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JUAN VALERA
El Superhombre
y otras novedades
ARTÍCULOS CRITICOS
sobre producciones literarias de fines del siglo XIX y principios del XX.
MADRID
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Carrera de San Jerónimo, 2
1903
Es propiedad del autor. Queda hecho el depósito que marca la ley.
Imprenta de Ricardo Fé, calle del Olmo, núm. 4
* * * * *
ÍNDICE
El Superhombre 1
Las inducciones del Sr. D. Pompeyo Gener 37
La irresponsabilidad de los poetas 71
La purificación de la poesía 83
Don Cristóbal de Moura, primer Marqués de Castel-Rodrigo 93
El espectáculo más nacional 115
«El extraño» 137
Sobre la novela de nuestros días 149
Del progreso en el arte de la palabra 159
El filósofo autodidacto 197
Sobre la duración del habla castellana con motivo de algunas frases del
Sr. Cuervo 209
Nueva edición de _La Celestina_ 223
Biblioteca de filosofía y sociología 237
El regionalismo literario en Andalucía 249
La goletera, por Arturo Reyes 275
Las novelas ejemplares de Cervantes, por F. A. de Icaza 281
El buen paño..., novela por J. F. Muñoz Pabón, presbítero 285
Lully Arjona, novela por D. Alfonso Danvila 289
Mariquita León, novela original de José Nogales y Nogales 297
Aventuras, inventos y mixtificaciones de Silvestre Paradox 303
El último patriota, novela por José Nogales y Nogales 309
Isaac, por Javier Lasso de la Vega 321
Discurso pronunciado por doña Emilia Pardo Bazán en los Juegos florales
de Orense, en la noche del 7 de Junio de 1901 331
Novelas recientes 345
Sobre la _Cuestión de ambiente_ 383
* * * * *
EL SUPERHOMBRE
_Forcitan et majora audens producere tellus Corumque, Enceladumque
feret, magnumque Tiphoea, Ausuros patrio superos detrudere coelo,
Convulsumque Ossam nemoroso imponere Olympo._
Fracastorii: DE MORBO GALLICO.
La vida intelectual me parece que en Francia, más que en nación alguna,
está reconcentrada en su capital, París. En Alemania hay muchos centros,
como Berlín, Leipzig y Stuttgard, que persisten, a pesar de la unidad
política creada por el Imperio. En los Estados Unidos, con no menor
actividad, se escriben y se publican libros en Nueva York, en Boston, en
Filadelfia o en Chicago. Y en nuestra España, aunque proporcionalmente
se escribe menos y se lee mucho menos, la producción literaria no está
encerrada en Madrid, sino que se muestra en varias ciudades de
provincia, especialmente en Sevilla, Bilbao y Barcelona. Mucho me
felicitaría yo de todo esto, aplaudiéndolo, si la manía del regionalismo
no lo echase un poquito a perder; pero hoy quiero prescindir del
regionalismo y no decir de él una palabra. Diré, sí, que Barcelona
compite con Madrid, y aun se adelanta y supera a Madrid en muchos
puntos. Y también diré que los madrileños y los que en Madrid
habitualmente vivimos, no ignoramos ni desdeñamos, como tal vez hace
treinta o cuarenta años, lo que en Barcelona se escribe y se publica,
aunque sea en catalán o en francés y no en el idioma castellano, que
prevalece desde hace cuatro siglos como idioma nacional, español por
excelencia, que se extiende desde California al estrecho de Magallanes,
y que se habla y se escribe, no sólo en esta Península y en las islas
que son aún sus posesiones, sino también en dieciséis o diecisiete
Repúblicas o Estados independientes. Cuando crezcan en todos ellos la
población, la prosperidad y la cultura, bien podrá lisonjearse cualquier
literato o sabio de mérito, si escribe en castellano, de que contará,
naturalmente, con un público de los más numerosos y extendidos que hay
sobre la superficie de la tierra.
Entonces, como ahora, todo cuanto se produzca escrito en castellano,
vendrá a enriquecer el tesoro literario español, y, si vale algo, será
recibido, no con celosa envidia, sino con satisfacción y con júbilo por
todo el que se precie de español y sienta en el alma el amor de la
_patria grande_, o sea de la casta.
Lo que es yo, y no me tengo por excepcional ni por raro, lo mismo
celebraré la aparición de un buen libro, en verso o en prosa, en
Caracas, en Bogotá o en Quito, que en Málaga o en Zaragoza. Niego, pues,
ese desdén, esa rivalidad que entreveo que se nos supone, a los que
escribimos en Madrid, contra los que escriben en español en otras
ciudades, y singularmente en las de Cataluña. ¡Ojalá escribiesen allí
cosas tan buenas que, sin excitar nuestra envidia, despertasen en
nosotros emulación noble y nos moviesen a escribir con mayor tino,
primor e ingenio que en el día!
Como quiera que ello sea, yo de mí puedo decir que cuando sé de un autor
nuevo o leo un libro nuevo, en castellano, prescindo para elogiarle de
la región en que está escrito o impreso, y le elogio cuanto merece y tal
vez proporcionalmente más, según la distancia desde donde el libro
viene, causándome por ello impresión más grata y peregrina.
Largo es el anterior preámbulo, pero no está de sobra, para afirmar aquí
que, si bien no he leído yo _La Muerte y el Diablo y Herejías_, de D.
Pompeyo Gener, ha sido por descuido y no por malquerencia regional, y
que ahora, después de haber leído el flamante libro del mismo autor,
titulado _Amigos y Maestros_, hallo que su autor es digno de
consideración detenida y de extraordinario aplauso. Y aunque sea en
cifra y resumen, por no tener lugar ni tiempo para más, voy a dar aquí
alguna noticia de dicho libro, tratando de realzar las elevadas prendas
de pensador ingenioso, de escritor elegante y fácil y de persona docta y
discreta, que ha mostrado el autor al componerle.
Para gustar de un autor no es menester coincidir con él en opiniones y
creencias, ni mucho menos dejarse convencer por sus razonamientos. A
menudo suele sucederme lo contrario, y así me sucede con el libro de D.
