Las fiestas reales, en que con mayor o menor lucimiento se han lidiado

toros para solemnizar algún suceso fausto y aumentar el regocijo

público, están mencionadas en el libro del señor conde con

escrupulosidad y con prueba de documentes fehacientes, desde las que

hubo en el año de 1144 en León para celebrar las bodas de doña Urraca,

hija del rey Alfonso VII, hasta las que hubo en Sevilla en 1877 para

obsequiar al rey D. Alfonso XII.

Demostrado con toda evidencia deja el señor conde que el espectáculo más

nacional en España es el de las corridas de toros. Demuestra además con

gracia, discreción y abundante copia de razones que las tales corridas

no son feroces, ni inmorales, ni merecedoras de la censura acerba que no

pocos sujetos autorizados y varios escritores de nota han lanzado contra

ellas en épocas distintas. Los que más se han señalado y extremado en el

siglo presente por su reprobación de los toros han sido el ilustre don

Gaspar Melchor de Jovellanos y el ingenioso poeta y marino don José

Vargas Ponce, y recientemente D. Luis Vidart y el marqués de San Carlos.

Contra todos ellos combate valerosamente el conde de las Navas, y logra,

en mi sentir, completa victoria.

Como quiera que sea, así los partidarios como los enemigos de las

corridas de toros, no podrán menos de deleitarse y de instruirse con la

lectura del libro de que aquí damos cuenta. Toda persona de buen gusto y

aficionada a saber, si no se convence leyendo este libro, se divertirá

de seguro y adquirirá multitud de curiosas y peregrinas noticias, sin

sentir nunca cansancio ni hastío. Esta es la mayor alabanza que podemos

dar y que damos con sinceridad y satisfacción a la flamante obra del

conde de las Navas, muy conocido y celebrado ya en la república

literaria, así por otros trabajos de erudición como por sus cuentos y

novelas.

Otra alabanza, no obstante, merece también el libro del señor conde, que

yo consignaría aquí aunque no quisiera, ya que la calidad envidiable

que en el libro alabo me sirve de fundamento para cuanto voy a decir, y

aun para mucho que yo diría y que me callo, receloso de fatigar a los

lectores.

El libro del señor conde de las Navas es muy _sugestivo_. ¿Quién, al

leerle o después de haberle leído, no siente invencible deseo de hacer

examen de conciencia sobre el punto capital que el libro trata, de

declarar con franqueza si condena o aplaude las corridas de toros y de

exponer los argumentos en que se apoya su reprobación o su aplauso?

Dejándome yo arrebatar por el antedicho deseo, voy a consignar aquí mi

opinión, aunque nadie me la pida, interviniendo en la disputa, con

independiente juicio y sin previa inclinación de ningún lado.

¿Las corridas de toros pecan gravemente contra la filantropía o dígase

contra el afecto y el respeto que todo ser humano debe inspirarnos? Tal

es la primera cuestión. La respuesta es clara, pero no puede darse sin

distingos. Sin distingos no cabe duda que se debe condenar una fiesta en

la que para divertirnos exponen su vida unos cuantos prójimos nuestros.

Pero cuando se considera que hay otra multitud de fiestas en que las

vidas de nuestros prójimos se exponen más aún, no podemos menos de

considerar inocentes, o si se quiere poco _nocentes_ las corridas de

toros. No aventura menos que el torero el domador de leones o de tigres,

que entra en la jaula en que ellos están, los fascina con su mirada y

los doma y amedrenta a latigazos.

El acróbata que en lo más alto del circo, salta de un trapecio a otro

trapecio, queda pendiente de un pie sin otro asidero, y vence aun

mayores dificultades y arrostra mayores peligros, a mi ver arriesga la

vida, más aún que el que se lanza a la arena del circo, sereno, ágil y

fiado en su arte, a luchar con el toro más bravo. Y todavía es menos

filantrópico el arte del titiritero que el del lidiador de toros, si se

piensa en la educación con que cada cual es menester que se prepare. La

gimnasia del torero es sana: no tuerce ni violenta la naturaleza. Basta

con que los pies sean ligeros, el cuerpo flexible, la vista perspicaz y

diestro y robusto el brazo. En ninguna de estas condiciones se requiere

nada que raye en lo anormal o en lo monstruoso: que exponga al que

procura adquirirlas a la dislocación o a la rotura de los órganos y

aparatos de su cuerpo, a fuerza de querer darles empleo contrario al que

naturalmente tienen. Los descoyuntados, los que se tuercen y doblan de

manera insólita, los que alzan con los dientes enormes pesos y hacen

otras habilidades por el mismo estilo, aunque nos maravillen, repugnan

por lo antinatural del ejercicio y más aún por la perversa preparación

que el ejercicio presupone, y en la cual es probable que hayan sucumbido

no pocos antes de llegar a ser maestros y de poder lucirse.

