opongan a su aparición deben ser destruidos. Nada de piedad, nada de
conmiseración. Tales sentimientos son mera y vil flaqueza indigna del
grande hombre, del _super-hombre_ en ciernes. Derríbense tronos y
altares, niéguense como absurdas todas las religiones reveladas, y
anúlense o deróguense cuantas son las constituciones sociales y
políticas, si sólo sobre las ruinas y escombros de todo ello ha de
fundar su imperio la _superhumanidad_ futura. Nietzsche acepta el dolor,
el padecimiento, la conquista, la tiranía más ruda, si por tales medios
se abre camino para el advenimiento del _super-hombre_. Nietzsche gusta
en cierto modo de la libertad, pero detesta la igualdad y considera
ridículo que los hombres pretendan ser iguales, ni siquiera ante la
ley, ni ante la justicia, ni en una vida futura y ultramundana en que no
cree, ni ante un Dios cuya existencia niega. Y como niega también la
distinción entre lo bueno y lo malo, la moral que le parece una
disciplina _sub-humana_ y atrasadísima, y el deber que en la moral se
funda, nadie acierta a comprender, y en este punto el Sr. Gener tiene
razón que le sobra, por qué Nietzsche se somete con gusto a toda clase
de padecimientos y de malos tratos con tal de que se consiga la
aparición del _super-hombre_. ¿Qué le va ni qué le viene con dicha
aparición, si él no ha de ser el _super-humanado_, si él no ha de pasar
de un cualquiera, de un pobre diablo, de simple profesor, con poquísimo
dinero, con menos consideración y campanillas, y terminando al cabo
porque le encierren en un manicomio? Se comprende la abnegación del
asceta que espera alcanzar la eterna bienaventuranza. ¿Pero qué espera
Nietzsche para mostrarse y ser tan _abnegado_? El Sr. Gener y no
Nietzsche es quien está en lo firme. El _super-hombre_ ha de venir de
todos modos. No debemos, pues, atormentarnos, molestarnos, ni trabajar
para que venga. Según el Sr. Gener, debemos divertirnos, holgarnos,
pasarlo lo mejor que se pueda en este mundo, y el _super-hombre_ ya
vendrá sin que le traigamos nosotros.
Aceptando las opiniones en que Nietzsche y Gener concuerdan, Nietzsche
es ilógico, y es muy lógico Gener. Según asegura Nietzsche, Jehová ha
muerto. Y en cuanto a Gener, aunque a menudo se contradice y hasta llega
a mostrarnos al Padre Eterno, que se le aparece y le echa un largo y
pomposo discurso, todavía este Padre Eterno es tan raro, que viene a ser
como si no fuera. ¿Y negado un Dios personal y providente, cuál será el
fundamento de la moral, de la bondad y de la belleza absolutas, y hasta
de la verdad misma en lo que debiera tener de permanente e invariable?
El Sr. Gener niega todo esto al negar a Dios. Y no soy yo quien saca la
consecuencia: el mismo señor Gener explícitamente la saca. La
contradicción está en que el Sr. Gener nos habla mucho del amor y se
muestra fervorosamente enamorado. ¿Pero dónde está el objeto que de
tanto amor sea digno? A la verdad que no se descubre ni se comprende.
Toda criatura racional que cree en un Dios infinitamente bueno, sabio y
todopoderoso, sin duda le ama y debe amarle sobre las cosas todas. Y por
virtud de este amor, que es caridad, ama también a los hombres, hechos a
imagen y semejanza del Dios que ama. Sin ser por amor de Dios, sin este
lazo supremo de comunión íntima, de hermandad y de unión amorosa de las
criaturas, ¿qué razón hay para que amemos a nadie? No digo yo que
aborrezcamos; pero ¿por qué hemos de amar?
