La tal idea, por desgracia, aunque está en nosotros, sólo está limitada

y como en germen, y no nos vale para ver bien lo que hay fuera de

nosotros, sino para discurrir sobre aquello que fuera de nosotros

suponemos que existe o sobre las ideales construcciones del pensamiento

puro. De aquí que no afirmemos que esta cosa o aquella, que el Universo

todo, que cuanto es o puede ser, sea como nosotros lo percibimos o lo

imaginamos; pero ya imaginado o percibido, o dígase dado el supuesto,

todo se encadena, y compone un conjunto armónico de verdades dentro de

nuestro mundo ideal, si bien no se adecue tal vez ni responda con

exactitud a la realidad del mundo que está fuera de nosotros, del que

sabemos poquísimo y del que tal vez tenemos noticias equivocadas por

ministerio de los sentidos.

No responde el geómetra de que sea o no sea esfera, cubo o cilindro el

sólido que le presentan, ni de que sea círculo o triángulo de esta clase

o de aquella lo que en un papel le dibujan; de lo que responde es de la

exactitud de sus teoremas y de la certidumbre de sus demostraciones,

dado el supuesto. Ni respondo el algebrista de lo que valen en realidad,

las letras del problema que ha de resolver, sino responde sólo de que

el problema esté bien resuelto. Al que le aplique a la realidad, incumbe

luego o ha incumbido antes determinar el valor de cada letra. Así,

siendo la resolución del problema verdadera y siempre la misma, bien

puede en la práctica, descendiendo a la realidad de las cosas, tener

multitud de diferentes resultados.

¿Será la poesía, me pregunto yo, algo por el estilo: creación hermosa,

verdadera y exacta en el mundo ideal en que ha sido creada, aunque en la

realidad sea falso todo porque lo fue el supuesto o porque el supuesto

fue por lo menos incompleto?

A mi ver, entendiendo así la poesía, tienen explicación y disculpa no

pocas cosas de las que se dicen en verso, las cuales, si en prosa se

dijeran, parecerían absurdas o abominables y podrían llevar a su autor

en una sociedad algo severa a la prisión o al manicomio.

La culpa de todo ello estriba, a lo que a mí se me alcanza, en que la

poesía, cuyo objeto es la manifestación de la belleza en una forma

sensible, sólo puede darse imitando lo real o lo que nosotros imaginamos

real, elemento en que cabe error o mentira. De aquí la ventaja que la

música, arte primogenia, lleva a la poesía, arte secundaria. La música,

en la perfección de su pureza, crea lo bello, sin necesidad de imitar

nada. Lo crea en el tiempo, por medio del sonido, sin enseñar ni

amonestar, pero sin inducirnos en error, ni equivocarse tampoco.

Toda la antedicha meditación, expuesta a escape para, no pecar de

prolijo, ha valido para aquietar mi espíritu, después de leer las _Odas_

de D. Eduardo Marquina, y para afirmar, sin escrúpulo de conciencia, que

me parecen bien y que son obra de verdadero poeta. Para conceder, no

obstante, a tal poeta la irresponsabilidad de que habla Heine, es

menester no tomar por lo serio, en la realidad práctica, la virtud

docente de su poesía. Los que tomaron por lo serio a Esquilo, en su

_Prometeo encadenado_, supusieron que Júpiter se vengó de sus blasfemias

ordenando a su águila que desde lo sumo del aire dejase caer una enorme

tortuga que llevaba entre las garras, sobre la venerable calva del

glorioso dramaturgo, y le saltase los sesos. Tomemos, pues, menos por lo

serio las _Odas_ de D. Eduardo Marquina para dejarle en paz con los

poderes celestiales y prevenir cualquier milagro que le perjudique.

Con tal limitación bien puede afirmarse que las _Odas_ tienen algo a

modo del _Prometeo encadenado_, de Esquilo, y algo también, sin que las

aceptemos como profecías, de las visiones de Ezequiel y del Apocalipsis

del Aguila de Patmos.

