desde fines del siglo XV, y tal vez durante todo el siglo XVI, fue la
primera nación del mundo. Y no sólo lo fue por su material predominio,
descubrimientos, conquistas y extensión territorial de su imperio, el
mayor que ha habido nunca, sino por la excelencia en las artes de la paz
y de la guerra, de los ilustres varones que entonces produjo.
Nuestra decadencia fue rápida. Los autores que han procurado explicar
sus causas no me satisfacen. Lejos de mí la soberbia presunción de
querer enmendarles la plana. Lo único que me atreveré a indicar, no ya
como causa única, sino como una de las causas de nuestra decadencia en
el pensamiento, fue el habernos aislado, o bien por engreídos o bien por
recelosos, de que nos inficionasen las herejías, contra las cuales
combatió España gallardamente, procurando conservar o reanudar el lazo
unificante de la civilización europea y el soberano espíritu que hasta
entonces la había informado.
Muy decaídos ya, vinimos a dar en el extremo contrario. Nos creímos
atrasadísimos y entendimos, hasta cierto punto con razón, que para salir
del atraso era menester alcanzar e imitar a las naciones que se nos
habían adelantado.
Largo sería, y más difícil que largo, explicar aquí cómo deben ser esta
imitación y este alcance. Lo único que yo diré es que en lo científico,
el imitar y el alcanzar se comprenden, porque en lo científico cabe y
hay progreso; pero en lo puramente literario y artístico no se progresa
nada. El progreso no trae escultor que valga más que Fidias, ni lírico
mejor que Píndaro, ni trágico mejor que Sófocles, ni orador más
elocuente que Demóstenes, ni poeta más inspirado y elegante que
Virgilio.
Considero, pues, absurda alucinación la de creer que las artes del
dibujo y de la palabra, cuyo fin es crear la belleza, vayan
perfeccionándose y mejorándose con el tiempo. Antes bien, me inclino a
maravillarme más por lo mismo que son menos reflexivos y artificiosos, y
más inspirados y espontáneos, de los himnos de Rig Weda que de las odas
de Víctor Hugo, y del Prometeo de Esquilo que de _Hernani_ o de
_Lucrecia Borgia_.
Traigo a cuento todo lo que va dicho, con ocasión de las _Academias_ del
Sr. D. Carlos Reyles, notable escritor uruguayo. _Academia_ viene a ser
equivalente de novela corta, y se funda este título en uno de los
significados que da nuestro Diccionario a la palabra _academia_, y que
es como sigue: _figura desnuda diseñada por el modelo vivo_.
En una extensa carta literaria que dirigí hará tres o cuatro meses a _El
Correo de España_, en Buenos Aires, discurrí muy por extenso sobre la
primera _academia_ del Sr. Reyles, titulada _Primitivo_.
El mérito indisputable de este señor y la novedad exótica de su arte de
escribir novelas me mueven a discurrir también por extenso sobre su
segunda _academia_, titulada _El Extraño_, y a juzgar, por varias
razones muy interesante, este estudio.
Ya se entiende que si yo no creyera en el valer literario del Sr.
Reyles, nada bueno ni malo diría acerca de sus obras. Si las censuro es
por creer que el autor vale, aunque anda harto extraviado.
Su extravío proviene de la ya mencionada enfermedad epidémica, nacida
del menosprecio con que miramos a nuestra nación o a nuestra raza, y
que se nota, por fortuna, más que en España, entre los escritores
hispanoamericanos. Consiste la enfermedad en cierto candoroso y
desaforado entusiasmo por la última moda de París en literatura, como si
en literatura estuviesen bien las modas y como si en literatura se fuese
progresando siempre, como se progresa en cirugía o en química y mecánica
aplicadas a la industria.
Sin duda que, en mi sentir, nadie ha escrito hasta ahora una más hermosa
novela que el _Don Quijote_, aunque yo no niego que podrá un día
escribir alguien otra mejor novela; pero esta mejor novela no lo será
porque se haya progresado, sino porque Dios o la Naturaleza, la
Providencia o el Acaso, hará que nazca, en Rusia, en Suecia, en Francia,
o quién sabe dónde, un novelista más ingenioso, más profundo y más ameno
que Miguel de Cervantes.