Pompeyo Gener. Mucho tengo que aplaudir en dicho libro, y muy poco de lo
que dice me convence, aunque aplaudo el entusiasmo, el saber y él
ingenio con que lo dice. Ténganse por dados mis aplausos, y permítaseme
que contradiga yo algunos de los asertos del Sr. Gener, considerándolos
completamente erróneos, o bien que ponga reparos y haga observaciones
sobre los que hallo conformes a medias con lo verdadero y lo justo.
_Amigos y Maestros_ es una colección de semblanzas o retratos de
escritores franceses todos, menos uno, Joaquín María Bartrina. Justo
sería el panegírico que hace Gener de este singular ingenio si no
quisiera realzarle con odiosas comparaciones, tildando de palabreros,
confusos y difusos a los demás poetas de España, y suponiendo que deben
la fama de que gozan a que viven en Madrid, y sin duda forman parte de
una sociedad de elogios mutuos. Yo no puedo convenir con el Sr. Gener en
que España es madrastra y no madre de sus mejores hijos, cuyo mérito no
confiesa hasta que los extranjeros le reconocen y proclaman; y que, en
cambio, pone por las nubes a medianías y hasta a nulidades intrigantes.
No fueron ni son nulidades, ni medianías, Quintana, Gallego, Espronceda,
Zorrilla, Hartzenbusch, García Gutiérrez, Tamayo, Querol, Núñez de Arce,
Ferrari y no pocos otros, que viven aún, y que no deben su reputación,
ni a las alabanzas de los periódicos de Madrid, ni al descubrimiento y a
la declaración que hayan hecho de su valer críticos extranjeros.
Crea el Sr. Gener que Bartrina no vale más en el concepto que se forma
de él, después de leída su semblanza, que en el concepto que de Bartrina
teníamos formado antes de dicha lectura. Tal vez sea más claro el primer
concepto. Yo, al menos, no puedo conciliar que Bartrina se parezca al
mismo tiempo al sencillo, elegante, sincero y clásico Leopardi y al
afectadísimo, falso y extravagante Baudelaire. En el único predicamento
en que pueden entrar a la vez los tres poetas, es en el de ser los tres
incrédulos, enfermizos, tristes y desesperados. En todo lo demás se
diferencian muchísimo. Y, si hemos de hablar con franqueza, así
Baudelaire como Bartrina se quedan muy por bajo a infinita distancia de
Leopardi, uno de los más admirables poetas líricos que ha habido en
Europa en el siglo presente, tan glorioso y fecundo en este género de
poesía.
Las demás semblanzas, según dejé ya apuntado, son todas de escritores
franceses, y yo no puedo menos de alegrarme de que la crítica juiciosa
se emplee en ellos y los dé a conocer en España. Celebro asimismo el
apasionado afecto y la generosidad con que el Sr. Gener los colma de
alabanzas. Yo convengo y he convenido siempre en que Francia posee amena
y riquísima literatura, y en que es fecunda y dichosa madre de
originales y elegantes escritores, cuyas obras son acaso las más leídas
y celebradas en los países extraños, por donde el pensamiento y el
idioma y hasta el sentir de los franceses se imponen y predominan entre
los otros pueblos. Pero esta hegemonía de Francia en letras y en artes,
no sólo da a Francia entre los extranjeros fundadísimo crédito, sino
también prestigio deslumbrador, que los solicita y estimula a la
admiración más ciega, a los encomios más hiperbólicos y muy a menudo a
la desmañada imitación de lo peor, originando modas en lo que se escribe
y en lo que se piensa, como las hay en lo que se viste y en el menaje de
las casas. Contra esto importa precaverse y estar sobre aviso. De aquí
que tal vez los personajes que el Sr. Gener retrata en su libro queden
tasados en su justo valer si rebajamos siquiera una tercera parte de las
alabanzas que el Sr. Gener les prodiga. Debe además decirse que todos
ellos están bien estudiados, tienen el conveniente parecido en el
retrato y éste es una bella pintura que califica de atinado observador y
de hábil artista a quien acertó a trazarla.
En general, todavía tengo yo que poner otro reparo a las semblanzas del
Sr. Gener, o más bien aconsejar a los lectores que se aperciban contra
ellas de cierta cautela, más indispensable a los españoles que a los
hombres de otros países.
En España, ya sea por nuestra natural condición, ya sea porque
escribiendo para el público o siendo artista se llama menos la atención
y se adquiere menos dinero y menos gloria que en otros países y, por
consiguiente, hay poco incentivo para dedicarse con constancia a lo que
llaman en francés la _pose_, la verdad es que entre nosotros la _pose_
apenas se estila o se usa, y cuando se usa o se estila es de un modo
superficial y efímero y no con la honda tenacidad y persistencia que
suelen tener en ella los escritores y los artistas franceses. Digo esto
a fin de advertir que no debemos tomar con seriedad la _pose_
mencionada, y a fin de censurar al Sr. Gener, aunque muy blanda y
amistosamente, de que a veces toma dicha _pose_ muy por lo serio.
Válganos para muestra muchas cosas que refiere de Sarah Bernard, aunque
en este caso es disculpa y aun plena justificación la galantería. La
simpática y encantadora actriz posee en toda su persona vencedor y
misterioso atractivo; con él y por él seduce y hechiza, como si fuera
más hermosa que la Venus de Milo; se viste con lujo, esmero y gracia
admirables, y su voz es argentina y simpática y tiene matices,
inflexiones y tonos propios para expresar toda pasión y todo
sentimiento: la ternura amorosa, los celos, la soberbia y la ira. Su
andar, sus gestos, las posiciones que toma y los movimientos que hace,
todo está magistralmente estudiado y ejecutado con inspiración y
destreza. En suma, para elogiar a Sarah Bernard, yo me conformo, o más
bien me complazco, en ser eco del Sr. Gener o de quien más la elogie. En
lo único que no soy eco y en lo único que resulta la disonancia es en lo
que me parece afectada ponderación; algo que veo en mi espíritu como
trasladado a la vida real desde lo sofístico y aparente del teatro.