El Sr. Gener, sin embargo, por lo que ya se prevé que va a ser su
_Evangelio de la vida_, nos anuncia el imperio del amor en el mundo,
siguiendo y adoptando las ideas de algunos extraviados discípulos del
entusiasta y seráfico Padre San Francisco de Asís.
Según éstos, ya interpretadas sus palabras con exactitud, ya
heréticamente exageradas o torcidas, en el mundo de los espíritus ha
habido, hay y habrá tres reinados: algo a modo de _turno pacífico_ para
las tres personas de la Santísima Trinidad. Como la letra con sangre
entra, el primero que reinó fue Jehová, Dios severísimo, vengador y
tremendo, que destruye con un diluvio de agua a casi todo el linaje
humano, que pisotea a los pueblos en su ira, que arrasa y quema ciudades
enteras con fuego del cielo, y que abre el seno de la tierra para que se
trague a cuantos son rebeldes a su mandato. El segundo que reina es
Cristo, y con él la compasión y también el amor; pero un amor mezclado,
con mortificaciones, penitencias, ayunos, lágrimas, vigilias y hasta
azotes, de todo lo cual el Sr. Gener gusta poco o nada. Pero
afortunadamente, y para que el Sr. Gener quede complacido, el tercer
reinado va pronto a empezar cuando menos nos percatemos de ello. Será el
reinado del Espíritu Santo, o sea del amor puro, sin disciplinas ya,
sin abstinencias, sin cilicios y sin duelos y quebrantos, sino todo
deleite, holgorio e incesante _gaudeamus_.
El estilo del Sr. Gener, lleno de lirismo, aunque escribe en prosa,
produce en el lector no pocas dudas. ¿Hasta qué punto quiere el Sr.
Gener que mucho de lo que dice sea realidad o se limite a ser símbolo,
alegoría, imagen o vana figura retórica? De todos modos, aun suponiendo
símbolo y no realidad algo de lo que el Sr. Gener nos pinta en sus
magníficos cuadros, todavía podemos y debemos nosotros escudriñar en el
símbolo la oculta realidad que en él se encierra. Ahora bien: si es
cierto, como el Sr. Gener afirma, haciendo hablar al mismo Padre Eterno,
que éste no es providente y que la verdadera providencia es la del
hombre, Nietzsche tiene razón, y no la tiene el Sr. Gener al aconsejar
al hombre que se divierta y no se afane porque el _super-hombre_
aparezca. ¿Cómo ha de aparecer, si nosotros que somos la providencia no
le traemos?
El dios del Sr. Gener, dice en su largo discurso, que el bien y el mal
le son indiferentes; que él se limita a producir la vida, y que si crea
flores, hermosura y salud, frutos sabrosos, palomas y tórtolas
inocentes, mariposas y libélulas y lindos y pintados pajarillos que
melodiosamente trinan y gorjean, crea también tigres y hienas, arañas
deformes, ponzoñosos escorpiones, terremotos, huracanes y pestilencias y
prolífica multitud de microbios, causa de las más asquerosas y
mortíferas enfermedades. Tal es el Dios que habla con el Sr. Gener y que
le declara que no es para nosotros ni salvador ni providente. Nuestra
eficaz salvación y nuestra verdadera providencia está en nosotros
mismos. A nosotros nos incumbe, según asegura el Sr. Gener, por boca del
Padre Eterno que imagina, convertir el veneno en bálsamo, el dolor en
placer, las espinas en rosas y los microbios patógenos en microbios
deleitosos. Pero, si nos incumbe hacer todo esto, no está bien que nos
crucemos de brazos y prescindamos de nuestra incumbencia. Nietzsche, por
este lado, tiene razón, y el señor Gener no la tiene; y, por último, si
bien se mira, tampoco tiene razón el Sr. Gener en negar la providencia
de Dios, ya que Dios, en virtud de un plan sapientísimo, se vale del
hombre para vencer obstáculos, para destruir el mal o convertirle en
bien, y para que nos mejoremos y perfeccionemos en lo posible.
