Danvila. No acierto yo a concebir cómo el libro hubiera podido
escribirse de otra manera; cómo su autor hubiera podido relegar a
segundo término al rey Don Sebastián y la catástrofe de Alcazalquivir;
la caída de una nación tan heroica, casi en el momento de su maravillosa
expansión y de su mayor auge. No era dable que el autor reprimiese su
deseo de pintarnos detenidamente sin dejar indicados con vaguedad en el
fondo a tantos y tantos importantes personajes, a fin de que apareciese
en primer término, sin apartarse de nuestra vista y como centro y
principal objeto de todo, D. Cristóbal de Moura, a quien, sin embargo,
es menester confesar que se debió más que a nadie el buen éxito de la
unión de Portugal y de Castilla y que esta unión fuese menos violenta y
mucho más durable de lo que hubiera podido temerse y de lo que, sin
duda, Felipe II temía.
El Sr. Danvila escribe sobre una de las épocas en que es más difícil
para el historiador la imparcialidad previa, o sea escribir para contar
y no para probar. La primera alabanza que debemos dar al Sr. Danvila, es
porque consigue sobreponerse a todo prejuicio y retratar a los
personajes, y narrar sus actos tales como fueron, dejando a los lectores
que juzguen, califiquen y fallen.
A menudo, no obstante, por muchos y muy preciosos datos que un
historiador acumule y ordene, los lectores, aunque sean muy entendidos,
no logran formar juicio y dictar sentencia. Contrario al del novelista
es el método que el historiador sigue. El novelista imagina a su antojo
a los personajes de su novela, tontos o discretos, malvados o
bonachones, débiles o briosos, y luego por ineludible dialéctica los
mueve a que lo digan y lo hagan todo en consonancia con lo presupuesto.
En cambio el historiador ni crea a sus personajes, ni posee una llave
mágica para penetrar en su corazón, para escudriñar los aposentos de su
cerebro, y para descubrir y mostrarnos sus intenciones, sus sentimientos
y sus propósitos. Todo esto tiene que inferirse de lo que cada personaje
dice y hace: inducción, en mi sentir, muy sujeta a engaños, por donde se
ha dudado y se ha disputado siempre no poco sobre el valer moral e
intelectual de muy célebres figuras históricas.
Sobre D. Cristóbal de Moura no hay, no puede haber duda ni disputa.
Hábil y fiel servidor, cumple bien con los mandatos de su amo, y su arte
de cortesano perfecto y de negociador discretísimo, y su flexibilidad y
su paciencia se revelan en todas sus acciones y singularmente
resplandecen en el arte con que conlleva y sufre el poco apacible humor
del rey D. Felipe y conserva y acrecienta la confianza que le ha
inspirado. Pero, como ya hemos dicho, en el extenso cuadro trazado por
el Sr. Danvila, D. Cristóbal queda, y no puede menos de quedar, relegado
a segundo y a veces a tercero o cuarto término. El cuadro encierra casi
toda la historia de España y de Portugal desde 1538 hasta 1613. Ante las
figuras sobresalientes y conspicuas de D. Juan III, la reina doña
Catalina, la princesa doña Juana, el mismo emperador Carlos V, el duque
de Alba, el rey D. Sebastián, Isabel de Valois, el príncipe D. Carlos, y
en fin, el propio rey don Felipe, el discreto hidalgo portugués no puede
menos de resultar obscurecido. En bastantes capítulos del libro apenas
se le nombra: a veces se presume pero no se asegura que sale a la
escena. Quien está siempre en ella presente y activo es el rey D.
Felipe.
El libro del Sr. Danvila viene a corroborar una vez más el concepto que
yo tengo de este rey, contra el cual, durante su vida y después de su
muerte, se han lanzado las más duras acusaciones y las más apasionadas
injurias, sin que yo acierte a conceder que fuese menos benigno, más
hipócrita o más desalmado entre multitud de otros monarcas, príncipes y
magnates del Renacimiento. Felipe II era la propia bondad, la dulzura y
la mansedumbre personificadas, sinceramente religioso y amante de su
patria y modelo de reyes paternales, si le comparamos con Juan II de
Portugal, apellidado el príncipe perfecto, con Luis XI de Francia, con
Catalina de Médicis y sus hijos Carlos IX y Enrique III, con Enrique
VIII e Isabel de Inglaterra y con no pocos otros que pudieran citarse,
sin excluir acaso a su padre el César.