¿Cómo he de creer yo con formalidad y sin risa que para representar bien
a la emperatriz Teodora, mujer de Justiniano, necesita Sarah Bernard
leer a Procopio en griego, atracarse de Pandectas hasta el extremo de
desencuadernar el volumen que las contiene y hacer otros mil estudios
profundos y enrevesados para enterarse de cosas que probablemente la
misma emperatriz jamás supo? Chistes, rarezas y exquisiteces por el
estilo hay en los escritores y en los artistas de todas las
nacionalidades, pero en los franceses se notan más a menudo. El blanco,
al que con esto dirigen la mira, es a pasmar y atolondrar a los
burgueses, mostrándose en vida, costumbres y hábitos, muy apartados de
lo usual, muy inauditos y tan fuera del camino trillado, hasta en los
casos y accidentes más ordinarios y repetidos, que vienen a aparecer, no
como seres humanos, sino como monstruos o criaturas de distinta y
superior especie. Asimismo procuran inculcar en la mente del vulgo un
concepto fantástico de las enormes dificultades de su arte, suponiendo
que para vencerlas son menester requisitos muy singulares, por donde, en
ocasiones, el escritor o el artista que así quiere señalarse, incurre en
pueril pedantería o en charlatanismo a la Dulcamara. Si Sarah Bernard
asegura que para hacer bien el papel de la emperatriz Teodora se
atiborra de crónicas en griego, se traga el Digesto y hace de él una
buena digestión, y hasta interviene en el tejer de las telas con que han
de hacerle los trajes procurando que sean tejidos según el estilo y
manera con que en la edad de Narsetes y de Belisario solía tejerse, yo
doy por cierto que Sarah Bernard embroma a la gente a quienes
semejantes cuidados y esmeradas faenas refiere. Al hablar de todo ello,
debería empezar su discurso como el gracioso doctor de la ópera,
exclamando: _¡udite o rustici!_
El título del libro del Sr. Gener lleva implícita la justificación
contra todo lo que pudiera decirse acerca del mérito relativo de los
personajes cuyos retratos literarios ha hecho. No los ha hecho porque
dichos personajes sean los más egregios, sino porque han sido o porque
son _amigos y maestros_ suyos. Aun así, yo debo convenir y convengo en
que se da la dichosa coincidencia de que sean casi todos los unidos al
Sr. Gener por lazos de amistad, autores de primera nota en Francia,
descollando en aquella nación tan rica en ingenios entre los más famosos
y aplaudidos. Tales son Bourget, Richepín, Taine, Renán, Littré, Claudio
Bernard, Flaubert, Pablo de Saint-Víctor y Víctor Hugo.
Aunque yo no he leído ni estudiado detenidamente todo cuanto dichos
autores han escrito, conozco de ellos lo bastante para tributarles el
más rendido homenaje de mi admiración, poniendo sobre todos a Renán como
prosista, y a Víctor Hugo como poeta.
A veces he censurado yo en Víctor Hugo no pocas extravagancias,
pomposidades y relumbrones falsos y de mal gusto, pero, a pesar de
estos defectos, que yo noto para que no se me acuse de idolatría,
siempre me he complacido en reconocer y confesar que por lo fecundo e
impetuoso de su abundante vena, por su maravillosa fantasía y por su
destreza magistral en el manejo de la lengua, del metro y de la rima,
Víctor Hugo es, si no el primero, uno de los mayores líricos y épicos de
nuestro siglo, rico en poetas más acaso que ningún otro de los siglos
pasados. Dentro del período que abarca la vida de Víctor Hugo conviene
no olvidar que en las naciones cultas de Europa, en alguna de América y
en la misma Francia, el autor de los _Cantos del crepúsculo_ ha tenido
rivales que, si por la fecundidad no le vencen, tal vez por la calidad y
excelencia, pureza y perfección de determinado número de obras, se le
anteponen y le eclipsan. Así, por ejemplo, Manzoni y Leopardi en Italia,
y aun en nuestra pobre y hoy desdeñada España el glorioso cantor de la
imprenta y del levantamiento de las provincias españolas.
Como quiera que ello sea, y con el debido y más profundo respeto a los
personajes literarios y científicos que el Sr. Gener retrata, declaro
que no llego a advertir en ellos la estupenda magnitud y la superioridad
descomunal que me induzcan a presentir, a columbrar y hasta a profetizar
el próximo advenimiento de una raza o casta de hombres muy por encima
de los que en el día visten y calzan y andan por esas plazas, calles y
campos.
A mi ver, ha habido bastantes épocas en la Historia en que la profecía
de ese advenimiento pudo estar más fundada. Tomemos, por ejemplo, los
cien años que van de 1480 a 1580. En seguida se ofrecen a nuestra
memoria Colón, Vasco de Gama, Magallanes, Vives, Suárez, Victoria y
Domingo de Soto, Ignacio de Loyola y Lutero, Rafael y Miguel Ángel,
Ariosto, Camoens y Shakespeare, Galileo, Baccon y Copérnico, y otro
centenar de varones extraordinarios, en toda clase de obras propias del
ingenio y del entendimiento humanos y para todos los gustos, creencias y
doctrinas. Comparados con los personajes que acabamos de citar, los del
presente siglo, yo al menos lo entiendo así, se quedan tamañitos.
Admirable y rico es el fruto que han dado los segundos, pero vale más y
tiene superior importancia el fruto que dieron los primeros. Los
modernos idiomas, balbucientes e imperfectos aún en la Edad Media, se
desenvuelven con pasmoso florecimiento y producen obras maestras en
varias literaturas; se agranda y llega a ser casi cabal, en la mente
humana, el concepto del universo visible; se conocen por experiencia las
cosas materiales de la tierra y del cielo; renace la antigüedad clásica,
y al renacer, y al ser imitada, el prurito de la imitación engendra
nueva y original poesía, divinas creaciones artísticas, flamantes
sistemas filosóficos y hábiles métodos de observación y de estudio para
interrogar a la naturaleza y al espíritu humano y arrancarles sus más
hondos secretos. En parangón de lo que hizo el siglo XVI, resulta
inferior la obra de nuestro siglo, aunque no olvidemos ni dejemos de
incluir en ella ciencias que pueden llamarse nuevas, tan importantes
como la Química y la Filología comparativa, y descubrimientos tan
ingeniosos y útiles como los del vapor para fuerza motriz, la
fotografía, el telégrafo eléctrico, el teléfono y el fonógrafo. Todo
esto vale e importa muchísimo, pero importa y vale muy poco cuando se
compara al transfigurado renacimiento del mundo antiguo y al
descubrimiento del nuevo mundo. Y si entonces no se creyó que iba a
surgir de enmedio de la triunfante humanidad un ser exquisito y perfecto
a quien llamásemos el superhombre, menos razón hay de creerlo ahora
porque Renán escriba la novela sentimental titulada _Vida de Jesús_,
porque haya ferrocarriles y alumbrado eléctrico, y porque se inventen
las máquinas de coser y las bicicletas.
