Mario, era en aquella época un hermoso joven de mediana estatura,

cabellos muy espesos y negros; frente ancha é inteligente; las ventanas

de la nariz abiertas y apasionadas; aspecto sincero y tranquilo, y

sobre todo, se reflejaba en su rostro ese no sé qué, que denota á un

mismo tiempo altivez, reflexión é inocencia. Su perfil, cuyas líneas

eran todas contorneadas, sin dejar de ser firmes, tenía esa dulzura

germánica que ha penetrado en la fisonomía francesa por Alsacia y

Lorena, y aquella absoluta carencia de ángulos, que hacía reconocer tan

fácilmente á los sicambros entre los romanos, y que distingue á la raza

leonina de la raza equilina. Hallábase en la época de la vida en que

la imaginación de los hombres pensadores se compone, casi en iguales

proporciones, de profundidad y sencillez. Dada una situación grave,

tenía cuanto era menester para ser estúpido; un paso más, y podía ser

sublime. Sus maneras eran reservadas, frías, políticas y poco francas.

Como su boca era muy graciosa, sus labios lo más encarnado, y sus

dientes lo más blanco del mundo, su sonrisa corregía toda la severidad

de su fisonomía. Había momentos en que formaban singular contraste

aquella frente casta y aquella sonrisa voluptuosa. Tenía pequeños los

ojos y grande la mirada.

En el tiempo de su mayor miseria, observaba que las muchachas se

volvían á mirarle cuando pasaba, lo cual era causa de que huyese ó se

ocultase con la muerte en el alma. Creía que le miraban por su traje

raído, y que se reían de él; lo cierto es que le miraban por su gracia,

y que no faltaba alguna que soñase en ella.

Aquella mala inteligencia muda, entre él y las lindas transeuntes, le

había vuelto esquivo. No eligió ninguna, por la sencilla razón de que

huía de todas. Así es que vivía indefinidamente; bestialmente, como

decía Courfeyrac.

Courfeyrac solía decir también: No aspires á ser venerable. Se tuteaban

(ya se sabe que el tuteamiento es el sello de las amistades jóvenes).

--Querido, un consejo. No leas tanto en los libros, y mira un poco más

á las faldas. Siempre hay algo de bueno en ellas; ¡oh Mario! Á fuerza

de huir y de sonrojarte, te embrutecerás.

Otras veces Courfeyrac le encontraba, y le decía:--Buenos días, señor

abate.

Siempre que Courfeyrac le dirigía alguna frase de este género, Mario

estaba ocho días huyendo más que nunca de las mujeres, y procuraba á

todo trance no encontrarse con Courfeyrac.

Había, sin embargo, en la inmensa creación, dos mujeres de que Mario

no huía, y contra las cuales no tomaba precaución alguna. Verdad es

que hubiese sido extremada su admiración, si le hubieran dicho que

eran dos mujeres. Una era la vieja barbuda que barría su cuarto, y

de la cual decía Courfeyrac: «Al ver que su criada se deja la barba,

Mario no se deja la suya». La otra era cierta jovencita, á quien veía

frecuentemente, pero sin mirarla nunca.

Hacía ya más de un año que Mario observaba de continuo en una alameda

desierta del Luxemburgo, la que costea el parapeto del vivero, á un

hombre y á una niña, casi siempre sentados uno al lado del otro en el

mismo banco, en el extremo más solitario del paseo, por la parte de

la calle del Oeste. Cada vez que esta casualidad, que se entromete en

los paseos de las personas meditabundas, llevaba á Mario por aquella

calle, y esto sucedía casi todos los días, se encontraba con la pareja.

El hombre podría tener unos sesenta años; parecía triste y grave; toda

su persona presentaba el aspecto robusto y fatigado de los militares

retirados. Si hubiera llevado alguna condecoración, Mario habría dicho:

es un antigua oficial. Tenía buen aspecto, pero inabordable; y nunca

fijaba su mirada en la mirada de nadie.