Yo presumo que la rara y excepcional perversidad que a Felipe II se
atribuye toma origen y fundamento en las prendas de su carácter y en
los actos de su vida que más le ensalzan e ilustran: en la guerra sin
tregua que hizo al protestantismo, pugnando para que no se rompiese el
alto principio que informaba, dirigía y daba unidad a la civilización
europea. Si para lograr este fin se valió de la Inquisición, quemó
herejes e hizo no pocas otras atrocidades e insolencias, muy mal hecho
estuvo; pero ¿dónde fueron entonces los príncipes y los gobiernos más
clementes y humanos? Ni en calidad ni en cantidad pueden compararse las
víctimas sacrificadas por Felipe II a las que sin Inquisición se
sacrificaron en Alemania, en Francia o en Inglaterra. No fue menester,
por ejemplo, de la Inquisición de España para el suplicio de Vanini, de
Bruno, de Miguel Servet, de Tomás Moro y de María Estuardo. Si
hiciésemos la exacta estadística de todos los herejes quemados vivos en
España, acaso sería menor su número que sólo el de las brujas y brujos
que en Alemania fueron quemados. Demos gracias a Dios de que ya no se
quema vivo a nadie por tales motivos y de que cualquiera puede ser ya
impunemente hereje y hasta brujo; pero no acusemos a los españoles del
siglo XVI ni a su monarca don Felipe II, de más fanáticos y crueles que
a la demás gente de su época.
Como cierto y aun como evidente pongo yo lo antedicho. Donde empiezan
mis dudas, a pesar o a causa de la circunstanciada y minuciosa relación
del Sr. Danvila, es en la idea que debo formar del talento político que
el rey D. Felipe mostró en los tratos, negociaciones, intrigas, rodeos
tortuosos, lentitud y cautela con que vino al cabo a apoderarse de
Portugal y a someter la completa extensión de nuestra Península bajo su
dominio. Tantas idas y venidas, tantos embajadores o emisarios
diferentes, ya simultáneos, ya sucesivos, frailes, santos, grandes de
España y jurisconsultos, que ya se movían de acuerdo, comunicándose sus
impresiones, ya se recataban unos de otros por orden del mismo rey, ya
se entendían directamente con éste, ya unos con un secretario y otros
con otro, porque el rey recelaba de todos, todo esto, me pregunto yo:
¿era indispensable, para apoderarse de Portugal sin gran violencia y sin
ofender demasiado a los portugueses? ¿Se debió entonces a la rara
circunspección del rey la tan deseada unión ibérica o se debió a que la
ocasión era propicia: a que _estaba de Dios_, como vulgar, sabia y
cristianamente se dice?
¿No experimenta el lector cierto cansancio, a pesar de lo bien escrito
que está el libro y de las curiosas y bien ordenadas noticias que nos da
de personas y de cosas, al internarse por aquel laberinto de enmarañados
rodeos por donde el rey D. Felipe persigue sus fines? Seduce a muchos
portugueses con promesas y compra a otros con dinero para impedir la
guerra y la efusión de sangre, y sin embargo, no logra anular al Prior
de Crato ni apoderarse de él, ni evitar que se rebele, y necesita
sofocar la rebelión con dura mano y tremendo castigo, sin que lleguen a
evitarse los abominables desafueros de un ejército invasor casi siempre
mal pagado y famélico en España y en aquel siglo, aunque le mandasen
caudillos de tanta autoridad y energía como el duque de Alba y Sancho de
Avila.
Yo nada afirmo. Me limito a dudar. Y de lo que dudo es de si en estos
sucesos conviene celebrar a Felipe II por circunspecto, prudente y
ladino, o si hay más razón para calificarle de vacilante, indeciso y
enrevesado en los medios y hasta de pesado y de engorroso, si se me
permite lo familiar y bajo del vocablo.
