Entre las mil desventuras que afligen hoy a la madre España, no es la

menor el prurito de remediarlas que se ha apoderado de multitud de

personas. Brotan de este prurito, como de abundante venero, arengas

políticas y sociales, artículos de fondo, novelas y dramas y no pocos

libros científicos, o casi científicos, que bien pudiéramos calificar de

terapéutica política o de _psicoiatría_ endémica. Y no se entienda que

condene yo el prurito, que es natural e invencible, ni menos el

resultado, que, si no llega a ser provechoso, es sin duda, o puede ser,

ya divertido, ya interesante. ¿Y cómo condenarlos sin condenarme yo

mismo, que me he metido también a curandero escribiendo o dictando

modestamente algunas recetas? Lo que a mí me desagrada, o más bien me

asusta, no son las mismas recetas, ya pronunciadas, ya escritas, en la

tribuna, en el teatro, en los periódicos o en gruesos volúmenes, sino

que la gente se apasione de lo que las recetas prescriben, mire en ello

la más excelente panacea y se empeñe en aplicársela a la patria enferma,

turbando el reposo de que necesita más que de nada para convalecer y

recobrar la salud y el vigor antiguos.

De todos modos, los libros escritos y publicados ya, con el intento de

curarnos y de regenerarnos, merecen detenido estudio, al cual, si Dios

me da vida y buen humor, pienso yo dedicarme, no sin esperanza de

recoger algún fruto, de ilustrarme un poco y de contribuir teóricamente,

ya que para la práctica estoy inválido, a la regeneración deseada.

Por lo pronto, me limitaré a indicar aquí varias dudas que se me

ofrecen, porque yo creo que en toda ciencia o en todo arte de medicina

lo primero ha de ser el conocimiento de la enfermedad, y lo segundo

hallar y aplicar el remedio.

La enfermedad permanece oculta a menudo, y sólo se conocen síntomas,

fenómenos externos, visibles o tangibles, que son efecto y no causa. Y

si tomamos por causa el efecto, ¿no nos exponemos a errar la cura? Tal

es la consideración que me desalienta, que me retrae del oficio de

curandero y que me mueve a no dar mayor crédito que el que me doy a mí

mismo a otros curanderos más confiados.

Diré aquí, sobre el particular, lo que me inspira el sentido común

precientífico y rastrero.

¿Quién no convendrá conmigo en afirmar, como repetidas veces he afirmado

en otras ocasiones, que España es hoy más rica, sustenta más gente,

cultiva mejor sus campos, tiene más industria y comercio y puede

jactarse de poseer hijos ilustres, tan listos, tan bien hablados, tan

discretos y habilidosos como en cualquiera otra época de su historia? La

decadencia, la postración, la degeneración, o como queramos llamarla, no

es, por consiguiente, absoluta, sino relativa. En el camino del

progreso, por donde van las naciones de Europa guiando y mandando al

resto del linaje humano, y esto desde hace veinticinco o treinta siglos,

España se ha quedado últimamente muy atrás, y de aquí el aislamiento

desdeñoso en que nos dejan los que van delante, nuestra desconfianza y

el abatimiento tan propio en quien de sí mismo desconfía.

Por algo a modo de violenta reacción espiritual, hay momentos en que

para no estar abatidos nos ensoberbecemos más de lo justo, ponderamos el

mérito de nuestros hombres y de nuestras cosas de los tiempos pasados, y

hasta llegamos a hacer la apoteosis, o al menos los más superlativos

encomios, ya de esto, ya de aquello de los tiempos presentes. Entonces

calificamos de invicto al general que nos entusiasma; de más elocuente

que Cicerón y Demóstenes a nuestro orador favorito; y al autor de la

comedia o del drama que hemos aplaudido de mucho más sublime que

Shakespeare, cuyas obras por lo común hemos tenido la precaución de no

leer.

Por desgracia, este laudatorio entusiasmo se apaga pronto como fuego de

estopa, y postración más honda vuelve a enseñorearse de nuestras almas,

contristándolas y humillándolas.