De todos modos, la mejor novela que hoy se escriba, no lo será porque se
funde en una estética recién descubierta, y porque se ajuste a
determinados procedimientos a la última moda de París, sino que será la
mejor novela por la propia, libre y tan poderosa como juiciosa
inspiración de quien con entendimiento tan sano como grande acierte a
escribirla.
Yo no entiendo de música e ignoro lo que podrá ocurrir en lo futuro con
relación a la música; pero sobre literatura, aunque también entiendo yo
poco, entiendo lo bastante para estar segurísimo de que no es dable en
cierto sentido la literatura del porvenir. Se cae de su peso que la
literatura, reflejo de creencias, doctrinas, costumbres y leyes,
aspiraciones, temores y esperanzas de cada época, varía tan a menudo
como varían todas estas cosas en el seno de la sociedad humana. En este
sentido, la literatura del siglo XVIII, con relación a la del siglo
XVII; fue literatura del porvenir, y la del siglo XIX lo fue con
relación a la del siglo XVIII, y la del siglo XX lo será con relación a
la de nuestro siglo; pero no es esta perogrullada lo que quiere
expresarse cuando se habla hoy de literatura del porvenir. Lo que quiere
expresarse es la aparición de escritos tan profundos y sutiles que los
de Homero, Dante, Virgilio, Ariosto, Shakespeare, todos nuestros grandes
dramáticos y los dramáticos griegos, en suma, cuanto hay de conocido
hasta ahora y puesto en letra de molde, sea fruslería insubstancial,
superficial y _epidérmica_, que de tal la califica el Sr. Reyles,
comparado con lo que ya se va escribiendo y con lo que se escribirá en
adelante, si Dios no lo remedia, ajustándose a los patrones, cánones y
moldes que vienen de París, ora inventados, ora aceptados y autorizados
allí, aunque vengan de Alemania, de Rusia o de Suecia.
Todavía hay en este nuevo arte literario que el Sr. Reyles sigue, algo
que me choca más que la supuesta superioridad de las obras, por virtud
de progresivo desarrollo. Lo que me choca más es el propósito de que las
novelas, cuentos, _academias_ o como quieran llamarse, no se han de
escribir para deleitar y pasar agradablemente el tiempo con su lectura,
sino para mortificar, aterrar y compungir a los lectores, como con una
pesadilla tenaz y espantosa.
Y si esto fuese para hacernos aborrecer el mundo y todas sus pasiones,
alborotos, pompas y vanidades, el caso tendría explicación, salvo que
yo, en vez de llamar novelas a los libros que así se escribiesen, los
llamaría obras ascéticas, materia predicable, homilias o libros de moral
severa y adusta, como _Los gritos del infierno_, los _Casos raros de
vicios y virtudes_, las _Agonías del tránsito de la muerte_ y los
_Estragos de la lujuria_.
Por desgracia, esta literatura a la moda no puede ser así, porque para
ella la moral, si la tiene, no se funda en ninguna religión, ni en
ninguna metafísica, y el vicio y la virtud vienen a ser productos tan
naturales y tan inevitables como el vitriolo y el azúcar.
Tampoco me conformo con los tipos o personajes que surgen de tales
doctrinas, que las profesan, y que así ellos como el autor que los ha
creado, entienden que son refinadísimos, exquisitos, aristocráticos de
una flamante y peregrina aristocracia, y en todo superiores a los
rastreros, vulgares y timoratos burgueses.
La segunda _academia_ del Sr. Reyles saca a la palestra y pone en acción
a uno de esos disparatados seres sublimes, llamado Julio Guzmán. El
autor, en mi opinión, aspira a que admiremos a su héroe; pero sólo logra
que nos parezca insufrible, degollante y apestoso. Es cómica, sin que el
autor lo quiera, la pretensión de hallar inauditas novedades en los
refinamientos y quintas esencias con que la moderna cultura presta
hechizos supremos a la lascivia.