II
Cada cual ve las cosas a su manera. La historia enseña poquísimo. Nunca
es bastante la semejanza de accidentes en dos grandes sucesos para hacer
valederas y legítimas las comparaciones. Atrevámonos, con todo, a
comparar, a pesar de lo inseguro. Humillado Portugal, vencido en Africa
por los marroquíes, muerta allí la flor de su heroica nobleza y de sus
valientes soldados, poco podía resistir a la ambición de un monarca que,
para hacer valer su derecho hereditario, era señor de vastísimos reinos
y provincias y estaba al frente de la nación española, preponderante
entonces en Europa. Si hemos de prestar, pues, al rey Don Felipe el
testimonio de nuestra admiración porque se _anexionó_ a Portugal,
digámoslo así, valiéndonos del verbo que hoy está en moda, ¿qué pasmo,
qué asombro, no debe inspirarnos, el rey Víctor Manuel con su Cavour y
con su Garibaldi, cuando, después de tomar el Milanesado por mano de
franceses y por mano de alemanes el Véneto, príncipe poco antes
derrotado y multado por Austria, se atreve a derribar y derriba varios
tronos, sin excluir el temporal del Papa, se apodera de Nápoles y de
Sicilia y funda la unidad de Italia, aspiración secular jamás cumplida
desde los tiempos del rey bárbaro Teodorico?
Aunque la comparación se me rechace, negando la paridad de las
circunstancias y alegando el muy diverso carácter de las épocas, todavía
inclina un poco el ánimo a tener por algo problemática la habilidad del
rey Don Felipe. Su circunspección pecaba de minuciosa. Tal vez
dificultaba sus empresas la abundancia de medios que empleaba para
darles cima. Algunos de estos medios eran inútiles: otros
contraproducentes o perjudiciales. Sirva de ejemplo la misión, embajada,
o como quiera llamarse, de fray Hernando del Castillo al desdichado rey
cardenal D. Enrique. ¿A qué podía conducir sino a mortificar el amor
propio, a ofender y agriar al pobre monarca portugués el desvergonzado
sermón de aquel buen fraile para persuadirle de que no debía contraer
matrimonio? Buena y santa es la libertad cristiana, pero no debe
confundirse con la insolente grosería. E insolente y grosero anduvo el
fraile, predicando al rey durante dos horas lo pecaminoso y escandaloso
que sería su casamiento, lo inútil porque era incapaz de consumarle, y
lo peligroso porque bien podría la señora reina dar al trono herederos
cuya legitimidad hubiera de negarse.
Como D. Cristóbal de Moura se opuso, aunque en balde, al impolítico
sermón de fray Hernando del Castillo, bien se puede afirmar que en dicha
ocasión, así como en algunas otras, venció en prudencia a su augusto
amo.
Es singular, a mi ver, la patente superioridad del pueblo, en la época
del mayor valer de España, sobre los príncipes que dirigieron sus
destinos, salvo los Reyes Católicos. Bien supieron éstos con mano de
hierro dominar la anarquía, aunar las fuerzas de la nación y dirigirlas
y ordenarlas todas a su mayor engrandecimiento. En aquella labor se
emplean sirviéndoles, varones eminentísimos en las artes de la paz y de
la guerra: grandes capitanes, aventureros audaces, navegantes y
misioneros, astutos hombres de Estado, sabios jurisconsultos y teólogos;
y, por último, para que la elegante brillantez corriese parejas con el
encumbramiento político, gloriosos y fecundos poetas e inspirados
artistas.
El fermento de decadencia y corrupción, antes que en el pueblo, apareció
en la dinastía. En la dinastía casi desde el principio se advierte. La
locura, poetizada y llamada _de amor_ en la reina Doña Juana, se diría
que como afección nerviosa, más o menos latente, se transmite por
herencia a casi todos los individuos de la familia, hasta que se
manifiesta por último con todo el carácter de notoria imbecilidad en el
rey Don Carlos II. Por muy simpáticos, heroicos o virtuosos que sean
algunos personajes, siempre se trasluce en ellos algo, y a veces mucho,
de insano y desequilibrado. El príncipe Don Carlos y el rey don
Sebastián se parecen en esto, como buenos primos hermanos. La misma
princesa, madre de Don Sebastián, tiene no poco de extraño y de
misterioso. Hermosa y apasionada mujer hubo de ser sin duda cuando
inspiró amor tan ardiente al príncipe su marido, que a separarse de
ella prefirió la muerte. Contra el parecer de los médicos, murió el
príncipe en los brazos de Doña Juana. Y sin embargo, esta señora era tan
austera y esquiva, que no consentía que le vieran ni el rostro. Tapado
le tenía cuando daba audiencia como gobernadora del reino, hallándose
ausente su hermano Don Felipe II. A veces como dudase alguien de que
hablaba con ella, se descubría con rapidez, preguntaba si era la
princesa Doña Juana, y no bien contestaban que sí, volvía a taparse.