Si yo me dejase dominar por mi fervorosa filantropía y por mi amor a
todo progreso, me dejaría convencer por los argumentos que el Sr. Gener
aduce, y creería, como él, que está próxima la aparición del
superhombre; pero, aunque soy progresista, no lo soy tanto, y aunque
quisiera creer lo que el Sr. Gener cree, acuden a mi espíritu multitud
de dudas que me lo impiden, harto a pesar mío. Voy a poner aquí algunas
de estas dudas según se me vayan ocurriendo. Y voy, además, a presentar
varias enmiendas o modificaciones a la doctrina sobre la humanidad
ascendente, tal como el Sr. Gener la profesa, a fin de que, si al cabo
nos dejamos convencer y la aceptamos, sea modificada o enmendada, según
a mí me parece más razonable y equitativo.
En primer lugar, yo me alegraría de que el ascenso del género humano a
género superhumano fuese general o total, aunque en la superhumanidad
futura hubiese también, como en la humanidad presente, y en la debida
proproporción, ineptos y aptos, torpes y hábiles, y tontos y discretos,
etc.
En el día, Inglaterra, Francia y Alemania, y tal vez alguna otra nación,
no ha de negarse que nos llevan la delantera en este correr disparatado,
en que vamos todos, en el hipódromo de la Historia, aproximándonos ya a
la meta; y sería caso lamentable y necio que por llegar antes a dicha
meta los pueblos del Norte, viniesen de súbito a convertirse en
superhombres, teniendo nosotros, por ir ahora tan rezagados, no ya que
adelantar, sino que retroceder hacia _la animalidad_ o hacia la especie
inferior de que hemos salido, acabando por ser, con relación al recién
aparecido superhombre, lo que hoy es el mono con relación a nosotros.
Con esto no me conformo a pesar de todos los discursos del Sr. Gener y a
pesar de mi acendrado progresismo.
Se me dirá que el que yo me conforme o el que no me conforme no es del
caso. Lo que conviene dilucidar es que el caso sea o que no sea.
Meditemos sobre su posibilidad.
Empezaré por un distingo. Si por progreso se entiende el acumulado
capital de observaciones, estudios, sistemas y descubrimientos que las
generaciones pasadas nos han ido legando, que nosotros conservamos y que
sin duda acrecentamos y mejoramos, yo creo en el progreso a pie
juntillas. El más obscuro bachiller del día sabe más gramática que
Homero; el más humilde catedrático de Instituto sabe más Historia que
Herodoto; y de las cosas naturales, de sus afinidades, composiciones,
descomposición y cambios, sabe más que Hipócrates cualquier adocenado
farmacéutico de aldea. Yo no niego esto. Lo que niego es que ese cúmulo,
que esa ingente cantidad de doctrina, que ese esfuerzo y trabajo del
espíritu de la humanidad, durante tres mil años, haya logrado infundirse
en ese mismo espíritu por tal arte que se haya hecho consustancial con
él, dándole valer y potencia superiores a los que antes tenía. Cierto
que Homero, Herodoto e Hipócrates eran menos instruidos que Víctor Hugo,
Taine, Renán y Claudio Bernard, pero, a mi ver, valían muchísimo más que
ellos. Por donde yo infiero que el tal progreso substancial y personal,
por cuya virtud ha de aparecer pronto el superhombre sobre la faz de
nuestro planeta, no ha dado paso alguno desde hace por lo menos cerca de
treinta siglos. ¿Cómo he de poner yo en duda que Hegel sabía más
química, astronomía, zoología, mecánica, historia, etc., que el propio
Aristóteles? Y sin embargo, con ser Hegel tan original y poderoso
pensador, y con tener una tan fecunda y constructora fantasía y un vigor
tan sublime para sintetizarlo todo armónicamente, combinando lo real y
lo ideal y encerrándolo dentro de su idea, que eternamente se
desenvuelve, todavía me parece Hegel pequeño cuando acerco la imagen que
de él concibo a la imagen colosal con que se representa en mi mente el
prodigioso maestro del magno Alejandro.
No iré yo hasta el contrario extremo del señor Gener, ni afirmaré que
los hombres han degenerado. Me limito a presentar aquí, sin intentar
resolverla, una contradicción que asalta mi espíritu. Yo quiero creer, y
creo, que los hombres de hoy no valen, en el fondo, en lo esencial y
por naturaleza, ni más ni menos que los de cualquier otro siglo; que por
la educación y por la cultura, por lo que han heredado de sus mayores,
por el tesoro que han reunido durante siglos, y sobre el cual se
levantan como sobre un pedestal, los pensadores y escritores modernos
valen más que los antiguos; que en determinado sentido, por la
divulgación de los conocimientos, hay en el día más gente que valga. Y
que en el día, no ya Napoleón I, sino el más torpe de los generales,
derrotaría al hijo de Filipo desbaratando sus falanges con dos o tres
cañones Krupp; el ateísta coronel Ingersol probaría a Moisés su
ignorancia en química, en astronomía y en geología, y que toda la
ciencia que había estudiado en los colegios sacerdotales de Egipto, no
valía un pitoche al lado de la adquirida por él en las escuelas de
Boston; y que el último maestro de escuela dejaría absortos y turulatos
a Hesiodo, y tal vez al propio Píndaro, si se ponía a explicarles que
los nombres son masculinos, femeninos y neutros, que pueden estar o
están en nominativo, en acusativo, en dativo o en otro caso, y otras mil
verdades científicas por el estilo, de las que es casi evidente que ni
Hesiodo ni Píndaro se habían percatado. Pero aquí surge la
contradicción. De esa misma ignorancia, de esa falta de educación,
digámoslo así, y de ese cortísimo saber de los antiguos, nacen en
nuestra mente el pasmo y la admiración que nos infunden sus obras. Mas
que fruto de la reflexión y del estudio, nos parecen inspiradas,
reveladas y divinas. No vemos en ellas el esfuerzo laborioso, ni la
ciencia que de antemano se adquirió en el aula, o que se toma de repente
y de prestado en un diccionario, o en cualquier otro librote, sino vemos
la espontánea y fresca lozanía del propio ingenio, radiante de luz
interior, a par que maravillosamente ilustrado por el numen.
