
saliera, no saldría novela tampoco, sino bodrio de ciencia mal digerida,
puesta al alcance de todos, y que sólo interesaría y conmovería, no como
las obras de un arte sencillo y sano, sino sobreexcitando nuestros
nervios como las pociones y linimentos farmacéuticos, que nos hacen ver
visiones espantosas y a las cuales nos aficiona una curiosidad perversa.
Siento que se me quede aún en el tintero muchísimo que decir; pero no
logro evitarlo, y haciendo aquí punto, lo dejo para otro día.
III