Aunque todos convenimos en que el estado de la sociedad y del mundo deja

mucho que desear, y que el mal físico y el mal moral no escasean sobre

la tierra, yo tengo por seguro que las cosas están en nuestra edad menos

mal que en las anteriores edades. Yo no dudo del progreso. Lo que sucede

es que el adelanto moral ha sido grande en las relaciones de unos

individuos con otros, mientras que apenas ha habido adelanto en la vida

colectiva, poco en el organismo social, ninguno en las relaciones de

unos pueblos con otros pueblos. En esto último ni asomo se ve de

generosidad ni de justicia. La fuerza prevalece sobre el derecho, los

poderosos humillan y tiranizan a los débiles y los grandes saquean,

asesinan y devoran a los pequeños. De tamaña discordancia, de tal

desequilibrio entre la moralidad social o colectiva y la que preside a

las relaciones individuales, nacen, sin duda, la vehemencia con que la

iniquidad se siente y se anatematiza y el anhelo fogoso de remediarlo

todo, no con lentitud y con calma, sino con rápidos y violentos

trastornos.

Ignoro, y no pretendo investigar aquí, de qué doctrinas filosóficas,

religiosas o irreligiosas, sociales y políticas, expuestas en prosa por

pensadores extranjeros, o de qué exaltadas composiciones poéticas,

venidas de otros países, proceden el sentir y el pensar de don Eduardo

Marquina. Claro está que no tiene principio en él el impulso que le

mueve. Claro está que hay una corriente de pensamiento en la que él se

ha lanzado y que le arrebata. Pero esto no le quita cierta originalidad

ni desvanece su carácter propio. Vate apocalíptico amenaza con

destrucción y muerte, ruina e incendio, las instituciones, los altares y

los tronos y cuanto hoy descuella sobre la faz del mundo y mantiene el

orden, más o menos digno de censura o más o menos capaz de lenta

modificación y de enmienda, dentro del cual vivimos todos. Lo que vendrá

después de la pronosticada revolución radical se columbra confusamente o

más bien se desentraña o se descubre a través de los símbolos y de las

imágenes colosales, y en las figuras alegóricas que va creando y

mostrándonos el poeta.

A lo que parece, no han de quedar ni Papa, ni rey, ni obispos, ni

jueces, ni sacerdotes. Cada uno de nosotros será Papa, rey, juez, obispo

y sacerdote de sí mismo. No sé de fijo si las grandes ciudades con sus

palacios, monumentos y fortificaciones, deberán ser arrasadas, según el

programa; pero en lo que no cabe la menor duda es en que serán arrasados

los templos. Yo deploro que San Pedro en Roma y las catedrales de

Burgos, de Toledo y de Sevilla en España, tengan que convertirse en

ruinas para que no se rece en latín, que ya casi nadie entiende, y para

que en aquellos antiguos y obscuros santuarios penetre de lleno la luz y

venga a animarlos la vida. Los chivos, según afirma el poeta, brincarán

sobre los derribados pilares y sobre las estatuas yacentes de los

fundadores egregios; las cabras se encaramarán sobre los altares y en

los camarines y hornacinas, y las vacas mugirán y se tenderán a la larga

en el coro y en otros lugares más venerandos. El nuevo templo estará en

la cumbre de los montes; los pinos serán sus columnas y su cúpula el

cielo.

A la nueva faz que tomarán todas las cosas ha de preceder cierta

universal conflagración de amor, tan vagamente descrita, que no acierto

yo a interpretar lo pronosticado por el poeta, y si la conflagración

será en efecto amorosa y suave al destruir lo antiguo, o si lo destruirá

con materiales incendios, estragos y muertes. Como quiera que ello sea,

sobrevendrá después de la destrucción algo por el estilo de lo que los

milenarios fantaseaban. La humanidad será feliz y vivirá en deliciosa

anarquía y en perpetua huelga. No habrá nueva Jauja ni nueva Jerusalén

que baje del cielo, porque don Eduardo Marquina gusta más de lo rústico

que de lo urbano, y las fiestas y regocijos que pronostica y apercibe

para nuestro regenerado linaje serán campestres: una candorosa bacanal,

un idilio enorme.

A pesar del tema constante que presta unidad a las _Odas_, no puede

negarse que el poeta acierta a evitar la monotonía y que hay bastante

variedad en sus cuadros. La hermosura y la fertilidad de los campos

están bien sentidas y a menudo dichosamente expresadas. Viva y honda es

casi siempre la percepción que el poeta tiene de lo grande y de lo

hermoso de la naturaleza, y no pocas veces sabe comunicarnos el propio

sentimiento suyo con maestría y sobriedad vigorosa.