Vestía pantalón azul, levitón también azul, y un sombrero de anchas

alas, traje que parecía siempre nuevo, corbata negra y camisa de

cuáquero, es decir, deslumbrante de blancura, pero de tela gruesa.

Al pasar cierto día una griseta junto á él, exclamó: «¡Vaya un viejo

aseado!». Tenía el pelo completamente blanco.

La primera vez que la joven que le acompañaba fué á sentarse con él

en el banco, que parecía habían adoptado, era una muchacha de trece

ó catorce años, flaca, hasta el extremo de ser casi fea, encogida,

insignificante, que prometía tener algún día buenos ojos. Sólo que los

tenía siempre levantados con una especie de seguridad desapacible.

Tenía el ademán aviejado é infantil á la vez, de las colegialas de

convento, y vestía un traje mal cortado de merino negro y ordinario.

Parecían ser padre é hija.

Mario examinó durante dos ó tres días á aquel viejo, que no era todavía

un anciano, y á aquella niña, que no era todavía una joven; y después

no fijó más la atención en ellos. Éstos, por su parte, parecía que

ni siquiera le veían. Hablaban entre sí con ese aire tranquilo é

indiferente. La joven charlaba sin cesar, alegremente; el viejo hablaba

poco, pero á cada momento fijaba en ella sus ojos, llenos de inefable

ternura paternal.

Mario había contraído maquinalmente la costumbre de pasearse por

aquella alameda, en la cual los encontraba invariablemente todos los

días.

Véase lo que pasaba.

Mario llegaba ordinariamente por el extremo de la calle opuesta á

su banco, la recorría á lo largo y pasaba por delante de la pareja;

después volvía y recorría de nuevo el paseo hasta el extremo por donde

había entrado, y volvía á empezar. Repetía este recorrido cinco ó

seis veces cada día, y el paseo otras cinco ó seis veces por semana,

sin que, á pesar de tanto encuentro, aquellas personas y él hubieran

llegado á cambiar un saludo. Aquel hombre y aquella niña, aunque

parecían evitar las miradas, y quizá porque parecían evitarlas, habían

llamado naturalmente la atención de cinco ó seis estudiantes, que de

cuando en cuando se paseaban por el vivero; los estudiosos después de

sus clases, los otros después de su partida de billar. Courfeyrac, que

pertenecía á estos últimos, los observó algún tiempo; pero pareciéndole

fea la muchacha, tuvo buen cuidado de alejarse pronto. Había huido

como un Parto, lanzándoles en vez de dardo, un apodo. Habiéndole

chocado principalmente el traje de la joven y los cabellos del viejo,

llamó á la joven _la señorita Lanoire_ (La Negra), y al padre el señor

_Leblanc_, (El blanco) y con tal suerte, que no conociéndolos nadie, é

ignorando su verdadero nombre, el apodo ocupó su lugar, haciendo las

veces de tal. Los estudiantes decían: «¡Ah! Ya está en su banco el

señor _Leblanc_», y Mario como los demás, halló muy cómodo llamar por

lo tanto á aquel desconocido el señor Leblanc.

Seguiremos su ejemplo, y adoptaremos el nombre de Leblanc, para mayor

facilidad del relato.

Mario continuó así, viéndolos casi todos los días á la misma hora

durante el primer año.

El hombre le agradaba, pero la muchacha le parecía algo desapacible.

II

=Lux facta est=

El segundo año, precisamente en el punto de esta historia á que

ha llegado el lector, interrumpióse la costumbre de pasear por el

Luxemburgo, y sin que el mismo Mario supiera por qué, estuvo cerca de

seis meses sin poner los pies en aquel paseo. Por fin, un día volvió

allí; era una hermosa mañana de verano, y Mario estaba alegre, como se

suele estar cuando hace buen tiempo. Parecíale llevar en su corazón

todos los cantos de los pájaros que oía y todo el cielo azul que veía

al través de la enramada.