El Sr. Gener traza un breve compendio de filosofía de la Historia, a fin
de probar que se acercan los tiempos en que ha de aparecer el
superhombre; pero, en muchos puntos, encuentro yo falsa su filosofía, y
en ninguno la prueba de que dicha aparición esté cercana. Por el
contrario, en varios párrafos del último capítulo de su libro, donde
expone su doctrina, pinta con tan negros colores la sociedad del día,
que si nos allanásemos hasta creerle, aseguraríamos que el género
humano, en vez de adelantar moralmente, ha degenerado o se ha
pervertido.
La culpa principal de degeneración tan lastimosa es, según el Sr. Gener,
la errónea creencia de que todos los hombres somos iguales. Para el Sr.
Gener nada más absurdo que la igualdad. A mi ver, el Sr. Gener tiene
razón, si se entiende la igualdad de cierto modo; pero de ese cierto
modo nadie entendió jamás la igualdad, ni ahora ni nunca, por donde el
señor Gener crea él mismo un fantasma o estafermo para tener el gusto de
derribarle con las lanzadas de su crítica.
El Cristianismo, según el Sr. Gener, vino a proclamar la igualdad de los
hombres en la abyección y en la miseria, y la Revolución francesa y sus
ideas, enseñaron y sostuvieron la misma igualdad, aunque nivelando a los
hombres todos, por lo alto, y considerándolos igualmente capaces.
La acusación contra el Cristianismo me parece tan infundada como la
acusación contra las ideas revolucionarias en este punto. Nadie que esté
en su juicio, por fervoroso cristiano o por tremendo revolucionario que
sea, ha desconocido jamás la desigualdad de los hombres, ni ha dejado de
advertir las diferencias que hay entre ellos, porque unos son bajos y
altos otros; débiles unos, y otros fuertes; algunos listos, y torpes
muchísimos; y en lo tocante a inteligencia, agilidad y natural
disposición para diversos oficios, artes y menesteres, se dan y se darán
siempre escalas de muchísimos grados.
La igualdad que el Cristianismo y la Revolución coinciden en reconocer,
está por bajo, o mejor dicho, está antes que toda doctrina religiosa o
filosófica: es la igualdad radical y esencial de la naturaleza humana,
con los derechos y deberes que de ella nacen y que en ella se fundan,
con tal evidencia, que basta el sentido común para que la reconozcamos,
si bien importa que la religión la consagre y que las leyes,
revolucionarias o no, la sostengan y amparen contra la violencia y la
injusticia. Igualdad tan justa no se comprende que pueda ser destruida
por la doctrina de la humanidad ascendente, que el Sr. Gener sostiene
con tanto entusiasmo.
En el modo de entender la igualdad cristiana, el Sr. Gener, obcecado por
la pasión antireligiosa, incurre en varios errores. Ni en el cielo ni en
la tierra, ni en la vida presente ni en la futura, reconoce el
Cristianismo que el necio y el sabio, y menos aún el santo y el vicioso,
sean iguales, a no ser radical y esencialmente. Y entonces, esta
igualdad no está fundada en la vileza y en el menosprecio del propio ser
humano, sino en el altísimo concepto que hace formar de él el
Cristianismo, enseñándonos que toda alma de hombre es imagen y semejanza
de Dios, que debe aspirar a ser perfecta como Dios mismo y que es de
Dios tan amada que se sacrificó por redimirla, y tan estimada, que quiso
unirse con ella y hasta con el cuerpo mortal donde ella se encierra. Sin
duda que el alma fervorosamente cristiana, cuando se dirige a Dios en
sus rezos y hablas interiores, se pone muy humilde, se califica de
indigna, de pecadora, de perversa, de todo lo malo y ruin que pueda
imaginarse; pero de sobra se comprende que esto lo dice y lo confiesa el
alma cuando se compara con un ideal supremo de perfección, de rectitud,
de bondad y de hermosura, término altísimo de todas sus aspiraciones y
blanco inasequible de sus miras y anhelos. Cuando esta misma alma
cristiana, no por los actos virtuosos que ha realizado, porque esto
sería faltar a la modestia, sino por la capacidad que en sí siente y por
el noble destino para el que Dios la crió, se contempla y examina a sí
propia, en vez de ser bajo el concepto en que se tiene, es tan sublime
concepto, que no se le aventaja el de ninguna criatura de las que ve o
puede ver, ni de las que imagina o finge, ni de las que por fe o
revelación conoce. El alma de la más cuitada criatura humana puede
elevarse, cuando no por inteligencia, por amor, hasta el Ser divino;
puede subir al cielo y sentarse, como se sentó Francisco de Así, en el
trono en que se sentaba Lucifer antes de su caída. Arrepiéntase, pues,
el Sr. Gener de su declamación contra la igualdad cristiana fundada en
lo miserables que somos. Si lo dicho es confesión de ruindad y de real
menosprecio de sí mismo, _venga Dios y lo vea_, como vulgarmente se
dice. La igualdad, por consiguiente, se da en el Cristianismo en
potencia: en la potencia infinita que tenemos todos de ser llamados
hijos de Dios y herederos inmortales de su reino y de su gloria. Y lo
que es en acto, como la igualdad sería absurda, desigualdad es lo que
hay, ya que unos son réprobos y santos otros; unos justos y otros
pecadores, y unos monaguillos y sacristanes y otros Abades mitrados,
Arzobispos y hasta Papas.
Sobre la igualdad democrática, que también condena el Sr. Gener,
declamando contra ella suponiéndola rémora del progreso, harto llano es
hacer defensa parecida.
La igualdad democrática, racional y discretamente entendida, no está en
el ser actuado, sino en el poder llegar a ser y en que ese poder no se
ahogue ni se limite merced a privilegios odiosos. En este sentido, la
igualdad democrática es justa y razonable en teoría, y no sirven para
invalidarla los abusos y males que pueden nacer de ella. ¿De qué no
pueden nacer males y abusos?