El pugilato o riña a puñadas entre dos o más hombres es espectáculo muy

frecuente aun en Inglaterra y en los Estados Unidos, y del que mucho

gustan ingleses y angloamericanos. En estas riñas los espectadores se

apasionan por uno de los dos combatientes, juegan y apuestan dinero. No

hay para qué ponderar cuanto menos humanas son estas riñas que las

corridas de toros. En las corridas, de cada cien veces, una a lo más,

saldrá un hombre herido o muerto, pero en el combate a puñetazos no se

concibe que queden nunca ilesos los campeones, uno de ellos al menos

saldrá con las narices rotas, con un ojo destrozado o hinchado, o con

tales contusiones en el pecho que le lastimen las entrañas y le hagan

vomitar sangre o le causen la muerte. Dignas de la epopeya son tales

luchas, pero no se puede negar que son brutales y harto impropias de la

civilizada y filantrópica edad en que vivimos. Bien están en la _Iliada_

los juegos que celebra Aquiles en honor de Patroclo y la lucha del hijo

de Panopes con el gentil Eurialo, a quien sus amigos retiran de la arena

vencido, arrastrando

el mísero los pies, y de la boca

sangre arrojando turbia. Sobre el hombro

la cabeza caída, y delirante.

No muy inferior belleza épica tiene el canto del poeta ruso Lermontoff,

donde se refiere la lucha, en presencia de Ivan el Terrible, del joven

mercader que mata a puñadas al guardia favorito del Czar. Pero todo

esto, que es agradable y bello y no disuena contado en una narración de

tiempos antiguos, o de pueblos semibárbaros, es abominable e impío en el

siglo presente. En su comparación, la más sangrienta corrida de toros es

menos cruel, y menos peligrosa para el hombre que muchos juegos y

ejercicios, como la caza de leones, osos y tigres y hasta como las

mismas carreras de caballos, donde tal vez los _jockeys_ están más

expuestos que los toreros y pueden reventarse o romperse la nuca.

En otro concepto, en el que podemos llamar ortopédico, lejos de ser

censurable el ejercicio del toreo, es más digno de recomendación que

casi todos los otros ejercicios varoniles, porque no deforma el cuerpo o

desarrolla algunas de sus partes a expensas de otras, como la danza, que

suele enflaquecer los brazos y desenvolver demasiado las piernas, sino

que propende a robustecer por igual todo el cuerpo humano, prestándole

vigor, ligereza y gallardía.

En un buen torero es casi indispensable condición cierta proporcionada

harmonía de los miembros, cierta vigorosa y elegante esbeltez, mientras

que un _jockey_, por ejemplo, puede ser feo como un mico, patizambo, y

giboso y hasta conviene que sea ruin y desmedrado a fin de que no pese

mucho.

La hermosura varonil del torero puede y debe ejercer influencia benéfica

en el ánimo de la muchedumbre, en quien un inveterado espiritualismo

ascético y después otras varias causas han hecho que se descuiden por

demás en España el esmero y cuidado del cuerpo. Nuestra clase media le

atiende y le ejercita poco. Todavía es de maravillar cómo los individuos

que a ella pertenecen no están más enclenques y decaídos, mereciendo el

apodo de D. Pereciendo o de D. Líquido con que suele motejarlos la baja

plebe. El gallardo tipo del torero debe estimularlos con emulación. Bien

lo da a entender el poeta cuando dice en elogio del insigne Pedro

Romero:

Das a las tiernas damas mil cuidados,

y envidia a sus amantes.

Vale, por último, la tauromaquia para conservar ciertos usos y

costumbres muy útiles que sin tauromaquia acaso se hubieran ya perdido.

Agradecidos debemos estar al arte de Pepe-Hillo y de Montes, aunque no

sea más que porque contribuye a que sigan poniéndose mantilla las

mujeres. El sombrerete y otras modas de París lo invaden todo, y nada, a

mi ver es más contrario a la regeneración que tanto anhelamos hoy.