Se fué directamente á «su paseo», y cuando estuvo al extremo de

la alameda, divisó siempre en el mismo banco, la conocida pareja.

Solamente que cuando se acercó vió que el hombre continuaba siendo

el mismo; pero le pareció que la joven era otra. La persona que á la

sazón veía era una hermosa y alta niña, con las más encantadoras formas

de mujer, en el momento preciso en que se armonizan todavía con las

gracias más cándidas de la infancia; momento purísimo y fugaz, que sólo

puede traducirse en estas dos palabras: quince años. Tenía admirables

cabellos castaños, matizados con reflejos de oro; una frente que

parecía hecha de mármol; mejillas como hojas de rosa; un matiz pálido;

una blancura que revelaba cierta emoción interior; una boca de forma

exquisita, de la cual surgía la sonrisa como una luz y la palabra como

una música; una cabeza que Rafael hubiera dado á María, colocada sobre

una garganta que Juan Goujon hubiera dado á Venus. Y en fin, para que

nada faltase á aquellas facciones encantadoras, la nariz no era bella,

era bonita; ni recta ni aguileña, ni italiana, ni griega; era la nariz

parisiense; es decir, algo espiritual, fina, irregular y pura, que es,

á un tiempo, desesperación de pintores y encanto de poetas.

Cuando Mario pasó junto á ella, no pudo ver sus ojos, que tenía

constantemente bajos. Vió solamente sus largas pestañas de color

castaño, llenas de sombra y de pudor.

Esto no impedía que la hermosa joven se sonriese escuchando al hombre

de cabellos blancos que la hablaba, y nada tan arrebatador como aquella

fresca sonrisa con los ojos bajos.

En el primer momento creyó Mario que podía ser otra hija del mismo

hombre, hermana sin duda de la primera. Pero cuando la costumbre le

llevó por segunda vez cerca del banco y la hubo examinado con atención,

conoció que era la misma. En seis meses la niña se había hecho mujer;

he aquí todo. Y nada más frecuente que ese fenómeno. Llega un momento

en que las niñas, en un abrir y cerrar los ojos, pasan de capullo á

rosa. Se las deja niñas á la víspera, y se las encuentra seductoras al

día siguiente.

Ésta, no sólo había crecido, sino que se había idealizado. Así como

bastan tres días de abril para que ciertos árboles se cubran de flores,

seis meses habían bastado para vestirla á ella de belleza. Su abril

había llegado.

Se ve algunas veces á personas pobres y mezquinas que parecen

despertar, pasando súbitamente de la indigencia al fausto, hacer

gastos de todo género, y aparecer de pronto deslumbradoras, pródigas

y magníficas. Consiste esto en una fortuna improvisada, en un plazo á

cobrar vencido. La joven había cobrado su semestre.

No era ya la colegiala con su sombrero anticuado; su traje de

merino, sus zapatos rusos y sus manos amoratadas. El buen gusto se

había desarrollado en ella al propio tiempo que su hermosura. Era

una señorita simpática, vestida con elegante y rica sencillez, sin

afectaciones de ninguna especie.

Llevaba un vestido de damasco negro, una manteleta de la misma tela

y una capota de crespón blanco. Sus guantes claros hacía resaltar la

forma de su mano, que jugaba con el mango de marfil chinesco de una

sombrilla, y su botita de seda, dibujaba su pequeño y bien formado

pie. Al pasar junto á ella se absorbía cierta penetrante fragancia de

juventud procedente de su tocado.

El hombre, seguía siendo el mismo.

La segunda vez que Mario llegó cerca de ella, la joven levantó los

párpados; sus ojos eran de un profundo azul celeste; pero en aquel azul

velado no había aún más que la mirada de una niña. Miró á Mario con

indiferencia, como hubiera podido mirar á cualquier chiquillo jugando

á la sombra de los sicómoros, ó el jarrón de mármol que proyectaba su

sombra sobre el banco. Mientras Mario, por su parte, continuaba el

paseo, pensando en otras cosas.