La más clara manifestación de la igualdad democrática es el sufragio
universal. No refutaré yo los mil argumentos que contra él se hacen: los
aceptaré como fundados; pero, sobre todos esos argumentos, hay una razón
poderosa que los invalida y destruye. Sin duda que en una asociación de
hombres para determinada empresa, a cuyo buen éxito concurren unos con
el capital, otros con la inteligencia, otros con su habilidad, pericia y
destreza en tal o cual arte u oficio, y otros sólo con el rudo trabajo
de sus manos, el sufragio universal por igual sería absurdo, así como
también lo sería el igual reparto de las ganancias y provechos. Pero la
sociedad política, la ciudad o el Estado, es asociación de muy distinta
índole y propósito. Su principal fin es amparar a los hombres en el
libre ejercicio de sus derechos, reprimir toda violencia que los merme y
no poner la menor traba a la actividad benéfica de cada individuo. En
esto no cabe la menor desigualdad entre los asociados. Casi estoy por
decir, o sin casi lo digo, que el jornalero que gana dos o tres pesetas
al día tiene el mismo derecho, y acaso mayor interés, que el capitalista
que goza tres mil duros de renta diarios, en que el Gobierno sea bueno,
atinado y juicioso. Porque si el Gobierno lo hace mal y sobreviene la
ruina, lo probable es que el Capitalista salve gran parte de su fortuna
y siga gozando de ella, o en la propia patria semiarruinada, o en país
extraño, donde acaso tenga fondos o bienes, mientras que el jornalero se
morirá de hambre si se hunde la industria que le daba trabajo y jornal;
y mientras más castizo sea él, y mientras más propio y peculiar de su
patria sea el oficio que ejerza, mayor será su miseria y su
desesperanza, pues no es llano ni cómodo emigrar a tierra extraña,
sobre todo con familia, en busca de trabajo y sustento. En vista, pues,
de la anterior consideración, yo tengo por evidente que el pobre
ganapán, el obscuro y desvalido destripaterrones, está por lo menos tan
interesado como el Fúcar o el Creso, en la prosperidad y buena
gobernación de la república. Para el rico es esto negocio de mayor o
menor comodidad y de más o menos exquisitos goces, y para el pobre puede
ser negocio de vida o muerte, de no poder ganar las dos o tres pesetas
que antes ganaba, y de tener que recurrir a la mendicidad o a la poca
eficaz beneficencia pública en la tierra cuya riqueza fomentó con su
trabajo, y por cuya integridad y por cuya honra tal vez derramó su
sangre.
Entiéndase que, por amor a la verdad y a la equidad, y no para adulación
o lisonja del vulgo plebeyo, me atrevo a afirmar lo que afirmo, en
contra de la flamante y curiosa aristocracia cuyas doctrinas sostiene el
señor Gener, y que se funda o cree fundarse en la egregia cultura de
aquella pequeña parte de nuestro linaje, que, a lo que parece, es
humanidad ascendente y se acerca ya a formar núcleo o grupo de
superhombres.
La flamante aristocracia, o dígase la superhumanidad, no quiere el Sr.
Gener que surja por revolución, sino por evolución, siguiendo el camino
del progreso, que sin dada llevamos ahora; pero si no seguimos el buen
camino y nos hemos extraviado, no se comprende de qué suerte hemos de
llegar al superhumanismo por más evoluciones que se hagan. Mala traza
tienen de entronizarse los superhombres, si hemos de juzgar fiel la
pintura que hace el señor Gener de la sociedad presente: «Los más
astutos, dice, escalando el poder directamente, o con la protección de
las leyes, amparándose del dinero, se han impuesto, y las sociedades hoy
gimen en una esclavitud mil veces peor que la antigua. Una piratería
mercantil, un feudalismo industrial han venido a afligir a la humana
especie con unos Gobiernos de nulidad, juguete de la bancocracia, que
protegen sólo a los ineptos adherentes y dificultan el desarrollo de
todas las verdaderas fuentes de vida. El prosaísmo ha _tronado en
soberano_ (sic): los valores han caído en poder de los malvados. Hoy
día, en general, riqueza es sinónimo de nulidad moral, de egoísmo y de
mediocridad perfecta; a lo más significa refinada astucia; en suma, una
cualidad criminal punible.»
Si tan feos rasgos son exactos, si es así la sociedad presente, o bien
no vamos por el camino del progreso, o bien hemos caído, con el carro
que nos conduce, en un barranco o atolladero de todos los diablos. No
veo, pues, que estén cerca el advenimiento y el triunfo del
superhombre, ya que, según el Sr. Gener, son una caterva de majaderos,
criminales y bellacos los que triunfan, se encaraman y lo gobiernan
todo, mientras que los superhombres andan por ahí desperdigados, con
poquísimo dinero, sin poder y sin influjo, y tal vez haciendo
observaciones y experiencias, y escribiendo librotes que casi nadie lee.
¿Y cómo ha de leerlos nadie cuando la sociedad gime hoy, según el Sr.
Gener, en la peor de las esclavitudes bajo el yugo infamante de esos
tíos ordinarios y de esos ricachos vulgares y pícaros, que, según nos
cuenta, nos mandan y nos oprimen? Si por virtud de la evolución hemos de
salir de tan horrible estado, la aurora superhumana, en vez de estar
cerca, está lejísima; tardará millones de años en amanecer. Ahora
comprendo lo que leí tiempo ha en cierto libro de Sociología, que me
hizo honda impresión y que no he olvidado nunca: «La humanidad, dice el
referido libro, considerada en su vida colectiva, no ha nacido aún.»
Tratando luego de cuando nacerá, y después de larga investigación y de
cálculos sutiles, pronostica que nacerá dentro de catorce mil y
quinientos años sobre poco más o menos. Y si la humanidad colectiva anda
tan reacia en nacer, yo recelo que la superhumanidad triunfante siga en
gestación doble tiempo, y sólo salga a luz, no ya dentro de ciento
cuarenta siglos, sino dentro de trescientos, si para entonces no ha
tenido nuestro planeta algún mal encuentro o tropiezo en la amplitud del
éter por donde voltea y va valsando, o si no le falta agua porque se
combine la que hay con sustancias sólidas, o si no se enfría y apaga su
fuego interior, o si, a fuerza de rodar, no acaba por agujerearse y por
tomar forma de buñuelo o de anillo, como el de Saturno.