Tal vez el que tuvo menos rarezas entre todos los príncipes de aquella
familia, el más juicioso y razonable, el que más amó a su patria y el
que procuró su grandeza con mayor tenacidad, consecuencia y estudio fue
el rey Don Felipe. Ya que no por el rápido vuelo de la inteligencia y
por la pronta energía de la voluntad, Felipe II es digno de aplauso por
la constante solicitud con que mira al bien de su pueblo. Lejos de
creerle yo hipócrita, le creo convencido con perfecta buena fe de que
era el representante de Dios sobre la tierra y de que el nuevo pueblo de
Dios era el de España. Considerándose Don Felipe encargado de cumplir la
misión civilizadora de este pueblo, fue el campeón de la Iglesia
católica, y bajo sus auspicios, desplegando hasta mayor generosidad que
con España con los países sometidos, ya el mismo monarca, ya sus
vasallos imitándole, protegieron las ciencias y las artes, erigieron
monumentos, fundaron templos, palacios y establecimientos piadosos y
favorecieron, en vez de reprimir, todo progreso, toda mejora material y
toda teoría o sistema científico o filosófico que no se opusiese al
dogma revelado, oposición entonces harto menos frecuente que en el día.
Porque en el día el mismo empeño con que muchos se valen de la ciencia
como de arma para combatir la fe, vuelve sobrado recelosos a los que son
de la fe defensores y se diría que centuplican sus catorce artículos.
Ello es lo cierto que con aplicación y estudio sería fácil demostrar que
en el siglo XVI apenas hubo audacia científica o filosófica, condenada
en otras naciones, que a pesar de la Inquisición no hallase acogida
entre nosotros: sistemas de Copérnico y de Galileo, transformación de
las especies, generación espontánea, seres racionales distintos de la
prole de Adán y de los ángeles, y en suma, cuanto a un escritor o
pensador se le ocurriese soñar, probar o dar por demostrado, como no
transcendiera a judaizante, morisco, luterano o calvinista. La ulterior
decadencia intelectual de España no nace, pues, de la compresión del
pensamiento por los inquisidores. Otras causas tuvo. Su investigación es
ardua y prolija.
Incurriendo nosotros en la misma falta, que si no censuramos, reparamos
en el libro del Sr. Danvila, vamos hablando de todo en estos artículos y
a D. Cristóbal de Moura nos le dejamos olvidado. Volvamos a él y
recordémosle.
Después de su campaña diplomática en Portugal, D. Cristóbal, colmado de
honores y mercedes, llega a la cumbre del crédito y del valimiento cerca
de su soberano. Para sostenerse en tan envidiada posición, no le
valieron sólo su discreción y rara aptitud en los negocios, sino también
su celo, su decidida lealtad y su profunda y sincera devoción al
príncipe a quien servía. Nunca dieron mayor razón de sí ni brillaron
tanto estas prendas como durante la última, lenta y penosa enfermedad
del mencionado rey, a quien asistió D. Cristóbal, desvelado y solícito,
hasta el instante de su muerte. Menester fue, sin duda, que D. Cristóbal
tuviese salud de bronce, voluntad firme y extraordinario vigor de alma y
de cuerpo para resistir la fatiga, dominar el asco y no amilanarse ante
el horror de la espantosa escena que presenció y en que tomó parte
durante cincuenta y tres días. En la estancia modesta, al lado del
presbiterio, y desde donde pueden verse el altar mayor y el magnífico
templo del Escorial, su austero fundador, atendido y cuidado por D.
Cristóbal, pasó los referidos cincuenta y tres días en martirio tan
cruel, que apenas parecía posible que pudieran resistirle fuerzas
humanas. La entereza pasmosa con que sufrió el rey sus males y la nunca
turbada y serena majestad que conservó en medio de ellos, exceden a la
capacidad de la más acendrada virtud estoica. El mismo Job queda
eclipsado por el rey Don Felipe. Jamás hubo de exclamar éste, como el
piadoso varón de Hus: _perezca el día en que nací y la noche en que se
dijo: concebido ha sido un hombre_. El rey, sin embargo, padeció tanto o
más que el patriarca de Oriente. Su fe y su esperanza le sostuvieron.