Pasó todavía cuatro ó cinco veces junto al banco donde estaba la joven,

pero sin volver nunca los ojos para verla.

Los días siguientes volvió, como de ordinario, al Luxemburgo; y como

de ordinario halló «al padre y á la hija», pero no se fijó tampoco en

ellos. No pensó más en aquella joven cuando la vió hermosa, de lo que

había pensado cuando fea. Pasaba, sí, muy arrimado al banco donde ella

estaba; porque era ésta su costumbre.

III

=Efecto de primavera=

Cierto día, en que el aire era tibio, el Luxemburgo inundado de sombra

y de sol, el cielo puro como si los ángeles lo hubiesen lavado por la

mañana, los pajarillos cantaban alegremente posados en el ramaje de los

castaños; Mario tenía abierta toda su alma á la naturaleza, en nada

pensaba; vivía y respiraba. Pasó cerca del banco; la joven alzó los

ojos, y sus dos miradas se encontraron.

¿Qué había entonces en la mirada de aquella joven? Mario no hubiera

podido decirlo. No había nada, y lo había todo. Fué un relámpago

extraño.

Ella bajó los ojos; él prosiguió su camino.

Lo que acababa de ver no era la mirada ingenua y sencilla de una niña;

era una sima misteriosa que se había entreabierto y cerrado luego

bruscamente.

Llega un día en que miran así todas las jóvenes. ¡Desgraciado del que

se encuentra allí!

Aquella mirada primera de un alma que no se conoce todavía á sí misma,

es como el alba en el cielo. Es el despertar de un algo radiante

y desconocido. Nada puede pintar el encanto peligroso de aquella

inesperada luz que ilumina vagamente de súbito, tinieblas adorables,

compuesta de toda la inocencia del presente y de toda la pasión

del porvenir. Es una especie de ternura indecisa que se revela por

casualidad, y que espera. Es un lazo que la inocencia tiende á pesar

suyo, y en el cual aprisiona los corazones sin saberlo ni quererlo. Es

una virgen que mira como una mujer.

Es muy raro que no produzca una meditación profunda donde quiera que

caiga semejante mirada. Toda clase de purezas y toda suerte de candores

se encuentran reunidos en aquel rayo celeste y fatal, que tiene, más

aún que las miradas mejor elaboradas de las coquetas, el mágico poder

de hacer brotar de súbito en el fondo del alma la flor sombría llena de

perfumes y venenos, que se llama amor.

Por la tarde, al volver á su desván, fijó Mario la vista en sus

vestidos, notó por primera vez que no eran bastante aseados y la

inaudita estupidez é inconveniencia de irse á pasear al Luxemburgo

con su vestido de «todos los días»; es decir, con un sombrero roto

por el ala, con botinas gruesas como de carretero, un pantalón negro

emblanquecido por las rodillas, y una levita negra, pálida por los

codos.

IV

=Principio de una grande enfermedad=

Al día siguiente, á la hora acostumbrada, Mario sacó de su armario su

frac nuevo, su pantalón nuevo, su sombrero nuevo y sus botas nuevas.

Revistióse de esta panoplia completa, calzóse guantes, lujo prodigioso,

y se fué al Luxemburgo.

En el camino se encontró á Courfeyrac, y fingió no verle. Courfeyrac,

al volver á su casa, dijo á sus amigos:

--Acabo de encontrarme el sombrero nuevo y el frac nuevo de Mario,

y á Mario dentro. Sin duda iba á dar un examen, porque su aire era

completamente estúpido.

Llegado Mario al Luxemburgo, dió la vuelta al estanque, miró los

cisnes, luego permaneció largo rato contemplando una estatua que tenía

la cabeza enteramente negra de moho, y á la cual faltaba una cadera.