Hay cierta manera de discurrir de la que muchos sujetos no se dan

cuenta. Discurren sin percibir que discurren, y las consecuencias que

sacan suelen ser muy crueles. De la inferioridad patente, visible y

clara en los asuntos y casos de la vida práctica, deducen nuestra

inferioridad en cuanto hay de más sustancial e importante en el ser y en

la vida de los pueblos. Pongamos un ejemplo que aclare y explique mejor

esta idea.

Figurémonos a una dama, hermosa y rica, que quiere vivir y vive en

España con todos los refinamientos y primores que ahora se estilan. Esta

dama hará venir de Inglaterra sus coches y sus caballos, y de Francia

sus tocados y vestidos. Tal vez, recelando que una cocinera española la

envenene, hará venir de tierra extranjera, conformándose con la opinión

de un aristocrático vate, a

Cierto químico excelente

Que estudió y ganó la borla

En el _Café de París_,

De cocineros Sorbona.

Realizado todo esto, sobreviene fatalmente el discurso antes indicado.

Cuando aquí, discurrirá la dama, ni se teje con el primor que en

Francia, ni se hacen coches como los ingleses, ni se crían tan hermosos

caballos, ni se confeccionan sombreretes y vestidos como en París, ni se

condimentan siquiera los sabrosos guisos que deleitan mi paladar, es

indudable que en otras tareas de mayor empeño y en otras producciones

más altas no habremos de lucirnos. Me conviene, pues, desdeñar por que

deben tener poquísimo valor y ser muy _latosas_, como se dice ahora, las

novelas, las poesías y hasta las filosofías de mi tierra. En virtud de

tal consideración, o la dama no tomará jamás un libro en sus blancas y

lindas manos, o si despunta por lo literata o lo filósofa, traerá

también de París su pasto espiritual, como trae sus primores, adornos,

elegancias y materiales regalos.

No se me tilde de delator. Yo no delataría ni acusaría a la dama, si

ella sola pecase. Cuál más, cuál menos, todos pecamos por el mismo

estilo. Tire la primera piedra contra la culpada quien se considere

inocente.

Profundas raíces tiene en nuestro suelo el árbol de nuestra antiquísima

y castiza cultura. Las semillas exóticas, aunque sean alimenticias y

gustosas, y la mala hierba también venida de fuera, no ahogan dicho

árbol, ni cercándole y abrasándole le secan y le chupan el jugo todavía;

pero ya empiezan a deteriorarle un poco. El galicismo de pensamientos va

invadiendo nuestras mentes más de lo que debiera. No repruebo yo en

absoluto la imitación; pero es menester que el recto juicio se adelante

a desechar lo malo y a elegir lo bueno para que después se imite. Lo

lastimoso es que imitemos sin la mencionada previa selección, que toda

simpleza o extravagancia transpirenaica nos seduzca, y que nos dejemos

arrebatar por el entusiasmo sin que haya criterio razonable que nos

refrene.

Días ha que vive aislado quien escribe este artículo y sin prestar

atención, por su vejez y sus enfermedades, a casi nada de lo que ocurre

fuera de España, a las más flamantes doctrinas filosóficas, a la

dirección que toma y sigue la mayoría de los espíritus y a la corriente

de ideas y opiniones que informan la novísima literatura; pero lo ve

todo, retratado como en fiel espejo, en las producciones literarias

españolas de ahora, sobre todo cuando presumen de contener o de ser

filosofía. Siempre condeno yo o deploro este remedo, esta carencia o

escasez de originalidad castiza; pero me parece difícil o imposible de

evitar que así sea, y absuelvo al escritor o al pensador en quien noto

esta falta. ¿Cómo no cometerla aceptando el concepto que de la filosofía

generalmente se forma hoy? ¿Y por qué digo se forma hoy, cuando debiera

decir que se ha formado siempre? Ya desde muy antiguo sonaba en las

aulas cierto familiar proverbio que he de atreverme a citar aquí, porque

viene en apoyo de mi aserto, aunque se vale de palabras nada bonitas ya

de puro vulgares. El proverbio dice: _La Gramática con babas y la

Filosofía con barbas_, lo cual significa que en el orden dialéctico

podrá ser la filosofía el principio y el fundamento de todo saber; pero

en el orden cronológico la filosofía es lo último que se aprende o puede

aprenderse: es el firme asiento, el trono solidísimo y seguro donde la

reflexión pone o cree poner a la ciencia que experimentalmente y por

larga serie de observaciones y de análisis ha adquirido y ordenado.