Aprobemos, pues, las _Odas_ de D. Eduardo Marquina. El poeta es

irresponsable, porque sus teorías se realizan, no en el mundo real, sino

en los espacios imaginarios y en un tiempo fantástico también. Mis

escrúpulos de conciencia renacen a pesar de todo. ¿No podrá ocurrir que

el poeta haga daño sin querer, que sea contagioso su delirio y que la

gente adopte su programa como realizable en la práctica? Las _Odas_ en

este caso serían espantosamente revolucionarias, subversivas de todo el

orden social vigente en el día.

Yo no quiero comprometerme dando a semejantes cosas una aprobación que

nadie me ha pedido. Suspendo, por consiguiente, el dar mi aprobación

hasta que demuestre en otro artículo que no hay el menor peligro en

aprobar las _Odas_, porque la virtud purificante de la poesía convierte

el rejalgar en triaca.

LA PURIFICACIÓN DE LA POESÍA

SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA

En la poesía hay sin duda pasmosa virtud purificante. No quiero yo

entenderla con todo, como he oído decir que la entendía Goethe. Tal

modo de entenderla es sobrado egoísta. El poeta, por ejemplo, siente

ganas de suicidarse, y en vez de hacerlo y a fin de desechar tan

perniciosas ganas escribe el Werther. De esta manera, no sólo consigue

sanar de la manía del suicidio, sino también que le aplaudan y se

admiren de su talento. Lo malo es que el libro con que el poeta ha

sanado y donde ha vertido el veneno que le atosigaba puede emponzoñar a

los que sin precaución le tomen y lean y producir una abominable

epidemia de suicidios. No estriba o no quiero yo que estribe en esto la

virtud purificante de la poesía. Su legítima y santa virtud purificante

lo mismo ha de valer y vale para el poeta que para sus lectores.

En la epopeya y en el drama se concibe esto con toda claridad. Tiranos,

refinados traidores, monstruos de iniquidad podrán aparecer en el drama

o en el poema épico, pero en el pecado llevarán la penitencia, y la

reprobación universal será su castigo. Ha de entenderse además que los

crímenes y los horrores representados en una obra poética no deben tomar

la apariencia o semejanza completa de los sucesos reales, como pretende

hoy lo que llaman _naturalismo_. El deleite estético no se daría

entonces. Al contrario, tendríamos un grave disgusto. ¿Quién puede

deleitarse al ver en realidad al alguien que se arroja por un balcón

desde un quinto piso y se hace una tortilla, o a gentes que se dan de

puñaladas, que toman veneno o que se mueren de hambre, de miseria, de

tisis o de otras enfermedades contagiosas y feas? Representado todo esto

muy a lo vivo y sin la idealidad conveniente, es lo contrario del arte:

no purifica la compasión y el terror, como quería Aristóteles. Será

cuadro más _vivido_, como se dice en el día, pero de arte perverso y

vicioso. El Laoconte ceñido y oprimido por las serpientes está mil veces

más lejos de lo real que la figura de cera representando a Catón con las

sangrientas manos metidas en el desgarrado vientre y arrancándose las

entrañas. Tal modo de conmover con la imitación exacta y brutal de las

cosas reales dista mucho de ser el arte verdadero. Sólo los menos que

medianos artistas deben apelar a tal recurso. El refrán lo dice: _a mal

Cristo, mucha sangre_.

En la poesía lírica, si bien se considera, acontece lo mismo que en la

epopeya y el drama. Es cierto que todos los desatinos que el poeta dice

o hace, que su irreligión, su inmoralidad, sus blasfemias y sus teorías

antisociales, aparecen por cuenta propia, sin que haya tirano, traidor o

demagogo que las haga o que las diga; pero pronto se advierte, si se

ahonda un poquito, que el poeta rara vez deja de duplicarse antes de

romper los diques y soltar el torrente de su inspiración apasionada; y

digo que se duplica, porque al mismo tiempo que conserva el juicio y la

serenidad del ánimo para describirnos la pasión propia y los propios

extravíos, se pone él como modelo en quien los tales extravíos y la tal

pasión ejercen su deletéreo influjo, y acaso producen mil y mil

desventuras. Entendidos de este modo, los más audaces raptos líricos son

ejemplares y moralizadores: pueden servir y sirven de escarmiento.