Yo entiendo, y todo el mundo entenderá lo mismo, si bien lo recapacita,
que en el vicio mencionado, así como en todos los demás, no ha habido el
menor progreso desde las edades patriarcales. Lot y sus hijas, Dina y el
príncipe de Siquén, los habitantes de Pentápolis, la señora de Putifar y
los caballeritos _dandíes_ y _gomosos_, que vivían en Bactra, en Ur o en
Menfis, sabían cuanto hoy pueden saber en punto a voluptuosidades todas
las ninfas de París y sus mantenedores y parroquianos. Cuando uno
recuerda a Oala y a Oliba de Ezequiel, la _Nana_ de Zola es una paloma
sin hiel, es una inmaculada cordera. Y cuando uno trae a la memoria los
linimentos, pomadas, aromas, afeites, mudas, untos y frotaciones, con
que durante un año iban adobando a las más lindas muchachas antes de
presentarlas al rey Asuero, todos los refinamientos, primores, adornos y
zahumerios de que puedan valerse las más alambicadas ninfas de París,
son la propia ordinariez y la más vulgar _cursilonería_.
Las artes _cosméticas_ e indumentarias y todas las demás invenciones,
trapacerías y mañas, provocantes y fomentadoras del erotismo, habían
llegado a la perfección hace más de tres mil años y desde entonces nada
han adelantado. El más curtido y experimentado en amor de todos los
mozalbetes que viven en París, no podría describir con mayor exactitud
que el divino Homero los medios de seducción de que se vale una mujer
para engañar, enloquecer y adormecer a su marido o a su amante. Dígaseme
si Juno no estaba bien industriada en todo ello, cuando para encender en
deseos frenéticos el corazón de Júpiter, se puso el cinturón de Venus y
subió a la cumbre del Gárgaro. Onfale hizo hilar a Hércules; Dalila
cortó a Sansón los cabellos y Elena suscitó una guerra espantosa que
duró diez años. A ver si estas señoras, y muchas otras de que están
llenas las historias sagradas y profanas, no sabían dónde les apretaba
el zapato, en cuanto se refiere al arte cuyas reglas fundamentales puso
Ovidio en verso.
Pero volvamos a Julio Guzmán _el extraño_, y pongamos término a las
divagaciones.
El suceso que presta asunto a la novela o _academia_, es harto frecuente
en la vida real. Durante la mía, que ya no es corta, he visto yo docenas
de casos parecidos: una mujer que, ya por una razón, ya por otra, casa o
se propone casar con su hija, con su sobrina o con su hermana, al hombre
de quien está o estuvo enamorada y con quien tiene o tuvo poco castas
relaciones. Esto, aunque frecuente, es bellaquería de marca mayor, que
nunca debe disculparse: pero menos disculpa tiene el arrepentirse por
tan desmañada manera, que el galán a quien quiere casar su enamorada,
mate a disgustos o poco menos, así a dicha enamorada como a la novia que
le ha buscado. Y todo ello por exceso de amor, porque él está prendado
de ambas y porque se encuentra, aunque sea innoble comparación, que
suplico se me perdone, como burro entre dos piensos.
En resolución, Julio Guzmán, a quien su querida Sara se allana a casar
con su hijastra Cora, se arregla de suerte que causa la infelicidad de
Cora y de Sara y se queda sin la una y sin la otra. No debiera, pues,
llamarse Julio Guzmán, sino Pedro Urdemalas. Lo cierto es que en esta
academia de _El Extraño_ todos son infelices. ¿Y cómo no ha de serlo _el
extraño_, y cómo no ha de hacer infelices a cuantos le rodean y a
cuantos se interesan por él, cuando es víctima de una vanidad ridícula y
de las más indigestas doctrinas pesimistas, materialistas y ateístas?