Cerca del estanque había un caballero como de cuarenta años y abdomen

prominente, que llevaba de la mano un niño de cinco años, y le decía:

evita los excesos. Mantente, hijo mío, á igual distancia del despotismo

y de la anarquía. Mario escuchó á aquel hombre; luego dió todavía

otra vuelta al estanque; y por fin se encaminó hacia «su alameda»

lentamente, y como á su pesar. Hubiérase dicho que se veía á un tiempo

obligado y retenido por impulsos contrarios. Él no se daba cuenta de

todo aquello, y creía hacer lo que los otros días.

Al desembocar en la alameda, divisó al otro extremo «en su banco» al

señor Leblanc y la joven. Abotonóse el frac de arriba abajo, le estiró

por el pecho y espalda para que no hiciese arrugas, examinó con cierta

complacencia los reflejos lustrosos de su pantalón, y se dirigió al

banco. Había algo de ataque en aquella marcha, y hasta cierto aire de

conquista. Digo, pues, que se dirigió al banco, como podría decir:

Aníbal marchaba sobre Roma.

Por lo demás, todos sus movimientos eran maquinales, y las ocupaciones

habituales de su imaginación y de sus trabajos no habían sufrido

interrupción alguna. Pensaba, en aquel momento, que el _Manual del

bachillerato_ era un libro estúpido, y que era preciso que le hubiesen

compuesto personas extremadamente sandías, para que en él se analicen

como obras maestras del espíritu humano, tres tragedias de Racine, y

sólo una comedia de Molière. Silbábanle fuertemente los oídos; y al

acercarse al banco, volvió á estirar las arrugas de su frac, y sus

ojos se fijaron en la joven, pareciéndole que llenaba de una vaga luz

azulada toda la extremidad de la alameda.

Á medida que se acercaba, iba acortando el paso. Llegado que hubo

á cierta distancia del banco, mucho antes de estar al final de la

alameda, se detuvo, y ni él mismo pudo darse cuenta de cómo fué; pero

es lo cierto que retrocedió en dirección opuesta á la que llevaba. Ni

aún advirtió siquiera que no recorría todo el paseo. La joven apenas

pudo verle de lejos, y hacerse cargo del buen efecto que producía con

su vestido nuevo. Sin embargo, él caminaba muy tieso para tener buena

apariencia, si por casualidad le mirase alguien que estuviese detrás.

Llegó al extremo opuesto, luego volvió; pero esta vez se acercó un

poco más al banco. Aproximóse hasta la distancia de tres intervalos de

árboles; pero allí sintió cierta imposibilidad de seguir adelante, y

vaciló. Creyó ver el rostro de la joven volverse hacia él; sin embargo,

hizo un esfuerzo enérgico y violento, dominó su vacilación, y continuó

avanzando. Algunos segundos después pasaba por delante del banco, tieso

y firme, encarnado hasta las orejas, sin atreverse á mirar ni á la

derecha ni á la izquierda, con la mano metida entre los botones del

frac, como un hombre de Estado. Al pasar bajo los fuegos de la plaza,

sintió latirle fuertemente el corazón. Ella vestía, como la víspera,

su lindo traje de damasco y su sombrero de crespón. Mario oyó una voz

inefable, que debió ser «su voz». Hablaba tranquilamente. Estaba muy

hermosa. Él lo conocía, aunque no procuraba verlo.--No podría ella

dejar de estimarme y considerarme, pensaba Mario, si supiese que soy

yo el verdadero autor de la disertación sobre el escudero Marcos de

Obregón, que Francisco de Neufchâteau ha puesto, como de su cosecha, al

frente de su edición del _Gil Blas_.

Pasó el banco, llegó hasta el extremo de la alameda, que estaba muy

próximo, después volvió y cruzó nuevamente por delante de la linda

joven. Esta vez estaba muy pálido. Por lo demás, todo cuanto sentía le

era desagradable. Alejóse del banco y de la joven, y como, aún vuelto

de espaldas, creía que le miraba, esto le hacía tropezar.