Las tales modas, singularmente en nuestra pobre e inferior clase media,

ejercen el más funesto y deletéreo influjo. A un empleado, pongamos por

caso, que tiene tres o cuatro mil pesetas de sueldo anual, y es padre

dichoso de dos o tres niñas, que gastan sombrerete y otros primores

parisinos, ¿qué le queda para pagar la comida y el alquiler de la casa

si han de ir las niñas medianamente emperegiladas? Y es todo ello más

digno de notar y más lastimoso, si se atiende a que los tales perejiles

cuestan en España doble o triple que en otras tierras. Porque aquí

tenemos que pagarlo doble o triple a fin de proteger la industria o la

producción nacional.

Bien podemos decir, aunque sea entre paréntesis, y por vía de desahogo,

que restando de lo que pagamos por ciertos artículos, el exceso que se

paga para proteger la industria nacional, tal vez resulte que con este

exceso, salga la tal industria, más asalariada por el Estado, que

cualquiera otra función u oficio público, y que, con lo que nos cuesta,

pudiéramos sostener todos los empleados que hay en Madrid, y dar su

paga íntegra a los generales, aunque pasen de setecientos.

Creo, pues, que convendría volver a las mantillas y abandonar los

sombreretes y demás primores parisinos. Yo gusto del lujo. ¿Quién no

gusta del lujo como no sea un asceta o un esparciata? Pero el lujo no

debe ser a expensas de la alimentación. La cocina nacional, que sin duda

hubo de estar floreciente y adelantada en el siglo XV, como lo

atestiguan D. Enrique de Villena y Ruperto de Nola, ha venido a caer en

espantosa decadencia en el siglo XVII por el beaterio, penitente y

devoto, y en el día por la afición y prurito de gastarlo todo en trapos

transpirenaicos. Con razón exclamaba un elocuentísimo y famoso orador

español, no sin suspirar y verter lágrimas: ¡yo no como, yo me alimento!

Nuestra cocina... esa sí que está degenerada. Y así por lo poco

apetitosos que son los platos, como por lo mucho que hay que gastar en

el lujoso aparato exterior, es lo cierto que suele comerse poco y mal,

por donde la anemia y la cacoquimia son las enfermedades más comunes de

ahora. La esplendidez y el regalo sibaríticos de los toreros,

manteniendo y haciendo florecer colmados, figones y tiendas de andaluces

y de montañeses, pone ya y seguirá poniendo a este mal oportuno reparo y

castizo remedio.

Por todas las razones que dejo expuestas me atrevo yo a decir que las

corridas de toros sobre ser filantrópicas, son patrióticas y

regeneradoras, y que, por lo tanto, deben ser aprobadas y hasta

celebradas y fomentadas.

Veamos ahora si las condena y si justamente las anatematiza la piedad

que debe inspirarnos todo ser viviente, sensible al dolor, aunque no sea

racional como nosotros. Pero este asunto es tan vasto que requiere

artículo aparte, aunque discurramos sobre él y tratemos de dilucidarle

con rapidez compendiosa.

II

¿Qué opinión tendrá de las corridas de toros la Sociedad protectora de

los animales, sociedad existente hoy en todos los países civilizados? La

tal opinión de seguro ha de ser muy mala; ¿pero será lógico el

razonamiento en que se funde? Me parece que no, y procuraré demostrarlo.

Rechacemos la doctrina de Gómez Pereira y de Descartes, quienes acaso

intentaban disculpar con ella la voracidad y la crueldad de los hombres,

que sin chispa de compasión comen vacas, carneros, cerdos, perdices y

otros muchos seres animados, vivíparos y ovíparos. No incurriré yo

tampoco en el contrario parecer, atribuyendo a los animales alma

semejante a la nuestra, lo cual huele a herejía, o suponiendo, y esto es

peor, que trasmigran las almas humanas, y se cuelan, viven y funcionan

en diversa clase de bichos.

Lo discreto, a mi ver, es colocarnos en un justo medio. Sin meternos en

honduras, sin investigar qué es espíritu y qué es materia, cosas ambas

en lo sustancial igualmente desconocidas, no queremos ni podemos negar

cierta dosis de entendimiento y bastante sensibilidad a los brutos que

harto saben dónde y cómo les duele y se quejan y lo deploran a su modo.