Muéveme a decir esto la lectura de un libro reciente titulado

_Inducciones_, debido al notable y cultivadísimo ingenio y al elocuente

entusiasmo del Sr. D. Pompeyo Gener.

Mucho me complace coincidir con autor tan entendido en tener el mismo

concepto de la filosofía. Indiscutible es para mí que no se filosofa

bien sin previo conocimiento empírico de aquello sobre que se filosofa,

y que cuando no filosofamos sobre algo, la filosofía tiene que ser vana

y mero juego de palabras vacías de sentido. Ahora bien: como desde hace

mucho tiempo, y sea por lo que sea, no nos hemos lucido los españoles en

las ciencias de observación y en el estudio de la naturaleza o del

universo visible, bien se puede inferir que la corona de dichas ciencias

y de dicho estudio, o sea la filosofía, o tiene que ser entre nosotros

anacrónica y fuera de moda, o hasta cierto punto tiene que ser

importada, como el telégrafo eléctrico, la fotografía, el teléfono, el

fonógrafo y no pocas otras invenciones sutiles y pasmosas.

No se extrañe, pues, que importemos en España filosofía como importamos

las invenciones mencionadas. Conviene, no obstante, hacer una

distinción. Tomemos para ejemplo cualquiera de los precitados

artificios: el teléfono, pongamos por caso. Su utilidad y su realidad se

hallan tan probadas, que no hay medio de que nos engañemos. Podrá ser

que en la práctica seamos más torpes, lo hagamos mal y resulten

inconvenientes; pero al fin y al cabo aprenderemos a telefonear. Yo creo

que ya hemos aprendido, y que en España telefoneamos tan bien como en

cualquiera otro país del mundo. Pero la filosofía, y perdóneseme lo

rastrero y humilde de la expresión, es harina de otro costal: es asunto

mil y mil veces más complicado y misterioso, y bien puede acontecer, y

a mi ver acontece, que tomemos por verdad la mentira, por realidad el

sueño y por razonamiento juicioso los mayores delirios.

Puede acontecer igualmente algo contrario a lo que acontece con los

inventos de las ciencias naturales, que van todos de acuerdo y no se

oponen unos a otros ni braman de verse juntos, como vulgarmente se dice.

En las doctrinas filosóficas, si las tomamos de aquí y de allí, sin

mucho criterio, y nos empeñamos en amalgamarlas, resulta o puede

resultar una mezcla desatinada e informe, un conjunto de ideas que se

rechazan y se excluyen. Algo de esto entiendo yo que hay en el libro del

señor Don Pompeyo Gener, por más que me deleite leerle y aplauda el

fervor propagandista y filantrópico que le ha dictado, y la elocuencia,

el saber y el alto y claro entendimiento que en todas sus páginas

resplandecen.

Antes de criticar este libro, mal o bien según mis fuerzas lo permitan,

pero sin prevención adversa, debo y quiero hacer dos observaciones. Es

la primera, que me valdré sólo de mi razón natural, colocando con mucho

respeto las creencias, adquiridas por educación, tradición y revelación,

en una a modo de arca santa, de donde tal vez necesite sacarlas más

tarde, si yo mismo, imitando a Noe, no me introduzco y refugio también

en el arca para huir del diluvio de disparates que podrá salir de mi

estudio, como el famoso diluvio de las aguas salió de las rotas o

abiertas cataratas del cielo.

Es la segunda observación, que aun suponiendo todo cuanto yo encuentre

en el libro del Sr. Gener contradictorio y absurdo, no se amengua el

valor estético del libro ni se deshace el encanto que su lectura

produce. No necesito yo creer que irritado Apolo por la ofensa hecha a

su sacerdote, bajó furioso del Olimpo y mató a los aquivos a flechazos,

ni que Ulises y Pirro se escondieron en el hueco vientre de un caballo

de madera, para deleitarme leyendo las hermosas epopeyas de Homero y de

Virgilio.