No trató de acercarse nuevamente al banco; detúvose á la mitad de la

calle, y allí, cosa que nunca hacía, se sentó, dando miradas de reojo

á un lado y otro, y pensando en las mas recónditas profundidades de

su espíritu, que al fin y á la postre era difícil que la persona

cuyo sombrero blanco y vestido negro admiraba, fuése absolutamente

insensible á su lustroso pantalón y á su frac nuevo.

Al cabo de un cuarto de hora se levantó como si fuera á comenzar de

nuevo su paseo en dirección á aquel banco, que aparecía rodeado de una

aureola. Quedóse, sin embargo, plantado é inmóvil.

Por la primera vez desde hacía quince meses, se dijo á sí mismo que

aquel señor, que se sentaba allí todos los días con su hija, habría

reparado sin duda en él, y que le habría parecido probablemente extraña

su asiduidad.

Por la primera vez también conoció que era algo irrespetuoso designar á

aquel desconocido, aún en el secreto de su pensamiento, con el apodo de

Leblanc.

Permaneció, pues, algunos minutos con la cabeza baja, haciendo dibujos

en la arena con una varita que tenía en la mano.

Después se volvió bruscamente al lado opuesto al banco del señor

Leblanc y de su hija, marchándose á casa.

Aquel día se olvidó de ir á comer. Á las ocho de la noche se acordó de

ello; y siendo ya muy tarde para bajar á la calle de Santiago, ¡bah!

exclamó, y comióse un pedazo de pan.

No se acostó sino después de haber cepillado su traje y de haberle

doblado cuidadosamente.

V

=Caen varios rayos sobre la tía Bougón=

Al día siguiente, la tía Bougón, pues así llamaba Courfeyrac á la

portera, inquilina principal y criada de la casucha de Gorbeau (en

realidad se llamaba la tía Bourgón, como ya hemos dicho; pero el

tarambana de Courfeyrac nada respetaba), la tía Bougón, decimos,

observó estupefacta que el señorito Mario salía otra vez con su vestido

nuevo.

Volvió al Luxemburgo, pero no pasó del banco que estaba á la mitad de

la alameda. Sentóse allí, como la víspera, meditando de lejos y viendo

distintamente el sombrero blanco, el traje negro, y sobre todo, la

claridad azulada. No se movió de allí, y no volvió á su casa hasta que

se cerraron las puertas del Luxemburgo. No viendo retirarse al señor

Leblanc y á su hija, dedujo de ello que habían salido del jardín por la

verja de la calle del Oeste. Posteriormente, algunas semanas después,

cuando lo recordaba, no pudo nunca hacer memoria donde había comido

aquella tarde.

Al día siguiente, era el tercero, la tía Bougón quedó deslumbrada

nuevamente; Mario salió con su vestido nuevo.--¡Tres días

seguidos!-exclamó la portera.

Y trató de seguirle; pero Mario andaba muy deprisa y á grandes pasos;

era pues aquello como si un hipopótamo tratase de seguir á un corzo.

Perdióle de vista á los dos minutos, volviéndose sofocada, casi

asfixiada por su asma, y furiosa.--¡Habráse visto!--exclamaba.--¡Hay

valor para ponerse la ropa nueva todos los días y hacer correr así á

las gentes!

Mario se había dirigido al Luxemburgo. La joven estaba allí con el

señor Leblanc. Mario se acercó lo más que pudo, aparentando leer en un

libro, pero permaneció todavía muy lejos; luego volvió á sentarse en

su banco, donde pasó cuatro horas mirando saltar en la alameda á los

bulliciosos gorriones, que le parecía que se burlaban de él.

Así se pasaron quince días. Mario iba al Luxemburgo, no para pasear,

sino para sentarse siempre en el mismo sitio; y sin saber por qué,

luego que llegaba allí no se movía. Todas las mañanas se ponía su

vestido nuevo para no dejarse ver, y al día siguiente repetía la

operación.