Si no hay plan ninguno, no sé por dónde podrá afirmar el Sr. Gener que
hay progreso, mejora, advenimiento de _super-hombres_ y otras futuras
bienaventuranzas. Y si por dicha hay plan, y todo eso y más puede
afirmarse, el plan no es humano, sino divino. ¿Qué más alta providencia
de Dios puede concebir el Sr. Gener? ¿Cómo imaginar que el plan es
humano? ¿Cómo el hombre que nace y muere y que vive tan corto tiempo
sobre la tierra ha de haber trazado ese plan? Concedamos que le
columbra, que le descubre, pero no que le establece.
No decidiré yo que sea verdad o que sea mentira, pero sí que nuestro
entendimiento no halla absurdo cierto plan a grandes rasgos concebido e
imaginado, ya que no para que nos representemos en una serie de muchos
siglos el desenvolvimiento y la historia del universo todo, para que nos
representemos al menos lo ocurrido en nuestro planeta desde el instante
en que empezó a girar en torno del sol hasta el día de hoy. A mi ver, es
idea en extremo poética e ingeniosa la de que los átomos, impulsados por
el prurito de vivir que los mueve, lleguen a producir la vida; y que,
una vez la vida creada, se vaya hermoseando, completando y
perfeccionando cada vez más. Pero ¿quién ha puesto en los átomos esa
inteligencia, que no tiene conciencia de que entiende, ese prurito
infatigable e infalible que crea la vida y que después la mejora? Todo
ello se explica presumiendo al Dios que Nietzsche y Gener niegan, cuya
voluntad soberana y cuya suprema inteligencia lo preparan, lo gobiernan
y lo disponen todo. Sin él, jamás podrá concebir la mente humana, por
muchos siglos que emplee en la transformación, cómo podrá nacer lo más
de lo menos, de lo que no se mueve lo que se mueve, de lo que no vive lo
que vive, de lo inconsciente lo consciente, y de lo que no entiende la
inteligencia. Todo ello es más inexplicable, es más contrario a la razón
que la más ridícula de todas las mitologías, que la más rudimental y
primitiva de todas las religiones. Y, por el contrario, no bien
afirmamos la existencia de Dios, todo se aclara y todo en el
transformismo nos parece más hermoso y más conforme con la omnipotencia
y la sabiduría de Dios que en cualquier otro sistema cosmogónico. Es más
antropomórfico y, por lo tanto, menos divino, entender que Dios arregla
el universo como el relojero arregla la máquina de un reloj, y que da,
por ejemplo, alas a los pájaros para que vuelen, ojos a los que ven para
que vean, y a los que entienden entendimiento para que entiendan, que
entender que Dios pone en la substancia, en la materia, en los átomos o
como queramos llamarlos, un anhelo indefectible y un movimiento en
dirección segura, firme y sin posible extravío, por cuya virtud, el
anhelo de vivir crea la vida, el de volar, las alas, y el de ver, los
ojos.
Repito que yo no afirmo ni niego la evolución y el transformismo. No me
declaro contrario ni partidario de Darwin. Me limito a afirmar que
Darwin no invade los dominios de la metafísica ni de la religión,
diferenciándose así de su infiel discípulo Haeckel, y más aún del Sr.
Gener y de Nietzsche. Ya Monseñor Van Weddingen, en sus _Elementos
razonados de la Religión_, se expresa de esta suerte. «La fe y la
ciencia de acuerdo podrían aceptar un transformismo en el cual quedasen
a salvo la noción de la causa creadora y la del alma espiritual y
libre.» De aquí se infiere que hasta el católico más ortodoxo puede ser
darwinista, apoyándose en textos y sentencias de San Agustín, de Santo
Tomás de Aquino y de otros Doctores y Padres de la Iglesia, según lo
demuestra, o procura demostrarlo, el egregio poeta y filósofo italiano
Antonio Fogazzaro en un reciente y muy interesante libro titulado
_Ascensiones humanas_.