Hechas tan convenientes observaciones, empezaré tratando de lo que en el

libro del señor Gener me parece más consolador y satisfactorio: la

afirmación del progreso indefinido de nuestro linaje; el convencimiento

de que se vencerán y salvarán los obstáculos todos, y de que la

humanidad irá elevándose más cada día a las regiones serenas de la luz,

del bien y de la belleza.

Recientemente, disipadas las dudas enojosas que solían atormentar su

alma, el más enérgico, inspirado y elegante de nuestros líricos, Don

Gaspar Núñez de Arce, ha dado a la estampa un admirable poema, donde el

referido convencimiento se manifiesta y brilla en imágenes y símbolos

maravillosos, revestido con todas las galas y adornado con todos los

dijes y primores de la poesía, y no por eso menos terminante ni menos

claro que si en prosa metódica y didáctica apareciese expuesto. Aunque

en la noche obscura, en el tortuoso y áspero camino y en la larga y

cansada peregrinación, busquemos en balde reposo en las ruinas del

templo, y pidamos inútilmente consolación y fe a los monjes difuntos,

todavía una fe más radical y más íntima persiste en el ápice de la

mente, surge del abismo del alma y no nos abandona. Todavía nos asiste

Dios, nos guía y nos conforta. Las ruinas no deben entristecernos ni

arredrarnos. No hay revolución ni cataclismo que baste a derribar el

edificio erigido por esa nuestra fe superior e inmortal, ni que pueda

conmover la base

De la admirable catedral inmensa,

Como el espacio transparente y clara,

Que tiene por sostén el hondo anhelo

De las conciencias, la piedad por ara

Y por nave la bóveda del cielo.

Impulsado por esa fe superior y por la esperanza que de ella nace,

desecha el hombre temores y dudas, dice _¡Sursum corda!_, prosigue con

valentía su camino y logra al fin llegar a la cumbre, si no término,

porque no le tiene su anhelo infinito, lugar excelso de descanso desde

donde percibe, bañado en la radiante luz de la verdad, el no soñado

objeto de sus más altas aspiraciones.

Doctrina semejante por lo progresista a la que expone el poeta en sus

bellísimos versos, es la expuesta más ampliamente por el señor Gener en

prosa llena de lirismo y en un libro o tratado cuyo título es _Evangelio

de la vida_, no publicado aún por completo, pero del que su autor nos

comunica por lo pronto el prefacio y algunos magníficos trozos como

muestra o anuncio.

Contra las afirmaciones en que conviene Gener con Núñez de Arce, nada

tenemos que objetar; pero Gener complica dichas afirmaciones con no

pocas otras de diverso carácter y procedencia, y éstas, o las negamos, o

aplicando a su examen un circunspecto escepticismo, las ponemos en

cuarentena.

¿Quién ha de dudar ya de que el linaje humano progresa, apropiándose y

acumulando la espléndida herencia de muchas generaciones, custodiando en

los libros cuanto ha averiguado y sabe y divulgándolo por medio de la

imprenta, y valiéndose además de mil útiles o deleitables artificios con

los que se recrea, o de los que se aprovecha para hacer más cómoda, más

amena y más grata la vida? En este punto capital todos estamos de

acuerdo. Toquemos ahora aquellos otros puntos en que no puede menos de

haber discrepancia.

No hemos de discutir aquí el transformismo de Darwin. Aceptemos, como si

lo hubiésemos presenciado, como si hubiésemos sido testigos oculares de

sucesos tan felices, que, en determinado momento, de súbito o con

lentitud, por evolución suave o como se quiera, el mono de cierta clase

se transformó en _antropoide_ o en _antropisco_, estúpido y _alalo_

todavía, y que un poco más tarde, por procedimientos análogos, el

_antropisco o antropoide_ adquirió la palabra, se soltó a hablar y se

convirtió en hombre hecho y derecho. Humanado ya, bien podemos cifrar

toda su ulterior historia en estos hermosos versos del ya mencionado

poeta:

Adán caído o transformada fiera

(¿Quién su origen conoce?) inventó el hacha,

Derribó el árbol, encendió la hoguera,

Arrancó al bosque sazonados frutos,

Hizo la choza, desgarró el misterio,

Mató los monstruos y domó los brutos

Tras prolongada y formidable guerra,

Erigió la ciudad, fundó su imperio,

Surcó la mar y dominó la tierra.