Decididamente, era ella una hermosura maravillosa. La única observación

que pudiera hacerse, parecida á una crítica, es que la contradicción

que existía entre su mirada, que era triste, y su sonrisa, que era

alegre, daba á su rostro un aspecto como extraviado, lo cual hacía que

en ciertos momentos aquella dulce fisonomía pareciese extraña sin dejar

de ser admirable.

VI

=Aprisionado=

Uno de los últimos días de la segunda semana, Mario estaba, como de

costumbre, sentado en su banco, teniendo en la mano un libro abierto,

del cual hacía dos horas que no había vuelto una hoja. De repente se

estremeció; al final de la alameda se verificaba un acontecimiento.

El señor Leblanc y su hija acababan de levantarse; la hija había tomado

el brazo del padre, y ambos se dirigieron lentamente hacia el medio del

paseo, donde estaba Mario. Éste cerró su libro, luego le abrió de nuevo

y procuró leer; temblaba; la aureola iba recta hacia él. ¡Ay, Dios mío!

pensaba. No me va á dar tiempo para tomar una postura conveniente.

En tanto, el hombre de los cabellos blancos y la joven continuaban

avanzando. Parecíale que aquello duraba siglos, cuando en realidad sólo

habían pasado algunos segundos. ¿Qué vendrán á hacer? se preguntaba.

¡Cómo! ¿Va á venir por aquí? ¿Sus pies van á pisar esta arena, en esta

calle, á dos pasos de mí? Estaba completamente trastornado; hubiera

querido en aquel instante ser hermoso, y ostentar alguna condecoración.

Oía aproximarse el ruido dulce y mesurado de sus pasos. Figurábase

que el señor Leblanc le dirigía miradas irritadas. «¿Irá á hablarme

este caballero?» pensaba. Bajó la cabeza. Cuando la levantó, estaban

enteramente junto á él. La joven pasó, y al pasar le miró. Le miró

fijamente con cierta dulzura reflexiva, que hizo estremecer á Mario

de la cabeza á los pies. Parecióle que le reconvenía por haber estado

tanto tiempo sin acercársele, y que le decía: «Yo soy quien viene».

Mario quedó deslumbrado ante aquellas pupilas llenas de rayos y de

abismos.

Sentía arder una hoguera en su cerebro. Ella se le había acercado;

¡qué alegría! Y luego, ¡cómo le había mirado! Le pareció más bella que

nunca. Bella, con una hermosura á la par femenil y angélica; con una

belleza completa que hubiera hecho cantar al Petrarca y arrodillar al

Dante. Le parecía estar nadando en pleno cielo azul. Al mismo tiempo

estaba horriblemente contrariado, porque tenía empolvadas las botas.

Creía estar seguro de que ella había visto también sus botas.

La siguió con la mirada hasta que hubo desaparecido. Luego se puso

á pasear por el Luxemburgo como un loco. Es probable que á ratos se

riera solo, y hablase en voz alta. Pasaba tan ensimismado junto á las

niñeras, que cada una le creía enamorado de ella.

Salió del Luxemburgo, esperando encontrarla en alguna calle.

Cruzóse con Courfeyrac bajo los arcos del Odeón, y le dijo:--Vente á

comer conmigo.--Fuéronse á casa Rousseau y gastaron seis francos. Mario

comió como un buitre, y dió seis sueldos de propina al mozo. Á los

postres dijo á Courfeyrac:--¿Has leído el diario? ¡Qué buen discurso ha

hecho Audry de Puyraveau!

Estaba perdidamente enamorado.

Después de comer dijo á Courfeyrac:--Te convido al teatro.--Y se fueron

á la Puerta de San Martín á ver á Federico Lemaitre en _el Castillo de

San Alberto_.

Mario se divirtió muchísimo.

Al mismo tiempo redoblóse en alto grado su esquivez. Al salir del

teatro se negó á mirarle la liga á una modistilla que saltaba un

arroyuelo, y Courfeyrac diciendo: _De buena gana aumentaría mi

colección con esta chica_. Llegó á horrorizarle.

Los miserables - Tomo 1 (de 2) · 第 63 / 64 段