Carlos Baudelaire es, sin duda, uno de los más endiablados poetas que en

estos últimos tiempos ha nacido de madre. En cuerpo y alma, y sin la

menor reserva, se entrega al demonio. Le reza muy devotas letanías y le

pide favor y auxilio. Si el demonio se condujera generosa y decentemente

haciendo dichoso a Baudelaire, _Las flores del mal_, que así se titula

el tomo de sus versos, serían muy peligrosas, pues no habría de faltar

quien quisiese entregarse también al demonio dándole culto para

conseguir las mismas o mayores ventajas. Afortunadamente ocurre todo lo

contrario. Baudelaire es el _autontimoroúmenos_ por excelencia, el rigor

de las desdichas, el que se castiga y atormenta a sí propio como el más

cruel de los fakires de la India. No bastándole ser él su verdugo, acude

al demonio y se vale de él para inspirador y colaborador de los

refinados y espeluznantes suplicios a que se condena y somete. ¿Quién,

por lo tanto, ha de querer endiablarse como Baudelaire para ser tan

horriblemente desgraciado? _Las flores del mal_ son, pues, muy

moralizadoras: son un veneno, pero saludable veneno tomado como

revulsivo. En menor escala son revulsivos también los versos

quejumbrosos de multitud de poetas contemporáneos que nos pintan el

horror de las dudas con que batallan y tratan de persuadirnos de que, a

causa de estas dudas, son sus almas un infierno. Lo natural es que el

tal infierno nos asuste y que para no tenerle nosotros procuremos creer

cuanto hay que creer, sin meternos en averiguaciones ni en honduras.

Espronceda, en una de sus más populares composiciones, se nos presenta

en una orgía bebiendo vino, acariciando a cierta dama a quien dirige más

insultos que piropos, y mostrándose desesperado, negándolo todo, sin

creer y sin esperar nada sino _la paz de los sepulcros_; pero el poeta

nos indica en seguida la causa de tanto mal y nos deja turulatos. Supone

que tanto mal es castigo de Dios porque el alma ha intentado adquirir el

conocimiento de las cosas divinas: verdad velada, arcano insondable en

el que es insania el mero propósito de investigar y de descubrir algo.

El remedio, en esta ocasión, casi nos parece peor que la enfermedad.

¿Por qué ha de castigar Dios a quien anhele conocerle? ¿Por qué ha de

coincidir el poeta con quien inventó en prosa esta célebre frase: _la

funesta manía de pensar?_ ¿Por qué, desde el empleo de nuestras más

nobles facultades en el estudio de la metafísica en general, y

singularmente de la teodicea, hemos de descender, con inevitable

descenso, a la borrachera y a los amores libidinosos, y todo ello sin

regocijo, sino con furia, rechinar de dientes y maldiciones como de

precito?

Bien examinado todo, me consuelo yo y me aquieto creyendo disipadas mis

contradicciones, y viendo en la poesía sincera, por absurda que la

juzgue el prosaico y rastrero sentido común, innegable y alta enseñanza,

la cual estriba en la purificación, así de la compasión y del terror

trágicos, como de otras pasiones, errores y desvaríos.

Lo que importa para que la poesía sea buena y legítima es, por

consiguiente, la sinceridad: que todo se exprese con la natural

sencillez que no excluye, sino que requiere, la elegancia, y que nada se

sienta, ni se piense, ni se diga con afectación para aterrar a los

burgueses, para alcanzar la originalidad por la extravagancia, para

seguir la última moda de París o para imitar novedades germánicas, rusas

o suecas. No hay peligro ni inconveniente en desatinar por cuenta

propia. Me jacto de haberlo demostrado. El inconveniente y el peligro

están en la admiración cándida de los extranjeros y en remedar, acaso

desmañadamente, lo que los extranjeros piensan o dicen.

Si no creyese yo que en las _Odas_ de don Eduardo Marquina se revelan

muy envidiables prendas de poeta lírico, no hubiera disertado tanto con

ocasión de su lectura.