Y por último, ya que no debamos citar aquí más largo trozo de tan

admirable composición, el hombre, después de sorprender el rumbo de las

estrellas y de dar firmeza y duración a la palabra fugitiva,

Alas resplandecientes a su idea;

Valor al débil, libertad al siervo,

según expresa el poeta valiéndose de una atinada paráfrasis del famoso

epitafio de Franklin, consiguió arrebatar

A las entrañas de la nube el rayo

Y el cetro a la infecunda tiranía.

Todo esto está muy bien. ¿Quién no lo aprueba? ¿Quién no lo aplaude? Lo

que yo no apruebo, lo que yo no aplaudo, aquello con que no me conformo,

porque si llegase yo a ser de los favorecidos me daría muchísima lástima

de los que no lo fuesen, y si no llegaba a ser de los favorecidos,

tendría yo grandísima lástima de mí, lo cual casi es peor, es que se

_desdoble_ el género humano el día menos pensado, y elevándose unos a la

condición de _super-hombres_, se conviertan los demás en _sub-hombres_ y

vuelvan a ser _antropiscos_, retrocediendo hasta el mono, o mereciendo

la calificación de _superfluos_ con que el Sr. D. Pompeyo Gener ya los

designa, calificación ominosa, anatema lanzado sobre ellos y que al

sacrificio y a la desaparición los predestina.

Mi filantropía, mi piedad y la arraigada creencia de mi espíritu en un

Dios omnipotente y misericordioso, me llevan a repugnar en toda su

brutal extensión y en sus crueles consecuencias eso que llaman la lucha

por la vida. Ya se arreglarán las cosas de suerte que, por mucho que se

aumente la población, quepamos todos con holgura en este planeta y no

nos falten buenos bocados para alimentarnos, casas en que vivir y lindos

trajes con que vestirnos, salir de paseo e ir a las tertulias, a los

teatros y hasta a los toros, si este espectáculo no se suprime por

bárbaro en las edades venideras. De poco o de nada valdría el progreso;

el progreso sería espantoso sarcasmo si viniese a parar en ser sólo para

unos cuantos: para la glorificación y la bienaventuranza terrestre de

razas privilegiadas, que necesitarían someter a las razas inferiores o

tal vez exterminarlas, no bien se multiplicasen demasiado y no cupiesen

ya sobre el haz de la tierra. Abominable, perversa y sin entrañas es la

tal doctrina, aunque la haya predicado Federico Nietzsche, apoyándose en

ideas y sentencias de aquel antiquísimo profeta del Irán, a quien

llamaron los griegos Zoroastro. El Sr. Gener adopta en parte la opinión

de Federico Nietzsche, y en parte la reprueba.

Vamos a ver si lo ponemos todo en claro.

Si en efecto llegase a aparecer el _super-hombre_, en lo que como

Nietzsche cree a pies juntillas el Sr. Gener, todos cuantos no

alcanzásemos la _super-hombría_, según Nietzsche, que es poco

caritativo, caeríamos en abyecta _animalidad_, seríamos como esclavos

del _super-hombre_, y nuestra raza se extinguiría al cabo por inútil o

por nociva. Ocurriría con el hombre de ahora lo propio que, después de

la aparición del tal hombre, ha ocurrido con el _antropisco_, de quien

no se encuentran ya ni señales ni rastros, aunque los busquemos con un

candil o con la linterna de Diógenes. Más compasivo el Sr. Gener, me

parece o entreveo que se inclina a que el _sub-hombre_ o el _supérfluo_

se conserve y viva, bajo la tutela o protectorado del _super-hombre_

triunfante. Bien podrá éste echarse a cavilar y hasta repetir el antiguo

proverbio: _cuando las barbas de tu vecino vieres pelar, pon las tuyas

en remojo_. Las cosas no han de parar aquí: la evolución no puede darse

por terminada. El progreso es indefinido. Nadie columbra la meta o el

término:

Amplius et volvens fatorum arcana movebo.