Bien puede asegurarse que el rey creyó que tanto tormento fue prueba y
no castigo: no anticipado infierno o purgatorio, sino crisol candente
del oro de sus virtudes. No se me ocurre que al rey le remordiese la
conciencia pensando en los que había hecho morir por razón de Estado, en
cumplimiento de un deber y para bien de la religión, de la patria y del
humano linaje. Ni menos le remordería la conciencia por haber excitado
con sus consejos y amonestaciones a la matanza de la noche de San
Bartolomé, ni por haberse holgado de ella extremadamente, escribiendo a
la reina Catalina: _¡bien ha mostrado Vuestra Majestad lo que tenía en
su cristiano pecho!_ Sólo se explica la serena majestad del rey en aquel
duro y largo trance por el claro convencimiento que de su dignidad
tenía, sin que pudiera menoscabarla ningún dolor ni ninguna miseria, y
por su conformidad perfecta con la voluntad de Dios, conformidad que en
cierto modo endiosa el alma de quien la adquiere, convirtiendo las más
acerbas penas y la más lastimosa humillación en deleite y en gloria.
Todo el cuerpo del rey, donde la hinchazón de los tumores no le
deformaba, era sólo huesos y piel cubierta de llagas. Los tumores se
vaciaban por varias abiertas bocas que arrojaban pus hediondo. El
muladar de Job había sido más limpio que el lecho inmundo del señor
absoluto del mayor imperio que hasta entonces había habido sobre la
tierra. Con la húmeda podredumbre de las úlceras, se pegaba a las
sábanas el cuerpo del rey. Asquerosos insectos parásitos devoraban en
vida su carne, y corrían bullendo por toda ella. Hedor insufrible
llenaba aquel recinto. Cirios encendidos patentizaban su lobreguez y su
tristeza. Le santificaban las más preciadas reliquias que para consuelo
del rey se habían traído. Y el ataúd abierto, que aguardaba para recibir
al rey, estaba allí junto a su cama para que el rey le contemplase.
Tremendos son los pormenores de aquella lenta agonía, relatados por el
Sr. Danvila, así como por Cabrera de Córdoba y por otros historiadores.
Baste aquí lo expuesto en resumen.
D. Cristóbal de Moura, hasta que el rey exhaló su último suspiro, gozó
de su plena confianza. En su poder estaba la llave del escritorio donde
se guardaban los más íntimos y secretos papeles. Lamenta el Sr. Danvila
que D. Cristóbal quemase muchos por orden del monarca. Yo, harto menos
curioso, en vez de lamentarlo, me alegro de ello. ¿Para qué queremos
saber más de lo que ya se sabe?
El concepto que de Felipe II podemos formar, entiendo yo que por muchos
otros papeles que se hubiesen conservado y que descubriésemos y
estudiásemos, no cambiaría en lo más mínimo. Sus admiradores exageran en
demasía sus talentos y su aptitud política. Y en demasía también sus
enemigos ponderan sus maldades. No pocas de ellas, cuando no absueltas,
aparecen atenuadas por los sentimientos e ideas de aquella edad en que
la razón de Estado propendía a justificarlo todo. Porque siendo la moral
harto menos dulce que hoy y menor el respeto a la individualidad humana,
los llamados a dirigir los pueblos se creían realmente señores de vidas
y haciendas. El fin, más que hoy, justificaba entonces los medios. En el
pensamiento de los hombres de aquella edad el éxito lo justificaba todo.
Menester era, pongamos por caso, de la pasión patriótica de Góngora
cuando cantó la Invencible Armada, para que llamase a Isabel de
Inglaterra
Reina no, sino loba
libidinosa y fiera.
Los que escribían en prosa, sin prevención y con la franqueza del
sigilo, no condenaban a Isabel por loba, sino que la admiraban como gran
reina. D. Juan de Silva, en una carta política dirigida a D. Cristóbal
de Moura, habla así de aquella digna rival de Felipe II: «Los cuarenta y
dos años que la reina de Inglaterra ha gastado en servicio del mundo,
serán en su género la cosa más notable que se halle escrita, porque no
teniendo más ayuda que la de nuestros pecados, y la de su consejo, ha
salido con hacerse amar y temer en su reino más que todos sus
predecesores. Ha ayudado como le ha placido y convenido a los enemigos
de Francia y España, reinando en la mar como en la isla, cortando
cuantas cabezas le podían dar estorbo, y la de otra reina entre ellas,
paseando con sus navíos el mundo a la redonda y bailando y danzando como
si no hubiera tenido que hacer.