Cuanto hay en ellas de bueno procede del propio ser del poeta. Y cuanto

en ellas puede censurarse nace de la escuela que sigue y del empeño de

superar y de extremar sus rarezas, tanto en el sentir y en el pensar,

como en el estilo o modo de expresarse. Lo colosal y enorme de las

imágenes delata el prurito de aturdir y de sorprender, y produce, hasta

en los más eminentes poetas, hasta en el mismo Víctor Hugo, un

amaneramiento _barroco_. Cuando lo sublime corre sin freno, suele

tropezar en lo ridículo y caer en la caricatura.

¿Qué no puede, sin embargo, el brioso ingenio nativo, aunque se lance y

se despeñe por los más extraviados vericuetos? _Barroca_, caricaturesca

es la oda titulada _El monstruo_. Pero, ¿quién no se divierte leyéndola

y poniendo en duda si el poeta habla con toda seriedad o ríe o se recrea

componiendo una alegoría satírica llena de chiste?

El ser humano aparece como un monstruo de dos cabezas y de dos opuestos

instintos y propensiones. Una cabeza es como de hipopótamo, y no aspira

sino a comer, a reposar, a revolcarse en el fango y a disfrutar otras

delicias bestiales; pero, por cima de la cabeza de hipopótamo, hay otra

cabeza de águila en que duermen

los grandes pensamientos de los dioses.

La horrible situación para el monstruo procede de esta doble y

antitética naturaleza. Lo que hay en él de hipopótamo no logra gozar con

sosiego de las cosas materiales, y lo que hay en él de águila pugna en

vano por levantar el vuelo y subir a las regiones etéreas. El águila y

el hipopótamo se contraponen como fuerzas contrarias; y como se estorban

y se perjudican, todo o casi todo lo hacen siempre mal o si se quiere

menos bien de lo que pudieran hacerlo. Disgustos, rabietas, lágrimas y

furores sin fin, por consiguiente. El monstruo, además, se desacredita y

se hace odioso a cuantos seres existen. Así es que exclama lleno de

angustia:

...............devoro

un ultraje perpetuo de los mundos

y un eterno desprecio de los cielos.

¿Qué resolución adopta el monstruo para salir de tan abominable

conflicto? La más tremenda de las resoluciones. Con el pico de su cabeza

de águila, que es agudo y recio, perfora el cráneo del hipopótamo y se

consuela _sorbiéndole los sesos_.

Por dicha, aunque no entrevemos bien si merced a tan feroz resolución o

independientemente de ella, el conflicto pasa, las cosas toman mejor

cariz, los tiempos se acercan, la esperanza luce y el poeta escribe su

flamante apocalipsis y nos anuncia su Buena Nueva en no corta serie de

animados cuadros. Según él, la miseria que nos rodea es la noche

que precede a las grandes claridades.

El idilio enorme, la huelga universal y constante no tardará en llegar.

El poeta conjura y evoca y convida a los seres todos para que acudan a

la fiesta y contribuyan a su lucimiento.

Por convidado me doy yo también, pero recelo mucho que los preparativos

de la fiesta han de ser enredosos y difíciles. La fiesta tardará, pues,

en realizarse, y como ya estoy harto viejo, no podré asistir a ella a

pesar del convite. Me contento con el programa. Le hallo interesante y

ameno. Pero francamente, yo le hallaría mucho mejor si el Sr. D. Eduardo

Marquina, en quien reconozco y aplaudo muy altas prendas de poeta,

emplease menos el acicate y mucho más el freno al dirigir a su Pegaso, y

sólo llevase a las ancas cuando cabalga en él a su propia Musa, legítima

y castiza, y no a la aventurera venida de tierras extrañas y cuyo

prurito de llamar la atención la induce a vestirse a menudo con

vestiduras un poco extravagantes y con exótico amaneramiento. No estará

de sobra tampoco que el Sr. D. Eduardo Marquina cuide con mayor

detención y esmero del aseo y aliño de su Musa cuando la saque a relucir

nuevamente.