El dolor en ellos ha de asemejarse no poco al dolor en nosotros, por

donde es justo que los compadezcamos y que si no les tenemos compasión

se nos acuse de dureza de entrañas.

No poco he leído yo en _El ente dilucidado_ del padre Fuente la Peña, y

en _El gobierno general, moral y político hallado en las fieras, etc._,

del reverendo padre Valdecebro, sobre las virtudes e inteligencias de

los brutos, y más he leído aún en autores novísimos, sabios y poetas,

entre los que se distinguen el doctor Jonatas Franklin y el novelista

Mery por las habilidades, honradez y talento que atribuye a un elefante

en su novela _El paraíso terrestre_.

Sin ponderar tanto las prendas casi personales de no pocas aves y

cuadrúpedos, menester es confesar que el elefante es pudoroso y muy

aficionado a la música; el perro fiel; paciente el buey, agradecido el

león y muy listos algunos monos. No recuerdo yo dónde he leído, pero sí

que he leído, de un mono que jugaba muy bien al ajedrez y que casi

siempre ganaba. En suma, los animales no son máquinas, sino que tienen

alma, aunque no sea inmortal, sino perecedera, y piensan y discurren, y

sobre todo sienten y padecen, que es lo que importa afirmar aquí. Al

matarlos, pues, para comérnoslos, no procedemos con ellos amable y

generosamente. La Sociedad protectora de los animales, para ser lógica

en su conducta, debía tratar de que fuese herbívoro el linaje humano.

Los indios, mil veces más compasivos que nosotros en este particular,

dicen que se abstienen de comer carne, sin que haya bula entre ellos que

los habilite para comerla. Muy celebrados son su piedad y su afecto a

todo ser viviente. Del rey Usinar cuenta la leyenda que vino una paloma

a pedirle amparo contra el gavilán que la perseguía. El rey quiso

ampararla y amonestó al gavilán para que no la devorase. Contestó el

gavilán que la naturaleza había dispuesto que él se alimentase de carne

y había creado las palomas para que los gavilanes las devoraran. Sólo

consintió el gavilán en perdonar a la paloma la vida, si el rey le daba

de su propia carne cantidad igual en peso al peso de la paloma. Aceptó

el rey el convenio y empezó a cortar pedazos de su carne y a ponerlos en

una balanza, en uno de cuyos platillos estaba ya la paloma. Pero por más

que el rey se despedazaba, nunca igualaba el peso del ave. El gavilán y

la paloma eran nada menos que Indra y Agni, poderosísimos dioses, que

habían querido demostrar y habían demostrado la inmensa piedad del rey y

tal vez lo inútil e inconducente de su sacrificio, ya que por ley

natural e ineludible en este bajo mundo nos devoramos unos a otros, y la

muerte en unos es en otros principio y causa de vida.

Yo me alegraría de que el sacrificio del rey Usinar hubiera tenido mejor

resultado, pero como no le tuvo, los hombres siguen siendo peor que los

gavilanes y se comen sin escrúpulo cuanto de vivo cogen por delante y

les parece suculento y apetitoso.

El mundo está convertido por nuestra gula en una carnicería. ¡Y de qué

medios tan traidores no nos valemos para matar a los que nos comemos

después! ¿Hay nada más abominable que atraer con reclamo a las aves para

que acudan movidas por el amor, y en vez del amor hallen la muerte?

No quiero describir aquí con todos sus pormenores la infame matanza del

cerdo, como yo la he presenciado en mi lugar siendo niño todavía: aquel

río de sangre brotando con ímpetu de la herida garganta y cayendo en un

lebrillo, donde una robusta moza le agitaba para que no se cuajase; la

más gentil zagala se entretenía en menear el rabo al cerdo para que se

desangrase mejor, y el cerdo daba roncos, lastimeros y desgarradores

gruñidos. ¿No sería posible valerse del cloroformo o de otro eficaz

anestésico para ejecutar tan cruenta operación sin que la víctima

padeciese? ¡Quién sabe! Acaso el dolor penetre en los átomos de la

materia y los haga sabrosos, así como el dolor cuando penetra en el

espíritu le purifica, le acendra y le presta bondad, hermosura y

merecimientos que nunca sin el dolor alcanzaría. No deberíamos entonces

decir como Epícteto: _¡oh dolor! nunca confesaré que eres un mal_; sino

_¡oh dolor! tú eres un bien y el crisol de las mayores excelencias y

virtudes_.