En todo este elogio, no hay la menor censura sobre la moral de la
reina, sino profunda admiración al buen éxito de sus empresas: envidia
casi, no porque Felipe II hubiera sido más cruel y más tirano, sino
porque fue menos hábil.
La vida de D. Cristóbal de Moura, y por consiguiente, el libro del Sr.
Danvila, se extienden aun algunos años por el reinado de Felipe III.
No se me alcanza bien por qué el Sr. Danvila se inclina a mostrar a D.
Cristóbal harto caído y desatendido por el nuevo monarca. Natural era
que hubiese entonces _turnos pacíficos_, como los hay ahora, aunque
durando muchísimo más cada vuelta. Natural era también que el nuevo rey
tuviese nuevo privado, pero nunca con mayor exaltación y reconocimiento
de méritos que D. Cristóbal cayó nadie de la privanza. Los favores
regios vinieron sobre él en aumento de su estado y de su casa. Don
Cristóbal fue, por último, el primer virrey que Portugal tuvo, a
despecho y con envidia de príncipes y de grandes señores que hubieran
querido serlo. En todo lo cual, si supo don Cristóbal desplegar las más
raras dotes de talento y de carácter para sostener su crédito y su
importancia, no debe negarse tampoco que Felipe III y su valido el duque
de Lerma fueron consecuentes y estuvieron acertados.
Prolijo sería exponer aquí en compendio los actos de D. Cristóbal en el
virreinato y los demás sucesos de su vida hasta que llegó a su término,
y con ella el libro del Sr. Danvila.
Libro es este de grandísimo interés, rico en noticias curiosas y en
nuevos datos y de muy envidiable lucimiento, no ya sólo para quien
empieza a escribir de historia y es muy joven, sino para el más curtido
y avezado en este linaje de estudios.
No tiene la falta, sino la sobra, en moda hoy; moda de la que parece
imposible prescindir para componer una mera biografía. Por eso suele
ponerse en la portada de esta clase de libros, aunque el Sr. Danvila no
lo ponga, como aditamento al nombre del héroe y completando el título,
ora _y su tiempo_, ora _y su siglo_, aunque ni el tiempo ni el siglo
quedase muy descabalado o muy inexplicado si el héroe mentalmente se
suprimiera.
De todos modos, el libro del Sr. Danvila, calificado como se quiera el
género a que pertenece, es desde luego muy importante trabajo, y cierta
y brillante promesa además de otros sazonados frutos que el ingenio y la
laboriosidad del autor han de producir en adelante.
EL ESPECTÁCULO MAS NACIONAL
I
Mi querido amigo y tocayo el conde de las Navas, ha publicado
recientemente con el mismo título que damos a estos artículos, un libro,
tan ameno como erudito, sobre la historia del toreo.
En más de seiscientas páginas que el libro contiene, entiendo yo que
está dicho cuanto en pro y en contra de la tauromaquia puede decirse, y
que está contado por estilo muy elegante y ligero cuanto al ejercicio
del mencionado arte se refiere, desde sus orígenes, que van a perderse
en la noche de los tiempos, hasta el día de hoy, en que sigue
floreciente y en auge, sin que necesite ni pida _regeneración_, como
otras artes, cosas y personas.
Casi imposible, al menos para mí, que me considero incapaz de tamaña
empresa, sería exponer aquí en resumen, con claridad y orden, lo más
importante y sustancial del libro mencionado. Baste afirmar que el señor
conde ha apurado la materia y ha logrado componer una verdadera
enciclopedia taurina. Nada se le queda por investigar, aclarar, contar y
discutir sobre las corridas de toros, desde que empezaron en España, tal
vez antes de la fundación de Cádiz y de la venida de Hércules fenicio,
que erigió sus columnas, no sé si en Calpe, o en Avila, o en ambos
cerros.
No hay personaje histórico que haya toreado de quien no nos hable el
señor conde. Hasta Francisco Pizarro, conquistador del Perú, y hasta el
muy glorioso emperador Carlos V, resultan toreros.