No se infiere, con todo, de la aceptación de la doctrina del
transformismo, la seguridad de que ha de aparecer el _super-hombre_ el
día menos pensado. Lo más que podrá inferirse será la posibilidad algo
remota de dicha aparición. Por lo pronto, el super-hombre no se ve
venir. Al contrario, los adelantamientos morales y políticos, la
multitud de invenciones que hacen hoy más cómoda y más agradable la vida
y el inmenso cúmulo de estudios, ya experimentales y de observación, ya
teóricos y especulativos, que se custodian en los libros y que la
imprenta divulga, hacen hoy más fácil que un hombre cualquiera
descuelle, aunque diste muchísimo de ser _super-hombre_ y aunque tenga
menos valer moral e intelectual que los hombres de antaño.
Cuantas sublimidades puedan ocurrírsele hoy a un poeta que ha estudiado
mucho, no son tan pasmosas, ni implican tan rara _super-hombría_ como la
que tuvo, pongamos por caso, allá en las primitivas edades, el inspirado
autor del libro de Job o el _richí_ o poeta que compuso el himno del
Rig-veda, al _Dios desconocido_. Trajano y Marco Aurelio, a pesar de ser
gentiles, no hallan monarca que valga más que ellos en toda la
prolongación de la historia. En puro y fervoroso amor a Dios, a los
hombres y a cuantas criaturas aparecen en el universo visible, será
difícil que nazca ya quien venza y supere a San Francisco de Asís. Y si
Kant, Schelling y Hegel nos parecen profundos filósofos, abarcándolo y
explicándolo todo, aún nos parece superior inteligencia la de
Aristóteles por lo mismo que tenía muchísimos menos medios de
información. Y lo que se afirma aquí de los individuos, con más razón
puede afirmarse de grupos o colectividades organizadas. ¿Qué ciudad
moderna, sin excluir a Florencia y a París, crea una cultura filosófica,
literaria y artística, tan original y con tan pocos precedentes y
elementos exóticos, como la de Atenas en tiempo de Perícles? ¿Ni qué
nación, por último, por dominadora y fuerte que sea en el día, podrá
soñar con gloria y poder que equivalgan a los de Roma, que no siendo más
que una ciudad se enseñoreó de lo mejor del mundo, le dio leyes e idioma
y fundó un Imperio que duró no pocos siglos? Y cuando ni en Atenas ni en
Roma apareció el núcleo de los _super-hombres_, bien podemos esperar que
no aparezca en el día ni en Inglaterra, ni en Francia, ni en Alemania,
ni en Rusia, ni en los Estados Unidos. Conformémonos y contentémonos
todos con ser esencialmente iguales, aunque, por circunstancias
momentáneas (porque momentáneas deben de ser dada la secular amplitud de
la historia), las mencionadas naciones prevalezcan hoy, se sobrepongan y
hasta dominen a las otras.
En fin, allá veremos cómo explica todo esto el Sr. Gener y lo que más
claramente profetiza en su _Evangelio de la vida_, que aparecerá por
completo en francés, y dentro de poco, y del que sólo conocemos el
_Prefacio_ y tres odas o ditirambos elocuentísimos a la Soledad, a su
hermano el Silencio, y a la Noche, madre fecunda de ambos. Unido
amorosamente el señor Gener con la precitada Soledad, tendrá de ella o
ha tenido ya un hijo, que viene a ser sin duda _el verbo de su
Evangelio_. El Silencio se le está criando, y, no bien esté criado, el
Sr. Gener se le echará a la multitud para _desatontarla_, removiéndolo
todo.