Cada cual dirá lo que se le antoje. Lo que todos tendrán que decir, sin

discrepancia, es que dar muerte en buena lid y en ancho circo a seis o

siete toros bravos es mucho menos cruel que matar a una perdiz

atrayéndola con reclamo o que matar a un cerdo o a un pollo.

Se me objetará que esto último no se hace por diversión, sino por

necesidad o por casi necesidad de alimentarnos.

Concedámoslo. ¿Pero no nos divertimos más cruelmente que con los toros

con otros animales? ¿Las riñas de gallos son menos feroces que la

tauromaquia? ¿En algunos países de Oriente no se deleitan los ociosos en

echar a pelear, en cierta mesita redonda que sirve de circo, a dos

escarabajos de muy belicosa condición que por allí se crían?

Una de las declamaciones más hipócritamente sentimentales que se hacen

contra las corridas de toros estriba en ponderar lo útil que es el toro

para la agricultura y su mansedumbre y sufrimientos en el trabajo; pero

los declamadores hipócritas olvidan o aparentan olvidar el método

nefando de que el hombre tiránico se vale para infundir en el toro la

tan decantada mansedumbre convirtiéndole en buey. Esta es una de las más

abominables maldades que comete el hombre, no sólo con los toros, sino

con otros muchos seres sensibles.

¿A quién debe detestar más la Sociedad protectora de los animales, a un

torero de Córdoba, de Ronda o de Sevilla que mata al toro

caballerescamente,

_Cara a cara y con razón,_

como Sancho Ortiz a Bustos Tavera, o a cualquiera de esos pícaros

franceses, que pasan los Pirineos para ejercer en España sus

traicioneras habilidades, y vienen pitando con son más medroso que el de

la flauta de Pan, y estremeciendo de miedo a toda criatura masculina?

¿Cómo la referida Sociedad protectora nada dice contra estos asesinos de

lo que está por venir y se desata en injurias contra el torero que mata

en buena lid y a un individuo solo?

Recuerdo que allá en mi niñez y en mi lugar y casa, había una sirvienta

llamada Frasquita. Era natural de Torbiscón o de Cártama, porque de esto

no estoy muy seguro, aunque por dicha importa poco. Frasquita era linda

y graciosa, aunque pasaba ya de treinta años y había tenido mil

desilusiones y pesares. Un criado gallego había hecho con ella el papel

de Jason, dejándola el pérfido en abandono y trasponiendo no sé si a

Montevideo o a Buenos Aires. No imitó Frasquita a Medea: no mató a sus

hijos, sino los crió con esmero y cariño. Yo sospecho, sin embargo, que

ella, también como la hija de Minos,

_Indomitos in corde gerens Ariadna furores_,

concibió desmedido aborrecimiento, no a un individuo solo, sino a todo

el género masculino. Ora sea por esto, ora sea por la rara disposición

que ella tenía, lo cierto es que Frasquita hacía prodigios en el vasto

corral que teníamos en casa poblado de pollos.

Aunque poco cuidada, Frasquita tenía la más bien formada mano que puede

imaginarse. Sus dedos fusiformes darían envidia a la más empingorotada

Princesa. Y de estos dedos, el índice y el del medio de su ominosa

diestra eran como truculentos alicates, que penetraban por una pequeña

incisión y arrancaban a los volátiles lo que no es decible, con rapidez

inaudita. Los volátiles engordaban luego que era un contento y yo me

complacía en comerlos; pero el espectáculo previo, causa de la gordura,

me afligía bastante. Todavía al pensar en aquello, suelo exclamar con el

poeta:

_Labitur ex oculis nunc quoque gutta meis_.

Dígaseme ahora con sinceridad si aquellos dos dedos de Frasquita no eran

más fieros y traidoramente destructores que todos los rejones,

banderillas, garrochas y espadas que contra los toros se esgrimen.

Pero algo hay aún, mil veces más abominable y tremendo: el método de

que, según he oído contar, se vale el hombre para producir el hígado

gordo de ganso. ¿Cabe mayor infamia que la de crear artificialmente una

enfermedad para deleitarnos luego comiéndonos el resultado? El poeta

Marcial aseguraba ya que en su tiempo se hacía crecer tanto el hígado

que venía a ser tan grande como el ganso todo.