DON CRISTÓBAL DE MOURA

PRIMER MARQUÉS DE CASTEL-RODRIGO

I

El libro cuyo título nos sirve de epígrafe, no puede menos de llamar

poderosamente la atención por varios motivos. Es un trabajo histórico

llevado a cabo con esmerado tino y con la más infatigable diligencia

para allegar y compulsar documentos, poner en claro muchos puntos

obscuros y darnos idea exacta y justa de los sucesos más importantes en

la historia de nuestra Península desde la conquista de Granada hasta el

día de hoy.

Realzan el mérito del libro los pocos años de su autor, que no ha

cumplido aún los veinticuatro de su edad, y que se ha empeñado en

realizar una empresa llena de grandes dificultades, en mi sentir

insuperables algunas de ellas.

Una narración histórica, lo mismo que un poema y lo mismo que una

novela, puede considerarse como obra de arte, con unidad de acción en su

conjunto y donde todos los casos que se cuentan y todos los personajes

que figuran aparecen en segundo o tercer término y como esfumados para

que el héroe principal o protagonista no se confunda ni se pierda y

atraiga y fije las miradas y persista en el pensamiento de los lectores.

Tal debiera ser la vida artísticamente escrita de todo personaje

célebre. Tales son las que escribió Plutarco en la edad antigua, y las

que entre nosotros ha escrito recientemente Quintana.

Esta condición, con todo, era imposible de cumplir, dado el asunto

elegido por el joven historiador D. Alfonso Danvila, y dado el personaje

o el héroe cuyos actos se propuso historiar y ha historiado.

D. Cristóbal de Moura, hidalgo portugués, que a la edad de catorce años

entró en calidad de menino al servicio de la princesa doña Juana,

conquista la estimación, la confianza y el afecto de aquella egregia

señora, la sigue desde Portugal a Castilla, desempeña por su mandado muy

difíciles comisiones y muestra en todo rara discreción y singular

destreza y tino. El prudente rey Don Felipe II reconoce entonces la

capacidad y el valer del servidor de su hermana y se aprovecha de tan

altas condiciones, empleando a aquel hidalgo portugués en los asuntos

más arduos. Hábil y dichoso D. Cristóbal de Moura, los desempeña a gusto

y satisfacción del soberano, y es delicado, fino e inteligente

instrumento de sus artes políticas y de su prudencia cautelosa.

En el mayor acontecimiento de nuestra historia, en la realización, por

desgracia harto poco duradera, de la más alta aspiración patriótica de

los españoles, D. Cristóbal de Moura interviene con pasmosa y feliz

eficacia. Más que a la pericia militar del gran duque de Alba, y más que

al formidable ejército que conducía, se debe acaso a la buena maña y

sutil diplomacia de don Cristóbal la unión de Portugal y de Castilla, y

sobre todo, que esta unión se lograse con poca violencia, sangre y

estrago, haciéndose así apta para contraponerse al poder disolvente de

los malos gobiernos ulteriores, adormecer y calmar la enemistad

inveterada entre castellanos y portugueses, y conseguir que al menos

durase sesenta años la unión de ambas naciones, a pesar de nuestra

rápida y lastimosa decadencia.

La acción de D. Cristóbal de Moura es evidentísima en todo esto y su

evidencia se manifiesta con perfecta claridad merced al detenido relato

que hace el Sr. Danvila, ilustrándole con gran copia de documentos, no

pocos de ellos desconocidos e inéditos hasta ahora y sacados de los

archivos.

D. Cristóbal de Moura no pasa, sin embargo, de ser mero instrumento de

superiores voluntades humanas; su figura se hunde y se anega, digámoslo

así, en el torrente impetuoso de los grandes sucesos, y su personalidad

queda obscurecida y eclipsada por las de aquellos príncipes y señores

que intervienen en los sucesos, que los dirigen o los determinan, y

cuyos caracteres, talentos, virtudes y vicios, despiertan más nuestra

curiosidad y llaman hacia ellos nuestro pensamiento con mil veces mayor

atractivo. La princesa doña Juana y el rey prudente Don Felipe se

interponen casi de continuo y nos encubren o no nos dejan ver a D.

Cristóbal. Hasta los personajes de tan corto valer moral e intelectual,

como el rey cardenal D. Enrique y como D. Antonio, Prior de Crato,

descuellan por el pedestal en que están colocados, y por la posición

social que ocupan, y tapan también a D. Cristóbal de Moura.

El Superhombre y otras novedades · 第 4 / 19 段