toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo
público, están mencionadas en el libro del señor conde con
escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que
hubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca,
hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para
obsequiar al rey D. Alfonso XII.
Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más
nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con
gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas
no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no
pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra
ellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el
siglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don
Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José
Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos.
Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra,
en mi sentir, completa victoria.
Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las
corridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la
lectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y
aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá
de seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin
sentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos
dar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del
conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la república
literaria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos y
novelas.
Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que
yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable
que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y
aun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los
lectores.
El libro del señor conde de las Navas es muy _sugestivo_. ¿Quién, al
leerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer
examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de
declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de
exponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?
Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi
opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con
independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.
¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase
contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal
es la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin
distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en
la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros.
Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las
vidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos de
considerar inocentes, o si se quiere poco _nocentes_ las corridas de
toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres,
que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada y
los doma y amedrenta a latigazos.
El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro
trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun
mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la
vida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y
fiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos
filantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se
piensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare. La
gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta
con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y
diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere
nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que
procura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos y
aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que
naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de
manera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen
otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan
por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparación
que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido
no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.
El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy
frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho
gustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se
apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No
hay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las
corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más,
saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no se
concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos
saldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con
tales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le hagan
vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales
luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la
civilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la _Iliada_
los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo
de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena
vencido, arrastrando
el mísero los pies, y de la boca
sangre arrojando turbia. Sobre el hombro
la cabeza caída, y delirante.
No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff,
donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven
mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo
esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de
tiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el
siglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es
menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y
ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las
mismas carreras de caballos, donde tal vez los _jockeys_ están más
expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.
En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser
censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que
casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o
desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que
suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino
que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole
vigor, ligereza y gallardía.
En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada
harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras
que un _jockey_, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y
giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese
mucho.
La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica
en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo
ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por
demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le
atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos
que a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el
apodo de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja
plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien
lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro
Romero:
Das a las tiernas damas mil cuidados,
y envidia a sus amantes.
Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y
costumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido.
Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no
sea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las
mujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a
mi ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.
Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media,
ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por
caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre
dichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores
parisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa
si han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello más
digno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles
cuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquí
tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la
producción nacional.
Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo,
que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se
paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este
exceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, que
cualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta,
pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su
paga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.
Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los
sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no
gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no
debe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda
hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo
atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en
espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y
devoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapos
transpirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso orador
español, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento!
Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo poco
apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en
el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal,
por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes de
ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros,
manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces
y de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y
castizo remedio.
Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las
corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y
regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta
celebradas y fomentadas.
Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad
que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea
racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere
artículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle
con rapidez compendiosa.
II
¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de
los animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La
tal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el
razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.
Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso
intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres,
que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y
otros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo
tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma
semejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es
peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan
en diversa clase de bichos.
Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en
honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas
en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar
cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que
harto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo.
El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por
donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasión
se nos acuse de dureza de entrañas.
No poco he leído yo en _El ente dilucidado_ del padre Fuente la Peña, y
en _El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc._,
del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de
los brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas,
entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista
Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante
en su novela _El paraíso terrestre_.
Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y
cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy
aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el
león y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí
que he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi
siempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen
alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y
sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al
matarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y
generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógica
en su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.
Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular,
dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que
los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a
todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma
a pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso
ampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el
gavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne
y había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo
consintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba
de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptó
el rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en
una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por más
que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán y
la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, que
habían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey y
tal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley
natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la
muerte en unos es en otros principio y causa de vida.
Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor
resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los
gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y
les parece suculento y apetitoso.
El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué
medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos
después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para
que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?
No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del
cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel
río de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un
lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la
más gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se
desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores
gruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz
anestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctima
padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de la
materia y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en el
espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y
merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entonces
decir como Epícteto: _¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal_; sino
_¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y
virtudes_.
Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin
discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o
siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz
atrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.
Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por
necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.
Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros
con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la
tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en
echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos
escarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?
Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen
contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro
para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero
los declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método
nefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la
tan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más
abominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino
con otros muchos seres sensibles.
¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un
torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro
caballerescamente,
_Cara a cara y con razón,_
como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros
franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus
traicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de
la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina?
¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de
lo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mata
en buena lid y a un individuo solo?
Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta
llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto
no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda
y graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil
desilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel
de Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a
Montevideo o a Buenos Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus
hijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que
ella, también como la hija de Minos,
_Indomitos in corde gerens Ariadna furores_,
concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo
el género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición
que ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto
corral que teníamos en casa poblado de pollos.
Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puede
imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotada
Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosa
diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeña
incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidez
inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo me
complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura,
me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el
poeta:
_Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis_.
Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran
más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones,
banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.
Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de
que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado
gordo de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una
enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta
Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado
que venía a ser tan grande como el ganso todo.
_Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,_
_Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?_
¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso,
para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los
franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así
a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de
alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero
los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios,
cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para
hacer el _jecur anseris_, que hoy llamamos _foie gras_. Delicioso manjar
es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sin
escrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas
de toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos y
D. Luis Vidart gustaban del _foie gras_ y le comían a menudo.
La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso,
puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la
sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo
significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre
hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus
semejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de qué
valerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina,
salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía en
bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisión
de carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy
candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin
pretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otros
hombres y de comérselos luego.
Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a
escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad
antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales
corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se
complace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de
mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas
resueltamente.
Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D.
Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se
debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro
siglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y
cristiana Europa, de que forma parte nuestra España.
Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de
las corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las
Navas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por
D. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible
y casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo
mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural
seriedad al escribir estos artículos.
Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo,
tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la
asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las
corridas de toros.
Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que
prefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que
se van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte,
andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo
sobre sus costillas, será _el espectáculo más nacional_ de todos, pero
es espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si
este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría
que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo
portugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser un
ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se
lucen.
«EL EXTRAÑO»
ÚLTIMA MODA DE PARÍS