_Adspice, quam tumeat magno jecur ansere majus,_

_Miratus, dices: hoc, rogo, crevit ubi?_

¿Qué diabluras, qué perradas, qué judiadas no se harán con el ganso,

para que el hígado le crezca con tan estupenda hipertrofia? Los

franceses tienen alguna disculpa, ya que puede decirse que al tratar así

a los gansos, se vengan de ellos, porque graznando, dieron la voz de

alarma e impidieron a los galos que se apoderasen del Capitolio: pero

los romanos, a quienes los gansos salvaron, no tuvieron perdón de Dios,

cuando mucho antes que los franceses martirizaron a los gansos para

hacer el _jecur anseris_, que hoy llamamos _foie gras_. Delicioso manjar

es por cierto, pero yo declaro que todo el que se regala comiéndole sin

escrúpulo de conciencia, no tiene derecho para maldecir de las corridas

de toros. Y yo sé de buena tinta que los señores marqués de San Carlos y

D. Luis Vidart gustaban del _foie gras_ y le comían a menudo.

La atroz conducta del hombre con los animales, lejos de ser un atraso,

puede y debe considerarse como un progreso, si nos apoyamos en la

sentencia de Don Hermógenes, de que todo es relativo. Quiero yo

significar con esto, que no hay crueldad ni horror de cuantos el hombre

hace con seres animados irracionales que no haya hecho o haga con sus

semejantes cuando no tiene animales silvestres o domésticos de qué

valerse. En todo país, como por ejemplo, en la América precolombina,

salvo el Perú, cuando no había bestias de carga, el hombre convertía en

bestia de carga al hombre. Y cuando la caza no daba suficiente provisión

de carne, y no había carneros, bueyes y cerdos que matar, el hombre muy

candorosamente, ya con el pretexto de sacrificar a sus ídolos, ya sin

pretexto alguno, solía adoptar la mala costumbre de matar a otros

hombres y de comérselos luego.

Comparado, pues, con las corridas de toros todo cuanto hemos dicho a

escape y desordenadamente sobre la ferocidad humana, así en la edad

antigua como en la moderna, lícito es inferir y afirmar que las tales

corridas distan mucho de ser un signo de barbarie en el pueblo que se

complace en ellas, y que hay sobrada hipocresía, o por lo menos afán de

mostrar un sentimiento refinado en censurarlas y condenarlas

resueltamente.

Prescindamos, no obstante, de comparaciones. No digamos, como D.

Hermógenes, que todo es relativo. Y sin exageración veamos lo que se

debe sentir, pensar y afirmar de las corridas de toros, no en otro

siglo, sino en el nuestro, y no en remotos países, sino en la culta y

cristiana Europa, de que forma parte nuestra España.

Tal vez hay mucho de chiste y de broma en cuanto se alega en favor de

las corridas de toros en el precioso libro del señor conde de las

Navas. Tal vez en el bellísimo prólogo del mencionado libro, escrito por

D. Luis Carmena y Millán, cuya autoridad en tauromaquia es indiscutible

y casi infalible, se trasluzca también algo de burla y de ironía. Yo

mismo me he dejado dominar del buen humor y he desechado mi natural

seriedad al escribir estos artículos.

Tratado seriamente el asunto, alguna razón, aunque no por completo,

tendremos que dar al doctor Morgades, obispo de Barcelona, y a la

asociación que en aquella ciudad se está formando para oponerse a las

corridas de toros.

Yo me limitaré a decir, aunque se me tilde de poco patriótico, que

prefiero el toreo portugués al castellano. Los infelices caballos, que

se van pisando las tripas, y que todavía en las ansias de la muerte,

andan por el circo a fuerza de palos, que un rudo ganapán va sacudiendo

sobre sus costillas, será _el espectáculo más nacional_ de todos, pero

es espectáculo feo, villano, horrible y repugnante por todo extremo. Si

este martirio de los pobres jamelgos pudiera evitarse, acaso no habría

que decir mucho contra las corridas de toros. Y si adoptásemos el toreo

portugués, nada habría que decir sino grandes alabanzas, por ser un

ejercicio ecuestre en que el caballero y el caballo igualmente se

lucen.

«EL EXTRAÑO»

ÚLTIMA MODA DE PARÍS

El Superhombre y otras novedades · 第 6 / 19 段