Y es lo singular que, después de todas mis censuras y después del mal
efecto que me produce la multitud de insufribles galicismos que hay en
_El Extraño_, todavía persisto en ver en el autor muy notables prendas
de novelista. Sólo las desluce la manera de escribir a la última moda y
de imaginar que hay novedad y mejora en ello.
Hasta el desencanto, la desesperanza y el hastío que pueda tener Julio
Guzmán, valen poquísimo, en comparación de los que tres mil años antes
tuvo Salomón, según el _Eclesiastés_.
Afortunadamente, en nada malo hay novedad, ni cabe progreso. Tal vez
pueda haber novedad y tal vez quepa el progreso en lo bueno. Si la
literatura del porvenir así lo entendiese y así lo buscase, más razón
tendría de ser y yo no me atrevería a censurarla. La censuro, porque
hace lo contrario.
Aun en los tiempos en que la mente humana imaginaba divinidades
tiránicas y crueles, los grandes poetas, sobreponiéndose a la
desconsoladora creencia, buscaban y hallaban un final desenlace,
trascendente y dichoso, para sus tragedias más horribles, dejando a la
Providencia justificada y glorificada. Así Minerva ahuyenta a las
Furias y devuelve a Orestes la paz del alma, y así Prometeo es libertado
y salvado por el hijo mismo del dios que tan horriblemente le
castigaba.
SOBRE LA NOVELA DE NUESTROS DÍAS
Hace ya tiempo que escribí un artículo dando cuenta al público español
de las novelitas llamadas _Academias_, que ha escrito el literato
uruguayo D. Carlos Reyles. Como yo no me complací nunca en tomar un
libro insignificante o tonto para objeto de mis burlas, para decir
chistes fáciles y de baja ley y para hacer el papel de dómine empleando
la disciplina o la palmeta, cualquiera que me conozca comprenderá que,
si hablé de las novelitas mencionadas, fue por haber encontrado en ellas
verdadero mérito y por juzgarlas digno asunto de la crítica. Así lo
entendió también su autor D. Carlos Reyles, y, si ha contestado a mi
artículo, en _El Liberal_, ha sido de modo tan cortés y tan lisonjero,
que me mueve a la réplica, aunque sólo sea por agradecimiento y por
cortesía.
Voy, pues, a replicar al Sr. Reyles, aunque me parece harto dificultoso,
porque dicho señor no defiende directamente sus obras, las cuales más
bien han sido elogiadas que censuradas por mí. Lo que defiende es una
determinada estética que yo en cierto modo y hasta cierto punto condeno.
De aquí que para hacer los distingos indispensables y marcar bien los
límites hasta donde se extiende mi condenación y las razones en que ésta
se funda, necesite yo más espacio del que puede ofrecerme _El Liberal_ y
acaso más paciencia de la que presumo que han de tener sus lectores.
Haré, no obstante, un esfuerzo para ser breve y para decirlo todo en
cifra y resumen, aunque sea con mengua de lo explícito y de lo claro que
anhelo ser siempre en mis escritos.
En literatura no hay modas de París, como en trajes y adornos de
señoras, y tampoco hay progreso en literatura como en química, cirugía o
mecánica, aplicada a la industria. Por consiguiente, quien entiende que
hay tales modas y tales progresos, escribe mucho peor que si entendiese
lo contrario, corta las alas de su ingenio en vez de alargarlas y darles
fuerzas, pierde parte de su originalidad, cuando no la pierde toda y se
expone a caer en lo falso, en lo amanerado y en lo extravagante.
Esto es lo que yo he dicho y esto lo que trata de impugnar el Sr.
Reyles, aunque en mi sentir no lo impugna.
Lo que yo niego es que deba haber modas y que las modas tengan que venir
de París; pero ¿cómo he de negar yo que el sentir, el pensar y el
imaginar de cada período histórico sean diferentes y que se refleje en
las obras de imaginación esta diferencia? Sin querer imitar a nadie,
espontáneamente, hasta contra nuestra voluntad, hasta cuando nos
empeñamos en ser o en aparecer como de otro siglo o como de otra época,
somos por virtud de leyes ineluctables, de nuestra época y de nuestro
siglo.