Prescindamos ahora de los mencionados reparos; quitemos valor a los
argumentos que el mismo Sr. Gener suministra contra el progreso rápido y
contra la persuasión de que estamos ya cerca de la meta. Y en este
supuesto, cavilo yo y me inclino a creer que el resultado del dichoso
movimiento progresivo, en vez de ser la aparición del superhombre, será
el allanamiento y nivelación de la raza humana, la igualdad aborrecida
por el Sr. Gener, y si no la imposibilidad, la dificultad mayor cada día
de que nadie sobresalga y descuelle.
Como no habrá tiranos crueles e intolerantes, nadie podrá ganar la palma
del martirio. Cada uno podrá predicar y difundir la doctrina que se le
antoje, a sus anchas y sin peligro alguno. La supresión de los castigos
largos y dolorosos impedirá que alguien se distinga por su resistente
energía para sufrirlos: los Régulos y los Príncipes Constantes no podrán
reaparecer. Extinguida la pobreza, la caridad, el generoso donativo y
las más bellas obras de misericordia no llegarán a ejercerse y se
olvidarán o quedarán atrofiadas en el alma. Si la paz perpetua se
realiza y las guerras se acaban, adiós virtudes bélicas, grandes
capitanes y héroes valerosos. Descubierto y averiguado lo que queda aún
por descubrir y por averiguar, todos seremos sabios y no habrá peregrina
invención que realce a un mortal con un centímetro de altura sobre los
demás mortales. Agotados y manoseados ya todos los asuntos épicos,
líricos y dramáticos, probados todos los sentimientos, y empleados para
expresarlos los más naturales, sencillos y propios primores de estilo,
los prosistas y los poetas tendrán que repetir lo que ya se ha dicho, y
ser plagiarios o imitadores, exponiéndose por el prurito de ser
originales, a caer en las mayores extravagancias y ridiculeces: a ser
_decadentes, delicuescentes, impresionistas, simbolistas y
naturalistas_. Con los escultores ocurrirá lo propio, cuando pretendan
superar por nuevos senderos a Fidias y a Praxíteles. Y los pintores, si
ambicionaran ser entre sus contemporáneos príncipes o reyes de su arte,
como ya lo fueron en otra edad Rafael, Velázquez y Rembrandt, caerían en
los amaneramientos más disparatados. En suma: la igualdad nacida del
progreso y de la difusión de la cultura, nos acosará a todos, y el que
no quiera someterse a ella, sino elevarse y lucir sobre sus semejantes,
llegará a volverse loco y pondrá en cuanto haga el triste sello de su
locura.
Por dicha o por desgracia, este término del progreso está remotísimo aún
y quizás no llegue nunca. Ya sabemos que la completa igualdad es
imposible. Sólo queremos dar a entender que un adelanto indefinido en la
marcha del linaje humano, no puede llevarle sino a la aproximación de la
igualdad, y no a que unos individuos desciendan del grado en que hoy se
hallan, y a que se conviertan en superhombres los individuos más
selectos.
La civilización, al compás que crece, propende a nivelar a los
civilizados. Y esto en todo y para todos. El macedón Alejandro es cien
veces mayor y más transcendente por sus actos que Napoleón I. En el día
no se concibe la posibilidad del caso estupendo y único de una ciudad
como Roma, que llega a enseñorearse de más de la mitad del mundo
entonces conocido. Hoy no se explican las rápidas conquistas de los
muslimes y la difusión del Imperio del Islam, desde la India y las
fronteras de la China hasta más allá por el Norte de los Pirineos, y por
el Occidente hasta las olas del Océano, donde entró Ocba a caballo y la
cimitarra en la diestra para dominarlas en nombre del profeta Mahoma. Ni
menos se concibe cómo Cortés, Pizarro y Jiménez de Quesada, cada uno
con un puñado de aventureros, penetraron hasta el corazón de las más
incógnitas regiones, derribando y apoderándose de Imperios populosos y
ricos. Hoy, por el contrario, los medios que se emplean son enormes; la
acción, desmayada y lenta; los resultados, mezquinos. Más de 200.000
soldados y centenares de millones de duros, no bastan para domeñar a
unos cuantos negros y mulatos rebeldes. Sin duda, la civilización
niveladora _e igualitaria_ de que hemos hablado tiene de esto la culpa.
El desdoble del linaje humano en porción de superhombres y en porción de
menos que hombres o de hombres decaídos, que es una de las fases de la
profecía disyuntiva del señor Gener, no da indicios de que llegue a
realizarse. Y lo que es yo me alegro en lugar de sentirlo. Me dolería en
extremo quedarme entre los individuos de la humanidad decaída: y también
me dolería, porque soy filantrópico, cariñoso y bueno, aunque me esté
mal el decirlo, encumbrarme y darme tono entre los seres superhumanos,
dejando a tanto cuitadillo prójimo mío cayendo lastimosamente y
degenerando hacia la _animalidad_ primitiva.
Caso muy diferente será, y satisfactorio para todos, si la otra faz de
la profecía es la que se cumple: esto es, si todo el linaje humano, sin
excepción, se convierte en superhumano. Quiera Dios que así sea. De su
bondad infinita esto, y más si cabe, puede esperarse, aunque el Sr.
Gener no lo profetice.
Lo que es yo quiero esperarlo, lo espero y desisto de hacer nuevas
observaciones y de presentar otras dificultades y dudas, porque entonces
sería mi artículo el cuento de nunca acabar; pero, a fin de determinar
mi esperanza, fijándola, arraigándola, cimentándola y no dejándola en el
aire para que el aire se la lleve, voy a poner aquí las principales
conclusiones que yo saco de todo, ora sean favorables, ora adversas a la
tesis del Sr. Gener y a su doctrina del superhombre.