Es tan curioso y tan poético cuanto el señor Gener anuncia, y lo anuncia
con elocuencia tan avasalladora, que yo me siento hechizado y casi
seducido, inclinándome a creer en el advenimiento del _super-hombre_ y
hasta a desearle, aunque me quede entre los _sub-hombres_ y los
_superfluos_; pero el último artículo del libro del Sr. Gener viene a
desvanecer mi esperanza, a marchitar mi deseo y a derribar la fe en el
_super-hombre_ que empezaba ya a nacer en mi alma.
El último artículo del libro del Sr. Gener, que se titula _El
hiper-positivismo_, debiera titularse _El hiper-negativismo_, porque lo
niega todo, echando a rodar cuanto se sabe: todo fundamento de saber,
todo criterio de verdad, toda afirmación de que exista algo. No se
contenta el Sr. Gener con que sea todo espíritu, como quiere Berkeley;
ni con que sea todo materia, como quieren Büchner y Moloschot; ni con la
substancia única de Spinosa; ni con que el tiempo, el espacio y la
inmensa cantidad de cosas que coexisten en el espacio y que se suceden
en el tiempo, sean más que formas de nuestro sentir y de nuestro
entender, fantasmagorías sujetivas que no se sabe hasta qué punto
concuerdan o no con la realidad que las produce. El Sr. Gener va más
lejos y duda de que haya tal realidad exterior: casi la niega. Afirma
que hay representación, pero no asegura que haya representado. Su duda o
su negación es más radical aún. No destruye sólo lo representado, sino
también el teatro en que la representación aparece y al espectador que
la contempla. El Sr. Gener va más allá de Schopenhauer, que sólo ve en
el universo representación y voluntad. El Sr. Gener halla que la
voluntad está de sobra, que no es más que apariencia. Todo queda, pues,
reducido a representación, al más completo nihilismo: a representación
sin teatro, sin actores, sin espectadores y sin nada substancial y real
que sea representado.
Si después de quemarse las cejas y de estudiar matemáticas, física,
química, botánica, zoología, antropología y otra multitud de
asignaturas, que el Sr. Gener ha estudiado de un modo sobresaliente,
hemos de venir a parar en el extremo en que el Sr. Gener para, casi es
lo mejor no abrir un libro ni aprender cosa alguna. Todo es
incognoscible. Ya no nos atrevemos a figurarnos lo conocido como una
pequeña isla en medio de un Océano inexplorable e infinito que sólo
pueden atravesar la imaginación o la fe. La isla misma y hasta nosotros
los habitantes de la isla, caemos bajo el predicamento de lo
incognoscible: somos puros fenómenos; la substancia y la causa son
ficciones, palabras sin sentido. No hay más que movimiento. La
electricidad, la luz, la vida, la fuerza, el sentir y el pensar, todo es
movimiento, sin motor, sin objeto movido y sin lugar ni tiempo objetivos
y reales, por donde y en el cual el objeto movido se mueva.
¿Qué nos queda que hacer en tan aflictiva situación? ¿Cómo nos
consolaremos después de haber perdido toda la realidad? Pues nos
consolaremos con la poesía, con la música y con las otras bellas artes.
De un modo pasivo, nos limitaremos a ser público y nos deleitaremos
asistiendo a la representación. Y de un modo activo, seremos
comediantes, poetas o compositores de música, y representaremos nuestras
óperas y nuestros dramas. Tal es el punto final a que ha llegado el Sr.
Gener después de todos sus estudios.
Lo malo, o al menos lo que yo no me explico todavía, es cómo ha de
gustarme la representación ni cómo he de componer algo para que se
represente cuando el Sr. Gener empieza por quitarme el sustantivo. No
nos queda verbo que no sea impersonal, sin agente y sin paciente. Vibra,
ve, huele, anda, come, etc.; pero no sabemos quién come, quién ve, ni
quién vibra, ni qué es lo vibrado, ni lo comido, ni lo visto. Todo es
incognoscible, y hasta podemos recelar que no exista. No sólo el
_super-hombre_, sino igualmente cuantos hombres existen o han existido
y de quienes el Sr. Gener nos habla, arios y turaníes, polacos y
mogoles, romanos y griegos, no pasan de ser una mera representación.