En pos del _super-hombre_, por evolución y selección surgirá de su seno

el _archisuper-hombre_, el cual podrá tratar tan desapiadadamente al

_super hombre_ como éste al hombre haya tratado. Y así sucesivamente sin

que se vea el fin de las mudanzas y de los ascensos, _per omnia secula

seculorum_.

Ora nos agrade o nos desagrade, ora nos tenga cuenta, ora no nos tenga

cuenta, si el _super-hombre_ ha de venir, vendrá pese a quien pese. Ni

conservadores ni retrógrados podrán impedirlo. Sobre este punto

Nietzsche y Gener se hallan en perfecta consonancia. Veamos ahora en lo

que disienten y en lo que Gener, en mi opinión, con muchísimo juicio,

enmienda a Nietzsche la plana. Digamos algo primero sobre este filósofo,

el más original y el más estupendo que, según asegura Gener, ha

florecido en la segunda mitad del siglo XIX. Era polaco de nación,

súbdito alemán y profesor de Filología clásica, no nos importa saber en

qué Universidad o Instituto. Sobrevino la guerra entre Alemania y

Francia, en la que Francia quedó vencida. Y Nietzsche entonces, en

cumplimiento de las leyes, se vio obligado a tomar las armas y a ir a la

guerra. Antes de aquellos días Nietzsche apenas se había distinguido;

pero, hallándose en el cerco de París, un casco de granada hirió y

derribó su caballo, y Nietzsche mismo cayó por tierra maltrecho y con

una profunda conmoción cerebral. Afirman discípulos de Nietzsche que

esta caída del maestro fue semejante en sus efectos a la que tuvo San

Pablo en el camino de Damasco. Lo cierto es que al recobrarse de la

caída, Nietzsche se convirtió en otro hombre: apareció profeta, apóstol

y, por último, loco.

Recuerdo yo, no haber leído, sino haber oído contar, en el aula del

Seminario donde estudié Filosofía, sin averiguar más tarde en qué

autoridad, documentos o testimonios se apoyaba la historia, que el

doctísimo Cornelio a Lápide fue en su niñez una criatura casi tonta o

insignificante por lo menos, pero que paseando un día por los

alrededores de su lugar, tuvo la desgracia o la fortuna de encontrarse

en medio de dos partidas o bandos de muchachos, que estaban

apedreándose, y de recibir en la cabeza una tremenda pedrada. Este golpe

le trastornó y le modificó tan dichosamente el encéfalo, que, no bien

sanó de su grave y peligrosa herida, se convirtió en uno de los más

agudos y sublimes sabios jesuitas que hubo en el siglo XVII: escribió

luminosos comentarios del _Pentateuco_, y otras obras no menos útiles

que forman juntas diez o doce tomos en folio; y, por último, murió en

Roma en olor de santidad. Sin duda a Nietzsche hubo de sucederle algo

parecido. «Opinan algunos fisiólogos alemanes, dice Gener, que la

contusión que recibiera al caerse del caballo enfrente de la capital del

mundo civilizado, fue, como la caída de San Pablo en el camino de

Damasco, el origen de su inspiración y de su genio. Sea de ello lo que

se quiera, lo cierto es que su visión filosófica especial del Universo

se le desarrolló tan sólo después de esta época.»

Si Nietzsche hubiera sido polaco puro, completamente _ario_, su visión

filosófica del Universo, su sistema se ajustaría con exactitud al del

Sr. Gener; pero el Sr. Gener sospecha que en el organismo o en la sangre

de Nietzsche había no poco de mogol o de tártaro, producida tal vez

dicha mezcla cuando invadieron el Oriente de Europa las hordas de

Gengis-Kan, de Timur o de otros fieros conquistadores turaníes. La

verdad es que en Nietzsche hay dos elementos o factores de su genio,

procedentes ambos de atavismo: uno _ario_, y Gener acepta todo el

producto de este factor; otra _turaní o mogol_ que mueve a Nietzsche a

ser despótico, cruel y sin entrañas.

El Superhombre y otras novedades · 第 2 / 19 段