El ser humano, tal como hoy existe y tal como ha existido siempre desde
que tenemos noticia de él por la Historia, dista infinito de Dios, para
quien en Dios cree, o de la razón impersonal o de la _super alma_, como
la llama Emerson, para los descreídos. En los tres o cuatro mil años que
conocemos de historia, debiera advertirse que por sus pasos contados
vamos acortando esta distancia. Yo, sin embargo, lo advierto poco. Todos
los inventos, adelantos y mejoras que el hombre ha hecho, me parecen, si
de acortar esta distancia se trata, como la cantidad de agua que un niño
sacase del mar con una escudilla para dejarle en seco. La mejora y el
progreso, además, (pues no he de negar que los ha habido), vienen de
fuera y se sobreponen y no se adhieren a nuestro íntimo ser,
engrandecido él mismo y mejorado. Aunque ya lo he dicho, repito ahora
que, en mi sentir, Alejandro vale más que Napoleón y Aristóteles más que
Hegel, Píndaro o Isaías más que Víctor Hugo, y Fidias y Praxíteles más
que Canova y Thorvaldsen. En todo esto hay negación de progreso. El
superhombre era más superhombre hace dos mil o tres mil años que en el
día. La distancia, con ser infinita, que de la inteligencia soberana le
tiene separado, puede salvarse en cualquier época, por favor del cielo,
por rapto de amor divino, por galardón precioso concedido a una singular
persona y que nada tiene que ver con el progreso. Lo que es como serie
de grados que nos acerque a la perfección, no se ve el camino que nos
conduzca al punto en que la superhumanidad aparezca. Ni casi con otros
seres de diversa casta que el hombre acierto yo a poner jalones en dicho
camino. Casi estoy por afirmar que, en lo radical y substancial, entre
Dios y el hombre, no se descubre excelencia intermedia. Después de Dios,
se diría que el hombre es lo más elevado que hoy se concibe y que se ha
concebido siempre. Todos los seres con apariencias de superiores a
nosotros, se nos someten y se ponen a nuestro servicio. Por medio de
conjuros evocamos a los demonios; por medio de exorcismos los arrojamos
de donde no conviene que estén; las sílfides y las ondinas se mueren de
amor por nosotros; los dioses y las diosas de todas las religiones
suelen prendarse de los mortales y casarse con ellos; los genios acuden
a valernos, a protegernos y a inspirarnos poesía, prosa y otros
primores; las hadas tejen ricas telas, fabrican brillantes joyas y
favorecen a las princesas y hasta a las fregatrices; los ángeles son
nuestra custodia y vienen a nosotros como embajadores y aun como
mandaderos; y los arcángeles, ya son paraninfos, ya a modo de escuderos
y guías que en nuestros viajes nos acompañan. ¿A ver, pregunto yo, si es
lícito pedir o esperar más, después de alcanzar o de haber alcanzado
todo lo dicho?
En otras mejoras, que pudiéramos lograr con el tiempo, noto yo que surge
en seguida la contradicción. Pongamos por caso que se generalizase entre
los hombres el ser tan hermosos como el Apolo de Belvedere, y entre las
mujeres el ser tan guapas y bien formadas como la Venus de Milo o la
Calípiga, y al punto los elegantes y aristócratas hallarían vulgar y
ordinario el ser así, y para distinguirse ya se deformarían el cráneo,
comprimiéndole o llenándole de burujones, ya incurrirían en otras
empecatadas extravagancias. Y pongamos también por caso que al fin se
arregla tan hábilmente el organismo de la sociedad, que el vicio siempre
es castigado y la virtud premiada siempre. Pues en mi sentir, no podría
ocurrir nada peor. Entonces sí que la virtud no sería sino un nombre.
Los cucos y los galopines, movidos por la segura recompensa, serían los
más virtuosos; y cuando alguien, desdeñando el propio interés, se
entregase a los vicios más feos y perpetrase crímenes de marca mayor,
nos inclinaríamos a creer, o bien que estaba loco, y que por
consiguiente era irresponsable, o bien que era una criatura de condición
elevadísima, cuyas pasiones briosas y sublimes le impulsaban a
desprenderse del vulgar egoísmo y a salirse fuera de la pauta común en
que todos nos habríamos encerrado.
En resolución, y para no cansar más, diré que no columbro por parte
alguna el advenimiento del superhombre, sin que sobrevengan a la vez
contradicciones irresolubles. Posible es, no obstante, que el
superhombre sobrevenga. Pero, ¿quién me asegura que sea mejor moralmente
que el hombre de ahora, y que no sea, con más saber y poder, desmandado
y perverso? Fracastoro, en los versos que me sirven de epígrafe,
considera posible el advenimiento de una casta de superhombres; pero no
serán buenos, sino que serán descomedidos y feroces gigantes que no
dejarán títere con cabeza, que se levantarán contra Dios, y tratarán de
arrojarle del cielo, y que de nosotros harán sus víctimas y sus
esclavos. Ya Swedenborg, cuando estuvo en el planeta Venus, vio y trató
a los hombres de allí, y por lo que nos cuenta de ellos, y por lo
apurado que entre ellos estuvo, podemos calcular lo mucho que
padeceríamos y el inmenso infortunio que vendría sobre nosotros si una
casta semejante, tan engreída, soberbia y poderosa, apareciese en este
globo terráqueo en que habitamos.
Concluyo, pues, (y no porque se me acaban las razones, sino porque se me
acaba la paciencia y porque temo que la de los lectores se acabe
también), que lo más acertado y prudente es no desear ni esperar que el
superhombre sobrevenga, y contentarnos con ser hombres regulares y como
se han usado siempre, si bien enriquecidos, cada vez más, con
invenciones ingeniosas, como la ya conseguida del alumbrado eléctrico, y
como las que, sin duda se conseguirán, de dar dirección a los globos,
sacar en las fotografías los colores de la cámara obscura, y quién sabe
si llegar a alimentarnos con extractos y alambicadas quintas esencias,
sin esta grosera alimentación de ahora, por la cual, al cabo del año,
engulle cada hombre un montón de substancias, centenares de veces más
pesado y voluminoso que todo su cuerpo. En fin, mucho, muchísimo se
puede inventar y mejorar aún antes de que llegue el momento en que la
aparición del superhombre se nos venga encima. Lo que es de las
habilidades de Sarah Bernard y de los ingeniosos escritos de Juan
Richepín, aunque yo los celebro porque me deleitan y me encantan, no me
atrevo a inferir que dicha aparición esté próxima.
LAS INDUCCIONES DEL SR. D. POMPEYO GENER