Carece, pues, de fundamento y de verdad científica todo cuanto el Sr.
Gener nos cuenta en los demás artículos de su libro sobre historia de
las religiones, socialismo, etc. Todo se reduce a poesía, según el mismo
Sr. Gener paladinamente lo confiesa. Y ahora digo yo para terminar que,
considerando su libro como poesía, es digno del mayor aprecio. Es
elocuente en alto grado; ameno a veces, a veces sublime, y tan rico
siempre de doctrina, de atrevimientos, de ideas originales y de clara y
bien ordenada exposición de las ideas de otros, que sugiere, despierta y
suscita en cualquier espíritu, aunque sea pobre e infecundo como el mío,
tan grande tropel de pensamientos y tan enmarañada madeja de
raciocinios, que si no fuese por miedo de fatigar a mis lectores, no me
aquietaría yo con escribir este artículo, sino que escribiría una
docena, y aún se me quedaría mucho por decir. Pero no lo digamos y
quédese en el tintero para no hacer interminable este escrito.
LA IRRESPONSABILIDAD DE LOS POETAS
SOBRE LAS «ODAS» DE D. EDUARDO MARQUINA
Mucho podrá decirse en pro y en contra de las _Odas_ del Sr. D. Eduardo
Marquina, pero no que son un libro insignificante. A mí me dan no poco
en que pensar, suscitando en mi espíritu ciertas contradicciones
filosóficas o antinomias estético-morales, que no acierto a resolver y
que voy a exponer aquí sin rodeos y con franqueza.
Con grande entusiasmo pondera Horacio, en su _Epístola a los Pisones_,
la virtud docente de la poesía. Por ella se muestran los rectos caminos
del vivir, los oráculos dictan sus sentencias, se levantan los muros de
las ciudades y se congrega en paz el linaje humano, sujetándose a leyes
sabias y justas. Pero este mismo Horacio, que da a la poesía tan
singulares alabanzas, nos cita la rara afirmación de Demócrito
sosteniendo que es menester ser loco para ser poeta, y que es expulsado
de Helicon quien está en su cabal juicio.
Ajústeme usted tales medidas, digo yo ahora; y perdónese lo vulgar de la
frase. ¿Cómo compaginar que los poetas son la luz del mundo, nuestra
guía y nuestro faro, y que son al mismo tiempo locos? Todo se entiende
si consideramos la tal locura como frenesí divino, como furor sagrado
que el estro infunde, clavando su aguijón agudo en el pecho del vate.
Este, poseído entonces del numen, llega a decir cosas de sentido muy
superior al vulgar, revela misterios y abre a nuestros espantados ojos,
en la amplitud luminosa de un horizonte ideal, la sucesión ordenada y
prescrita de los futuros casos.
Yo me conformaría y me aquietaría con esto si todos los poetas que
pronostican, que enseñan o que amonestan estuviesen de acuerdo; pero,
como no lo están por desgracia, me hunden en un mar de confusiones. Así
es que exclamo allá en mis adentros: quizás estén locos, verdaderamente
locos, y sean con su locura perjudiciales a la república. Por eso Platón
los desterró prudentemente de la suya, ya fuese por precaución, ya
fundado en el refrán que reza: el loco por la pena es cuerdo.
Hechas las anteriores reflexiones, todavía en vez de ver claro este
asunto le veo obscuro y contradictorio.