Supongamos por un instante que no hay esas novelas francesas y rusas que
el Sr. Reyles pone por las nubes o que ni él ni yo las hemos leído, o
que no hemos leído sino las novelas españolas de los siglos XVI y XVII y
que nos empeñamos en imitarlas y hasta que reflexivamente las imitamos.
El resultado será, si en el Sr. Reyles y en mí hay personalidad y fondo
propio, que escribiremos novelas muy diferentes por todos estilos de las
antiguas, muy de nuestro siglo y mucho más nuestras que imitando las
francesas o las rusas.
La imitación de lo antiguo es, por otra parte, mil veces más segura. Lo
tonto, lo disparatado, y lo vulgar, todo ha caído en olvido o en
descrédito. Varias generaciones de críticos y el desdén de las gentes
han barrido lo insignificante y lo malo, como quien barre basura. Lo
bueno, lo llamado clásico, queda solo en nuestra memoria, se nos
presenta como ejemplo y como modelo, nos induce a la imitación y nos
excita a la competencia. En lo moderno, al contrario, las obras de
literatura están como la mies en la era, sin que nadie haya separado aún
el grano de la paja, ni lo que ha de ser alimento agradable y sano de la
semilla desabrida o de la cizaña, que, en vez de deleitar y de nutrir,
embriaga y causa vahídos. De aquí que el que imita lo moderno corre
peligro de engañarse, deslumbrado por el aplauso vulgar y por el
prestigio de la moda, y en vez de imitar exquisiteces y bellezas, imita
estrafalarias novedades o insulsas tonterías. Claro está que, a pesar de
todo, si el imitador vale algo, por cima de esas novedades y de esas
tonterías, surgirá y descollará su propio talento. ¿Pero no sería mejor
que no se entusiasmase tanto por lo moderno, que no se pasmase tanto de
los primores franceses y rusos, a fin de no tener que ponerse en zancos,
que empinarse y que estirar violentamente su ingenio para salir por cima
de esas tonterías y de esas novedades, mostrándose tal como es?
El ciego y fervoroso imitador de lo moderno se asemeja a alguien metido
en enmarañado matorral, de donde le cuesta gran trabajo sacar la cabeza,
así para orientarse como para que la gente le vea, mientras que el
imitador de lo antiguo se asemeja a alguien que está en soto bien
cultivado, de donde se arrancaron ya las matas enanas y espinosas, se
podaron las ramas inútiles y se rozó la mala hierba. Útil o bello y
elevado además, es cuanto allí queda.
Sin imitar a nadie pueden escribirse obras nuevas y buenas; pero
también, imitando lo antiguo, se puede escribir bien, y ser nuevo, hasta
sin pretenderlo y contra la voluntad y el propósito de quien escribe.
Fray Luis de León, pongamos por caso, se propuso imitar, casi copiar a
Horacio, en _la vida del_ CAMPO; pero informado el poeta de muy diverso
espíritu, produce algo, enteramente diverso también, y de tamaña
novedad, que Horacio, resucitado y conociendo bien el habla castellana,
no hubiera penetrado el peregrino y para él misterioso sentimiento que
palpita en la imitación de su oda. Toma Calderón la fábula de Prometeo
para argumento de un drama, y toman Fenelón y Lope el asunto de la
_Odisea_ para el _Telémaco_ y la _Circe_, y nada hay más característico
de su época que las obras de estos tres ingenios, ni nada más extraño al
sentir, al pensar y al imaginar de Esquilo y de Homero. Literalmente,
los versos de Andrés Chenier son un centón de trozos traducidos del
latín y del griego; pero, infundida el alma de Andrés Chenier, en el
centón susodicho y prestándole nueva y poderosa vida, le convierte en
manifestación lírica de las ideas, pasiones y creencias de fines del
siglo pasado y en base flamante de la gran poesía que ha florecido en
Francia en el presente siglo.