En el bello elogio que hace Enrique Heine de nuestro egregio compatriota
el Rabi Jehuda ben Leví de Toledo, después de ponderar las altas dotes
de aquella alma, llega a suponer que el mismo Dios al crearla, la besó
prendado de su hermosura, y que el eco del beso divino resuena con
inmortal resonancia en los versos del vate toledano. No es de
maravillar, por lo tanto, suponiendo a Jehuda ben Leví tan
sobrenaturalmente favorecido y amado, que Heine le proclame rey del
reino del pensamiento y rey, por la gracia de Dios, inviolable e
irresponsable. A nadie sino a Dios tiene que dar cuenta. El pueblo, dice
Heine, podrá matarnos, pero no puede juzgarnos nunca. De esta suerte
pone Heine la obra verdaderamente poética por cima de todo humano
criterio y proclama con su genial desenfado la irresponsabilidad de los
poetas. Veamos nosotros en qué sentido y hasta qué punto menos
desenfadadamente tal irresponsabilidad puede y debe ser entendida.
¿En qué consiste que a veces no nos enamore ni hechice lo que el poeta
niega o afirma, ordena o prohíbe, encomia o censura, sino la manera
elegante, sincera y enérgica de afirmar o de negar y de expresar la
censura o el encomio?
Quintana y el duque de Frías, pongamos por caso, retratan a Felipe II
con los más opuestos rasgos y colores y propenden a infundirnos las
ideas y los sentimientos más contrarios sobre la religión y política de
los españoles del siglo XVI y sobre las causas de la elevación y de la
decadencia de nuestro pueblo; pero nosotros nos deleitamos y nos
entusiasmamos casi por igual con los versos del uno y del otro poeta,
ora estemos de acuerdo con el duque, ora con Quintana, en juzgar al
vencedor de San Quintín y de Lepanto, ora cortemos por camino que nos
parezca más recto entre los dos extremos que ellos tocan.
¿Hemos de inferir de aquí la completa indiferencia de la doctrina que
expone la poesía, con tal de que la poesía sea verdadera y que la
doctrina se exponga con y por la gracia de Dios? Esto sería llevar hasta
sus últimos límites la negación de que los poetas enseñan, y declararse
decidido partidario del arte por el arte. Más aún se fortalece en mi
espíritu este modo de pensar, cuando examino las obras de poetas acaso
demás valer y más radicalmente discrepantes. Sean estos poetas los tres
italianos contemporáneos, Manzoni, Leopardi y Carducci. ¿No es raro
fenómeno que nos encante el himno sacro a _La Pentecostés_, lleno de
profunda fe católica y de la viva esperanza de que la religión de Cristo
es la definitiva religión de nuestro linaje, informando y causando todo
su progreso y mejora; que nos encante también la oda _A las fuentes del
Clitumno_, cuya inspiración es enteramente contraria, saludando con
júbilo el poeta a la humanidad que supone regenerada porque reniega de
creencias que la envilecen y adopta algo a modo del gentilismo antiguo;
y que nos encanten, por último, no ya las esperanzas católicas de
Manzoni, ni las esperanzas gentílicas de Carducci, sino la desesperación
sublime y el pesimismo de Leopardi, que niega a Dios, o le llama con
espantosa blasfemia _feo poder que impera oculto para daño de todas las
criaturas_?
Harto he cavilado yo y cavilo para explicar este fenómeno. Voy a ver si
atino a exponer aquí en cifra el resultado de mis cavilaciones.
Sin duda, me digo, el fundamento mental de la poesía es como el
fundamento mental de las matemáticas y de la dialéctica. Hay en el alma
humana ciertos primeros principios, evidentes por sí, inconcusos e
indemostrables, cierta idea en suma, cuyo desenvolvimiento constituye la
ley del pensar y la ciencia del cálculo. Y no es la tal idea puramente
sugetiva, mera forma o condición de nuestro entendimiento, sino que por
fe irresistible tenemos y damos por seguro que en la mente de cuantos
seres superiores al hombre hay o pueda haber en otros mundos, y aun en
la misma mente suprema, ha de residir la idea misma aunque más
ampliamente desarrollada, abarcándolo y penetrándolo todo y bañando en
su pura luz lo infinito y eterno.