No se crea, por lo expuesto, que yo apruebe sólo la imitación de lo
antiguo y que repruebe en absoluto la de lo moderno y extranjero. Lo
único que repruebo es la carencia de discernimiento y la sobra de
idolatría servil en esta imitación. Convengo en que se puede y hasta se
debe enriquecer la literatura propia con lo mejor que se halle en los
autores contemporáneos de otras naciones. No por eso se expatria
mentalmente el que lo hace. ¿Quién más español que Lope? Y Lope, no
obstante, era tan imitador y tan apasionado admirador de los italianos,
que llegaba a exclamar: ¿Cómo he de competir con ellos, que son
...solos y soles,
yo con mis rudos versos españoles?
Evidente es asimismo que Boscán y Garcilaso, importando en España la
métrica y el modo de poetizar de los italianos, prestaron poderoso
impulso y nuevo aliento a la literatura de su patria sin hacerle perder
su originalidad castiza, sino suministrándole nuevos moldes de donde
pudo salir y salió mejor ataviada y más limpia, refulgente y hermosa.
Yo mismo, por último, he celebrado, no poco de lo exótico e importado de
Francia que hay en Rubén Darío, sosteniendo que cuando este poeta atina
en la elección de lo que toma, lo reviste de la forma conveniente, lo
expresa en su idioma castizo y lo adapta como importa adaptarlo, lejos
de menoscabar, enriquece la lira castellana con cuerdas nuevas y con
tonos que tienen algo de inauditos. Pero desde esto hasta la exagerada
admiración del Sr. Reyles por las novelas francesas y rusas, hay todavía
enorme distancia, que yo no paso. Las comparaciones son odiosas, y no
trataré yo de sostener contra el Sr. Reyles que la novela contemporánea
española no es inferior a las de los países citados. Iré modesta y
humildemente hasta conceder que es inferior; pero la inferioridad
consistirá en que los novelistas españoles del día somos menos
discretos, menos instruidos, menos hábiles y menos inspirados que los
franceses y que los rusos. Consistirá en suma, en nuestra general
decadencia; en que así como ahora no hay Grandes capitanes como Gonzalo
de Córdoba; ni pasmosos marinos, como el marqués de Santa Cruz; ni
egregios políticos, como el Cardenal Cisneros, tampoco hay novelistas
como Cervantes. Y no consistirá esto, en manera alguna, en los
progresos que ha habido en la novela, progresos realizados en tierra
extraña y no aprovechados por nosotros. No consistirá en ese _arte tan
exquisito_, de que habla el Sr. Reyles, _que afina la sensibilidad con
múltiples y variadas sensaciones, y tan profundo, que dilata nuestro
concepto de la vida con una visión nueva y clara_; arte, a lo que se
infiere de las palabras del Sr. Reyles, recién inventado, por cuya
estupenda virtud se hace sentir por medio del libro, _lo que no puede
sentirse en la vida sin grandes dolores, lo que no puede pensarse sino
viviendo, sufriendo, y quemándose las cejas sobre los áridos textos de
los psicólogos_. Esta afirmación del Sr. Reyles, raya a mi ver, en
herejía literaria, casi monstruosa. ¿Qué novísimo arte exquisito y
profundo es ese que no se ha descubierto sino a fines del siglo XIX en
Francia, en Suecia o en Rusia? ¿De suerte que Bourget, Ibsen y Tolstoï
emplean un arte más exquisito y profundo que los autores del _Quijote_ y
de _La Celestina_? ¿Con que Cervantes hacía sentir menos y ahondaba
menos en la mente y en el corazón humanos que los modernos novelistas
que cito? O la humanidad era más boba y simple en los pasados siglos que
lo es en el día, o no hay tal superioridad en las novelas rusas y
francesas de ahora. ¿Dónde está la novela de ahora, rusa o francesa, a
la que pueda nadie prometer, no la perpetua juventud, no la vida
inmortal que tiene el _Quijote_, sino la longevidad gloriosa y el favor
popular de que gozó durante dos o tres siglos el _Amadís de Gaula_?